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	<title>Quitapesares</title>
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	<description>Lo que se me ocurre</description>
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		<title>Fidel Cano, poeta</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Aug 2011 01:43:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>habad</dc:creator>
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		<description><![CDATA[
Leyendo -como me paso- libros viejos, me topé en estos días con un poema largo y sentido del fundador de El Espectador, don Fidel Cano (San Pedro de los Milagros 1854 &#8211; Medellín 1919). El poema, que no aparece en las antologías de poesía colombiana que conozco, me resulta mejor que muchos de los que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="recurso_post size-medium wp-image-226  aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/08/IMAGEN-7466827-2-233x300.jpg" alt="IMAGEN-7466827-2" width="233" height="300" /></p>
<p>Leyendo -como me paso- libros viejos, me topé en estos días con un poema largo y sentido del fundador de <em>El Espectador</em>, don Fidel Cano (San Pedro de los Milagros 1854 &#8211; Medellín 1919). El poema, que no aparece en las antologías de poesía colombiana que conozco, me resulta mejor que muchos de los que suelen publicarse en estos libros como buenos ejemplos de la lírica romántica del siglo XIX.</p>
<p><span id="more-225"></span></p>
<p>Ya va siendo hora de que le hagamos un homenaje virtual a don Fidel, y por eso he copiado y voy a transcribir ese poema, no sin antes citar también un testimonio sobre ese gran periodista liberal, tal como lo recordaba en una página de sus memorias el agudo ensayista antioqueño Baldomero Sanín Cano:</p>
<p>“Frecuentaba por entonces la redacción de <em>La Consigna</em>, periódico semanal dirigido y escrito en su mayor parte por Fidel Cano, a quien había conocido ocho o diez años antes, en Rionegro, donde su padre, don Joaquín, tío de mi madre, dirigía un negocio industrial. Fidel, poseído de una poderosa inclinación literaria, tenía su pequeña imprenta y en ella publicaba una revista, <em>La Idea</em>, en cuya preparación trabajaba como cajista, impresor, corrector y escritor. Nos acogía con inteligente condescendencia a los estudiantes de la Normal y aun llegó a permitirnos publicar en su imprenta un periodiquín que a falta de nombre más volátil intitulamos <em>El Éter</em>. En él dimos a conocer, con audaces tendencias reformadoras, nuestras fallas en asuntos gramaticales y nuestro poco respeto por la lógica y la ortografía. Fidel sonreía, con esa bondad serena y acogedora de que dio muestras en todas las épocas de su vida.”</p>
<p>Paso ahora a transcribir el poema, especie de madrigal en el que se combinan libremente versos endecasílabos con heptasílabos, enlazados por rimas consonánticas. El tema, un árbol (tal vez una ceiba blanca), no puede ser más sencillo; al evocarlo, el poema se va tiñendo con el íntimo recuerdo de sus padres, lo que da ocasión a varias evocaciones familiares, con momentos de amable ternura doméstica. Ignoro dónde habrá sido publicado por primera vez, pero en las páginas de donde lo tomo (<em>Gente maicera</em>, de Benigno Gutiérrez, 1950), aparece fechado en 1881:</p>
<p>A UN ÁRBOL</p>
<p>¡Cuantos recuerdos para mi alma encierra<br />
El pedazo de tierra<br />
Donde derrama el viento vagaroso<br />
La fresca lluvia de tus blancas flores,<br />
Árbol querido, amigo cariñoso<br />
Del arruinado hogar de mis mayores!<br />
Por eso, aunque a tu lado indiferentes<br />
Pasan sin verte las extrañas gentes,<br />
Yo detengo mi paso, y te contemplo<br />
Con el respiro cándido y piadoso<br />
Que me inspiraba en la niñez un templo;<br />
Con la profunda, inagotable pena,<br />
Con el hondo dolor, inmenso y mudo,<br />
Que hay en mi corazón cuando saludo<br />
De mi madre la amada sepultura;<br />
Con la inmensa ternura<br />
Que el alma me enajena<br />
Cuando mi labio toca de mis hijos<br />
La blanca frente, inmaculada y pura.</p>
<p>* * *</p>
<p>Ni el risueño verdor de tu ramaje,<br />
Ni la frescura de tu grata sombra,<br />
Ni las flores que esmaltan tu follaje,<br />
Ni la tupida alfombra<br />
Que se extiende a tu pie, ni el paisaje<br />
Que en torno tuyo su esplendor despliega,<br />
Ni la banda de pájaros que llega<br />
A cantar en tu copa sus amores,<br />
Ni nada, en fin, de cuanto te hace hermoso,<br />
Sombra, ramaje, pájaros ni flores,<br />
Alcanza a dar a mi alma<br />
Ese suave reposo,<br />
Esa tranquila y apacible calma,<br />
Ese dulce contento<br />
Que cuanto vive junto a ti, respira.<br />
Al contemplarte, un vago sentimiento<br />
Se apodera de mí, mi alma suspira,<br />
Inclino la cabeza<br />
Bajo el peso crüel de la tristeza,<br />
Viene el llanto a mis ojos,<br />
Y lleno de dolor y de respeto,<br />
Y de amargura el corazón repleto,<br />
Quiero caer de hinojos<br />
Ante tu añejo tronco carcomido<br />
Y regar con mi llanto<br />
El terreno querido<br />
Que cariñoso abrigas con tu manto…</p>
<p>* * *</p>
<p>Tus ramas dieron sombra a la modesta,<br />
Honrada cuna de mi padre amado;<br />
Los dulces cantos que en perpetua fiesta<br />
Pueblan tu copa, vienen de las aves<br />
Que con trinos süaves<br />
Su sueño hicieron blando y regalado;<br />
Sobre la verde grama<br />
Que cubre tu raíz, jugó de niño;<br />
De afán llenando el maternal cariño,<br />
Con arrojo infantil dobló la rama<br />
Que tus sabrosos frutos le ofrecía,<br />
Y tu alta copa coronó atrevido<br />
Por alcanzar, temblando de alegría,<br />
De las palomas el oculto nido;<br />
Aquí al nacer el día<br />
Y al declinar la tarde, le enseñaba<br />
Las primeras cristianas oraciones,<br />
Con cariñoso afán, su dulce madre,<br />
Y del trabajo y la honradez le daba<br />
Las primeras benéficas lecciones,<br />
Sobre el arado, el laborioso padre;<br />
¡Ay, y tal vez bebieron tus raíces<br />
Su quemadora lágrima primera,<br />
Esa temprana lágrima vertida<br />
Al dar eterno adiós a las felices<br />
Horas de la niñez, que son la vida!</p>
<p>* * *</p>
<p>¡Cuántas veces por ti, por ser tu dueño,<br />
Mi alma, que mira sin envidia el oro,<br />
Se entrega con ardor al loco sueño<br />
De encontrar de repente un gran tesoro!<br />
Y ¡cuántas veces lloro<br />
Al ver que mano amiga, y noble y buena,<br />
Mas siempre mano ajena,<br />
Recoge la primicia de tus flores;<br />
De esas flores queridas,<br />
Cargadas de suavísimos olores<br />
Y de nieves vestidas<br />
En otro tiempo con amor vertidas<br />
Por nuestra dulce, eterna primavera,<br />
Sobre el modesto hogar de mis mayores!</p>
<p>* * *</p>
<p>¡Si fueras mío, si legar pudiera<br />
a mi esposa, a mis huérfanos hermanos,<br />
a mis amados, inocentes hijos,<br />
un hogar que tu sombra recibiera!<br />
Yo labraría con mis propias manos,<br />
Libre de los prolijos,<br />
Vanos cuidados que me impone el mundo,<br />
La risueña heredad que te rodea;<br />
La rústica tarea,<br />
De paz y dicha manantial fecundo,<br />
El modesto sustento me daría<br />
Que apenas pido a la bondad del Cielo;<br />
Y quién sabe si entonces sí alzaría<br />
A tus campos de luz ¡oh Poesía!<br />
El alma inquieta su soñado vuelo.</p>
<p>* * *</p>
<p>En torno al viejo tronco reunidos<br />
Oyeran de mis labios consumidos,<br />
Los seres que amo, la sencilla historia<br />
De mis padres queridos,<br />
Guardada con amor en mi memoria.<br />
La amada historia, de virtud ejemplo,<br />
El evangelio del hogar sería,<br />
Y a tu sombra tendría<br />
El tierno culto, venerado templo.</p>
<p>* * *</p>
<p>Pero, ¡ay! ¿a qué soñar, si mi esperanza<br />
Es como el humo azul y perfumado<br />
Que del altar hacia los cielos sube,<br />
Primero densa nube<br />
Que en blandos copos majestuosa avanza,<br />
Después débil nublado,<br />
Y a medida que crece,<br />
Sombra no más que al fin se desvanece<br />
Dejando sólo ambiente embalsamado?<br />
¿A qué soñar? Cual mira el peregrino<br />
Que del santuario donde oró se aleja,<br />
El santo techo que por siempre deja,<br />
Así te miro yo desde el camino<br />
A cuya orilla te alzas majestuoso,<br />
Árbol querido, amigo cariñoso<br />
Del arruinado hogar de mis mayores,<br />
De sus dichas testigo,<br />
Y testigo también de sus dolores;<br />
Y así como piadoso<br />
Bendice el peregrino al templo santo,<br />
Con gratitud y amor yo te bendigo<br />
En este triste y cariñoso canto.</p>
<p>* * *</p>
<p>Guarde del huracán tu copa el Cielo;<br />
A tu pie forme el suelo<br />
De verde césped delicada alfombra;<br />
A seres buenos y felices guarde<br />
Contra el ardor del sol tu fresca sombra;<br />
Busquen aromas en tus blancas flores<br />
Las brisas de la tarde;<br />
El sol de la mañana sus fulgores<br />
Derrame con amor sobre tus hojas;<br />
Plateados resplandores<br />
Te dé la luna; la risueña fuente<br />
En cuyas linfas tus raíces mojas,<br />
Renueve sin descanso tu verdura,<br />
Y te halague al rumor de su corriente;<br />
Formen tu casto nido en la espesura<br />
De tu  verde ramaje,<br />
Avecillas que canten con dulzura<br />
Y vistan rico, espléndido plumaje;<br />
Jamás el rayo sobre ti descienda;<br />
Nunca en tus hojas el incendio prenda;<br />
Jamás el hacha ultraje<br />
Tu rugosa corteza, ni pretenda<br />
El despiadado leñador herirte;<br />
Y si llegare a permitir el Cielo<br />
Que puedan abatirte,<br />
Empuñe el hacha que te arrastre al suelo,<br />
De algún honrado labrador la mano,<br />
Y den tus secas ramas,<br />
Si al furor las entregan de las llamas,<br />
Calor y lumbre en un hogar cristiano.</p>
<p>1881</p>
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		<title>Ferrante Pallavicino</title>
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		<pubDate>Fri, 22 Jul 2011 23:57:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>habad</dc:creator>
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		<description><![CDATA[
Alguna vez un ironista sostuvo que si alguien quería construirse una buena biblioteca personal, debería conseguirse, ante todo, el Index Librorum Prohibitorum, en una buena edición, e ir comprando uno por uno todos los libros prohibidos por la Iglesia Católica (la última edición es de 1968, pero las mejores son las del siglo XVIII o [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><em><img class="recurso_post size-thumbnail wp-image-213   aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/07/Ferrante-P.-Retrato-150x150.jpg" alt="Ferrante Pallavicino" width="300" height="300" /></em></p>
<p>Alguna vez un ironista sostuvo que si alguien quería construirse una buena biblioteca personal, debería conseguirse, ante todo, el <em>Index Librorum Prohibitorum</em>, en una buena edición, e ir comprando uno por uno todos los libros prohibidos por la Iglesia Católica (la última edición es de 1968, pero las mejores son las del siglo XVIII o XIX). Están los obvios: Hume, Darwin, Voltaire, Diderot, Sade, pero también algunos escritores secretos e inesperados.</p>
<p><span id="more-208"></span></p>
<p style="text-align: center"><img class="recurso_post aligncenter size-medium wp-image-220" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/07/Hoguera2-300x236.jpg" alt="Hoguera" width="300" height="236" /></p>
