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	<title>Hypomnémata</title>
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	<description>Textos sobre la lectura, el recuerdo y la ficción</description>
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		<title>Noche de plan tortuga</title>
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		<pubDate>Tue, 14 May 2013 02:46:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>hypomnemata</dc:creator>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Ficciones]]></category>
		<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
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		<description><![CDATA[Había leído la noticia pero no creí que empezaría esta noche. Recibí el taxi a las siete, puse el CD de siempre y arranqué a probar suerte. No acostumbro a escuchar las noticias mientras trabajo. Todo es delito, todo es muerte. Ya tengo suficiente con lo que veo desde esta silla todos los días. El [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #000000"><a href="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/2013/05/13/noche-de-plan-tortuga/captura-4/" rel="attachment wp-att-375"><img class="wp-image-375 aligncenter" alt="plan tortuga" src="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2013/05/Captura.jpg" width="509" height="396" /></a></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Había leído la noticia pero no creí que empezaría esta noche. Recibí el taxi a las siete, puse el CD de siempre y arranqué a probar suerte. <strong>No acostumbro a escuchar las noticias mientras trabajo. Todo es delito, todo es muerte.</strong> Ya tengo suficiente con lo que veo desde esta silla todos los días. El taxista nocturno debe tener la sangre fría.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Acostumbro a escuchar un CD de música romántica que tiene más de 500 canciones, me lo regaló mi hija. Juan Gabriel, Leo Dan, Pimpinela, Leonardo Favio, etc., son los cantantes.<strong> No me gustan mucho, yo prefiero el vallenato</strong>; pero me relajan todo el día. Lo hacen más llevadero.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">A eso de las ocho de la noche ya me había enterado del caos de los motociclistas: su plan tortuga. Protestaban porque a la alcaldía se le ocurrió que debían usar sólo un carril, ¡otro carril ocupado! ¿Por dónde transitaremos los demás si la alcaldía sigue asignando carriles? En fin, protestaban por el carril, por la reducción de velocidad, porque no podrán llevar cascos en las manos, porque no podrán hacer zigzag (Quiero ver cómo lo controlarán), porque los parrilleros deberán tener un carnet, <strong>porque tendrán que pintar las motos de colores fosforescentes, porque las luces tendrán que ser más blancas que las de los carros, porque todos los motores tendrán que sonar igual</strong>, etc. Al final ya no se sabía si era todo en broma.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Iba sobre la 33 y una pareja me detuvo. Apreté el botón de las direccionales y frené suavemente. Se subieron. El hombre me indicó que debían llegar “lo más rápido que pueda” <strong>al centro comercial El Cacique. Me sorprendió que no dijera “Falabella”</strong>, que es desde hace unas semanas, el lugar más concurrido de la ciudad. No dije nada y arranqué.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">No tardé en detenerme. Los motociclistas habían taponado otra vía. Los imagino yendo a menos de 20 km/h pitando e insultando a todo el mundo. No creo que usen la violencia; pero violentos hay en todos lados. La gente se aprovecha.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Avanzábamos lentamente, así que decidí desviarme. “Intentaré por acá”, dije. La mujer, mirando su reloj, preguntó si había un accidente. <strong>Le dije que era por el paro de motos.</strong> “¿Paro de motos?”, preguntó mirando al hombre que la acompañaba. Éste último sacó su teléfono celular.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Sonaba <a href="http://www.youtube.com/watch?v=pvpEOCBWr3U" target="_blank">la Calandria</a> de Pedro Infante cuando el hombre dijo que las motos <strong>habían bloqueado la 27 y la 33 y el puente la Flora al mismo tiempo.</strong> Escuché decir que estaban “organizados” que parecían “terroristas” y hasta que deberían “echarles a la policía”. Yo asentía.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Poco a poco nos acercamos al colegio La Merced. Y de allí no nos movimos.<strong> Ella miraba su reloj; él, mi taxímetro.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Avanzamos un poco más.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">“¿Qué hacemos?”, dijo la mujer. El hombre le susurró al oído y decidieron bajarse porque se nos estaba haciendo tarde nos íbamos a perder la película. <strong>Antonio me dijo que me quitara el collar, los anillos y las manillas</strong>, las metiera en el bolso y que no le soltara la mano. Pagó el taxi y nos dispusimos a caminar. Teníamos que cruzar el puente la Flora.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">No éramos los únicos. Mucha gente caminaba. Algunos corrían, lo que me ponía los nervios de punta. Todos tenían prisa. <strong>Parecía que estuvieran huyendo de algo horrendo.</strong> Incluso nosotros. Al principio, Antonio iba delante. Me había tomado de la mano y caminaba muy rápido. Parecía estar arrastrándome. Entonces paré y se lo dije.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Vas muy rápido, Antonio.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Tenemos que cruzar rápido —dijo—No podemos arriesgarnos.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Tomó mi mano, nuevamente, pero esta vez caminaba junto a mí. ¿Arriesgarnos a qué? ¿Algún robo?, ¿Algún accidente? <strong>¿No estaba siendo muy paranoico?</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Llegamos a la entrada del puente y vi que algunos carros estaban dando la vuelta.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—No se metan por allá —nos dijo un conductor—Eso está feo.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Antonio no escuchó porque siguió a toda marcha y<strong> a veces se adelantaba y me jalaba el brazo.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Decidimos caminar por la carretera, entre los carros detenidos.<strong> A Antonio le pareció mala idea ir por el sendero peatonal</strong> del puente, le parecía inseguro y lento. Sin embargo, después de tropezar algunas veces y golpearnos con algunos espejos laterales decidimos usarlo.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Mientras avanzábamos, empezamos a divisar a los motociclistas culpables del trancón. No eran muchos; pero sí los suficientes.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Antonio sacó su celular y empezó a tomar fotografías.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Ten cuidado —dije.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—No hay problema —dijo</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Soltó mi mano y tomó fotos desde la carretera. Luego regresó. Avanzamos un poco y volvió a dejarme. Tomó algunas fotografías más. <strong>Mientras dejábamos el puente escuchábamos las arengas de los motociclistas que exigían respeto, igualdad y consideración con sus trabajos.</strong> Gritaban al vacío porque nadie estaba allí para escucharlos. Todos corrían, pitaban y gruñían al paso de los transeúntes. Caminamos un poco más y pude darme cuenta de que esa parejita que va allá nos estaba tomando fotos. Yo sabía que era inseguro hacer este tipo de manifestaciones con los números de las placas al aire. Yo se los había advertido.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Elkin se acercó y me dijo que si había visto a la parejita que estaba fotografiándonos. <strong>Le dije que sí y sin que yo se lo mandara dijo que les iba a dar un sustico y aceleró en su dirección.