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	<title>El Magazín</title>
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	<description>La cultura a sólo un click</description>
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		<title>Columnistas con patente de corso</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Feb 2012 17:03:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Cristo García Tapia (*) 
Es proverbial en la prensa colombiana la presencia de columnistas que tienen fijación por la injuria y erigen sobre el denuesto el pilar de su oficio.
Creen que con ese torvo y particular ejercicio hacen el mejor periodismo crítico y contribuyen a desfacer los entuertos que padece la sociedad colombiana; a corregir [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_3485" class="recurso_post aligncenter" style="width: 522px"><img class=" size-full wp-image-3485" src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/02/Flickr-50-watts1.jpg" alt="Flickr, 50 watts" width="512" height="374" /><h3>Flickr, 50 watts</h3></div>
<p style="text-align: left"><strong>Cristo García Tapia (*) </strong></p>
<p style="text-align: left">Es proverbial en la prensa colombiana la presencia de columnistas que tienen fijación por la injuria y erigen sobre el denuesto el pilar de su oficio.</p>
<p style="text-align: left">Creen que con ese torvo y particular ejercicio hacen el mejor periodismo crítico y contribuyen a desfacer los entuertos que padece la sociedad colombiana; a corregir las fallas del sistema y a reivindicar las instituciones en entredicho, especialmente si conciernen tales a la Justicia y a las Altas Cortes.<br />
<span id="more-3483"></span></p>
<p>Pero es en personas, individuos, prójimos, en donde con mayor persistencia ceban su apetito desproporcionado e insaciable los falsos catones que cada mes, quincena, semana o entredías, llenan con su altisonancia las páginas de opinión de periódicos nacionales y regionales.</p>
<p>Y como si un agua de amargura y frustraciones los avivara, brota como cizaña el dicterio procaz, el calificativo descalificador, la torva ironía, la inculpación sin pruebas, el señalamiento ligero, la atrabiliaria sátira.</p>
<p>Y para los de su manada, la exaltación ditirámbica, la proclamación grotesca de “conciencias críticas de la nación”. O de “intelectual de meritos”. O de “conciencias éticas”. Equiparándolos de una parrafada a Darío Echandía, a Guillermo Cano, por decir apenas de otros, ya muertos, a quienes sí cabía la figura y la encarnaban con admirable ejemplo.</p>
<p>Vaya conciencias críticas. Vaya inteligencias. Vaya “conciencias éticas”, las de los exaltados y proclamados por sus pares del denuesto y la injuria.</p>
<p>¡Vaya!</p>
<p>Siempre merodeando bajo la divisa sectaria de la injuria y la perversidad con patente de corso homologada para arrasar honras, dignidades y representaciones.</p>
<p>Y todo como si un halo de intocable poder les permitiera sobrepasar por unas y otras y contaminarlas con la fetidez de sus enconos ancestrales y la cuestionable “solidaridad” de otros, registrada bajo la misma marca, tono y discurso de quienes se arrogan el punible papel de asaltantes de la honra, dignidad, condición y representación de la persona como sujeto de derecho al respeto y condición de individualidad e intimidad que le es inherente y demanda ese reconocimiento.</p>
<p>Bástenos abrir un periódico, nacional o regional, para comprobar de que manera un buen número de quienes en él ofician de columnistas, encuentran su mayor solaz y deleite en eso. Y en eso se la pasan como su más portentosa contribución a  redimir a los ricos de hoy del “fracaso humano” y de que corran el riesgo de “ser un objeto más de adorno”.</p>
<p>De ahí no pasan, ni salen. De profanar las condiciones, cualidades, calidades, usos y costumbres de las personas; su intima e inviolable intimidad, que va mucho mas allá de estar en cueros en su casa; ser ricos, pobres o clase C; blancos, negros, mestizos o mulatos; preferir el yate al carro, a la bicicleta o a la moto taxi; vestir o beber de tal o cual marca; tener o no tener amigos de determinada clase social, raza, credo o ideología.</p>
<p>Sí. Mucho más allá de eso va la intimidad de cada persona, su origen y lo que le pertenece como individualidad, que es cuanto regocija y concita a la profanación por parte de algunos columnistas con patente de corso para injuriar y asaltar honras.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<br />
<em>(*) Colaborador. Poeta. </em></p>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Un regalo de San Valentín</title>
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		<pubDate>Tue, 21 Feb 2012 19:43:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Desahogo]]></category>
		<category><![CDATA[San Valentín]]></category>

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		<description><![CDATA[
Socorro Ariza (*) 
¡Alma&#8230;ponte color naranja&#8230; Alma&#8230;ponte color de amor! Es el coro del poema musicalizado de Federico García Lorca que más me gustó escuchar en el concierto de aquella noche, y que, además, por ir en ritmo de vallenato, se me quedó pegado en el alma, la lengua y las caderas, le ha dicho [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left">
<div id="attachment_3480" class="recurso_post aligncenter" style="width: 522px"><img class=" size-full wp-image-3480" src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/02/Flickr-Neal-Fowler.jpg" alt="Flickr, Neal Fowler" width="512" height="342" /><h3>Flickr, Neal Fowler</h3></div>
<p style="text-align: left"><strong>Socorro Ariza (*) </strong></p>
<p style="text-align: left"><em>¡Alma&#8230;ponte color naranja&#8230; Alma&#8230;ponte color de amor! E</em>s el coro del poema musicalizado de Federico García Lorca que más me gustó escuchar en el concierto de aquella noche, y que, además, por ir en ritmo de vallenato, se me quedó pegado en el alma, la lengua y las caderas, le ha dicho ella, traviesa, a él, atravesada entre sus sabanas plagadas de corazoncitos y pececillos multicolores&#8230;<br />
<span id="more-3479"></span></p>
