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	<title>El Magazín</title>
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	<description>La cultura a sólo un click</description>
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		<title>Un libro, un cuchillo</title>
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		<pubDate>Thu, 17 May 2012 15:44:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>
		<category><![CDATA[El Caminante]]></category>

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		<description><![CDATA[Fernando Araújo Vélez (*) 
La primera vez que oyó su nombre, Nietzsche, fue porque un compañero de estudios de Zipaquirá lo citó en una enrevesada discusión de universidad que tenía que ver con la compasión y las ataduras del amor, pero él no comprendió mayor cosa.

Luego se lo encontró en algunos de los libros de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_3658" class="recurso_post aligncenter" style="width: 337px"><img class=" size-full wp-image-3658" src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/05/El-caminante.jpg" alt="El Caminante. " width="327" height="564" /><h3>El Caminante. </h3></div>
<p style="text-align: left"><strong>Fernando Araújo Vélez (*) </strong></p>
<p style="text-align: left">La primera vez que oyó su nombre, Nietzsche, fue porque un compañero de estudios de Zipaquirá lo citó en una enrevesada discusión de universidad que tenía que ver con la compasión y las ataduras del amor, pero él no comprendió mayor cosa.<br />
<span id="more-3669"></span></p>
<p>Luego se lo encontró en algunos de los libros de Hermann Hesse y en una cita de Fernando González Ochoa, pero huyó de su nombre. Le tenía pánico. Su miedo a Nietzsche era como un miedo a aceptar su ignorancia y su estupidez, pues Nietzsche le sonaba a profundidad, a verdad, y sobre todo, a que le podía romper su vida cómoda y tranquila para siempre. Nietzsche, en últimas, le sonaba a pecado.</p>
<p>Con los años, el temor-obsesión aumentó. Una tarde de viernes, distraído, buscó en la biblioteca de la universidad algún libro de él o sobre él. No halló nada. Cuando le preguntó al asistente del director, tuvo que conformarse con un escueto “está agotado”, que, más tarde comprendió, era en realidad un “está prohibido acá”. Revisó en su casa y en las casas de sus vecinos. Nada. Esculcó en la librería del barrio. Nada. Cada “nada” era un aguijón más de curiosidad que se le clavaba. Cada “nada” era un paso más hacia el infierno que temía. La última mañana del año de 1992, un amigo de eterno abrigo azul le llevó de regalo una edición de calle de Así hablaba Zaratustra, las hojas medio sueltas, la tapa amarillenta, las letras parcialmente impresas. Él se sumergió en Zaratustra. Leyó, subrayó, gritó, deliró, comprendió, lloró, sonrió, provocó. Celebró que alguien hubiera dicho lo que él no podía decir. “Romped, rompedme las tablas”, “Esto es lo único que he aprendido hasta ahora, que el hombre necesita para sus mejores cosas lo peor que hay en él”. Celebró la vida, las pulsiones, el arte. Maldijo las herencias, el interés de ciertos buenos, las recompensas. Y leyó de nuevo. Dos, tres veces. Una noche se encontró con una actriz que le contó las penas de su vida. Su desdicha, el desamor, el sinsentido. Él le regaló aquella edición callejera de Zaratustra, con sus tachones y sus frases y sus líneas.</p>
<p>——————————————————————–</p>
<p><em>(*) Periodista, escritor y editor de El Magazín online y de la   sección de cultura del periódico El Espectador. Además, tiene a su cargo   la edición de los Lunes Festivos.</em></p>
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		<title>&#8220;A veces caigo en las trampas de mi propio humor&#8221;: Carlos Fuentes</title>
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		<pubDate>Tue, 15 May 2012 19:31:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>
		<category><![CDATA[Carlos Fuentes]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[
Muere el escritor mexicano Carlos Fuentes por problemas cardiacos.Presentamos la última entrevista que le dio a El Espectador en el pasado Hay Festival de Cartagena.
Angélica Gallón Salazar (*) 
Carlos Fuentes se ha sentado en uno de esos confortables sillones que  están en el patio del hotel Santa Clara de Cartagena. Como si por un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left">
<div id="attachment_3667" class="recurso_post aligncenter" style="width: 600px"><img class=" size-full wp-image-3667 " src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/05/0b8b413ac514dccdf9316175f9d3dcdf.jpg" alt="Foto: Joaquín Sarmiento " width="590" height="393" /><h3>Foto: Joaquín Sarmiento </h3></div>
<p style="text-align: left">Muere el escritor mexicano Carlos Fuentes por problemas cardiacos.Presentamos la última entrevista que le dio a El Espectador en el pasado Hay Festival de Cartagena.</p>
<p style="text-align: left"><strong>Angélica Gallón Salazar (*) </strong></p>
<p style="text-align: left">Carlos Fuentes se ha sentado en uno de esos confortables sillones que  están en el patio del hotel Santa Clara de Cartagena. Como si por un  momento hubiera olvidado quién es, cruza las piernas a la espera de la  cita acordada para esta entrevista. Sorprendidos por tal acto de  desprevención, no demoran los viajeros, los fotógrafos y los periodistas  que rondan el hotel en reconocerlo y abalanzársele. Su camisa blanca de  lino, su pelo peinado hacia atrás muy al estilo mexicano y su tez  morena, más de lo que se puede advertir en las fotos, apenas se dejan  ver entre esa barahúnda de gente.<br />
<span id="more-3666"></span> Es amable con todos, firma libros,  pero no deja que lo convenzan de dar una fugaz entrevista. Se deja  entrever ahí ese carácter, ese juicio que lo ha llevado a escribir casi  20 novelas (La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Terra  nostra, Aura&#8230;) y una casi por año en los últimos tiempos. Carlos  Fuentes parece serio. Seguro en sus años viviendo en la tranquilidad de  un barriecito de Londres ha perdido entrenamiento para lidiar con el  bullicio que genera su presencia por estas latitudes, pero una vez ha  reclamado a todos sus seguidores algo de calma para poder hacer la  entrevista planeada con El Espectador, le sale una sonrisa, maliciosa,  que mantendrá durante toda la conversación.</p>
<p><strong>Cuando se tiene una obra tan extensa, ¿qué relación guarda el escritor con sus libros pasados?</strong></p>
<p>Los  deja guardados, para no darse cuenta de los errores que pudo haber  corregido. Sabes que lo mejor es dejarlos en paz, tienen lectores, pero  yo nunca releo uno de mis libros escritos, ni los considero. Estoy  pensando en la obra que sigue. Claro que vuelven a aparecer temas de vez  en cuando, pero al abordarlos uno ya no es el mismo. Yo he escrito  mucho sobre Ciudad de México, pero la ciudad tampoco es la misma. Esa  era una ciudad de un millón de habitantes cuando yo nací. Tenía cinco  millones cuando escribí La región más transparente, y 22 millones hoy.</p>
<p><strong>Usted  vive alejado, en un lugar calmado de Londres, ¿encuentra en la soledad y  la distancia una condición importante para escribir?</strong></p>
<p>Es  sencillo, en Londres no tengo amigos y eso permite escribir mucho, y sí,  esa soledad, esa tranquilidad se convierten en una condición para la  escritura. Allá vivo con mi esposa y dos o tres amigos. En México sería  imposible, porque es un relajo, hay todo el tiempo comidas políticas,  almuerzos con los colegas, ensaladas, mariachis, no termina nunca.</p>
<p><strong>¿Cuáles son los primeros filones de sus novelas, los temas o los personajes?</strong></p>
<p>Siempre  empiezo con un tema y no sé a dónde voy. Yo me la paso de sorpresa en  sorpresa, por fortuna, porque si no, sería muy aburrido. Me sorprendo de  las cosas que salen sin saber de dónde vienen, si del sueño, la  pesadilla, de la conciencia, sólo hay una planificación en el principio,  luego empiezan a suceder cosas muy inesperadas. En la noche hago un  apunte, me duermo y luego cuando me despierto escribo en la mañana y  sale algo imprevisto.</p>
<p><strong>¿Cuál fue el gran legado de los escritores del ‘boom’ a la escritura latinoamericana?</strong></p>
<p>Que  dejamos el posboom (risas). Hubo 42 escritores mexicanos en el Salón  del Libro en Francia el año pasado, hoy debe haber más de 500 voces  importantes en la literatura latinoamericana, mientras que nosotros no  superábamos una docena, y antes de nosotros, quizás había tan sólo 5 ó  6. Ha crecido mucho la literatura y no deja de ser una paradoja que la  literatura crezca en un mundo de tanta competencia por parte de la  tecnología. Pero, en verdad, la competencia para las letras siempre ha  existido, porque ellas dicen lo que no se puede decir de ninguna otra  manera, esa es la virtud del escritor. Creo que la literatura en este  momento está liberada de las obligaciones que sentíamos nosotros, esa de  contar lo que no se había contado en la historia, que era una demanda  que los escritores del boom sentíamos mucho, ¿qué no se ha dicho?, para  decirlo. Pero eso ya no es así, se habla de divorcios, niños, política,  amor, es una gran diversidad y creo que es un avance. Nosotros estábamos  amarrados a modelos muy cerrados y el abanico se ha abierto.</p>
<p><strong>¿La literatura latinoamericana ocupa hoy en día otro lugar en el mundo?</strong></p>
<p>Creo  que ya no hay literatura ni latinoamericana, ni americana, ni inglesa,  ni rusa; hay escritores, hay Gunter Grass, Gabriel García Márquez, cuya  obra es atendida pero no porque pertenezcan a tal o cual país, sino por  la obra misma y eso es una gran diferencia.</p>
<p><strong>¿Hay algún libro que usted reconozca que haya significado un punto de quiebre fundamental en su carrera ?</strong></p>
<p>Mi  primer libro, La región más transparente (1958), ya fue un quiebre,  porque me abrió a unas posibilidades temáticas y estilística que me  trazaron un camino que no he abandonado. Ha habido muchas otras  realidades, pero fue el camino que elegí en ese momento. Es un camino en  el que trato de unir la realidad política y social a la imaginación,  porque esas realidades a sí mismas no se bastan, hace falta un elemento  de fantasía para que adquieran rangos literarios, si no, serían  reportajes. Soy un ávido testigo de la realidad y de lo político para  aprovechar lo que ahí hay de aprovechable.</p>
<p><strong>¿Qué es lo que hace en su reciente novela ‘Vlad’ (2010), tomar la realidad mexicana a través de la mirada de un viejo vampiro?</strong></p>
<p>Con  Vlad pasaron cosas muy divertidas, ahora salió reseñada en la revista  Playboy. Los gringos están interesados en producirla porque el tema está  de moda. Yo la he escrito porque desde que vi Drácula, con Bela Lugosi,  me gustó el tema. Pero aquí la única novedad es que Drácula, que es un  vampiro viejo, no uno joven como muchos vampiros de hoy, decidió que en  Europa ya no había sangre para él, y por eso se vino a México, en donde  hay mucha sangre que chupar.</p>
<p><strong>¿Cómo vive desde la literatura sus inquietudes políticas?</strong></p>
<p>Mire,  yo soy ciudadano y ejerzo la política cuando mi ciudadanía me lo  reclama. Uno puede tener el compromiso que quiera o no tener compromiso,  ahí no hay nombramientos. Yo vivo muy cerca la vida política de México y  un poco la del mundo, y cuando siento que hace falta hablar, hablo…  Pero siento que mi único deber como escritor es escribir.</p>
<p><strong>Pero  en realidades tan complejas como las de México o Colombia muchas veces  los artistas se ven abocados a asumir otros compromisos.</strong></p>
<p>Claro,  no me sorprende, me parece normal, la Revolución Mexicana fue objeto de  más de 20 novelas: Vámonos con Pancho Villa, de Rafael F. Muñoz; La  sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán&#8230; Era un tema que se imponía  desde la actualidad, pero uno puede no escribir sobre lo actual, aunque  a veces parece inevitable y ¡qué bueno! porque la novela representa una  actualidad permanente que queda y se puede leer como si hubiera sido  publicada hoy y no en 1915, esa es la gran diferencia entre el arte  literario y la mera información, su vigencia.</p>
<p><strong>Además de escribir ha incursionado en el cine, ¿qué otra faceta de usted se le revela en su trabajo cinematográfico?</strong></p>
<p>Que  soy muy poco importante (risas). Es un trabajo que hemos hecho con  Gabo, pero nos fuimos dando cuenta de que en el momento de los créditos,  siempre aparecen los protagonistas, el director, el de la cámara, el de  las luces y por allá abajo muy chiquito, los escritores. No somos tan  importantes en el cine. Hubiéramos querido incursionar más en él, pero  Gabo un día me dijo: “¿Qué vamos a hacer, escribir argumentos de cine o  novelas?”, y yo le dije: “Pues novelas, no hay chance en el cine”.</p>
<p><strong>¿Vive aún con intensidad esas viejas amistades como la de Gabo?</strong></p>
<p>Sí,  sí. Ha habido separaciones, no por mi culpa, pero mantengo muchas  viejas amistades, y también muchas nuevas con jóvenes escritores, soy un  hombre de amigos.</p>
<p><strong>Tiene ya casi lista una nueva novela, ¿en qué historia se ha metido esta vez?</strong></p>
<p>Acabo  de terminar una que se llama Federico en su balcón’, que parte de la  idea de que como un día Federico Nietzsche dijo: “Dios ha muerto”, pues  Dios le dice: “No, no he muerto y te voy a regresar hoy a la vida”, y lo  pone en un balcón, en el mío, y habla conmigo. Es una novela de 200  páginas en donde nos contamos historias. He sido un ávido lector de su  obra, lo conozco tanto y hace tanto tiempo que ya era hora de que fuera  uno de mis personajes. Saldrá publicada en la Feria del Libro de  Guadalajara de este año.</p>
<p><strong>¿Usted se considera un escritor de gran aliento?</strong></p>
<p>De mal aliento, más bien (risas).</p>
<p><strong>No, quiero decir, sus obras intentan abarcar grandes universos…</strong></p>
<p>Sí, siempre me gusta pensar en embarcarme en grandes riesgos.</p>
<p><strong>Sé  que me ha dicho que a su obra pasada la deja tranquila, pero ¿hay algún  personaje que a pesar de todo siga insistiendo en su cabeza?</strong></p>
<p>Yo  creo que el personaje de La región más transparente, Ixca Cienfuegos,  que es un narrador que ve la vida de los demás, entonces él reaparece  constantemente, no con ese nombre, pero sí narrando todo el tiempo.  Reaparece, porque yo soy ese hombre.</p>
