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21
05
2013
Diego Alarcón Rozo

Mourinho, el último canalla

Por: Diego Alarcón Rozo

La cuerda se reventó, no aguantó más: de un lado estaba el entrenador más mediático del mundo y del otro el club de fútbol más opulento de la historia. Y entonces todos se dieron cuenta que ambos eran incompatibles. Por tres años, José Mourinho pareció acercar al Real Madrid a una idea que lucía olvidada entre un mar de euros. Para él era más importante el balón que el marketing, esa ciencia que había hecho del equipo una gran empresa: buenos ingresos, buenos contratos y una gloria escasa.

Archivo - elespectador.com

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Para la prensa española, madre de muchos sesgos, ahora Mourinho es el Nerón del Real Madrid, un hombre que con su ego colosal incendió el camerino y la dirigencia y a los hinchas. Les prendió fuego porque quería salvar su nombre y buscar justificaciones a una interrupción en su costumbre de ganar, o tal vez porque sólo quería reírse un rato. Ahora él parece el culpable de cuanta calamidad ha ocurrido, desde esta temporada en la que sólo obtuvo el título de la Supercopa Española, hasta la torpeza de Sergio Ramos al dejar caer del bus la Copa del Rey de 2011. Lo usual: la prensa siempre tiene la razón. Al menos, cree tenerla.

Estaban indignados. Lamentaban con profundo dolor que Iker Casillas estuviera en la banca por culpa de esa bestia prepotente, pero olvidaban cómo se habían ido otros grandes como Fernando Hierro y Raúl, desterrados por la dirigencia cuando ya no eran tan rentables, cuando eran un poco mayores, como si los ídolos tuvieran edad. A Vicente del Bosque lo echaron en la misma temporada en la que el Real Madrid ganó su última Champions League y ahora a Mourinho lo despiden porque tuvo tres años y ganó una Copa del Rey, una Liga, una Supercopa, pero no ganó el trofeo más grande, aunque llegara a tres semifinales de forma consecutiva. No logró la Champions, pero le dio agua a una afición sedienta.

El ruin Mourinho no podía si quiera pensar que Diego López fuera mejor portero que Casillas. Era pecado en ese absolutismo tan característico de la opulencia. A José, The Special One, lo estaba afectando la ceguera: ¿Coentrao por encima de Marcelo?, ¿Higuaín por encima de Benzema?, ¿Maradona por encima de Pelé? Era una locura, excepto cuando los fundamentalistas le agradecían decir que Cristiano Ronaldo era mejor jugador que Messi, un sinsentido respetable.

José Mourinho ahora está en la cruz, no del fútbol sino de los que siempre se han creído los dueños de la verdad: el portugués es prepotente, es provocador, pero gana: es un gran entrenador. El portugués es en extremo ambicioso, es descortés y no gana: es hora de matarlo. ¡Increíble!, osó a no ir a saludar al Rey el día de la final perdida contra el Atlético de Madrid. Sí, no saludó a un Rey que no es de su país, que no aguanta un escándalo más. No era para sorprenderse. Entonces ya era el más canalla de los técnicos que alguna vez pisó el Santiago Bernabéu. A su egocentrismo ya no podían verlo y dejarlo pasar. Si se paseaba le tiraban piedras.

A Mourinho también le cobran el ser Mourinho, el que desafía a las instituciones, el que critica a la Uefa del intachable Platini, el que señala a los árbitros y al que perder le duele más que al promedio. Al creído y al Narciso sin espejos, al jefe del cartel de los malos, al capitán del lado oscuro. Él despierta la intolerancia de los buenos que siempre han estado al frente, benevolentes con sus congéneres e intolerantes con los diferentes. No cuenta que siempre que perdió un partido importante estuvo en la rueda de prensa para asumir su responsabilidad y no rehuir a preguntas tan duras como las patadas de su amigo Marco Materazzi.

Tampoco cuenta que numerosos jugadores de élite lo tengan en su pedestal personal. Tampoco cuenta que puso a trabajar en la utilería del equipo a un viajero mexicano que tenía como sueño ver al Real Madrid en el Bernabéu y no cuenta tampoco que llevó al equipo al mismo nivel de un Barcelona casi inalcanzable. La personalidad de The especial one se encontró con una mala temporada del Real Madrid y el choque fue telúrico.

Vengativo, otra de sus características. Quizá algún día recorra la cancha del Bernabéu con la mano arriba y el índice extendido, como esa postal de Camp Nou el día que con el Inter de Milán eliminó al Barcelona. Era la Champions de 2010.

Archivo - elespectador.com

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Por: Diego Alarcón Rozo

En Twitter: @Motamotta

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Opinión por:

scario

27 mayo 2013 a las 8:41
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LA RETÓRICA DEL COLUMNISTA ES PARA ENGRANDECER O PARA ATACAR AL PEDANTE DE MOU…..SUS CALIDADES COMO TÉCNICO SON INDISCUTIBLES, A MOU LO MATO SU EGO Y PREPOTENCIA LÁSTIMA

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