<p>Es muy hermoso recibir un regalo inesperado, como lo fue éste: una invitación redonda que, como abrebocas a la celebración oficial del Día de San Valentín, tendría lugar seís días antes. Y mucho más bonito cuando todo había ido como que sí, como que no&#8230; No sé, nunca he oído hablar de ella, le dijo ella a su compañero amante cuando recibieron el programa de conciertos de la temporada otoño-invierno y, él, al ver que uno de los artistas era una cantante colombiana, la cual promocionaban como un nuevo talento con una voz sublime, le preguntó si le gustaría ir con él al concierto del 9 de febrero, como inicio del mes de los enamorados amantes,  No sé, volvió a decirle ella al leer unos días más tarde la reseña que salió publicada, también promocionando el concierto, en la revista ‘<em>Jazzism’</em> de enero del 2012, Quizá sea solo una cantante de reencauchados y, aunque me sigue gustando escuchar de vez en cuando las canciones de Mercedes Sosa y de Silvio Rodríguez,  hace rato que superé esa etapa de estudiante inocente que los creía más o menos los abanderados héroes de los trabajadores y los pobres latinoamericanos, agregó ella, todavía dubitativa: como la mayoría de los colombianos, ella, estaba de Cuba y sus aliados revolucionarios hasta la grana-dilla. No obstante él, conociéndola, dejó regados por ahí, a manera de descuido, tanto la propuesta como la revista y los folletos con la foto de la artista. Entonces ella, curiosa, leyó de nuevo la reseña, buscó más información sobre la cantante en <em>Google</em> y, a mediados de enero, le dijo a él que aceptaba la invitación. Esa misma noche, antes de que ella se arrepintiera, él compró dos entradas vía Internet y, dos días más tarde, el correo trajo los boletos que, extraordinariamente,  incluían guardarropa  y bebida gratis luego del concierto. Una mega sorpresa, pues normalmente en Holanda, cuando asistes a conciertos,  debes pagar por todos los extras:  guardarropa -muy necesario en pleno invierno-, bebidas, programa, etc, Ah, interesante, comentó ella, al ver que además el programa del concierto también sería un poco diferente: para iniciar un documental corto sobre la vida, obra y milagros de la artista; luego una breve entrevista, después el concierto y, una vez terminado el concierto, la oportunidad de hablar con la artista en vivo y en directo, comprar sus Cd’s y pedirle el autografo.  Sí, algo fuera de lo común, pues casi siempre, por no decir siempre, los artistas invitados vienen a lo que vienen y&#8230; luego de hacer su <em>show,</em> como los amores de un día, Si te vi&#8230;no me acuerdo. Pero esta vez los organizadores del concierto querían hacer una promoción de sus artistas, permitiéndoles un acercamiento al público&#8230; <em>Nice</em>, dijo ella,  <em>Gezellig</em>, agregó él&#8230; <em>Fantastich, </em>lo remató ella.</p>
<p>Así que todo estaba saliendo súper novedoso y&#8230;  Ahora, al atardecer del siguiente día, ella ha admitido feliz que valió la pena, pues Marta Gómez y su grupo resultó en verdad una novedad súper <em>mega play</em>. Un trabajo hecho con dedicación, amor y profesionalismo.  Aunque ella no la denominaría una embajadora de Colombia, además de que Marta Gómez, claramente, no quiere jugar ese rol, fue una experiencia muy bonita ver a esta artista colombiana robarse el corazón y los aplausos de la audiencia. Sala a reventar, por cierto. Y es que hasta la luna aquella noche resultó endiabladamente novedosa&#8230; <em>Noche de cuatro lunas y un solo árbol</em> &#8230; así fue como la vimos al salir de la iglesia, ahora transformada en sala de conciertos&#8230; Una luna inmensa, escondida tras de un &#8230; <em>arboléeee, arboléeee seco y verde.</em>.. Quizás haya sido que, ella, celosa con aquel regalo adelantado de San Valentín, que se inició con una cena romántica en <em>Le  Clochard:</em> un pequeño bistro francés cercano a la sala de conciertos; y continuó con aquel concierto al amor, plagado de los sonidos  de su tierra, celosa, haya decidido hacerse más presente que nunca, y cerrar con su broche de oro, cobre y plata aquella noche fantástica&#8230; Sí, fue como si al salir de <em>Leeuwenbergh</em> una luna llena descolgada entre un escapulario de estrellas se meciera provocadora sobre un tapete largo y cubierto de nieve blanca que los invitaba a todos a adentrarse en un cielo azul índigo inmenso que los enmarcaba: a él y ella, a la luna y las estrellas y&#8230; <em>por las ramas del laurel vi dos</em> palomas oscuras<em>. La una era el sol, la otra era la luna&#8230; Ay qué trabajo me cuesta, quererte como te quiero&#8230; </em>pero&#8230; más enamorada que nunca&#8230; me he quitado el sombrero&#8230;</p>
<p>Todo esto sucedió en Utrecht, la ciudad en donde habito, la noche del 9 de febrero del 2012, como un mero anticipo de San Valentín. Ahora, escuchó el Cd, El Corazón y el Sombrero,  y repito el coro junto con él y ella&#8230; ¡<em>Alma, ponte color naranja&#8230; Alma, ponte color de amor! </em>¿Si esto no es el amor, entonces qué es?</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>
<p><em>(*) Colaboradora. </em></p>
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		<title>Trinidad</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Feb 2012 17:58:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poema]]></category>

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		<description><![CDATA[
Adriana López (*)
Trinidad
Podrán expulsarme de la casa de la infancia, desterrarme de las calles y los parques; expatriarme, remotamente, al lugar de ninguna parte; o enterrarme en un tabuco en el que los muros se coman mis ojos y los hierros quiebren, uno a uno, mis huesos hasta hacerlos polvo. Y aún así, el lenguaje [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center">
<div id="attachment_3476" class="recurso_post aligncenter" style="width: 560px"><img class=" size-full wp-image-3476 " src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/02/Flickr-Candida-Performa.jpg" alt="Flickr, Candida Performa" width="550" height="360" /><h3>Flickr, Candida Performa</h3></div>
<p style="text-align: left"><strong>Adriana López (*)</strong></p>
<p style="text-align: left">Trinidad</p>
<p style="text-align: left">Podrán expulsarme de la casa de la infancia, desterrarme de las calles y los parques; expatriarme, remotamente, al lugar de <em>ninguna parte</em>; o enterrarme en un tabuco en el que los muros se coman mis ojos y los hierros quiebren, uno a uno, mis huesos hasta hacerlos polvo. Y aún así, el lenguaje me salvaría. ¿Cómo? ¿No necesita el lenguaje de un otro? No estoy sola, la Palabra me acompaña, y gracias a Ella, hay otro habitando entre nosotras. Entonces seríamos tres: Ella, yo, el otro. Con la palabra creo y recreo; pervivo, pervive ese otro en mí y pervive la palabra misma, mientras el mundo cree que nos ha vencido.<br />
<span id="more-3475"></span></p>
<p><strong>***</strong></p>
<p><strong>…</strong></p>
<p>Guardo silencio.</p>
<p>Un silencio hijo de mis ansias obsesivas,</p>
<p>lejos de las palabras</p>
<p>lejos de los poemas</p>
<p>lejos de la cordura.</p>
<p>Un silencio que agobia,</p>
<p>me empuja al sin sentido.</p>
<p>Una muerte inconclusa,</p>
<p>…,</p>
<p>…,</p>
<p>No tengo qué decir.</p>
<p>Sin la palabra</p>
<p>la vida se me escapa</p>
<p>a pesar de mí misma.</p>
<p>***</p>
<p>¡Ay de mi cuando esta angustia estalle</p>