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Mientras se alejaba pude darme que cuenta que no estaba solo. Viendo a mis “amigos” los demás motociclistas me sentí parte del mundo. Era hermano de todo aquel que tuviera una moto (excepto los policías, claro) Y me puse a recordar cómo hace unos meses pude comprarme una moto. La idea era usarla para movilizarme hasta mi trabajo. <strong>Sin embargo, me di cuenta que podía sacarle más provecho a “mis dos ruedas”</strong>. Si alguien me pagaba por llevarlo a alguna parte, ¿Por qué no hacerlo? El Metrolínea es lo peor que pudo suceder a la ciudad. Pasa lleno y tarde. A veces, ni siquiera se detiene en las estaciones. Por otro lado, los taxis son muy caros, los taxímetros están arreglados y cobran lo que quieren. Sin importar que sea horario normal, cobran como si fuera día festivo, etc. Entonces, si el cliente puede acordar con el motociclista una cifra moderada, ¿Quién pierde? En la moto se le lleva cómoda y rápidamente. No espichado entre la gente y sin cobrarle más de la cuenta. Eso es lo que yo digo.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Ahora, La alcaldía se inventa unas normas ridículas para dejarnos sin trabajo. <strong>Claro, como tienen sus negocios con el transporte público… pero fíjese que el usuario es el que sale beneficiado</strong>. Pregunte cómo le toca a la gente que vivía en Piedecuesta. Antes tenían el mejor servicio de transporte, ahora es lo peor.</span></p>
<p style="text-align: justify">—Por eso protestamos y protestaremos; no somos delincuentes —dijo mientras encendía su motocicleta— Sólo queremos trabajar. <strong>Ponga eso en su artículo, mano. Eso es lo único que queremos, trabajar.</strong> Además, si la alcaldía quiere acabar con este servicio que nosotros brindamos, pues que mejore las carreteras, el Metrolínea, y demás cosas. La gente se aburre, la gente se aburre.</p>
<p style="text-align: center"><a href="https://www.facebook.com/hypomnematablog" target="_blank" rel="attachment wp-att-391"><img class="wp-image-391 aligncenter" title="Visítenos en Facebook" alt="hypomnémata" src="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2013/05/hypo.jpg" width="338" height="217" /></a></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Barba verba</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Apr 2013 02:09:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>hypomnemata</dc:creator>
				<category><![CDATA[Lecturas]]></category>
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		<category><![CDATA[Barba]]></category>
		<category><![CDATA[Escritura]]></category>
		<category><![CDATA[Reflexiones]]></category>

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		<description><![CDATA[¿A quién no le han mentado la barba? Siempre hay alguien que te está advirtiendo sobre su exceso de tamaño, longitud y color. A esos, quisieran los barbados componerles una [canción] o recitarles un [poema]. En mi caso, siempre recuerdo un texto olvidado que [Alfonso Reyes] escribió en junio de 1956 titulado Barba: Me estoy dejando barba, una barbita [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><a href="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/2013/04/07/barba-verba/captura-3/" rel="attachment wp-att-353"><img class="aligncenter  wp-image-353" alt="Barba" src="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2013/04/Captura.jpg" width="478" height="356" /></a></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000"><strong>¿A quién no le han mentado la barba?</strong> Siempre hay alguien que te está advirtiendo sobre su exceso de tamaño, longitud y color. A esos, quisieran los barbados componerles una [<span style="color: #000000"><a href="http://www.youtube.com/watch?v=KlgbKIswpzI" target="_blank">canción</a>]</span> o recitarles un [<span style="color: #000000"><a href="http://lassillasmalditas.blogspot.com/2013/04/tergiversaciones-leon-de-greiff.html" target="_blank">poema</a>]</span>. En mi caso, siempre recuerdo un texto olvidado que [<span style="color: #000000"><a href="http://lassillasmalditas.blogspot.com/2010/12/maestro-alfonso-reyes.html" target="_blank">Alfonso Reyes</a>]</span> escribió en junio de 1956 titulado Barba:</span></p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify"><em><span style="color: #000000">Me estoy dejando barba, una barbita &#8220;de candado&#8221;:<strong> a cierta edad, es bueno echarse un candado en la boca.</strong> Y como la barba es hoy un lujo casi desusado, me anda por la subconsciencia una timidez, un vago sentimiento de que me propaso y caigo en la Hybris. Y anoche he soñado que, al despertar de un sueño, me encontré con que me habían afeitado mientras dormía.</span></em></p>
<p style="text-align: justify"><em><span style="color: #000000">Unos hallan que me estoy pareciendo a Inocencio X de Velázquez, a Eduardo VII, o a Sir Thomas Beecham; otros, que a Monty Wolly; otros, que al Conde Sforza; y los de más allá, que al Archimandrita Kallinikos Macheriotis. El doctor Ignacio Chávez me contempla algo fascinado y acaba por declararme: <strong>“Es antes cuando andaba usted disfrazado y como aniñado artificialmente. Ésta de ahora es su verdadera cara.”</strong></span></em></p>
<p style="text-align: justify"><em><span style="color: #000000">Y a los que me preguntan qué me propongo, contesto:</span></em></p>
<p style="text-align: justify"><em><span style="color: #000000"><strong>—Escoja usted entre estas explicaciones</strong>: <strong>1)</strong> satisfacer un capricho; <strong>2)</strong> hallar alguna novedad cuando me miro al espejo o en las fotos, porque estoy harto de ver mi fisionomía de siempre; <strong>3)</strong> disimular la piel por algunos días; <strong>4)</strong> corregir el efecto de mi papada; <strong>5)</strong> prepararme para presentar un film en compañía de la guapísima Sarita Montiel, cuando ella regrese de Europa…</span></em></p>
<p style="text-align: justify"><em><span style="color: #000000">Pero ni por asomo se me ocurre decir que busco algún parecido con el hermoso rostro de mi padre, porque eso jamás lo alcanzaré, por más que me esfuerce.</span></em></p>
<p style="text-align: justify"><em><span style="color: #000000">Por supuesto, aunque las mujeres más bien consideran con simpatía mi naciente barba, algunos hombres —ya envidiosos— han dado por censurarme. Y yo me siento en el trance de Juliano el Apóstata, dispuesto a escribir, en defensa de las barbas, un nuevo Misopoógoon contra los frívolos habitantes de Antioquía. “Por lo visto —decía Juliano más o menos— <strong>mi perversidad y mala índole me han movido a dejarme crecer las barbas para castigar con ello la natural fealdad de mi rostro…</strong> Pero vosotros, aún en la vejez, queréis emular la dulce apariencia de vuestras hijas.”</span></em></p>
</blockquote>
<div style="font-size: 1em"></div>
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		<title>Un libro lleno de libros</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/2013/02/23/un-libro-lleno-de-libros/</link>
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		<pubDate>Sun, 24 Feb 2013 00:31:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>hypomnemata</dc:creator>
				<category><![CDATA[Lecturas]]></category>
		<category><![CDATA[Biblioteca]]></category>
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		<description><![CDATA[Escribo esto con una cerveza helada al lado. No para alcoholizarme, ni porque crea que sea buena para la salud. Simplemente, porque su sabor y su temperatura, para mí, representan un trofeo. Un premio por las casi cincuenta horas de trabajo de esta semana (y de cada semana) que se van en preparar clases, calificar [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><a href="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/2013/02/23/un-libro-lleno-de-libros/captura-2/" rel="attachment wp-att-329"><img class="aligncenter  wp-image-329" alt="libros" src="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2013/02/Captura.jpg" width="435" height="373" /></a></p>
