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Archivo de Categoría ‘Recuerdos’

22

08

2013

@pachevsko

“Baila, aguardiente, baila”

Por: @pachevsko

dance

Entrada

Las puertas de la discoteca parecían infranqueables. Un cancerbero de dos metros resguardaba la entrada. Sonreía a quienes pasaban a lo lejos, los invitaba a entrar emulando un abrazo. Pero a quienes estábamos cerca, a tres o cuatro pasos, parecía aborrecernos. Y era lógico: apenas pagamos, su rostro se transformó. “Sigan, amigos”, dijo. “Disfruten la noche”. Y siguió sonriendo mientras me registraba antes de entrar.

Nos estrellamos con una hedionda pared de humo. No creí soportarlo, pero pasados unos segundos el olor nos pareció normal. Ya había inundado los pulmones. Al día siguiente, en casa, mientras desayunábamos, lo extrañamos. Lo describíamos con adjetivos hermosos y apacibles y suspirábamos recordándolo. Era humo de discoteca. Adicional a la oscuridad y a las luces en movimiento, el humo le daba al lugar un aire misterioso, casi peligroso. “Íntimo”, me corregirá después Camilo, el barman del lugar.

Baile

Nos estaban esperando. Apenas llegamos nos abrieron espacio en la mesa, trajeron dos sillas y nos ofrecieron aguardiente. La posición era la ideal: estábamos frente a la pista de baile. Yo no escuchaba más que música. Nos saludamos y gesticulamos algunas palabras inaudibles. Mi esposa siguió “charlando” con sus amigas. Yo estaba desentendido. Cuando me dirigían la palabra yo tenía que gritar qué. Me repetían una, dos veces más y desistían. Yo levantaba la mano como disculpándome. En las otras mesas pasaba lo mismo: todos abrían la boca, todos asentían, quizá desentendidos. Las conversaciones eran cortas. Una luz brillante que emanaba de los teléfonos celulares las interrumpía constantemente. La luz iluminaba cada rostro. La oscuridad del sitio la hacía más evidente. Salían a bailar. Se sentaban. Tomaban un trago de aguardiente. Intentaban escucharse. Sacaban el celular. Lo guardaban y salían a bailar nuevamente, esta escena se repetía una y otra vez.

Mi esposa me hablaba al oído, o mejor, en el oído. La música sonaba aterradoramente fuerte. “Bailemos”, le escuché. No hubo necesidad de responder. Nos levantamos y  ya estábamos en la pista de baile.  Me casé con una mujer de la costa caribe, lo que me ha exigido —pobre rolo—, un aprendizaje intenso de la danza. Empezamos con Merengue: pista llena. Le siguieron dos canciones de Salsa: pista solitaria. Se escuchó un vallenato: pista repleta. Bailamos cada pieza e hice, como siempre, mi mejor esfuerzo. Al final nos sentamos.

Aguardiente

No sé si sea de caña colombiana o de exportación; si es caro o barato. Lo que sí sé es que se bebe y no se disfruta, como con otros licores, del sabor, el olor o la textura. El aguardiente se sirve en pequeños vasos y se toma de un sorbo. Lo usual, y su atractivo primordial, creo yo, es el ardor que deja en la garganta y que le permite al bebedor maldecir, apretar los ojos y golpear la mesa. Su presencia está destinada a ser la gasolina del baile, provoca el enrojecimiento de la cara, la caída de los párpados y es el despertador de la verraquera. Abusar de él, como con cualquier bebida alcohólica, es estúpido.

Nos tomamos tres o cuatro copas, pero no lo resistimos. Entonces, pedí unas Club. Pero, aunque las ofrecían, no había. La estrategia, nos diría más tarde Camilo, el barman, es ponerla en la carta, pero no venderla. “Así se acaban las marcas caras: Smirnoff, Heineken, etc.” Nos decidimos por unas insípidas Heineken.

Más baile

Movimientos de caderas, hombros y brazos. Sin embargo, no fue difícil darse cuenta que a la discoteca se va a muchas cosas, menos a bailar. Soy consciente de que la música se lleva adentro y que “se baila como se siente”. Pero esa noche quien bailaba era el alcohol.  Había parejas presas del aguardiente levantando los brazos, sin mover los pies y con la mirada apuntalada en el suelo. Hombres saltando de puntillas, en un solo pie, con el rostro rojillo, copita de aguardiente en la mano. Mujeres moviéndose sin seguir el ritmo y bailando en los silencios de los cambios de canción. Personas sentadas en las mesas, regando licor, abrazados entre sí y manoteando al son de la música.

