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Archivo de octubre, 2012

30

10

2012

@pachevsko

Ni Dios, ni amo (sobre los pie de foto)

Por: @pachevsko

Y para ilustrar cómo un mal título puede perjudicar una obra brillante a causa de la irresponsabilidad del autor con la obra misma, he aquí una anécdota: el 28 de abril de 2008 asistí a una exposición de fotografías en la galería Leópold Sédar Senghor de la Alianza Colombo-francesa de Bucaramanga.  La exposición se titulaba “Espiral Urbano”. Me detuve en cada una de las fotografías dos o tres veces, como lo hago habitualmente, observando la imagen y a continuación su título. Pero al intentar hacer lo segundo, los “letreritos” no estaban. Esto me sorprendió enormemente y recordé aquellas palabras de Alfonso Reyes cuando propuso la supresión de las inscripciones que acompañan a las pinturas en las exposiciones, a razón de que no se recibe el impacto de la pintura sino el de la literatura informativa que la acompaña. Algunas fotografías me parecieron brillantes:

Ni dios ni amo

Poco después, volví a la galería y vi aquellos letreritos que no estaban antes, al parecer habían olvidado instalarlos. Me acerqué nuevamente a mi favorita, y lo que yo interpreté como una interrelación de contenidos entre lo textual y lo icónico, había sido disminuido, por el título, a una simple referencia de anarquía.

El título, Escuela de anarquía—inscripciones abiertas, centra su atención en la pinta de la pared, dejando a un lado la fuerza semántica de la pareja que descansa (¿sensualmente?) en la calle.

Categoria: Recuerdos

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22

10

2012

@pachevsko

Cómo cantar un gol

Por: @pachevsko

gol

Es falso que para cantar un gol se deba respirar profundamente, afirmar el diafragma y dejar que el aire vaya saliendo poco a poco. Saldrá un bonito sonido, es cierto; quizá dure más que el gol del narrador, quizá; pero esas técnicas son equivocadas. Son validas para las canciones de radio, los gritos de los profesores y los regaños de la mamá. Pero cuando se canta un gol, es diferente. El gol duele. Algo debe doler después de un gol, si no es así, está mal cantado. Me atrevo a asegurar que la cerveza se toma únicamente para calmar la garganta, nada más.

Pero eso no es todo, el gol no se canta en soledad. Se considera, incluso, patético cantar un gol cuando no hay con quien celebrarlo. Dicen los expertos que únicamente es valido (bien visto) cuando lo cantan más de 5 personas. Es decir, el gol no existe cuando lo cantan pocos. Existe en el estadio, claro está, cuando está lleno. En el equipo de fútbol: son once. Pero cuando hay menos, el gol se extingue.

Algunos expertos aseguran que siguiendo unas especificaciones muy precisas el gol puede disfrutarse más.

La primera estrategia es bastante conocida. Se usa bastante. Se debe llegar temprano al lugar donde decidió ver el partido y medir aproximadamente un metro entre usted y la pantalla. No desprenderá la vista ella. Maldecirá los anuncios publicitarios que apagan la voz del narrador, insultará a los jugadores del equipo contrario y entablará una conversación con los jugadores que llevan la pelota. Dirá algo así como “Vamos, vamos que tu puedes, dale” Si usa está estrategia tiene el deber moral de cantar el gol antes de hacerse. Como es usted quien sigue el partido y no se pierde ninguna jugada, cuando usted diga gol, en el juego habrá gol.

La siguiente, aunque suene paradójico, es estar hablando de otra cosa en el momento previo al gol: la música de Marta Gómez, la comida mexicana, la concepción económica del arte, el proceso de paz, etc., usted elige según sus preferencias. Cuando haya gol, aún sin verlo, lo cantará. Cuando vea la repetición, lo cantará de nuevo.

La última estrategia es tener afán de marcharse porque tiene una cita, porque tiene una clase o porque debe, sin más. Entonces, estará atento al partido de futbol mientras mira en el reloj cuantos minutos han pasado, sacará el celular para revisar si tiene llamadas perdidas, estará pendiente de un taxi desocupado. La presión de grupo le ayudará. No le dejarán marcharse. Algunas veces se pondrá en pie y se volverá a sentar, moverá con nerviosismo una pierna, etc. Pero cuando llegue el gol, cuando todas las gargantas lo canten y usted lo vea, celebrará hasta las repeticiones. Se arrepentirá de haber querido irse. “Casi me lo pierdo”, dirá, y permanecerá viendo el partido con la esperanza de que su equipo meta otro gol.

