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31
03
2014
elmagazin

Un trágico héroe papal

Por: elmagazin

Albino Luciani en 1959.

Albino Luciani en 1959.

Juan David Torres Duarte

La obra más reciente de Evelio Rosero, ‘Plegaria por un papa envenenado’, será presentada este 1° de abril en la Tertulia Gloria Luz Gutiérrez. La novela retrata el sino interno de Juan Pablo I, atacado por la mafia y el oscuro mundo del Vaticano.

Un coro de prostitutas le habla al oído —al oído interior, a esa conciencia íntima— al papa Juan Pablo I, patriarca de Venecia primero, en humilde vestidura siempre y papa después, en 1978, sólo por 33 días, hasta que, postrado en cama, con una serie de documentos en las manos, lo encontró muerto sor Vincenza Taffarel, por un infarto al miocardio, dicen unos, aunque el papa tenía la tensión baja, y otros, por una dosis de veneno que vertieron en las gotas que tomaba cada noche en sagrada comunión. Y así murió el papa de sonrisa plácida que prefería llamar a sus feligreses hermanos, no hijos, que quizá habría abierto un camino variopinto en la Iglesia y se hubiera desprendido de la cerrazón de un dogmatismo que percibió rodeado de mafia, de oscuros pasillos que daban a la nada y de la nada venían. ¿Qué era eso? ¿Qué era esa comunión de puertas y de pasillos sacrosantos en donde copulaban la mafia siciliana y los sagrados preceptos? El papa no sabía, pero sabía que se asomaba por sobre su cabeza un monstruo de alas grandes, de carne dura, tiesa, y fue por eso que dijo a sus electores, a aquellos que lanzaron humo blanco el sábado 26 de agosto de 1978: “Dios os perdone por lo que habéis hecho conmigo”.

En tono de tragedia, Evelio Rosero recuerda así la historia del pontificado de Juan Pablo I, Albino Luciani de nacimiento, su trasgresión y su sospechosa muerte. Rosero, nacido en 1958 y autor de Los ejércitos, se documenta con extensión para Plegaria por un papa envenenado: acude a En nombre de Dios, de David Yallop, y también a Pontífice, la obra de Gordon Thomas y Max Morgan-Witts. Los datos gruesos encuentran espacio entre líneas poéticas: no es una novela histórica, no es un referente de la historia vaticana, sino la tragedia poética de un papa con espíritu prosaico. Rosero se acerca al retrato del papa con elementos muy variados: diálogos a modo de teatro, una prosa poética constante, diálogos sin descripción de los personajes y, del mismo modo que en Los ejércitos, un discurso que acude a las comas para aumentar el ritmo, como un río que corre bravío.

Plegaria papa

Más allá de su técnica, que arriesga más que en sus anteriores novelas, Rosero conjuga en esta novela la tragedia y la historia. En La carroza de Bolívar ya se había enfrentado a un personaje histórico, de quien se habían escrito miles de páginas que alababan o contradecían su imagen. En esta ocasión, a pesar del grado histórico de su personaje, Rosero excava aún más en su condición: está interesado en conocer sus pasajes internos, su infierno propio, alimentado y desgraciado por cuanto sucede en su mundo exterior. Es el camino a la muerte de Albino Luciani, el papa que lucha contra lo innombrable.

Así se lo muestra en varias ocasiones, desesperado, sorprendido por cuanto halla en la casa de Jesús.

“Luciani: ¿Qué significa todo esto?

Monseñor Benelli: Evasión de impuestos, Albino. Marcinkus vendió las acciones del Banco de Venecia a un precio deliberadamente bajo. Pero la cantidad que recibió Marcinkus es de unos 47 millones de dólares.

—¿Qué tiene que ver todo esto con la Iglesia de los Pobres? En nombre de Dios…

—No, Albino. En nombre del dividendo”.

¿Qué es ese mundo adherido a la codicia y la perdición sexual, ese entorno que primero se declaró casi asceta y luego cedió con tan fácil disposición a la carne y a los gustos del dinero? El papa Luciani no sabe, y se sabe perdido.

Rosero describe el sino trágico con claves muy parecidas a las de la tragedia griega, con un coro de prostitutas que le canta de fondo, que juegan como voces de la consciencia y de la verdad. Que sean prostitutas y que sean la verdad es, en muchos sentidos, un modo estético. Es una voz que, además de jugar como puente entre la narración del mundo real (engañoso) y la consciencia (plena de verdad), presta un canto poético. Por ejemplo:

“—Basta! Deja ya de recurrir a tu cronista lúcido! Vuelve a tu voz, oh cobarde! Vuelve con tu pluma triste, plumífero! Endereza las cargas, se te caen, se te están cayendo!

—¿O prefieres venir con nosotras, las lascivas madres que todo lo consuelan? Abandona ese vano esfuerzo que nada retribuye, ven y sumérgete en nuestros cuerpos, bucea en sus húmedas profundidades, nosotras te contaremos mejor, de viva voz, todas las cosas ocurridas y por ocurrir en este mundo y en el otro!”.

El coro trágico conoce el futuro de su personaje, lo advierte, pero el papa Luciani prefiere desobedecer. Y sigue. De manera que su figura, más allá de la de un mero sacerdote que llegó al trono papal, es la de un héroe que recoge sus piedras, las lanza y de repente ve que se vuelven contra él, que cuanto pensaba de la justicia y la equidad, del regocijo y la meditación, son extravagancias en un mundo convertido en casa de demonios. El padre Luciani sería un digno representante de Sófocles: ha perdido los ojos y la vida por cuanto creyó cierto y verdadero y genuino. Su sino es la muerte, ese infierno pleno de voces que rara vez se identifican.

El papa Juan Pablo I en el Vaticano.

El papa Juan Pablo I en el Vaticano.

Poco a poco, el Vaticano, hogar inmenso de puertas secretas y corros de rumores, ha devenido para Luciani en un infierno: no sabe recorrerlo, no sabe en qué lugar está, y en su habitación hay una puerta secreta que conduce no sabe a dónde, que es sueño y desgracia, pecado y virtud. Rosero recoge esta expresión interior de Luciani en una prosa delicada y desbocada al mismo tiempo. Escribe en la página 111: “Veía su cama, la mesita de noche, los documentos que había puesto encima, no grandes lecturas, pensó, sino pobres documentos asustadores, y el pequeño frasco del remedio que debía beber todas las noches: se incorporó y se lo bebió de un trago. Hubiese preferido agua pura de las montañas, el agua que bebía después de la jornada, cuando iba a la escuela con los pies descalzos; terminada la lección debía llevar la vaca al pasto y cortar heno; también de seminarista se pasaba los veranos cortando heno en las montañas: agradecía a Dios el agua pura del río que lo aliviaba”.

El papa Luciani está embriagado por su propia virtud, que es motivo de desprecio. Y su muerte es un sueño extenso, inusual y a menudo cargado de dolor. Luego, el sueño va pasando, se transforma en nobleza y quizá en alegría. Rosero convierte esa tragedia inicial en una expresión de Luciani: cuando reconoce su tragedia, se exilia allí, lejos del mundo que lo engañaba. Embriagado en su propia condición, Luciani es un héroe trágico. Tan parecido a cuanto escribía Friedrich Nietzsche en El nacimiento de la tragedia: “Cuando no se lo ha experimentado en sí mismo, ese estado (de embriaguez) sólo se lo puede comprender de manera simbólica: es algo similar a lo que ocurre cuando se sueña y a la vez se barrunta que el sueño es sueño”.