<p style="text-align: left">Fue hojeando las muy eruditas páginas de una edición del <em>Index </em>(la de 1819, cuyo frontispicio aquí reproduzco) como llegué al nombre y a las obras de un bastante olvidado satírico italiano: Ferrante Pallavicino (nacido en Piacenza en 1615). Desde entonces, cada vez que camino por alguna ciudad italiana, cuando me encuentro con una librería anticuaria, entro y pregunto si tienen alguna de las obras de Ferrante Pallavicino. Hay muy pocas ediciones modernas de sus obras y debo decir que todavía no he podido siquiera tener en mis manos todas las novelas censuradas por el <em>Index </em>(1). Doy algunos títulos: <em>Il Corriero svaligiato</em> (“The Post-boy Robbed of his Bag”); <em>La Retorica delle puttane</em> (“The Rhetoric of Whores&#8221;); <em>Il Divortio celeste</em> (“The Celestial Divorce”); <em>Il principe ermafrodito</em> (The Hermafrodit Prince). ¿Habrán desaparecido, aunque fueran muy populares en su época? ¿Las habrán quemado? ¿Estarán tan sólo en las salas prohibidas de la Biblioteca Vaticana? Pero una que otra sí que he encontrado, poco a poco, y quizá algún día yo pueda escribir un ensayo serio, o una novela, sobre la vida y las obras de Ferrante. De las que he encontrado en mis amenas pesquisas reproduzco aquí la primera página de un Elzevir, falsamente fechado en Villa Franca, pero en realidad impreso en Amsterdam en 1673.</p>
<p style="text-align: center"><img class="recurso_post aligncenter size-medium wp-image-221" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/07/Libro-Ferrante-P.2-300x262.jpg" alt="Libro Ferrante P." width="300" height="262" /></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">Alguna vez dijo Heine: “Se empieza quemando libros y se termina por quemar seres humanos”. Freud, más optimista, dijo en Viena, cuando los nazis quemaron sus trabajos en la Babelplatz de Berlín: “Estamos progresando: queman mis libros; antes me hubieran quemado a mí.” Pocos años pasaron antes de que Freud tuviera que huir a Inglaterra, para evitar ser quemado en las cámaras donde fueron gaseadas sus hermanas.</p>
<p style="text-align: left">Pues bien, los libros de Ferrante Pallavicino no sólo merecieron la hoguera simbólica del <em>Index </em>(obsérvese el hermoso y horrendo grabado de prelados quemando libros que aparece en el frontispicio de sus ediciones de los siglos XVII y XVIII), sino la hoguera real. Pero no sólo sus libros, también la persona. Ferrante Pallavicino, por sus escritos impíos y blasfemos, fue decapitado por orden del Papa, en Avignon, en 1644, cuando le faltaban pocos días para cumplir 29 años. Por eso lo he escogido como mi héroe de la libertad de expresión: porque siguió escribiendo aunque estuviera amenazado, y porque ironizó sobre las guerras del Papa Urbano VIII, emprendidas para ampliar las posesiones de su propia familia, los Berberini.</p>
<p style="text-align: left">¿Podré ser optimista otra vez, como Freud, y pensar que hoy en día se queman libros, pero no seres humanos por las ideas expresadas en sus libros? Hace pocos años, en Irán, fue recogido y prohibido el libro de Gabriel García Márquez, <em>Memoria de mis putas tristes.</em> García Márquez no fue encarcelado ni castigado con una fatwa, es cierto, pero cabe preguntarse: ¿Le pasaría lo mismo si fuera iraní y viviera en Irán? Es de hoy (julio 22 del siglo XXI) la noticia de que el Ayatolá Alí Jamanei, máximo líder religioso de ese país, volvió a hablar públicamente sobre los “libros dañinos” que se deben prohibir:<br />
<a href="http://www.guardian.co.uk/world/2011/jul/21/iran-supreme-leader-attacks-books">http://www.guardian.co.uk/world/2011/jul/21/iran-supreme-leader-attacks-books</a> .</p>
<p style="text-align: left">(1) El ex librero Andrés Hoyos, dueño y fundador de la tristemente desaparecida Librería El Carnero de Bogotá, me demostró (al leer la versión en inglés de este artículo) que en la red se pueden encontrar muchas más ediciones de Pallavicino de lo que yo aquí digo, con lo cual ha arruinado, en buena medida, mi viejo vicio de paseante por las librerías anticuarias.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Sobre Alma, de Javier Moreno</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Jul 2011 00:43:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>habad</dc:creator>
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Qué bueno es leer un libro de un escritor del que nada sabemos, a quien nunca hemos visto, a quien a lo mejor no vamos a conocer nunca. Qué bueno reseñarlo sin haber leído ninguna otra reseña; sin haber buscado en Internet una entrevista o una breve biografía del autor. La lectura es más pura [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="recurso_post alignleft size-medium wp-image-204" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/06/Alma-Moreno-192x300.png" alt="Alma-Moreno" width="192" height="300" /></p>
<p>Qué bueno es leer un libro de un escritor del que nada sabemos, a quien nunca hemos visto, a quien a lo mejor no vamos a conocer nunca. <span id="more-203"></span>Qué bueno reseñarlo sin haber leído ninguna otra reseña; sin haber buscado en Internet una entrevista o una breve biografía del autor. La lectura es más pura -me perdonan la rima-; no hay cautelas ni prejuicios; no se teme halagarlo (con demasiadas dosis de elogios), ni tampoco ofenderlo (con lo poco o lo mucho que de su libro no nos gusta). Pues bien, he leído esta extraña novela, <em>Alma</em>, por pura casualidad. Porque así se titulaba también el primer libro de Manuel Machado (y ahora Manuel me gusta casi tanto como su hermano), y porque así se llama la hija de una amiga. Los motivos en la vida, para leer un libro, son a veces así de personales, así de simples.</p>
<p>Y me ha sorprendido mucho, este libro sobre nada. Porque, en rigor, estamos frente a un libro que prácticamente no tiene trama. Flaubert, un día, en una carta a Louise Colet, esbozó el siguiente proyecto literario: “Lo que me parece hermoso, lo que me gustaría hacer es un libro sobre nada, un libro sin ataduras externas, que se sostuviese a sí mismo con la fuerza interna de su estilo, como la tierra se sostiene en el aire, un libro que apenas tuviera argumento, o, al menos, que fuese casi invisible, si esto es posible.” Ignoro si Javier Moreno habrá leído alguna vez este proyecto no realizado de Flaubert, pero si no lo leyó nunca, de todos modos me parece que su libro está construido así: un libro sobre nada, un libro casi sin trama, un libro que se sostiene en el aire, que es quizá la manera en que se sostienen la conciencia y el alma.</p>
<p>Más que de historias o acontecimientos, esta novela está hecha de sentencias. Y aun más que sentencias, sus frases parecen axiomas que se van superponiendo. Convincentes, indemostrables, duras. Frases inteligentes, sobre todo inteligentes, es decir, frases que nos hacen penetrar en cosas y ver cosas que no habíamos visto. La historia, si la hay, es mínima. Pasan muy pocas cosas en <em>Alma</em>, salvo quizá las que suceden en la cabeza de su narrador o de sus otros dos personajes, que más parecen fantasmas del mismo narrador. Es como si el yo de la novela nos dijera, sin decírnoslo, que pasan muchas cosas en un alma, en esa palabra anticuada que hoy, en general, llamamos mente, o conciencia.</p>
<p>El yo tácito o explícito de esta novela, no es nada simpático. Su intención no es caer bien. Tampoco busca deliberadamente caer mal. No es nada antipático. Deja la impresión de ser alguien que dice sin temor lo que piensa. Es raro, hoy, no temer decir lo que se piensa. A veces, en el enlace de los pensamientos, surge un ritmo mental -más que de palabras- encantador, hipnótico. Este es su mayor mérito y también su mayor límite. Su virtud, de alguna manera, es también su defecto. Me gusta su sequedad, la brevedad de las frases, pero dudo que este estilo pueda dar mucho más de lo que ha dado. A pesar de su novedad, no fundará una escuela (pero en literatura no se trata tampoco de fundar escuelas). Es un experimento novedoso, fascinante, al mismo tiempo arriesgado y meritorio. Me ha hecho pensar muchas cosas. He aprendido algunas palabras al leerla y me ha transportado a territorios mentales donde antes yo no había estado.</p>
<p>Pareciera que en <em>Alma</em> nada sobrara. Como si cada palabra hubiera sido pensada minuciosamente, no como se piensan (o mejor: no se piensan) las palabras de una novela (al descuido de una pluma rápida), sino como se van esculpiendo las palabras de un poema, sílaba por sílaba. En la trama minúscula todo se sostiene -como quería Flaubert- gracias al andamio ligero, ingrávido, de las palabras. Es una novela, pero tiene la extraña levedad de un poema. Una novela que no hará una escuela, sí, pero ese tampoco es el fin de las novelas. Una novela única en su género, sui generis.</p>
<p>¿Se podrá resumir esta novela? No. Se puede decir lo que no es. No es una novela que haya añadido al mundo una más de las miles historias inútiles (que ya nos hartan) que se publican cada año en el mundo. No hay aventuras en las que el amor, el adulterio, el crimen, se entremezclen. <em>Alma</em> cura el hartazgo de las telenovelas de papel. A los que ya no tenemos el gusto de leer ese tipo de novelas (tan flaubertianas), podemos encontrar en esta <em>Alma</em> un alimento, un oasis para la sed de algo nuevo, de algo distinto.  De algo que no tendrá descendientes, pero que deja en la boca el sabor de no haber perdido el tiempo. Seas quien seas, Javier Moreno, ¡bravo!</p>
<p><em>Alma</em>, de Javier Moreno</p>
<p>Madrid, Lengua de Trapo, 2011</p>
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		<title>Amedeo Furst y los escritores que no se dejan ver</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/habad/2011/05/26/amedeo-furst/</link>
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		<pubDate>Thu, 26 May 2011 22:32:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>habad</dc:creator>
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El mecanismo psicológico, si uno lo piensa bien, es bastante elemental: cuando un artista, un escritor, un intelectual, no se siente suficientemente reconocido por los medios, cuando le parece que no hay correspondencia entre la popularidad de unos mediocres y la propia oscuridad (siendo él un genio comparado con tantos deficientes mentales), entonces su predilección, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">El mecanismo psicológico, si uno lo piensa bien, es bastante elemental: cuando un artista, un escritor, un intelectual, no se siente suficientemente reconocido por los medios, cuando le parece que no hay correspondencia entre la popularidad de unos mediocres y la propia oscuridad (siendo él un genio comparado con tantos deficientes mentales), entonces su predilección, y más aún su devoción, se concentra en esos escritores que, pudiendo ser célebres, se resisten a cualquier aparición mediática, y se esconden en una austera intimidad repelente, rechazando los premios, odiando la televisión, los periódicos, los periodistas y en general cualquier aparición pública que los haga ver como ídolos del espectáculo.</p>
<p style="text-align: left"><span id="more-170"></span></p>
<p style="text-align: left">“Ese sí es un tipo digno, serio, discreto y ejemplar; no como otros…”, recalcan los intelectuales oscuros e incomprendidos. En aquellos que a pesar de ser célebres no se dejan celebrar está su desquite. Aunque estos sean invisibles voluntarios, los invisibles involuntarios se sienten vengados por los famosos escurridizos.</p>
<p style="text-align: left">La comparación entre escritores discretos y escritores mediáticos se ha vuelto muy actual con motivo de la muerte de Jerome David Salinger, la cual ocurrió el mismo día en que, durante el Hay Festival de Cartagena, una multitud de lectores y de curiosos (en cantidades futbolísticas) aclamaban y aplaudían ruidosamente al peruano Mario Vargas Llosa y al británico Ian McEwan. En vista de esta oportuna coincidencia, los eruditos oscuros no perdieron la ocasión de comparar. Por un lado están los buenos, es decir los escritores que no sucumben a los cantos de sirena de la vanidad y de los medios masivos de comunicación (al estilo de Pynchon –que hasta destruyó sus archivos escolares para que nadie pudiera husmear en su pasado- o de Philiph Roth –que se precia de no haber sonreído jamás en una foto-) y al otro lado los malos, como McEwan y Vargas Llosa, que hablan en teatros llenos de gente, o Jorge Luis Borges, que concedió miles de entrevistas, o Gabriel García Márquez, que hasta la lengua sacaba en las fotos, o Truman Capote, que hizo de su vida un espectáculo.</p>
