BLOGS Actualidad

21
05
2014
@pachevsko

Un anciano en el suelo

Por: @pachevsko

Por recomendación del médico, camino diez minutos antes de llegar a la oficina. Esquivo mierda de perro, gatos dormidos y latas de cerveza. Pocas veces escucho los gritos de las mujeres del barrio acusando a noséquien de noséqué vidrio partido, golpe en la puerta o mirada odiosa. No sudo: busco la sombra. Cruzo por la cebra. Recibo algún volante publicitario y sonrío. Es una caminata aburrida. A veces, no pasa nada.

El camino es tranquilo. Justo a la mitad hay un puente donde seis o siete palomas toman el sol. No les temen a las personas y se dejan fotografiar. La parte izquierda del andén está inundada de maleza. A la derecha, en la autopista, montones de carros se atascan. Después está la oficina.

Terminada la faena laboral, regreso a casa por el mismo camino. Es tarde y todo cambia. El tráfico fluye. El puente se queda solo: ya no hay palomas. Hay poca luz, debo adivinar dónde está la cebra. Las mujeres, que en la mañana reclamaban sus ofensas, se reconcilian. Es inevitable pisotear mierda de perro y patear latas de cerveza.

Justo ayer cuando hacía el viaje de regreso, tropecé con un anciano tirado en el andén. No podía levantarse y la gente le pasaba por encima. Sus ropas descuidadas, su piel sucia y sus zapatos podridos. Decidí levantarlo. “¿Está bien?”, le pregunté. No me respondió.  El pobre ni siquiera pudo alcanzar mi mano. Mordí el cigarrillo. Me agaché; se aferró a mis hombros y nos levantamos. No parecía estar borracho, ni drogado. Empezamos a caminar muy despacio. Uno al lado del otro, parecíamos la memoria de todos los abuelos y nietos reencontrados.

Cruzamos el puente de las palomas. El anciano miraba simultáneamente mis pies y sus pies. Imaginé que averiguaba si calzábamos igual y desconfié. Unos pasos más adelante nos detuvimos. Seguía aferrado a mi brazo cuando sacó un pedazo de vidrio del bolsillo. Nos quedamos mirándolo, admirando su brillantez y textura. Me mostró el vidrio y adiviné una amenaza. El anciano arrojó el vidrio y éste brilló por última vez antes de desaparecer en la maleza.

Miré al viejo con desprecio y nos soltamos. Tambaleó pero no cayó. ¿El anciano probaba robar a quien lo había ayudado? ¿O por el contrario, renunciaba a seguir usando aquel vidrio como arma? El humo del cigarrillo se me metió en la nariz.

El abuelo me miró con rabia. Proyecté dejarlo allí; pero no pude. Fumé del cigarrillo y, resignado, volví a ofrecerle el brazo. Se sostuvo y avanzamos.

Tardamos en llegar al puente peatonal. El hombre intentaba mantener el equilibrio. Me di cuenta de que su condición no era consecuencia del alcohol o las drogas, era cansancio. Su cuerpo no le respondía como antes. Imaginé su juventud ágil y fuerte.

Por fin alcanzamos los escalones del puente. Quiso sentarse en el suelo y lo ayudé. Suspiró. Me quedé frente a él. Estábamos agotados. Aspiré lo que quedaba del cigarrillo, lo tiré y lo pisé. El hombre se quedó observando el cadáver. Saqué otro y se lo ofrecí. Con un ronquido me dio a entender que no fumaba. Se recostó y volvió a suspirar. Encendí el cigarrillo y me marché.

Al día siguiente, lo encontré sentado donde lo dejé. Les reclamaba monedas a los peatones. No me reconoció.

Pasé de largo. Iba tarde.

 

hypomnémata

 

Categoria: Actualidad, Recuerdos

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30
12
2013
@pachevsko

Culpen a Shakespeare

Por: @pachevsko

Isak Dinesen

 

1

Son las cuatro de la tarde del 12 de noviembre de 2013 y, mientras leo las palabras finales de Tempestades, en Bucaramanga cae la lluvia.

Tempestades, que hace parte del libro Anécdotas del destino, es un cuento sin pretensiones ni vanidades. Nada en él sobra, nada en él falta. Un cuento que hace lo que los cuentistas modernos han olvidado: contar. Su estructura es esférica (lo que tanto predicó Cortázar). Está compuesto por múltiples circunferencias que se van entrelazando hasta encontrar el desenlace final. Cual piedrecilla lanzada en un estanque.

