BLOGS Cultura

14
06
2016
elmagazin

A Jack Kerouac, un vagabundo demente

Por: elmagazin

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Por: Juan Carlos Garay

Estimado Jack:

Casi me atrevo a decirte “Ti Jean”, que era como te llamaban de niño, porque créeme que me he acercado tanto cuando he leído esos libros tuyos más conectados con la infancia (como Visions of Gerard o La vanidad de los Duluoz) que siento que conozco ese niño interior como si fuera yo. El mérito es todo tuyo, compañero valiente, que un día decidiste hacer de tu obra literaria una gran saga de vida, donde cada libro narrara una época y tú fueras el protagonista. Y ahí estaban tus amigos con los nombres cambiados, para que los editores evitaran eventuales demandas, pero perfectamente reconocibles.

Ese ejercicio tuyo resultó ser fascinante. Como una especie de En busca del tiempo perdido, pero viajando por autopista. Allí donde Proust era contemplativo, tú eras veloz. Mientras Proust se embelesa con cierta sonata para violín, lo tuyo era el jazz. Ese jazz que impregna tu poesía, llena de monosílabos caprichosos (“sweet little dop a la pee / bit bit piano tip…”), pero sin duda también tu prosa cuando se la sabe leer en voz alta y acompasada. Como cuando leíste el final de En el camino en aquella entrevista de televisión de 1959, mientras el genial Steve Allen te acompañaba en el piano. ¡Puro sonido! Ah, Jean Louis Lebris de Kérouac, si hasta para elegir tu nombre literario revisaste que nombre y apellido rimaran: ¡Jack! ¡Kerouac!

La primera vez que leí tu nombre tenía 22 años y era un estudiante de posgrado en Washington. Me llegó, por internet, en una antología de textos de la montaña. Entre varios poemas, fragmentos de diarios y demás piezas que servían de inspiración a los montañistas, aparecieron los capítulos 11 y 12 de Los vagabundos del Dharma. ¿Que la literatura no puede cambiar vidas? ¡Ja! Esa fue mi epifanía, Jack. Esa combinación de trasfondo hermoso, de profunda comunión con la naturaleza, y una prosa tan ágil, tan rítmica que es imposible soltarla:

“Entonces, de repente, todo era como el jazz: sucedió en un loco segundo o así: miré hacia arriba y vi a Japhy corriendo montaña abajo; daba saltos tremendos de cinco metros, corría, brincaba, aterrizaba con gran habilidad sobre los tacones de sus botas, lanzaba ahí otro largo y enloquecido alarido mientras bajaba por las laderas del mundo, y en ese súbito relámpago comprendí que es imposible caerse de una montaña, pedazo de idiota, y lanzando un alarido me puse en pie y corrí montaña abajo”.

Creo que tenía dos opciones: o hacerme fanático del montañismo, o hacerme fanático de Jack Kerouac. Admiro a los montañistas y los considero mis amigos, pero a quienes quisieron verme cargando mi carpa y mi bolsa de dormir por los verdes montes, les recuerdo: tenía dos opciones. Me gasté el dinero en una copia de bolsillo de Los vagabundos del Dharma (todavía la tengo: una edición de Penguin Books con fotos de montañas de Norteamérica) que me leía despacio, porque la estaba leyendo en inglés y me costaba un trabajo enorme, hasta que llegó una noviecita gringa pelirroja que se llamaba Carley, me hizo regresar a la página uno y me leyó todo el primer capítulo en voz alta: ¡Así es como se debe leer, Juan! No tratando de entender palabra por palabra, sino dejándote llevar por el flujo. Recuerdo que Carley paraba y se reía, tomaba aire y seguía…

Esa manera tuya de vivir y de narrar lo que se va viviendo. De vivir lo que sea, al extremo, para tener después qué narrar. Ese oficio aprendido de los escritores de pulp fiction y de cómics, tan pordebajeados, que al tener que entregar cuartillas y cuartillas semanales decidieron convertirse en sus personajes: “Vivir, pensar, incluso soñar las historias como un proceso continuo, hace que las ideas vengan cada vez más rápido”, confesaba Walter Gibson, autor de 285 micronovelas del personaje The Shadow. Ese mismo espíritu lo leo en el último capítulo de Los subterráneos, cuando justo antes de poner el punto final escribes: “Y regreso a casa, habiendo perdido su amor, y escribo este libro”. Escribir como acto físico, indisoluble del aliento, eso aprendí de ti. Como un saxofonista que sopla un largo blues.