<p style="text-align: left">La buena conciencia está con los primeros. Todos celebran a aquellos que resuelven encerrarse, permanecer en la intimidad de sus casas, no conceder entrevistas, no permitir que los saquen en revistas y si es posible conseguir que no los vea nunca nadie que no sea de la familia. Como si el ojo del otro los fulminara, o como si los otros cayeran fulminados al verlos a ellos, yo no sé. De Salinger dicen que era un ser discreto, no un animal de farándula. De él existen, sin embargo, algunas viejas entrevistas y fotos de cuando no había resuelto todavía volverse invisible, y hasta el fin de sus días se supo en qué pueblo vivía (Cornish, New Hampshire), y la casa que pudo construirse con sus derechos de autor, rodeada de altos muros y de verjas y fosos protectores para que nadie arrimara.</p>
<p style="text-align: left">En este sentido, Salinger es un vulgar exhibicionista si se lo compara con Amedeo Furst. De Furst me habló por primera vez Santiago Gamboa, durante una gran borrachera que nos pegamos, si no estoy mal, porque ya no me acuerdo, en las afueras de Roma. Se trata de un gran autor de la Suiza italiana (cantón Ticino), un intelectual de tan extrema discreción que no sólo no ha sido fotografiado nunca, sino que nadie lo ha visto ni oído jamás. Su caso es tan especial, y llega tan lejos su discreción, que nunca ha querido publicar ningún libro (al menos con su nombre), porque no solo no quiere que lo vean, sino que tampoco quiere que lo lean, pues para él escribir no es más que una forma sutil del mismo exhibicionismo vanidoso, en el que incluye incluso a aquellos escritores que no se dejan ver.</p>
<p style="text-align: left">
<div id="attachment_174" class="recurso_post aligncenter" style="width: 310px"><img class=" size-medium wp-image-174" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/05/DSC03140-300x225.jpg" alt="Única foto que existe de Amedeo Furst" width="300" height="225" /><h3>Única foto que existe de Amedeo Furst</h3></div>
<p style="text-align: left">Ustedes se preguntarán cómo se ha tenido noticia de las tesis extremas de Furst, o de su nacionalidad, e incluso de su nombre, si nunca las ha escrito ni expuesto ni hablado ni publicado. Yo también me lo pregunto. En realidad hay quienes sostienen que sus libros sí existen y que son magníficos, pero que nadie está seguro de cuáles son, pues suele publicarlos en editoriales menores y bajo nombres absolutamente anodinos y falsos, en oscuros idiomas que muy pocos entienden como el muinane y el vasco. Se dice, por ejemplo, que un libro de Xavi Etchavarrí, Aizkora eta mendikatea (El hacha y la cordillera), jamás traducido del vasco al castellano (salvo el título), es obra de Furst. A mí no me consta. Y el mismísimo Furst, si a eso vamos, y con todo que su nombre no aparece citado ni en Google (hasta hoy) me parece un vanidoso al lado del más célebre “escritor desconocido”, cuyo nombre nadie conoce y cuyos libros no han sido nunca leídos por nadie, porque no los ha escrito. El discreto perfecto es sólo él, ni siquiera Furst.</p>
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<p style="text-align: left">Yo creo que el verdadero modelo de los escritores que no se dejan ver es un modelo importante. Se trata nada menos que de Dios. Porque para escritores que no se dejan ver, nada como el autor del Viejo Testamento, que es, como se sabe, el mismísimo Espíritu Santo, ese que existe desde hace milenios, o desde siempre, y sin embargo nadie lo ha visto nunca. A esto mismo se debe que Dios sea tan famoso y viva en boca de todo el mundo, tanto de devotos como de detractores. Los escritores que no se dejan ver se quieren volver invisibles, como Dios, y como él hablar solamente a través de la Palabra (o a través del silencio, como Furst). En cuanto a su modelo iconográfico, creo que este podría ser Mahoma, de quien, como se sabe, se conocen solamente imágenes apócrifas, además de falsas y blasfemas. La única imagen fiel de Mahoma lo retrata velado, como debe ser, y en una antigua miniatura turca que me permito reproducir aquí. No hay culto más puro y más profundo que el culto por aquello que no se conoce. Un rostro humano, indudablemente, humaniza. No tener cara, en cambio, en cierto sentido diviniza.</p>
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<p style="text-align: left">También en la literatura hay, pues, una tradición icónica y otra anicónica. La no icónica se remonta nada menos que a Homero, pues del poeta griego no existen imágenes fidedignas y ni siquiera estamos seguros de que su nombre corresponda a una persona en particular. Todo esto está muy en contraste con esa insoportable exposición mediática de los escritores que fueron al Hay Festival de Cartagena (en particular Vargas Llosa, McEwan y Ondaatje, quienes fueron los más expuestos a las cámaras), todos ellos tan fatuos, tan vanidosos, tan engreídos, que en vez de encerrarse en sus cuartos se dejan tomar fotos y hablan en público y exhiben sus miserias y fealdades y vejeces en calles y en teatros y en salas donde asiste un público vulgar, arribista y de clase media, tontos de pacotilla que se dejan engatusar por semejante banda de engreídos mediocres que se muestran en público con tanto desparpajo, en vez de encontrarse un escondite en Islandia, en la Patagonia o en el desierto de Atacama.</p>
<p style="text-align: left">
<div id="attachment_175" class="recurso_post aligncenter" style="width: 310px"><img class=" size-medium wp-image-175" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/05/DSC03145-300x225.jpg" alt="Retrato de Mahoma" width="300" height="225" /><h3>Retrato de Mahoma</h3></div>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">Según el cronista colombiano Cristian Valencia, hay unos cuantos escritores del grupo de los que no se dejan ver, que en realidad sí se dejan ver. La cosa es que sólo se dejan ver por otros escritores tampoco se dejan ver, con lo cual, como ni unos ni otros se dejan ver, no cuentan lo que vieron, y es como si nadie los viera. Los escritores que no se dejan ver suelen escribir los prólogos y las reseñas de los libros de otros escritores que tampoco se dejan ver. Pertenecen a la oscura secta de los invisibles, y se ayudan entre ellos. Hay malpensados que afirman que esto de esconderse tanto es solamente una forma de publicidad al revés. Yo digo que si uno quiere ser recatado, y encerrado, y silencioso, y si odia las cámaras, los flashes y toda exposición pública, está en todo su derecho y no debemos juzgarlos.</p>
<p style="text-align: left">Pero los más especiales de la fauna de los que no se dejan ver, son otros que tampoco se dejan ver, pero en realidad nadie sabe que no se dejan ver, porque nadie nunca ha querido verlos, ni los ha buscado, pero ellos viven con el secreto orgullo de no haberse dejado ver por nadie jamás, en vez de esos vulgares exhibicionistas que van a ferias y festivales literarios. Estos últimos se dedican a gritar contra los que se dejan ver, y a insultarlos, con el secreto propósito de que los vean a ellos gracias a sus gritos. Pero ni así los ven, con lo cual consiguen lo que en el fondo de su alma más desean: que nadie los vea.</p>
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		<title>Godos y liberales ortográficos</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Feb 2011 14:53:02 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Frente a la ortografía, como frente a casi todas las cosas de esta vida, los humanos nos partimos en dos: asumimos posiciones conservadoras o posiciones reformistas. A los conservadores les molesta cualquier cambio. Muchos de ellos, por ejemplo, recibieron con bastante mal genio el hecho de que la Academia, recientemente, suprimiera la obligatoriedad de algunos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Frente a la ortografía, como frente a casi todas las cosas de esta vida, los humanos nos partimos en dos: asumimos posiciones conservadoras o posiciones reformistas. </strong><span id="more-166"></span>A los conservadores les molesta cualquier cambio. Muchos de ellos, por ejemplo, recibieron con bastante mal genio el hecho de que la Academia, recientemente, suprimiera la obligatoriedad de algunos acentos. Los reformistas, en cambio, harían de inmediato una revolución ortográfica y suprimirían sin pensarlo dos veces la hache (que por muda les parece inútil), dejarían una sola be (ya que ambas suenan igual en español), y usarían la jota (como Juan Ramón Jiménez) cada vez que su sonido se escriba con ge, como en “gemido”. Irían más lejos: como en Hispanoamérica no diferenciamos el sonido de la ese y la zeta, harían que todas las palabras que se escriben con zeta se escribieran con ese, pues para los revolucionarios la zeta es tan solo un rezago colonial (y ellos escribirían resago).</p>
<p>Aunque para casi todas las cosas de la vida tiendo a ser liberal, y por lo tanto reformista, en los asuntos ortográficos me gusta más la posición conservadora. En castellano ya tenemos la suerte de que la ortografía siga a la fonética bastante de cerca. En español se escribe casi como hablamos, a diferencia del inglés o del francés (ni se diga del chino) donde algunas palabras se dicen tan distinto de como se escriben que se ha llegado a afirmar que en esas lenguas escritas hay palabras-ideogramas. Por ejemplo en inglés casi la misma combinación ortográfica (through, lough) produce sonidos tan distintos como “zrú” y “laf”. Es tan conservadora la ortografía de esa lengua que una vez Bernard Shaw dijo que podría escribirse <em>fish de la siguiente manera: &#8220;ghoti&#8221; </em>-gh as in <em>tough</em>, o as in <em>women</em>, <em>ti </em>as in <em>nation.</em>&#8221;</p>
<p>En español casi no hay casos así. Se me ocurre tal vez que la palabra “para” es una de las menos fonéticas que existen pues en casi todos los rincones donde se habla nuestra lengua la gente no dice pa-ra, sino pa. A pesar de esto, no estoy seguro de que convenga escribir algo así como, “yo no sirvo pa naa.” Por muy fonético que suene, gracias a la costumbre de los siglos, una frase escrita así nos resulta más difícil de entender, cuando la leemos, que la ortográficamente más completa: “Yo no sirvo para nada”.</p>
<p>Creo que los reformistas que se obstinan en proponer revoluciones ortográficas para que el español escrito siga más de cerca nuestra manera de hablar, se encontrarían con graves problemas y contradicciones al poner por obra sus cambios. Para empezar, los distintos países que hablamos en español, tendríamos que empezar a escribir de distinta manera. Y eso nos alejaría mucho a unos de otros y sería nefasto para el intercambio cultural. Hasta dentro de las fronteras de Colombia habría dificultades. Les pongo un solo ejemplo: la palabra “nosotros”, si se siguiera una regla fonética, se escribiría con una ortografía distinta en Antioquia, la costa y Bogotá. En Medellín se escribiría “nojotros”, en Barranquilla “nosotroj” y “nosothrros” en la capital. Qué enredo. Mejor dejar las cosas como están.</p>
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		<title>La hija de Bertrand Russell</title>
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		<pubDate>Mon, 17 Jan 2011 14:51:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>habad</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Bertrand Russell]]></category>
		<category><![CDATA[Cornualles]]></category>
		<category><![CDATA[Dora Black]]></category>
		<category><![CDATA[Filosofía]]></category>
		<category><![CDATA[Lady Katharine Tait]]></category>
		<category><![CDATA[Libertad]]></category>

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		<description><![CDATA[Viaje a Cornualles. Dos días en la casa de Bertrand y Dora Russell en Porthcurno.