<p><strong>¿Diría que hay un tono que sea transversal a su literatura?</strong></p>
<p>Claro, yo caigo en las trampas de mi propio humor. Estar aquí siendo entrevistado por usted es una trampa.</p>
<p><strong>¿Para mí?</strong></p>
<p>No, para mí, señorita.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-<br />
<em>(*) Periodista de El Espectador.</em></p>
]]></content:encoded>
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		<title>La música de mis oídos</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/elmagazin/2012/05/14/ensayo-sobre-la-sordera/</link>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 19:32:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>

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		<description><![CDATA[
Paul Brito (*)
Comencé a escuchar los pitidos en las noches, cuando todo estaba en silencio, y por un tiempo pensé que eran grillos escondidos en el armario o retozando en el jardín de la casa. Pero cuando los silbidos comenzaron a destacar también en el día, en medio de los demás sonidos de la cotidianidad, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center">
<div id="attachment_3662" class="recurso_post aligncenter" style="width: 522px"><img class=" size-full wp-image-3662 " src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/05/Flickr-Mark-Rain.jpg" alt="Flickr, Mark Rain" width="512" height="394" /><h3>Flickr, Mark Rain</h3></div>
<p style="text-align: left"><strong>Paul Brito (*)</strong></p>
<p>Comencé a escuchar los pitidos en las noches, cuando todo estaba en silencio, y por un tiempo pensé que eran grillos escondidos en el armario o retozando en el jardín de la casa. Pero cuando los silbidos comenzaron a destacar también en el día, en medio de los demás sonidos de la cotidianidad, comencé a sospechar que provenían de mi oído.<span id="more-3661"></span></p>
<p>Unas pruebas médicas para ingresar a una fábrica de automóviles en Barcelona me revelaron que tenía deficiencias en ambos oídos. Al principio no podía creerlo, pues creía escuchar bien, pero un especialista me hizo otra audiometría que confirmó el diagnóstico. Un examen más exacto (los Potenciales Evocados) señaló que el problema no estaba en el oído externo ni en el medio (donde se encuentran esos diminutos e increíbles huesos bautizados por algún herrero) sino en mi oído interno, justo donde los sonidos se vuelven impulsos eléctricos.</p>
<p>Hasta donde sabía no tenía antecedentes familiares de sordera. Le pregunté al doctor si haber consumido fuertes antibióticos para la garganta cuando era niño, haber sido explorador asiduo del fondo de la piscina cuando era muchacho, y amante de la pólvora y del heavy metal a todo volumen cuando era adolescente, podían haber incidido en mi precariedad auditiva, y me dijo que posiblemente alguna de esas circunstancias, si no todas, habían terminado por deteriorar mis oídos. Pero yo me puse a pensar que otras personas de mi generación habían tenido vidas parecidas y no sufrían problemas de audición. Comencé a pensar que mi mal oído era una especie de destino, igual que para otros lo es la ceguera. También consideré que algunos de los amigos de mi generación sufrían de la vista y yo, en cambio, a pesar de llevar años leyendo y escribiendo pegado a una pantalla de computador ni siquiera necesitaba lentes. Concebí entonces la posibilidad de que había venido al mundo con esa grieta en mi fisionomía y el tiempo apenas tuvo que jalar de ambos extremos.</p>
<p>Imaginé otra causa más aparatosa para mi sordera. Mi temperamento introvertido: una forma de vida volcada al mundo interior pudo haberme llevado a prescindir poco a poco de los sonidos. La costumbre de estar escuchando dentro de mí mismo habría desacostumbrado mis oídos para la algarabía del mundo exterior. Estar enfocado en escuchar el sonido sordo de las palabras al pensar, leer o escribir había terminado atrofiando mi audición. Por mucho tiempo sostuve esta tesis, hasta que un día un amigo violonchelista me señaló un buen argumento en contra: no necesariamente esa introspección o el hábito de la lectura y de la escritura van en detrimento del oído, pues esas aficiones obligan a trabajar el oído interno, no el oído interno físico sino el intelectual. Antes de escuchar cómo suena lo que está tocando, un músico tiene que decidir cómo quiere que suene, tiene que imaginárselo. La lectura también obliga a trabajar el oído interno siempre que uno esté escuchando dentro de su cabeza cómo suenan las palabras.</p>
<p>Cualquier escritor sabe, además, que la prosa tiene su propio ritmo. Un cuento o una novela deben mantener el mismo tono a lo largo de las páginas para que no se rompa la ilusión narrativa, la apariencia de realidad. Del mismo modo, la poesía contiene un ritmo interior de donde brotan las imágenes primigenias y las metáforas anteriores al lenguaje articulado. “Pensamientos y frases son también ritmos, llamadas, ecos”, escribió Octavio Paz.</p>
<p>En todo caso, el oído es un sentido pasivo que, a diferencia de la visión, no se puede direccionar o apagar, así que los ruidos siempre están atentando contra la concentración intelectual. Quizá por eso mismo, por la falta de control sobre ellos, me da la impresión de que puede estar sometido a una voluntad interna y absoluta que decide su regulación o abolición de acuerdo a los fines más altos del espíritu.</p>
<p><strong><em>Remedios para lo irremediable</em></strong></p>
<p>Después de concluir que el daño estaba en mi oído interno, el especialista me explicó que a ese nivel la deficiencia auditiva es irreversible. Me volví a hacer los mismos exámenes en el instituto de otología García-Ibáñez de Barcelona que tiene fama de ser uno de los más avanzados en su campo. Pagué una suma considerable para que me hicieran los mismos exámenes y me dijeran exactamente lo mismo: que estaba jodido irreversiblemente. Me diagnosticaron hipoacusia neurosensorial bilateral moderada y me aconsejaron usar audífonos.</p>
<p>Le pregunté al especialista si volverme dependiente de ellos no agudizaría mi debilidad auditiva.</p>
<p>–Los oídos son perezosos –me explicó el doctor–: si uno no les recuerda los sonidos que ha dejado de percibir (las pisadas, el canto de las aves, el crujir de una bolsa), él simplemente prescinde de ellos. Los audífonos no te ayudarán a recobrar la capacidad natural de tus oídos ni eliminarán los pitidos (aunque pueden contrarrestarlos con la gama de sonidos tenues y agudos que rescatan), pero por lo menos te ayudarán a ejercitarlos para no seguir perdiendo más terreno.</p>
<p>–¿Y no hay alguna forma de callar los benditos pitidos?</p>
<p>–No, los silbidos son un síntoma de que tu oído interno no está funcionando bien (las células dañadas emiten señales incorrectas que tu cerebro interpreta como sonidos –precisó–). Y puesto que es irreversible el daño en esa zona del oído, es inevitable que sigas escuchándolos –Me recetó unas pastillas para poder conciliar el sueño cuando los pitidos fueran insoportables y una música ambiental para cuando no me dejaran concentrar en el trabajo. Como quien dice: arréglatelas como puedas. Me prescribió también unas pastillas llamadas Idaptán para reducir los silbidos pero que, al igual que el gingko biloba y el castaño de indias, son más bien un acto de fe.</p>
<p>Averigüé por los audífonos en la seguridad social.</p>
<p>–No los cubrimos –me advirtió el especialista–, pero te aconsejo que los compres.</p>
<p>Reuní un dinero y me fui a comprarlos a Colombia, donde había averiguado que eran más baratos. La audióloga me hizo otra audiometría.</p>
<p>–Escuchas los tonos graves con una solvencia más o menos normal –concluyó–, pero cuando los sonidos se van volviendo agudos y tenues, tu capacidad auditiva cae dramáticamente –y me mostró una curva que efectivamente descendía como una montaña rusa–. A tu caso se le conoce vulgarmente como “nervio seco”.</p>
<p>Luego realizó el molde de mis oídos taponándolos con unas masillas.</p>
<p>Comencé a usar los audífonos, pero llegaba a la casa con dolor de cabeza y los nervios destrozados. Los pitos de los carros, los mofles de las motos, los ladridos de los perros eran explosiones pirotécnicas. Con tanta bulla, lo que menos escuchaba eran las voces de las personas. Notaba, además, que al descubrir los aparatos, mis interlocutores se ponían incómodos, vocalizaban forzados, alzaban teatralmente la voz e incluso se volvían desconfiados como si los estuviera grabando.</p>
<p><strong><em> </em></strong></p>
<p><strong><em>Sordos vs. ciegos</em></strong></p>
<p>Mientras los lentes hacen ver a una persona más interesante o con aire intelectual, los audífonos y su habitual color crema te hacen ver como un lisiado. En lugar de disimular, aquel pavoroso color beige (que recuerda el pellejo de un androide) llama aún más la atención. Apenas la gente se percata del objeto extraño y grotesco asomado a la oreja, te mira incómoda y no puede dejar de vigilarlo, como cuando uno habla con alguien que tiene una verruga en la punta de la nariz.</p>
<p>Hay audífonos modernos, de colores, que me parecen más dignos que los tradicionales, pues no tratan de camuflarse patéticamente con el color de la piel (como hacen algunos calvos al cubrir su mollera con copetes laterales) sino que se exhiben como otro implemento del vestir. Pero no son muy comunes en Colombia ni en España (tengo entendido que en Francia son más usuales). Otra ventaja de los audífonos de colores es que, al contrario de los tradicionales, no taponan los oídos, pues el grueso del aparato queda detrás de la oreja. Sin embargo, no me decidí por ellos, porque me parecía que el color frivolizaba mi tragedia y el negro, por su parte, era un luto demasiado directo.</p>
<p>Por otro lado, a nadie que usa gafas lo señalan como un discapacitado; a alguien que usa audífonos lo miran con lástima. Los audífonos no tienen la misma estética sencilla y práctica de los lentes: dos piezas de vidrio y una montura liviana encajadas perfectamente en las orejas y la nariz. Los audífonos, por más modernos que sean, no logran la misma sencillez ni consiguen asimilarse al rostro: se ven artificiales y aparatosos; necesitan pilas, circuitos y cables.</p>
<p>Una vez la gente los detecta, se rompe la naturalidad que debe tener una conversación fluida y se instala en el otro hablante una tensión embarazosa. Dejé de llevarlos en la calle y ahora sólo los uso en casa. Pero aún así, relegándolos a la clandestinidad, siguen siendo incómodos y fastidiosos. Los audífonos –por lo menos los que yo uso– taponan los orificios del oído y uno siente como si estuviera agripado. Parecen gafas que para ayudarte a ver, tuvieran que clausurar el mundo y mostrártelo en una defectuosa pantalla.</p>
<p>Éstas no son las únicas desventajas frente a los que sufren de la vista. El ojo, al contrario del oído interno, puede recobrar la visión con el uso continuado de lentes o con alguna cirugía. El oído interno no da ninguna esperanza: no hay forma de escuchar como antes. Para rematar, los sordos tienen mala fama. Según Jorge Luis Borges, no poseen la dulzura que tienen los ciegos. “Las personas sordas son muy impacientes –afirmaba Borges–. A veces la gente se ríe de los sordos. Nadie se ríe de un ciego&#8221;.</p>
<p><strong><em>Señales de humo</em></strong></p>
<p>Por fortuna hay al menos una diferencia donde sale ganando el sordo. Mientras la vista está apoyada en el espacio y por lo tanto se mueve en extensión, el oído, al ser un sentido que descansa exclusivamente en el tiempo, actúa en intensidad y profundidad. El trasunto del célebre saxofonista Charlie Parker, en el relato El perseguidor, de Julio Cortázar, afirmaba sobre el sonido: “Lo mejor es cuando te das cuenta de que puedes meter una tienda entera en la valija, cientos y cientos de trajes, como yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando”. Los sonidos contienen pausas y silencios donde cabe el mundo entero. La música, “esa forma misteriosa del tiempo” como la describió Borges, es el gran consuelo de quien no escucha bien: por la pequeña rendija o puerta entornada de sus oídos estropeados, una persona puede captar la sinfonía del universo. Por una de esas delgadas ranuras, Beethoven abrazó el mundo entero hasta tocar el cielo. De ningún pintor ciego se puede decir lo mismo.</p>
<p>Para el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, la música es la más excelsa de las artes, porque no se limita a ser una representación del mundo sino que ella misma es la esencia del universo manifestándose de forma pura. Los tonos graves encarnan al mundo orgánico, mineral y vegetal, y los tonos agudos, al ser humano profundo: su esencia divina (de ahí que sean el mejor potenciador de una escena dramática). Me pregunto a veces si haber dejado de escuchar las frecuencias más tenues y sutiles de mi entorno (hasta el punto de que muchas veces no escucho a mis semejantes) no querrá decir algo más. “El diálogo es más que un acuerdo: es un acorde –decía Octavio Paz–. Y los enamorados mismos se sienten como dos rimas felices, pronunciadas por una boca invisible”. Mi insensibilidad hacia los susurros y tonos bajos puede estar avisándome de que estoy desatendiendo la frecuencia más tenue y sutil de todas, la que oficia de base armoniosa a todas las discordantes melodías de la vida y vibra como un solo tañido en el interior de todos los hombres, bajo el bullicio del mundo.</p>
<p>En la película “Señales de humo”, el hijo de Nicolas Cage sufre de los oídos y también escucha silbidos. Al final resulta que esos pitidos eran un mensaje de salvación por parte de unos extraterrestres. Me pregunto a veces si los silbidos que estoy condenado a escuchar no encierran también un mensaje en clave, una canción misteriosa que tengo la tarea de descifrar antes de que sea demasiado tarde.</p>
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		<title>Déjalo que mienta y será poeta</title>
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		<pubDate>Fri, 11 May 2012 21:25:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>
		<category><![CDATA[El Caminante]]></category>

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		<description><![CDATA[Fernando Araújo Vélez (*) 
Lo vi de pronto levantarse de un banco, con sus pies descalzos y una camisa salmón, para liarse en una infinita discusión con un árbol. El tono del conflicto subía por momentos. Raúl Gómez Jattin manoteaba.