*La obra será presentada en la Tertulia Gloria Luz Gutiérrez (transversal 3 No. 85-10 Apto 901) a las 7 p.m. Para confirmar asistencia escriba al correo glorialuzgutierrez@latertulialiteraria.com.

Categoria: Libros

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31
03
2014
elmagazin

La eterna impostura

Por: elmagazin

Arnold Bennett en una caricatura de Vanity Fair en 1913.

Arnold Bennett en una caricatura de Vanity Fair en 1913.

Enterrado en vida, de Arnold Bennett, fue publicada en 1908. En esta “comedia casera”, el pintor Priam Farll finge su muerte. En una sociedad que lo adora y de la que se ha ocultado por años, ve cómo su reputación como artista (y con ella sus obras) crece hasta límites impensables.

Juan David Torres Duarte

Hay novelas hechas para divertir y novelas hechas para conocer la hondura humana. ‘Enterrado en vida’, de Arnold Bennett (1867 – 1931), posee ambos caracteres: al mismo tiempo que produce una comedia de humor sutil, permite contemplar el orgullo y la estupidez. Y como así lo desea, crea una situación que resulta poco común: Priam Farll, reconocido como uno de los más grandes pintores ingleses, escondido de la sociedad, sin amor conocido, finge su muerte. Priam Farll asiste a su propio entierro.

Todo parte de una equivocación: Henry Leek, sirviente de Farll, fallece de repente. El médico que lo atiende lo confunde con el reconocido pintor; Farll aprovecha la ocasión y se deshace de su imagen. Se convierte entonces en Leek y hereda una fortuna más o menos cómoda para vivir por un tiempo sin necesidad de trabajar. Consigue una esposa —que lo toma por Leek— y funda una vida en el fingimiento. Fingir no es, entonces, lo mismo que mentir: fingir es el modo más elegante de ocultar.

Bajo esa constante, se suceden los siguientes cinco años de Farll. Él finge, pero también los demás: toda la sociedad londinense, con sus costumbres y razonamientos y su carencia de elegancia —aunque la pretendan—, finge sus maneras y su modo de vivir. Todo, en el fondo, es una forma del fingimiento para que los seres humanos convivan, para que no sean atrapados por ciertos sentimientos primitivos. Farll es una pieza de ese juego; al hacerse pasar por otro, Farll acepta aún más a su propia persona, a pesar de la aparente contradicción. Al ser otro, Farll es más él mismo que nunca: se descubre más allá de su actividad artística, hasta el punto de abandonarla.

Enterrado en vida

El resto del mundo permanece, y en esa contradicción pervive la imagen de Farll, el pintor. Todo sabe, sin embargo, a fingimiento, a impostura: quienes admiran sus cuadros, no los comprenden; quienes lo comprenden, no lo admiran.

Bennett narra con finura y sutileza esos conflictos: combina el humor y la seriedad filosófica en pocas líneas. “La manifestación de esa locura no hacía más que confirmar ciertas vagas sospechas que había tenido Alice acerca de la salud mental de su marido —escribe Bennett luego de que Farll le confiesa a su esposa, Alice, quién es en realidad—. Además, sólo era un delirio, una manía inofensiva. Y explicaba muchas cosas. Explicaba, por ejemplo, que se hubiera quedado en el Gran Hotel Babylon. Aquello debió ser el principio de los delirios de grandeza. Alice se alegró de conocer por fin la parte mala. Ahora lo quería más que nunca”.

Alice que permite variar la narración; en medio de la insistente repugnancia de esa sociedad (bien camuflada por Bennett), ella protege a Farll y hace pensar que el fingimiento del pintor no es tan terrible ni sorprendente, sino apenas un cambio de nombre. Alice, quizá el personaje mejor construido de la novela, explora a fondo el acto de fingir: para ella, que es tan sincera y honesta consigo misma, fingir no es más que una de las variaciones de la verdad. No se finge para estar bien con los demás, sino para acomodarse a su propia naturaleza.

“Era como si el pasado no hubiera existido —escribe Bennett en el momento en que Farll se encuentra con Sophia Enwistle, su anterior prometida—. (…) Según las reglas comunes que deben guiar la conducta humana, lady Sophia Enwistle debía haber acusado moralmente a Priam, señalándolo con el dedo en un melodramático gesto, y haberlo condenado al desprecio del mundo por ser un hombre que jugaba con el corazón de las mujeres confiadas (…). Pero se limitaron a darse la mano y a preguntarse cómo estaban, sin esperar siquiera una contestación. Esto demuestra hasta qué punto se han deteriorado las antiguas cualidades de la especie”.

La comedia, entonces, apunta a picos más altos. No quiere bromear con el lector, sino presentarle ese absurdo como parte de la risa o del total hastío. No hay otro modo: o se ríe o se llora. En ese sentido, Enterrado de vida es más que la puesta en escena de una locura colectiva: es la creación de un entorno donde todas las pasiones, despertadas por un hecho al parecer banal, someten a los individuos. La comedia es ese género que permite reírse de la desgracia propia, y a esa premisa harían honor Eugène Ionesco y Samuel Beckett tiempo después de Bennett. Todo acto llamado natural, puede concluirse, no es más que un producto de la refinada enseñanza del fingimiento: fingimos amar, fingimos sentir, fingimos nuestras costumbres y nuestra moral. Todo sistema es parte de una magnífica impostura que persiste y luego instituimos.

En una de sus últimas páginas, Bennett —inglés, también autor de Grand Hotel Babylon, A Man from the North y Anna of the Five Towns— reflexiona sobre la justicia en Inglaterra, un párrafo que habla por sí mismo: “Sus métodos judiciales habían estado a punto de fracasar a la hora de obligar a un hombre a desabrocharse el cuello de camisa en público. En realidad, sí que había fracasado; pero al final todo había salido bien: así que Inglaterra fingió que sólo había estado cerca del fracaso, pero nada más”.

Enterrado en vida (Buried Alive: A Tale of These Days), Arnold Bennett, editorial Impedimenta, traducción de Vicente Vera, 2013, 292 páginas.

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31
03
2014
elmagazin

Aceptando al mundo

Por: elmagazin

Foto de Babies411 - Flickr.

Foto de Babies411 – Flickr.

Leo Castillo

Me despierto en un agudo conflicto con la existencia, tanto, que debo permanecer durante horas echado a la bartola en el lecho en un estado de receptividad apenas incipiente y luego, de manera gradual, voy dando cabida en mi consciencia y sucesivamente en mi alma a la realidad y con esto doy en aceptar incluso a mí mismo. De donde se desprende que al despertarme no quiero a nadie, lo que no significa, ni tampoco descarta, que pasado este lapso que digo, acabe queriendo a alguien, lo que ya es casi quererme a mí; pero esta no es la regla, y en este sentido no hay que hacerse alegres ilusiones. Si al despertarme no quiero a nadie, pudiera ser que los odie a todos, o que, en todo caso, me halle a un tris de ello.