La región es Cornualles, en el extremo suroeste de Inglaterra. El lugar conocido más cercano se llama el Final de la Tierra, o Land’s End, la punta más occidental de la isla, donde las piedras y acantilados de la tierra firme [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!-- @font-face {   font-family: "Cambria"; }@font-face {   font-family: "Lucida Grande CE"; }@font-face {   font-family: "Lucida Grande"; }p.MsoNormal, li.MsoNormal, div.MsoNormal { margin: 0cm 0cm 0.0001pt; font-size: 12pt; font-family: "Times New Roman"; }h1 { margin: 0cm 0cm 0.0001pt; page-break-after: avoid; font-size: 16pt; font-family: "Times New Roman"; font-weight: normal; }p.MsoHeader, li.MsoHeader, div.MsoHeader { margin: 0cm 0cm 0.0001pt; font-size: 12pt; font-family: "Times New Roman"; }span.Ttulo1Car { font-family: "Times New Roman"; }p.Habitual, li.Habitual, div.Habitual { margin: 0cm 0cm 0.0001pt; font-size: 14pt; font-family: "Times New Roman"; }span.EncabezadoCar {  }span.EncabezadoCar1 {  }div.Section1 { page: Section1; } -->Viaje a Cornualles. Dos días en la casa de Bertrand y Dora Russell en Porthcurno.</p>
<p><span id="more-143"></span></p>
<p style="text-align: center"><img class="recurso_post size-large wp-image-154 aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/01/DSC03584-1024x768.jpg" alt="DSC03584" width="565" height="368" /></p>
<p><span>La región es Cornualles, en el extremo suroeste de Inglaterra. El lugar conocido más cercano se llama el Final de la Tierra, o Land’s End, la punta más occidental de la isla, donde las piedras y acantilados de la tierra firme oponen una resistencia heroica a las olas incesantes del Atlántico. Aquí el paisaje termina, con una última explosión de sí mismo, es decir, con una de las vistas más bellas del mundo. Para llegar allí hay que coger un tren en Londres, en la estación de Paddington, y viajar siete horas hacia el sur, hasta Penzance. En esta pequeña ciudad, al final de una calle empinada, de nombre Causeway Head, hay una tienda Oxfam de libros viejos y ropa de segunda mano. Y allí, a cualquier hora del día los martes y los viernes, atiende siempre una mujer de 87 años -lúcida como una navaja y ágil como un gato-, Lady Katharine Tait, más conocida en su juventud como Kate Russell, la única hija mujer y la única hija todavía viva del escritor, matemático y filósofo Bertrand Russell: mi ídolo, mi dios. </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt"><span>Vine a Cornualles porque me dijeron que allá vivía ella, en la misma casa que habían comprado sus padres, Dora y Bertrand Russell, en la primavera de 1922. No sé si Alá es grande o si lo grande es el azar. El caso es que mi traductora al inglés, Anne McLean, tiene un complicado parentesco con Lady Katharine, que no es del caso explicar aquí. Gracias a ella, entonces, más que a Alá o al azar, fui invitado por la hija de Russell a pasar un par de días en la misma casa donde sus padres, Bertie y Dora, vivieron quizá los años más felices y fecundos de su vida. Y yo dormí allí con una placidez asombrada, un par de noches. La placidez venía de la belleza, el sosiego y el silencio del sitio; el asombro, de mi extraña suerte: ¿a qué milagro se debía que yo pudiera dormir en un cuarto donde alguna vez durmió también Ludwig Wittgenstein, el gran lógico y colega de Russell en la Universidad de Cambridge? ¿Qué misteriosa fortuna me traía a conocer la única hija viva del intelectual que más influyó en mi formación moral e intelectual, Bertrand Russell? A veces el asombro no me dejaba dormir.</span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt">
<div id="attachment_145" class="recurso_post aligncenter" style="width: 500px"><img class=" size-large wp-image-145" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/01/DSC03573-1024x768.jpg" alt="Desde la ventana de la casa" width="490" height="301" /><h3>Desde la ventana de la casa</h3></div>
<p style="text-indent: 35.4pt"><span><br />
</span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt"><span>Pero vuelvo al principio. Cuando Lady Katharine (su título nobiliario se debe a que su padre era Earl) termina su jornada en la tienda Oxfam (comercio equitativo, lucha contra el hambre, la pobreza y la injusticia), tomamos todos un bus y llegamos a Porthcurno, un pueblecito diminuto que unos pocos viajeros conocen en las islas británicas, y sólo por tres hechos memorables: de allí partió el primer cable telegráfico submarino que se lanzó entre Inglaterra y sus colonias en 1870 (primero India, luego Australia y el lejano Oriente, finalmente América), hoy conocido como “el Internet victoriano”; por un fantástico teatro al aire libre, el Minack Theatre, labrado en los acantilados que miran al Océano; y por una casita sencilla a la entrada del lugar: Carn Voel, que fue la residencia de verano del segundo matrimonio de Bertrand Russell, frecuentada por ellos durante diez años, hasta 1932, y luego ocupada solamente por la madre, Dora, que moriría allí en 1986.</span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt"><span> </span></p>
<div id="attachment_148" class="recurso_post aligncenter" style="width: 363px"><img class=" size-medium wp-image-148" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/01/DSC035971-225x300.jpg" alt="El Minack Theatre frente al mar" width="353" height="435" /><h3>El Minack Theatre frente al mar</h3></div>
<p style="text-indent: 35.4pt"><span>En el libro que Kate Russell le dedicó a la casa donde ahora vive, ella la describe así: “la casa es como el dibujo que hacen los niños de una casa, con su puerta en la mitad, una ventana a cada lado, tres ventanas más en la parte de arriba y luego un par de buhardillas en el techo, como dos cejas mal puestas.” La descripción es perfecta. Faltaría decir, tal vez, que la casa está rodeada de un magnífico escenario natural: potreros verdísimos con vacas y caballos, un gran campo sembrado de coliflores, suaves colinas con más casitas blancas dibujadas, y de repente una serie de acantilados que caen a plomo sobre el océano, con radas y bahías donde el agua es tan cristalina como en las islas coralinas del Caribe (cuando el mar está en calma), o turbia y furiosa de olas y corrientes submarinas que se estrellan contra las rocas, si hay mar embravecido, que es lo habitual. </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt"><span><br />
</span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: center"><span><img class="recurso_post size-large wp-image-146 aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/01/DSC03576-1024x768.jpg" alt="DSC03576" width="490" height="366" /><br />
</span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: left">
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: left"><span>Tal vez hay pocos sitios en la tierra de una belleza tan suave y al mismo tiempo tan agreste e intensa. Un perfecto escenario para esa vieja leyenda tan amada por los románticos, la de Tristán e Isolda: El rey Karl de Cornualles manda a su sobrino, Tristán, a que le traiga de Irlanda a su nueva esposa, Isolda. Los dos jóvenes, en el barco de regreso, beben por error un filtro mágico y quedan irremediablemente enamorados. Sin poder resistir al filtro de amor, la joven esposa se vuelve adúltera y el joven sobrino es incapaz de no traicionar al tío. Un enredo familiar que en parte puede servir de prólogo a las dificultades conyugales que acabarían con el dichoso matrimonio entre Bertrand y Dora Russell. Pero de esto hablaré más adelante.</span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: left"><span>Por ahora diré que Bertrand Russell, mi ídolo, mi dios, se casó cuatro veces en su vida, y tuvo también numerosas amantes. Con todas sus mujeres, mientras las tuvo, pudo <span> </span>siempre dedicarse con ánimo sereno a lo que siempre hizo: mejorar el mundo, criticar su estupidez irremediable y liberar a los hombres de prejuicios inútiles, mediante una escritura clara, tersa, incisiva, devastadoramente inteligente. Es posible que en su cabeza de escéptico perviviera el mito de los amores sucesivos como combustible indispensable para la creatividad y la inspiración. Una nueva mujer era la gasolina que le daba un impulso renovado a sus ideas. Si esto fue así en él, podemos decir que Dora inspiró algunas de sus obras más importantes, tanto en matemáticas y filosofía (<em>Filosofía matemática, El ABC de los átomos y de la relatividad, El análisis de la mente, En qué creo, Por qué no soy cristiano</em>), como en pedagogía (<em>Sobre la educación, Educación y orden social</em>), y también en la vida cotidiana y la moral (<em>Matrimonio y moral, La conquista de la felicidad, Ensayos escépticos</em>). Todos estos libros los escribió, en tres lustros de maravillosa fecundidad intelectual, mientras estuvo con ella. </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: left"><span>Dora Black, su amante durante varios años y luego su mujer, era también sin duda una personalidad fascinante. Socialista, feminista, pedagoga, escritora de varios libros y numerosos panfletos sobre la liberación sexual y de la mujer, ejerció durante más de 15 años una honda y positiva influencia sobre el filósofo. Ambos se empeñaron en distintas cruzadas libertarias a favor de una educación liberal y no autoritaria (fundaron una famosa escuela alternativa, Beacon Hill, que estuvo abierta más de quince años), por un pacifismo radical (del que sólo el ascenso de Hitler los haría renegar), y por una revisión profunda de todos los principios morales que habían regido la sociedad victoriana (en la que Russell nació), y también la eduardiana (en la que Dora creció). </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: left"><span>Para poner un ejemplo, en los días en que estaban juntos, Dora fundó en Londres la “Liga Mundial para la Reforma Sexual sobre una Base Científica”. Esta liga organizó en 1929 un congreso en el que hablaron, entre otros, H.G. Wells, Bernard Shaw, Hugh Walpole y por supuesto B. Russell. Para dar una idea del ánimo libertario y el sueño racional que los animaba, el discurso de bienvenida, para delegados de decenas de países, se dio en esperanto. Y las ponencias versaban sobre el derecho al aborto, a la homosexualidad, la libertad sexual en el matrimonio, la educación sexual de los niños, etc. Tanto Dora como Bertrand, en ese decenio magnífico de los años 20, creían todavía, con cierta confianza exagerada, en que los conflictos y las relaciones humanas podían ser regulados por el pensamiento racional, la tolerancia mutua y el método científico. </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: left"><span>Para entender los intríngulis sentimentales de aquellos años, más que repasar la <em>Autobiografía</em> de Russell, que al respecto es algo rápida y reticente, conviene mucho leer el libro autobiográfico de Dora (<em>El árbol de tamarisco</em>) y el volumen testimonial de Kate (<em>My Father Bertrand Russell</em>). Leyéndolos uno puede darse cuenta de que el intento de llevar la vida más sensata, la más gobernada exclusivamente por una razón iluminada, se puede chocar de repente con las demandas primitivas del más irracional y apasionado instinto animal (por supuesto presente en el animal humano, incluso en un animal humano tan racional y compasivo como Bertrand Russell). </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt"><span><br />