<p style="text-align: justify">Escribo esto con una cerveza helada al lado. No para alcoholizarme, ni porque crea que sea buena para la salud. Simplemente, porque su sabor y su temperatura, para mí, representan un trofeo. <strong>Un premio por las casi cincuenta horas de trabajo de esta semana</strong> (y de cada semana) que se van en preparar clases, calificar evaluaciones, corregir escritos de tres páginas, cuatro, quince, etc. Y me retrasan las lecturas y relecturas que llevo pendientes desde hace tiempo.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>Bolaño me guiña el ojo mientras afilo el lápiz rojo</strong>: “Léeme”, parece decirme. Pero resisto. <strong>Vallejo (César), se resbala de repente</strong> del estante de la biblioteca. Me levanto, lo recojo y leo:</p>
<p style="padding-left: 60px">Quiere y no quiere su color mi pecho,<br />
Por cuyas bruscas vías voy, lloro con palo,<br />
Trato de ser feliz, lloro en mi mano<br />
Recuerdo, escribo<br />
Y remacho una lágrima en mi pómulo.</p>
<p style="text-align: justify">Su olor me recuerda el día en que lo compré, pero no el precio que me costó. Es normal.</p>
<p style="text-align: justify">Vuelvo a sentarme, pongo el libro cerca y los exámenes se caen. Debo recogerlos urgentemente. El tiempo sigue pasando, avanzando. Uno por uno, los vuelvo a poner en el escritorio. Los cuento muchas veces, frenéticamente, y hacen falta dos. Entonces, me agacho y miro debajo de los estantes. Diviso uno, me acerco. A su lado<strong> encuentro Fahrenheit 451.</strong> Al tomarlo me da la impresión de que está ardiendo. Vuelvo al escritorio con el examen y el libro. Cuento nuevamente y sigue faltando uno. No está en el suelo. Me levanto. Miro en todas las direcciones y<strong> lo encuentro atorado entre dos libros de la estantería, Coetzee y Saramago</strong>. Lo rescato y suspiro. Ya es tarde y me queda todo por calificar.</p>
<p style="text-align: justify">Siempre me pasa. Me atacan libros que quieren ser leídos y releídos. Los pobres <strong>no esperaban como dueño un lector ocupado, ausente.</strong></p>
<p style="text-align: justify">Debo idear un plan. Cargar un libro, dos libros, seis libros en el maletín. Tirar los aparatos electrónicos. Hacerme cirugía en la retina para poder leer en movimiento. <strong>Ubicar la biblioteca en el baño</strong>. Estar constipado. Leer entre las escenas malas de las películas. No charlar a la hora del almuerzo. Tener siempre la boca llena y el ojo abierto. Renunciar, como el Papa. Divorciarme, como Neruda. Encarcelarme, como Pound. No estar aquí. Estar en otro lado.<strong> Metido en un libro lleno de libros.</strong></p>
<p style="text-align: justify"><strong>(Ningún libro citado en este texto fue lastimado. Además, disfrutaron, disfrutan y disfrutarán ser leídos siempre)</strong></p>
]]></content:encoded>
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		<title>La vida de Pi, el tigre de Bengala</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Dec 2012 19:55:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>hypomnemata</dc:creator>
				<category><![CDATA[Lecturas]]></category>
		<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
		<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Reflexiones]]></category>

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		<description><![CDATA[Nos tardamos algunos minutos en entrar al cine. Teníamos, eso creí, unos buenos asientos: la parte más alta y centrada. Sin embargo, no contábamos con que, pasados los primeros cinco minutos, nuestros vecinos de asiento se aburrirían del desfile animal que proponía Ang Lee en la pantalla. “Qué fastidio”, dijo uno. “Qué mamera”, dijo el [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><a href="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2012/12/pi.jpg"><img class=" wp-image-297 aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2012/12/pi.jpg" alt="" width="539" height="305" /></a></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Nos tardamos algunos minutos en entrar al cine. Teníamos, eso creí, unos buenos asientos: la parte más alta y centrada. Sin embargo, no contábamos con que, pasados los primeros cinco minutos, <strong>nuestros vecinos de asiento se aburrirían del desfile animal que proponía <a href="http://www.imdb.com/name/nm0000487/" target="_blank"><span style="color: #000000">Ang Lee</span></a> en la pantalla.</strong> “Qué fastidio”, dijo uno. “Qué mamera”, dijo el otro. Y empezaron a comentar su tedio hasta que la cinta terminó. Insoportable. Fueron los primeros en salir. Nosotros, los últimos.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000"><strong>La película se basa en la novela de Yann Martel y se titula Life of Pi;</strong><strong> valga aclarar que no le tenía mucha fe</strong>. Al parecer no le tengo fe a las cintas que se promocionan con un cartel que dice “8 años en adelante”. Me hace pensar en Disney, en canciones, tonterías. Pero gracias a mi predisposición, Lee me sorprendió gratamente.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Confieso que no recordaba <a href="http://www.imdb.com/title/tt0190332/" target="_blank"><span style="color: #000000">El Tigre y el dragón</span></a>, <a href="http://www.imdb.com/title/tt0388795/" target="_blank"><span style="color: #000000">Secreto en la montaña</span></a> y su <a href="http://www.imdb.com/title/tt0286716/" target="_blank"><span style="color: #000000">Hulk</span></a>. Para mí, el tal Lee, prometía en el cartel promocional que<strong> juntaría al tigre de Bengala con el protagonista. Una amistad imposible.</strong> Pero no lo hizo. La película se complejizó a medida que avanza.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">No voy a resumirla. Ni hablaré de la supuesta confrontación entre religión y razón que expone Lee en el filme. Para eso les dejo un buen <a href="http://www.elmulticine.com/peliculas_listado2.php?orden=4404" target="_blank"><span style="color: #000000">link</span></a> al respecto. <strong>Simplemente quiero recapitular los escalones interpretativos que, de la mano de Lee, fui recorriendo.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Lo primero que me llamó la atención fue el nombre del tigre de Bengala: Richard Parker. Recordé inmediatamente la nouvelle de Poe, Aventuras de Arthur Gordon Pym. <strong>Era imposible olvidar al miserable Parker</strong>. Cito aquí el famoso fragmento:</span></p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;padding-left: 30px"><span style="color: #000000">“Cuando hubo desaparecido enteramente [el buque], <strong>Parker se volvió a mí de repente con tal expresión en el semblante que me hizo estremecer.</strong> Su ademán era tranquilo, advertí en él una serenidad que no había visto hasta entonces, y antes de que abriese los labios, mi corazón adivinó lo que iba a decir. En breves palabras me propuso que uno de nosotros fuera sacrificado para salvar la existencia de los demás” p.114. Ed. Oveja Negra.</span></p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">El tigre asesina a la hiena, quien hacía parte de los animales que acompañaban a Pi en la barca que lo salvó del naufragio.<strong> Una cebra, un gorila, una hiena y Parker, el tigre.</strong> La cebra está herida, la hiena la asesina y come de ella. Asimismo, ataca al gorila y lo mata. Finalmente, aparece el tigre y devora a la hiena.