<p>y me rompa en mil pedazos!</p>
<p>¡Ay de mí cuando esta mansedumbre me abandone!</p>
<p>¡Ay de mí cuando el horror</p>
<p>de verme reflejada en los espejos me invada!</p>
<p>¡Qué dolorosa esta existencia!</p>
<p>Sin la Palabra.</p>
<p>***</p>
<p><strong>¡Atroz olvido!</strong></p>
<p>La palabra huyó a través de la ventana</p>
<p>Me asaltó mientras las calles desfilaban</p>
<p>La repetí: palabra, palabra, palabra.</p>
<p>Ella estuvo allí</p>
<p>Vapuleándome:</p>
<p>Palabra, palabra, palabra.</p>
<p>Era roja</p>
<p>Como el carmesí que brilla en la noche.</p>
<p>En los labios.</p>
<p>No en los míos, sus labios.</p>
<p>¡Palabra, palabra, palabra!</p>
<p>Huyó despavorida.</p>
<p>¡Atroz olvido!</p>
<p>***</p>
<p><strong>Encuentro</strong></p>
<p>Una niña se acerca y me pregunta:</p>
<p>- ¿Cuándo naciste?</p>
<p>- No. Yo no nací.</p>
<p>- ¿Cómo hacés para vivir?</p>
<p>- Yo no vivo.  Ausente me encuentro, trémula me resisto.</p>
<p>Yo no camino, mis pies se arrastran hace mucho,</p>
<p>mucho tiempo.</p>
<p>Pero, dime niña,</p>
<p>¿cómo es que me has encontrado?</p>
<p>- En la noche, en la tierra árida, sin almas,</p>
<p>en el día eterno</p>
<p>en la palabra agria</p>
<p>en el grito,</p>
<p>en el hastío.</p>
<p>En la nada.</p>
<p>Quiero arrastrarme contigo.</p>
<p>La soledad me asusta,</p>
<p>me da miedo.</p>
<p>***</p>
<p><strong>Miedo infantil</strong></p>
<p>Con mis ojos cerrados miro a la ventana.</p>
<p>La luna está brumosa, la acacia se dobla</p>
<p>Y sus hojas susurran.</p>
<p>Un monstruo se asoma</p>
<p>Escondo el rostro bajo la manta delgada.</p>
<p>Con mis ojos cerrados miro a la ventana.</p>
<p>Unos pasos livianos cruzan</p>
<p>Y se alejan</p>
<p>La respiración es corta, seca.</p>
<p>Bajo la cama me siento  más segura.</p>
<p>Con mis ojos cerrados miro a la ventana</p>
<p>La gata se guarece en el alféizar</p>
<p>Lame su pelambre, a veces amarillo,</p>
<p>A veces rosa.</p>
<p>No está sola. Vino a hacerme compañía.</p>
<p>Estos ojos cerrados no quieren abrirse</p>
<p>Temo la oscura sombra del mundo</p>
<p>Mi cama, preciosa tumba</p>
<p>huele a rosa, a jazmín.</p>
<p>Mis ojos duermen en la estancia del Hades.</p>
<p>¡Qué oscuro está! Grita la niña</p>
<p>Ha despertado para siempre.</p>
<p><strong>***</strong></p>
<p><strong>Mi vida en calesita</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Van y vuelven las cigarras,</p>
<p>van y vuelven las orugas,</p>
<p>van y vuelven los cirros naranja,</p>
<p>el humo del cigarro escondido.</p>
<p>El aullido del perro,</p>
<p>Las pisadas del gato,</p>
<p>Los golpes del viento en la ventana.</p>
<p>Van y vuelven.</p>
<p>Ayer, trasanteayer,</p>
<p>Un día antes de trasanteayer.</p>
<p>Vendrán mañana.</p>
<p>Y el miedo agazapado.</p>
<p>Como el perro antes de echarse,</p>
<p>giro en torno a la desidia.</p>
<p>La angustia es el centro.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<br />
<em>(*) Colaboradora. </em></p>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Retrato de familia</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Feb 2012 23:00:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>
		<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[George Clooney]]></category>
		<category><![CDATA[premios oscar]]></category>
		<category><![CDATA[The descendants]]></category>

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		<description><![CDATA[Después de siete años de ausencia en el cine, Alexander Payne recibe cinco nominaciones a los premios Oscar con su nueva película ‘The descendants’. 
Lorena Machado Fiorillo (*)
Matt King corre por la arena convencido de que entre más veloz sea, entre más rápido el viento golpée su rostro, así mismo se irá el dolor que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_3469" class="recurso_post aligncenter" style="width: 586px"><img class=" size-full wp-image-3469 " src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/02/Columna-Febrero-11-1.jpg" alt="'The descendants'" width="576" height="245" /><h3>&#39;The descendants&#39;</h3></div>
<p style="text-align: left"><em>Después de siete años de ausencia en el cine, Alexander Payne recibe cinco nominaciones a los premios Oscar con su nueva película ‘The descendants’. </em></p>
<p style="text-align: left"><strong>Lorena Machado Fiorillo (*)</strong></p>
<p style="text-align: left">Matt King corre por la arena convencido de que entre más veloz sea, entre más rápido el viento golpée su rostro, así mismo se irá el dolor que siente y tal vez de ese modo la ira que guarda se esfumará de a poquitos. A la derecha, el mar de Hawái, azul, mezclándose con el atardecer, a la izquierda, casas de playa, niños haciendo castillos de arena, de frente él, ¿Él? ¿Lo está imaginando acaso? ¿Quién trota en dirección contraria a la suya será el hombre que ha estado buscando por días? ¿El amante de su esposa en coma? ¿Él?<br />
<span id="more-3468"></span></p>
<p>‘The descendants’ (‘Los descendientes’) condensa el drama desde la primera imagen, uno no sabe si está adentro de una novela mediada por las casualidades y los clichés o si se ha perdido en los paisajes de un archipiélago al que le están haciendo una oda eterna. Y uno cae ahí fácilmente, en un estado de salud crítico que devela secretos, en el documental de la vida de un hombre que había alejado a su familia para concentrarse en los negocios y que ahora da la cara porque su esposa tuvo un accidente en lancha.</p>
<p>De pronto Alexander Payne -51 años, egresado de Stanford, 5 películas, una de ellas la aclamada ‘Entre copas’ (2004)- sea uno de los directores estadounidenses más significativos de los últimos tiempos por ser capaz de retratar a fondo los comportamientos de alguien y seguirlo hasta sus puntos de quiebres con naturalidad, sin embargo, esta cinta peca por ser un bombardeo trágico, un ensayo de melodrama en el que todo empeora mientras la música ni siquiera se alza con voz propia.</p>
<p>Si bien a la producción se le elogia la sutil habilidad porque el espectador termine conociendo profundamente a los personajes, sintiéndose parte del cuadro de la desdicha, al mismo tiempo que se le imprimen sellos de humor, algunos exagerados, algunos innecesarios, algunos precisos, la concentración recae en la actuación de un George Clooney ya añejado, a quien la academia le dio una nominación por un papel lleno de matices, al que el actor va revelando por capas para transformarlo en un sujeto del absurdo.</p>
<p>‘The descendants’ es una película de ritmos pausados, de picos muy altos donde el llanto invade el entorno, de silencios incómodos, de golpes en la cara, de adolescentes furiosos, de diálogos fuertes y personajes sobrantes. ‘The descendants’ es un bosquejo de Hawái, una estampa familiar, un paso hacia el precipicio, un título con el que Payne vuelve a escena.</p>