El barman, que resultó conocernos, me dice que los cachacos no sabemos bailar. “Cachacos”, me explicará mi esposa, somos todos, excepto los de las costas. “Ni siquiera es que no sepan, no se esfuerzan, no se mueven”. No es el hombre quien baila, sino el licor, el aguardiente.

Ya era tarde. Nos despedimos. Pagamos las cervezas y salimos. Afuera todo parecía de mentira. Las luces brillaban más de lo normal y el aire carecía de perfume. “Acá hace falta aguardiente”, dijo el cancerbero de improviso y al parecer era verdad.

hypomnémata

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13

05

2013

@pachevsko

Noche de plan tortuga

Por: @pachevsko

plan tortuga

Había leído la noticia pero no creí que empezaría esta noche. Recibí el taxi a las siete, puse el CD de siempre y arranqué a probar suerte. No acostumbro a escuchar las noticias mientras trabajo. Todo es delito, todo es muerte. Ya tengo suficiente con lo que veo desde esta silla todos los días. El taxista nocturno debe tener la sangre fría.

Acostumbro a escuchar un CD de música romántica que tiene más de 500 canciones, me lo regaló mi hija. Juan Gabriel, Leo Dan, Pimpinela, Leonardo Favio, etc., son los cantantes. No me gustan mucho, yo prefiero el vallenato; pero me relajan todo el día. Lo hacen más llevadero.

A eso de las ocho de la noche ya me había enterado del caos de los motociclistas: su plan tortuga. Protestaban porque a la alcaldía se le ocurrió que debían usar sólo un carril, ¡otro carril ocupado! ¿Por dónde transitaremos los demás si la alcaldía sigue asignando carriles? En fin, protestaban por el carril, por la reducción de velocidad, porque no podrán llevar cascos en las manos, porque no podrán hacer zigzag (Quiero ver cómo lo controlarán), porque los parrilleros deberán tener un carnet, porque tendrán que pintar las motos de colores fosforescentes, porque las luces tendrán que ser más blancas que las de los carros, porque todos los motores tendrán que sonar igual, etc. Al final ya no se sabía si era todo en broma.

Iba sobre la 33 y una pareja me detuvo. Apreté el botón de las direccionales y frené suavemente. Se subieron. El hombre me indicó que debían llegar “lo más rápido que pueda” al centro comercial El Cacique. Me sorprendió que no dijera “Falabella”, que es desde hace unas semanas, el lugar más concurrido de la ciudad. No dije nada y arranqué.

No tardé en detenerme. Los motociclistas habían taponado otra vía. Los imagino yendo a menos de 20 km/h pitando e insultando a todo el mundo. No creo que usen la violencia; pero violentos hay en todos lados. La gente se aprovecha.

Avanzábamos lentamente, así que decidí desviarme. “Intentaré por acá”, dije. La mujer, mirando su reloj, preguntó si había un accidente. Le dije que era por el paro de motos. “¿Paro de motos?”, preguntó mirando al hombre que la acompañaba. Éste último sacó su teléfono celular.

Sonaba la Calandria de Pedro Infante cuando el hombre dijo que las motos habían bloqueado la 27 y la 33 y el puente la Flora al mismo tiempo. Escuché decir que estaban “organizados” que parecían “terroristas” y hasta que deberían “echarles a la policía”. Yo asentía.

Poco a poco nos acercamos al colegio La Merced. Y de allí no nos movimos. Ella miraba su reloj; él, mi taxímetro.

Avanzamos un poco más.

“¿Qué hacemos?”, dijo la mujer. El hombre le susurró al oído y decidieron bajarse porque se nos estaba haciendo tarde nos íbamos a perder la película. Antonio me dijo que me quitara el collar, los anillos y las manillas, las metiera en el bolso y que no le soltara la mano. Pagó el taxi y nos dispusimos a caminar. Teníamos que cruzar el puente la Flora.

No éramos los únicos. Mucha gente caminaba. Algunos corrían, lo que me ponía los nervios de punta. Todos tenían prisa. Parecía que estuvieran huyendo de algo horrendo. Incluso nosotros. Al principio, Antonio iba delante. Me había tomado de la mano y caminaba muy rápido. Parecía estar arrastrándome. Entonces paré y se lo dije.