A veces cantaba, y cantaba cambiándoles la letra a las estrofas. Entonces entonaba Inschallah, una perdida [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_3658" class="recurso_post aligncenter" style="width: 337px"><img class=" size-full wp-image-3658" src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/05/El-caminante.jpg" alt="El Caminante. " width="327" height="564" /><h3>El Caminante. </h3></div>
<p style="text-align: left"><strong>Fernando Araújo Vélez (*) </strong></p>
<p style="text-align: left">Lo vi de pronto levantarse de un banco, con sus pies descalzos y una camisa salmón, para liarse en una infinita discusión con un árbol. El tono del conflicto subía por momentos. Raúl Gómez Jattin manoteaba.</p>
<p style="text-align: left">A veces cantaba, y cantaba cambiándoles la letra a las estrofas. Entonces entonaba Inschallah, una perdida canción de Adamo que decía “En Israel sagrado pueblo” y que él cambiaba por  “En Cereté, sagrado pueblo, hay niños sin saber reír, Inschallah&#8230;” Gritaba, se daba vuelta, se reía y maldecía. Hablaba de poesía, de la vida y el amor, y el árbol seguramente le respondía que no, que no era tan así como él lo aseguraba.<br />
<span id="more-3659"></span></p>
<p>De repente hizo una pausa, se volvió a sentar y sacó de un bolsillo un papelito arrugado escrito a lápiz. “Los habitantes de mi aldea dicen que soy un hombre despreciable y peligroso, y no andan muy equivocados. Despreciable y peligroso, eso ha hecho de mí la poesía y el amor. Señores habitantes, tranquilos, que sólo a mí suelo hacer daño”, dijo con voz de poeta.</p>
<p>La gente que pasaba por aquella plazoleta no le daba la menor importancia a la discusión. Estarían acostumbrados. Había negritos que carreteaban sus carros de paletas, hippies que vendían baratijas, desempleados que veían pasar el tiempo y oían las peleas de Gómez Jattin como quien oye llover, y señoras pesadas que se persignaban y murmuraban, entre ellas, que ya no había decencia en este mundo, que la moral y las buenas costumbres se habían perdido “irremediablemente”.  Un gato se subió al árbol en cuestión. Dos perros perezosos se acostaron a la sombra para esperar y esperara a que el gato bajara.</p>
<p>Esa tarde Gómez Jattin me dijo “los amores no pasan, permanecen”. Me dijo que la vida “era tener que vivirla”, que la muerte era “una cara de la felicidad”, y me contó que cuando él era niño, su mamá no hacía más que regañarlo por sus mentiras. Un día, su papá la llamó y en tono muy mesurado le susurró: “Déjalo que mienta, Lola, y será poeta”. Gómez Jattin fue poeta en vida y obra.</p>
<p>Y fue mentiroso, de esa raza especial de mentirosos a la que se refería Oscar Wilde cuando escribía que el arte era mentira pero con otras palabras. Fue mentiroso incluso para gritar que era feliz, dos días antes de lanzársele a un bus en la Avenida Pedro de Heredia de Cartagena. Quizás era demasiado feliz, dijeron algunos.</p>
<p>——————————————————————–</p>
<p><em>(*) Periodista, escritor y editor de El Magazín online y de la  sección de cultura del periódico El Espectador. Además, tiene a su cargo  la edición de los Lunes Festivos.</em></p>
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		<title>El último tango de Salvador Allende</title>
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		<pubDate>Wed, 09 May 2012 15:18:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>

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		<description><![CDATA[
Fernando Araújo Vélez
La orden se había impartido desde la clandestinidad en un reguero de  voces bajas que recorría casi todos los barrios de Santiago. Si se daba  un golpe de Estado, habría que encender una fogata y quemar tarjetas de  identificación, cartas, libretas, apuntes, libros, cualquier cosa que  les sirviera a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="recurso_post aligncenter size-full wp-image-3649" src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/05/Ampuero.jpg" alt="Roberto Ampuero" width="413" height="275" /></p>
<p style="text-align: left"><strong>Fernando Araújo Vélez</strong></p>
<p><span id="more-3648"></span>La orden se había impartido desde la clandestinidad en un reguero de  voces bajas que recorría casi todos los barrios de Santiago. Si se daba  un golpe de Estado, habría que encender una fogata y quemar tarjetas de  identificación, cartas, libretas, apuntes, libros, cualquier cosa que  les sirviera a los militares después.<!--more--></p>
<p>Y él, Roberto Ampuero, la  cumplió al pie de la letra el 11 de septiembre de 1973, cuando llegó a  la universidad y le informaron que algunos uniformados, aún  desconocidos, se habían tomado el poder a la fuerza. Que el Palacio de  la Moneda ardía, le dijeron, le gritaron. Que Salvador Allende había  muerto, le sollozaron. Que no había salida. Que quemara todo, todo,  todo. Que no dejara vestigios. Ni una huella, ni una letra ni un dibujo.  Nada.</p>
<p>Luego saltó muros. Muros visibles e invisibles, y se perdió  entre callejuelas vacías y huyó de todo y de todos. Luego se exilió en  la entonces Alemania Democrática. “El exilio me obligó a escribir, a ser  escritor. El exilio me condujo a relatar la historia que alguien  tendría que leer”, diría muchos años más tarde. La noche del 11 de  septiembre fue tenebrosa. Él logró salvar su identidad. A otros, poetas,  escritores, músicos, filósofos, antropólogos o panaderos, los  requisaron y los voltearon. Se los llevaron al Estadio Nacional y al de Chile y allí  vieron el rostro del terror.</p>
<p>Allí se apretujaron. Se dieron calor  el uno contra el otro y el otro contra el de más allá. Se dieron fuerza,  fe, todas esas palabras que les sonaban a paraíso porque la vida se les  podía ir en cualquier instante con la orden de un capitán, “ejecútelo”,  por la rabia de un teniente, “al calabozo”, por las ansias de venganza  de un soldado, “arrodíllese”. Se apretujaban en sus miedos. Se  murmuraban “mañana salimos, tranquilo, mañana”, y callaban cuando  aparecía el hombre de la máscara que iba a señalar a alguno. “Ya  sabíamos que a quien ése señalara no amanecía vivo”, recordaría con el  tiempo un poeta que se salvó.</p>
<p>Ahí mataron a Víctor Jara, Te  recuerdo Amanda. Ahí desaparecieron a cientos. Ahí, al Estadio Nacional,  barrio de Ñuñoa, Santiago de Chile, el 12 de septiembre de 1973  comenzaron a llevar a todos los ‘sospechosos’ de allendismo que hubiera  en la ciudad. Allende había fallecido junto a varios de sus amigos  médicos en medio de un bombardeo insaciable, infinito, imborrable. Se  suicidó, dijeron. Lo asesinaron, replicaron. “Sí, se suicidó, esa fue la  verdad. Se suicidó y murió en medio de la más triste de las soledades”,  confirmaría años y años más tarde Ampuero.</p>
<p>La historia del golpe  había comenzado a escribirse a finales de los 60. Salvador Allende,  socialista, demócrata, carismático, se había transformado en el enemigo  número uno de las facciones de derecha en Chile, de los radicales de  izquierda que pretendían más la lucha armada que el consenso, y del  gobierno de los Estados Unidos, liderado por Richard Nixon y Henry  Kissinger. “Lo cierto es que (Allende) ya perdió el control del país por  la desobediencia civil de la derecha, la escasez y el mercado negro, la  presión de Nixon y las exigencias de la ultraizquierda de profundizar  el proceso y armar al pueblo. Mientras la oposición de centro y derecha  exige la intervención militar, la de ultraizquierda reclama armas para  imponer el socialismo ”, escribiría Ampuero en su última novela, El  último tango de Salvador Allende.</p>
<p>El último tango fueron cientos  de tangos de Enrique Santos Discépolo, de Gardel y Lepera, de Homero  Manzi, porque a Allende le parecía que los tangos retrataban mejor que  nada la realidad y al ser humano, “Que el mundo fue y será una porquería  ya lo sé”; el amor y sus miserias, “¡Tango! Piel oscura, voz de sangre.  ¡Tango! Yuyo amargo de arrabal”. Los tangos eran una especie de retrato  de su vida. De sus amores truncos y tristes, La Tencha, La Payiya,  Gloria Gaitán. De sus intentos por seguir persiguiendo la grandeza, la  Historia.</p>
<p>Allende era parte de la aristocracia chilena. Le  gustaban el Chivas Regal, el vino, las corbatas de seda y las mancornas  de oro. Jamás vivió como pobre, pero se empeñó en conocer a la gente  humilde de su país desde sus tiempos adolescentes. Según Ampuero, se  citaba todas las tardes con un anarquista de apellido Demarchi y con  algunos obreros de su edad. Jugaban ajedrez, tomaban vino y cerveza y  hablaban de Lenin, de Marx y de la revolución. Pasados los años, ya como  presidente, uno de ellos, panadero, respondón y tanguero, de nombre  Rufino, se convirtió en su confidente.</p>
<p>Con él discutía sobre la  situación de Chile, sobre el hombre y el hambre, el capitalismo, los  soviéticos que lo habían abandonado, sobre Fidel Castro y Augusto  Pinochet, quien lo visitara en su residencia de la calle Tomás Moro  antes de traicionarlo. Desde la ficción, Rufino escribió la intimidad de  Salvador Allende durante sus últimos días. Sus obsesiones, sus gustos,  sus miedos, la muerte, el idealismo, las utopías. Ese texto, manuscrito,  le llegó veintitantos años más tarde a un exagente de la CIA que en los  70 trabajó con otros en la desestabilización de Chile y del gobierno de  Allende. Su hija, poco antes de morir, se lo entregó con una petición:  que buscara a un tal Héctor Aníbal y le diera sus cenizas.</p>
<p>El 11  de septiembre de 1973 todo explotó. Allende se dio un tiro con un fusil  que le había obsequiado Fidel Castro. Pinochet se tomó el poder. Los  militares lo rodearon. Nixon celebró. Los idealistas intentaron  exiliarse. Unos lo lograron, otros acabaron en manos de la dictadura.  Torturados, desaparecidos, muertos o perseguidos. Los poetas siguieron  escribiendo. Como sentenció Jorge Teillier, “Hubo que crear nuevos  códigos, nuevas estrategias de convivencia en un país donde la delación  llegaría a ser una virtud”.</p>
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		<title>Cofradía de los abandonados</title>
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		<pubDate>Thu, 03 May 2012 11:00:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[La esquina del cuento]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[Ricardo Carpio Franco (*) 
En los Álamos crecimos escuchando los gemidos de placer de Teresa, la esposa del doctor Quiroga. Ahora estoy seguro que a ningún vecino le hubiese indignado tanto ese pasatiempo nuestro si no fuera porque aquellos desbaratados ritos de amor solían ocurrir cuando el doctor andaba de turno en el Hospital Universitario. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_3636" class="recurso_post aligncenter" style="width: 522px"><img class=" size-full wp-image-3636" src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/04/Flickr-H.-Matthew-Howarth.jpg" alt="Flickr, H. Matthew Howarth" width="512" height="342" /><h3>Flickr, H. Matthew Howarth</h3></div>
<p style="text-align: left"><strong>Ricardo Carpio Franco (*) </strong></p>
<p style="text-align: left">En los Álamos crecimos escuchando los gemidos de placer de Teresa, la esposa del doctor Quiroga. Ahora estoy seguro que a ningún vecino le hubiese indignado tanto ese pasatiempo nuestro si no fuera porque aquellos desbaratados ritos de amor solían ocurrir cuando el doctor andaba de turno en el Hospital Universitario. A lo mejor ninguno de nosotros se hubiese acordado luego de aquella época si no fuera porque las cosas terminaron tan mal para Teresa. Yo, por mi parte, no la habría vuelto a recordar si aquel hecho de sangre tan lejano no hubiese tenido nada que ver con la noche que encontré a Luis, desnudo en un rincón de su cuarto, viendo con ojos encandilados cómo Raúl se tiraba a Diana.<br />
<span id="more-3646"></span></p>
<p>En ese entonces los tríos no eran cosa rara y con el tiempo pasaron a convertirse en una vulgar fantasía a la que nadie se molestaba en darle vuelo. Pero Diana era la novia de Luis y no era un secreto para nadie que Luis la amaba de veras. La había conocido en una fiesta de la Universidad y la había amado enseguida como sólo aman los tímidos que de pronto encuentran una mujer con la que pueden fumarse confiados un porro de marihuana. En menos de dos semanas andaban juntos por todos lados y quienes creíamos conocer a Luis no entendíamos cómo logró enamorarla. Alrededor de ellos iba creciendo un halo que uno podría llamar de misterio. La dudosa impresión de que fueran hermanos (uno de esos casos extraños de gemelos dispares) sólo se desvirtuaba por su costumbre de besarse en cualquier parte…</p>
<p>Pero no vayamos tan rápido, pues la historia de Luis y la circunstancia en que tuve que verlo aquella noche sólo te serán comprensibles (y hasta justificables) si antes me dejas contarte por qué estuvo preso el apacible doctor Quiroga.</p>