<p><strong>Reparto:</strong> George Clooney, Shailene Woodley, Amara Miller, Nick Krause.</p>
<p>——————————————————————–<br />
<em>(*) Periodista de El Espectador, es la coordinadora de El Magazín y    publica una columna sobre cine cada sábado en la versión del iPad de  El   Espectador. </em></p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Violaciones en Transmilenio</title>
		<link>http://blogs.elespectador.com/elmagazin/2012/02/17/violaciones-en-transmilenio/</link>
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		<pubDate>Fri, 17 Feb 2012 11:00:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Desahogo]]></category>
		<category><![CDATA[Transmilenio]]></category>
		<category><![CDATA[violación]]></category>

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		<description><![CDATA[
Carlos Orlando Posada (*)

Estoy en el fuelle del articulado a mitad del camino, todos pasan empujan, las mujeres me rozan con sus grandes tetas la cabeza y otros empujan. Los hombres pasan y me frotan el hombro con su morboso bulto, me siento incómoda pero es la hora pico. A mis treinta y cinco años [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left">
<div id="attachment_3466" class="recurso_post aligncenter" style="width: 570px"><img class=" size-full wp-image-3466 " src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/02/Flickr-karina-y.jpg" alt="Flickr, karina y" width="560" height="374" /><h3>Flickr, karina y</h3></div>
<p style="text-align: left"><strong>Carlos Orlando Posada (*)<br />
</strong></p>
<p style="text-align: left">Estoy en el fuelle del articulado a mitad del camino, todos pasan empujan, las mujeres me rozan con sus grandes tetas la cabeza y otros empujan. Los hombres pasan y me frotan el hombro con su morboso bulto, me siento incómoda pero es la hora pico. A mis treinta y cinco años y un metro cuarenta de estatura,  vivo sola con mi madre y justo voy para la casa.<br />
<span id="more-3465"></span></p>
<p>Mis gafas son gruesas y los ojos se me ven pequeños. Frena para recoger unos pasajeros y los bultos de los hombres  por hombros y espalda me aterrorizan, miro a la puerta y viene hacia mí, sus ojos tienen una sonrisa y alegría paterna, siento que me invaden, empuja y logra llegar a mi lado, pasa el brazo sobre mi cabeza y se coge del tubo, su cara es jovial, sonríe, mirándome siento su cuerpo más cerca al mío; me corro, se corre, su sonrisa fresca y piel joven, dentadura bien formada, ropa juvenil y casi nueva, chaqueta de gamuza fina, la otra mano la mete en el bolsillo de ésta.</p>
<p>Me siento acosada y comienza un calor a invadir mi cuerpo, el sopor lo invade todo, con mi labio inferior comienzo a abanicarme pero es inútil, se intensifica, quisiera salir, gritar, pedir auxilio, pero miro hacia arriba y veo esos ojos paternos tan fijos en mí que quedo petrificada, guiñe el derecho, siento el bulto sexual en mi hombro, me aterrorizo, gotas de sudor hacen brillar mi frente, siento su respiración sobre mi cabeza como resoplido de búfalo, el aire caliente que exhalan su nariz y su boca  huelen a sexo, aunque nunca lo he tenido, porque es desafiante y amenazador.</p>
<p>Tranquila ¡el susurro llega a mi  oído cierro los  ojos!</p>
<p>No te pongas nerviosa… aprieto mis ojos. Su calor, su olor, su deseo, me intimidan. Quisiera tirarme del bus.</p>
<p>Los dos vamos para el mismo lado ¡no! No te afanes</p>
<p>¿Cómo está tu madre?</p>
<p>Me supongo que bien…</p>
<p>¿Será que la conoce? Imposible,  nunca lo he visto, pienso contestarle pero no puedo, no quiero, no debo</p>
<p>Siento que algo lastima mi brazo, volteo  la cabeza y veo una punta plateada que brilla en medio de aquella maraña de sacos, brazos, maletas y paquetes, las risas, las voces, sonidos de celulares, todo a mi rededor es confusión.</p>
<p>¡Tranquila! “No vaya a decir o hacer  algo que escandalice, quieta y vera que todo saldrá bien&#8221;, esas palabras parecían un susurro que me invadían, pero eran amenazadoras</p>
<p>&#8220;En la próxima parada nos bajamos&#8221;.</p>
<p>Me abrazo al maletín que llevo y lo miro de reojo pero solo veo su chaqueta y  camisa, tuve que levantar la cabeza para poder ver la cara lozana y tranquila.</p>
<p>Busco entre la gente tras mis gruesos lentes, nadie nota, nadie mira, todos ensimismados como un bus lleno de zombis viajando por sus mundos  de sueños fallidos, sin ver la realidad que los rodea, momento de escape, caras lánguidas en los buses de luces  lúgubres, caras de preocupación en los buses  ligeros, caras alegres solamente una, o momentos  felices que lo esperan</p>
<p>¿Su mamá se encuentra bien?</p>
<p>No quiere que le pase nada malo, cierto, obedezca, y bajémonos en la próxima parada. Comenzó con un empujón suave para llevarme hacia la puerta. Yo delante, él atrás. Nos fuimos abriendo paso por entre la gente hasta llegar a la puerta.</p>
<p>El articulado para, la estación está con muy poca gente, siento un chuzón en mi espalda, estoy sudando copiosamente pero no debo hablar, no quiero, no debo, porque pienso en mi madre y no quiero que le pase nada, cantidad de pensamientos malos llegan a mi mente y más me absorbo y obedezco.</p>
<p>Con su característico sonido las puertas se abren, gente que baja, yo delante, él atrás, siento que me coge de la mano, mi mano está fría y suda, creo que me voy a desmayar, mis piernas tiemblan, todo es silencio. Miro a través del acrílico y veo el articulado, la gente mira hacia mí y yo hacia ellos, unos ríen, otros van con sus oídos tapados por los audífonos y mueven sus cuerpos como si fueran a bailar, menean la cabeza, miran sin ver, mis ojos se abren para expresar mi desespero, para gritar mi angustia, no sé cómo se verán a través de mis lentes pero la gente no se percata, no se inmuta y el bus comienza a deslizarse hacia adelante y voy quedando sola y desprotegida, todo es un abismo, lo que me sostiene es esa mano suave, mojada, y una sonrisa de satisfacción, sus ojos morbosos llenos de codicia y maldad, su respiración de búfalo y su aliento que exhala crueldad.</p>
<p>¡VAMOS! Y me hala de un tirón&#8230;</p>
<p>Lo miro con lágrimas en mis ojos…</p>
<p>Me mira…</p>
<p>Comenzamos a caminar hasta salir de la estación, me suelta para secar su mano en mi cabeza, vuelve y me coge y seguimos como un par de amantes sin musitar palabras, esa mano suave ahora se siente como una prensa que aprieta en son de advertencia. La gente pasa, unos nos miran, otros no, la calle sola, volteamos y llegamos a una casa vieja tipo colonial, puerta de madera color verde que se está pelando, no hay letreros, no avisos, nos paramos frente a ella, saca la mano de su bolsillo y coge el aldabón, tres golpes que se oyen sosos, que se quedaron ahí cerca.</p>