—Vas muy rápido, Antonio.

—Tenemos que cruzar rápido —dijo—No podemos arriesgarnos.

Tomó mi mano, nuevamente, pero esta vez caminaba junto a mí. ¿Arriesgarnos a qué? ¿Algún robo?, ¿Algún accidente? ¿No estaba siendo muy paranoico?

Llegamos a la entrada del puente y vi que algunos carros estaban dando la vuelta.

—No se metan por allá —nos dijo un conductor—Eso está feo.

Antonio no escuchó porque siguió a toda marcha y a veces se adelantaba y me jalaba el brazo.

Decidimos caminar por la carretera, entre los carros detenidos. A Antonio le pareció mala idea ir por el sendero peatonal del puente, le parecía inseguro y lento. Sin embargo, después de tropezar algunas veces y golpearnos con algunos espejos laterales decidimos usarlo.

Mientras avanzábamos, empezamos a divisar a los motociclistas culpables del trancón. No eran muchos; pero sí los suficientes.

Antonio sacó su celular y empezó a tomar fotografías.

—Ten cuidado —dije.

—No hay problema —dijo

Soltó mi mano y tomó fotos desde la carretera. Luego regresó. Avanzamos un poco y volvió a dejarme. Tomó algunas fotografías más. Mientras dejábamos el puente escuchábamos las arengas de los motociclistas que exigían respeto, igualdad y consideración con sus trabajos. Gritaban al vacío porque nadie estaba allí para escucharlos. Todos corrían, pitaban y gruñían al paso de los transeúntes. Caminamos un poco más y pude darme cuenta de que esa parejita que va allá nos estaba tomando fotos. Yo sabía que era inseguro hacer este tipo de manifestaciones con los números de las placas al aire. Yo se los había advertido.

Elkin se acercó y me dijo que si había visto a la parejita que estaba fotografiándonos. Le dije que sí y sin que yo se lo mandara dijo que les iba a dar un sustico y aceleró en su dirección.

Mientras se alejaba pude darme que cuenta que no estaba solo. Viendo a mis “amigos” los demás motociclistas me sentí parte del mundo. Era hermano de todo aquel que tuviera una moto (excepto los policías, claro) Y me puse a recordar cómo hace unos meses pude comprarme una moto. La idea era usarla para movilizarme hasta mi trabajo. Sin embargo, me di cuenta que podía sacarle más provecho a “mis dos ruedas”. Si alguien me pagaba por llevarlo a alguna parte, ¿Por qué no hacerlo? El Metrolínea es lo peor que pudo suceder a la ciudad. Pasa lleno y tarde. A veces, ni siquiera se detiene en las estaciones. Por otro lado, los taxis son muy caros, los taxímetros están arreglados y cobran lo que quieren. Sin importar que sea horario normal, cobran como si fuera día festivo, etc. Entonces, si el cliente puede acordar con el motociclista una cifra moderada, ¿Quién pierde? En la moto se le lleva cómoda y rápidamente. No espichado entre la gente y sin cobrarle más de la cuenta. Eso es lo que yo digo.

Ahora, La alcaldía se inventa unas normas ridículas para dejarnos sin trabajo. Claro, como tienen sus negocios con el transporte público… pero fíjese que el usuario es el que sale beneficiado. Pregunte cómo le toca a la gente que vivía en Piedecuesta. Antes tenían el mejor servicio de transporte, ahora es lo peor.

—Por eso protestamos y protestaremos; no somos delincuentes —dijo mientras encendía su motocicleta— Sólo queremos trabajar. Ponga eso en su artículo, mano. Eso es lo único que queremos, trabajar. Además, si la alcaldía quiere acabar con este servicio que nosotros brindamos, pues que mejore las carreteras, el Metrolínea, y demás cosas. La gente se aburre, la gente se aburre.

hypomnémata  

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20

12

2012

@pachevsko

Viaje al fin del mundo

Por: @pachevsko

Me compadezco de Metrolínea. Debe ser muy duro tener que aguantar la competencia desleal y tiránica de los medios de transporte formal e informal de la ciudad. Jaime Rodríguez está intentando solucionar los problemas con el transporte formal. Buses y busetas que se creen dueñas de las vías. ¡Ni el carril especial para el Metrolínea respetan!, y tan caro que costó.

