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Archivo de enero, 2013

21

01

2013

gonzalo  guerrero

Pelea de comadres…

Por: elcides olaznog

Después de unos días de descanso en hermosos pueblecitos de Cundinamarca y Tolima, abro periódicos viejos para tratar de actualizarme y veo que durante la primera semana laboral de 2013 sonó con insistencia en los medios el enfrentamiento verbal (cero ideología, cero pensamiento político, cero propuestas) entre los pesos pesados de la politiquería, perdón, de la política: el presidente Santos y el expresidente Uribe. Uno, que apenas puede ver los toros desde la barrera, solo puede atinar a hacer un recorderis de la manera como llegaron estos dos señores a la cima de la presidencia. Pero, para ello, debo aclarar que si en un momento sentí cierta afinidad con el presidente Uribe en esta hora no hay nada que compartir con él. En cambio con Juanma, ¡nada, nunca! Uribe batió récord de popularidad tanto en las dos elecciones en que resultó elegido presidente como en las encuestas. En su momento, fue el líder político más popular en América Latina con guarismos arriba del 70%, difíciles, casi imposibles de igualar. Fueron casi ocho años en la cima de la popularidad, lujo que muy pocos líderes del hemisferio pueden darse. Que Uribe haya hecho honor a ese cariño popular no es tema de este comentario. Pero sí se puede decir que mejoró en varios aspectos, por ejemplo, en que la gente estaba “secuestrada” en sus ciudades porque le daba miedo viajar por carretera. Miedo por las famosas pescas milagrosas que eran pan nuestro de cada día. Desconocer ese avance es imposible. Fue una larga luna de miel que empezó a decaer cuando los colombianos nos dimos cuenta de que el presidente estaba manejando a Colombia como si fuera “el Ubérrimo”, es decir, como si fuera una gigantesca finca lechera de su propiedad. En algún momento sentimos que no nos gobernaba un presidente sino un capataz, irascible, terco, autoritario, autócrata y grosero (le doy en la cara, marica). Mal que bien, Alvarillo aglutinó en su entorno a mucha gente de diversas calidades. Construyó un movimiento político tan fuerte y tan poderoso que fue capaz de elegirlo dos veces y estuvo a punto de elegirlo por tercera vez. El uribismo logró mayorías en Senado y Cámara, ganó las principales gobernaciones y alcaldías del país; en otras palabras, erigió un “ismo”, el uribismo, que va a ser muy difícil superar en los próximos años. Por otro lado, el entonces “presidenciable” Juan Manuel, desde el curubito del poder como ministro de defensa, les decía a cuantos quisieran oírlo que él era uribista de raca mandaca. Que Uribe era su jefe y que él era un soldado raso de esa colectividad y que se postularía únicamente cuando su jefe declinara una nueva candidatura. Juan Manuel solo cumplía órdenes y hablaba con una humildad rayana en el servilismo. Y la gente le creyó. En plena campaña aún gritaba a los cuatro vientos que él era el candidato del popular uribismo. Ello, sin lugar a dudas, es una muestra contundente de lo que es un político colombiano: astuto, rastrero, y maquiavélico, en el mal sentido. Claro; si se hacen las cuentas, Santos es quizás el único presidente que llegó al solio de Bolívar sin tener en su haber un solo voto. Santos salió elegido porque le dijo al pueblo elector que iba a continuar la obra de Uribe. Discurso muy apropiado y certero en momentos en que Alvarillo aún tenía entre el bolsillo de su chaqueta de chalán al 75 por ciento de favorabilidad en las encuestas. Y Uribe cayó en la trampa y le endosó los votos. Por eso puede decirse que hoy tenemos a Santos como presidente con los votos del uribismo. Pero apenas fue elegido presidente, Juanma mostró el cobre; en las primeras de cambio, en la confección de su primer gabinete el uribismo que decía representar sufrió el primer garrotazo. Y Uribe, que no es bobo, lo sintió. Y empezó a hacer lo que nunca debió hacer: agarrarse a golpes de prensa con quien hablara mal de su gobierno y a despotricar de Santos. Abrió una cuenta en twitter y desde entonces no ha hecho más que destruir por ese medio la imagen que había logrado en sus dos mandatos. Y utiliza un lenguaje guerrerista que solo alimenta el odio y la polarización. Santos, con su sonrisita socarrona y bobalicona, puso a su exjefe a trinar de la rabia a toda hora. Llevan más de dos años en una pelea que a ratos parece una reyerta de verduleras. Que el mar territorial que se perdió con Nicaragua fue por culpa del gobierno Uribe. Que Santos es un mentiroso. Que los falsos positivos son obra del ministro Santos. Que tuvo tres años para denunciar al general Santoyo pero no lo hizo. Que Santos es una canalla que pone a sus ministros a calumniar a Uribe. Que ahora que Uribe se puso más bravucón que de costumbre, Santos está dispuesto a destapar las ollas podridas del anterior gobierno, en fin. En peleas de comadres se descubren las verdades. La opinión pública se pronunció por medio de una encuesta y dijo que es necesario ponerle fin a esta pendencia. Con eso no se construye país y sí se crea caos y anarquía. Pero por desgracia, esto  ha sido así desde tiempos inmemoriales. Recuerdo a mi tío Epaminondas, que Dios lo tenga en su santa gloria, cuando decía a propósito de las peleas de Laureano Gómez con su homólogo Alfonso López Pumarejo: “esos dos aparecen en los periódicos como si fueran enemigos pero en la realidad son compadres que se beben todo el whisky del mundo, se reparten el poder, se burlan de la gente”. En el fondo, las falsas peleas son por el poder político y por el bolsillo de los electores. ¿Será eso lo que ocurre con Santos y Uribe? Total, ni fu ni fa. Sabemos que hay uribismo con el poder político de los votos y santismo por el poder de la burocracia y el ponqué presupuestal. Uribe es un bravucón que todavía se cree el Mesías que salvará a Colombia y Santos es un usurpador de un movimiento que él mismo se encargó de apabullar desde su posición de jefe de Estado. ¿Diferencias entre los dos? Uribe es intelectualmente como veinte juanmanueles.  Porque al menos sabe hablar. Santos ostenta un discurso pobre, dubitativo, chabacano y escaso. Pero tiene la sartén por el mango y se tira el billete. Uribe, si bien no es la flor de la elocuencia, por lo menos muestra convicción. Pero olvida que los colombianos no somos sus peones. Y hace esfuerzos desesperados y agónicos por recuperar el mango de la sartén. Colofón: lo único bueno que deja esta reyerta entre los mandamases de Colombia, es que el pueblo puede verles la cara real a sus dos máximas figuras políticas. Ve una moneda con la cara del cinismo y la pobreza conceptual, y el sello con la efigie del autoritarismo. Un eterno aprendiz de gentleman y un chalán pueblerino con mucha habilidad para administrar fincas. ¡Horror, y son los que mandan!