Esto me lleva sin remedio a pensar en el llanto de los bebés, de quienes se habrá notado que lloran mucho más a menudo que los adultos, lo que denuncia un precoz e instintivo rechazo a la existencia. También lloran al despertarse, lo que a mí tácita —aunque es de temer que se haga explícitamente— no se me permite, ¡no se me permite! Tengo sobradas razones para afirmar que los  adultos encontrarían inaceptable que cada mañana me despierte llorando a grito pelado mi condena a hallarme entre los vivos. Esto me coloca en desventaja respecto de los bebés y a este privilegio que sobre mí se les concede atribuyo esa sonrisa fácil y ese impúdico encanto suyos con que me superan, dado que les está permitido berrear cuanto quieren, aligerándose así de la carga de odio que la vida con espontaneidad genera y, una vez liberado el encono, sonríen de manera estúpida y sus rostros se iluminan con ese llamado encanto angelical que los simples encuentran irresistible, al punto que se desea besarlos.

Por otro lado (y esto parece emparejar las cargas, traer a mi resentimiento y envidia algún consuelo) no es raro que igual cuando están berreando de lo lindo los adultos se sientan abusados y experimenten sentimientos hostiles  hacia sus bebés llegando, a mi ver con razón, al extremo de desear estrellarlos contra el piso. Incluso sus propias madres, y más que nada ellas, llegan con no poca frecuencia a sucumbir a esta tentación. No puedo jactarme de haber incurrido en ello, en parte porque no conozco el compromiso de tener que soportarme bebés a mi lado, salvo cuando en algún sitio público, en el autobús, pongamos, por casualidad sus madres se me acercan más de lo deseable con ellos en brazos.

Pero incluso yo, que casi los desconozco y que en todo caso procuro ignorarlos, sufro como cualquiera la impaciencia común ante este privilegio suyo de berrear cuando y donde se les viene en la maldita gana y aunque, como acabo de reconocerlo, nunca tuve la oportunidad de estrellarlos contra el suelo, nadie puede exigirme que declare con hipocresía no haberlo deseado no sólo una, sino acaso en múltiples ocasiones, porque me tomaré la libertad de confesar haber hecho algo que de seguro no promoverá el repudio de ningún entendimiento sensato.

Y es que una vez —y concedo, ¡ay, que solo una!—, bien que los suspicaces no me crean, dejé caer en la sala de mi casa materna a mi sobrinito de seis meses de nacido contra las baldosas. Esto, de haber obedecido a mis impulsos, debí de haberlo hecho antes y siempre que se me presentara la oportunidad, lo que me habría reportado un poco más de tolerancia a su presencia en nuestra casa. El cráneo sonó apenas como un torpe coco verde, un decepcionante ruido obtuso que de ninguna manera satisfizo mis espectaculares expectativas; un golpe sordo que mi hermana, desde la cocina, no podría haber alcanzado a escuchar.

De modo que resulta arbitrario de su parte venirme con esa áspera reprimenda, pretendiendo que lo había dejado caer adrede, por muy cierto que, en efecto, así haya sido, cosa que atribuyo más bien a la irritada respuesta de su bebé, que estalló ipso facto a llorar de manera tan estridente, aunque, cuando ella llegó volando a la sala, ya yo prestamente había izado al perverso del piso, a fin de disimular la razón de su escandalosa reacción y no delatarme, sin llegar por ello tampoco al extremo de sobarle la cholla para contentarlo, no falta más.

Mi hermana me lo arrebató iracunda y consternada y, acaso por aquello del famoso instinto maternal, lo besaba, en lugar de dejarlo caer de nuevo como yo esperaba y aunque le sobaba afligida la cabeza, el condenado no paraba de chillar como si tuviera el cuerpecito enracimado de hormigas coloradas.

Y así siguió berreando inconsolable hasta que se hartó de fastidiar, siendo cosa notable la manera en que se empecinaba el verraco en rechazar a manotazos cucharaditas de agua azucarada que la mísera madre intentaba hacerle tomar y daba en verdad coraje ver con qué insolencia el intransigente se resistía a dejarse zampar el pezón en la jeta. Yo no podía, indignado, más que pedirle a mi hermana que lo dejara que se jodiera hasta desgañitarse berreando, a lo que parece haberse debido esa formidable bofetada que intentó propinarme, lo que sin duda habría conseguido de no ser por el estorbo que acunaba entre sus brazos.

 

 

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28
03
2014
elmagazin

El cine con lente infantil

Por: elmagazin

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El Festival Internacional de Cine y Televisión Infantil y Juvenil, Cinecita, es cine elegido por niños y juzgado por niños. Este lunes será lanzada su tercera edición y El Espectador tiene dos cupos para los talleres de actuación, guion, cámara, musicalización y animación que ofrece el festival. ¿Cómo es posible acceder a ellos? Sencillo: los niños interesados deben enviar a elmagazinelespectador@gmail.com un texto de un párrafo en el que cuenten por qué desean ser cineastas. El plazo cierra el 30 de abril. Los dos textos más originales tendrán los cupos para estos talleres, que pretenden abrir el mundo fílmico y televisivo a los más pequeños y llevarlos a conocer el arte de crear a través de la imagen.

Por otra parte, quienes quieran asistir al lanzamiento del festival, en la sala 5 de Cine Colombia en Unicentro, pueden inscribirse en cinecitacolombia@yahoo.com. El cupo es limitado. En el evento, desde 9 de la mañana hasta el mediodía, estarán el director y escritor de No se aceptan devoluciones, Eugenio Derbez, y los actores Margarita Ortega y Fernando Solórzano. Visite www.cinecitacolombia.co si desea más información sobre los talleres y la programación del festival, que comenzará el 7 de mayo.

Categoria: General

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28
03
2014
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El negocio del amor

Por: elmagazin

El caminantedos

Fernando Araújo Vélez

Mi oferta son tres besos, dos tardes de cine y una noche de fantasía al mes, una especie de poema si estoy de buenas, dos sonrisas forzadas para huir de tus reclamos y una plena; cinco llamadas a la semana, todos los pasajes de bus, la posibilidad de comprarme un Renault 4 y mi viejo abrigo en las noches de invierno. A cambio, demando tu mirada, tu belleza o la belleza que yo percibo en ti, tu sonrisa sin exageraciones, que ojalá pierdas esos tres o cuatro kilos que te sobran, que no me lleves adonde tu familia sino una vez cada dos meses, que sigas empeñada en enamorarme, pero que no trates de impresionarme y que aparentes tu ingenuidad tan bien como sólo tú lo sabes hacer.

Yo te robo, tú me robas. El amor es un crimen, aunque suene a tragedia. Te robo tus miradas cuando crees que nadie te ve, cuando no actúas, cuando eres tú con todos tus temores, anhelos, crisis, sacrificios y penas. Te robo la idea de encontrar en mí o en cualquiera un príncipe azul, como te la inculcaron en casa, con las películas, con los comerciales, con Disney, y te atraco en tu afán de hacerme a tu imagen y semejanza, porque si me elegiste como soy, sólo debes dejarme ser como soy. A cambio, dejaré que me atraques una noche cada tantas, te lleves la radio y los televisores, los computadores y los libros, y conversemos hasta el amanecer para creer, por unas horas al menos, que el amor es una larga conversación. Dejaré que te robes e inventes mis pensamientos, los que te asustan porque no sabes cómo llenar, los que te emocionan y jamás adivinas.