</span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt"><span> </span></p>
<div id="attachment_156" class="recurso_post aligncenter" style="width: 500px"><img class=" size-medium wp-image-156" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/01/DSC03619-300x225.jpg" alt="El pueblo y la casa" width="490" height="366" /><h3>El pueblo y la casa</h3></div>
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: left">
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: left"><span>Paralelamente a su intensa vida intelectual, Dora y Bertrand quisieron instaurar, en la práctica, un nuevo tipo de matrimonio donde en vez de fidelidad habría lealtad, donde los celos no tendrían razón de ser, y en el que se podría hablar abiertamente de las aventuras sexuales que cada uno de ellos tuviera. La apuesta no era fácil, pero lo intentaron, y Dora lo llevó hasta sus últimas consecuencias. Dora, mucho menor (y sexualmente más animosa que su marido), llevó sus convicciones teóricas a la práctica y se consiguió un amante joven, un atractivo periodista norteamericano, corresponsal de guerra, aventurero, también de mente abierta: Griffin Barry. No estaba tan enamorada de él como de Bertie, pero hacían viajes juntos y pasaban momentos agradables. </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: left"><span>Mientras Russell estaba en una gira de conferencias en Estados Unidos (donde le cancelaban los contratos, precisamente, por sus opiniones “inmorales” sobre el sexo y el matrimonio), Dora quedó embarazada de Barry. Al darse cuenta de su estado, le escribió a su marido, contándole sin mucho entusiasmo la novedad; como era defensora del aborto, le preguntó a él si prefería que interrumpiera el embarazo. El filósofo le contestó, con un telegrama, que no hiciera nada, que podrían criar al nuevo retoño como si fuera de los tres. Reconocía, además, que como él por su cuenta no había podido hacer “su parte”, estaba bien que otro lo hiciera, en vista de que ella quería tener más hijos. El periodista, Griffin Barry, en cuanto supo que sería padre, se escapó a París, como un seductor cualquiera, y sólo regresó meses después, para tener una entrevista con el mismo Russell.</span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: left"><span>Así nació Harriet, la tercera hija de Dora (antes habían nacido John, el primogénito, y Kate, la protagonista de este viaje). Russell hizo de tripas corazón e inicialmente, incluso, reconoció a la niña como propia, dándole su célebre apellido de lores y de condes. Pero al mismo tiempo se acercó mucho, física y sentimentalmente, a la niñera, Patricia (Peter) Spence. Mientras seguían sus viajes y su incansable actividad intelectual, el matrimonio de dos tenía ahora a su lado dos fantasmas. Quizá lo que Bertrand no pudo soportar fue la repetición de la preñez, por interpuesta persona, de su mujer. Porque en efecto Dora, que en realidad quería otro hijo del mismo Bertrand, al tiempo que este ya no ejercía con ella los deberes conyugales, volvió a quedar en embarazo de su amigo el periodista norteamericano. Y nació Roderick. Bertrand, entonces, se sentía más a gusto con su nuevo amor, Peter, y se alejó de su antigua compañera, Dora, quizá ya incapaz de seguir manteniendo en la práctica sus ideales teóricos de libertad sexual dentro del matrimonio. Esta estaba bien hasta cierto punto, pero no era posible pasar incluso por encima del problema de la paternidad. </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: left"><span>Durante un tiempo sus ideales libertarios los llevaron a persistir en el intento y pareció posible seguir viviendo así: un equilibrio incierto en la infidelidad recíproca, los cuatro adultos con los cuatro niños, en un <em>ménage à quatre</em> (la expresión es de Dora) de cuernos consentidos. Incluso pasaron algunas vacaciones juntos en Hendaye, al lado francés del País Vasco. La rabia, el desamor, el desagrado, los implacables celos recíprocos, que dicta el corazón y la razón no entiende, desgarraron la unión. La separación y el divorcio no fueron amigables, sino la habitual y terrible pelea de abogados, las mutuas recriminaciones, el resentimiento. Al final Bertrand se casó con la niñera de apodo masculino, Peter, y la segunda guerra mundial los cogió en Estados Unidos, donde prefirieron permanecer. Con ella tuvo su último hijo, hoy ya desaparecido, Conrad. Su nombre lo escogió en honor de su amigo, Joseph, el marino escritor. Dora se quedó sola con los cuatro niños, aunque, como la custodia era compartida, los dos mayores, John y Kate, pasaban la mitad de las vacaciones con su padre. Unas vacaciones medidas con tanta precisión matemática que si los días feriados eran impares, a cada progenitor le tocaba medio día de la última jornada. También los niños y los jóvenes pasaron largas temporadas con el padre, al otro lado del Atlántico, y como la Segunda Guerra Mundial los sorprendió allí, estancia en Estados Unidos se prolongó mucho más de lo esperado. Los años de abogados y disputas sepultaron el sueño de Beacon Hill, aquel experimento de un colegio distinto, con una pedagogía novedosa, sin miedo, en libertad. También el colegio tuvo que cerrar, cuando la ausencia de Russell, y su desafecto, lo alejaron también de allí. La tozuda, la miserable realidad (que muchas veces asume el rostro de los problemas económicos) se impuso por encima del deseo y de las buenas intenciones. </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: left"><span>Los niños de Dora crecieron y el primogénito, John, tuvo graves problemas de salud mental. Había en la familia Russell, genes intermitentes de locura, que Bertrand siempre temió, como temían el filtro de amor Tristán e Isolda. Tampoco la esposa de John era muy cuerda, y las hijas que tuvieron fueron siempre una difícil carga, y una especie de pesadilla para el filósofo. Ciclotimias, suicidios, manicomios, hospicios, hospitales y casas de reposo… El caso más triste es el de su nieta, Lucy Katherine Russel, que se prendió fuego viva, a lo bonzo, en el atrio de una iglesia cerca de Penzance, para pedir la paz en el mundo, como su abuelo, pero con un gesto mucho más radical. Con su tía visitamos la tumba donde hoy se encuentra. Anne McLean, con su dulzura habitual, despejó el epitafio enceguecido por la maleza, y un poco conmovidos pudimos leer las palabras que la abuela Dora le dedicó en la lápida: “Courageus in death, in life, she sought understanding, and for mankind, peace. Only the actions of the just smell sweet, and blossom in their dust.”* </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt">
<div id="attachment_149" class="recurso_post aligncenter" style="width: 500px"><img class=" size-medium wp-image-149" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/01/DSC03638-300x225.jpg" alt="Anne limpia la tumba de la nieta de Russell." width="490" height="368" /><h3>Anne limpia la tumba de la nieta de Russell.</h3></div>
<p style="text-indent: 35.4pt">
<p style="text-indent: 35.4pt"><span>Por este y otros fracasos de familia, los enemigos de Russell se alegraron. El castigo divino, dijeron los fanáticos del cristianismo. El castigo genético, dijeron los discípulos de Mendel o de Darwin. Lo normal, lo que a cualquier familia le podría pasar, decimos sus amigos. Tampoco el matrimonio con Peter duró demasiado, y Russell se divorció y casó una vez más. Como les ocurre a los hombres que se casan muchas veces es como si Russell hubiera seguido <em>el consejo para el mal amor</em> de Yehuda Amichai: “con las sobras del amor / de una mujer anterior / fabrícate otra mujer para ti / y luego con lo que sobre de esta mujer / hazte de nuevo otro amor, / y sigue así / hasta que nada quede.” <span> </span>Al final de sus días Dora cuidaba del hijo desequilibrado y visionario, John, que hacía largos discursos en la Cámara de los Lores y enviaba pastorales, interminables en su incoherencia, al Times de Londres, mientras fumaba cigarrillos, uno tras otro sin parar.</span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt"><span>La casa de Cornualles, Carn Voel, mientras tanto, se venía al suelo, hecha pedazos. Dora no era rica. Goteras en el techo, humedades, insectos, mal olor. La última asistente de Dora, siempre borracha, escondía en el viejo jardín -puras malezas ya- las botellas de gin. Y mientras su hijo moría enfermo y solo y loco, mientras Dora moría, indignada, mandona e iracunda, cubriendo de alegría exterior su exasperación interior, Bertrand Russell, mi ídolo, mi dios, luchaba por salvar la humanidad. Era un destino melancólico, al final, el contraste entre las dificultades de la vida privada de la mujer y su hijo mayor, y la vida pública del marido, siempre más célebre, premio Nobel de Literatura, y enfrascado en maravillosos proyectos políticos a favor de causas justas internacionales. Esta pionera mundial del feminismo moría como una mujer cualquiera, divorciada y sola, bastante olvidada, al tiempo que su marido crecía en el respeto y la admiración universales.</span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt"><span>En esos mismos años, su única hija mujer, Katherine, criada por su padre en el ateísmo, bibliotecaria en Harvard, donde había estudiado, se convirtió al cristianismo. Y, más aún, se enamoró y contrajo matrimonio con un pastor norteamericano de la iglesia episcopal. Bertrand Russell no tomó la conversión de su hija como otra tragedia familiar y tampoco como un fracaso personal. Lady Kate me muestra las respuestas amables de su padre cuando ella le anunció su conversión. “Creo que el cristianismo es un mal, pero lo acepto si el mismo te hace a ti feliz.” El marido de Katherine estudió teología y luego la pareja se fue a Uganda, a trabajar como misioneros. Pese a su ateísmo, Russell les ayudaba económicamente, y tenía por su hija un afecto inquebrantable. Ahora Kate ha dejado su militancia misionera, y vive su fe en la intimidad, y sin ningún ánimo proselitista. Cuando le pregunto por esto, simplemente me dice que se inclina a pensar que el universo, más que fruto del azar, es algo que fue creado. Pero de ahí no pasa.</span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt"><span>Ahora Lady Katherine ha vuelto a vivir en este paraíso de su infancia, en Cornualles. Vive sola en la vieja casa restaurada, donde el jardín ha vuelto a ser jardín. El piso de abajo lo ocupa uno de sus hijos, que por estos días no está. El vigor, la alegría, la agilidad mental del viejo filósofo, han vuelto a tomar las riendas de la casa. Es una mujer solitaria, pero serena y sabia, que guarda de su padre un recuerdo amoroso, sin rencor alguno. Ella, dicen los biógrafos de Russell, es la demostración viva de que esa educación en libertad con que soñaron sus padres, a veces puede dar frutos excelsos. Si la materia prima es buena, la libertad florece en ella, de un modo ejemplar. A Kate, en esta hermosa casa aislada, en el final de la Tierra, o Land’s End, la acompaña una joven gata ciclotímica, que en vez de maullar hace un ruido extraño, como de pato que grazna. La gata estornuda y hace ruidos extraños, como un enfermo de asma o enfisema. Ella, sin ganas de darle un nombre, le dice Cat, no más. Esta mujer casi nonagenaria, ágil como su gato, con los genes longevos de su padre (que viviría hasta los 98 años), nos lleva a Anne y a mí, de la lengua, a caminar por los acantilados y por las playas de Cornualles, de una belleza absurda, indescriptible. </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt"><span> </span></p>