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01

2013

gonzalo  guerrero

2012, frustraciones tradicionales y alegrías atípicas

Por: elcides olaznog

Se fue otro año, pasaron las fiestas, quedó el guayabo, quedamos sin cinco, se reanudó el trabajo pero, como dicen los contadores, hay que adelantar el balance. Empiezo por lo fácil; sin lugar a dudas, en materia política NO HUBO, en absoluto, alegrías o satisfacciones. En el plano nacional, a Juan Manuel Santos y a sus colaboradores, lo mismo que a sus admiradores, les parece que fue un año excepcional, pero la cruel realidad dice lo contrario. Aclaro, aquí habla la ignorancia. Porque mi hermano, el experto en temas económicos  de alto turmequé, está de acuerdo con Juanma en que la de Colombia es una “economía boyante”. Yo de eso poco y nada entiendo pero tampoco me atrevo a preguntarle a mi brother porque seguro me va a mirar con los ojos de conmiseración con que se mira a un damnificado del salario mínimo. El caso es que para las altas esferas de la economía Colombia es un país boyante. Boyante - para quienes nunca consultan el diccionario – significa próspero, que hay mucha riqueza. Pero creo que los términos están equivocados porque lo que es al pueblo beneficiado con el nuevo salario mínimo no le toca lo boyante sino lo bollante, es decir, le va a tocar comer (seguir comiendo) el producto que impulsó el diputado antioqueño cuando dijo que invertir en el Chocó es como “echarle perfume a un bollo”. Me perdonan, pero la expresión es del diputado, no mía. Total, en política nacional nada le salió bien al pobre Juanma: se dejó tumbar la colombina del hermanito menor, es decir, el camarada Ortega le tumbó no a Juanma sino a los colombianos casi 80 mil kilómetros cuadrados de mar caribe, que es un área un poco más grande que “El Ubérrimo”, para dar una idea de la magnitud de la pérdida. También se le cayó la reforma a la justicia porque, como es de suponerse, los reformadores no se quieren reformar. ¿Cuchillo para el propio pescuezo?, ¡mamola! Recordemos en este punto que ya el mandatario había chupado la hiel de la derrota cuando el año pasado, para estas calendas, sufría la caída de la reforma a la educación, la archifamosa Ley 30. Nada nuevo por ahora. Lo único que le ligó al presidente fue la Reforma Tributaria en una final parlamentaria de voto finish, pero su costo real aún no se puede calcular. Me pregunto, y conmigo los colombianos, qué y cuánto tuvo que prometerles Juanma a los HP (honorables parlamentarios) para que “trabajaran” horas extras en la aprobación de la reforma. Y no hay claridad acerca del otro costo, que es el de las exenciones y rebajas de impuestos a los poderosos, tal como lo denuncia el senador Robledo, que está muchísimo mejor informado que yo. Ni del cráter fiscal que se prevé para finales del año que comienza, según el mismo senador. Primera conclusión: cero alegrías, cero satisfacciones y sí muchas frustraciones, tradicionales como la Navidad. Y si con el transcurrir del 2013 el embeleco de la paz con “la Far” se le viene abajo, como se ve venir, pues, don Juan Manuel, se te jodió la reelección. Por el lado de la política capitalina, las cosas fueron peores. Los bogotanos eligieron a un mandatario que sabe mucho de protestar y de criticar pero de administrar, cero. Sin embargo, lo peor no es eso; lo peor es que Noel Petro es la personificación de la soberbia y se hizo acreedor, con creces, de varios adjetivos: autoritario, déspota, autócrata, dictador, tirano. El burgomaestre seudoizquierdista actúa y habla como un emperador. Para él el mundo empezó el 1 de enero de 2012. Y terminará cuando a él le dé la gana. Punto. Petro es un tipo