Bagatela sobre el pensamiento crítico.

El pensamiento crítico lo tiene todo en su contra: en la escuela, son pocos los docentes que lo pregonan, y menos aún quienes lo aplican y profesan con honestidad.

En la adolescencia le llaman rebeldía, y los adultos, y peor todavía, los adultos jóvenes envejecidos, miran a quienes se estrellan contra el mundo, defendiendo su autonomía, con condescendencia similar a la usada por los eurakas para mirar a quienes todavía resisten a su barbarie epistémica, a las secuelas de su ocupación innegable.

En la adultez, lo etiquetan mal. A pensar críticamente le llaman estar en contra de todo sin causa alguna, inclusive a quienes tengan su causa y no necesiten, ni tengan por qué, explicarla, les aíslan y malversan. Hay, por supuesto, cardúmenes de idiotas que no saben por qué pelean, y se les ve en pos de los cachalotes de la colonización mental, sin inmutarse, y aunque estén en su derecho de desaparecer a su modo, como los demás, detrás de un ideal vacío o inexistente, o en las fauces del cetáceo olvido, creo que es digno, al menos, reconocer la existencia de otra especie, mucho menor, que no sabe andar en manada: los solitarios caballos de mar, embarazados de sus ideas voluminosas, que cruzan las aguas llamando a sus cosas por su nombre. Al pan, le llaman pan, y no presunto pan, si ante sus ojos lo vieron amasar; y al vino, vino, y no presunto vino, si lo vieron acendrar por días o décadas.

Un caballo de mar le llama genocidio a la ocupación israelí. Un cachalote le responde llamándole antisemita.

Un caballo de mar cree que no hay verdad absoluta. Si lo dice en voz alta, el cachalote le impone a gritos su verdad.

Un caballo de mar llora con gran pesadumbre en las ruinas del busto de su abuela. El ejército cetáceo que lo destruyó le llama resentido.

Otrora, los librepensadores se encerraban en su torre, o bebían el veneno con agrado, resultado de una sentencia injusta, pero ya no es tiempo para buscar el martirio. A la tiranía del mundo le conviene el silencio, el suicidio de quienes ejercen el pensamiento crítico o, dicha sea la verdad, el pensar por sí mismos o por sí mismas; incluso, ha hecho la ley para triunfar por encima de quienes no reconocen la autoridad formal de nadie, y en cambio, sí reconocen la autoridad moral de los lejanos maestros que les instaban a buscar adentro las respuestas, pero sin arrodillarse.

Para parafrasear a Brecht, ¿qué tiempos son estos en que los maestros sólo salen a luchar si se trata de defender su prima de vacaciones?

A esta altura de mi vida, siento ya haber pagado con creces el llevar en alto esta bandera, rojinegra o negra según quienes todo lo estigmatizan, según los traficantes de la dignidad. Sé ya que el castigo para quienes piensan por sí mismos es la soledad (alguna vez me duermo en el agua pensando en Felisberto Hernández, y dentro de mi cuerpo cansado de caballo empieza a andar mi recuerdo de hombre. Escucho el silbido lejano de algún jinete que me invita a seguirlo; entonces, como Chuang Tzu, empiezo a dudar si soy un hombre soñando que es un caballito de mar, o un caballito de mar soñando que es un hombre, pero me despierta a tiempo el equino canto de algún colega, a quien agradezco con un gesto, mientras se despide buceando en las profundidades de la noche infinita). Y, sin embargo, entre más corren las aguas, y entre más las corrientes oceánicas quieren llevarme al abismo de la uniformidad capitalista, cuán ínfimo soy, más nado en contra, seguro de que los seres diminutos y aparentemente frágiles son los predadores más feroces, y astutos.

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— Albeiro Guiral (@amguiral) August 7, 2017

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