Sin embargo, ¿Qué se puede hacer con el transporte informal (pirata) que con sevicia se esconde, espera, y se aprovecha para movilizar, con engaños, a los ciudadanos que deberían estar usando el servicio legal? Nada. Los hemos visto por allí disfrazados de buenos samaritanos invitando a los inocentes usuarios a subirse a buses escolares, carros particulares, y hasta motocicletas.

Ayer, inclusive, esperando a mi querido P3, caí en la trampa. Llevaba 30 minutos esperando y tenía una cita importante. Odio aceptarlo y pido perdón, pero el motociclista me convenció: llegaría más rápido, iría más cómodo, más seguro, me dijo. Se detuvo frente a mí. Acepté su servicio. Me pasó el chaleco y el casco, y me preguntó a dónde íbamos exactamente. Le di la dirección y antes de avanzar noté que recubría con una pequeña bolsa la parte interior del casco. Es por higiene, precisó.

Mientras conducía, se presentó: Manuel, gritó con el casco puesto. Preguntó dos o tres veces si la velocidad estaba bien, si tenía mucho afán, si me molestaba el brillo del sol, etc. Unos kilómetros más adelante preguntó qué clase de música me gustaba. Yo, desconfiado, le nombré uno de los álbumes de The Kinks, Sleepwalker. A continuación, aprovechó un semáforo en rojo y sacó de su chaleco unos audífonos blancos. Me los ofreció. Los pasó por debajo del brazo y escuché pista tras pista mientras dejábamos atrás a los demás automóviles.

Llegué con tiempo de sobra. Descendí de la motocicleta y Manuel sacó un frasquito de aromatizante de su chaleco. A veces queda un olor a humo en la ropa, dijo. Lo tomé y lo oprimí cerca de la camisa. Luego, me cobró y se despidió: Espero que haya tenido buen viaje. Cualquier cosa aquí tiene mi tarjeta. Adiós.

Confieso que no pude disfrutar del bistec de esa tarde. Me sentía avergonzado. Sacrificar el trabajo de los empleados de Metrolínea únicamente por mis deseos de llegar puntual, seguro y cómodo. Por esa razón, decidí que, de vuelta, tomaría el P3, como debe ser. Salí del restaurante y lo esperé 45 minutos. No me importó, estaba haciendo lo correcto. Cuando llegó a la estación, estaba repleto de pasajeros, pero afronté las condiciones y tuve la paciencia de aguantar los apretones, pellizcos y empujones. Revisé el bolsillo de la billetera cada dos minutos. Te vuelve más cauteloso, Metrolínea ¿no? Hasta que finalmente llegué a casa. Seguro que después de más de una hora de trayecto y espera había hecho lo correcto. No como lo hice en la tarde cuando me subí, por error, a esa cómoda, perfumada y rápida motocicleta.

Categoria: Recuerdos

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30

10

2012

@pachevsko

Ni Dios, ni amo (sobre los pie de foto)

Por: @pachevsko

Y para ilustrar cómo un mal título puede perjudicar una obra brillante a causa de la irresponsabilidad del autor con la obra misma, he aquí una anécdota: el 28 de abril de 2008 asistí a una exposición de fotografías en la galería Leópold Sédar Senghor de la Alianza Colombo-francesa de Bucaramanga.  La exposición se titulaba “Espiral Urbano”. Me detuve en cada una de las fotografías dos o tres veces, como lo hago habitualmente, observando la imagen y a continuación su título. Pero al intentar hacer lo segundo, los “letreritos” no estaban. Esto me sorprendió enormemente y recordé aquellas palabras de Alfonso Reyes cuando propuso la supresión de las inscripciones que acompañan a las pinturas en las exposiciones, a razón de que no se recibe el impacto de la pintura sino el de la literatura informativa que la acompaña. Algunas fotografías me parecieron brillantes:

Ni dios ni amo

Poco después, volví a la galería y vi aquellos letreritos que no estaban antes, al parecer habían olvidado instalarlos. Me acerqué nuevamente a mi favorita, y lo que yo interpreté como una interrelación de contenidos entre lo textual y lo icónico, había sido disminuido, por el título, a una simple referencia de anarquía.

El título, Escuela de anarquía—inscripciones abiertas, centra su atención en la pinta de la pared, dejando a un lado la fuerza semántica de la pareja que descansa (¿sensualmente?) en la calle.