Tú me olvidas, yo intento olvidarte. El amor es un contrato a término fijo, aunque jamás nos lo advirtieran. Prefirieron hablarnos de “para toda la vida”, y se olvidaron del “es eterno mientras dura”. Eligieron las hadas y los milagros, la magia, y olvidaron el trauma, el día a día, el detalle que se repite, y que de tanto repetirse nos hace sospechar sobre el todo, porque la crema dental regada no es lo que revienta, es que detrás de la eterna crema dental regada están la indiferencia y el hastío que te produzco y no puedes ocultar. Detrás de la crema dental regada está, estaban, tu infinito deseo de olvidarme, y mi absurda pretensión de domarte.

Categoria: El Caminante

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27
03
2014
elmagazin

Greenpeace, sin pelos en la lengua

Por: elmagazin

Fotografía de  Nick J. Webb.

Fotografía de Nick J. Webb.

Mauricio Salas

¿En que se parecen el boxeo, los reinados, las corridas de toros y la organización ambiental más grande del mundo? En que si se trata de gustos y querencias, las opciones frente a ellos tienden a ser solo dos: de acuerdo, en desacuerdo; me gusta, no me gusta. La razón parece ser simple: por su esencia, cada uno genera sentimientos encontrados, intensos, primarios y difícilmente conciliables. Así, lo más fácil es ser o no ser amigo de ellos; los puntos medios no funcionan. Al hablar con María Eugenia Testa (MET), directora de campañas de Greenpeace Andino –Argentina, Chile, Colombia– y Consuelo Bilbao (CB), coordinadora de la Campaña de Páramos en nuestro país, uno se da cuenta de que Greenpeace sabe de sentimientos encontrados desde hace tiempo y no le preocupa; igual, muchos la quieren también (la organización opera en 45 países). Tras las caras agraciadas, los gestos amables y las voces suaves de estas argentinas, se disimulan dos mujeres firmes, convencidas, dispuestas y entrenadas a poner en jaque a representantes de gobiernos y corporaciones multinacionales, sin miramientos, temor ni duda. Lo de ellas y lo de su organización es de extremos y rápidamente se nota que están acostumbradas a hablar clara y directamente, sin pelos en la lengua. A continuación, van algunas de sus respuestas en una conversación de hace pocos días:

¿De dónde surge el interés de Greenpeace por la situación en Colombia?

MET: Si uno mira el mapa de los conflictos ambientales en América Latina y de las empresas que están ocasionando daños ambientales y las políticas de gobierno que permiten generar esos daños, son muy similares; más allá de la cultura, los factores sociales y la estructura de cada país. Esto nos llevó a pensar en una forma de trabajo, de impactar sobre esos conflictos que nos permita tener una visión más regional. Hace tres años más o menos iniciamos nuestro primer desembarco en Colombia, con temas internacionales, con una campaña de páramos, pero con el tema básicamente del cambio climático y de las cumbres sobre el clima. Decidimos allí, por la riqueza ambiental de país y por una cantidad de variables que tuvimos en cuenta, abrir una oficina. Tenemos una estrategia de trabajo común en Argentina y Chile y una vez desarrollemos más nuestra entidad aquí en Colombia, buscaremos que podamos trabajar desde los tres países, reforzando nuestras potencialidades, para resolver determinados conflictos. Nos interesa trabajar en lo que tiene que ver con minería, semillas modificadas genéticamente, extracción de petróleo, contaminación del agua, con la cuestión de los residuos y las realidades y los factores sociales vinculados a esos problemas ambientales. La idea es que los propios colombianos puedan estar, desde Greenpeace, definiendo y dando soluciones y respuestas a estos problemas.

¿Qué campañas adelanta la organización en el país?

CB: La primera campaña local es la Campaña de Páramos, que ha empezado en el páramo de Pisba, en donde llevan 13 años luchando para lograr que se prohíba la minería de carbón. Hoy se encuentran con una nueva amenaza, mucho más grande: un proyecto de mega-minería de carbón, al que se le ha otorgado las licencias ambientales en completas condiciones de irregularidad. Insistimos que no sirve la revocatoria de las licencias ambientales; queremos dar un paso más, al igual que la comunidad, y es la revocatoria de los títulos mineros.

Páramo sin minería: a eso le apuestan, ¿correcto?

CB: Creemos que no puede haber un derecho privado preadquirido por una empresa que vaya por sobre el derecho de la comunidad a gozar de un ambiente sano. Buscamos trabajar a largo plazo en los ecosistemas, en este caso los ecosistemas de páramos, para dar una protección definitiva a lo que representa hoy la amenaza de la locomotora minero-energética del Gobierno Nacional. Hay muchos grises en las normativas y las políticas mineras –que van por encima de la política ambiental–. Hay una debilidad importante en la política ambiental en Colombia; pareciera que la Constitución de los colombianos está regida con base al código minero.

MET: Parte del trabajo de Greenpeace es empezar a ponerle límites territoriales a la minería, decirle acá no. Hay otros países y otras legislaciones que están poniéndole límites a las sustancias que utilizan para el proceso.

¿Es posible la minería sostenible? ¿Vale la pena apostarle a esta opción?

MET: Debe haber un debate abierto en el que participen las comunidades, en el que participe el Gobierno, pero no podemos partir de la falacia de la minería sustentable. La minería extrae un recurso en determinadas zonas hasta agotarlo. De ahí no existe sustentabilidad alguna; ese recurso ya no va a estar disponible para las generaciones futuras, por ende, no hay sustentabilidad. Además, los procesos químicos que genera la minería son incontrolables. Otra discusión es qué sustancias utilizas para la extracción del mineral; si hablamos de minería responsable, la que tiene que ver con el manejo de sustancias, debemos tener en cuenta que todo proceso de minería genera una aceleración de procesos naturales que causa una contaminación incontrolable. Se debe discutir qué desarrollo minero queremos o qué desarrollo minero no queremos, pero no se puede partir en ese debate de una mentira que es la minería sustentable. Si la sociedad colombiana tiene que dar el debate de la minería, se tienen que poner todas las cartas con la verdad sobre la mesa y sobre esa verdad la sociedad tiene que elegir.

CB: Los daños de la minería son irreversibles. ¿Cómo sanear un pasivo cuando se explota una montaña entera? Ese pasivo no se puede sanear de ninguna manera. Y luego, los drenajes ácidos o los estériles; hablamos de impactos para toda la vida. Un proyecto de 30 o 40 años que genera un daño que es irreversible, que tiene que ver con impactos que pueden estar cientos de miles de años, de eso se trata.

¿Cree Greenpeace que el conflicto del uso del suelo y el subsuelo de los páramos se resuelve con la redelimitación de estos ecosistemas?

MET: No, pero es un primer paso para resolver el problema. La delimitación de cualquier ecosistema no solamente tiene que servir como una barrera para el ingreso de las actividades productivas; debe servir para el conocimiento, sobre todo el de ecosistemas que están siendo alterados por el cambio climático y eso es obligación de los gobiernos en el contexto de crisis climática en la que vivimos. Estos ecosistemas de alta montaña son los que están siendo más afectados por el calentamiento global, y el Estado debe conocer cuál es la situación de esos ecosistemas para generar políticas públicas y para generar posiciones en las negociaciones internacionales de cambio climático, esto es fundamental.

CB: La delimitación de páramos no tiene que ser solamente una delimitación técnico científica, también se tiene que tener en cuenta el componente social y cultural. La delimitación tiene que ver con el ordenamiento del territorio; hay que entender que no todas las actividades productivas son las mismas, que no todas las actividades tienen el mismo impacto. No es lo mismo el impacto que puede generar un cultivo de papa artesanal que un monocultivo que arrase con todo el páramo usando transgénicos, usando agrotóxicos. Los ordenamientos territoriales deben incluir necesariamente la participación de la comunidad, de personas que tienen relación directa con el territorio; sin participación social y desde arriba hacia abajo ese ordenamiento no es posible, porque es un ordenamiento arbitrario que muchas veces puede no tener sentido.