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Segundo, hilé cabos. <strong>Aún si me equivocaba, creía que el tigre, caníbal por partida doble, (por su naturaleza y por su homónimo) iba a ser domesticado por Pi</strong>. En ese momento pensé más en la palabra civilizado. Entonces, ya humanizado el tigre, recordé los relatos donde se exponen las peripecias que debe pasar el “civilizado” por enseñar al “bárbaro” y hacerle “digno”. Pero me di cuenta de que Pi no lograba amaestrar al tigre por medio de la razón (el uso del oleaje para marearlo) sino de los gritos y la violencia. Estaba equivocado, en La vida de Pi, nadie iba a domar a nadie.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Esta última idea era un poco difícil de asimilar. <strong>Siempre se espera un cambio en los personajes que pasen de un estado A un estado B.</strong> Ocurre. Sin embargo, esto no siempre es evidente a simple vista.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Tercero; ya casi al final, Lee nos tiene preparada una sorpresa. Y lamentamos (o no) haberle creído a Pi. <strong>El espectador es, aquí, puesto a prueba</strong>: puede aceptar la versión extendida, maravillosa y artística de la historia de Pi, o puede, incrédulo sopesar cada indicio y aceptar el relato descarnado, realista y mordaz del final. Pi llora al contar la segunda historia, en la que él sería el tigre asesino. Recuerda a su padres, la enseñanza de su padre. <strong>¿Es el tigre, acaso, el mismo Pi.</strong></span></p>
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		<title>Viaje al fin del mundo</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Dec 2012 20:22:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>hypomnemata</dc:creator>
				<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
		<category><![CDATA[Bucaramanga]]></category>
		<category><![CDATA[Metrolínea]]></category>
		<category><![CDATA[Reflexiones]]></category>
		<category><![CDATA[Transporte público]]></category>

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		<description><![CDATA[Me compadezco de Metrolínea. Debe ser muy duro tener que aguantar la competencia desleal y tiránica de los medios de transporte formal e informal de la ciudad. Jaime Rodríguez está intentando solucionar los problemas con el transporte formal. Buses y busetas que se creen dueñas de las vías. ¡Ni el carril especial para el Metrolínea [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><a href="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2012/12/metrol.jpg"><img class="wp-image-270 aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2012/12/metrol.jpg" alt="" width="517" height="387" /></a></p>
<p style="text-align: justify">Me compadezco de Metrolínea. Debe ser muy duro tener que aguantar la competencia desleal y tiránica de los medios de transporte formal e informal de la ciudad. <strong>Jaime Rodríguez está intentando solucionar los problemas con el transporte formal</strong>. Buses y busetas que se creen dueñas de las vías. ¡Ni el carril especial para el Metrolínea respetan!, y tan caro que costó.</p>
<p style="text-align: justify">Sin embargo, ¿Qué se puede hacer con el transporte informal (pirata) que con sevicia se esconde, espera, y se aprovecha para movilizar, con engaños, a los ciudadanos que deberían estar usando el servicio legal? Nada. <strong>Los hemos visto por allí disfrazados de buenos samaritanos</strong> invitando a los inocentes usuarios a subirse a buses escolares, carros particulares, y hasta motocicletas.</p>
<p style="text-align: justify"><strong>Ayer, inclusive, esperando a mi querido P3, caí en la trampa.</strong> Llevaba 30 minutos esperando y tenía una cita importante. Odio aceptarlo y pido perdón, pero el motociclista me convenció: llegaría más rápido, iría más cómodo, más seguro, me dijo. Se detuvo frente a mí. Acepté su servicio. Me pasó el chaleco y el casco, y me preguntó a dónde íbamos exactamente. <strong>Le di la dirección y antes de avanzar noté que recubría con una pequeña bolsa la parte interior del casco.</strong> Es por higiene, precisó.</p>
<p style="text-align: justify">Mientras conducía, se presentó: Manuel, gritó con el casco puesto. Preguntó dos o tres veces si la velocidad estaba bien, si tenía mucho afán, si me molestaba el brillo del sol, etc. Unos kilómetros más adelante preguntó qué clase de música me gustaba. <strong>Yo, desconfiado, le nombré uno de los álbumes de The Kinks, Sleepwalker.</strong> A continuación, aprovechó un semáforo en rojo y sacó de su chaleco unos audífonos blancos. Me los ofreció. Los pasó por debajo del brazo y escuché pista tras pista mientras dejábamos atrás a los demás automóviles.</p>
<p style="text-align: justify">Llegué con tiempo de sobra. Descendí de la motocicleta y Manuel sacó un frasquito de aromatizante de su chaleco. A veces queda un olor a humo en la ropa, dijo. Lo tomé y lo oprimí cerca de la camisa. Luego, me cobró y se despidió: <strong>Espero que haya tenido buen viaje. Cualquier cosa aquí tiene mi tarjeta. Adiós.</strong></p>
<p style="text-align: justify">Confieso que no pude disfrutar del bistec de esa tarde. Me sentía avergonzado. Sacrificar el trabajo de los empleados de Metrolínea únicamente por mis deseos de llegar puntual, seguro y cómodo. Por esa razón, decidí que, de vuelta, tomaría el P3, como debe ser. <strong>Salí del restaurante y lo esperé 45 minutos.</strong> No me importó, estaba haciendo lo correcto. Cuándo llegó a la estación, estaba repleto de pasajeros, pero afronté las condiciones y tuve la paciencia de aguantar los apretones, pellizcos y empujones. <strong>Revisé el bolsillo de la billetera cada dos minutos.</strong> Te vuelve más cauteloso, Metrolínea ¿no? Hasta que finalmente llegué a casa. Seguro que después de más de una hora de trayecto y espera había hecho lo correcto. <strong>No como lo hice en la tarde cuando me subí, por error, a esa cómoda, perfumada y rápida motocicleta.</strong></p>
<ul>
<li>Aquí otro texto sobre el servicio de transporte de Bucaramanga, Metrolínea: <a href="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/2012/09/27/vivir-o-sufrir-con-metrolinea-pero-no-morir/" target="_blank">Vivir o sufrir con metrolínea, pero no morir</a></li>
</ul>
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		<title>Los minutos no se venden solos</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Nov 2012 11:15:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>hypomnemata</dc:creator>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Bucaramanga]]></category>
		<category><![CDATA[Cecilia]]></category>
		<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[Minutos a celular]]></category>
		<category><![CDATA[Trabajo]]></category>

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		<description><![CDATA[Es mejor que no trabaje más —Apenas fueron tres meses —me dijo por teléfono—. La vieja me dijo que ya casi daba a luz y que trabajar me adelantaría el parto. Entonces, dijo que ya no más. ¿Puede creerlo? Me puso reemplazo. Le pedí que nos viéramos y me dijo que era imposible. Estaba en [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">
<p style="text-align: center"><strong><span style="color: #000000"><em> </em></span></strong></p>
<div>
<p style="font-weight: bold;font-style: italic;text-align: center"><img class="recurso_post aligncenter size-full wp-image-226" src="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2012/11/Cecilia_vende_minutos.jpg" alt="Cecilia_vende_minutos" width="508" height="429" /></p>
<p style="font-weight: bold;font-style: italic;text-align: justify"><strong><span style="color: #000000">Es mejor que no trabaje más</span></strong></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Apenas fueron tres meses —me dijo por teléfono—. La vieja me dijo que ya casi daba a luz y que trabajar me adelantaría el parto. Entonces, dijo que ya no más. ¿Puede creerlo? Me puso reemplazo.</span></p>