Dinesen presenta un director de teatro llamado Herr Soerensen quien pretende representar La Tempestad de William Shakespeare. Tiene todo lo necesario; pero le hace falta Ariel, el espíritu del viento. ¿Quién podría interpretar este papel tan importante?, pensaba Herr Soerensen mientras “se mesaba los cabellos con desesperación”.

Entonces, decide que Ariel será representado por una jovenzuela que no lleva mucho tiempo en la compañía teatral: demasiado alta, demasiado flaca: Malli.

Si es cierto que la mujer es al hombre lo que la poesía a la prosa,—piensa Soerensen— entonces las mujeres con las que nos tropezamos de cuando en cuando son poemas leídos en voz alta. Leídos con gusto unas veces y entonces nos deleitan el oído; y mal otras, y entonces chirrían y desentonan. Pero esta muchacha mía de ojos grises es una canción.

La historia de la producción teatral se detiene y la narradora nos lleva al pasado. Presenta a los jóvenes padres de Malli. Su madre, Madame Ross, era sombrera; su padre, Alexader Ross, capitán de barco. Eran felices. Hasta que nadie volvió a ver al capitán Ross. Malli creció pensando en su padre perdido, y aunque llegaban rumores de que el capitán las había abandonado a propósito, nunca dudó de su valentía y su conducta.

Malli creció, aprendió inglés y sucedió lo inevitable:

Un día leyó también a Shakespeare.

Y Malli idealizó a su padre como un héroe shakesperiano.

Malli vio una presentación de la compañia de Herr Soerensen y al ver retratada la ausencia de su padre, decide unirse. Soerensen la contrata y Madaem Ross, afligida y temerosa, la deja ir.

Dineksen acaba de cerrar el primer círculo de la historia. No hay cabos sueltos. Malli está destinada a ser actriz, a actuar en una obra de Shakespeare, a ser Ariel. ¿Quíen lo duda?

2

Malli se aprende el guión de memoria y Herr Soerensen, orgulloso, le enseña todo lo que sabe. La convierte en Ariel.

Todo está dispuesto. Ya tienen la obra, ya tienen a Ariel ¿Qué podría pasar ahora?

—Una tempestad.

La compañía teatral va navegando hacia Christianssand y quedan atrapados en un violento temporal. Malli logra, en una muestra de valentía impresionante, salvar el barco y se convierte, así, en una heroína. Cuando llega a tierra firme, la levantan en brazos y celebran su hazaña.

Como vemos, con Dinesen ninguna historia es sencilla, plana, monótona. Quiere sorprendernos. El relato se trasforma y recorre caminos inimaginables.

3

Ahora, la narradora nos cuenta la historia del dueño del barco salvado, Jochum,y de su hijo, Arndt, quien se enamorará de Malli. Y mientras que estas historias se desarrollan, Dinesen muestra, de forma velada, cómo Malli se integra, poco a poco, a la familia Hosenwinckel, dueña del barco que ha salvado. Le dan una habitación, le dan vestidos, la adornan con detalles y se convierte en otra persona, ya no es Malli, ya no es Ariel. Y mientras el director de su compañía, Soerensen, se encuentra enfermo y casi sin habla, ella entra en la parsimonia de la rutina y del amor.

Las historias van y vienen, los círculos se abren y se cierran: las historias de los amores juveniles de Arndt se conectan con el enamoramiento entre él y Malli. Incluso Jochum tiene oportunidad de contar la historia de cómo, de generación en generación, la biblia de su abuelo se ha usado como cábala para tomar decisiones.

Tiene la particularidad de que si alguien de la casa, en una situación en la que no sabe qué hacer, acude a ella en busca de consejo y la abre al azar, encuentra en sus páginas la respuesta a lo que pregunta.

Y aunque algún lector cansado crea que estos saltos, estas circunferencias, son innecesarias, sucede todo lo contrario: son imprescindibles para la historia.

4

Malli cree haber engañado a Arndt porque no puede evitar lamentar profundamente la muerte de otro hombre, Ferdinand. Uno de los marineros que la acompañó y fue testigo de su valentía al salvar el barco de la familia Hosenwinckel. Ante esta situación, Malli no sabe qué hacer y busca consejo en la antigua biblia de Jochum.

Cuando Malli la abre, la golpea el destino: debe marcharse.

En el capítulo 29 del libro de Isaías, lee:

¡Ay, Ariel, Ariel!… ¡Estarás tan abatida que hablarás desde la tierra… y tu voz saldrá, como la del espectro, del suelo y tus palabras brotarán del polvo como un susurro!

Sucederá, pues, como cuando el hambriento sueña estar comiendo; pero despierta, y siente vacío el estómago; o como cuando sueña el sediento que está bebiendo, pero despierta, y he aquí que se siente desfallecido y con la garganta sedienta.