¿Hay alguna entidad en el Gobierno trabajando en cambiar lo que ustedes denuncian? ¿Hay alguien haciendo algo en este aspecto?

CB: El equipo de la delegada ambiental de la Contraloría (General de la República) está haciendo un trabajo de control magnífico. El trabajo de la Contraloría lo último que devela y deja en evidencia es que el desarrollo o el crecimiento de la minería es el crecimiento de unos pocos, no es el crecimiento de la comunidad, ni es el crecimiento de un país; y lo han develado con números y datos exactos. El trabajo del Instituto (Alexander) Von Humboldt, trabajo técnico, es un buen trabajo también.

Según Greenpeace, ¿qué está pasando con el tema de minería en Colombia, por qué el revuelo?

CB: Pareciera a veces que la Constitución hoy para el Gobierno es el Código Minero. Nosotros, en la última reunión que mantuvimos con el Ministerio de Minería (sic), estuvimos pidiendo la revocatoria de los títulos mineros del caso de Pisba y todo el tiempo nos decían que ellos se acataban a la norma, se acataban al derecho. Pero, ¿qué derecho privado, qué derecho preadquirido puede tener una empresa, un privado, por fuera del derecho de la comunidad de gozar de un ambiente sano, que es, nada más y nada menos que tener el derecho a la vida? ¿Cómo puede ser eso? ¿Y cómo el Ministerio de Minería lo puede decir tan livianamente, que ellos no pueden hacer nada ante eso porque hay un código? El Ministerio de Minería tiene que velar por el cumplimiento no solamente del código de minería, sino velar por una política que preserve zonas estratégicas para el desarrollo de todo un país. Algo está fallando, hay algún vacío.

MET: Ante la falta de cumplimiento de la ley y el avance de las empresas por los grises de la ley o por la falta de control del Estado, el control lo tienen que ejercer la comunidad y el ciudadano. Lo que se busca además de empoderar a una comunidad, de ayudar a una comunidad, es confrontar contra las empresas, confrontar con el gobierno por políticas públicas. El ciudadano de Bogotá debe ser tan responsable como la comunidad de Pisba en proteger este ecosistema, por los servicios ambientales que prestan esos ecosistemas y la conservación del ecosistema, eso es vital. Uno de nuestros objetivos es traer el problema de Pisba a Bogotá para que aquí se conozca, para que la gente de acá se comprometa. Es muy importante un conocimiento sobre sus derechos y el derecho de sus conciudadanos a vivir en un ambiente digno.

¿Por dónde es la salida del embrollo? ¿Qué puede hacer Greenpeace para alivianar el problema?

MET: Cambiar las políticas estatales es algo a lo que estamos acostumbrados. En Colombia es la locomotora minero-energética, en Argentina hubo también un avance importante de la minería y tuvimos la Ley del Glaciar y lo primero que se hizo fue empezar a ponerle límites a la minería, decirle: acá no. Tratar de influir y de modificar políticas de Estado es nuestro trabajo, a eso nos dedicamos, es evidente, es explícito. Somos un actor más en un escenario muy grande de actores, todos con diferentes intereses; nosotros venimos a aportar en la defensa del ambiente, en el apoyo a las comunidades de su territorio. El objetivo no solamente es buscar que el Estado modifique políticas de estado, sino también que las empresas modifiquen sus sistemas de producción, que las empresas modifiquen su relación con el ambiente, a esto nos dedicamos.

En cuanto a la inaplazable relación Estado-empresas privadas, ¿qué sucede con ella, hay que replantearla?

CB: Nuestro foco de trabajo es fortalecer estas políticas públicas, fortalecer las normativas ambientales para poder poner un freno a este modelo de aprovechamiento que tienen las empresas, justamente por la falta de controles.

MET: Nosotros buscamos ser una especie de contrapeso de la presión y del avance que estas empresas pueden generar y eso hacemos en todas partes del mundo. Lo estamos haciendo en Indonesia, lo estamos haciendo en África, lo hacemos en Argentina, en China, en la misma Europa, en Estados Unidos. Buscamos meternos en el medio para hacer ese contrapeso. Que sea una ley no significa necesariamente que esté bien desarrollada y para ‘torcer’ y para empezar a poner límites a ese avance, es que nosotros hacemos nuestro trabajo.

¿Sirven para algo los esfuerzos de responsabilidad social emprendidos por gran cantidad de organizaciones?

MET: Tal como está planteada en general por las empresas —no sé si habrá algunos casos específicos—, es una estrategia únicamente comunicacional y de marketing. Consideramos que una responsabilidad social empresarial debe ser: adoptar sistemas de producción limpios, es decir, que no tengan vertidos contaminantes, que no impacten sobre ecosistemas; que tengan políticas del trato de recursos humanos progresistas; que tengan una trazabilidad de aquella materia prima que están comprando o consumiendo para realizar sus productos y para minimizar su proceso productivo; la autogestión de los residuos; el consumo de energías renovables, etc. No existe responsabilidad empresarial por fuera de ese sistema. A la comunidad la ayudan si no la contaminan, no la ayudan construyéndole un hospital; construir un hospital para la población que uno está enfermando a partir de la contaminación que genera no sólo es hipócrita, sino también que es de un cinismo importante.

¿Dónde empieza y dónde termina el trabajo de Greenpeace?

MET: Empieza generalmente en un caso concreto de una comunidad concreta, un problema muy específico y chico. ¿Dónde termina? En el mundo actual en el que vivimos no termina nunca; podemos finalizar campañas específicas para retomar otros problemas, pero seguimos teniendo que trabajar para que se cumpla esa legislación, entonces es un trabajo permanente.

¿Cómo ha sido su relación con los medios de comunicación en Colombia?

MET: Nosotros tenemos nuestra forma de trabajar y es con mucha relación con los medios, dependiendo de a qué sector social y económico o político pertenezca el medio. Nosotros conocemos cuál es el la lógica de los medios y hemos trabajado siempre con ellos; siempre buscamos la forma de poder comunicar lo que queremos.

CB: Hemos tenido la posibilidad de hablar de la locomotora minera y en lo que hemos sacado hemos tenido una muy buena cobertura. Veremos más adelante, de acuerdo con los intereses que uno va tocando.