</div>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Le pedí que nos viéramos y me dijo que era imposible. Estaba en su casa, con su esposo, y no quería darle razones para que sospechara algo que no existía. Hablaba en serio. Accedí a contarle al hombre sobre el texto que estaba escribiendo. No tenía por qué ser un secreto. Al final dijo que sí. <strong>Nos veríamos al día siguiente en la dirección que me había dado</strong>. Colgamos.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Meses atrás había decidido escribir su historia. <strong>Me entrevisté con ella dos o tres veces por semana</strong>. Mientras ella trabajaba, yo esperaba el bus. Su despido dejaba un hueco inmenso que sólo su testimonio final podría llenar.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">El día acordado, me recibieron con <strong>tinto y galletas saltinas</strong>. Humilde manjar que comí encantado. El esposo de Cecilia estaba usando camisa manga larga y le bajaban, por el rostro, sucesivas líneas de sudor.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Buenas tardes, señor periodista. Mi esposa me lo contó todo y le agradezco que haga una investigación sobre los problemas del transporte público en Bucaramanga. Ese es un tema de interés para todos. —Dijo sentándose frente a mí.</span></p>
<div>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Después, Cecilia me contaría que tuvo que inventar todo eso para que pudiéramos hablar ese día. <strong>Yo no era periodista y no me interesaba, en ese momento, el caos del transporte público.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Mi mujer —continuó diciendo— sabe mucho de esas cosas. El trabajo que tenía, como usted sabe, le permitía estar pendiente de las rutas que pasaban por la carretera. Le puedo asegurar que las conoce todas; hasta los tiempos que debe llevar cada una. De todas formas, si usted necesita otra entrevista yo estoy a la orden. ¿Va a tomar fotos?</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Le dije que sí; lo entrevistaría después de hablar con su esposa. Las fotos, las tomaría otro periodista. Me agradeció y fue a llamar a Cecilia.</span></p>
<div>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Ya llegó el señor —gritó mientras subía por las escaleras.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000"><span id="more-207"></span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Tres meses antes, al lado de la parada de bus, frente a la autopista que une Piedecuesta con Bucaramanga, se estacionó una motocicleta. La mujer que la conducía bajó una mesa pequeña; las que usaban antes para vender lotería, y esperó. Al rato llegó Cecilia. <strong>Una mujer joven, delgada, de baja estatura, mestiza, de cabello negro y ojos grandes.</strong> Caminaba despacio por la acera contraria, cruzó la calle y saludó.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Buenas días, mi señora.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Buenos días. <strong>Hay que llegar temprano</strong>.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Es que había trancón.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Entre las dos ubicaron la mesita en la acera, debajo de la sombra de los bambúes.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Espéreme un rato —le dijo a Cecilia.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Ella esperó junto a la mesa y se cruzó de brazos. Parecía nerviosa. <strong>Era su primer día de trabajo vendiendo minutos a celular.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—No era mi primera vez —me diría más tarde—. En mi barrio yo vendía. Y me iba muy bien. Pero cuando el negocio dejó de ser exclusivo, empezó a generar pérdida. En todos lados se encontraban minutos a celular, y baratos. <strong>Yo vendía cuando eran a doscientos.</strong> Yo era muy buena en eso. Las matemáticas son mi fuerte. Después, doña Cira me ofreció trabajar acá. Y aquí estoy.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Doña Cira llegó cargando una sombrilla, una escoba y dos bolsas negras. Primero sacó el chaleco verde que Cecilia debía llevar puesto todo el día. A él, le siguieron cigarrillos y celulares atados con cadenas, chicles y dulces, dos termos de café y un taburete azul tan incómodo que Cecilia <strong>tendría que sentarse cruzando las piernas</strong>. Después, traería un cojín.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Veinte bombones, —Doña Cira empezó a contar mientras escribía en una libreta— siete cajas de cigarrillos, treinta chicles y cincuenta mentas. El vaso de café lo llena hasta acá. Esta es la medida. No lo llene. Por ahora, eso.<strong> Si usted ve que se vende más me dice y mañana traemos más</strong>. Mucho cuidado. Usted sabe cómo es.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">— Sí señora —dice Cecilia mientras instala la sombrilla.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Hecho el inventario, Doña Cira le dice los precios de cada cosa y se va.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—El mejor consejo que me han dado —recuerda Cecilia mientras estoy en su casa— me lo dio la vieja ese día: <strong>Si se ve más pudiente, el cliente puede pagar cincuenta pesitos más.</strong> ¿No le parece? —sonríe.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Su esposo nos trae más galletas con café. Esta vez está frío. Mido el calor que hace por la humedad que se expande, cada vez más, por su camisa.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Cecilia sigue contando su experiencia en el trabajo que acaba de perder. <strong>Y dice que todo es culpa del embarazo</strong>. Miro de reojo a su esposo y no se inmuta. Él quizá piense lo mismo: el embarazo fue el problema.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Es inusual escucharle esa palabra a Cecilia: embarazo. Meses antes, no se atrevía a pronunciarla y esquivaba cualquier pregunta sobre su condición. Nunca creyó que se le notaría tanto, rezaba para que el niño no creciera mucho y la dejara trabajar. Pero faltando tres meses para nacer era imposible no verle la panza.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Es mejor que ya no trabaje más —le dijo Doña Cira mientras hacían cuentas.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000"><strong>—</strong><strong>Usted sabe por qué lo hago</strong><strong>. Con el sueldo de repartidor no alcanza.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Es mejor, Cecilia, es lo mejor. —Después la llamaría por teléfono para decirle que no fuera al día siguiente.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Cuando le insistía que por qué no me dejaba ir a trabajar —recuerda Cecilia— me decía que ya habíamos hablado sobre eso y que habíamos quedado las dos, imagínese las dos, en que ya no volvería más. Já. Me tocó aceptarlo. Total ni qué contrato ¿no?</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000"> </span></p>
<div style="text-align: center"><strong><span style="color: #000000">_______________________</span></strong></div>
<div><span style="color: #000000"><br />
</span></div>