¿Cuáles son sus estrategias?

Categoria: Recuerdos

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10

2012

@pachevsko

Perro que ladra se muere

Por: @pachevsko

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Laika en realidad se llamaba Trucha; un Husky siberiano de 3 meses que nadie quería llevarse. Sus hermanos se vendieron rápidamente y a buen precio. Laika, en cambio, permanecía. Parecía invisible. La gente pasaba de largo como si la caja estuviera sola. Las heces, los pedazos de pan y la taza del agua eran su única compañía.

La mujer que la ofrecía decidió, entonces, regalarla. No podía quedársela. Necesitaba el dinero “Ese es el negocio”.

Aun así, nadie se acercaba.

Laika tiene ahora 15 años. Ya está vieja y los huesos rotos de la pata derecha se niegan a soldar. Sufre. Respira con dificultad. “Le falta poco para dejar de comer y arrastrase a un lugar silencioso para morir”, dice el veterinario, un hombre calvo y de manos grandes que intenta desenredar el pelo acumulado en el lomo del animal.

La mujer seguía ofreciendo al animal. Lo sacó de la caja y, entre sus manos, lo muestra a los transeúntes: —Qué lindo —Es perra — ¿Cuánto vale? —Lo estoy regalando, es el último. Y después dudarlo decían que no, que no podían tenerla, que el apartamento era muy pequeño, que tenían un gato. — ¿Crece mucho? —No tanto; así de grande nomás. —Eso es mucho, decían, y se marchaban.

Ante su fracaso, decide abandonarla. Trucha tendrá que sobrevivir por su cuenta.

Sobre los huesos rotos, sus dueños recuerdan que Laika, un día, aprovechando la puerta abierta, decidió dar un paseo sin guía. Al regresar, ya estaba coja. Laika, como era usual, se echaba en el piso para descansar; pero no lo hacía como cualquier perro: saltaba y golpeaba el suelo como si de un colchón se tratase. Después de algún tiempo, empezó a cojear. Laika, una noche, defendiendo su casa, tuvo una pelea a muerte con un ladrón. Hubo mordidas, golpes, gritos. Después de la huida del malandrín, empezó a cojear. Nadie da una versión cobarde de la historia.

Antes de ponerla en el suelo, la mujer lo intentó una vez más. La ofreció contando que ya era la última, que nadie la había querido, que la estaba regalando y que si no se la llevaban tendría que tirarla. — ¿Cómo se llama? —Trucha —No, se llamará Laika

Mientras la inyecta, el veterinario asegura que no es nada: —La pata le va a sanar en pocos días. — ¿Y la edad no tiene nada que ver?, pregunta alguien. —Claro que no, si ella se ve muy joven. Algunas semanas después, algunas inyecciones después y algunos billetes de 20.000 después, dice que pronto dejará de comer. Toma frascos e inyecciones, y atendiendo el teléfono celular se marcha.

Entonces, todos le dieron la razón a quien quería matarla “Sabía que era mejor darle la letal, el gasto de plata hubiese sido menor”. “Está sufriendo más de la cuenta”, dijo alguien más. Todos deciden esperar: es parte de la familia.

Laika se prendó de los brazos de su dueña. Estuvo ansiosa todo el camino hasta su nueva casa. Allí, comió todo lo que pudo y se echó a dormir encima del sofá. Durmió plácidamente. A veces, entre sueños, movía las patas y sacaba la lengua creyendo tener la teta de la mamá entre los dientes.

Al día siguiente, tirada en el suelo, esperó a que su dueña se despertara, bajara las escaleras, pusiera a hervir el café, abriera la puerta de enfrente y se acercara a revisarla. Sólo hasta entonces, levantó la cabeza, la miró a la cara por última vez y murió.

Categoria: Recuerdos

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06

10

2012

@pachevsko

Granizo olvidado

Por: @pachevsko

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En 1989, Amado Nervo escribiría un poema al granizo.

tan finos y suaves como una dentadura,
y en un derroche de ópalos blancos me multiplico.
¡La linfa canta, el copo cruje, yo… yo repico!

