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Tags de Posts ‘Transporte público’

13

05

2013

@pachevsko

Noche de plan tortuga

Por: @pachevsko

plan tortuga

Había leído la noticia pero no creí que empezaría esta noche. Recibí el taxi a las siete, puse el CD de siempre y arranqué a probar suerte. No acostumbro a escuchar las noticias mientras trabajo. Todo es delito, todo es muerte. Ya tengo suficiente con lo que veo desde esta silla todos los días. El taxista nocturno debe tener la sangre fría.

Acostumbro a escuchar un CD de música romántica que tiene más de 500 canciones, me lo regaló mi hija. Juan Gabriel, Leo Dan, Pimpinela, Leonardo Favio, etc., son los cantantes. No me gustan mucho, yo prefiero el vallenato; pero me relajan todo el día. Lo hacen más llevadero.

A eso de las ocho de la noche ya me había enterado del caos de los motociclistas: su plan tortuga. Protestaban porque a la alcaldía se le ocurrió que debían usar sólo un carril, ¡otro carril ocupado! ¿Por dónde transitaremos los demás si la alcaldía sigue asignando carriles? En fin, protestaban por el carril, por la reducción de velocidad, porque no podrán llevar cascos en las manos, porque no podrán hacer zigzag (Quiero ver cómo lo controlarán), porque los parrilleros deberán tener un carnet, porque tendrán que pintar las motos de colores fosforescentes, porque las luces tendrán que ser más blancas que las de los carros, porque todos los motores tendrán que sonar igual, etc. Al final ya no se sabía si era todo en broma.

Iba sobre la 33 y una pareja me detuvo. Apreté el botón de las direccionales y frené suavemente. Se subieron. El hombre me indicó que debían llegar “lo más rápido que pueda” al centro comercial El Cacique. Me sorprendió que no dijera “Falabella”, que es desde hace unas semanas, el lugar más concurrido de la ciudad. No dije nada y arranqué.

No tardé en detenerme. Los motociclistas habían taponado otra vía. Los imagino yendo a menos de 20 km/h pitando e insultando a todo el mundo. No creo que usen la violencia; pero violentos hay en todos lados. La gente se aprovecha.

Avanzábamos lentamente, así que decidí desviarme. “Intentaré por acá”, dije. La mujer, mirando su reloj, preguntó si había un accidente. Le dije que era por el paro de motos. “¿Paro de motos?”, preguntó mirando al hombre que la acompañaba. Éste último sacó su teléfono celular.

Sonaba la Calandria de Pedro Infante cuando el hombre dijo que las motos habían bloqueado la 27 y la 33 y el puente la Flora al mismo tiempo. Escuché decir que estaban “organizados” que parecían “terroristas” y hasta que deberían “echarles a la policía”. Yo asentía.

Poco a poco nos acercamos al colegio La Merced. Y de allí no nos movimos. Ella miraba su reloj; él, mi taxímetro.

Avanzamos un poco más.

“¿Qué hacemos?”, dijo la mujer. El hombre le susurró al oído y decidieron bajarse porque se nos estaba haciendo tarde nos íbamos a perder la película. Antonio me dijo que me quitara el collar, los anillos y las manillas, las metiera en el bolso y que no le soltara la mano. Pagó el taxi y nos dispusimos a caminar. Teníamos que cruzar el puente la Flora.

No éramos los únicos. Mucha gente caminaba. Algunos corrían, lo que me ponía los nervios de punta. Todos tenían prisa. Parecía que estuvieran huyendo de algo horrendo. Incluso nosotros. Al principio, Antonio iba delante. Me había tomado de la mano y caminaba muy rápido. Parecía estar arrastrándome. Entonces paré y se lo dije.

—Vas muy rápido, Antonio.

—Tenemos que cruzar rápido —dijo—No podemos arriesgarnos.

Tomó mi mano, nuevamente, pero esta vez caminaba junto a mí. ¿Arriesgarnos a qué? ¿Algún robo?, ¿Algún accidente? ¿No estaba siendo muy paranoico?

Llegamos a la entrada del puente y vi que algunos carros estaban dando la vuelta.

—No se metan por allá —nos dijo un conductor—Eso está feo.