grandilocuente y megalómano. Eso es lo que piensa la gente que está sufriendo en carne propia los desatinos del aprendiz de alcalde, que solo es un miliciano venido a más por cuenta del inconformismo de algún sector de la ciudadanía bogotana, que lleva ya tres períodos ensayando mandatarios de la nueva clase política. Pero el asunto estriba en que hoy no se sabe a ciencia cierta cuáles son peores, si los corruptos tradicionales rojos y azules o los corruptos nuevos, amarillos y verdes, aunque hay serios indicios que inducen a pensar que la voracidad de las autodenominadas izquierdas es más temible y muchísimo más nociva. ¡Pobres bogotanos pobres! Las alegrías, escasas pero inmensas, corren por cuenta de un puñado de colombianos grandes de corazón y sencillos de personalidad que, en algunos casos,  con muy pocos recursos brillaron en el mundo en el 2012. Estos colombianos que merecen toda la admiración, el respeto y la exaltación de sus compatriotas están encabezados por la hermosa Mariana Pajón y por Radamel Falcao García, el hincha número uno de Millonarios. Mariana es la figura principal de ocho héroes que brillaron con luz propia en los juegos olímpicos de Londres; una medalla de oro de Mariana, tres de plata de Catherine Ibargüen, Rigoberto Urán y Óscar Figueroa, cuatro de bronce logradas por Carlos Mario Oquendo, Óscar Muñoz, Yury Alvear y Jaqueline Rentería. Esos fueron los Ocho de Colombia que nos regalaron la cuota de alegría en el deporte. A ellos se suma la figura del internacional goleador, considerado por algunos expertos como el mejor nueve del mundo, Radamel Falcao García, y la Selección Colombia al mando del hoy mejor director técnico de América. Ellos y otros grandes como Juan Guillermo Cuadrado, James Rodríguez y Teo Gutiérrez nos renovaron la ilusión de volver a un mundial con un elemento adicional: como pintan las eliminatorias, es posible que Colombia esta vez sí sea protagonista. En el plano local se destacan los triunfos de Santa Fe, campeón de la Liga Postobón, después de 36 años sin conseguir el máximo título, al lograr su séptima estrella; buena por Santafecito. Eso ocurría en el primer semestre del año; para el segundo, la gesta santafereña se vio coronada con más de un gramo de gloria por Millonarios, compañero de patio,  que logró su  estrella decimocuarta al mando de Hernán Torres, un señor serio que conoce el oficio, y de un grupo de jugadores que si bien no pertenecen a la elite del fútbol internacional, sí capitalizaron de sus insuficiencias y lograron una campaña memorable, si a ello se le suma la excelente participación en la Copa Suramericana, a la cual llegó a semifinales dejando en el camino a grandes como el Gremio de Porto Alegre, entre otros. Estas circunstancias nos permiten asegurar que si de satisfacciones se trata los colombianos en general y los bogotanos en particular debemos buscarlas siempre en el deporte y nunca en la dirigencia ni deportiva ni política. Eso está claro; y tal como va la vida ahora que empieza el 2013, no se ven muchas posibilidades de cambio. Hay, como siempre, esperanzas, ilusiones. Pero ellas se desvanecerán con el pasar de los meses y terminarán de evaporarse en las copas de licor con que se celebrará en diciembre la muerte del 2013 y el nacimiento del 2014. Así ha ocurrido siempre… Colofón: el remate de este comentario corre por cuenta de un niño de unos ocho añitos: “A los colombianos les deseo que el Niño Dios les traiga toda la paz del mundo aunque no les deje regalos en el arbolito (de Navidad)…” De verdad, me conmovió esa sencilla frase. Feliz año… Véanos en twitter @elojodeaetos                  

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