<p>Recuerdo que eran vacaciones de Semana Santa y apurábamos los días reuniéndonos cada tarde para echarnos algún partido de futbol o para jugar nintendo en casa de José Carlos. Aunque se había estancado en séptimo, nunca nos avergonzamos de él, y él nunca concibió que aquel detalle fuera de importancia mientras hubiera vacaciones y él siguiera siendo el único del bonche al que le daban aquellos lujos. De hecho, era el único que vivía con sus padres, pues por una de esas manías que tiene la malparidez humana se daba el caso de que ni Luis, ni Alfredo, ni Farid, ni yo habíamos visto muy seguido el rostro de nuestro progenitor. Algunos responsables de aquello habían muerto ya o se habían ido al carajo y nosotros quedamos, sin percatarnos mucho de ello, formando una especie de cofradía de los abandonados.</p>
<p>Aunque con demasiados lotes vacíos, los Álamos era entonces un barrio vistoso, con grandes casas de dos pisos y un aire de suburbio norteamericano que nos llenaba de orgullo. Nada raro si se tiene en cuenta que era una época en que cualquier persona podía prometerse un buen rancho con solo dedicarse a trabajar todo el día. Así que nuestras madres nos dieron casas muy amplias y, de paso, la suficiente libertad para que termináramos de criarnos entre nosotros mismos. Era la nuestra una educación sentimental que abarcaba todos los aspectos de la vida e incluía por igual algunas indicaciones sobre las mejores técnicas para trampearse los exámenes del colegio o la única manera de masturbarse a diario sin coger esa cara de zángano que tienen los pajizos compulsivos. Entre tanto, peleábamos con otro par de “pandillas” por el dominio del vecindario. Nada serio, realmente (al menos para quien mira aquello mientras la sombra de cierta soledad desagradable le respira en la oreja), nada que no se resolviera con algún enfrentamiento casual en la cancha de futbol o un par de trompadas entre Alfredo y todo aquel que quisiera pasarse de la raya con Luis, que era el punto más débil (y menos agraciado, cabe decirlo) de nuestro grupo.</p>
<p>Aquella Semana Santa el doctor Quiroga anduvo muy ocupado. Eso se dejaba ver en que, hasta el jueves que ocurrió la tragedia, no hubo un solo día sin nuestra anhelada función de alaridos. A eso de las siete nos reuníamos en la casa de Luis, que vivía en la misma cuadra del doctor, y esperábamos impacientes a que apareciera el taxi del galán. Siempre lo vimos de lejos, bajito y desmirriado como sólo podía serlo quien poseyera suficientes encantos ocultos para satisfacer la voluptuosa humanidad de Teresa. Pagaba después de bajarse y entraba a la terraza del jardín con una satisfacción totalmente opuesta al abatimiento que en esas mismas ocasiones mostraba el dueño de la casa.</p>
<p>Entonces íbamos a sentarnos en el borde de aquel andén en penumbras o abríamos la verja y nos ocultábamos entre los potes de gardenias, violetas y crisantemos que Teresa regaba cantando por las mañanas. Desde ahí escuchábamos, con algo de vergüenza al principio, luego con la boca hecha agua, el ruidoso desbaratarse del buen nombre de un médico ilustre de la ciudad. Nadie menos que el doctor Quiroga, quien además de una reputación profesional muy bien ganada (eso se notó dos días después en los titulares de prensa), exhibía en su prontuario de hombre exitoso una hermosa casa levantada entre dos lotes vacíos cubiertos de flores silvestres y una mujer que adornaba con toda clase de dignidades las fantasías mejor logradas de un grupo de huérfanos adolescentes.</p>
<p>Aún sigo convencido de que ella sabía de nosotros. Podía olernos, con toda la desnudez de sus sentidos, en el moroso silencio que la espiaba cuando salía a tomar aire en el balcón, envuelta en sus batas transparentes. Sabía que la merodeábamos, pero siendo como era su ruido una simple explosión de vanidad, parecía complacerse en el hecho de que cada uno de esos mocosos que adivinaba escondidos tras las materas de su jardín quisiera ser el hombre que a esa hora estaba tirado en su cama, adormecido por aquel sosiego post mortem que nosotros apenas sospechábamos, tal vez bebiendo una cerveza mientras morboseaba su espalda, y que muy pronto la llamaría a la cama para revolcarse un poco antes de que llegara el doctor. Entonces nos íbamos, porque sabíamos que a continuación todo se reducía a un manoseo silencioso entre los amantes, muy cansados ya para iniciar otra de sus encarnizadas refriegas.</p>
<p>Pero el jueves no hicimos lo de siempre: no bajamos por la calle del colegio inventariando los matices que esa noche habían tenido los gritos de Teresa, anotando las maldiciones nuevas, los insultos que detonaban sobre el amante cuando empezaba a dar signos de agotamiento. No fuimos a dar vueltas por ahí, ni volvimos a casa queriendo escuchar entre las cuatro paredes del baño los ecos de aquella mujer desbordante. Esa noche, en cuanto Teresa volvió a entrar al cuarto, pasó lo que nadie esperaba que pasara por la cabeza de Luis: antes de que nos diéramos cuenta de nada, se estaba agarrando a la malla de la enredadera que subía hasta el techo por un costado del balcón. Flaco como era, trepó con una habilidad que daba risa. Se encogió detrás de la cortina del ventanal y desde ahí se puso a espiar hacia el interior de la habitación.</p>
<p>En algún momento se asomó por encima de la baranda, haciendo señas que hablaban confusamente de lo que acababa de ver. Luego volvió a su escondite. Farid quiso subir también, pero en el momento en que Alfredo y yo lo sosteníamos en el aire y tratábamos de empujarlo hacia arriba, José Carlos, que había salido a sentarse en el andén, volvió a entrar corriendo. En vano tratamos de avisarle a Luis que debía bajarse… Ya la camioneta blanca del doctor Quiroga venía doblando la esquina.</p>
<p>Este es el tipo de situaciones en que los contadores de historias suelen decir: “y después de eso, ya nada fue igual”. La verdad es que nada lo pareció hasta unas semanas más tarde, cuando el doctor fue enjuiciado y mandado a la cárcel con una pena que a nosotros (me refiero a quienes amábamos a Teresa) nos pareció una recompensa. De cualquier manera, nuestro ir y venir por el barrio quedó marcado desde entonces por una especie de sombra. Ahora éramos los testigos (y, para algunos, los culpables) de aquel crimen pasional. La casa, que una señora muda limpiaba dos veces por semana, empezó a volverse melancólica bajo la luz de los últimos aguaceros de abril; daba lástima ver cuánta maleza había prosperado entre las flores desde que Teresa no estaba (a veces, al cruzar frente a la casa abandonada, se me ocurría que un hombre debería perdonarle todo a una mujer capaz de amar tanto sus matas).</p>
<p>En los días que siguieron, José Carlos fue expatriado a la casa de unos familiares y ni Farid ni Alfredo volvieron a pasar por la mía. Eso sí, a todos (me refiero a los que salimos huyendo cuando el doctor apareció en su camioneta) nos iba bien en el colegio, ahora que andábamos tan juiciosos. Luis, por su parte, dejó de ir a clases un tiempo y cuando volvió se veía más flaco y más alto, y sus camisones oscuros habían aumentado unas cuantas tallas. El labio inferior se le veía contraído por el esfuerzo constante de una actitud pensativa y lastimera, como si de un tiempo para acá sólo viviera para preguntarse cosas que escapaban a sus tristes discernimientos. Las veces que fui a visitarlo lo encontré encerrado en su cuarto, oyendo <em>trance</em> a bajo volumen mientras contemplaba la matanza silenciosa en que viven enfrascados los insectos y las lagartijas del techo. Cuando volvía a casa, agotado tras vanos y despiadados esfuerzos para sacarle algo de lo que había visto, debía agradecer que, al menos, a ninguno de nosotros se le hubiese ocurrido hablar de la posición “privilegiada” que ocupó Luis aquella noche. Era de suponerse que los policías habrían terminado desquiciándolo.</p>
<p>Por mucho tiempo viví creyendo que el Doctor no había descubierto el escondite de Luis. Cuando nos vio salir de su casa, en vez de frenar y apagar el motor, como se podía esperar de su conocida paciencia, siguió calle abajo detrás de nosotros. Ya empezábamos a correr más rápido, creyendo que pretendía llevarnos por delante, cuando escuchamos que frenaba. Nos detuvimos en mitad de la siguiente cuadra (ya viste un clan de suricatos espantados) y lo vimos encender la luz de la cabina. Luego apagó todas las luces, se bajó de la camioneta y desanduvo despacio el camino hasta su casa. Antes de internarse en la penumbra del jardín, se paró un momento en el andén y miró varias veces a ambos lados de la calle, como si no encontrara las llaves… como si se estuviera burlando de nosotros después del susto que nos había metido.</p>
<p>Todavía hoy quiero pensar que ni Farid, ni Alfredo, ni José Carlos, ni yo estábamos muy conscientes de lo que hacíamos cuando decidimos irnos a casa. Tal vez fuera porque al ver al doctor caminando con tanta serenidad, con la exagerada prontitud de sus rodillas y la ancha espalda inclinada hacia adelante, nadie podría suponer siquiera que algún mal pensamiento le hubiese cruzado por la cabeza. En mi defensa sólo puedo decir que esa noche no dormí tranquilo y que si no la pasé toda en blanco fue porque pude convencerme de que Luis no iba a tener problemas para bajarse de allí.</p>
<p>Pero Luis no se bajó de aquel balcón. Estaba embelesado por el juego de los amantes. Lo paralizó la descomunal desnudez de Teresa. No terminaba de creerse el color que había tomado su piel bajo los efectos contrarios de la luz opaca de la habitación y el calor interno de su lujuria. No entendía cómo es que la carne se mantiene tan intacta ante la manipulación violenta de unas manos que la tocan con ganas de desgarrarla. Las caderas se veían distorsionadas por algún lente que las rellenaba por dentro. Ni siquiera notó que nos habíamos ido. De la presencia del doctor sólo se percató cuando lo vio asomarse a la habitación a través de la puerta entornada.</p>
<p>Así debió verme cuando me asomé a la habitación en que Diana y Raúl se apareaban para él en medio de una nube de humo rosado. Al principio no pareció fijarse en mí, reconcentrado como estaba en las contorsiones ondulantes de su chica. Se levantó del rincón y se acercó a la cama. Diana tenía el rostro contra la almohada, que ensordecía sus gemidos, y él se limitó a acariciarle el cabello tratando de no alterar toda la belleza, o el dolor, que aquello encerraba. Se sentó a un costado de la cama y, sin dejar de acariciarle el pelo, empezó a decirle cosas al oído.</p>
<p>No sabré nunca cómo fue que llegaron a eso, pero cada vez que lo pienso, mientras recuerdo la conversación que tuve con Luis unos días después, me fastidia un extraño sentimiento de culpa del que sólo me distraigo al suponer que habernos ido a la cama, en vez de volver por Luis, era parte del destino que planeó ese momento. A fin de cuentas, no había nada que pudiéramos hacer para evitar la impotencia de un corazón tan predispuesto para la tristeza. Reconozco que nuestro único compromiso era volver para tratar de librarlo de una situación en la que un muchacho de su edad no tenía muchas esperanzas. En cambio, optamos por poner distancia y esperar. Ahora él había cruzado solo la línea del miedo y no existía forma de acercarlo de nuevo a la intrepidez que lo impulsó aquel día.</p>
<p>A veces pienso en lo que debieron ser para él esos años. Me lo imagino luchando con su labio inferior como trato yo mismo a veces de deshacer mi ceño fruncido frente al espejo. Pero sospecho que él no se daba cuenta de su flacura ni de la santidad que iba apareciendo en su cuerpo a la vista extravagante de sus camisones estampados. Cuando apareció un cigarrillo en sus labios, ya no podía ser más que una nueva mueca en la cara de ese joven al que sólo su madre no daba por perdido. Yo, por mi parte, no puedo afirmar que me haya comportado a la altura, pero no en vano debo reconocer que tuve mi parte de carga. Nada comparado con lo que debió haber ocurrido en la cabeza de Luis cuando vio entrar al doctor en aquella habitación, pero si algo muy parecido al tormento, al desasosiego de ver los efectos de una pesadilla en el rostro del único hermano que te ha quedado después de haber sido una encrucijada insalvable en la vida de tus padres.</p>
<p>La había conocido en una fiesta de la Universidad y la había amado enseguida como sólo aman los tímidos que de pronto encuentran una mujer con la que pueden fumarse confiados un porro de marihuana. En esa época no quedaba mucho de la afinidad que hace que uno se sienta tan confiado con los amigos. Estaba claro que la vida empezaba a preguntar por nuestros talentos desperdiciados y que los caminos del trabajo obsesivo y el desorden obsesivo nos habían distanciado de manera irremediable. Farid era explotado en un restaurante chino que cerraba a las once de la noche. José Carlos se había marchado hacia ese Norte del que siempre hablaba. De Alfredo no se sabía mucho desde que se fue detrás una mujer llena de hijos. En todo caso, sólo Luis y yo habíamos conservado intactos los mismos anhelos. Yo, escribiendo mis versos desorientados; Luis, amando en sueños a la mujer esa que nunca llegaba para librarle de todas sus maldiciones.</p>