Antonio no escuchó porque siguió a toda marcha y a veces se adelantaba y me jalaba el brazo.

Decidimos caminar por la carretera, entre los carros detenidos. A Antonio le pareció mala idea ir por el sendero peatonal del puente, le parecía inseguro y lento. Sin embargo, después de tropezar algunas veces y golpearnos con algunos espejos laterales decidimos usarlo.

Mientras avanzábamos, empezamos a divisar a los motociclistas culpables del trancón. No eran muchos; pero sí los suficientes.

Antonio sacó su celular y empezó a tomar fotografías.

—Ten cuidado —dije.

—No hay problema —dijo

Soltó mi mano y tomó fotos desde la carretera. Luego regresó. Avanzamos un poco y volvió a dejarme. Tomó algunas fotografías más. Mientras dejábamos el puente escuchábamos las arengas de los motociclistas que exigían respeto, igualdad y consideración con sus trabajos. Gritaban al vacío porque nadie estaba allí para escucharlos. Todos corrían, pitaban y gruñían al paso de los transeúntes. Caminamos un poco más y pude darme cuenta de que esa parejita que va allá nos estaba tomando fotos. Yo sabía que era inseguro hacer este tipo de manifestaciones con los números de las placas al aire. Yo se los había advertido.

Elkin se acercó y me dijo que si había visto a la parejita que estaba fotografiándonos. Le dije que sí y sin que yo se lo mandara dijo que les iba a dar un sustico y aceleró en su dirección.

Mientras se alejaba pude darme que cuenta que no estaba solo. Viendo a mis “amigos” los demás motociclistas me sentí parte del mundo. Era hermano de todo aquel que tuviera una moto (excepto los policías, claro) Y me puse a recordar cómo hace unos meses pude comprarme una moto. La idea era usarla para movilizarme hasta mi trabajo. Sin embargo, me di cuenta que podía sacarle más provecho a “mis dos ruedas”. Si alguien me pagaba por llevarlo a alguna parte, ¿Por qué no hacerlo? El Metrolínea es lo peor que pudo suceder a la ciudad. Pasa lleno y tarde. A veces, ni siquiera se detiene en las estaciones. Por otro lado, los taxis son muy caros, los taxímetros están arreglados y cobran lo que quieren. Sin importar que sea horario normal, cobran como si fuera día festivo, etc. Entonces, si el cliente puede acordar con el motociclista una cifra moderada, ¿Quién pierde? En la moto se le lleva cómoda y rápidamente. No espichado entre la gente y sin cobrarle más de la cuenta. Eso es lo que yo digo.

Ahora, La alcaldía se inventa unas normas ridículas para dejarnos sin trabajo. Claro, como tienen sus negocios con el transporte público… pero fíjese que el usuario es el que sale beneficiado. Pregunte cómo le toca a la gente que vivía en Piedecuesta. Antes tenían el mejor servicio de transporte, ahora es lo peor.

—Por eso protestamos y protestaremos; no somos delincuentes —dijo mientras encendía su motocicleta— Sólo queremos trabajar. Ponga eso en su artículo, mano. Eso es lo único que queremos, trabajar. Además, si la alcaldía quiere acabar con este servicio que nosotros brindamos, pues que mejore las carreteras, el Metrolínea, y demás cosas. La gente se aburre, la gente se aburre.

hypomnémata  

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20

12

2012

@pachevsko

Viaje al fin del mundo

Por: @pachevsko

Me compadezco de Metrolínea. Debe ser muy duro tener que aguantar la competencia desleal y tiránica de los medios de transporte formal e informal de la ciudad. Jaime Rodríguez está intentando solucionar los problemas con el transporte formal. Buses y busetas que se creen dueñas de las vías. ¡Ni el carril especial para el Metrolínea respetan!, y tan caro que costó.

Sin embargo, ¿Qué se puede hacer con el transporte informal (pirata) que con sevicia se esconde, espera, y se aprovecha para movilizar, con engaños, a los ciudadanos que deberían estar usando el servicio legal? Nada. Los hemos visto por allí disfrazados de buenos samaritanos invitando a los inocentes usuarios a subirse a buses escolares, carros particulares, y hasta motocicletas.

