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Tags de Posts ‘cuento’

26

11

2012

elmagazin

Yo no maté al perrito

Por: elmagazin

David Betancourt (*)

Temprano en la mañana fui al solar a mirar los pajaritos bañarse en la poceta y vi a la abuela con el perrito en la mano. Se hizo la que no me había visto y cogió del suelo un mango maduro acabado de caer. Dándome la espalda lo mordió y lo puso en el piso al lado de la mecedora; ahí mismo lo descargó con el hocico pegado al mango. Dio la vuelta.

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25

10

2012

elmagazin

Te conozco

Por: elmagazin

José Luis Elorza (*)

Llovía a cántaros la noche en que Severo León se convirtió en asesino. Era un hombre bueno. Quizás fueron los celos. Al llegar a casa vio una sombra moverse a la altura de la ventana, como huyendo de la indecisa luz de los relámpagos. Pudo haber sido la rama de un árbol, o la sombra proyectada por la vela que ardía sobre el tablón de la cocina. Pudo haber sido un hombre. Pudo haber sido… Pudo. Pudo.

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17

10

2012

elmagazin

Definiciones Frágiles

Por: elmagazin

Silvia Guzmán Bohórquez (*)

Bruno y Benito, un par de amigos que dejarán de serlo al final de esta historia, quedaron en encontrarse un miércoles en la tarde en el lugar De Siempre. Desde que se conocen, Las Señoras Circunstancias –como pasa con las relaciones que uno asegura en su momento que durarán eternamente– estuvieron siempre de su lado (hasta que dejaron de estarlo). De una forma extraña, sus vidas se han compensado desde que son amigos. “Eso quiere decir que la vida cree que hacemos un buen equipo juntos”.

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16

10

2012

elmagazin

Mal vecino (Trilogía)

Por: elmagazin

Adriana Leonor López (*)

Parte I

La música retumba en el pequeño apartamento. Las paredes vibran, los vidrios chocan contra el aluminio de sus marcos, las puertas trepidan, traquetea el pom pom de no sé qué instrumento. Las paredes sudan, los vidrios rezuman, las puertas destilan; sudo, rezumo, destilo, no sé si son lágrimas o sudor; ambos tienen un sabor salobre. Caen gotas a la mesa, caen sobre el teclado del ordenador, caen sobre el piso beige. Maúllan los gatos con los bigotes erizados, desenvainan sus garras y las clavan en el mullido sofá contra la ventana; el mullido sofá también está vibrando. Aúllo. Los gatos y yo aullamos como lobos –y leones- feroces, hambrientos; nos miramos en un intento por contener la rabia, la indignación, en un intento por contener el impulso insano de saltar como hienas sobre el vecino y saciarnos con sus vísceras al son del pom pom de no sé qué instrumento. De su maldito reggaetón. Sí, maldigo, increpo, pero como si nada. Él  sabe de las paredes, de los vidrios, de las puertas; él sabe –lo calcula-, que esas notas discordantes en el volumen que acostumbra pone a prueba nuestra paciencia. Lo que no sabe él, un jovenzuelo de 16 años, es que su zafiedad nos convertirá tarde o temprano en sus verdugos. Sus verdugos. Fantaseo en ello y sé que los gatos también por sus bigotes y lomos crispados; se aprestan a pegar el zarpazo.

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20

08

2012

elmagazin

Huachicol

Por: elmagazin

Jaime Panqueva (*)

¿Nos haría ese favor? Dice sonriente el cobrador de la caseta de peaje de Amozoc. Acepto tras constatar en el espejo retrovisor que no hay ningún coche detrás del mío. Tras recibir mi pago, hace una señal y de la caseta vecina aparece un hombre que estimo debe mediar la treintena. No va solo, de su mano cuelga un niño de unos cinco años. Libero los seguros de las puertas, siempre los llevo puestos aunque viaje por autopista; mañas de la ciudad. El hombre ayuda al niño a entrar en el asiento de atrás de mi Suzuki Grand Vitara 2006, luego se sienta en el lugar del copiloto. Al escuchar el sonido de la puerta al cerrarse, reviso de nuevo el espejo, ningún carro formado atrás, por tanto no estorbé a nadie. Se abre la talanquera del peaje. Mientras acelero para retomar el viaje, recuerdo el jarrón que recién compré en Los Ángeles como regalo para mi esposa. Del viaje entre esta ciudad y mi destino, Trece Letras, esta es mi parte favorita: una larguísima recta bordeada por un tapete de huertos irrigados con esmero. Aún en la estación seca, el verde pervive sin desteñirse. A mi izquierda me despide el cerro Malitzin y en poco menos de cuarenta minutos del mismo costado aparecerá el pico de Orizaba.