<p>Hasta que apareció Diana. El mismo Raúl se la había presentado. Por mucho tiempo formaron un buen grupo de salidas al que de vez en cuando se sumaba alguna amiga casual. Incluso yo salí con ellos en más de una ocasión y, salvo el exceso con que empezaron a darle después a la marihuana, creo que nunca vi en la cara de Luis nada tan parecido a la auténtica felicidad. Raúl —me dijo Luis una vez— no andaba muy bien con sus estudios, pero había encontrado la manera de procurarse buenas calificaciones dando a Luis ese aliento que tanto le faltaba. Un buen trueque, si se considera que Diana había resultado más frágil de lo que dejaba suponer su costumbre de reírse por todo.</p>
<p>—Hemos llegado a querernos mucho —me dijo Luis, cuando no hubo forma de ocultar por más tiempo el motivo de su invitación a tomarnos una cerveza. Y yo le creí, a pesar de que en esos días no había dejado de repasar la situación en que los vi la última vez.</p>
<p>— ¿Crees que ellos lo entenderían? —me dijo.</p>
<p>—No sé. Hay muchas cosas que no es fácil entender. Uno les da vueltas y vueltas y no pasa nada, en cambio hay otras muy confusas que parecen tan sencillas…</p>
<p>— ¿Crees que mi madre lo entendería?</p>
<p>No supe qué responderle. Pero eso no le impidió comprender lo inútil de seguir dando vueltas a detalles que remitían a lo menos importante de la cuestión. Le pegó un trago a su cerveza y siguió hablando.</p>
<p>—Lo hicimos por Diana… y por mí… No fue fácil, ¿sabes? La tensión llegó a volverse insoportable y aquello fue un intento de librarnos de algo que empezaba a reventarnos por dentro. Ella es tan bonita y supongo que no le resultaba fácil encontrarse tan “inservible” frente a mí. Eso me dijo una vez, llorando, después de estar toda una tarde solos en su casa. No encontraba forma de explicárselo… Ve a decirle a una mujer que dice quererte tanto cómo es que no consigues hacerle el amor. No he vuelto a verla ni hemos hablado desde ese día y no quiero ni suponer las cosas que puede estar pensando. Todo era tan extraño. Era consciente de estar dañando lo que de cualquier manera iba a dañarse, pero todavía en ese momento había algo que ni yo mismo entendía… hasta que te vi parado en la puerta.</p>
<p>Y así siguió hasta el final de la cerveza. Pidió dos más y a continuación empezó a responderme todas las preguntas que yo le había formulado mientras él se entretenía observando los hilos mortales de las telarañas. Fue mientras me hablaba de aquel recuerdo, cuando pensé (para tranquilizar mi conciencia y de alguna manera redimir nuestra huida) que es imposible no sentirse solo frente al miedo. Aquella noche él se había permitido un gesto inesperado para sus amigos, por eso de que la ambición de respeto también es insaciable, y resulta que se halló de pronto absorbido por la burbuja de una violencia que lo sobrepasaba. Nunca volvería a estar tan lejos de nosotros como en el instante en que toda su capacidad de sentir o de creer se concretó en unas ganas de orinar que le impedían moverse.</p>
<p>—Siempre había estado tratando de protegerme —me dijo.</p>
<p>Cada minuto me sentía más estúpido, incapaz de comprender de qué me estaba hablando. Pero Luis había dejado de esperar mi comprensión y, antes de que yo intentara cualquier gesto de entendimiento, empezó a contarme lo ocurrido desde que volvió a ocultarse detrás de las costinas del balcón.</p>
<p>Estaba tratando de encontrarle a Teresa un acomodo dentro de su imaginación, cuando vio al doctor Quiroga por primera vez. En ese instante sólo había sentido un temor muy vago, como si una sustancia gaseosa empezara a fluir dentro de su pecho. Pero, aunque luego llegó a asustarse de veras por la insana tranquilidad que expresaba el rostro del doctor, no dejó de volver una y otra vez a las tetas maternales de Teresa. El hombrecito, mientras tanto, había empezado a resbalarse despacio hacia los pies de ella. Durante un buen rato Luis y el doctor fueron dos mirones anonadados por la desproporción de ese imposible: era tan pequeño el amante de Teresa, tan negro el humor de esa broma que ella le estaba gastando a su esposo.</p>
<p>Luis volvió a mirar hacia la puerta de la habitación, pero el doctor ya no estaba. Cuando apareció de nuevo, traía un cuchillo en la mano.</p>
<p>Sorprende al hombre cebándose en las rodillas de Teresa y lo atraviesa varias veces a la altura de los riñones. A Luis se le ocurre que el tipo se retuerce igual que un gallito de pelea malherido al que han cruzado las alas sobre la rabadilla después de torcerle el pescuezo. El doctor lo jala por los pies para tirarlo al piso y lo deja ahí, dando fuertes bandazos contra las patas de la cama, espasmódicos movimientos que, al cabo de un minuto, terminarán en una profunda calma.</p>
<p>Teresa intentó gritar, pero solo le salió un gemido, como los que lanzaba en las inmediaciones del orgasmo.</p>
<p>Abre la boca de nuevo, en una mueca profunda y suplicante, pero de ella no sale nada. Antes de que tome el aire suficiente para dar un verdadero grito, el doctor recoge un almohadón del suelo y se le echa encima. La lucha resulta encarnizada, pues Teresa es fuerte y logra quitárselo de encima en varias ocasiones, pero el doctor está muy bien aferrado a su presa y cada vez ha vuelto a cubrirle la cara. Las piernas de Teresa se sacuden frenéticamente en el aire, como si estuviera luchando por emerger a toda prisa desde una gran profundidad.</p>
<p>Luis, mientras tanto, se había ido acercando al vidrio del ventanal, sin darse cuenta siquiera que hacia los últimos movimientos de Teresa tenía medio cuerpo asomado en la habitación. Según me dijo, había tenido el impulso de colgarse de la enredadera y escapar, pero aquella visión de la mujer con las piernas abiertas lo dejó paralizado. Se sintió encendido en fiebre y las rodillas se le desajustaron.</p>
<p>—Te juro que ni siquiera me había tocado —dijo, devolviendo la botella a la mesa.</p>
<p>Pero ahí estaba ya, sin saber qué debía pensar de aquella reacción suya frente a la pasmosa brutalidad del doctor. No supo tampoco si había hecho alguna clase de ruidos, pero cuando volvió a mirar hacia el interior, después de un lapsus en que se entretuvo contando las flores moradas de la enredadera, el doctor estaba mirándolo, de pie junto al cuerpo inmóvil de su esposa.</p>
<p>Sin afanarse demasiado, se acercó al hombre muerto. Dio una amplia zancada para eludir la sangre y le miró de través antes de arrancarle el cuchillo. Lo limpió en el manojo de sábanas que el forcejeo de Teresa había amontonado junto a la cama y se dirigió hacia el balcón.</p>
<p>—Sencillamente no podía moverme… y te juro que lo intenté varias veces. De haber podido me tiro del segundo piso sin dudarlo. Me sentía embotado, la cabeza me daba vueltas y las piernas me temblaban. Parecía que toda la sangre se me estuviera convirtiendo en meados.</p>
<p>El doctor había pasado junto a él, cuidándose torpemente de ocultar el cuchillo detrás de la espalda, como para no asustarlo. Una delicadeza que no se correspondía con su respiración entrecortada. Cuando se asomó al cielo limpió y rojizo de la ciudad soltó un suspiro de alivio. Lejos, al otro lado del mundo, los autos zumbaban por la avenida.</p>
<p>Mil horas después el doctor se dio la vuelta y lo empujó suavemente por el hombro para hacerlo entrar en el cuarto.</p>
<p>—Ven, déjame mostrarte algo.</p>
<p>Lo hizo sentarse en el borde de la cama opuesto al lugar donde reposaba el cadáver de Teresa, tan pequeña ahora que la veía de cerca, acostada con las piernas abiertas y el rostro bajo la almohada. No supo explicarse porque sentía un asco tan profundo frente a una desnudez que seguramente era cálida todavía. Trató de no volver a mirarla, pero no podía.</p>
<p>— ¿Crees que todos los corazones son iguales? —preguntó el doctor, como reiniciando una conversación abandonada hace un momento—. Pues sí, hijo, el tuyo y el mío y el de estos dos son igualitos. Así que no creas lo que dicen del corazón… ¿Quieres ver el corazón de Teresa? No es que yo piense que es una mala mujer… al contrario.</p>
<p>Después de decir aquello descubrió el cadáver de su mujer y lo examinó durante un rato, como enternecido por su sueño apacible. Con la punta de los dedos le apartó los mechones que se pegaban sobre el sudor de su frente. Adelantó nuevamente la mano del cuchillo y le abrió una línea curvada entre los senos. Dejó el cuchillo en la cama y puso la mano (firme y huesuda) en forma de pico. La introdujo a través de la hendidura, haciendo grandes esfuerzos por abrirse paso entre los pulmones. Luchó en silencio con las arterias, resoplando fuertemente y haciendo girar el brazo, hasta que algo se desprendió con un crujido sordo dentro del pecho de la mujer. Luego de hacer lo mismo con el hombre se acercó al borde de la cama llevando un corazón en cada mano. Los puso frente a Luis y empezó a hacer tímidos malabares con ellos, pasándoselos de una mano a otra.</p>
<p>— ¿Sabes cuál es el de Teresa? —le preguntó el doctor.</p>
<p>Luis recuerda que eran casi idénticos, uno un poco más grande que el otro, pero ambos con la deformidad y la misma contextura marrosa de las pepas de aguacate. No supo qué responder. El doctor volvió a preguntarle, acercándoselos hasta casi hacer que le rozaran la nariz, pero él no aguantó y se puso a llorar.</p>
<p>El doctor no dijo nada más. Sólo volvió a suspirar, esta vez con un dejo de cansancio. Entró al cuarto de baño, donde se oyó un chorro de agua y el golpe de algo hueco que se estrellaba contra el piso. Volvió a la habitación secándose las manos con una bata de mujer.</p>
<p>Le dio a Luis algunos golpecitos en la mejilla mientras le pedía que se tranquilizara. Lo guio fuera de la habitación, advirtiéndole que tuviera cuidado de no ensuciarse los zapatos, y siguió caminando delante de él para evitar que tropezara al bajar la escalera.</p>
<p>Ya en el primer piso, fue a la cocina y le ofreció un vaso de agua. Finalmente, abrió la puerta de la calle y lo despidió deseándole buenas noches. Entonces se apagaron todas las luces de la casa y fue como si el mundo se llenara de grillos.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-<br />
<em>(*) Colaborador. </em></p>
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		<title>Diatriba contra el despecho (O el burdo desencanto de lo permitido)</title>
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		<pubDate>Wed, 02 May 2012 11:00:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>
		<category><![CDATA[despecho]]></category>
		<category><![CDATA[música]]></category>

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Libaniel Marulanda (*)









Señor cantante, si usted quiere romper el cerco discográfico y mediático; si sus sueños públicos, íntimos y sentidos siempre han estado encaminados a seducir a esa escurridiza deidad llamada fama, atiéndame los siguientes consejos que lo llevarán en coche hacia sus brazos. Usted está pasando el aceite de las dificultades económicas, su nariz [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left">
<div id="attachment_3638" class="recurso_post aligncenter" style="width: 522px"><img class=" size-full wp-image-3638 " src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/04/Flickr-laffy4k.jpg" alt="Flickr, laffy4k" width="512" height="384" /><h3>Flickr, laffy4k</h3></div>
<p align="center">
<p align="center"><strong><br />
</strong></p>
<p align="center">
<p style="text-align: left"><strong>Libaniel Marulanda (*)</strong></p>
<table style="text-align: left" border="0" cellspacing="0" cellpadding="0" width="945">
<tbody>
<tr>
<td width="365" valign="top"></td>
<td width="12"></td>
<td width="568" valign="top"></td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p style="text-align: left">Señor cantante, si usted quiere romper el cerco discográfico y mediático; si sus sueños públicos, íntimos y sentidos siempre han estado encaminados a seducir a esa escurridiza deidad llamada fama, atiéndame los siguientes consejos que lo llevarán en coche hacia sus brazos. Usted está pasando el aceite de las dificultades económicas, su nariz está achatada por los portazos de productores, empresarios y emisoras. Usted cree ser un buen cantante, con las condiciones necesarias para ser tomado en serio. Sobrepuestos a los celos gremiales, incluso para sus colegas, usted es afinado, tiene medida y buena voz. Usted se sabe estudioso, preocupado por ampliar su repertorio y, lo que es importante, tiene una pinta y un ego talla XL. En suma, usted “<em>es un buen muchacho”</em>, pero en el mercado de la farándula nadie mete las manos al fuego por su trabajo…<br />
<span id="more-3639"></span></p>