Categoria: Recuerdos

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22

10

2012

@pachevsko

Cómo cantar un gol

Por: @pachevsko

gol

Es falso que para cantar un gol se deba respirar profundamente, afirmar el diafragma y dejar que el aire vaya saliendo poco a poco. Saldrá un bonito sonido, es cierto; quizá dure más que el gol del narrador, quizá; pero esas técnicas son equivocadas. Son validas para las canciones de radio, los gritos de los profesores y los regaños de la mamá. Pero cuando se canta un gol, es diferente. El gol duele. Algo debe doler después de un gol, si no es así, está mal cantado. Me atrevo a asegurar que la cerveza se toma únicamente para calmar la garganta, nada más.

Pero eso no es todo, el gol no se canta en soledad. Se considera, incluso, patético cantar un gol cuando no hay con quien celebrarlo. Dicen los expertos que únicamente es valido (bien visto) cuando lo cantan más de 5 personas. Es decir, el gol no existe cuando lo cantan pocos. Existe en el estadio, claro está, cuando está lleno. En el equipo de fútbol: son once. Pero cuando hay menos, el gol se extingue.

Algunos expertos aseguran que siguiendo unas especificaciones muy precisas el gol puede disfrutarse más.

La primera estrategia es bastante conocida. Se usa bastante. Se debe llegar temprano al lugar donde decidió ver el partido y medir aproximadamente un metro entre usted y la pantalla. No desprenderá la vista ella. Maldecirá los anuncios publicitarios que apagan la voz del narrador, insultará a los jugadores del equipo contrario y entablará una conversación con los jugadores que llevan la pelota. Dirá algo así como “Vamos, vamos que tu puedes, dale” Si usa está estrategia tiene el deber moral de cantar el gol antes de hacerse. Como es usted quien sigue el partido y no se pierde ninguna jugada, cuando usted diga gol, en el juego habrá gol.

La siguiente, aunque suene paradójico, es estar hablando de otra cosa en el momento previo al gol: la música de Marta Gómez, la comida mexicana, la concepción económica del arte, el proceso de paz, etc., usted elige según sus preferencias. Cuando haya gol, aún sin verlo, lo cantará. Cuando vea la repetición, lo cantará de nuevo.

La última estrategia es tener afán de marcharse porque tiene una cita, porque tiene una clase o porque debe, sin más. Entonces, estará atento al partido de futbol mientras mira en el reloj cuantos minutos han pasado, sacará el celular para revisar si tiene llamadas perdidas, estará pendiente de un taxi desocupado. La presión de grupo le ayudará. No le dejarán marcharse. Algunas veces se pondrá en pie y se volverá a sentar, moverá con nerviosismo una pierna, etc. Pero cuando llegue el gol, cuando todas las gargantas lo canten y usted lo vea, celebrará hasta las repeticiones. Se arrepentirá de haber querido irse. “Casi me lo pierdo”, dirá, y permanecerá viendo el partido con la esperanza de que su equipo meta otro gol.

¿Cuáles son sus estrategias?

Categoria: Recuerdos

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14

10

2012

@pachevsko

Perro que ladra se muere

Por: @pachevsko

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Laika en realidad se llamaba Trucha; un Husky siberiano de 3 meses que nadie quería llevarse. Sus hermanos se vendieron rápidamente y a buen precio. Laika, en cambio, permanecía. Parecía invisible. La gente pasaba de largo como si la caja estuviera sola. Las heces, los pedazos de pan y la taza del agua eran su única compañía.

La mujer que la ofrecía decidió, entonces, regalarla. No podía quedársela. Necesitaba el dinero “Ese es el negocio”.

Aun así, nadie se acercaba.

Laika tiene ahora 15 años. Ya está vieja y los huesos rotos de la pata derecha se niegan a soldar. Sufre. Respira con dificultad. “Le falta poco para dejar de comer y arrastrase a un lugar silencioso para morir”, dice el veterinario, un hombre calvo y de manos grandes que intenta desenredar el pelo acumulado en el lomo del animal.

La mujer seguía ofreciendo al animal. Lo sacó de la caja y, entre sus manos, lo muestra a los transeúntes: —Qué lindo —Es perra — ¿Cuánto vale? —Lo estoy regalando, es el último. Y después dudarlo decían que no, que no podían tenerla, que el apartamento era muy pequeño, que tenían un gato. — ¿Crece mucho? —No tanto; así de grande nomás. —Eso es mucho, decían, y se marchaban.

