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25
06
2013
Diego Alarcón Rozo

La pureza de Tahití

Por: Diego Alarcón Rozo

Al entrenador de la selección de Tahití, Eddy Etaeta, lo desborda el optimismo, como si los 24 goles que se tragó su equipo en la Copa Confederaciones fueran apenas una anécdota. El problema ni siquiera es el número de goles, el horror es que su equipo los recibió en tres partidos. Una media de ocho por juego y un milagroso gol a favor marcado contra Nigeria, que celebraron más que si se hubieran ganado cinco balotos con revancha. El orgasmo del gol.

A Etaeta lo desborda el optimismo porque está convencido que en diez años de trabajo su equipo podrá jugar de igual a igual con cualquier selección del mundo, desde España hasta Holanda, desde Bolivia hasta Colombia. Una década, dice, para que todos los jugadores se conviertan en profesionales y dejen de ser repartidores de gaseosas, cocineros y mototaxistas que pateaban el balón en sus ratos libres, cansados de servir. Sólo diez años…

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A pesar de los comentarios bufones de los narradores, de las burlas a sus constantes equivocaciones, resultó muy difícil no percibir la dignidad del equipo. Sí, fueron los peores, los más ingenuos, pero tal vez decir que hicieron el ridículo es ir demasiado lejos. Ganarle a Tahití a la larga no tenía mérito alguno. En cambio para sus jugadores cada balón era la oportunidad de un nuevo partido y de ganar alguna historia para contar, de celebrar porque un pase salió bien, porque alguno amagó e Iniesta intentó fallidamente quitarle el balón. Hace tiempo no se veía el fútbol de una manera tan desnuda: lo importante es el juego, más que ganar o perder. Fernando Torres hará más goles, seguirá ganando dinero, paseará en su Aston Martin, pero Mikael Roche podrá acordarse en cualquier momento de ese penal que Torres erró cuando lo tuvo enfrente. Iban 8-0 abajo ¿a quién le va importar? Roche festejó como si tuviera 10 Champions Leagues encima.

Ojalá a Etaeta se le cumplan los sueños, aun sabiendo que comenzará a cargar con los males propios de un equipo que ni es decididamente bueno, ni es resueltamente malo. Quizá tenga, entonces, que lidiar con que su equipo se convierta en la representación de lo que significa ser “realmente” tahitiano, con que una estrella local trascienda a Europa y su gente comience a construir héroes cuyo único heroísmo es ser humanos como cualquiera que acierta y se equivoca. Tal vez a Etaeta, el periodismo de las vacas sagradas comience a exigirle títulos que no podrá alcanzar y quizá esos mismos comiencen a pedir su renuncia para dar paso a un técnico extranjero que ponga al país a la altura de su inexistente historia.

De pronto, algún día después de la siguiente década, Tahití le gane 5-0 –de visitante– a alguna buena selección y las mafias locales se interesen en ellos y corrompan a sus hombres con todos los métodos posibles. Tal vez esas mafias visualicen un negocio tan rentable que les alcance hasta para pagar para que las vacas sagradas pronuncien elogios en el día o coman pasto cuando el ruido sea muy oscuro. A lo mejor el propio Etaeta tenga que comenzar a lidiar con que algún honorable empresario, dueño de los derechos deportivos de algún jugador, le ofrezca una ración de su fortuna si su hombre es titular en una eliminatoria, o al menos convocado a su selección.

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Posiblemente los poderosos de Tahití utilizarán a Etaeta y a sus hombres para decir que son un ejemplo y que le hacen un bien a la patria tahitiana, mientras ellos, por debajo de la mesa, ultrajan, escupen, se burlan y violan a la patria tahitiana. Quizá los tahitianos comiencen a sentir que están a la altura de cualquiera y busquen explicaciones para la derrota del orden “si hubiésemos sido argentinos, no nos habrían hecho lo que nos hicieron”. De pronto el entrenador no entienda cómo es que los tahitianos en la calle, sin estar calificados al Mundial, estén seguros de que serán protagonistas de dicho campeonato, borrachos de triunfalismo. Sería posible que dada su popularidad, el presidente de Tahití visite la concentración de la selección y haga el ridículo en guayos y pantalones cortos.

La derrota dolerá más fuerte y a lo mejor ya no habría que celebrar si perdiendo 8-0, el adversario desperdicia un penalti. Quién sabe, algún canal de televisión quizá tenga la idea de llevar al cabo un concurso para que la gente escoja al Gran Tahitiano y los jugadores morirán de ira y desazón cuando por encima de ellos esté la figura de un tahitiano perverso ligado a la más sucia de todas las prácticas. Si la profecía de Etaeta se convierte en realidad, algún día la selección nacional de Tahití dejará de ser juego y se convertirá en fútbol.

 

En Twitter: @Motamotta

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