<p>Óscar Agudelo dijo que sí, sin darle muchas vueltas al asunto. Se trataba de actuar en la semana cultural de la Procuraduría General de la Nación, a salvo entonces del incienso y el fanatismo católico. La actuación de Óscar Agudelo y otras figuras sería retribuida con magnánimos aplausos y ni un solo peso, lo usual en los presupuestos para la cultura. Como la conversación no podía reducirse a pedirle su gratuidad vocal, ante el consabido ¿Cómo va el trabajo?, entre risas refirió que en Villavicencio querían presentarlo en la plaza de toros si no cobraba mucho. El precio de su show partía de $400 mil pesos. Los empresarios, antes de indagar el costo, le advirtieron que el espectáculo sería muy importante para Óscar: tendría la honrosa oportunidad de alternar con uno de los ídolos del recién inventado género del despecho.</p>
<p>Señor cantante, desde el momento en que quiso sustraerse a la cauda humana que deriva su sustento del trabajo llano, aburrido y mal pagado, tanto sus padres como sus vecinos y amigos intentaron persuadirlo de la enorme dificultad que entraña ganarse la vida cantando. Y, como de todas maneras tampoco hubo donde trabajar mientras su voz se fortalecía, al final hizo lo que le produce mayor placer: cantar, cantar, aquí y allá, de esto y de lo otro, pero, eso sí, esforzándose por ser cada día mejor. Y como “<em>lo que natura no da Salamanca no lo presta”, </em>usted comprobó que a la buena factura de su canto podía añadirle las ganas y capacidades para componer. Tenía ante sí dos o tres generaciones de músicos que a pulso ganaron sofá en la sala del prestigio y el fervor del público.</p>
<p>Sin que Óscar Agudelo señalara cuál era su precio, los empresarios le advirtieron que tenía que cobrarles tan suave como la estrella del Despecho. Como nuestro viejo cantante se sintió categorizado como decadente y telonero, les preguntó a los realizadores por la cuantía asignada al despechado “<em>showman”</em> central del evento. “Cinco millones”, le dijeron. Y como la vejez mata diabólicas sapiencias, Óscar ladró echado y luego del regateo accedió a presentarse por una suma que era diez veces mayor a la que pretendió pedir. Si quiere mayor claridad párese en el año de 1992: Nueva Constitución, ascenso del cartel del norte del Valle, decadencia del cartel de Medellín… Pereira se endomingaba con presidente neoliberal, grandes inversiones, flujo de capitales claros y oscuros. ¡Ah! y con el auge del cartel, el advenimiento y consolidación de su respectiva subcultura: ¡Viva el despecho!</p>
<p>Señor cantante,  su formación e imaginario, con academia o sin ella, estuvo tutelada por el variado repertorio de ese algo que llamábamos hasta el siglo pasado música popular. A usted quizá también lo acunó “en tangos la canción materna pa llamar el sueño”, vio brotar “como en un manantial las mieles del primer amor”; a pesar de su juventud ha castigado la baldosa con La piragua, de José Barros, Sonido bestial, de Richie Ray, e incluso ha llegado a coquetearle a Alci Acosta. Sus padres y abuelos le han hablado de Leo Marini, de Tito Rodríguez, Los Panchos, La Sonora Matancera, Lucho Ramírez, Alfredo Sadel, Marco Antonio Muñiz y cientos de vocalistas y orquestas del siglo pasado. Pese a la brecha, usted ha admitido la calidad de sus antecesores y por eso muchos de esos temas están en su repertorio…</p>
<p>Para hacer un poco de historia, precisemos que desde los albores del siglo pasado comenzaron a oírse grabaciones de discutible calidad musical. Luego, el hecho de que las estaciones del ferrocarril fueron aglutinando hoteles, bares y servicios de asistencia sexual, fue atrayendo un estilo de música popular que era el anillo al dedo de amores y desamores. Aunque era música sin pretensiones, sus letras e intérpretes se esforzaban en tener decoro. A esa música se le llamó <em>música de carrilera.</em> Justamente en esa corriente musical dio sus primeras y decisorias brazadas Óscar Agudelo. Sus éxitos fueron refritos criollos de viejos tangos argentinos, incluso cantados por Gardel y otros pesos pesados. Su voz plena de eses sibilantes, muy paisa, colonizó bares y corazones en la geografía colombiana. Oiga cualquiera de sus canciones y notará que tienen letras coherentes y bien hechas.</p>
<p>Señor cantante, despiértese que hace veintidós años se agotaron los cupos para la música que heredó, que añadió a su repertorio o ha compuesto. De ilusos tenemos suficiente; aquellas historias de ignotos cantantes que son descubiertos por magnates de la industria fonográfica o empresarios artísticos, ahora son cuentos de hadas. Tal vez en latitudes del primer mundo se observen casos así pero usted es de aquí y el TLC tampoco funciona para eso. Percátese de que tiene millones de personas haciéndole competencia segundo a segundo. ¿Sabe cuántos álbumes se graban por minuto en el planeta? Simple: cuente cuántos estudios de grabación tiene su ciudad, multiplique por el número de ciudades del país; averigüe cuántas grabaciones hace en promedio cada estudio; súmele el mercado exterior y, entonces, entre en contacto con la superficie donde ahora está parado y rascándose la cabeza.</p>
<p>Hemos citado a una figura como Óscar Agudelo porque a través de su anecdotario podemos contar la historia común a los cantores de una música que perdió su sitio bajo el sol. Episodios como el suyo en el espectáculo de Villavicencio, narrado arriba, han sido vividos por centenares de artistas a quienes se les agotan de manera paulatina los compases para vivir y cantar. A los lectores puede parecer arbitraria la distinción entre música popular y música del despecho. Pero no es un afán de enredar la cuestión ni caer en los “ismos” tan socorridos en la literatura y demás artes. Hay que buscar el porqué de la frontera entre una y otra expresión a partir de la ocurrencia de hechos sociales y económicos. Aquí también la concurrencia del dinero, las bonanzas y sus personajes engendra expresiones culturales o contraculturales.</p>
<p>Señor cantante, usted puede llegar adonde es preciso que llegue, si es que ya lo convencí de lo inútil que es soñar en términos éticos o estéticos. Mire y oiga a su alrededor. Le propongo que escojamos algunas luminarias del despecho; desde quien ha fungido como rey del género hasta sus émulos que son como las últimas copias que se hacían al carbón en las oficinas. ¿Qué tienen ellos que usted no pueda tener? Hombre, píllese la nota cómo es; comience por la voz: en cuanto más grotesca,  mejor; si tiene algún defecto notorio, como un abuso al vocalizar, eso que llaman un sonsonete similar al que entronizó el propio rey, usted <em>“está hecho”.</em> Los productores o sus padrinos notarán que su voz tiene “personalidad”. Entiéndalo: para cantar feo es preferible nasalizar su voz y emitirla por entre los cornetes.</p>
<p>La música del despecho y su designación oficial como género proviene de un festival homónimo que se realizó en Pereira, en noviembre de 1990. El evento fue publicitado y difundido en medios nacionales, como la Revista Semana. Incluso pretendía convocar a poetas, escritores y demás artistas, alrededor del desamor. Al parecer todo un evento de alta connotación cultural. Bien pronto quedó al descubierto su verdadera razón: vender un abominable género musical, traficar con la impuesta ignorancia del pueblo. No nos metamos mentiras: su promoción festivalera tan solo buscaba engrupir al turismo despistado y promover el mercado de una música de paupérrima calidad. Una música de melodías y armonías previsibles, chabacanas, prefabricadas, clisés, sometidas a un formato invariable en sus arreglos e instrumentaciones. Unas canciones y letras que pueden componerse en media hora, sin que se requieran conocimientos musicales o literarios.</p>
<p>Señor cantante, ¿Quiere saber cómo se hace una letra despechada, comercial y que cautive pueblo? Le voy a transcribir un ejemplar fragmento, de <em>“Por mí llorarás</em>”, de Luis Alberto Posada:</p>
<p><em>“Sola quedarás cuando me aleje,/no sé a quién querrás cuando te deje,/sé que otro vendrá y te besará/y con sus caricias me recordarás,/al besar sus labios me recordarás,/ al sentir sus manos me recordarás,/ al mirar sus ojos por mi llorarás,/ y al decir su nombre el mío dirás,/ y no te amará como yo te amaba,/ ni te besará como yo te besaba,/ni te quemarán sus labios fríos,/ entonces tu alma añorarán los míos,/ y me buscarás y me llamarás,/ y al nunca encontrarme por mí llorarás,/ sin ningún consuelo, ni una mano amiga,/ que por ahí te diga, yo sé dónde está (…)” </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p>El imbatible triunvirato que conforman, El Charrito Negro, Luis Alberto Posada y Jhonny Rivera, se fortaleció en la región de mayor bonanza de coca y violencia narcoparamilitar: El norte del Valle y Risaralda. Abarrotan coliseos, robustecen la billetera de Jorge Barón y es tanta la adoración colectiva por ellos que su sonsonetudo estilo permeó la juventud de aquellos entornos geográficos de dualidad rural-urbana, justamente los lugares en donde nacieron y comenzaron. El poder seductor de esta subcultura ha conseguido instaurar un sincretismo que en épocas pretéritas hubiera sido imposible: alrededor de las ventanillas y expendios de alcohol, en un derroche de decibeles, atruenan el reguetón y las canciones del despecho. Por otra parte, los políticos descubrieron una fórmula infalible para captar clientela en elecciones: llevar a los ídolos; una inversión costosa pero que los contratos y la repartija burocrática resarcirán.</p>
<p>Señor cantante, analice la canción transcrita, haga una parecida y procure evitar un recalentamiento neuronal. Fíjese que en los 16 versos transcritos, hay 16 originales rimas obtenidas a partir de inflexiones verbales: Llorarás, vendrás, etc. Para ser más creativo recurra también al filón de rimas de los participios pasados: llorada, tomada, recordada…en fin, existen centenares de palabras adecuadas para darle fuerza a la canción que puede catapultarlo. Ojo: no caiga en la tentación de utilizar palabras diferentes a las usadas por los triunviros citados arriba. Recuérdelo siempre: el estribillo es la clave para que el público sienta ese amor a primera oída por sus creaciones. Péguesele a un productor de televisión del Canal Uno; lagartéele, llórele, haláguelo y convénzalo. Trabaje, trabaje y trabaje, que la pulsera y el collar de fantasía que usa ahora serán reemplazados por oro de verdad.</p>
<p>La música ha sido víctima en todos los tiempos de la ambición desbordada de productores y empresarios. El mercado requiere vender lo que sea y el sentimentario popular es rentable. Los promotores argumentan que producen lo que el público quiere. Pero… ¿No será más bien que la gente termina por aceptar aquella basura que muele una y otra vez la radio o la televisión y responde al estímulo como perro a la campanilla de Pavlov? He aquí una explicación a la existencia del monopolio que el abominable género instauró en el país. Solo así nos explicamos por qué hasta las cajas de compensación familiar han terminado por expedirle pasabordo en sus programas de esparcimiento cultural a este cartel del despecho. Aquí podemos deducir cuál es el papel determinante de la payola en la elaboración del gusto musical de una sociedad.</p>
<p>Señor cantante, atienda mi mejor consejo: consígase treinta millones de pesos. Vaya a San Andresito. Busque a uno de los duros de la piratería. Dele la plata y sus canciones. Él quemará veinticinco mil copias de un nuevo disco MP3. El título puede ser, “Nuevos éxitos del despecho con Darío, El Charrito, Luis Alberto, Jhonny…y ¡usted!”  Las copias serán distribuidas en todo el país. Cada vendedor callejero de cedés tendrá este nuevo álbum. Autopiratearse no le producirá dinero pero, lenta,  la fama llegará con los contratos que le permitirán obtener esos sesenta millones de pesos que deberá pagar en  payola. ¿Qué es eso? Elemental: pague por hacer sonar sus canciones varias veces al día en la radio regional. A más emisoras, más plata pero mayor fama. ¿Qué dirán en su pueblo cuando lo vean en El Show de las Estrellas?</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<br />
<em>(*) Colaborador. </em></p>
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		<title>Garzón rompe su silencio</title>
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		<pubDate>Tue, 01 May 2012 20:00:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevista]]></category>
		<category><![CDATA[Alfredo Garzón]]></category>
		<category><![CDATA[Cartones]]></category>
		<category><![CDATA[dibujo]]></category>
		<category><![CDATA[Feria del Libro de Bogotá]]></category>

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		<description><![CDATA[NO TIENE LA VISIBILIDAD QUE ALCANZÓ SU HERMANO JAIME,  pero Alfredo es el cerebro de los ‘Cartones’ que durante 30 años han puesto a pensar a los lectores de El Espectador. Hoy lanza su antología en la Feria del Libro de Bogotá.  