Por la mañana temprano visita a su maestro, a Herr Soerensen, con quien mantiene un dialogo memorable. A veces no se sabe si son ellos quienes hablan o son Próspero y Ariel, personajes de La Tempestad de Shakespeare. Sus vidas se confunden. La ficción parece consumirlos; pero pronto nos damos cuenta de que Soerensen es consiente de ello; pero Malli-Ariel, no.

Malli no desiste de su idea de marcharse, de abandonar a Ardnt; Herr Soerensen, fatigado, le dice:

Ariel, mi polluelo, vuelve a los elementos, ¡sé libre, y adiós!

Malli se queja. No entiende por qué las cosas deben salir así. Como si su destino no dependiera de sí misma. Como si le estuvieran jugando una mala pasada. No comprende la broma del destino y cómo éste se estaba tejiendo desde aquel día en que leyó a Shakespeare y quiso ser actriz.

Le deja una carta a su enamorado.

5

En Bucaramanga empieza a llover. Son las cuatro de la tarde y leo que Ardnt recibe la carta que le ha dejado Malli antes de marcharse. En ella le cuenta que lo abandona y le confiesa que aquella noche cuando salvó el barco de su padre, no era ella quien actuaba, era Ariel, el espíritu del viento. Era Ariel quien no sentía miedo de morir.

Al leer la carta revivimos su incomprensible angustia, su irracional decisión y comprendemos lo misterioso e inexplicable que es el amor.

Así que adiós. Adiós, Ardnt.

Y es así cómo una historia, en apariencia sencilla, de una niña que quiere ser actriz e ingresa a una compañía de teatro para serlo, se ve transformada de forma inesperada en algo más grande. En algo más abstracto. En una lucha contra el destino. En lo inesperado de la existencia.

hypomnémata

Categoria: Lecturas

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06
12
2013
@pachevsko

Un cuento, un experimento

Por: @pachevsko

El lector tendrá que escoger el camino y viajar tweet por tweet hasta terminar el cuento. La historia está compuesta por cuatro desenlaces posibles.

Este es un experimento sobre las nuevas formas de narrar en las redes sociales (en este caso Twitter).

Los invito a replicar e imitar la experiencia dándole clic a la imagen.

Categoria: Ficciones

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03
09
2013
@pachevsko

La extrañaba tanto, tanto la quería

Por: @pachevsko

Without_A_Doubt_ Part_2

La extrañaba tanto, tanto la quería, que compró el desodorante que usaba para recordar su olor. Siempre las manos ocupadas: en una el celular, en la otra el recipiente. Cerraba los ojos y lo aspiraba con fuerza una, dos, tres veces; entre los olores primaverales aparecía ella. Radiante. Suave. Tersa. Seca y protegida de las irritaciones de la piel sensible. De acercárselo a la nariz, le apareció una mancha blanca entre el bigote. Se veía mal, pero olía a lavanda.

La extrañaba tanto, tanto la quería, que no podía dormir sin ver su colección de lencería. La puso en todas partes. La tanga verde en el refrigerador. La bata colgada como bandera en el patio. Un brassier en la cocina. Unos calzones en el baño, en la cama, debajo de la almohada. Después le hizo falta en el trabajo. Dos tangas en el bolsillo. Sobresaltos en la oficina. No era suficiente: Reemplazó sus calzoncillos por bragas ajustadas.

La extrañaba tanto, tanto la quería, que recordaba haberle dicho que odiaba las obleas, el caldo de papa y las empanadas de pollo. Ahora, arrepentido, desayunaba obleas, almorzaba caldo y cenaba empanadas. Empezó a pasearse por centros comerciales, aprovechaba los descuentos de los almacenes de cadena, se fijaba en las zapatillas, en los vestidos de noche, en los bolsos hechos a mano, en las comedias románticas del cine, en las flores del parque, en los cachorros de gato, de perro, de cerdo, de vaca.

La extrañaba tanto, tanto la quería, que olvidó que él odiaba a Roberto Bolaño y a José Rafael Pocaterra y empezó a leer sus libros, sus subrayados, sus anotaciones a pie de página. Olvidó que amaba a Scorsese, a Tarantino y a Coppola y empezó a preferir a Woody Allen, Wes Anderson y Hal Ashby. Abandonó a Coetzee y regaló sus Vila-Matas. Las noches fueron más oscuras, él las creía luminosas.