<p style="text-align: justify"><strong><span style="color: #000000"><em><span style="color: #000000">Cecilia se aburre mucho</span></em></span></strong></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Habían horas del día en que parecía ser la única habitante de la ciudad. <strong>Ni siquiera los buses llevaban gente. Sus conductores parecían fantasmas</strong>. A veces llevaba una revista y un crucigrama. Otras, antes de que se lo prohibieran, escuchaba vallenato por unos audífonos prestados.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">— Incluso llegué a contar los pasos que había de aquí a aquella piedra que está allá —decía mientras vendía un café—. Noventa y ocho pasos si se es mayor. Sesenta si se es joven. Si va de afán son menos.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Sin embargo, en su segundo mes de trabajo encontró una manera divertida de pasar el tiempo:<strong> haciéndole bromas a sus clientes.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Me da pena decirlo —dice sonriendo— a veces, entregaba los cigarrillos al revés para que los encendieran por el  filtro. La gente se daba cuenta del error pero se iban disimulando. Les daba pena. Caminaban, con el cigarrillo en la boca, como si nadie los hubiera visto. Cuando estaban lejos yo soltaba la carcajada. Y eso no es nada —Se acomoda en la silla— una vez, juro que fue una sola vez, <strong>le hice un huequito a un vaso, serví el café y la señora se fue como si no pasara nada mientras que, gota a gota, el café le manchaba la blusa. </strong>—Carcajea— Qué pecado.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Cecilia le pide a su esposo que haga más café. Ella está embarazada. Él se levanta, va a la cocina y desde allá le grita que mejor me cuente cuando la atracaron.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Uy, sí —dice— ese sería un buen final para su artículo. Imagínese que estaba yo esperando a Cira para entregarle la producción del día, más o menos a las cinco de la tarde. Ella acostumbra llegar a esa hora, hacemos cuentas y nos vamos. Cuando, de sopetón, salieron dos tipos por atrás de los bambúes. <strong>Uno de ellos me empujó, me caí de la silla y grité. El otro sacó el cajón de la plata</strong>. Me imagino que lo desocupó en una bolsa. Al estilo de las películas. No pude verlo. Cuando me levanté ya se habían ido. No se llevaron ningún celular. Nadie me asistió, y eso que grité duro. Ese día fue muy feo. Doña Cifra no me cobró la plata que se perdió, pero me regañó una semana entera; que tenía que estar atenta, que tenía que cuidarme. Después se me pasó el susto.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">El esposo de Cecilia llega con más café. Está hirviendo. Entonces, pregunta: ¿Y todo esto qué tiene que ver con el transporte público? Nos miramos y, cómplices, reímos. Le contamos la verdad y, en buen tono, sermonea a su mujer diciéndole que no sea tan desconfiada, <strong>que</strong><strong> ni porque él fuera tan celoso y la besa.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Llega la hora de irme. Agradezco los tintos y las galletas y me pongo en pie.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">— <strong>No vaya a poner mi nombre de verdad</strong> —me dice.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Si usted me lo permite —digo.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Le pregunta a su esposo un nombre. Él se encoge de hombros. <strong>Se le ocurren tres: Cecilia, Carolina y Liseth.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—<strong>Ponga Cecilia —sentencia—<strong> Ese me gusta más.</strong></strong></span></p>
<p><span style="font-weight: bold;text-align: center"><span style="color: #000000">_______________________</span></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000"><br />
</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000"><strong><strong><span style="color: #000000"><a href="https://www.facebook.com/hypomnematablog" target="_self">Hypomnémata en Facebook</a> (<a href="https://www.facebook.com/hypomnematablog" target="_self">x</a>)</span></strong></strong></span></p>
</div>
</div>
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		<title>Ni Dios, ni amo (sobre los pie de foto)</title>
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		<pubDate>Wed, 31 Oct 2012 00:39:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>hypomnemata</dc:creator>
				<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
		<category><![CDATA[Alianza Francesa]]></category>
		<category><![CDATA[Fotografía]]></category>
		<category><![CDATA[Título]]></category>

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		<description><![CDATA[Y para ilustrar cómo un mal título puede perjudicar una obra brillante a causa de la irresponsabilidad del autor con la obra misma, he aquí una anécdota: el 28 de abril de 2008 asistí a una exposición de fotografías en la galería Leópold Sédar Senghor de la Alianza Colombo-francesa de Bucaramanga.  La exposición se titulaba [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Y para ilustrar cómo un mal título puede perjudicar una obra brillante a causa de la irresponsabilidad del autor con la obra misma, he aquí una anécdota: el 28 de abril de 2008 asistí a una exposición de fotografías en la galería Leópold Sédar Senghor de la<strong> Alianza Colombo-francesa de Bucaramanga</strong>.  La exposición se titulaba <em>“Espiral Urbano”</em>. Me detuve en cada una de las fotografías dos o tres veces, como lo hago habitualmente, observando la imagen y a continuación su título. Pero al intentar hacer lo segundo, los <em>“letreritos”</em> no estaban. Esto me sorprendió enormemente y recordé aquellas palabras de <strong>Alfonso Reyes</strong> cuando propuso la supresión de las inscripciones que acompañan a las pinturas en las exposiciones, a razón de que no se recibe el impacto de la pintura sino el de la literatura informativa que la acompaña. Algunas fotografías me parecieron brillantes:</span></p>
<p style="text-align: center"><span style="color: #000000"> <img class="recurso_post size-full wp-image-188  aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2012/10/DSC00099.JPG" alt="Ni dios ni amo" width="498" height="398" /><br />
</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000"> </span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Poco después, volví a la galería y vi aquellos letreritos que no estaban antes, al parecer habían olvidado instalarlos. Me acerqué nuevamente a mi favorita, y lo que yo interpreté como una interrelación de contenidos entre lo textual y lo icónico, había sido disminuido, por el título, a una simple referencia de anarquía. </span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">E<span style="color: #000000">l título, <strong>Escuela de anarquía</strong></span></span><span style="color: #000000"><strong>—inscripciones abiertas,</strong> centra su atención en la pinta de la pared, dejando a un lado la fuerza semántica de la pareja que descansa (¿sensualmente?) en la calle.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000"> </span></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Cómo cantar un gol</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/2012/10/22/como-cantar-un-gol/</link>
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		<pubDate>Mon, 22 Oct 2012 16:58:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>hypomnemata</dc:creator>
				<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
		<category><![CDATA[Cantar]]></category>
		<category><![CDATA[Futbol]]></category>
		<category><![CDATA[Gol]]></category>

