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18
11
2012
Jaime Santirso

Cuando despertó, Messi ya estaba allí

Por: Jaime Santirso

Cuando despertó, Messi ya estaba allí. Apenas acababa de empezar a caminar en esta tierra nuestra cuando conoció al argentino que vestía de rojo y azul. Dos veces por semana se sentaba delante del televisor con su padre y veía como ese chico se cosía un balón al pie y bailaba en un enorme césped verde. Se movía como si estuviera solo, armado con la seguridad que inspira la ausencia de ojos desconocidos, aunque en realidad hubiera muchos, muchísimos.

Agarraba el balón y danzaba de un lado a otro. A veces iba pegadito a la línea y otras se venía al centro para recoger el cuero y llevárselo bien lejos, donde nadie podía quitárselo. A veces se movía en diagonal como si la portería no fuera su destino, como si quisiera ir mucho más allá. Sus pequeños pies movidos a toda velocidad se convertían una sombra, círculos difuminados que aprisionaban el esférico, pero cuando venían a liberarlo ya no había nada, ni balón ni jugador. Le pegaban patadas, le agarraban y le perseguían pero seguía estando siempre solo.

Podía irse y volver mil veces, gambetear, caracolear hasta detenerse para dar media vuelta, abrir el abanico de posibilidades, elegir la más exigente y ejecutarla a la perfección. El final siempre era el mismo: el balón acariciaba la red. Y él reía, y los que miraban también. O gritaban, cantaban y saltaban mientras se llevaban las manos a la cabeza, extasiados. O las elevaban hacia lo alto, victoriosos. O le contemplaban en silencio, temerosos y admirados. Saltaba al campo y estaba subrayado, pero la exigencia no era un lastre. No le pesaba, no se emborronaba. Se inflaba hasta adoptar tres, cuatro o cinco veces su tamaño y la regateaba. Y continuaba por su camino, grácil y veloz.

También metía goles, muchos goles. El chico que atendía al televisor le veía celebrar tantos dos o tres veces por partido, nunca menos de uno. Oía decir que nadie había marcado tanto en tan poco tiempo, pero él no entendía de números, solo disfrutaba observando a unos hombres jugando con el balón. Su padre le hablaba de Maradona, Pelé, Sócrates, Platini, Cruyff, Beckenbauer, Ronaldo, Eusebio, Zidane, Ronaldinho, Di Stefano, Kubala y muchos otros nombres, todos extraños.

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Creció entendiendo que en este juego el cuero se toca y se mima, se mueve de manera constante sin perder la paciencia, siempre pegadito al piso para que no se asuste. Se acostumbró a ver cómo su amigo argentino tumbaba récords y a cambio recibía premios. ¿Cómo no se los iban a dar? De aquella Messi y él eran jóvenes, y el fútbol también lo era.

Jaime Santirso

@jsantirso

Categoria: General

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