<div id="attachment_150" class="recurso_post aligncenter" style="width: 456px"><img class=" size-medium wp-image-150" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/01/DSC03613-300x225.jpg" alt="Lady Kate con su gata asmática" width="446" height="335" /><h3>Lady Kate con su gata asmática</h3></div>
<p style="text-indent: 35.4pt">
<p style="text-indent: 35.4pt"><span>Y en este final de la tierra o Land’s End, en este paraíso terrenal donde el agua salada y cristalina del Atlántico se estrella incesante contra las piedras altas como castillos que resisten su sitio milenario, en este hogar de focas, de caballos y de vacas, en este verde intenso contra el azul del mar y el cielo gris yo siento, de repente, que me asfixio de razón, y también de libertad. Mis viejos ideales, la herencia intelectual de Bertrand Russell, entran en conflicto con la realidad. Pienso que hay una intuición de la vida, una inteligencia emocional que instintivamente percibe lo que a los otros seres humanos puede herirlos hondamente. Y que nada puede planearse tan solo con la razón, sino que siempre deberíamos tener en cuenta nuestro antiguo y tozudo instinto animal, nuestro viejo y tozudo corazón. Oponerse a esto puede producir mucha infelicidad. Con este sentimiento me despido de Cornualles, de Anne, de Lady Katherine, del hermoso recuerdo de Bertrand Russell, mi ídolo, mi dios. </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt">
<p style="text-indent: 35.4pt;text-align: center"><img class="recurso_post size-large wp-image-151 aligncenter" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/01/DSC03717-1024x768.jpg" alt="Anne y Kate señalan la playa &quot;Inaccesesble&quot;" width="490" height="366" /></p>
<p><span> </span></p>
<p><span> </span></p>
<p style="text-indent: 35.4pt">
<p style="text-indent: 35.4pt"><span>* Valerosa en la muerte, en la vida, buscó comprensión, y para la humanidad, paz. Sólo las acciones de los justos huelen bien, y en su polvo florecen.</span></p>
<div id="attachment_144" class="recurso_post aligncenter" style="width: 500px"><img class=" size-medium wp-image-144" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2011/01/DSC03715-300x225.jpg" alt="Katharine Tait (Kate Russell)" width="490" height="365" /><h3>Katharine Tait (Kate Russell)</h3></div>
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		<title>Egos revueltos</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Mar 2010 22:01:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>habad</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[Acabo de leer un libro de memorias. Se trata de los recuerdos de uno de los editores y periodistas culturales que más ha hecho por dar a conocer la literatura ibérica y americana. Su autor es también novelista (recuerdo su muy conmovedor Ojalá octubre), ganó con este libro el premio Comillas (para biografías o memorias), [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Acabo de leer un libro de memorias. Se trata de los recuerdos de uno de los editores y periodistas culturales que más ha hecho por dar a conocer la literatura ibérica y americana. Su autor es también novelista (recuerdo su muy conmovedor <em>Ojalá octubre</em>), ganó con este libro el premio Comillas (para biografías o memorias), y se llama Juan Cruz. La lectura de sus <em>Egos revueltos</em>, en realidad un largo ensayo sobre la vanidad y la escritura, sobre la grandeza y las miserias de los escritores, me ha suscitado algunas reflexiones.</p>
<p><span id="more-130"></span>El ser humano, quizá para poder sobrellevar el peso de la existencia, suele ser más indulgente consigo mismo que con los demás. Se han hecho experimentos: preguntados los hombres por qué sitio creen que ocupan dentro de un grupo (por ejemplo en popularidad entre compañeros de clase o de trabajo), la gran mayoría se sitúa en un lugar mejor que el que les dan los demás. Si se pregunta a alguien por su estatura, en general se equivoca por algunos centímetros, siempre a su favor. En general la gente se ve como más poderosa, más rica, más apuesta, más alta de lo que es.</p>
<p>Uno supondría que personas dedicadas, por su profesión, a un mayor ejercicio introspectivo -escritores, poetas, filósofos- deberían ser más conscientes de su propio valor, o al menos e lo efímero y ridículo que puede ser incluso el mayor de los triunfos literarios. No es así: pocos egos tan inflados y fatuos como el que suelen exhibir los escritores, incluso aquellos que mejor lo disimulan. La explicación a esto debe de residir en el hecho de que sin ambiciones y sin vanidad, sin cierta hipertrofia de la autoestima, es muy difícil conservar el deseo y el entusiasmo de persistir en un oficio cuyas recompensas exteriores no satisfacen nunca del todo.</p>
<p>El escritor en general, pero más aún los poetas, dentro de esta categoría humana, son una especie de sismógrafos permanentes que deben registrar en la escritura los efectos que la naturaleza y la sociedad (los demás) producen en él. El escritor, un ser ensimismado, es un aparato receptor de emociones que tiene que confiar en que sus percepciones tienen algún interés. La escritura, como la aguja que registra un electrocardiograma, no es otra cosa que el resultado de lo que su mente procesa. Es un oficio duro, por lo egocéntrico.</p>
<p>Si nadie es realmente capaz de conocerse bien a sí mismo, hay una manera indirecta de conocerse mejor: mirarse en el espejo que son los demás. Ver cómo actúan los otros (en especial los colegas) para descubrir en ellos unas debilidades humanas que muy probablemente sean también las nuestras.</p>
<p>Son estos los pensamientos que se me ocurren al ir leyendo el libro de Juan Cruz, <em>Egos revueltos</em>, una memoria exhaustiva -y en mi caso hipnóticamente fascinante-, de su larga experiencia como editor literario de Alfaguara, como cronista y entrevistador de Cultura del diario El País de Madrid, y en parte también como relacionista público, o mejor, bisagra de contacto (ojalá sin fricciones) entre el poderoso grupo Prisa y el mundo intelectual que en parte ha nutrido a sus empresas editoriales y de medios de comunicación.  Prisa vive -como cualquier grupo de este tipo- de quienes han trabajado para ellos, y los escritores e intelectuales han (hemos) vivido también de Prisa -de su poder económico, de su capacidad de convertir en valor, o si quieren en mercancía, el trabajo intelectual. Esta es una relación compleja, delicada, siempre al borde de generar roces y malentendidos, pero también una relación de mutua conveniencia. El escritor no suele saber ni de empresa ni de negocios, y la empresa no domina el ejercicio, el vicio y la vanidad de escribir.</p>
<div id="attachment_133" class="recurso_post alignleft" style="width: 310px"><img class=" size-medium wp-image-133" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2010/03/Cruz-Juan2-300x199.jpg" alt="Juan Cruz, captado por Daniel Mordzinsky" width="300" height="199" /><h3>Juan Cruz, captado por Daniel Mordzinsky</h3></div>
<p>En un punto esas dos esferas de la actividad humana -la empresarial y la intelectual- se tocan. Y en el caso de Prisa ese punto de toque, esa bisagra, ha sido durante muchísimos años ese mago de las relaciones humanas que se llama Juan Cruz. En un momento clave de su libro el autor nos revela el gran secreto de su vida: él no quiere otra cosa, desde pequeño, que hacer que los demás se sientan bien. Nos lo confiesa, algo desengañado, con las siguientes palabras: &#8220;Mi vida ha sido una especie de confabulación para hacer que la gente sea feliz, y seguramente no lo he conseguido nunca&#8221; (p. 384). Y para que los demás sean felices, o al menos se sientan bien, él debe hacer cualquier cosa. Sacrificar su ego hasta tal punto que, si fuera necesario, será el hazme-reír de todos los escritores, aquel que los consiente y divierte y distrae, pero sin que ninguno se dé cuenta del esfuerzo que hay que hacer para mantenerles alta la moral a esa lamentable especie de quejumbrosos y depresivos. Consolar al triste, visitar a los enfermos, animar al depresivo. Para hacer esto bien, sin que nadie note que se lo hace deliberadamente, hay que ser un psicólogo extraordinario. Hay que entender los mecanismos, los abismos, las sutilezas de la mente humana. Es necesario tener la imaginación prodigiosa de ponerse, por un momento, en la mente de los demás: entender lo que aman, lo que temen, lo que detestan, y moverse como un gran bailarín entre los egos de los demás, sin ofender al de allá al favorecer al de acá, y complacerlos con piruetas de acróbata, que además no deben parecer actos de magia sino lo más normal, pura y ordinaria actividad. Los otros deben sentirse bien sin darse cuenta de gracias a qué o a quién se están sintiendo bien.</p>
<p>Lo anterior yo lo sé porque lo he vivido: cuando uno está con Juan Cruz, se siente bien. No es consciente de que es por él, pero al hacer después las estadísticas de cuándo se sintió uno bien en un ambiente de editores o escritores, ahí estaba él tras bambalinas. Aunque él esté siempre llamando por teléfono, simultáneamente, a cuatro extremos distintos de la tierra, aunque él esté consiguiendo aviones, langostas, libros, mariachis, entrevistas, jamones, whiskies, vinos, reseñas, elogios, diatribas, lo que sea (y todo al mismo tiempo) Juan Cruz hace la manera de que en medio de esos saltos mortales imposibles uno se sienta bien. Y lo hace como si fuera la cosa más fácil y natural del mundo, como si nada de eso que le ha sacado rabias y sangre, úlceras y asma, no le costara ni el menor esfuerzo.</p>
