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2012

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Aguirre

Por: Héctor Abad Faciolince

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Alberto Aguirre 3

Aguirre -siempre le dije Aguirre, nunca Alberto- era mi amigo más viejo y también el más viejo de mis amigos. Nuestra amistad era tan vieja que se remonta a los tiempos de mi abuelo Faciolince y de su padre, Pedro Claver Aguirre (el Negro Aguirre, Gobernador de Antioquia en la presidencia de López Pumarejo) a quienes no conocí. Como eran tan amigos, mi abuelo y su padre, y como en esa época todavía no había celular y ya no había señales de humo, se mandaban mensajes cifrados desde lejos, tirando voladores de un extremo a otro de Medellín: el Negro Aguirre los tiraba desde su finca, Casabela, por Robledo, en las montañas occidentales de la ciudad, y al otro lado del valle, desde La Polka, en las montañas orientales de Loreto, le contestaba el Mono Faciolince, con su propio alfabeto de voladores. Las familias eran tan amigas que mi mamá recuerda a Aguirre y tiene fotos con él en pantalones cortos, jugando juntos, hace más de ochenta años, cuando las dos familias se reunían.

Después Aguirre fue amigo de mi padre. Lucharon juntos por la justicia con la única arma que tocaron en su vida: la de sus plumas. Aguirre lo acompañó desde su primera lucha, la lucha por el agua potable, en el Concejo de Medellín, cuando mi padre era apenas un estudiante de medicina. Esa misma pluma, su arma de lucha, los llevó, en agosto de 1987, a Abad Gómez a la muerte, y a Aguirre al exilio. Ambos estaban en la lista inmunda de las personas a quienes los paramilitares planeaban matar; la lista era inmunda, pero en realidad estar en ella era un honor. Tengo en mis manos Cuadro, el libro de columnas de Aguirre publicado en 1984, dedicado a mi padre: «Para HAG, de quien aprendí (y aprendo) rebeldías y amores populares.» También tengo en mis manos las Obras Completas de León de Greiff (editado por él en 1960), dedicada a mí, con unas frases que omito por pudor. Hace unos años, en un momento de angustia, vendí la primera edición de El coronel no tiene quien le escriba (Aguirre editor, 1961) pues el mismo Aguirre me dijo que conservarla era una especie de animismo ridículo: «Vendéla, si te hace falta la plata, no lo dudés.» Él mismo fue vendiendo poco a poco los cinco ejemplares perfectos que conservaba de su viejo tiraje de apenas mil.

Esa vieja amistad de los abuelos y los padres la heredé yo, y haber tenido este amigo fue quizá, y sin quizá, mi mayor tesoro durante tres decenios. Empezamos a hablar cuando yo tenía 21 años y él 53, y esa larga conversación duró hasta el domingo pasado, cuando se me murió. El diálogo de los amigos verdaderos se teje con intimidad y también con confidencias: uno confía en el otro. Desconfiar de un amigo es incluso peor que traicionarlo. Y yo confiaba plenamente en él: supo de mis amores y desamores; supo de mis goces y también de mi impotencia para gozar; corrigió todos mis libros -desde el primero, de cuentos (Malos pensamientos), pasando por El olvido que seremos, que está dedicado a él, hasta el último, Testamento involuntario, donde hay un poema que lleva su nombre- y por corregir quiero decir que revisó sus puntos y sus comas, cada verbo, cada palabra, cada idea. Nunca tuve un lector tan preciso, tan duro (podía ser despiadado) y al mismo tiempo tan generoso.

Aguirre, que era un epicúreo y libertario, me ayudó a dejar de ser católico y puritano, no en el sentido religioso, que ya no lo era, sino en un sentido más hondo de lo que es difícil desaprender. Me enseñó que no hay -o casi no hay- pecados de la carne, y fue cómplice de mis amores más serios y de mis amoríos sin importancia. Todo lo supo. Cuando, durante los años de exilio, nos veíamos en Turín o en Madrid, no había dicha más alta que conversar, comer, beber. Como ni él ni yo fuimos nunca bohemios, no nos emborrachábamos jamás, no íbamos más allá de una botella de vino entre los dos, y por larga que fuera la comilona, nos íbamos temprano a acostar, porque ambos somos de mente diurna y cuerpo madrugador.