La extrañaba tanto, tanto la quería, que al observar su registro de nacimiento decidió olvidar la patria. Memorizó el himno de Venezuela y aprendió su historia. Le puso estrellitas a la bandera del 8 de agosto. Averiguó quienes eran Andrés Navarro, José María Vargas, Antonio Leocadio Guzmán, Pedro Gual Escandón, José Ruperto Monagas, Juan Vicente Gómez, Marcos Pérez Jiménez y Luis Herrera Campins. Empezó a decir “Chico” en lugar de “Mano” y programó vacaciones a Maracaibo.

La extrañaba tanto, tanto la quería.

______________________________

hypomnémata

  • Pintura de Oliver Jeffers©

Categoria: Ficciones

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22
08
2013
@pachevsko

“Baila, aguardiente, baila”

Por: @pachevsko

dance

Entrada

Las puertas de la discoteca parecían infranqueables. Un cancerbero de dos metros resguardaba la entrada. Sonreía a quienes pasaban a lo lejos, los invitaba a entrar emulando un abrazo. Pero a quienes estábamos cerca, a tres o cuatro pasos, parecía aborrecernos. Y era lógico: apenas pagamos, su rostro se transformó. “Sigan, amigos”, dijo. “Disfruten la noche”. Y siguió sonriendo mientras me registraba antes de entrar.

Nos estrellamos con una hedionda pared de humo. No creí soportarlo, pero pasados unos segundos el olor nos pareció normal. Ya había inundado los pulmones. Al día siguiente, en casa, mientras desayunábamos, lo extrañamos. Lo describíamos con adjetivos hermosos y apacibles y suspirábamos recordándolo. Era humo de discoteca. Adicional a la oscuridad y a las luces en movimiento, el humo le daba al lugar un aire misterioso, casi peligroso. “Íntimo”, me corregirá después Camilo, el barman del lugar.

Baile

Nos estaban esperando. Apenas llegamos nos abrieron espacio en la mesa, trajeron dos sillas y nos ofrecieron aguardiente. La posición era la ideal: estábamos frente a la pista de baile. Yo no escuchaba más que música. Nos saludamos y gesticulamos algunas palabras inaudibles. Mi esposa siguió “charlando” con sus amigas. Yo estaba desentendido. Cuando me dirigían la palabra yo tenía que gritar qué. Me repetían una, dos veces más y desistían. Yo levantaba la mano como disculpándome. En las otras mesas pasaba lo mismo: todos abrían la boca, todos asentían, quizá desentendidos. Las conversaciones eran cortas. Una luz brillante que emanaba de los teléfonos celulares las interrumpía constantemente. La luz iluminaba cada rostro. La oscuridad del sitio la hacía más evidente. Salían a bailar. Se sentaban. Tomaban un trago de aguardiente. Intentaban escucharse. Sacaban el celular. Lo guardaban y salían a bailar nuevamente, esta escena se repetía una y otra vez.

Mi esposa me hablaba al oído, o mejor, en el oído. La música sonaba aterradoramente fuerte. “Bailemos”, le escuché. No hubo necesidad de responder. Nos levantamos y  ya estábamos en la pista de baile.  Me casé con una mujer de la costa caribe, lo que me ha exigido —pobre rolo—, un aprendizaje intenso de la danza. Empezamos con Merengue: pista llena. Le siguieron dos canciones de Salsa: pista solitaria. Se escuchó un vallenato: pista repleta. Bailamos cada pieza e hice, como siempre, mi mejor esfuerzo. Al final nos sentamos.

Aguardiente

No sé si sea de caña colombiana o de exportación; si es caro o barato. Lo que sí sé es que se bebe y no se disfruta, como con otros licores, del sabor, el olor o la textura. El aguardiente se sirve en pequeños vasos y se toma de un sorbo. Lo usual, y su atractivo primordial, creo yo, es el ardor que deja en la garganta y que le permite al bebedor maldecir, apretar los ojos y golpear la mesa. Su presencia está destinada a ser la gasolina del baile, provoca el enrojecimiento de la cara, la caída de los párpados y es el despertador de la verraquera. Abusar de él, como con cualquier bebida alcohólica, es estúpido.

Nos tomamos tres o cuatro copas, pero no lo resistimos. Entonces, pedí unas Club. Pero, aunque las ofrecían, no había. La estrategia, nos diría más tarde Camilo, el barman, es ponerla en la carta, pero no venderla. “Así se acaban las marcas caras: Smirnoff, Heineken, etc.” Nos decidimos por unas insípidas Heineken.