<p>Este libro es el recuento paciente, generoso, memorioso (pero también nervioso, saltarín, como su mismo autor) de una vida dedicada a intentar que muchos escritores del mundo -en especial españoles y latinoamericanos, pero también ingleses, alemanes, nórdicos, turcos, gringos- sean felices. Aquí el estilo es, por completo, el hombre. Cruz salta de aquí para allá en una serie incansable de asociaciones y ocurrencias amables, siempre benevolentes, que sólo se permiten una pequeña indiscreción aquí y allá, cuando el protagonista del cuento ha muerto y esto libera al autor de esas ataduras del respeto, que se deben a la bonhomía y por eso mismo se agradecen.</p>
<p>Al leer este libro el lector gozará con los retratos benévolos pero no condescendientes (nunca falta el picante y la mínima dosis de veneno que produce cierto cosquilleo de muerte, sin llegar nunca a matar) de los grandes protagonistas de las letras hispanoamericanas de la segunda mitad del siglo XX, desde Borges, Cortázar, Onetti, Saramago, hasta Ángel González, Camilo José Cela, Juan Marsé, Mario Vargas Llosa o Guillermo Cabrera Infante. Un desfile de vivos y de espectros, escrito con un tono a ratos juguetón y a veces introspectivo, con reflexiones serias sobre la vanidad humana y la caducidad de toda existencia, así como pequeñas infidencias que hacen la delicia de cualquier recuento de personajes que tienen la peculiaridad de ser también personas muy conocidas, muy amadas y elogiadas o vituperadas y odiadas.</p>
<div id="attachment_137" class="recurso_post alignleft" style="width: 310px"><img class=" size-medium wp-image-137" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2010/03/Cruz_57681-300x200.jpg" alt="Juan Cruz ante la tumba de Julio Cortázar. Foto de D. Mordzinsky." width="300" height="200" /><h3>Juan Cruz ante la tumba de Julio Cortázar. Foto de D. Mordzinsky.</h3></div>
<p>En resumen puedo decir que son un plato muy paladeable y digerible, estos <em>Egos revueltos</em> cocinados por Juan Cruz: sabrosos, simples y esenciales a la vez, como esos huevos estrellados sobre un plato de papas fritas que tantas veces, en busca de lo sencillo y elemental, se van a buscar con él los amigos de Juan, para terminárselos comiendo en su compañía, en una cena o almuerzo definitivos, en una tasca pobre de Madrid, cuando ya se han tomado todos los vinos y todos los whiskies de esta vida, y cuando ya están hartos del caviar y el jabugo de la existencia.</p>
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		<title>El Nacimiento</title>
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		<pubDate>Fri, 25 Dec 2009 13:00:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>habad</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Escribo esto el día de la fiesta del Nacimiento. Soy un no creyente y no puedo darle a esta fecha un sentido metafísico que vaya más allá de mi experiencia terrenal. Sin embargo, ya lo dijo Croce de una vez y para siempre: “No podemos no decirnos cristianos.”

Crecimos en esta cultura y estamos permeados por [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="recurso_post alignleft size-medium wp-image-100" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2009/12/Giovanni-Bellini-Madonna-col-Bambino-33273-300x231.jpg" alt="Giovanni Bellini: Madonna col Bambino" width="300" height="231" />Escribo esto el día de la fiesta del Nacimiento. Soy un no creyente y no puedo darle a esta fecha un sentido metafísico que vaya más allá de mi experiencia terrenal. Sin embargo, ya lo dijo Croce de una vez y para siempre: “No podemos no decirnos cristianos.”<span id="more-99"></span><br />
<!--more--><br />
<!--more-->Crecimos en esta cultura y estamos permeados por ella hasta el tuétano. Sumergidos durante dos mil años en unas imágenes, en unas historias que tienen que ver con una madre y un niño, un padre putativo, un establo y unos animales nobles (un buey, un burro), de alguna manera todos nos sentimos ligados por la magia, que es común a cada uno de los seres vivos, de un nacimiento.</p>
<p>A esto se une, en mi caso, el hecho de que mi misma madre haya nacido el día de Navidad (y por eso, con tradición muy medieval, fue bautizada como “Maria Cecilia Ana de la Natividad de Jesús”). Es obvio, entonces, que en mi casa se celebre cada año con un fervor que no es religioso -es mucho más que religioso- la fiesta del Nacimiento. En la larga cadena de la vida sabemos que “si no hubiera nacido Mercedes no hubiera nacido Tránsito, no hubiera nacido Victoria, no hubiera nacido Cecilia, no hubiera nacido Daniela&#8230;” y así hasta esa Eva primigenia que se confunde con la tierra de África (el verdadero Belén de los seres humanos) y con la cual absolutamente todos, desde los esquimales hasta los suecos, desde los bosquimanos hasta los aborígenes australianos, desde los patagonios hasta los mongoles, desde las hiperbóreas rubias hasta las morenas mulatas de Cali, compartimos un idéntico ADN mitocondrial.</p>
<p><img class="recurso_post aligncenter size-medium wp-image-104" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2009/12/Madonna-del-latte-196x300.jpg" alt="Madonna del latte" width="196" height="300" /></p>
<p>Que la madre de todos los hombres haya vivido en el corazón de África hace menos de 200 mil años es un milagro científicamente comprobado, pues la huella de esa mujer palpita todavía en una idéntica secuencia ordenada de los nucleótidos que componen nuestros genes en la esencia de cada célula humana.</p>
<p><img class="recurso_post aligncenter size-medium wp-image-105" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2009/12/Riposo-durante-la-futa-300x242.jpg" alt="Riposo durante la futa" width="300" height="242" /></p>
<p>Creo que el increíble éxito cultural del cristianismo, la religión humana más extendida sobre la tierra, tiene que ver con el inmenso aliento poético de los evangelistas y profetas judíos que inventaron esta forma de creer en la vida. El solo hecho de celebrar la venida al mundo de un niño (nacido, podría decirse, de una madre soltera -san José es como un extra, un tío bueno y viejo, un cornudo paciente-) es una gran idea para darles a todos los seres humanos un pensamiento hondo y común: quienes hemos asistido al parto de nuestros hijos (y los hombres primitivos seguramente asistían con horror y felicidad a este acontecimiento peligroso y decisivo) sabemos la intensidad y belleza de este momento único y maravilloso.</p>
<p><img class="recurso_post aligncenter size-large wp-image-106" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2009/12/Fuga-1024x584.jpg" alt="Fuga" width="1024" height="584" /></p>
<p>Escoger este horóscopo del tiempo frío (al menos en Palestina), y un parto como fiesta común de todos, eso sí que es tener visión de comunidad, de hermandad, es decir, de lo que nos acomuna y hermana. La iconografía cristiana es tan bella y evocadora porque la imagen de una madre que amamanta a un niño en un establo es algo que emociona a cualquiera que no tenga podrida el alma. A esa pareja, madre y recién nacido, cualquiera de nosotros (si no es Herodes) le daría protección. Si miran con cuidado los cuadros medievales y renacentistas del Nacimiento, todos podremos ver a nuestras madres, esposas, abuelas, hijas, y sentir una ternura indescriptible. La vida renace de todas ellas, milagrosa.</p>
<p>En algún momento el sol se apagará, y quizá mucho antes la tierra reventará de frío o de calor. Pero mientras tanto los seres humanos queremos seguir creyendo en esta especie de eternidad que se repite cada vez que de una niña grande nace un niño nuevo. Este ateo que cree en la magia cotidiana del Nacimiento les desea a todos feliz navidad.</p>
<p><img class="recurso_post aligncenter size-full wp-image-107" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2009/12/Madonna-Rafael.jpg" alt="Madonna Rafael" width="368" height="500" /></p>
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		<title>Curso acelerado de metro y rima</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/habad/2009/11/23/curso-acelerado-de-metro-y-rima/</link>
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		<pubDate>Mon, 23 Nov 2009 13:26:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>habad</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Alvarado Tenorio]]></category>
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		<description><![CDATA[Como unos cuantos lectores sabrán, he sostenido una ya muy larga y muy tediosa polémica con el escritor Harold Alvarado Tenorio sobre unos sonetos que en mi opinión fueron escritos por Jorge Luis Borges, y que en cambio el poeta colombiano se obstina en alegar que son de su propia autoría. Para tranquilidad de los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como unos cuantos lectores sabrán, he sostenido una ya muy larga y muy tediosa polémica con el escritor Harold Alvarado Tenorio sobre unos sonetos que en mi opinión fueron escritos por Jorge Luis Borges, y que en cambio el poeta colombiano se obstina en alegar que son de su propia autoría. Para tranquilidad de los lectores no voy a discutir aquí de quién son los sonetos.<span id="more-62"></span></p>
<p>Lo que sí quiero mostrar es que las versiones publicadas por Tenorio tienen graves errores de métrica y de rima, y que en cambio los sonetos editados en un cuaderno de Mendoza (y en otras publicaciones serias como <em>Diario 16</em>, <em>La Jornada</em>, <em>El Espectador</em>, etc.) son impecables, al menos desde un punto de vista formal.</p>
<p>Para empezar voy a aclarar a los lectores, por si alguno no lo sabe, cómo se construye exactamente un soneto. Este tipo de composición poética fue inventada en el sur de Italia hacia el siglo 14, y de allí pasó a España, a Francia, a Inglaterra, a muchas otras partes. Su esquema es muy sencillo: se trata de catorce versos (dos cuartetos y dos tercetos), cada uno de once sílabas, con rimas consonantes que pueden ir distribuidas según el esquema ABBA, ABBA, CDC, DCD, o, en épocas más modernas, con otro tipo de orden en las rimas. El esquema rítmico no es tan importante, pero sí es fundamental que los versos rimen y que tengan once sílabas. Sin estos dos requisitos, el soneto fracasa como el preciso artefacto verbal que es. De hecho, así son todos los que Borges publicó en vida: catorce versos endecasílabos y rima consonante entre ellos.</p>
<p>Uno de los más famosos sonetos didácticos sobre lo que es un soneto (el meta-soneto) lo escribió Lope de Vega y vale la pena leerlo para repasar su exacto mecanismo de relojería:</p>
<p style="text-align: left">Un soneto me manda hacer Violante,</p>
<p style="text-align: left">que en mi vida me he visto en tanto aprieto,</p>
<p style="text-align: left">catorce versos dicen que es soneto,</p>