<p>Espera… espera</p>
<p>Abren de adentro</p>
<p>Una muchacha, ¡hola! Siga, una sonrisa simulada me mira con tristeza. Parece que solo estuviera ella y ahora nosotros dos. Al fondo puertas grandes de madera, para llegar a ellas hay que pasar por un jardín lleno de lama descuidado y lodo.</p>
<p>Mis ojos no han parpadeado durante todo el tiempo, parezco y siento que soy como un búho, no sé cómo se verán a través de mis lentes. Detrás se oye el cerrar de la puerta, seguros que pasan de un lado para otro y mi piel se eriza, no quiero caminar, no puedo caminar, no debo caminar.</p>
<p>Volteo a mirar y no veo ya la muchacha, dónde se metió,  “pienso…”</p>
<p>No hay puertas abiertas</p>
<p>No está delante de nosotros pero la cerraron por dentro. Me empuja y trastabillé.</p>
<p>¡Camine! Rápido… rápido…</p>
<p>No grita, su voz es paternal, como cuando un papá apura a su hija para no llegar tarde al colegio. Atravesamos el jardín que huele a moho y agua podrida, he perdido la noción del tiempo, camino y actúo por inercia, quiero que termine, no puedo más. Abre la puerta empujándola con la palma de la mano, me empuja hacia adentro y sale un olor a barro húmedo, las paredes, blancas altas y húmedas, y en sus adentros guardan memorias desagradables, gritos petrificados y tristezas que se cuelan por sus grietas.</p>
<p>Estamos dentro, cierra la puerta, siéntese en la cama, es una orden directa, tajante, intimidante y obedezco. Comienza a desvestirse con una mano porque en la otra sostiene la navaja pata de cabra, como la llaman, no la suelta y no deja de mirarme sonriendo con burla, con satisfacción y me arranca el maletín tirándolo de lado, RAPIDO DESVISTASE YA rápido…rápido… no puedo, tiemblan mis piernas, mis manos sudan, no encuentro los botones, los brazos y mis piernas no obedecen, me siento cuadrapléjica, solo miro con ojos desorbitados e impotentes, parece que voy a reventar. Cuando siento casi en cámara lenta que arrebatan mis gafas y comienza a rasgar  la camisa y a tirar la correa para soltar los pantalones que los hala hacia abajo con fuerza y rudeza y quedan en mis tobillos, siento el respirar caliente y su aliento que penetra por mis poros, con la navaja corta los pantis, que caen al piso, me empuja sobre la cama y caigo de espaldas acabando de sacar el pantalón con zapatos, quedo estupefacta mirando el techo, siento que se pone al borde de la cama, prende una luz que cae del techo de guadua y tejas de barro lúgubre, como toda la habitación.</p>
<p>Está totalmente desnudo frente a mi y en su mano está empuñando la navaja, su cuerpo brilla por las perlas de sudor que lo invaden por el deseo, la adrenalina del gozo,  la consumación y ejecución de instinto animal de posesión y poder ante su presa impotente e indefensa esperando ser devorada, destrozada, y abandonada en el infierno de su dolor, con la punta de la navaja chuza mis piernas para que se  separen y mi órgano sexual quede al descubierto, un grito de impotencia fluye de muy adentro sin salir de mi cuerpo, sin salir de mi boca, sin salir de la habitación. Un calor comienza a caer sobre mi frágil cuerpo; es su cuerpo sudoroso temblando de deseo, siento ganas de vomitar, lágrimas de tristeza salen de mis ojos, única expresión que en ese momento produce mi cuerpo.</p>
<p>Algo penetra mi cuerpo rompiendo con dolor, desgarrando sin lástima, destrozando con satisfacción,  un grito de poder retumba en mis oídos, mi mundo se derrumba y caigo en un abismo de tristeza sin poderme sostener para caer en la soledad, en la amargura, mientras un movimiento me empuja más hacia abajo, y ese olor, ese jadeo, esa respiración me sumergen en un marasmo de imágenes que divagan y me vuelven a la realidad al sentir el sudor pastoso de su abdomen semi obeso  que produce su movimiento grotesco.</p>
<p>Mi cuerpo grita, mi alma grita, mis sentidos gimen como fiera herida, viendo que mi mundo se destruye ya no siento, todo está inerme, no hay tiempo, no hay cuerpo, nada lo rodea, me dejo llevar al vacío del dolor y de la tristeza, divagar en la bóveda del universo de las ilusiones fallidas. Sexo sin sexo, huérfano de caricias, de romance, de seducción, de aquellas flores que se marchitaron por la violencia de la depredación humana y su instinto por destruir.</p>
<p>Todo vuelve a la realidad cuando el peso se quita de encima y el aire vuelve y abro mis ojos y estoy en la pieza, lloro amargamente en medio del dolor y la tristeza, muy profundamente, casi en el olvido, feliz porque fui poseída por un hombre aunque hubiera deseado que fuera más romántico y tierno, rodeado de todos los pormenores de la seducción. Miro a mi alrededor,  ya no hay pieza, no hay jardín ni muchacha, todo acabó.</p>
<p>Me cogen del brazo</p>
<p>! Señorita aquí termina el recorrido del articulado, por favor se baja y gracias por usar nuestros servicios ¡</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>
<p><em>(*) Colaborador. </em></p>
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		<title>¿Qué se puede hacer salvo ver películas o escuchar a Luis Alberto Spinetta&#8230;?</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Feb 2012 18:58:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>
		<category><![CDATA[Argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Luis Alberto Spinetta]]></category>
		<category><![CDATA[música]]></category>

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		<description><![CDATA[

Aquiles Cuervo (*) 
Los poetas son los que siembran vida y muerte en las Ciudades Invisibles. Son el humo y la llama de nuestras supuestas conciencias. Cuando uno de ellos se extingue (¿se extinguen?) en un trance, a pesar de todo, inmortal, las calles cambian de color y los buses dejan de marcar su parada. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center">
<div id="attachment_3463" class="recurso_post aligncenter" style="width: 586px"><img class=" size-full wp-image-3463 " src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/02/Flickr-Natanael-Amenabar.jpg" alt="Flickr, Natanael Amenabar" width="576" height="457" /><h3>Flickr, Natanael Amenabar</h3></div>
<p style="text-align: center">
<p style="text-align: left"><strong>Aquiles Cuervo (*) </strong></p>