Más baile

Movimientos de caderas, hombros y brazos. Sin embargo, no fue difícil darse cuenta que a la discoteca se va a muchas cosas, menos a bailar. Soy consciente de que la música se lleva adentro y que “se baila como se siente”. Pero esa noche quien bailaba era el alcohol.  Había parejas presas del aguardiente levantando los brazos, sin mover los pies y con la mirada apuntalada en el suelo. Hombres saltando de puntillas, en un solo pie, con el rostro rojillo, copita de aguardiente en la mano. Mujeres moviéndose sin seguir el ritmo y bailando en los silencios de los cambios de canción. Personas sentadas en las mesas, regando licor, abrazados entre sí y manoteando al son de la música.

El barman, que resultó conocernos, me dice que los cachacos no sabemos bailar. “Cachacos”, me explicará mi esposa, somos todos, excepto los de las costas. “Ni siquiera es que no sepan, no se esfuerzan, no se mueven”. No es el hombre quien baila, sino el licor, el aguardiente.

Ya era tarde. Nos despedimos. Pagamos las cervezas y salimos. Afuera todo parecía de mentira. Las luces brillaban más de lo normal y el aire carecía de perfume. “Acá hace falta aguardiente”, dijo el cancerbero de improviso y al parecer era verdad.

hypomnémata

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13
05
2013
@pachevsko

Noche de plan tortuga

Por: @pachevsko

plan tortuga

Había leído la noticia pero no creí que empezaría esta noche. Recibí el taxi a las siete, puse el CD de siempre y arranqué a probar suerte. No acostumbro a escuchar las noticias mientras trabajo. Todo es delito, todo es muerte. Ya tengo suficiente con lo que veo desde esta silla todos los días. El taxista nocturno debe tener la sangre fría.

Acostumbro a escuchar un CD de música romántica que tiene más de 500 canciones, me lo regaló mi hija. Juan Gabriel, Leo Dan, Pimpinela, Leonardo Favio, etc., son los cantantes. No me gustan mucho, yo prefiero el vallenato; pero me relajan todo el día. Lo hacen más llevadero.

A eso de las ocho de la noche ya me había enterado del caos de los motociclistas: su plan tortuga. Protestaban porque a la alcaldía se le ocurrió que debían usar sólo un carril, ¡otro carril ocupado! ¿Por dónde transitaremos los demás si la alcaldía sigue asignando carriles? En fin, protestaban por el carril, por la reducción de velocidad, porque no podrán llevar cascos en las manos, porque no podrán hacer zigzag (Quiero ver cómo lo controlarán), porque los parrilleros deberán tener un carnet, porque tendrán que pintar las motos de colores fosforescentes, porque las luces tendrán que ser más blancas que las de los carros, porque todos los motores tendrán que sonar igual, etc. Al final ya no se sabía si era todo en broma.

Iba sobre la 33 y una pareja me detuvo. Apreté el botón de las direccionales y frené suavemente. Se subieron. El hombre me indicó que debían llegar “lo más rápido que pueda” al centro comercial El Cacique. Me sorprendió que no dijera “Falabella”, que es desde hace unas semanas, el lugar más concurrido de la ciudad. No dije nada y arranqué.

No tardé en detenerme. Los motociclistas habían taponado otra vía. Los imagino yendo a menos de 20 km/h pitando e insultando a todo el mundo. No creo que usen la violencia; pero violentos hay en todos lados. La gente se aprovecha.

Avanzábamos lentamente, así que decidí desviarme. “Intentaré por acá”, dije. La mujer, mirando su reloj, preguntó si había un accidente. Le dije que era por el paro de motos. “¿Paro de motos?”, preguntó mirando al hombre que la acompañaba. Éste último sacó su teléfono celular.

Sonaba la Calandria de Pedro Infante cuando el hombre dijo que las motos habían bloqueado la 27 y la 33 y el puente la Flora al mismo tiempo. Escuché decir que estaban “organizados” que parecían “terroristas” y hasta que deberían “echarles a la policía”. Yo asentía.

Poco a poco nos acercamos al colegio La Merced. Y de allí no nos movimos. Ella miraba su reloj; él, mi taxímetro.

Avanzamos un poco más.

“¿Qué hacemos?”, dijo la mujer. El hombre le susurró al oído y decidieron bajarse porque se nos estaba haciendo tarde nos íbamos a perder la película. Antonio me dijo que me quitara el collar, los anillos y las manillas, las metiera en el bolso y que no le soltara la mano. Pagó el taxi y nos dispusimos a caminar. Teníamos que cruzar el puente la Flora.