Ante su fracaso, decide abandonarla. Trucha tendrá que sobrevivir por su cuenta.

Sobre los huesos rotos, sus dueños recuerdan que Laika, un día, aprovechando la puerta abierta, decidió dar un paseo sin guía. Al regresar, ya estaba coja. Laika, como era usual, se echaba en el piso para descansar; pero no lo hacía como cualquier perro: saltaba y golpeaba el suelo como si de un colchón se tratase. Después de algún tiempo, empezó a cojear. Laika, una noche, defendiendo su casa, tuvo una pelea a muerte con un ladrón. Hubo mordidas, golpes, gritos. Después de la huida del malandrín, empezó a cojear. Nadie da una versión cobarde de la historia.

Antes de ponerla en el suelo, la mujer lo intentó una vez más. La ofreció contando que ya era la última, que nadie la había querido, que la estaba regalando y que si no se la llevaban tendría que tirarla. — ¿Cómo se llama? —Trucha —No, se llamará Laika

Mientras la inyecta, el veterinario asegura que no es nada: —La pata le va a sanar en pocos días. — ¿Y la edad no tiene nada que ver?, pregunta alguien. —Claro que no, si ella se ve muy joven. Algunas semanas después, algunas inyecciones después y algunos billetes de 20.000 después, dice que pronto dejará de comer. Toma frascos e inyecciones, y atendiendo el teléfono celular se marcha.

Entonces, todos le dieron la razón a quien quería matarla “Sabía que era mejor darle la letal, el gasto de plata hubiese sido menor”. “Está sufriendo más de la cuenta”, dijo alguien más. Todos deciden esperar: es parte de la familia.

Laika se prendó de los brazos de su dueña. Estuvo ansiosa todo el camino hasta su nueva casa. Allí, comió todo lo que pudo y se echó a dormir encima del sofá. Durmió plácidamente. A veces, entre sueños, movía las patas y sacaba la lengua creyendo tener la teta de la mamá entre los dientes.

Al día siguiente, tirada en el suelo, esperó a que su dueña se despertara, bajara las escaleras, pusiera a hervir el café, abriera la puerta de enfrente y se acercara a revisarla. Sólo hasta entonces, levantó la cabeza, la miró a la cara por última vez y murió.

Categoria: Recuerdos

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06

10

2012

@pachevsko

Granizo olvidado

Por: @pachevsko

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En 1989, Amado Nervo escribiría un poema al granizo.

tan finos y suaves como una dentadura,
y en un derroche de ópalos blancos me multiplico.
¡La linfa canta, el copo cruje, yo… yo repico!

Soy diáfano y geométrico, tengo esmalte y blancura

tan finos y suaves como una dentadura,

y en un derroche de ópalos blancos me multiplico.

¡La linfa canta, el copo cruje, yo… yo repico!


Los versos hacen parte de la colección “La hermana agua” y su rima festiva y juguetona hizo que se considerara un poema infantil. Si tales, existen.

Esta loca lluvia congelada, estos témpanos diminutos que ocasionan estragos en los techos, rompen vidrios, cabezas y paraguas brillan por su ausencia en la literatura. Hay nieve, lluvia y bruma, pero no hay rastro de granizo. Claro, exagero. Quizá sería mejor decir en mí literatura, en lo poco que he revisado. No existe el loco granizo destructor y sin ventura.

Sin embargo, este loco de atar a quien Nervo le hace decir: “Tin, tin, tin, tin, mi torre es la nube ideal/ ¡oye mis campanitas de límpido cristal!”, reaparece como parte esencial de la vida. Ante él la admiración, el asombro y la fascinación.

He aquí tres anécdotas sobre el hermano chiflado de la lluvia.

En Bogotá caía todo el tiempo. Cuando salíamos al colegio les saltábamos por encima a los pedazos de hielo. Aprendimos a tenerles asco. Desde pequeños nos enseñaron que el hielo que caía del cielo era sucio, no debía meterse a la boca y daba dolores de estómago. Si alguien quería hielo debía sacarlo de la nevera.

Quizá por eso lo agarrábamos y jugábamos a deslizarlo entre el cuello de la camisa de algún desprevenido. Era fácil agarrar un trozo grande, meterlo en la lonchera y, mientras hacíamos hileras, uno detrás de otro, sacarlo y dejarlo caer por el cuello. El grito era horrible y sacarlo era toda una faena. Después, si te pillaban, para la Dirección.