<p style="text-align: left">Los poetas son los que siembran vida y muerte en las Ciudades Invisibles. Son el humo y la llama de nuestras supuestas conciencias. Cuando uno de ellos se extingue (¿se extinguen?) en un trance, a pesar de todo, inmortal, las calles cambian de color y los buses dejan de marcar su parada. Los poetas son los inventores e interpretes de los alfabetos secretos de las ciudades; son los engrasadores, los desengrasadores de nuestros días monótonos, tantas veces anodinos. Hoy hablaremos de uno de ellos y del recuerdo que vive en nosotros a través de su poesía, de su música de alas, y de nuestros pasos marcados por sus pulsos y pulsiones: ha muerto Luis Alberto Spinetta, causa y efecto del rock nacional, del rock argentino transcontinental, de las noches latinoamericanas de los últimos cuarenta exilios&#8230;ha muerto un Artaud. Se ha ido a tocar al cielo de los exiliados con Jimmi Hendrix, Pappo, Jim Morrison, Miguel Abuelo y tantos otros cronopios menores y mayores que han hecho de nuestra vida un modelo para armar y desarmar, <em>for ever and a day&#8230;<br />
<span id="more-3462"></span></em></p>
<p>Pocos como Spinetta pueden preciarse de ser cantores de las ciudades latinoamericanas, interprete de soledades demasiado ruidosas, poeta de cantatas de puentes amarillas, socio del desierto, donde siempre hay espacio para un antes y un después. Recuerdo la primera vez que escuché su voz, en uno de esos casetes grises símbolos de una época fugaz, entre el acetato, el CD&#8230; y el olvido. Fue una tarde principios de siglo, cerca de la Universidad Nacional. Creo que la primera canción que Ella me mostró fue una de la “máquina de hacer pájaros” y seguro fue <em>Bubulina</em>, soñada a dos voces con Charly García. Es esa canción que dice, hoy irónicamente “ya no es tiempo de mirar atrás”. Luego vinieron Almendra y Pescado Rabioso y Jade. Algo ya clásico. Algo tan sonoro como un poema póstumo y olvidado de Rimbaud. Toda una iluminación. Toda la música de Spinetta me impregna desde entonces, para nunca más dejarme al lado del camino&#8230;sin Ella. Vinieron luego años de misterioso amor y frenesí y de vivir intensamente con una “muchacha ojos de papel”, inoxidable. Después pasó el tiempo como en una película de Godard y las tardes-al-sol se fueron tornando del color de ese viejo casete que aún conservo pero ya no tengo donde oír, aunque no haya dejado de escucharlo. Sigue ahí en mi mesita de noche como una semilla que otros guardan en forma de fetiche imperecedero. Como un tatuaje. Ni siquiera está completa la grabación pues según recuerdo alguna vez grabamos algo con <em>ella</em> encima&#8230;algo encima con <em>ella</em>&#8230;algo imposible de recuperar&#8230;</p>
<p>Recuerdo también haber visto a Spinetta en Rock al parque en el 2004. Hace una eternidad. Fue una noche lluviosa, como tenía que ser, casi salida de una postal del cementerio Père Lachaise. El parque Simón Bolívar acogía a fans de tres generaciones y Spinetta cantó y cantó como poseído por sus <em>Bandas Eternas</em>. Cientos coreamos sus viejos temas de Almendra y de Jade, de <em>color humano</em> a <em>alma de diamante</em> y vimos muchos trenes, rigurosamente rockeros. Y algo en el ambiente trajo un aire marcial de <em>bengalas perdidas</em>&#8230;y presiento que esa noche una “abeja reina” no volvió a casa tal cual había salido.</p>
<p>Spinetta murió en esta primera semana de febrero a los 62 años en su Buenos Aires querido, interminable, que no termina de bajar y bajar por la Avenida Alcorta cicatriz hacía&#8230;¿hacia donde? Hacia donde Cerati esté. En la constelación del rock argentino, Spinetta deja una huella poética y musical indeleble. Sus historias que se bifurcan y nos bifurcan entre <em>libros de la buena memoria</em>, de arena, y túneles de héroes y tumbas, entre guitarras platea</p>
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		<title>Silencio-Dios-Nada</title>
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		<pubDate>Wed, 15 Feb 2012 18:12:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>
		<category><![CDATA[Dios]]></category>
		<category><![CDATA[nada]]></category>
		<category><![CDATA[silencio]]></category>

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		<description><![CDATA[
Jonnathan A. Sánchez Barrera (*) 
De seguro que por eso es que todos buscan a Dios, en él solo hay paz, serenidad y afonía. Solo con él hay paz, porque Dios es todo silencio, es todo mutismo, es todo y al mismo tiempo un absoluto nada y porque nunca dice nada.
Nos agrada estar en su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left">
<div id="attachment_3460" class="recurso_post aligncenter" style="width: 522px"><img class=" size-full wp-image-3460" src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/02/Flickr-baronsquirrel.jpg" alt="Flickr, baronsquirrel" width="512" height="384" /><h3>Flickr, baronsquirrel</h3></div>
<p style="text-align: left"><strong>Jonnathan A. Sánchez Barrera (*) </strong></p>
<p style="text-align: left">De seguro que por eso es que todos buscan a Dios, en él solo hay paz, serenidad y afonía. Solo con él hay paz, porque Dios es todo silencio, es todo mutismo, es todo y al mismo tiempo un absoluto nada y porque nunca dice nada.<br />
<span id="more-3459"></span>Nos agrada estar en su &#8216;presencia&#8217; porque hay descanso del barrullo del mundo, del estruendo de lo enfermo, del barco hundiéndose y gritando aterrado porque sabe que su hora esta pronta. De seguro orarle, buscarlo, es escudriñar en nosotros mismos lo inconmensurable, lo deseable, la nada misma, por eso nos aferramos a ella, mejor asirse a él que a este escandaloso mundo. El silencio de funeraria de sus templos calma, es apacible, agradable, es como un terreno alejado de la existencia vana, de lo inventado, de la mentira; ir allí es vivificante, reconfortante, estimulante, nos recuerda que ya pronto, muy pronto vendrá el día en el que no nos toque volver a esa vida afanada, estruendosa y criminal. Alzar una oración sublime al mutismo, con la esperanza de que nos lleve allá, donde él, para gozar sin gozar de lo sereno, de la tranquilidad y el silencio de Dios, de la nulidad. Nada tan hermoso como mirar sin mirar, plantarse frente a una pared vacía a escuchar el silencio, a escuchar la nada, a escuchar a Dios, frente a esa pared sin el error de la expresión, sin el error del sonido, sin la imprudencia. Al final, decir alguno de los tres es lo mismo, Silencio-Dios-Nada, lo hermoso hecho palabras. Toda una religión y una civilización cimentada en la nada, en el deseo de ya no ser, en la ansiedad de unirnos en uno con Dios, con el silencio; en uno con la nada.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;<br />
<em>(*) Colaborador. </em></p>
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		<title>El poder de Gabo</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Feb 2012 15:54:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriel García Márquez]]></category>

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		<description><![CDATA[Esta historia se suma al debate abierto por el libro ‘Redentores’, de Enrique Krauze, en el que se acusa a G.G.M. de negligencia. Una exitosa mediación de García Márquez. 