Greenpeace tocará intereses en Colombia y algo pasará. A eso vino. La organización hurgará heridas, hablará de cosas que se supone es mejor mantener en silencio, levantará costras, preguntará por temas larga y cuidadosamente cubiertos y encubiertos, se parará en callos y juanetes, hablará en voz alta exigiendo respuestas y hará llorar a más de uno, sin pena y gloriándose de hacerlo. A esto se dedica alrededor del mundo y sabe cómo. Algunos medios responderán con su silencio mudo o contratacarán como boxeadores vapuleados, reinas sin corona o toreros revolcados. Y el público seguirá dividiéndose entre quienes apoyan al uno o a la otra, con fervor y convencidos de que su matador es el mejor y tiene por qué, cómo y con qué triunfar. Los empresarios –en los tendidos, fuera del país, casi siempre– seguirán a cargo del show; ganarán las más de las veces y perderán otras. Algunos incluso lo harán por primera vez y probarán a qué saben la sangre, las lágrimas y la tierra. Greenpeace seguirá en lo suyo, aplicado, por convencimiento y costumbre: denunciar, presionar, esculcar, indagar, incomodar, sacar, exponer, defender, mover y también, perder, porque no siempre se gana. Una cosa es segura y es el hecho de que sin cuadrilátero, tarima o ruedo no se puede montar la fiesta. Y todos perderemos. Precisamente eso: la plaza, el local, el escenario, el medio, el ambiente, el medio ambiente, es lo que está en juego, lo que estamos arriesgando. Piénselo, porque ante esa realidad tarde o temprano tendrá que tomar partido y hay solo dos opciones: de acuerdo o en desacuerdo; me gusta o no me gusta. Y cuando llegue el momento, más vale que hable en voz alta y no tenga pelos en la lengua.

Categoria: Entrevista

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03
2014
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Anotaciones alternativas sobre la mujer

Por: elmagazin

sábanas 

Nelfer Velilla González

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03
2014
elmagazin

Entre la desgracia y la redención

Por: elmagazin

Germán Pifano, director de 'Infierno o paraíso'. / Álvaro Delgado

Germán Piffano, director de ‘Infierno o paraíso’. / Álvaro Delgado

El documental ‘Infierno o paraíso’, presentado en el Festival de Cine de Cartagena, relata la historia fatídica del español José Antonio Iglesias, que estuvo parte de su vida en la calle del Cartucho entregado a las drogas. Su retrato es una puerta de entrada a ese mundo oscuro.

Luisa Fierro

Me asustaba la idea de verme en un espejo porque sabía que vería un rostro deteriorado y destrozado. Siempre lo  evadía, no quería ver la realidad, el espejo era el reflejo de  toda la vida que estaba dejando atrás.

José Antonio Iglesias

Después de leer el programa del Festival de Cine de Cartagena entré en crisis. Tantas películas y documentales que decidirme por una  resultaba complejo. Sin embargo, al leer la reseña del documental Infierno o Paraíso, del cineasta y antropólogo German Piffano, decidí verlo y adentrarme en su historia. El documental, realizado entre el 2000 y el 2010, cuenta la vida de José Antonio Iglesias, un ingeniero español de 33 años, que durante 11 años fue habitante de la antigua Calle del Cartucho en Bogotá y adicto al bazuco (crack).

Cuando me encuentro al Iglesias de hoy me parece estar viendo a otra persona. Ya no tiene barba; su cabellera, aunque está cubierta de canas, aún guarda un poco de esa juventud que se nos va yendo con los años. Tiene pantalones cafés, camisa blanca y gafas oscuras. Camina de lado a lado, entusiasmado, pues es la primera vez que asiste al Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, al estreno mundial del documental que relata su vida. Me extiende la mano y me saluda sonriente.

En el folleto de programación del Festival está el retrato de Iglesias.  A pesar del evidente deterioro en sus facciones, todavía conserva un halo de juventud. Al observar la fotografía me pregunto: ¿Cómo pudo un hombre pasar de ser ingeniero mecánico a consumidor de bazuco? ¿Qué lo llevó a convertirse en habitante de la calle en Bogotá? ¿Cómo después de tantos años de batalla logró dejar las drogas para volver a ser padre, hermano, esposo y recuperar nuevamente su vida?

La sala de cine del Centro Comercial La Castellana, ubicada a treinta minutos del centro histórico de Cartagena, está repleta. Algo que no es común en Colombia cuando se proyecta un documental. Cuento siete sillas vacías en un teatro que tiene capacidad para algo más de doscientas personas. ¿Será que este tipo de personajes causan morbo? Por el contrario, ¿cuántos en el público piensan que la vida de un habitante de la calle es digna de ser contada? Las luces se apagan, el silencio viene, la cinta rueda.

“La primera vez que entré al Cartucho —me dice Iglesias— fui con César, un loco al que le decían el Ratón, ingeniero también. La segunda vez volvimos juntos pero esta vez el Ratón no contó con buena suerte. Lo mataron, yo salí corriendo y logré esconderme. Después volví, pero no salí”.  Escucho su relato. Siento impotencia de saber que aún hay miles de personas deambulando por las calles de Colombia, sin rumbo, durmiendo en andenes, comiendo sobras.

“Me dolía mucho sentir el olor a café porque me recordaba mi casa. A veces para recordar a mi familia me iba desde las 5 de la mañana a la Plaza del Rosario, ubicada en el centro de Bogotá, porque había varios cafés, y esperaba a que los abrieran para oler la greca y sentir el olor que me recordaba a mi pasado”.

En el documental, Iglesias tiene barba, aspecto descuidado, una mirada poco expresiva, y una enorme vitalidad para narrar. Las imágenes crudas me dan la sensación de que recorro la Calle del Cartucho, ubicada antiguamente en el barrio Santa Inés del centro de Bogotá, a solo cinco cuadras del Palacio de Gobierno. El Cartucho, conformado por 15 manzanas, fue uno de los lugares más peligrosos de esa metrópoli que entonces, al final del siglo XX, tenía seis y medio millones de habitantes. Ese mismo sector que se convirtió en el refugio y su casa fue a su vez un mercado gigantesco de drogas, tráfico de armas, prostitución y delincuencia.

Mientras converso con Iglesias, llega Germán Piffano sonriendo.  “Yo llegué como un prófugo a ser documentalista, estudié Diseño Industrial en la IICC de Bucaramanga, pero sentía la ausencia de algo, quería estudiar una carrera que me permitiera entender lo que somos nosotros. Por eso estudié Antropología y luego descubrí la Antropología Visual. Ahí encontré la luz”.

“Me acuerdo de que hace más de una década, caminando por la Calle del Cartucho, un hombre me empezó hablar. Yo me  encontraba algo meditabundo porque mi antigua compañera se iba del país. Me preguntó que a dónde iba y yo le respondí que iba a despedir a una novia. ‘Eso es muy duro’, me dijo, ‘usted  no puede ir solo, yo lo acompaño’”. Lo que comenzó con una simple pregunta terminó en una amistad entrañable y años más tarde en la realización del documental.

Iglesias se encuentra nervioso, tiene una risa constante que lo delata. En pocos minutos volverá a encontrarse en la pantalla del cine con aquel que había sido. Comenta: “Desde que conocí a  Germán fue creciendo un lazo, nos convertimos en amigos incondicionales,  yo le propuse acompañarlo para que no estuviera solo y él me propuso la idea de rescatar nuevamente mi vida. No era fácil, yo me volví huraño, pero a medida que empezamos a tener conversaciones tomé conciencia, y me dije a mí mismo que jamás se debe dejar de luchar,  siempre se puede salir del laberinto si uno quiere. Y lo logré”.

Entonces retomo la conversación con Piffano acerca de su documental, y mientras lo hago me pregunto cómo hizo para grabar tanto dolor. Como si adivinara lo que estoy pensando, me dice: “Había una curiosidad muy grande de saber qué sucedía en el Cartucho. Quería saber qué estaba pasando ahí, quiénes eran sus habitantes y saber por qué no podían ocupar un lugar en esta sociedad”. Además, agrega entusiasmado: “Hollman Morris, gerente de Canal Capital, hizo una apuesta muy grande por este proyecto. Si no hubiera sido por el empuje que nos dio, el proyecto hubiera quedado archivado”. Y Hollman Morris, su director, aparece de manera sorpresiva y se integra a nuestra charla: “Decidí tomar la iniciativa porque vi la importancia que tenía el relato de este documental. Siempre he creído que en este país falta mucho por contar y que hay que contarlo más”.