Soy diáfano y geométrico, tengo esmalte y blancura

tan finos y suaves como una dentadura,

y en un derroche de ópalos blancos me multiplico.

¡La linfa canta, el copo cruje, yo… yo repico!


Los versos hacen parte de la colección “La hermana agua” y su rima festiva y juguetona hizo que se considerara un poema infantil. Si tales, existen.

Esta loca lluvia congelada, estos témpanos diminutos que ocasionan estragos en los techos, rompen vidrios, cabezas y paraguas brillan por su ausencia en la literatura. Hay nieve, lluvia y bruma, pero no hay rastro de granizo. Claro, exagero. Quizá sería mejor decir en mí literatura, en lo poco que he revisado. No existe el loco granizo destructor y sin ventura.

Sin embargo, este loco de atar a quien Nervo le hace decir: “Tin, tin, tin, tin, mi torre es la nube ideal/ ¡oye mis campanitas de límpido cristal!”, reaparece como parte esencial de la vida. Ante él la admiración, el asombro y la fascinación.

He aquí tres anécdotas sobre el hermano chiflado de la lluvia.

En Bogotá caía todo el tiempo. Cuando salíamos al colegio les saltábamos por encima a los pedazos de hielo. Aprendimos a tenerles asco. Desde pequeños nos enseñaron que el hielo que caía del cielo era sucio, no debía meterse a la boca y daba dolores de estómago. Si alguien quería hielo debía sacarlo de la nevera.

Quizá por eso lo agarrábamos y jugábamos a deslizarlo entre el cuello de la camisa de algún desprevenido. Era fácil agarrar un trozo grande, meterlo en la lonchera y, mientras hacíamos hileras, uno detrás de otro, sacarlo y dejarlo caer por el cuello. El grito era horrible y sacarlo era toda una faena. Después, si te pillaban, para la Dirección.

De vuelta a casa pateábamos los pedacitos que sobrevivían al sol. No siempre hacía frío. No pensábamos mucho en el hielo. El hielo en el piso de las calles era lo más normal del mundo. Lo hermoso, lo verdaderamente hermoso era el chocolate caliente después de una jornada de hielos en la espalda.

Todo estaba preparado para salir a montar bicicleta. Alistamos los cascos y los guantes cortos por los que salían los dedos. Llenamos botellas plásticas con agua y les cambiamos los cordones a los tenis. Sacamos la crema bloqueadora y guardamos algunas monedas en los bolsillos. Por último, escondimos las rodilleras que Doña Claudia, mi mamá, insistía llevar. No podíamos permitirlo. Con los cascos teníamos suficiente. Mañana saldríamos a estrenar la ciclo vía.

No hubo tal.

Amaneció granizando. El hielo era pequeño, casi inofensivo, pero Doña Claudia no nos dejó salir. Los “témpanos” podrían descalabrarnos.

—Para eso tenemos los cascos —recuerdo haber dicho. Pero no hubo argumentos que valieran.

Nos acercamos a la puerta, mi hermana y yo, con los guantes puestos y nos quedamos viendo como caía el hielo que, insensato, nos quitaba un domingo que bien pudo haber sido caluroso y familiar.

Después de que pasó el susto, nos dejaron verlo por la ventana. El ruido era estremecedor. Las patas de algún animal escarbaban las tejas. Nos escondimos debajo de la mesa mientras mi mamá y mi abuela intentaban resguardar la cama y el chifonier por si el techo se venía abajo. Resistió. Nosotros creíamos que era el fin del mundo. Decían que era en el 2000.

Cuando nos dejaron verlo sonreímos, queríamos tocarlo, olerlo, saborearlo. ¡Nieve! Gritamos, recordando alguna película de Hollywood. ¡Hielo! nos corrigió la abuela. Cuando dejó de caer y pudimos salir, nos dio un vaso a cada uno, lo pasamos por el pasto recogiendo la huella blanca que había dejado la tormenta. Los llenamos y, limpiándola un poco, nos metimos la nieve a la boca. La abuela reía. Nos sentamos a su lado y lamíamos el hielo insípido. El sabor lo ponía su sonrisa.

Categoria: Recuerdos

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