Así me dispongo cada vez que escribo: con la cabeza llena de ideas, pero sin olvidar que se escribe con los músculos de los antebrazos, con las falanges. Y con el sonido, Jack Kerouac, con el sonido. Estos ordenadores de ahora son mudos en comparación con tu máquina de escribir Underwood, que debía hacer un ritmo sincopado exquisito durante las largas noches en que escribiste En el camino en un solo rollo de papel.

Imagen de previsualización de YouTube

A comienzos de 2005, cuando ya era un hecho que iba a publicarse mi primera novela, pude ir a Lowell, Massachusetts. Cumplía, de hecho, dos sueños: ver mi libro impreso y visitar tu pueblo natal, entenderte más todavía. Mi amiga Sofía acompañó mi peregrinación hasta el cementerio Edson, en pleno invierno, y supo respetar ese momento de intimidad cuando encendí un incienso en tu sitio de descanso. Se ubicó a muchos, muchos metros de distancia. En un momento sacó su cámara con teleobjetivo y disparó. Hoy le agradezco porque esa imagen es la de un día decisivo en mi vida.

Lo que te dije no lo voy a repetir acá. Lo que me trajo de regreso el viento, tampoco. Esas cosas son solemnes. Escribí mi primera novela como un homenaje al sentido del oído. Luego, en la segunda, me tomé el atrevimiento de ponerte en el epígrafe. Yo no soy ese quijote enloquecido que tú fuiste, yo en comparación escribo como una anciana japonesa, pero no te imaginas la fuerza que me has dado. Acá te confieso, por vez primera, que uno de mis sueños es traducir al español Visions of Gerard, que me arrancaría lágrimas, pero que valdría la pena por dar a conocer en mi idioma ese trozo de alma que dejaste en 100 páginas. A mis 12 años yo escribía cuentos, intuía. A los 22 quise ser escritor como vos, ídolo. Y este año, a mis 42, saldrá mi tercera novela y no dejo de brindar a tu salud, vagabundo demente. Yo también quiero, como dice en tu lápida, honrar la vida.

Categoria: General

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12
06
2016
elmagazin

A quien corresponda

Por: elmagazin

 

Humi

Idalis Teresa Díaz Castellar

 

Bajo sombras iracundas se ocultan

Con sus insulsas sonrisas y destellos de soledad;

Yo también.

Me río insulsamente,

Camino iracunda y presumida en este mundo

Carente y decadente

Que sigue la rutina y la monotonía con fidelidad.

Tan absurdos.

Todos tan iguales.

Y así se creen mejores.

Se critican.

Se discriminan.

Se burlan.

Se van.

Todos desaparecen un poco.

Nadie más ni menos que nadie.

Todos al mismo ritmo.

En su afán de disfrazarse

Crearon estratos, élites,

Nos estigmatizaron,

Nos estereotiparon,

Y así nos desaparecieron.

Categoria: Poema

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09
06
2016
elmagazin

Para el caballero existente (Correspondencia tardía IV)

Por: elmagazin

IC

Por: Juan Carlos Piedrahíta B.

Desde los días de este nuevo milenio que usted esbozó, pero no alcanzó a vivir, le escribo, por fin, para contarle que llegué obligado a sus páginas. Con la misma motivación de quien elige el asiento de la mitad en el avión, desechando la ventana o el pasillo, me aproximé a su discurso sin saber hasta dónde me llevaría este vuelo de largo aliento. Por decisión propia, jamás hubiera dejado atrás la portada de su libro, pero un compromiso escolar me presionó a adentrarme en sus documentos para empezar a digerir las Seis propuestas para el próximo milenio, postergando otros intereses más genuinos en mí, como la apreciación de la música, la contemplación del fútbol o el mero disfrute de la tertulia sin requisitos intelectuales.