<p style="text-align: left">burla burlando van los tres delante.</p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">Yo pensé que no hallara el consonante</p>
<p style="text-align: left">y estoy a la mitad de otro cuarteto,</p>
<p style="text-align: left">mas si me veo en el primer terceto,</p>
<p style="text-align: left">no hay cosa en los cuartetos que me espante.</p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">Por el primer terceto voy entrando</p>
<p style="text-align: left">y parece que entré con pie derecho</p>
<p style="text-align: left">pues fin en este verso le voy dando.</p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">Ya estoy en el segundo y aun sospecho</p>
<p style="text-align: left">que voy los trece versos acabando.</p>
<p style="text-align: left">Contad si son catorce, y está hecho.</p>
<p style="text-align: left">
<p><img class="recurso_post size-medium wp-image-69 alignright" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2009/11/lope_de_vega1-300x220.jpg" alt="lope_de_vega" width="300" height="220" /></p>
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">
<p style="text-align: left">La polémica con Tenorio está centrada en cinco sonetos. No los voy a tediar aquí con su publicación completa. Me voy a limitar a un par de casos en los que se hace evidente que los sonetos que el colombiano se atribuye a sí mismo están mal construidos. Los voy a comparar con las versiones correctas que yo atribuyo a Borges y que han sido publicadas en otros sitios.</p>
<p>Veamos, para empezar, los últimos dos tercetos de uno de los sonetos en discusión. Los que para mí son originales de Borges, dicen así:</p>
<p>El <em>Cantar de Cantares</em> del hebreo,</p>
<p>esa flor que florece en el desierto</p>
<p>de la atroz Escritura, el mar abierto</p>
<p>del álgebra y las formas de Proteo.</p>
<p>Quedan tantas estrellas todavía;</p>
<p>suspendo aquí mi vana astronomía.</p>
<p>Como se ve, son seis endecasílabos perfectos con la siguiente estructura en la rima: CDD CEE. Es típico en los sonetos ingleses de Borges que haya un dístico final, con rima consonante. En este caso: “todavía” rima con “astronomía”, como debe ser. Veamos ahora la versión de Tenorio:</p>
<p>El cantar de los cantares del hebreo,</p>
<p>son la flor que florece en el desierto</p>
<p>de la atroz Escritura, el mar abierto</p>
<p>del álgebra y las formas de Proteo.</p>
<p>Quedan aún tantas estrellas.</p>
<p>Suspendo aquí esta vana astronomía.</p>
<p>Al primer verso le sobra una sílaba: El/can/tar/de/los/can/ta/res/de/lhe/bre/o = 12 sílabas.</p>
<p>Al penúltimo verso, en cambio, le faltan dos sílabas: Que/dan/a/ún/tan/tas/es/tre/llas = 9 sílabas. Dodecasílabos y nonasílabos no son, obviamente, versos correctos para un soneto. Pero esto no es lo más grave. Lo más grave es que el dístico final no rima. Cualquiera puede oír que “estrellas” no rima ni con “astronomía” ni con ninguna otra terminación de los tercetos. El resultado es un desastre evidente.</p>
<p>Aunque los desastres de las versiones mal copiadas por Tenorio son muy numerosas voy a citar sólo una más, para no extenderme más allá de lo necesario. Empecemos ahora por los tercetos finales de otro de los sonetos, tal como Tenorio los arruina:</p>
<p>de Nishapur. Me abruman las auroras</p>
<p>que son y fueron los ponientes,</p>
<p>el amor y Tiresias y las serpientes</p>
<p>las noches y los días y las horas</p>
<p>gravitan sobre la sombra que soy.</p>
<p>La carga del pasado es infinita.</p>
<p>La estructura de las rimas empieza bien: CDD C, pero termina EF (?), una burrada, pues es evidente que “soy” no rima con “infinita”. El segundo verso es de nueve sílabas, el tercero un dodecasílabo; la puntuación final destruye la sintaxis de la estrofa&#8230; En resumen: errores garrafales que dan como resultado un esperpento poético. De qué modo tan pulcro, en cambio, había compuesto Borges los finales de ese soneto, con el nítido dístico final, se ve en la versión correcta que he podido recoger en las publicaciones confiables citadas arriba:</p>
<p>de Nishapur. Me abruman las auroras</p>
<p>que fueron y que son, y los ponientes;</p>
<p>Tiresias y el amor de las serpientes</p>
<p>y las noches, los días y las horas.</p>
<p>Sobre la sombra que ya soy gravita</p>
<p>la carga del pasado. Es infinita.</p>
<p>Endecasílabos bien medidos, una estructura normal de la rima para el soneto inglés, CDD CEE, un encabalgamiento feliz en los últimos versos, en fin, un poema bien construido.</p>
<p>Lo único que me interesa aquí es definir si los versos divulgados por &#8220;el Saint-Beuve colombiano&#8221; están bien construidos o no, si pueden pertenecer o no a un soneto. Les dejo a los lectores serios, y a quienes de verdad saben cómo se escribe un soneto, el veredicto. Para mí es evidente la incompetencia poética que se manifiesta en las versiones de Alvarado.</p>
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		<title>Elogio de alguna cosa (1)</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Nov 2009 22:05:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>habad</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Serrat, Sabina, Machado, Ediciones Séneca, Poeta en Nueva York]]></category>

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		<description><![CDATA[De Serrat y Sabina
No sé ustedes, pero mi educación sentimental adolescente, la educación poética que es la más importante en estos asuntos que acontecen en lo que antes se llamaba con esa palabra tan cursi –el corazón- ocurrió, más que con un poeta, con un cantante, Serrat. Y después, cuando ya las canas y el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De Serrat y Sabina</p>
<p>No sé ustedes, pero mi educación sentimental adolescente, la educación poética que es la más importante en estos asuntos que acontecen en lo que antes se llamaba con esa palabra tan cursi –el corazón- ocurrió, más que con un poeta, con un cantante, Serrat. Y después, cuando ya las canas y el pelo marrón empezaron a luchar entre sí por apoderarse del cráneo, la des-educación sentimental, el desencanto, eso que antes se situaba en esa víscera tan biliosa –el hígado- ocurrió, más que con un poeta, con otro cantante, Sabina.<span id="more-76"></span></p>
<p>Yo a Serrat y a Sabina les debo mucho, muchísimo, y por eso una de las fotos más felices de mi vida es cuando una vez, en la casa de Daniel Samper (el más calvo, el menos joven) los pude abrazar al mismo tiempo a los dos, y el gran fotógrafo argentino, Daniel Mordzinsky, aposta nos pilló.</p>
<p><img class="recurso_post alignleft size-medium wp-image-77" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2009/11/Con-Serrat-y-Sabina-300x199.jpg" alt="Con Serrat y Sabina" width="300" height="199" /></p>
<p>Quizá el poeta español que yo más quiero, el que en noches de insomnio, desesperanzas de vida, y aburrimientos de avión recito de memoria, se llama Antonio Machado, aquel que se enfermó de Franco y fue a morirse, después de perder su maleta con manuscritos y ropa (ligero de equipaje), en Colliure, Francia, un poco más allá de la frontera catalana. Para no morirme o para no matarme, mi receta no es química sino poética, y mi cráneo la repite cada vez que me quiero ir de aquí, y dice así:</p>
<p>Sabe esperar, aguarda que la marea suba,</p>
<p>así en la costa un barco, sin que el partir te inquiete.</p>
<p>Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya</p>
<p>porque la vida es larga y el arte es un juguete.</p>
<p>Y si la vida es corta,</p>
<p>y no llega la mar a tu galera,</p>
<p>aguarda sin partir y siempre espera</p>
<p>que el arte es largo y, además, no importa.</p>
<p>Y este poeta, digo, Machado, yo lo conocí de la boca de Joan Manuel Serrat, antes de leerlo entero en sus Obras Completas publicadas por Séneca en México, esa gran editorial del exilio español, extraordinaria empresa intelectual de don José Bergamín, un hombre íntegro. Aquí les muestro ese libro de Machado, tan bien impreso, hecho con tanto esmero que da gusto tocarlo.</p>
<p><img class="recurso_post alignleft size-medium wp-image-81" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2009/11/Lomo-Machado1-225x300.jpg" alt="Lomo Machado" width="225" height="300" /><img class="recurso_post alignright size-medium wp-image-82" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2009/11/Obras-Machado1-300x225.jpg" alt="Obras Machado" width="300" height="225" /></p>
<p>Sobre otro maravilloso libro de Séneca, la primera edición de <em>Poeta en Nueva York</em> de García Lorca, hasta me inventé un cuento, que salió en El País, y que está en el siguiente enlace, por si lo quieren leer:</p>
<p><a href="http://www.elpais.com/articulo/revista/agosto/PRIMERA/EDICION/elpepirdv/20090829elpepirdv_5/Tes">http://www.elpais.com/articulo/revista/agosto/PRIMERA/EDICION/elpepirdv/20090829elpepirdv_5/Tes</a></p>
<p><img class="recurso_post aligncenter size-medium wp-image-83" src="http://blogs.elespectador.com/habad/files/2009/11/Poeta-en-NY-225x300.jpg" alt="Poeta en NY" width="225" height="300" /></p>
<p>Pero vuelvo a Serrat, pues él no solamente me introdujo –cuando tenía menos de veinte años- en la poesía de Antonio Machado y de Miguel Hernández, sino también en su propia poesía, la de sus canciones. Algo muy duro y hondo se instaló en mi cerebro, de la mano de Serrat, para influir en mi manera de entender la vida. Ya hoy nadie duda de que muchos cantantes son grandes poetas, y hago una lista breve de tres países distintos, el belga Brassens, el italiano De Andrè, y ese gringo tan atípico por el que muchos gritamos y clamamos para que al fin le den el premio Nobel, Bob Dylan.</p>
<p>Y vengo ahora a Sabina. Sus sonetos jocosos (aunque no siempre tales) son un divertimento que le aconsejo a cualquiera que goce con la poesía escrita en ritmos rígidos. Sabina los renueva y los revitaliza. El libro se llama <em>Ciento volando de catorce</em> (me lo regaló Daniel Samper, el menos calvo, el más joven) y uno se lo goza y se lo ríe en cada endecasílabo. Pero es de sus canciones que quiero hablar, de las que nos ayudan a desenamorarnos o a volvernos a enamorar, cuando ya no se usa, o si no oigan este bolero, que es uno de los mejores que se han escrito en las últimas décadas, digan si no. Algún despechado le puso imágenes, no todas buenas, pero en fin…<a href="http://blogs.elespectador.com/habad/2009/11/12/elogio-de-alguna-cosa-1/"><p><em>Click here to view the embedded video.</em></p></a></p>
<p>Pero la noticia, la que justifica este elogio y esta entrada ya demasiado larga en el blog, es que Sabina sacará otro CD (“Vinagre y rosas” es su título) en pocos días y en El País de hoy pueden oírse (incompletas, pero casi completas) todas las nuevas canciones. Y con este último enlace los dejo. Espero que gocen tanto como yo.</p>
<p>http://www.elpais.com/especial/sabina/</p>
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