   
Pastor Virviescas Gómez (*) 
   
En la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_3643" class="recurso_post aligncenter" style="width: 578px"><img class=" size-full wp-image-3643 " src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/05/be1f7767930e860e9bc56fd5f5f40efd.jpg" alt="Alfredo Garzón." width="568" height="378" /><h3>Alfredo Garzón.</h3></div>
<p style="text-align: left">NO TIENE LA VISIBILIDAD QUE ALCANZÓ SU HERMANO JAIME,  pero Alfredo es el cerebro de los ‘Cartones’ que durante 30 años han puesto a pensar a los lectores de El Espectador. Hoy lanza su antología en la Feria del Libro de Bogotá.<strong><span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></strong></p>
<p style="text-align: left"><strong><span style="text-decoration: underline"> </span> <span style="text-decoration: underline"> </span></strong></p>
<p style="text-align: left"><strong>Pastor Virviescas Gómez (*)<span style="text-decoration: underline"> </span></strong></p>
<p style="text-align: left"><span style="text-decoration: underline"> </span> <span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p style="text-align: left">En la lista de los parcos, Alfredo Garzón Forero ocupa uno de los primeros lugares. Todo el tiempo se la pasa leyendo, observando, formulando preguntas y guardando esa información en su ‘disco duro’.<span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p style="text-align: left"><span style="text-decoration: underline"> </span> <span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p style="text-align: left">A los 53 años este bogotano podría estar desempeñando un alto cargo dentro de la Compañía de Jesús, pero su atracción por el dibujo fue más poderosa que el ‘llamado celestial’.<br />
<span id="more-3642"></span> <span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><span style="text-decoration: underline"> </span> <span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p>Así es como este ex jesuita irredento, que no ha perdido su sensibilidad por causas extravagantes en estos tiempos como la justicia social, hoy sigue haciendo la tarea de entregar con puntualidad los ‘Cartones de Garzón’ que desde hace tres décadas se publican en El Espectador y le han valido un lugar especial entre quienes añoran el Magazín Dominical o lo buscan cada domingo en las páginas de opinión, casi siempre al lado de William Ospina o Umberto Eco.<span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><span style="text-decoration: underline"> </span> <span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p>Pero Garzón no olvida aquellos días en que junto a Manuel Garnica (quien ya falleció) y Vicente Durán (hoy vicerrector de la Universidad Javeriana), estuvo llevando ‘la palabra’ a los habitantes del desamparado barrio San Martín de Bucaramanga o esparciendo la Teología de la Liberación, que para el momento se entrelazaban.<span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><span style="text-decoration: underline"> </span> <span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p>Otras de sus peculiaridades son su expresión de asombro -‘¡no friegue!’, por ejemplo-, una sonrisa de seminarista y su fascinación por los tejemanejes de la geopolítica o asuntos más complejos como la comprensión de la especie humana y su sobredosis de egoísmo.<span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><span style="text-decoration: underline"> </span> <span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p>De la mano del médico Santiago Rojas Posada, los sacerdotes Alejandro Angulo y Carlos Novoa, el periodista Ignacio Gómez y el caricaturista Vladdo, Jaime Garzón presentará sus ‘Cartones’ este martes 1 de mayo a las 4 de la tarde en la Sala ‘Vargas Vila’ de Corferias, bajo el sello Taller de Edición Rocca.<span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><span style="text-decoration: underline"> </span> <span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><strong>¿De dónde le nació su pasión por el dibujo?</strong><span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p>Yo diría que es más una pasión por entender, que  desarrollé a través de la observación y de una relación íntima con el dibujo. Pero hay un hecho que fue determinante, cuando tenía como siete años mi papá me encargó unos dibujos para su oficina. Sentirme así de valorado por él, por el hecho de dibujar, me ayudó a enamorarme del dibujo.<span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><span style="text-decoration: underline"> </span> <span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><strong>Como quienes escogen ser periodistas porque son malos para las matemáticas, ¿usted optó por el dibujo para escapar de la educación física?</strong><span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><span style="text-decoration: underline"> </span> <span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p>El dibujo me sirvió para escapar de todo y a la vez fue el vehículo para relacionarme con todo y en ese proceso construir un mundo interior sólido.<span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><span style="text-decoration: underline"> </span> <span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><strong>¿Cuáles son los rasgos que caracterizan sus cartones?</strong><span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><span style="text-decoration: underline"> </span> <span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p>Dos: el silencio y la síntesis. El silencio es el espacio de la claridad, es donde ocurre la síntesis después de la expansión y el caos. Describo las partes del tema de manera clara y establezco un contexto para obtener una síntesis.<span style="text-decoration: underline"> </span><span style="text-decoration: underline"> </span></p>
<p><strong>¿Se puede decir todo con imágenes o a veces faltan las palabras?</strong></p>
<p>Al principio fue la palabra, es la palabra la que desata la imaginación. Una imagen vale mil palabras, pero sin palabras no hay imaginación, no hay imagen. La palabra es el lenguaje del pensamiento, sin palabras no hay pensamientos; de hecho, la palabra es lo único que tenemos.</p>
<p><strong>¿Sus cartones son para intelectuales o al menos bachilleres, o los puede entender hasta un congresista colombiano?</strong></p>
<p>Los puede entender todo aquel que quiera hacer el esfuerzo intelectual de leerlos. Los cartones implican una lectura, y todas las lecturas son válidas. En ese sentido son un encuentro con tu propio lenguaje.</p>
<p><strong>¿Qué busca con sus cartones: hacer reír, poner a pensar, meter el dedo en la llaga o todas las anteriores?</strong></p>
<p>Provocar una conversación; contigo mismo o con los demás. Una conversación sobre temas fundamentales.</p>
<p><strong>¿Qué le heredó Garzón a Héctor Osuna –de lejos el mejor caricaturista que tiene el país-?</strong></p>
<p>El amor por el dibujo. Osuna ha sido mi maestro y mi mentor. Y ha sido un gran amigo. Es el autor del prólogo de mi libro. En sentido estricto, he sido un muy mal alumno de Osuna porque no soy fisonomista. He desarrollado otro tipo de trabajo.</p>
<p><strong>¿Su trabajo está más cerca de la caricatura o del arte (grabado)?</strong></p>
<p>Mi trabajo está en la frontera entre la caricatura y el arte, se reproduce por cientos de miles en El Espectador y a la vez es objeto de exposiciones en museos y galerías. Mi primera exposición individual fue en el Museo de Arte Moderno de Bogota en 1986 y el año entrante regreso al Museo con una exposición de dibujos y grabados. Eduardo Serrano dice que nada más lejos de la caricatura que mi trabajo, y en el ensayo que escribió para el libro explica esa hipótesis con una claridad envidiable. De manera que mi trabajo un día es caricatura y otro día es arte.</p>
<p><strong>¿A quiénes han incomodado sus Cartones?</strong></p>
<p>Hasta ahora no sé de nadie que se haya incomodado por mis Cartones.</p>
<p><strong>¿Garzón sigue aferrado a la tinta china o se dejó seducir por la tecnología?</strong></p>
<p>Sigo aferrado a la tinta china y en el caso del grabado a una técnica del siglo XV.</p>
<p><strong>¿Por qué el libro ahora: por los 30 años o porque está a punto de tirar la toalla?</strong></p>
<p>El libro es un proyecto personal para celebrar los 30 años publicando en El Espectador. De tirar la toalla ni hablar, hoy estoy más entusiasmado que nunca con mi trabajo.</p>
<p><strong>¿Para qué hacer libros en un país donde abundan los ignorantes y los tacaños, una Colombia que en todo caso no lee -cifras………………….-?</strong></p>
<p>El país no es ignorante ni tacaño y hay que seguir haciendo libros porque el país lee.</p>
<p><strong>¿Qué habría sido de Garzón jesuita: párroco en Ciudad Bolívar, rector de un colegio, misionero en África o banquero?</strong></p>
<p>Director de un banco con muchos fondos, del Banco de datos de violencia política en Colombia.</p>
<p><strong>¿Se le acabó la fe en Dios o es que nunca creyó en él?</strong></p>
<p>Dios somos todos nosotros, creo profundamente en la gente. Lo dice mejor Pierre Teilhard de Chardin (jesuita y filósofo francés): “Somos seres espirituales viviendo una experiencia humana”.</p>
<p><strong>¿Qué es lo que más extraña de su hermano Jaime?</strong></p>
<p>Su compañía y su complicidad de hermano, su buen humor, su inteligencia.</p>
<p><strong>A todas estas, ¿quiénes asesinaron y quiénes mandaron a matar a Jaime?</strong></p>
<p>El crimen fue ejecutado por miembros de la banda de sicarios ‘La Terraza’, dirigida por Diego Fernando Murillo Bejarano, alias ‘Don Berna’ o ‘Adolfo Paz’, actualmente extraditado a los Estados Unidos. Según las revelaciones ante la jurisdicción especializada establecida por la Ley No. 975 de 2005 (o ‘Ley de Justicia y Paz’) de varios ex comandantes paramilitares y antiguos subordinados del líder de las ‘Autodefensas Unidas de Colombia’, Carlos Castaño Gil, por encargo de varios militares, habría dado la orden de asesinar a Jaime a alias ‘Don Berna’, quien la transmitió a la banda ‘La Terraza’. Según ex comandantes paramilitares, el oficial de reserva del Ejército, instructor en la Escuela de Inteligencia y Contrainteligencia de la XX Brigada del Ejército y alto funcionario del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), José Miguel Narváez Martínez, fue el encargado de transmitir a Carlos Castaño Gil la solicitud de los militares de eliminar a Jaime. El 29 de noviembre de 2000, el grupo de sicarios de ‘La Terraza’ emitió un comunicado público en el cual denunciaba que el asesinato de Jaime había sido ordenado por el general Jorge Enrique Mora Rangel (comandante del Ejército durante los cuatro años del Gobierno de Andrés Pastrana y de las Fuerzas Militares durante el primer año del Gobierno de Álvaro Uribe Vélez) al jefe paramilitar de las AUC, Carlos Castaño Gil.</p>
<p><strong>¿Qué perdió Colombia con la muerte de Jaime?</strong></p>
<p>Al más brillante de los humoristas políticos de los últimos 50 años. A un colombiano comprometido profundamente con la justicia social y económica, fundamento de la paz.</p>
<p><strong>¿Cómo en el caso de don Guillermo Cano -asesinado hace 25 años-, la impunidad también reinará en el caso de Jaime?</strong></p>
<p>Ni la familia ni el país merecen semejante suerte. Hasta ahora reina, queremos destronar esa reina.</p>
<p><strong>¿Qué les dice a quienes aún hoy sugieren que Jaime era un elemento peligroso o incluso dicen que era un guerrillero?</strong></p>
<p>A raíz de su labor de mediación humanitaria para la liberación de personas secuestradas por grupos guerrilleros, con la autorización del Programa Presidencial para la Defensa de la Libertad Personal y como asesor en temas de política de paz, conciliación, cultura y convivencia de la Gobernación de Cundinamarca, y de sus actividades para una solución política al conflicto armado en Colombia, como miembro de la Comisión de Facilitación Civil para los diálogos de paz entre el Gobierno nacional y el grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional, Jaime fue víctima de hostigamientos y señalamientos temerarios por altos mandos de las Fuerzas Militares, y en particular del general Jorge Enrique Mora Rangel, quien tildaba al periodista de ser amigo de la guerrilla.</p>
<p><strong>¿Con cuál faceta de Jaime se queda?</strong></p>
<p>Con la única que tuve, un súper hermano y un hombre brillante, comprometido, íntegro.</p>
<p><strong>¿Por qué el país no conoce la Ley en homenaje a Jaime (1491 del 26 de diciembre de 2011)?</strong></p>
<p>La ley de honores del Congreso de la República honra y exalta la memoria de Jaime como abogado, pedagogo, periodista y analista político, “por su incansable trabajo en pro de la libertad, de la ética pública, del respeto por la vida y los derechos fundamentales y de la búsqueda de la paz y la dignidad para la sociedad colombiana”. Autoriza al Gobierno Nacional, para que a través de Señal Colombia se realice la recopilación, selección y publicación de la vida y obra de Jaime; solicita al Gobierno la construcción de un busto de Jaime, el cual será ubicado dentro del campus de la Universidad Nacional de Colombia, en el lugar que ésta determine. Y lo más importante de todo, declara el 13 de agosto como el Día Nacional de la Esperanza, en homenaje a la memoria de Jaime.</p>
<p><strong>¿Concibe sus cartones en otro periódico que no sea El Espectador?</strong></p>
<p>El Espectador es el diario liberal por excelencia, liberal desde el punto de vista filosófico, respetuoso con sus colaboradores, eso ha hecho posible una relación de tantos años.</p>
