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01
03
2013
Daniel Ferreira

Adictos al jaque mate

Por: Daniel Ferreira

Un partido (de fútbol) no es un deporte (como el ajedrez no es un juego de azar). Un partido entre la selección de Colombia y la selección de Argentina, por ejemplo. Jugar fútbol en la cancha del barrio es otra cosa. Esta es una divagación sobre el espectáculo del deporte. 

Si no fuera porque se inventó para hacer negocios, el golf parecería un buen deporte para todos: ni se fatiga ni se transpira ni se agrede a un rival. Es parecido a un día de campo entre grandes amigos que solo buscan el equilibrio mental. Pero solo que tiene este requisito antes de practicarse: ser millonario. El fútbol, por el contrario, busca ganar, vencer al contrario. En su origen se importó para apaciguar y distraer al vulgo: según Alfredo Iriarte lo trajo a Colombia Rojas Pinilla para soslayar los efectos devastadores de la violencia de los años 50s y disolver los conatos que podían atravesarse a su dictadura. Una especie de catalizador social, alucinógeno legal. Después surgió su potencial patriotero, tribal: unificar a un país desmembrado bajo una misma camiseta.

Que el fútbol “es vida”, “salud”, que “nos aparta de los vicios” son lemas que se le han colgado como banderitas al negocio multimillonario que esconde de fondo: cadenas hoteleras, marcas de ropa, productos farmacéuticos, cuchillas de afeitar, bancos y cerveza Inc. Pero las hinchadas saben que borrachos y drogados se aprecia mejor el fútbol. Tal vez los once jugadores sean atléticos mientras les explotan la lozanía (como el ballet, el fútbol tiene línea de vida útil, la treintena, tras la cual solo queda convertirse en entrenador o comentarista del mismo). Pero la fauna que observa desde las tribunas, en los radios de mano, delante de las pantallas, casi siempre tiene triglicéridos altos, o está drogada, o va al estadio puñal en mano, por si acaso.
El efecto de furor multitudinario lo ha conseguido el instinto tribal de la especie y un aparato de publicidad bien orquestado: las tres cuartas partes del simulacro de información de los noticieros televisivos que están dedicados al fútbol, a lo que hay que sumarle los diarios deportivos, la radio y la publicidad de la cerveza. Otra cuota la aportaron los patrocinadores y sus escuderos: paradigmas sociales como el calvo que habla en la televisión “de estrategia y táctica” cual Aristóteles de “tragedia” y “estética” o Clausewitz de “Arte de la guerra” según Prusia, o el afro que canta goles como si fuera un canto góspel o el marihuano de la radio que hace chistes de doble sentido sobre patrioterismo y sexo. Es mi opinión que si llegaron a viejos hablando tanta idiotez debe ser porque eran niños excluidos y frustrados y fue hablando de estas tonterías como descubrieron un poco de aceptación y, más tarde, que se podía ganar muy bien la vida, sin sudar. ¿No hay un oscuro locutor que fue candidato a la alcaldía de Bogotá y resultó dueño de una red de emisoras y supermercados y de un Dios a partir del fútbol narrado? Éstos y otros emblemas de la farándula nacional se han encargado de hablar sobre nada hasta convertirse en lo que son: la polla del vulgo, la ludopatía de los perezosos, la bandera del capitalismo financiero, la apuesta dominguera de los sedentarios, los líderes espirituales del gol. Los que viven “la pasión del fútbol en Colombia”, como quienes la vivirán en México o España, lo hacen para sentirse acompañados, para socializar, para tener de qué hablar, porque cuando la vida no tiene ideas el mejor pretexto para conversar es buscarse un enemigo simbólico en común, o un ausente y denigrarlo.