José Gregorio Guerrero (*)
Especial para El Espectador
En enero del 80, la familia Peña Guerrero envía a Adalberto, el menor de los hijos, a estudiar Derecho en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_3457" class="recurso_post aligncenter" style="width: 510px"><img class=" size-full wp-image-3457" src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/02/carta.jpg" alt="Carta" width="500" height="768" /><h3>Carta</h3></div>
<p style="text-align: left"><em>Esta historia se suma al debate abierto por el libro ‘Redentores’, de Enrique Krauze, en el que se acusa a G.G.M. de negligencia. Una exitosa mediación de García Márquez. </em></p>
<p style="text-align: left"><strong>José Gregorio Guerrero (*)</strong></p>
<p style="text-align: left">Especial para El Espectador</p>
<p style="text-align: left">En enero del 80, la familia Peña Guerrero envía a Adalberto, el menor de los hijos, a estudiar Derecho en la Universidad Libre de Bogotá, una universidad de mucho prestigio para los costeños, ya que allí varios coterráneos brillan por su sabiduría y son dignos de imitar. En ese momento, la marimba es la forma más rápida y fácil de conseguir plata. Es entonces cuando al joven universitario le proponen ganarse unos pesos, y sin dudarlo da un sí irreversible: “¿Qué tengo que hacer?”, les pregunta Adalberto a los amigos samarios que le plantean la propuesta. “Pues, muy fácil, sólo tienes que ir a Santa Marta y allí te vas en un barco nuestro, full de marihuana, para los Yunay”. Adalberto emprende la travesía.<br />
<span id="more-3456"></span></p>
<p>Pasa el tiempo sin noticias de Adalberto. Es un misterio. Parece que el frío capitalino se lo hubiera tragado sin saborearlo aún. Pero como entre cielo y tierra no hay nada oculto y mucho menos en la creación vallenata, un pajarito sin alas ni pico le dice a la familia que Ada ha caído en el embarque de una familia de Santa Marta y está preso en Cuba. La noticia cae como caen los mangos sobre los tejados con las brisas de febrero. La familia Peña, en cabeza de su hermana Clara, inicia la construcción de un puente firme y directo para llegarle al comandante Fidel Castro. Clarita busca a Consuelo Araújo Noguera, amiga del futuro Nobel, para que ésta le dé las coordenadas para encontrarlo, ya que piensa enviarle una carta, y Gabo es muy amigo de Fidel. Pero le dice la Cacica: “Clari, es difícil que te conteste Gabo esa carta, porque él en medio de su sabiduría filantrópica es fregao”.</p>
<p>A Clarita las palabras de la Cacica le entran por un oído y le salen por el otro. Inmediatamente le escribe una carta a Gabo. Se la escribe por escribírsela, porque la fe del perturbado es terca y majadera. En la carta le dice lo acontecido, con puntos y comas para mayor identificación, y manda señales escritas de dónde puede estar Adalberto.</p>
<p>A los tres meses, una mañana cualquiera, suena el timbre de la casa Peña Guerrero. Gabo ha respondido a la carta de Clarita, diciéndole que aún no da con el paradero de Adalberto, pero que con toda seguridad seguirá buscándolo. Una mañana cubana de esas en que las faldas quieren salir volando como cometas sin rabo de las caderas de las bronceadas isleñas que caminan por Varadero, un guardián de la cárcel saca a Adalberto con 31 colombianos más, por orden directa de Fidel, y se los llevan a una casa en La Habana (por lo que me contaron, debe ser la de Fulgencio Batista). Allí los presos desayunan como gente, y entre miradas de duda y pánico esperan la orden para ser fusilados (al menos eso piensan ellos, inocentes de todo lo que hierve por dentro).</p>
<p>De repente, un hombre canoso, de espesa bigotada, baja las escaleras vestido completamente de blanco y los mira a todos uno por uno, con una mirada tierna de padre molesto, y pregunta: “¿Quién es Adalberto, el hermano de Clarita Peña, el vallenato?”. Uno de los 32 grita: “¡Yooooooo!”.</p>
<p>“Me la saludas y mañana temprano se van todos para Colombia. Soy Gabriel García Márquez, un colombiano más, jodido como ustedes pero con el peligro de escribir lo que vive para poder comer. Tomen esta platica para que les lleven regalos a sus hijos y sus esposas ¡Sinvergüenzas!”, les dice con cierta sonrisa pícara y de felicidad ajena.</p>
<p>Ese mismo día, Clarita Peña recibe una llamada internacional: es Gabo, para preguntarle en qué lugar de Colombia quiere que le ponga a Adalberto. Clarita responde con los ojos en invierno: “Doctor García, me lo puede dejar desde Punta Gallina en La Guajira hasta Leticia en el Amazonas, donde mejor le parezca”. “Entonces, Clara, te lo envío a Bogotá”. Ella, con un nudo en la garganta, le pregunta: “Doctor, ¿qué le debo?”. Gabo guarda silencio por un segundo y después del sonido grato de una sonrisa le dice: “Claro que me debes algo. Yo lo único que quiero es un sancocho de tres carnes, con ron caña, música vallenata, y debajo de un palo de mango para yo hacer de las mías”. Clara le pregunta que para cuándo puede ser, y Gabo vuelve a guardar el segundo silencio, y suelta la misma carcajada inicial. “Cuando tu presidente me deje entrar nuevamente a Colombia” (se refiere a Turbay Ayala).</p>
<p>Pasan más de dos años, cuando Clara vuelve a recibir una llamada internacional. “Clarita, soy yo, Gabo. No he olvidado tu deuda conmigo. Voy para este festival”. Clarita le pregunta cómo hacer para prepararle la invitación. “Háblate con Consuelo y ve al aeropuerto y lleva en la mano un ramo de rosas rojas con mariposas amarillas, para identificarte y poder saber que eres Clarita Peña y darte un fuerte abrazo”.</p>
<p>Así fue. Clara va adonde Consuelo, pero la Cacica le dice que es casi imposible porque ya Gabo es Nobel y las invitaciones se le han aumentado. A Clara las palabras de Consuelo vuelven a transitarle el oído sin freno alguno. El día de la llegada del Nobel se va Clara para el aeropuerto con un inmenso ramo de rosas rojas, adornado con inmensas mariposas amarillas, en papel de celofán y se dirige a la escalera del avión. Primero asoma la cara Alfonso López, el Pollo, luego la barba de un hombre guardado en guayabera blanca (Juan Gossaín) y por último, Gabo, que se detiene un poco, observa el paisaje humano que rodea el avión, identifica a Clarita, y es él quien se acerca y la abraza.</p>
<p>“Recógeme al mediodía en la casa de María Lourdes”. A las 12 en punto está Clara en la puerta de la casa de los Araújo Castro, y en medio de los escoltas logra colarse y encontrar a Gabo. En seguida él la aborda: “Clara, lo prometido es deuda, soy todo tuyo”. Sale sin escoltas, sin pedir permiso, se monta al pichirilo de Clarita y emprenden la marcha. Clara le advierte: “Doctor, yo vivo allá, al pie del río”. “No importa, dale que yo respondo. Lo que quiero es lo que te dije”.</p>
<p>Cuando van llegando a la casa, ya todos los medios de comunicación están allí, y Mercedes, su esposa, Juan Gossaín y medio pueblo más. Gabo se come el sancocho a sus anchas. De la vecindad traen abanicos de todos los tamaños y marcas para bajar la temperatura de los cachacos que bailan sin cansancio. En ese momento el Nobel es del pueblo. Toma ron caña, el del comandante del buen sabor, y bajo una fronda de mango baila, ríe, goza junto a Mercedes y su séquito de amigos. Los acordeones se retuercen como quieren y son las tres horas más felices de ese viaje a Macondo, perdón, a Valledupar. Al fin y al cabo es lo mismo. El tiempo también baila por el reloj sin decir nada, y al terminar la parranda Mercedes mira a su marido a los ojos: “Gabo, 25 años después entiendo por qué tú eres así”.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<br />