Veo en él una profunda preocupación. Se indigna: “una sociedad que se acostumbró a ver seres humanos en las calles, que admite que en sus calles ande gente como desechos humanos, que les pone nombre de desechables y no hace nada, es una sociedad enferma. Los habitantes de la calle no son desechables, tampoco criminales. Son enfermos que tenemos que proteger”.

Lo escucho atenta y pienso en los 12 mil habitantes que convivieron en esas calles perturbadas. Hombres y mujeres y niños que padecieron la drogadicción, la violencia y  finalmente el desalojo, acción que fue llevada a cabo por Enrique Peñalosa, quien, como alcalde, emprendió en 1997 la demolición de esa zona para construir un parque de 20 hectáreas.

“Somos familias de hogar, tenemos familias, tenemos derecho a tener un lugar para vivir”, gritan varios habitantes del Cartucho en la pantalla. “No tienen por qué sacarnos de esta manera”, les gritan a los policías que van con una orden de desalojo. La escena me estremece. Los que no tienen hogar se quedan sin hogar. La señora que se encuentra a mi lado estrecha sus dos manos frente a su quijada y suspira. Yo también hago lo mismo. Suspiro.

A medida que avanza el documental la tensión crece cuando Iglesias empieza a luchar para recuperar su vida. Con terapias de acupuntura para evitar la ansiedad,  y con mucha voluntad, deja poco a poco ese mundo denso. Conoce a Yenny, una adicta, de quien se enamora en la última etapa de su rehabilitación.

“Durante tres años decidí desintoxicarme y darle un giro a mi vida. Enamorarme, casarme  y tener  a Juan Manuel.  Yenny y mi hijo me devolvieron la fe”. Mientras habla se emociona. “Cualquier persona puede caer en las drogas y eso no significa que sea un criminal. Hay gente que lo ha tenido todo y que por una u otra razón, cae en este grado de indigencia. Por desgracia, solo cuando le pasa a alguien de tu familia te  das cuenta de que es un problema que afecta a cualquier persona”.

Como espectadora del documental siento alivio cuando hacia el final Iglesias emprende una nueva vida dejando ese pasado que lo torturó durante tanto tiempo. Decide regresar a España acompañado por su esposa y su hijo. Y aunque hoy no tiene un trabajo estable y muchas veces se agobia por la situación económica que atraviesa su país, este sobreviviente de la drogadicción se ocupa a veces en recordar cómo una película lo ayudó a salir de esa otra película. “Tú no eres responsable de tu adicción, pero sí de tu recuperación”, es la frase de Iglesias que queda sonando cuando el telón cae.

 

Categoria: General

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25
03
2014
elmagazin

¿Ha muerto Hitler?

Por: elmagazin

UKRAINE-RUSSIA-POLITICS-CRISIS-PROTEST

Por Carmen Socorro Ariza-Olarte

La imagen del dictador alemán sigue presente en la política actual: los fundamentalismos, exacerbados por el odio, son prueba de ello. Con la reciente anexión de Crimea a Rusia, es visible que las grandes naciones aún desean, con el mismo fervor de las guerras mundiales, más poder.

Si esa pregunta me la hubiesen hecho cuando estaba adolescente y aprendía historia, geografía, filosofía y civismo, sin lugar a dudas hubiese dicho que sí, a raja tabla. Por entonces nombrar a Hitler era casi peor que nombrar al Diablo. Tan tabú era todo lo relacionado con él y con el nazismo que yo, a pesar de las lecciones de historia universal, no tenía ni idea de qué significaba la esvástica nazi. Así, un raro día, siendo una adolescente de 13 años, la pinté en mi cuaderno de notas junto a la cruz de la paz y algunas florecitas roqueras de Angelita, la novia de Gonzalo Arango –el padre del nadaísmo-, como si todos esos símbolos fuesen lo mismo. Fue entonces cuando mi compañera de clase y amiga judía, Janet, luego de preguntarme por qué había pintado la esvástica en mi cuaderno y escuchar mi tonta respuesta, me contó todo lo siniestro que se encierra detrás del símbolo, y además me invitó a almorzar a su casa, adonde conocí a su padre: un caballero judío que logró sobrevivir a los campos de concentración. Esta es una de las razones por las que a pesar de no saber desde hace muchos años nada de mi amiga Janet, la recuerdo siempre y la llevo grabadita en mi corazón de niña inocente, o sea: adolescente.  Desde aquel día, para no volver a pecar por ignorante, me dediqué a leer y aprender todo sobre la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, la pregunta nos la ha hecho una chica de trece años cuando que nos escuchó a su madre y a mí hablando sobre las conmemoraciones anuales de la terminación de la Segunda Guerra Mundial, en un momento en que, sin lugar a dudas, estamos en el arco del triunfo de una nueva guerra que ya no será ni fría, ni tibia, ni caliente, sino simplemente una guerra más de las tantas que nos acechan a diario. Una guerra sin fin, pues cuando se ha leído la historia es fácil darse cuenta de que es solo la vuelta de hoja a un conflicto que por nunca haber sido solucionado se ha ido haciendo eterno: en esta misma región han estallado, una y otra vez, los grandes conflictos de Occidente.

Y vaya que la pregunta nos ha sacudido, no podía venir más al caso. ¿Cómo se puede conmemorar el fin de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y recordar a sus víctimas y héroes, sin mentar a Hitler? Misión imposible: vaya que el bastardo se las ha ingeniado para hacerse presente a diario; ya sea a través de los medios o de los comentarios sueltos de la gente o de las modas o del cine, o de esto, o de aquello; Hitler se nos aparece hasta en la sopa, ha dicho Eva.

Aquí no más tengo los diarios de la semana comprendida entre el domingo 9 y el domingo 16 de marzo del 2014, y empezando por las dos páginas completas que hablan sobre la situación en Ucrania y las lágrimas de, y por, Crimea, enmarcadas con una serie de foto-afiches en las que aparece Putin convertido en Hitler, hasta llegar a la demagogia política que en el arco del triunfo de toda elección suele venir acompañada por las inflamatorias comparaciones que se hacen de éste o aquel político con… Hitler (en este caso el candidato de la ultraderecha en Holanda), todos los días se encuentran artículos periodísticos, publicitarios, académicos, etc., hablando sobre… Hitler y/o comparando a alguno de los duros con él. Hasta la señora Merkel ha andado por ahí con bigote hitleriano por negarse a las exigencias de España; para no hablar de la cantidad de literatura y películas —casi todas financiadas o promovidas por los mismos judíos— que a diario invaden nuestras pantallas y, una y otra vez, con una u otra perspectiva, cuentan el cuento de… Hitler. Así pues, la pregunta de la chica adolescente es válida: ¿ha muerto Hitler?

Y ahora, perdida ya la inocencia, la respuesta es no. Está más vivo que nunca. Basta con ver el panorama internacional y todo lo que sucede para saber que son las prácticas nazis las que nos dominan, y que precisamente por eso Hitler aparece en todo momento y en todo caso, como si fuese espada y escudo, héroe o villano.