<p><strong>En las buenas y en las malas usted ha estado en El Espectador y El Espectador ha estado con usted. ¿Es un matrimonio indisoluble?</strong></p>
<p>Mi relación con El Espectador nació en mi casa, donde desde muy niños mi mamá nos hacía leer el periódico, de hecho nos marcaba lo que le había parecido interesante. Crecimos leyendo columnistas, apreciando la opinión y el periodismo de ideas, al maestro Osuna, Klim, la ‘Libreta de apuntes’ de don Guillermo Cano, ‘Coctelera’ de Alfonso Castillo Gómez, la columna de doña Inés de Montaña. A los 22 años comencé a colaborar con el diario.</p>
<p><strong>Si le dieran a escoger entre ser abandonado en la mitad del desierto del Sahara o volverse admirador de Álvaro Uribe Vélez, ¿qué escogería?</strong></p>
<p>Prefiero la experiencia purificadora del Sahara, lo otro es la demencia, que es sufrimiento.</p>
<p><strong>Si el trabajo que hace en Estados Unidos -donde está gran parte de su familia- es más rentable, ¿por qué insiste en seguir dibujando los Cartones?</strong></p>
<p>Dibujar es un placer incomparable, lo recomiendo.</p>
<p><strong>¿La vida de Alfredo Garzón es un laberinto infinito -como el que tantas veces dibuja-, un enorme interrogante o una jaula sin puerta de escape?</strong></p>
<p>Construyo, cada día, una vida que disfruto y que amo.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<br />
<em>(*) Colaborador. </em></p>
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		<title>Sex and the City: Cartagena</title>
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		<pubDate>Tue, 01 May 2012 15:31:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>
		<category><![CDATA[Cartagena]]></category>
		<category><![CDATA[servicio secreto]]></category>

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“En memoria de las putas&#8230;alegres”
(parafraseando a Gabriel García Márquez)
 
Socorro Ariza (*)
Que sea el Washington Post, precisamente el periódico de la ciudad donde más escándalos sexuales se registran, el que dice, como si estuviera descubriendo el agua tibia, que Cartagena está inundada de prostitutas, la verdad no deja de ser un chiste típicamente gringo, o [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_3634" class="recurso_post aligncenter" style="width: 522px"><img class=" size-full wp-image-3634" src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/04/Flickr-lamiatidamerda.jpg" alt="Flickr, lamiatidamerda" width="512" height="342" /><h3>Flickr, lamiatidamerda</h3></div>
<p align="center"><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align: left"><strong>“<em>En memoria de las putas&#8230;alegres</em>”</strong></p>
<p style="text-align: left"><strong>(parafraseando a Gabriel García Márquez)</strong></p>
<p style="text-align: left"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: left"><strong>Socorro Ariza (*)</strong></p>
<p style="text-align: left">Que sea el <em>Washington Post,</em> precisamente el periódico de la ciudad donde más escándalos sexuales se registran, el que dice, como si estuviera descubriendo el agua tibia, que Cartagena está inundada de prostitutas, la verdad no deja de ser un chiste típicamente gringo, o sea: tan idiota, que tienen que ponerle risas en el fondo para que los bobos que les llevan la cuerda se rían. Aunque la lista de los casos de políticos estadounidenses involucrados en escándalos de este tipo sean muchos, mencionaré, a manera de puro recorderis, el caso Clinton y la dama de buen recibo Monica Lewinsky.<br />
<span id="more-3635"></span></p>
<p>Y es por eso que este escrito va dedicado a las putas alegres que en Cartagena fueron capaces de desenmascarar toda la parafernalia con que se quiso encubrir el encumbramiento de los mismos contra las mismas. Si alguna buena lección debería salir de la dichosa Cumbre de las Américas, bien debería ser la que éstas trabajadoras del sexo nos han dado: ‘no venderse barato’ y pelear por nuestros derechos sin miedo; así hubiese sido un pelea de Goliat contra David, creo que valió la pena.  Ahora bien, pongo ‘venderse barato’ entre comillas, porque parece ser que para Colombia U$800 dólares es una tarifa alta, no obstante, y solo a modo de recorderis, cuando el escándolo del director del FMI (Fondo Monetario Internacional), don Dominique Strauss-Kahn, en un súper requete exclusivo hotel neoyorquino, se dijo que lo que le había pagado a la chica ésta que lo desenmascaró fue algo así como U$3.000 dólares; lo cual nos deja claro que hay una gran diferencia entre ser un pobre cabezarapado agente secreto de Obama y un presidente o director a nivel mundial, y/o entre una puta en la ciudad de&#8230; <em>Sex and the City</em> y una en la heroica ciudad de Cartagena de Indias; la ciudad adonde, <em>no wonder</em>, viven las esposas de los ex&#8230;patriados que trabajan ex&#8230;plotando nuestras minas de carbón&#8230; <em>No wonder</em>! ¿Por qué será que la ciudad se ha ido llenando de este tipo de señoras?</p>
<p>Por otro lado, y poniéndonos más serios, lo que en realidad ha quedado claro es que Colombia no debería gastarse sus pocos cartuchos en esa suerte de unión de las Américas, ni menos, en una unión latinoamericana; mucho menos ahora, cuando la tal unión europea está a punto de venirse abajo como castillito de arena; dejando claro que a estas alturas de la historia es casi imposible que los pueblos se fusionen y dejen de lado sus intereses privados en bien de los comunes. Tendríamos -como bien lo dijo el profesor argentino Ferrari en <em>Las Cosas que Pasan de Javeriana Stereo</em>, analizando lo que sucedió en la Cumbre- que empezar por crear y edificar una escuela donde nuestros jóvenes puedan aprender el arte de la diplomacia internacional y, más importante todavía, tendríamos que crear y edificar una escuela donde nuestros jóvenes puedan aprender el arte de hacer negocios a nivel internacional y global, como lo están haciendo, con bastante acierto, los asiáticos y los africanos; eso después de haber invertido millones en educar a una buena parte de sus jóvenes en las más prestigiosas escuelas europeas y americanas. Pues sí que es verdad que mientras en nuestros países sigamos practicando la diplomacia aprendida en las corridas de toros, peleas de gallos, palacios del tango o cuarteles generales de los dictadores latinoamericanos; no podremos esperar nada mejor ni peor que el triste espectáculo que dieron la mayoría de nuestros líderes latinoamericanos a la hora de presentar, o no, credenciales en la Cumbre. De poco les ha servido a algunos de estos líderes participar en las grandes cumbres del G-20 y demás; adonde se presentan siempre muy modocitos, y se dejan amangualar con facilidad; pero, no obstante la experiencia y el roce, cuando de sentarse con los suyos propios se trata, se vuelven de nuevo gallitos de pelea o, peor, se agarran a bailar las milongas del arrabal en vez de las de Piazzolla. Así que luchar contra nuestra ‘indio-sincracia’, por no decir heráldica herencia, y gastarnos millones en ello, no me parece inteligente; es mejor hacer negocios entre los pueblos, firmando acuerdos o tratados menos ilusos y más lucrativos para las partes, y que cada cual se quede sentado donde se le antoje, dandóselas de boliviano, peruano, venezolano, cubano, argentino, chileno, gringo o lo que sea, pero con respeto mutuo.  Y, antes de cerrar el párrafo, debo hacer mención también al detallito del dinero gastado en la Cumbre: hasta donde yo sé , y he sido testigo viviendo aquí en Europa, nunca he escuchado al país anfitrión, ni a nadie, indagar o cuestionarse por la procedencia del dinero gastado, ni menos protestar, como lo han hecho en Colombia casi con saña contra el Presidente; es que aquí para todos es claro que si existe una ONU, OEA, OTAN, UE, G-8, o lo que sea; llámese o no Tratado de las Ámericas, TLC, o qué sé yo; dentro de los estatutos de las mismas organizaciones se establece un fondo encaminado a pagar por los gastos que acarrean este tipo de encuentros y demás; son cosas que la gente del común tiene claras y, precisamente por su transparencia, son aceptadas y punto. No obstante en Latinoamérica todavía esas simples cosas parecen no estar claras para nadie, he ahí uno de las grandes diferencias culturales entre los unos y los otros.</p>
<p>En fin, ojalá el cuento con las trabajadoras del sexo en Cartagena nos sirva para algo. Ojalá dejemos de creer que esas cosas han pasado porque es Colombia, No, esas cosas pasan porque pasan todos los días en todas las ciudades y pueblos del mundo, además porque basta con leer, si no la Biblia, sí a García Márquez, para saber que putas las ha habido y las habrá en todas partes; o si no los invito a venir a Ámsterdam, famosa por sus grandes ventanales, donde se exhiben las 24 horas del día las trabajadoras del sexo, atrayendo y satisfaciendo, por años y años, a más y más turistas. O por qué no preguntan en dónde va el nuevo escándalo protagonizado otra vez por Dominique Kahn: el de la red de prostitución, liderada por él en los mejores hoteles parisinos, que al parecer entró y, de pronto, salió del aire por involucrar a señoras de la high high high parisina y versallesca, pues la cosa es de alto turmequé, of course;  y, si todavía les quedan dudas, pues los invitó a ver la serie tan en boga en estos tiempos: <em>Los Tudor</em>, y así darse una idea de cómo fue, es y será la vida de las cortesanas de baja y alta cuna&#8230; Porque cualquier parecido con la realidad es pura fantasía; o si no vayan a Barcelona, o vean las películas de Almódovar.</p>
<p>Mis votos son entonces porque nuestra prostituida patria, pido perdón por decirlo tan a calzón quita’ó, se sacuda y empiece a venderse por lo que realmente vale, y a pelear por sus derechos, pues ya hasta los chilenos nos están diciendo lo que podemos y/o no podemos decir o hacer. Solo falta que, para seguir con el folclor, tanta admiración termine con que el señor presidente les regala el tesoro muisca, o algo así, tal como una vez uno de nuestros cachacos, por ascender en su pedigrí, le regaló el tesoro quimbaya a la reina de España.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;<br />
<em>(*) Colaboradora. </em></p>
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		<title>Transformado y diluido</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Apr 2012 13:31:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>
		<category><![CDATA[El Caminante]]></category>

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Fernando Araújo Vélez (*)
Había que recordarlo en los recreos, jugando a la pelota con su eterno saco de paño azul oscuro, camisa blanca, el pelo perfectamente cortado a la usanza de los viejos actores de Hollywood y los zapatos de cordón brillante.

Había que recordarlo cuando salía de clases, con el álgebra de Baldor debajo del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="recurso_post aligncenter size-large wp-image-3199" src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2011/12/caminante-copia4-1024x1024.jpg" alt="El caminante" width="430" height="430" /></p>
<p style="text-align: left"><strong>Fernando Araújo Vélez (*)</strong></p>
<p style="text-align: left">Había que recordarlo en los recreos, jugando a la pelota con su eterno saco de paño azul oscuro, camisa blanca, el pelo perfectamente cortado a la usanza de los viejos actores de Hollywood y los zapatos de cordón brillante.<br />
<span id="more-3632"></span></p>
<p>Había que recordarlo cuando salía de clases, con el álgebra de Baldor debajo del brazo y otros cinco o seis libracos en su maletín de cuero café. Caminaba siempre con prisa, como si huyera de un demonio, y sonreía con una sonrisa calculada. Ya en la calle se divertía preguntándoles la hora a los transeúntes, simplemente para ver sus reacciones cuando él decía gracias y miraba hacia el cielo.</p>
<p>Había estudiado la primaria en una escuela pequeña del 7 de Agosto, o eso decía. El bachillerato, como se llamaba entonces, años 70, lo cursó en un aristocrático colegio de El Retiro. Fue allí donde comenzó a soltarse, porque en él desanudarse la corbata para jugar al fútbol era un inmenso gesto de rebeldía. Después de la corbata, se atrevió a comprar camisas de colores. Colores tenues, pero colores al fin y al cabo. Luego, a punto de graduarse, perdió en algunos meses el primer puesto de la clase y se emborrachó en dos o tres fiestas de fin de curso.</p>
<p>Una mañana, después de aquellas noches, llegó al colegio con algunas heridas en el rostro y los ojos perdidos. Dijo que lo habían atracado, pero sus versiones no eran del todo convincentes. Así, magullado, recibió su diploma de bachiller y desapareció. Sus amigos comentaban que se lo habían llevado a Europa de vacaciones, pero por ahí alguien puso a correr el rumor de que lo habían recluido en un reformatorio. De cualquier forma, apareció dos meses más tarde e inició sus estudios de Derecho en la Universidad del Rosario. Fue, como antes, como siempre, el mejor estudiante de su salón. Lo nombraron colegial, y lo fue hasta que propuso cambiar todas las normas de la universidad. Ya no se vestía de paño ni usaba el pelo corto. Ya no tomaba con sus viejos amigos. Fumaba y quién sabe qué más. Un día, pasados tres años, se esfumó. Nadie volvió a saber de él. Ni siquiera el Ejército, que lo persigue desde entonces.</p>
<p>——————————————————————–</p>
<p><em>(*) Periodista, escritor y editor de El Magazín online y de la sección de cultura del periódico El Espectador. Además, tiene a su cargo la edición de los Lunes Festivos.</em></p>
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