Pero hay un problema social que poco se ha sopeado: los enemigos del fútbol poco a poco se van convirtiendo en enemigos fácticos. Los hinchas de los dos equipos bogotanos generalmente delinean y tonifican sus glúteos en actividades que no son deportivas: descargar bultos en las plazas de mercado, acarrear cajas de media tonelada en las bodegas de un supermercado, montan dos horas de transmilenio para llegar al trabajo donde los pulverizan en la zona industrial (allí andan las hinchadas del contrario, que son todos ñeros y van con puñal en la pretina preguntando de qué hincha es usted como pretexto para después asaltarlo). Los domingos se dan cita todos en su juego infantil para apuñalarse a las afueras del estadio sin importar que su equipo haya perdido o haya ganado.
Los hinchas, como los escritores, como los soldados, tienen nacionalidad, grado de escolaridad, estrato social. Hay deportes y deportistas que son banderas mediáticas para encubrir negocios, clubes que funcionan como redes sociales para tranzar altas finanzas (en un tiempo también fue proclive al lavado de activos). Algunos deportes preferidos por aquellos que andan en “limusina” y moto de alto cilindraje son solo prácticas en espacios de socialización en que se establecen redes de solidaridad y cooperación donde se debatirán negocios internacionales y turismo de alto consumo. Para ésta hinchada, los emblemas pueden ser tan metafísicos como Schumacher o Rafael Nadal, pero el tema acaba en la devaluación del dólar o la caída de una empresa en la bolsa.
Los locutores han difundido la idea de que deportistas como Juan Pablo Montoya y Camilo Villegas son modelos aleccionadores que han abierto puertas de acceso a juegos internacionales que todos los colombianos pedestres podrán practicar si se disciplinan y “se alejan de las drogas”. Pero ¿dónde están las pistas y los carros de alto cilindraje para el vulgo? ¿Dónde están los campos de golf de puertas abiertas si Colombia es el país número 3 de América Latina con más prados para practicarlo?
¿Se requiere saber de deportes para ver deportes y disfrutarlos pasivamente? Pienso que no. Ni practicarlos. Se requiere soñar con pertenecer a la manada, con ser aceptado. Para esclarecer el propósito del deporte y el rol del deportista actual (cualquier deporte) hay que ver a ese señor que superó todas las pruebas duras del ciclismo, hizo a millones felices, hizo ganar apuestas multimillonarias a los grandes magnates y vender camisetas y zapatos a los patrocinadores, llegó a la cúspide donde tantos quieren ir (pero pocos llegan sin patrocinios), y al confesar por televisión que lo hizo con ayuda de dopaje, y que lo hizo de forma deliberada para no defraudar a sus fanáticos, se convirtió, ante la hinchada (que lo consideraba casi un semidios) en un estafador, un incapaz y un delincuente.
¿Por qué lo hizo? Por los quince minutos de fama. Y esto se aplica a lo que sea: deportes, mafia, prostitución en línea, cultura, diplomacia política, Banco Mundial. En la república de los 7.000.000.000 de desconocidos la única manera de singularizarse es catapultarse a la fama mediante cualquier subterfugio.
Todo deporte archimillonario es hoy un panfleto (un propósito no deportivo, económico o político, que se nos quiere vender por debajo). Toda publicidad es un panfleto. Lincoln y Argo y la mujer del presidente afro entregando el premio Óscar, son un panfleto (que aspira a hacer un arquetipo universal de la “libertad” norteamericana y dejarlo manifiesto como modelo a seguir para el mundo). Pero también Macbeth es un panfleto (hoy Inglaterra quiere reivindicar al rey codicioso pintado por Shakespeare). Warthol es un panfleto. Marilyn es un panfleto. Acorazado Potemkin. El nacimiento de una nación. El culo de Beyoncé. Bagatelas por una masacre. Yo acuso. Amarillo azul y rojo. El twitter de Álvaro Uribe Vélez. Lionel Messi. El clásico de Millonarios con Santafé, o el de Real Madrid vs Barcelona.
Y en términos futbolísticos, ¿qué es un “clásico”? Un enfrentamiento entre dos rivales de la misma tribu. Notable. La guerra de Colombia también está dibujada en el fútbol, como la reflejó Sergio Cabrera en Golpe de Estadio. Me pregunto si la reconciliación se conseguirá en el campo de golf, o en el campo de fútbol.

Dato vía j. Moreno

Categoria: ARTICULO

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