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Categoria: General

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09
06
2016
elmagazin

Yo también escucho las voces, Virginia (Correspondencia tardía III)

Por: elmagazin

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Por: Camila Builes
@CamilaLaBuiles 

Querida Virginia:

Yo también escuchaba las voces. A veces, antes de dormir, sentía un lazo de fuego quemándome la garganta. No podía dormir: cada pensamiento cruzaba mi cabeza y perforaba la almohada, nociones del día se mezclaban hasta el punto de no saber si eran recuerdos o fantasías. Una tormenta. La idea de dormir se me volvió tortuosa. No quería, siquiera, imaginar el frío de las sábanas en medio de la noche, mis pies húmedos, el cuerpo inmóvil. Un día se lo conté a mi mamá. Hizo una mirada acostumbrada que siempre precede a un largo silencio. Se levantó del sillón de la sala en el que estaba sentada y se fue a su cuarto.

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Categoria: Historia

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07
06
2016
elmagazin

A un Juan Rulfo imaginado (Correspondencia tardía II)

Por: elmagazin

rulfo

Por:  Juliana Muñoz Toro

Carta al escritor mexicano que se caracterizó por mantener un espíritu tranquilo, a veces triste y siempre modesto.

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07
06
2016
elmagazin

Desde el futuro a Julio Verne (Correspondencia tardía I)

Por: elmagazin

 

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Por: Ángela Martín Laiton

Iniciamos hoy una serie que irá hasta el próximo domingo, en la que un grupo de lectores evocan las historias que alimentaron su espíritu y le dieron vida a su intelecto. En medio de recuerdos y recapitulaciones de sus libros de preferencia, les cuentan a los autores de diferentes obras la huella imborrable que dejaron en su vida.

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Categoria: Historia

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31
05
2016
elmagazin

Frida y la muerte (diálogo)

Por: elmagazin

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Por: Juliana Muñoz Toro & Pepa Valenzuela

Decían que me tenían miedo, pero todos salieron a mi encuentro. Los caballeros elegantes con sus sombreros. Las señoras con sus vestidos y corsés. Los niños y los vendedores. Las beatas y los soldados. Los héroes patrios, los ángeles y los bandoleros. Todos estaban en la plaza del pueblo, rodeándome, incluida tú. Tú, con tu entrecejo fruncido y tus flores. Tú, con tu color y tus palabras de fuego.

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Categoria: General

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31
05
2016
elmagazin

Peñalosa: de eminente tecnócrata a “¡qué doctor ni qué naá!”

Por: elmagazin

peñalosa

Ludwing Cepeda Aparicio

@CepedaLudwing

En un universo paralelo, se escucha la voz de un hombre hablando consigo mismo, como ensayando un libreto:

 … Lo digo con toda sinceridad, lo juro por los dioses de los bolardos; que me caiga una baldosa en mi bi-articulado cuerpo cemento… perdón, quise decir, si miento…

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Categoria: De fondo

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27
05
2016
elmagazin

Sobre la esencia de la poesía

Por: elmagazin

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Camilo García

La capacidad de hablar o del lenguaje es una capacidad esencial de los seres humanos; una capacidad que nos define como tales y que nos diferencia de nuestros antepasados animales. Una capacidad que al usarla nos permite no solo comunicar a nuestros congéneres nuestros pensamientos, valores, vivencias y emociones sino también darle sentido a nuestra existencia y a las cosas del mundo. Al nombrar con palabras algo de nuestra vida o del mundo le damos un sentido determinado; un sentido que se torna duradero y permanente si lo que nombramos es la esencia de ese algo. En este momento la palabra con la que nombramos lo esencial de algo no solo se torna auténtica sino poética. Por eso esta palabra poética como lo mostró y comprendió muy bien Hölderlin instaura o abre un mundo nuevo de sentido que tendrá una duración permanente en la existencia de los hombres: “Lo que permanece está confiado al cuidado y servicio de los poetas”. (más…)

Categoria: General

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26
05
2016
elmagazin

Primero estaba Lorena

Por: elmagazin

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Por: Luis Carlos Taborda Atencia

1.

Para las pocas personas que lo conocen siempre es redundante referirse a él por su nombre o por esos extraños comportamientos que, antes, eran llamados trastornos por la ciencia de la psiquis, oficio del que ahora se ocupa la publicidad. ‘Loco’ sería una síntesis de las otras maneras de referirse al ser de esa fotografía en los diarios: una silueta de humano meditabundo y callado, con una expresión en el ceño que le da apariencia de caníbal, pero con una mirada tranquila que le da una especie de contrapunto. (más…)

Categoria: De fondo

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