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12

08

2012

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Hipótesis sobre un jugador de billar

Por: elmagazin

Juan Villamil (*)

No habría pensado en los desenlaces de su familia como en un juego de ajedrez si no fuera porque la noche del día de los muertos se encontró con que su esposa le había escondido las bolas. Puedo dar fe de que a él eso, la acción premeditada por la que su esposa habría escondido el juego de bolas de marfil, no le causó ni el espanto ni la ansiedad que muchos le adjudicarían más tarde.

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05

07

2012

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Destino inmortal

Por: elmagazin

Juliana Araújo Gómez (*)

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27

06

2012

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Carnavaleando en el Central nació el B.S.V.

Por: elmagazin

Álvaro Calderón Calderón (*)

Por la calle de San Francisco y Diagonal al Templo dedicado al Santo de Asís se reúnen esta tarde, último domingo de noviembre-1965 Las Damas Rosadas en la casa de Tirso Maya, pues doña Rosa Villazón su esposa preside el grupo de señoras del voluntariado solidario y con labor social aquí en el pueblo vallenato.

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25

06

2012

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Eureka, eureka, eureka!…y un suicidio

Por: elmagazin

Néstor Solera Martínez (*)

El silencio del mediodía lo rompió en el poblado un hombre desnudo que gritaba eureka, eureka, eureka…  y que, doscientos metros adelante, se lanzó al mítico río Sinú con su descubrimiento y se ahogó. De inmediato buscamos el cadáver río abajo. Lo encontramos no muy lejos, enredado en la orilla de un manglar, con la barriga llena de agua y los ojos despepitados. 

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24

05

2012

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La noche se la llevó con ella

Por: elmagazin

Jorge Alberto Parra Gómez (*)

Un rayo de luz del sol mañanero penetra por la ranura del postigo, declinando sobre mi lecho de mujer, como buscando el reposo. Vuelvo a despertar, abro los pesados párpados y doy gracias a Dios. ¿En verdad, si debo dar gracias a Dios? ¿Dónde estoy? En mi sitio, en la soledad de la riqueza que logré acumular por los servicios prestados a los mortales que rodeaban mi espacio. Riqueza, rico, recorrido de mi vida, patrimonio. La tibieza de mi aposento se va diluyendo en el ambiente gris y frío como el día. Día, diario, diablo vivir, abro bien los ojos y encuentro la realidad. Estoy en mi hogar; ¿qué es mi hogar? Un cuartucho. Una pieza en el rincón de una morada, en un barrio hundido en la miseria, arrabal viejo, desamparado, condenado a evaporarse por el accionar del tiempo, como un conjuro inconmovible. Un cuchitril, desvencijado, pobre, con paredes quemadas por el tiempo, difuminado el contorno de su color, despercudido, por el chiro viejo con emanaciones a sucio y sabor amargo, paredes gruesas con olor a arena, con un hueco como entrada que sostiene una desechable puerta de dos hojas, colmadas con una variedad de fisuras y un mal colocado pestillo: es el cuartel de un alma en pena. Pena, penita, pena de nuestro amor en silencio, hoy sí antes no, ¿por qué? Viejos amores aquellos, ahora orfandad, allá mozos y adolescentes de resplandeciente cutis; no pocos, si muchos, muchos, muchos que se fueron y no regresaron. Aquí estoy como antes, diría que como ayer, dispuesta o disponible o en disposición de que. ¿Pero a qué? Y ¿para qué? “Amores que se fueron….”

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