De política menuda hablábamos poco, pues no estábamos muy de acuerdo y eso podía encender la chispa del desencuentro. Él era marxista, yo liberal. El tema de Cuba nos sacaba de quicio, él defendiéndola, yo declarándola intolerable. Él quería ser un intelectual revolucionario, a la manera de Gramsci; yo no creía ni creo que pueda haber libertad personal si no hay también libertad económica. Él creía más en la repartición igualitaria, y yo más en el mérito de cada cual. Pero a pesar de estos desacuerdos nos unía un anhelo ético de justicia y el sueño de un mundo mejor. El maltrato, la injusticia, la pobreza extrema, la humillación de los pobres por los ricos, nos indignaban por igual.

Nosotros no rezábamos, sino que recitábamos. Hacíamos largas sesiones con Machado, Lorca, De Greiff, Quevedo, Lope, el Tuerto López, etc. Por eso, ante su cuerpo en coma, vencido, solos los dos en un cuarto de hospital, hice por última vez lo que tantas veces hicimos: le recité. Su hija médica, Beatriz, me dijo que el del oído es el último sentido que pierde un cuerpo agonizante. Él me enseñó que saberse poemas de memoria -esa plegaria laica- es la mejor compañía para los momentos de mayor abatimiento. El último que le recité era de César Vallejo (está en su libro España, aparta de mí este cáliz), unos versos que aprendí de su boca y que él mismo decía a menudo con emoción:

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronse:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Lo rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon: les vio el cadáver, triste, emocionado;
incorporose lentamente,
abrazó al primer hombre; echose a andar…

Alberto Aguirre y Héctor Abad

Nuestra amistad, en dos personas devotas de los libros (además de editor, Aguirre fue librero y tuvo en Medellín una librería que fue el templo de nuestra juventud), se nutría sobre todo de lecturas compartidas: gracias a él yo amé y amo a Antonio Machado, a Canetti, a Thomas Bernhard, a la Celestina, al Quijote, a Quevedo, a Balzac, y un etcétera tan largo que se haría muy largo copiar aquí. Pero además de este goce compartido, Aguirre fue la oreja comprensiva y sabia de mis angustias, mis miedos, mis iras. El que tenga un oído donde pueda vaciar sin el menor titubeo todo su corazón (con sus partes negras y con sus partes tiernas, con sus partes podridas y con las más vitales), con una confianza tan plena como cuando uno habla en silencio consigo mismo, sabrá lo que es perder un amigo así. Es otra orfandad. No voy a decir la banalidad de que él era como un padre para mí, pues él mismo, una vez, cuando le preguntaron si yo era como un hijo suyo, contestó: «¡No, él es mi papá!» Y soltó su sarcástica risotada del momento feliz.

Me quedan sus palabras, su recuerdo, sus gestos, su dignidad. Me queda, mientras yo siga vivo, su presencia. Y no digo más, para que estas lágrimas amargas dejen de salir. Aguirre odiaba todo patetismo y si leyera esto me estaría insultando por sentimental. ¿Qué puedo hacer? Los padres con los hijos somos así. Aguirre odiaba todo homenaje, todo premio (jamás recibió ninguno), todo monumento. Cuando su yerno le preguntó dónde quería que arrojaran sus cenizas, contestó: «Hacéme un favor: ¡tirálas por el sanitario!»

¿Qué más decir? Que si no fuera por Aguirre, yo no sería escritor; que si no fuera por Aguirre, tal vez yo ya me hubiera tirado por la ventana. Y que por medio siglo lo sostuvo una mujer frágil, pequeña, que parece débil y fue siempre la columna que lo mantuvo en pie: Aura. El aura de Aguirre.

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