Ayer fueron los moros y los cristianos, más tarde los alemanes y los judíos, luego los judíos y los palestinos, y hoy por hoy los mismos con las mismas más los musulmanes, los gringos y los asiáticos. Que la cosa no acaba de acabarse para comenzar de nuevo, y lo que abundan son los piqueteaderos de la mala ventura.

Empeñada en entender qué es lo que ha pasado en estos años recuerdo también que en la Alemania dividida por el muro de Berlín —una mala representación del arco del triunfo—, en casa de mis amigos alemanes era tabú hablar o mentar a Hitler, y toda la literatura nazi era prohibida. Y ahora no me he llevado acaso una gran sorpresa cuando al venir a vivir a Holanda no solo me encontré con las interminables celebraciones que se hacen a lo largo del año en conmemoración de las dos grandes guerras mundiales, mientras que, más allá de ellas,  lo que me ha tocado ver, vivir y respirar ha estado todo contaminado con las ideas nacionalistas y fascistas. Por eso me repito la pregunta de la adolescente, ¿ha muerto Hitler? Y la respuesta, apenas busco con la mirada una luz o una pista, es no: está más vivo que nunca, nos ronda por todo lado.

Lo interesante de que la historia vuelva a repetirse es que las preguntas que me hacía cuando empecé a despabilarme sobre cómo y por qué fue posible que sucedieran cosas tan terribles sin que nadie hubiera hecho nada, ahora empiezan a encontrar sus respuestas: aquí he estado yo, como la gran mayoría, presenciando los hechos; se registran en Kosovo, Iraq, Afganistán, Ucrania o en la oscura Corea del Norte, sin poder hacer ni decir nada. Además, he empezado a darme cuenta ya desde hace unos años que como pasó entonces, ahora también todos vamos tomando partido: muchos abiertamente, ya sea por convicción, necesidad o simple amor a la patria, van por Putin; otros, sin atreverse a decir nada abiertamente, escudados bajo el lema de la diplomacia internacional y lo políticamente correcto, también se inclinan ante él por aquello de que los intereses económicos que están de por medio son muchos. Gas, gas, gas, para solo hablar de los intereses que pesan tanto o más que el plomo o el uranio. Otros nos inclinamos por Ucrania, ¿pero existe realmente una Ucrania? Yo no sé. ¿Y qué les diremos a nuestros nietos el día en que nos pregunten qué hicimos cuando estalló el conflicto? ¿O que les dirán a sus nietos los cientos de rusos que apoyan a Putin?

¿Sentirán vergüenza, como sé que la sintieron la gran mayoría de los alemanes que inocentes y con amor patrio levantaron la mano ante Hitler? ¿Y si es cierto que el sueño de Putin es llevar a cabo, esta vez con éxito, el sueño de Hitler —no ya la gran Alemania, pero sí la gran Rusia—, será igual o peor el Holocausto? Ya los pobres tártaros que viven en Crimea están temblando, a sabiendas de lo que les espera. ¡Qué barbaridad! Sí que tengo preguntas sin respuestas. ¡Qué barbaridad! ¡Sí, con o sin Hitler, somos bárbaros —ha dicho Eva! Y yo, mirando para otro lado, por casualidad, he puesto mis ojos en la novela de Coetzee, Waiting for the Barbarians (Esperando a los bárbaros), y entonces he decidido contar este episodio, no sin algo de mieditis; y es que como están las cosas nunca se sabe a dónde irán a parar las cacerías de brujas, porque en su mapa de la gran Alemania, Hitler tenía incluida a Sur América, y basta ver a Venezuela y Nicaragua para saber que la gran Rusia ya ha empezado a alimentar sus caballitos de batalla en la región.

Categoria: Desahogo, Historia

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21
03
2014
elmagazin

Para conseguir los votos de Roma

Por: elmagazin

ciceron 

José Daniel Fonseca

La historia –en sentido amplio, no académico y casi literario- es una narrativa que no tiene tiempo: permite acceder a libros, relatos o sucesos que, en ocasiones, se escapan de su época; que trascienden el reloj y viajan en los espejos de los años para decirnos algo más allá de lo escrito y de lo vivido.

Hace más de dos milenios –hacia el año 64 a.C.- Quinto Cicerón escribió sus consejos a Marco Tulio, su hermano, acerca de la campaña electoral que se avecinaba para ser elegido como Cónsul en Roma. Marco –orador, pretor, jurisconsulto- tenía un gran bagaje en la función pública, y su sabiduría aplicada al arte de la retórica lo hacía un contendor difícil de derrotar. Parecía que, sin lugar a duda, alcanzaría una de las mayores dignidades en Roma.

No obstante, en este documento epistolar, Quinto, culto y bien educado, le recuerda a Marco Tulio que siempre es importante hacer un repaso sobre los planes para garantizar la victoria. En Brevario de campaña electoral[1] –publicado por la editorial Acantilado- se evidencia la actualidad que un texto antiquísimo puede adquirir al ser leído mucho tiempo después; tanto para despertar la curiosidad de un lector extraviado, como para descubrir las similitudes del actuar de los sujetos que ejercen el ámbito práctico de la política, ya sea en la Roma a. C. o en la vigente campaña electoral para la presidencia. Si bien el texto posee varios ejemplos, tomaré dos que son fácilmente reconocibles en el presente, como reflejo de un pasado semejante.

En primer lugar, en la campaña romana era necesario garantizarse el apoyo institucional. Aquí llama la atención como Quinto describe que Marco debe “rodear de atenciones a los senadores, a los caballeros romanos y a cuantos hombres emprendedores e influyentes haya en todos los demás estamentos”. Es decir, hacerse con el favor de quienes ostentan el poder, para, evidentemente, garantizárselo recíprocamente en el futuro. Esto no dista de las cofradías en que se han convertido la rama judicial colombiana o el Congreso de la República, en su relación con organismos de control, nuevos aspirantes, contratistas, paramilitares o guerrilleros.

Por otra parte, Quinto recuerda a su hermano los errores personales que sus adversarios han cometido y que, en efecto, desacreditan su dignidad y su capacidad para conseguir séquito. En este rubro, manifiesta que el hecho de que Antonio y Catilina también aspirantes a Cónsul, hayan sido nobles, no quiere decir que se vayan a ocultar sus fechorías, que van desde el saqueo hasta el asesinato injustificado. Así las cosas –guardadas las proporciones-, los argumentos en el debate no importaban; Cicerón sugiere el uso de una falacia argumental –ad hominem- en la que se destruye al opositor personalmente y no se controvierten sus ideas. Nada distinto a los paupérrimos ejercicios discursivos de Álvaro Uribe.

Es difícil creer que la carta de Quinto pueda sugerir, de manera tan fidedigna, acontecimientos que ahora nos ocupan y que debemos tomar como importantes. La lectura de este ‘Brevario’ desenmascara las incongruencias con las que se ejecuta el debate político, jurídico y social en Colombia. Encontrarse de frente con el pasado y estrellarse con sus fauces, amerita una reconstrucción de las percepciones y actuaciones en el presente.

Lástima que Quinto nunca escribió a Marco qué hacer como Cónsul. La historia –en sentido amplio, no académico y casi literario- nunca nos la pone fácil.

[1] Durante muchos años se ha dudado de la autenticidad de esta carta. No obstante, considero que su contenido está más allá del autor; al igual que la obra tiene que deslindarse de su creador.

Categoria: Columna de opinión

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