No éramos los únicos. Mucha gente caminaba. Algunos corrían, lo que me ponía los nervios de punta. Todos tenían prisa. Parecía que estuvieran huyendo de algo horrendo. Incluso nosotros. Al principio, Antonio iba delante. Me había tomado de la mano y caminaba muy rápido. Parecía estar arrastrándome. Entonces paré y se lo dije.

—Vas muy rápido, Antonio.

—Tenemos que cruzar rápido —dijo—No podemos arriesgarnos.

Tomó mi mano, nuevamente, pero esta vez caminaba junto a mí. ¿Arriesgarnos a qué? ¿Algún robo?, ¿Algún accidente? ¿No estaba siendo muy paranoico?

Llegamos a la entrada del puente y vi que algunos carros estaban dando la vuelta.

—No se metan por allá —nos dijo un conductor—Eso está feo.

Antonio no escuchó porque siguió a toda marcha y a veces se adelantaba y me jalaba el brazo.

Decidimos caminar por la carretera, entre los carros detenidos. A Antonio le pareció mala idea ir por el sendero peatonal del puente, le parecía inseguro y lento. Sin embargo, después de tropezar algunas veces y golpearnos con algunos espejos laterales decidimos usarlo.

Mientras avanzábamos, empezamos a divisar a los motociclistas culpables del trancón. No eran muchos; pero sí los suficientes.

Antonio sacó su celular y empezó a tomar fotografías.

—Ten cuidado —dije.

—No hay problema —dijo

Soltó mi mano y tomó fotos desde la carretera. Luego regresó. Avanzamos un poco y volvió a dejarme. Tomó algunas fotografías más. Mientras dejábamos el puente escuchábamos las arengas de los motociclistas que exigían respeto, igualdad y consideración con sus trabajos. Gritaban al vacío porque nadie estaba allí para escucharlos. Todos corrían, pitaban y gruñían al paso de los transeúntes. Caminamos un poco más y pude darme cuenta de que esa parejita que va allá nos estaba tomando fotos. Yo sabía que era inseguro hacer este tipo de manifestaciones con los números de las placas al aire. Yo se los había advertido.

Elkin se acercó y me dijo que si había visto a la parejita que estaba fotografiándonos. Le dije que sí y sin que yo se lo mandara dijo que les iba a dar un sustico y aceleró en su dirección.

Mientras se alejaba pude darme que cuenta que no estaba solo. Viendo a mis “amigos” los demás motociclistas me sentí parte del mundo. Era hermano de todo aquel que tuviera una moto (excepto los policías, claro) Y me puse a recordar cómo hace unos meses pude comprarme una moto. La idea era usarla para movilizarme hasta mi trabajo. Sin embargo, me di cuenta que podía sacarle más provecho a “mis dos ruedas”. Si alguien me pagaba por llevarlo a alguna parte, ¿Por qué no hacerlo? El Metrolínea es lo peor que pudo suceder a la ciudad. Pasa lleno y tarde. A veces, ni siquiera se detiene en las estaciones. Por otro lado, los taxis son muy caros, los taxímetros están arreglados y cobran lo que quieren. Sin importar que sea horario normal, cobran como si fuera día festivo, etc. Entonces, si el cliente puede acordar con el motociclista una cifra moderada, ¿Quién pierde? En la moto se le lleva cómoda y rápidamente. No espichado entre la gente y sin cobrarle más de la cuenta. Eso es lo que yo digo.

Ahora, La alcaldía se inventa unas normas ridículas para dejarnos sin trabajo. Claro, como tienen sus negocios con el transporte público… pero fíjese que el usuario es el que sale beneficiado. Pregunte cómo le toca a la gente que vivía en Piedecuesta. Antes tenían el mejor servicio de transporte, ahora es lo peor.

—Por eso protestamos y protestaremos; no somos delincuentes —dijo mientras encendía su motocicleta— Sólo queremos trabajar. Ponga eso en su artículo, mano. Eso es lo único que queremos, trabajar. Además, si la alcaldía quiere acabar con este servicio que nosotros brindamos, pues que mejore las carreteras, el Metrolínea, y demás cosas. La gente se aburre, la gente se aburre.

hypomnémata

 

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23
02
2013
@pachevsko

Un libro lleno de libros

Por: @pachevsko

libros

Escribo esto con una cerveza helada al lado. No para alcoholizarme, ni porque crea que sea buena para la salud. Simplemente, porque su sabor y su temperatura, para mí, representan un trofeo. Un premio por las casi cincuenta horas de trabajo de esta semana (y de cada semana) que se van en preparar clases, calificar evaluaciones, corregir escritos de tres páginas, cuatro, quince, etc. Y me retrasan las lecturas y relecturas que llevo pendientes desde hace tiempo.