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		<description><![CDATA[Es falso que para cantar un gol se deba respirar profundamente, afirmar el diafragma y dejar que el aire vaya saliendo poco a poco. Saldrá un bonito sonido, es cierto; quizá dure más que el gol del narrador, quizá; pero esas técnicas son equivocadas. Son validas para las canciones de radio, los gritos de los [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="recurso_post size-full wp-image-172  aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2012/10/gola.jpg" alt="gol" width="512" height="321" /></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Es falso que para cantar un gol se deba respirar profundamente, afirmar el diafragma y dejar que el aire vaya saliendo poco a poco. Saldrá un bonito sonido, es cierto; quizá dure más que el gol del narrador, quizá; pero esas técnicas son equivocadas. Son validas para las canciones de radio, los gritos de los profesores y los regaños de la mamá. Pero cuando se canta un gol, es diferente. El gol duele. <strong>Algo debe doler después de un gol, si no es así, está mal cantado.</strong> Me atrevo a asegurar que la cerveza se toma únicamente para calmar la garganta, nada más.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Pero eso no es todo, el gol no se canta en soledad. Se considera, incluso, patético cantar un gol cuando no hay con quien celebrarlo. Dicen los expertos que únicamente es valido (bien visto) cuando lo cantan más de 5 personas. <strong>Es decir, el gol no existe cuando lo cantan pocos.</strong> Existe en el estadio, claro está, cuando está lleno. En el equipo de fútbol: son once. Pero cuando hay menos, el gol se extingue.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Algunos expertos aseguran que siguiendo unas especificaciones muy precisas el gol puede disfrutarse más.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">La primera estrategia es bastante conocida. Se usa bastante. Se debe llegar temprano al lugar donde decidió ver el partido y medir aproximadamente un metro entre usted y la pantalla. No desprenderá la vista ella. <strong>Maldecirá los anuncios publicitarios que apagan la voz del narrador</strong>, insultará a los jugadores del equipo contrario y entablará una conversación con los jugadores que llevan la pelota. Dirá algo así como “Vamos, vamos que tu puedes, dale” Si usa está estrategia tiene el deber moral de cantar el gol antes de hacerse. Como es usted quien sigue el partido y no se pierde ninguna jugada, cuando usted diga gol, en el juego habrá gol.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">La siguiente, aunque suene paradójico, es <strong>estar hablando de otra cosa en el momento previo al gol</strong>: la música de Marta Gómez, la comida mexicana, la concepción económica del arte, el proceso de paz, etc., usted elige según sus preferencias. Cuando haya gol, aún sin verlo, lo cantará. Cuando vea la repetición, lo cantará de nuevo.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">La última estrategia es tener afán de marcharse porque tiene una cita, porque tiene una clase o porque debe, sin más. Entonces, <strong>estará atento al partido de futbol mientras mira en el reloj cuantos minutos han pasado</strong>, sacará el celular para revisar si tiene llamadas perdidas, estará pendiente de un taxi desocupado. La presión de grupo le ayudará. No le dejarán marcharse. Algunas veces se pondrá en pie y se volverá a sentar, moverá con nerviosismo una pierna, etc. Pero cuando llegue el gol, cuando todas las gargantas lo canten y usted lo vea, celebrará hasta las repeticiones. Se arrepentirá de haber querido irse. “Casi me lo pierdo”, dirá, y permanecerá viendo el partido con la esperanza de que su equipo meta otro gol.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000"><strong> ¿Cuáles son sus estrategias?</strong></span></p>
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		<title>Perro que ladra se muere</title>
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		<pubDate>Sun, 14 Oct 2012 12:00:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>hypomnemata</dc:creator>
				<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
		<category><![CDATA[Mascotas]]></category>
		<category><![CDATA[Muerte]]></category>
		<category><![CDATA[Perros]]></category>

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		<description><![CDATA[Laika en realidad se llamaba Trucha; un Husky siberiano de 3 meses que nadie quería llevarse. Sus hermanos se vendieron rápidamente y a buen precio. Laika, en cambio, permanecía. Parecía invisible. La gente pasaba de largo como si la caja estuviera sola. Las heces, los pedazos de pan y la taza del agua eran su [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="recurso_post size-full wp-image-154  aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2012/10/tumblr_mae1s5EFfs1qeb07go1_500.jpg" alt="tumblr_mae1s5EFfs1qeb07go1_500" width="500" height="417" /></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Laika en realidad se llamaba Trucha; un Husky siberiano de 3 meses que nadie quería llevarse. Sus hermanos se vendieron rápidamente y a buen precio. Laika, en cambio, permanecía. Parecía invisible. La gente pasaba de largo como si la caja estuviera sola. <strong>Las heces, los pedazos de pan y la taza del agua eran su única compañía.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">La mujer que la ofrecía decidió, entonces, regalarla. No podía quedársela. Necesitaba el dinero “Ese es el negocio”.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Aun así, nadie se acercaba.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Laika tiene ahora 15 años. Ya está vieja y los huesos rotos de la pata derecha se niegan a soldar. Sufre. Respira con dificultad. “Le falta poco para dejar de comer y <strong>arrastrase a un lugar silencioso para morir</strong>”, dice el veterinario, un hombre calvo y de manos grandes que intenta desenredar el pelo acumulado en el lomo del animal.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">La mujer seguía ofreciendo al animal. Lo sacó de la caja y, entre sus manos, lo muestra a los transeúntes: —Qué lindo —Es perra — ¿Cuánto vale? —Lo estoy regalando, es el último. Y después dudarlo decían que no, que no podían tenerla, que el apartamento era muy pequeño, que tenían un gato. — ¿Crece mucho? —No tanto; así de grande nomás. —Eso es mucho, decían, y se marchaban.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Ante su fracaso, decide abandonarla. <strong>Trucha tendrá que sobrevivir por su cuenta.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Sobre los huesos rotos, sus dueños recuerdan que Laika, un día, aprovechando la puerta abierta, decidió dar un paseo sin guía. Al regresar, ya estaba coja. Laika, como era usual, se echaba en el piso para descansar; pero no lo hacía como cualquier perro: saltaba y golpeaba el suelo como si de un colchón se tratase. Después de algún tiempo, empezó a cojear. Laika, una noche, defendiendo su casa, tuvo una pelea a muerte con un ladrón. Hubo mordidas, golpes, gritos. Después de la huida del malandrín, empezó a cojear. Nadie da una versión cobarde de la historia.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Antes de ponerla en el suelo, la mujer lo intentó una vez más. La ofreció contando que ya era la última, que nadie la había querido, que la estaba regalando y que si no se la llevaban tendría que tirarla.</span></p>
<p><span style="color: #000000">— ¿Cómo se llama?</span></p>
<p><span style="color: #000000">—Trucha</span></p>
<p><span style="color: #000000">—No, se llamará Laika</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Mientras la inyecta, el veterinario asegura que no es nada: —La pata le va a sanar en pocos días. — ¿Y la edad no tiene nada que ver?, pregunta alguien. —Claro que no, si ella se ve muy joven. <strong>Algunas semanas después, algunas inyecciones después y algunos billetes de 20.000 después, dice que pronto dejará de comer</strong>. Toma frascos e inyecciones, y atendiendo el teléfono celular se marcha.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Entonces, todos le dieron la razón a quien quería matarla “Sabía que era mejor darle la letal, el gasto de plata hubiese sido menor”. “Está sufriendo más de la cuenta”, dijo alguien más. Todos deciden esperar: es parte de la familia.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Laika se prendó de los brazos de su dueña. Estuvo ansiosa todo el camino hasta su nueva casa. Allí, comió todo lo que pudo y se echó a dormir encima del sofá. Durmió plácidamente. <strong>A veces, entre sueños, movía las patas y sacaba la lengua creyendo tener la teta de la mamá entre los dientes.</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Al día siguiente, tirada en el suelo, esperó a que su dueña se despertara, bajara las escaleras, pusiera a hervir el café, abriera la puerta de enfrente y se acercara a revisarla. Sólo hasta entonces, levantó la cabeza, la miró a la cara por última vez y murió.</span></p>