Ayer, inclusive, esperando a mi querido P3, caí en la trampa. Llevaba 30 minutos esperando y tenía una cita importante. Odio aceptarlo y pido perdón, pero el motociclista me convenció: llegaría más rápido, iría más cómodo, más seguro, me dijo. Se detuvo frente a mí. Acepté su servicio. Me pasó el chaleco y el casco, y me preguntó a dónde íbamos exactamente. Le di la dirección y antes de avanzar noté que recubría con una pequeña bolsa la parte interior del casco. Es por higiene, precisó.

Mientras conducía, se presentó: Manuel, gritó con el casco puesto. Preguntó dos o tres veces si la velocidad estaba bien, si tenía mucho afán, si me molestaba el brillo del sol, etc. Unos kilómetros más adelante preguntó qué clase de música me gustaba. Yo, desconfiado, le nombré uno de los álbumes de The Kinks, Sleepwalker. A continuación, aprovechó un semáforo en rojo y sacó de su chaleco unos audífonos blancos. Me los ofreció. Los pasó por debajo del brazo y escuché pista tras pista mientras dejábamos atrás a los demás automóviles.

Llegué con tiempo de sobra. Descendí de la motocicleta y Manuel sacó un frasquito de aromatizante de su chaleco. A veces queda un olor a humo en la ropa, dijo. Lo tomé y lo oprimí cerca de la camisa. Luego, me cobró y se despidió: Espero que haya tenido buen viaje. Cualquier cosa aquí tiene mi tarjeta. Adiós.

Confieso que no pude disfrutar del bistec de esa tarde. Me sentía avergonzado. Sacrificar el trabajo de los empleados de Metrolínea únicamente por mis deseos de llegar puntual, seguro y cómodo. Por esa razón, decidí que, de vuelta, tomaría el P3, como debe ser. Salí del restaurante y lo esperé 45 minutos. No me importó, estaba haciendo lo correcto. Cuando llegó a la estación, estaba repleto de pasajeros, pero afronté las condiciones y tuve la paciencia de aguantar los apretones, pellizcos y empujones. Revisé el bolsillo de la billetera cada dos minutos. Te vuelve más cauteloso, Metrolínea ¿no? Hasta que finalmente llegué a casa. Seguro que después de más de una hora de trayecto y espera había hecho lo correcto. No como lo hice en la tarde cuando me subí, por error, a esa cómoda, perfumada y rápida motocicleta.

Categoria: Recuerdos

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27

09

2012

@pachevsko

Vivir o sufrir con metrolínea, pero no morir

Por: @pachevsko

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Los más románticos dirán que en un bus Igsabelar dieron su primer beso. Otros recordarán el día en que conocieron la ciudad dándole la vuelta completa. Atribuirán a los mayas el retiro de la ruta, pues era “la que pasaba por todos lados y nos servía a todos”. Extrañarán el gusto musical de los conductores, las sensaciones producidas ante los usuales robos, y usarán su ausencia como coartada para llegar tarde a algún lugar: “No sabía que ya no circulaba”, “me quedé en la parada esperándolo”, “¿ya no pasa?”

Habrá, sin duda, los que se sientan aliviados con su ausencia. Menos buses en la carretera es sinónimo de “movilidad”. La ciudad debe “seguir modernizándose”  El tiempo de los recorridos se reducirá: “tendrá una frecuencia de 7 minutos en hora no pico y no superará los 10 minutos en hora pico” (x) Pedirán más rutas “¿Qué pasa con Girón y Floridablanca? ¿Nos olvidaron?” Dirán que ahorran más dinero al tener la opción de tomar “alimentadores” que no les cobran pasaje extra. Los ecologistas explicarán que “los buses viejos dañan el medio ambiente”. Finalmente, atribuirán al uso de los buses de metrolínea cierta normalización en la ciudad: “Los mensajes pregrabados que se repiten en los buses son pedagógicos, han cambiado a la juventud”

La ciudad se transforma y se jubilan las rutas conocidas. Les darán paso a los imponentes vehículos que cubren, por su carril, el 80% de la ciudad. ¿Por su carril?, adivino la pregunta. Por los carriles que necesiten.

¿Qué hacer?

Categoria: Actualidad

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