Bolaño me guiña el ojo mientras afilo el lápiz rojo: “Léeme”, parece decirme. Pero resisto. Vallejo (César), se resbala de repente del estante de la biblioteca. Me levanto, lo recojo y leo:

Quiere y no quiere su color mi pecho,
Por cuyas bruscas vías voy, lloro con palo,
Trato de ser feliz, lloro en mi mano
Recuerdo, escribo
Y remacho una lágrima en mi pómulo.

Su olor me recuerda el día en que lo compré, pero no el precio que me costó. Es normal.

Vuelvo a sentarme, pongo el libro cerca y los exámenes se caen. Debo recogerlos urgentemente. El tiempo sigue pasando, avanzando. Uno por uno, los vuelvo a poner en el escritorio. Los cuento muchas veces, frenéticamente, y hacen falta dos. Entonces, me agacho y miro debajo de los estantes. Diviso uno, me acerco. A su lado encuentro Fahrenheit 451. Al tomarlo me da la impresión de que está ardiendo. Vuelvo al escritorio con el examen y el libro. Cuento nuevamente y sigue faltando uno. No está en el suelo. Me levanto. Miro en todas las direcciones y lo encuentro atorado entre dos libros de la estantería, Coetzee y Saramago. Lo rescato y suspiro. Ya es tarde y me queda todo por calificar.

Siempre me pasa. Me atacan libros que quieren ser leídos y releídos. Los pobres no esperaban como dueño un lector ocupado, ausente.

Debo idear un plan. Cargar un libro, dos libros, seis libros en el maletín. Tirar los aparatos electrónicos. Hacerme cirugía en la retina para poder leer en movimiento. Ubicar la biblioteca en el baño. Estar constipado. Leer entre las escenas malas de las películas. No charlar a la hora del almuerzo. Tener siempre la boca llena y el ojo abierto. Renunciar, como el Papa. Divorciarme, como Neruda. Encarcelarme, como Pound. No estar aquí. Estar en otro lado. Metido en un libro lleno de libros.

Categoria: Lecturas

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20
12
2012
@pachevsko

Viaje al fin del mundo

Por: @pachevsko

Me compadezco de Metrolínea. Debe ser muy duro tener que aguantar la competencia desleal y tiránica de los medios de transporte formal e informal de la ciudad. Jaime Rodríguez está intentando solucionar los problemas con el transporte formal. Buses y busetas que se creen dueñas de las vías. ¡Ni el carril especial para el Metrolínea respetan!, y tan caro que costó.

Sin embargo, ¿Qué se puede hacer con el transporte informal (pirata) que con sevicia se esconde, espera, y se aprovecha para movilizar, con engaños, a los ciudadanos que deberían estar usando el servicio legal? Nada. Los hemos visto por allí disfrazados de buenos samaritanos invitando a los inocentes usuarios a subirse a buses escolares, carros particulares, y hasta motocicletas.

Ayer, inclusive, esperando a mi querido P3, caí en la trampa. Llevaba 30 minutos esperando y tenía una cita importante. Odio aceptarlo y pido perdón, pero el motociclista me convenció: llegaría más rápido, iría más cómodo, más seguro, me dijo. Se detuvo frente a mí. Acepté su servicio. Me pasó el chaleco y el casco, y me preguntó a dónde íbamos exactamente. Le di la dirección y antes de avanzar noté que recubría con una pequeña bolsa la parte interior del casco. Es por higiene, precisó.

Mientras conducía, se presentó: Manuel, gritó con el casco puesto. Preguntó dos o tres veces si la velocidad estaba bien, si tenía mucho afán, si me molestaba el brillo del sol, etc. Unos kilómetros más adelante preguntó qué clase de música me gustaba. Yo, desconfiado, le nombré uno de los álbumes de The Kinks, Sleepwalker. A continuación, aprovechó un semáforo en rojo y sacó de su chaleco unos audífonos blancos. Me los ofreció. Los pasó por debajo del brazo y escuché pista tras pista mientras dejábamos atrás a los demás automóviles.

Llegué con tiempo de sobra. Descendí de la motocicleta y Manuel sacó un frasquito de aromatizante de su chaleco. A veces queda un olor a humo en la ropa, dijo. Lo tomé y lo oprimí cerca de la camisa. Luego, me cobró y se despidió: Espero que haya tenido buen viaje. Cualquier cosa aquí tiene mi tarjeta. Adiós.