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		<title>Granizo olvidado</title>
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		<pubDate>Sat, 06 Oct 2012 14:00:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>hypomnemata</dc:creator>
				<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
		<category><![CDATA[Amado Nervo]]></category>
		<category><![CDATA[Granizo]]></category>
		<category><![CDATA[Lluvia]]></category>
		<category><![CDATA[Niñez]]></category>

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		<description><![CDATA[En 1989, Amado Nervo escribiría un poema al granizo. Soy diáfano y geométrico, tengo esmalte y blancura tan finos y suaves como una dentadura, y en un derroche de ópalos blancos me multiplico. ¡La linfa canta, el copo cruje, yo&#8230; yo repico! Soy diáfano y geométrico, tengo esmalte y blancura tan finos y suaves como [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">
<p style="text-align: center"><img class="recurso_post size-full wp-image-135 aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/hypomnemata/files/2012/10/tumblr_m6b7yvrb471r8oce3o1_500.jpg" alt="tumblr_m6b7yvrb471r8oce3o1_500" width="500" height="500" /></p>
<p style="text-align: justify">
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">En 1989, Amado Nervo escribiría un poema al granizo.</span></p>
<p style="text-align: justify">
<p><span style="color: #000000"><em> </em></span></p>
<div id="_mcePaste" style="width: 1px;height: 1px;overflow: hidden"><em><span style="color: #000000">Soy diáfano y geométrico, tengo esmalte y blancura</span></em></div>
<div id="_mcePaste" style="width: 1px;height: 1px;overflow: hidden"><em><span style="color: #000000">tan finos y suaves como una dentadura,</span></em></div>
<div id="_mcePaste" style="width: 1px;height: 1px;overflow: hidden"><em><span style="color: #000000">y en un derroche de ópalos blancos me multiplico.</span></em></div>
<div id="_mcePaste" style="width: 1px;height: 1px;overflow: hidden"><em><span style="color: #000000">¡La linfa canta, el copo cruje, yo&#8230; yo repico!</span></em></div>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt;text-align: justify;padding-left: 30px"><em><span style="color: #000000">Soy diáfano y geométrico, tengo esmalte y blancura </span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt;text-align: justify;padding-left: 30px"><em><span style="color: #000000">tan finos y suaves como una dentadura, </span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt;text-align: justify;padding-left: 30px"><em><span style="color: #000000">y en un derroche de ópalos blancos me multiplico.</span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="margin-bottom: 0.0001pt;text-align: justify;padding-left: 30px"><em><span style="color: #000000">¡La linfa canta, el copo cruje, yo&#8230; yo repico!</span></em></p>
<div><span style="color: #000000"><br />
</span></div>
<p style="text-align: justify"><em><span style="color: #000000"> </span></em></p>
<p style="text-align: justify">
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Los versos hacen parte de la colección “La hermana agua” y su rima festiva y juguetona hizo que se considerara un poema infantil. Si tales, existen.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Esta loca lluvia congelada, estos témpanos diminutos que ocasionan estragos en los techos, rompen vidrios, cabezas y paraguas brillan por su ausencia en la literatura. Hay nieve, lluvia y bruma, pero no hay rastro de granizo. Claro, exagero. Quizá sería mejor decir en mí literatura, en lo poco que he revisado. No existe el loco granizo destructor y sin ventura.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Sin embargo, este loco de atar a quien Nervo le hace decir: <em>“Tin, tin, tin, tin, mi torre es la nube ideal/ ¡oye mis campanitas de límpido cristal!”</em>, reaparece como parte esencial de la vida. Ante él la admiración, el asombro y la fascinación.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">He aquí tres anécdotas sobre el hermano chiflado de la lluvia.</span></p>
<p style="text-align: center"><strong><span style="color: #000000">…</span></strong></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">En Bogotá caía todo el tiempo. Cuando salíamos al colegio les saltábamos por encima a los pedazos de hielo. Aprendimos a tenerles asco. Desde pequeños nos enseñaron que el hielo que caía del cielo era sucio, no debía meterse a la boca y daba dolores de estómago. Si alguien quería hielo debía sacarlo de la nevera.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Quizá por eso lo agarrábamos y jugábamos a deslizarlo entre el cuello de la camisa de algún desprevenido. Era fácil agarrar un trozo grande, meterlo en la lonchera y, mientras hacíamos hileras, uno detrás de otro, sacarlo y dejarlo caer por el cuello. El grito era horrible y sacarlo era toda una faena. Después, si te pillaban, para la Dirección.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">De vuelta a casa pateábamos los pedacitos que sobrevivían al sol. No siempre hacía frío. No pensábamos mucho en el hielo. El hielo en el piso de las calles era lo más normal del mundo. Lo hermoso, lo verdaderamente hermoso era el chocolate caliente después de una jornada de hielos en la espalda.</span></p>
<p style="text-align: center"><span style="color: #000000"><strong>…</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Todo estaba preparado para salir a montar bicicleta. Alistamos los cascos y los guantes cortos por los que salían los dedos. Llenamos botellas plásticas con agua y les cambiamos los cordones a los tenis. Sacamos la crema bloqueadora y guardamos algunas monedas en los bolsillos. Por último, escondimos las rodilleras que Doña Claudia, mi mamá, insistía llevar. No podíamos permitirlo. Con los cascos teníamos suficiente. Mañana saldríamos a estrenar la ciclo vía.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">No hubo tal.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Amaneció granizando. El hielo era pequeño, casi inofensivo, pero Doña Claudia no nos dejó salir. Los “témpanos” podrían descalabrarnos.</span></p>
<p style="text-align: justify">
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">—Para eso tenemos los cascos —recuerdo haber dicho. Pero no hubo argumentos que valieran.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Nos acercamos a la puerta, mi hermana y yo, con los guantes puestos y nos quedamos viendo como caía el hielo que, insensato, nos quitaba un domingo que bien pudo haber sido caluroso y familiar.</span></p>
<p style="text-align: center"><span style="color: #000000"><strong>…</strong></span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Después de que pasó el susto, nos dejaron verlo por la ventana. El ruido era estremecedor. Las patas de algún animal escarbaban las tejas. Nos escondimos debajo de la mesa mientras mi mamá y mi abuela intentaban resguardar la cama y el chifonier por si el techo se venía abajo. Resistió. Nosotros creíamos que era el fin del mundo. Decían que era en el 2000.</span></p>
<p style="text-align: justify"><span style="color: #000000">Cuando nos dejaron verlo sonreímos, queríamos tocarlo, olerlo, saborearlo. ¡Nieve! Gritamos, recordando alguna película de Hollywood. ¡Hielo! nos corrigió la abuela. Cuando dejó de caer y pudimos salir, nos dio un vaso a cada uno, lo pasamos por el pasto recogiendo la huella blanca que había dejado la tormenta. Los llenamos y, limpiándola un poco, nos metimos la nieve a la boca. La abuela reía. Nos sentamos a su lado y lamíamos el hielo insípido. El sabor lo ponía su sonrisa.</span></p>
<p style="text-align: center"><span style="color: #000000"><strong>…</strong></span></p>
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