De vuelta a casa pateábamos los pedacitos que sobrevivían al sol. No siempre hacía frío. No pensábamos mucho en el hielo. El hielo en el piso de las calles era lo más normal del mundo. Lo hermoso, lo verdaderamente hermoso era el chocolate caliente después de una jornada de hielos en la espalda.

Todo estaba preparado para salir a montar bicicleta. Alistamos los cascos y los guantes cortos por los que salían los dedos. Llenamos botellas plásticas con agua y les cambiamos los cordones a los tenis. Sacamos la crema bloqueadora y guardamos algunas monedas en los bolsillos. Por último, escondimos las rodilleras que Doña Claudia, mi mamá, insistía llevar. No podíamos permitirlo. Con los cascos teníamos suficiente. Mañana saldríamos a estrenar la ciclo vía.

No hubo tal.

Amaneció granizando. El hielo era pequeño, casi inofensivo, pero Doña Claudia no nos dejó salir. Los “témpanos” podrían descalabrarnos.

—Para eso tenemos los cascos —recuerdo haber dicho. Pero no hubo argumentos que valieran.

Nos acercamos a la puerta, mi hermana y yo, con los guantes puestos y nos quedamos viendo como caía el hielo que, insensato, nos quitaba un domingo que bien pudo haber sido caluroso y familiar.

Después de que pasó el susto, nos dejaron verlo por la ventana. El ruido era estremecedor. Las patas de algún animal escarbaban las tejas. Nos escondimos debajo de la mesa mientras mi mamá y mi abuela intentaban resguardar la cama y el chifonier por si el techo se venía abajo. Resistió. Nosotros creíamos que era el fin del mundo. Decían que era en el 2000.

Cuando nos dejaron verlo sonreímos, queríamos tocarlo, olerlo, saborearlo. ¡Nieve! Gritamos, recordando alguna película de Hollywood. ¡Hielo! nos corrigió la abuela. Cuando dejó de caer y pudimos salir, nos dio un vaso a cada uno, lo pasamos por el pasto recogiendo la huella blanca que había dejado la tormenta. Los llenamos y, limpiándola un poco, nos metimos la nieve a la boca. La abuela reía. Nos sentamos a su lado y lamíamos el hielo insípido. El sabor lo ponía su sonrisa.

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16

09

2012

@pachevsko

Élites educadísimas

Por: @pachevsko

Alguien me dijo ayer que los jóvenes de las élites de la ciudad eran “monstruos educadísimos” que tarde o temprano le iban a hacer daño al país. La corrupción se estaba cocinando en las instituciones que los educaban y que no había nada qué hacer.

La afirmación no iba más lejos.

La persona que me lo decía trabaja en la docencia. Enseña a jóvenes en difícil situación económica. Estrato bajo. Y ventilaba problemas que, supone, poco importantes para ellos: drogadicción, latrocinio, violencia, entre otras.

Lo repitió una vez más, dando a entender que el problema era ese: la élite. Y suponiendo que “los que tienen plata” no sufren de nada, no tienen necesidades, problemas, ni frustraciones.

Al joven que roba zapatos en Cabecera, audífonos en Floridablanca y blackberry en la 15, se le puede perdonar el impase por su condición social. Roba por necesidad, no hay que córtale las muñecas como antaño. Pero el joven que robará 15 millones en un contrato, que asaltará al pueblo con impuestos y le dejará solo promesas al país, ese sí es el problema.

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09

2012

@pachevsko

Lo oscurito

Por: @pachevsko

Cada año cambio de anteojos. Hace dos, el grosor de los lentes se había reducido; el ojo estaba sanando. Sin embargo, en la última visita de este año, el examen dio como resultado que debía usar unos vidrios más gruesos.

—Es la vejez, o la pantalla del computador. —dijo el optómetra.

Yo le añadiría los libros con letra diminuta, la calificación de quices, evaluaciones parciales y textos.

Después de escribir la nueva formula en una tarjeta debíamos, mi esposa y yo, escoger el marco y la clase de lentes. Esta decisión debería tener un carácter público. Yo no voy a ver mis lentes. Los uso, pero pienso únicamente en la calidad, en la resistencia que tiene a los inevitables golpes y en la suavidad que deben tener en el área de la nariz. Lo demás, lo estético, no me importa mucho. El marco debe ser oscuro y los lentes deben mantener la rectangularidad suavizada en los bordes, nada más.

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