Confieso que no pude disfrutar del bistec de esa tarde. Me sentía avergonzado. Sacrificar el trabajo de los empleados de Metrolínea únicamente por mis deseos de llegar puntual, seguro y cómodo. Por esa razón, decidí que, de vuelta, tomaría el P3, como debe ser. Salí del restaurante y lo esperé 45 minutos. No me importó, estaba haciendo lo correcto. Cuando llegó a la estación, estaba repleto de pasajeros, pero afronté las condiciones y tuve la paciencia de aguantar los apretones, pellizcos y empujones. Revisé el bolsillo de la billetera cada dos minutos. Te vuelve más cauteloso, Metrolínea ¿no? Hasta que finalmente llegué a casa. Seguro que después de más de una hora de trayecto y espera había hecho lo correcto. No como lo hice en la tarde cuando me subí, por error, a esa cómoda, perfumada y rápida motocicleta.

Categoria: Recuerdos

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18
11
2012
@pachevsko

Los minutos no se venden solos

Por: @pachevsko

Cecilia_vende_minutos

Es mejor que no trabaje más

—Apenas fueron tres meses —me dijo por teléfono—. La vieja me dijo que ya casi daba a luz y que trabajar me adelantaría el parto. Entonces, dijo que ya no más. ¿Puede creerlo? Me puso reemplazo.

Le pedí que nos viéramos y me dijo que era imposible. Estaba en su casa, con su esposo, y no quería darle razones para que sospechara algo que no existía. Hablaba en serio. Accedí a contarle al hombre sobre el texto que estaba escribiendo. No tenía por qué ser un secreto. Al final dijo que sí. Nos veríamos al día siguiente en la dirección que me había dado. Colgamos.

Meses atrás había decidido escribir su historia. Me entrevisté con ella dos o tres veces por semana. Mientras ella trabajaba, yo esperaba el bus. Su despido dejaba un hueco inmenso que sólo su testimonio final podría llenar.

El día acordado, me recibieron con tinto y galletas saltinas. Humilde manjar que comí encantado. El esposo de Cecilia estaba usando camisa manga larga y le bajaban, por el rostro, sucesivas líneas de sudor.

—Buenas tardes, señor periodista. Mi esposa me lo contó todo y le agradezco que haga una investigación sobre los problemas del transporte público en Bucaramanga. Ese es un tema de interés para todos. —Dijo sentándose frente a mí.

Después, Cecilia me contaría que tuvo que inventar todo eso para que pudiéramos hablar ese día. Yo no era periodista y no me interesaba, en ese momento, el caos del transporte público.

—Mi mujer —continuó diciendo— sabe mucho de esas cosas. El trabajo que tenía, como usted sabe, le permitía estar pendiente de las rutas que pasaban por la carretera. Le puedo asegurar que las conoce todas; hasta los tiempos que debe llevar cada una. De todas formas, si usted necesita otra entrevista yo estoy a la orden. ¿Va a tomar fotos?

Le dije que sí; lo entrevistaría después de hablar con su esposa. Las fotos, las tomaría otro periodista. Me agradeció y fue a llamar a Cecilia.

—Ya llegó el señor —gritó mientras subía por las escaleras.

(más…)

Categoria: Actualidad

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10
2012
@pachevsko

Ni Dios, ni amo (sobre los pie de foto)

Por: @pachevsko

Y para ilustrar cómo un mal título puede perjudicar una obra brillante a causa de la irresponsabilidad del autor con la obra misma, he aquí una anécdota: el 28 de abril de 2008 asistí a una exposición de fotografías en la galería Leópold Sédar Senghor de la Alianza Colombo-francesa de Bucaramanga.  La exposición se titulaba “Espiral Urbano”. Me detuve en cada una de las fotografías dos o tres veces, como lo hago habitualmente, observando la imagen y a continuación su título. Pero al intentar hacer lo segundo, los “letreritos” no estaban. Esto me sorprendió enormemente y recordé aquellas palabras de Alfonso Reyes cuando propuso la supresión de las inscripciones que acompañan a las pinturas en las exposiciones, a razón de que no se recibe el impacto de la pintura sino el de la literatura informativa que la acompaña. Algunas fotografías me parecieron brillantes:

Ni dios ni amo

Poco después, volví a la galería y vi aquellos letreritos que no estaban antes, al parecer habían olvidado instalarlos. Me acerqué nuevamente a mi favorita, y lo que yo interpreté como una interrelación de contenidos entre lo textual y lo icónico, había sido disminuido, por el título, a una simple referencia de anarquía.

El título, Escuela de anarquía—inscripciones abiertas, centra su atención en la pinta de la pared, dejando a un lado la fuerza semántica de la pareja que descansa (¿sensualmente?) en la calle.

Categoria: Recuerdos

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