<em>(*) Colaborador. </em></p>
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		<title>Peleador</title>
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		<pubDate>Mon, 13 Feb 2012 13:23:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[De fondo]]></category>
		<category><![CDATA[El Caminante]]></category>

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Fernando Araújo Vélez (*)
&#8220;Hoy quiero que me atraquen&#8221;, solía decir don José los viernes sobre las seis de la tarde ante la mirada lánguida de su esposa. Antes de salir de su casa, iba al patio y le daba un par de trompadas a un saco de arena que permanecía colgado allí desde los tiempos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="recurso_post aligncenter size-large wp-image-3167" src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2011/12/caminante-copia2-1024x1024.jpg" alt="Web" width="614" height="614" /></p>
<p style="text-align: left"><strong>Fernando Araújo Vélez (*)</strong></p>
<p style="text-align: left">&#8220;Hoy quiero que me atraquen&#8221;, solía decir don José los viernes sobre las seis de la tarde ante la mirada lánguida de su esposa. Antes de salir de su casa, iba al patio y le daba un par de trompadas a un saco de arena que permanecía colgado allí desde los tiempos en los que Luis Ángel Firpo perdió la oportunidad de ser campeón del mundo de los pesos pesados porque las reglas no contemplaban que voltear a un rival y sacarlo del ring fuera nocaut.<br />
<span id="more-3454"></span></p>
<p>Don José se inclinó por ese rival, Jack Dempsey, tal vez porque en sus épocas de boxeador trataba de imitarlo, aunque luego, muy luego, bautizó Firpo a un perro que amaba. Llevó en su billetera hasta los últimos días de su vida una foto de periódico de Dempsey, y cada vez que la veía posaba como él, con los guantes en posición de combate. “Ven que te voy a romper la mandíbula, acércate que te voy a destrozar”. Entonces salía a la calle y miraba con ojos y gestos de provocación a los jóvenes que se cruzaba. Caminaba despacio, como si contara los pasos. Cerraba y habría los dedos de sus manos y soltaba los brazos, como si estuviera sobre una lona, y respiraba profundo. Iba por La Soledad, pasaba por Teusaquillo y subía a Chapinero. Solo, siempre solo. No quería testigos de sus decenas de peleas callejeras. Nadie que gritara o llorara si algún día le pegaban. Nadie que lo admirara por la fuerza de sus golpes y la facilidad para esquivarlos. Prefería dejarlo todo en el espacio de la imaginación.</p>
<p style="margin-top: 0px;margin-right: 0px;margin-bottom: 15px;margin-left: 0px;font: normal normal normal 14px/normal Arial, Helvetica, sans-serif;color: #333333;text-align: left;line-height: normal;padding: 0px">——————————————————————–</p>
<p style="margin-top: 0px;margin-right: 0px;margin-bottom: 15px;margin-left: 0px;font: normal normal normal 14px/normal Arial, Helvetica, sans-serif;color: #333333;text-align: left;line-height: normal;padding: 0px"><span style="padding: 0px;margin: 0px"><em><em>(*) Periodista, escritor y editor de El Magazín online y de la sección de cultura del periódico El Espectador. Además, tiene a su cargo la edición de los Lunes Festivos.</em></em></span></p>
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		<title>La extraña</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Feb 2012 19:26:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>elmagazin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Historias cruzadas]]></category>
		<category><![CDATA[premios oscar]]></category>
		<category><![CDATA[The help]]></category>

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En un pueblo del Mississippi en los años 60, una joven decide escribir sobre el trato que las señoras les daban a sus criadas negras.  “The help”, dirigida por Tate Taylor, es una de las nominadas a los premios Oscar como mejor película. 
Lorena Machado Fiorillo (*) 
Mirarlas en esos vestidos ceñidos, con peinados estáticos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center">
<div id="attachment_3450" class="recurso_post aligncenter" style="width: 490px"><img class=" size-full wp-image-3450 " src="http://blogs.elespectador.com/elmagazin/files/2012/02/Columna-Febrero-4.jpg" alt="&quot;The Help&quot; " width="480" height="325" /><h3>&quot;The Help&quot; </h3></div>
<p style="text-align: left"><em>En un pueblo del Mississippi en los años 60, una joven decide escribir sobre el trato que las señoras les daban a sus criadas negras.  “The help”, dirigida por Tate Taylor, es una de las nominadas a los premios Oscar como mejor película. </em></p>
<p style="text-align: left"><strong>Lorena Machado Fiorillo (*) </strong></p>
<p style="text-align: left">Mirarlas en esos vestidos ceñidos, con peinados estáticos que ni se perturban con el viento, verlas ahí como figurines de la tradición, dueñas de hogares sin alma, esclavas de las apariencias, los comentarios y los juegos de cartas, dispuestas únicamente a parir herederos para ignorarlos la mayor parte del tiempo y arrojárselos con desprecio a las criadas, mirarlas así, en las mañanas, en las noches, mirarlas y aborrecerlas porque pululan como la peste.<br />
<span id="more-3449"></span></p>
<p>Jackson, Mississippi, años sesenta. Salirse del prototipo era ir hacia una estampida de fieras que embestían y a la vez lanzaban dardos, como la madre ofuscada porque su niña carecía de belleza genérica, porque se rehusaba a hacerse bucles, a usar tacones, a callarse sus pensamientos y ella, genuina, valiente, extraña, soltera, correteaba por los pasillos de un diario con la firme intención de cambiar el mundo, de que la gente la oyera a través de sus letras y supiera que la vida iba más allá de las cocinas. Sin embargo, la suya, la de todas ellas, había comenzado por ahí.</p>
<p>‘The help’ (‘Historias cruzadas’), una de las películas nominada a los premios Oscar y basada en un bestseller de Estados Unidos, juega con el humor para narrar un drama, el de la lucha interracial, en la que los blancos se ufanaban de ser amos del entorno y los negros, en medio del dolor, aguardaban por una heroína que contara acerca del maltrato que vivían en esas cuatro paredes, allí, donde servían la mesa, donde cuidaban a los más pequeños, allí mismo, donde esos amos construyeron un baño aparte para evitar mezclarse.</p>
<p>Con una voz suave pero determinante que viaja en el tiempo, uno se adentra en los pormenores de, por ejemplo, la vez que una de aquellas criadas, cansada de las ofensas y la discriminación, sedujo a una de esas jovencitas que tanto daño le había hecho con un postre que contenía su mierda. Quizá también es esa voz, a veces melancólica, la que une los relatos en una suerte de castillo de naipes, donde todas participan y cualquier movimiento afecta en dosis consideradas a la otra.</p>
<p>Emotiva, algo lenta, quizá con escenas un poco sensibleras, la película se disfruta sin ningún efecto de por medio porque se concentra en los ojos, los que se miran por primera vez, los que temen porque alguien rompa el silencio, los que lloran las heridas, los que guardan en un parpadeo la venganza.</p>
<p><strong>Reparto:</strong> Emma Stone, Viola Davis, Bryce Dallas Howard, Octavia Spencer.</p>
<p>——————————————————————–<br />
<em>(*) Periodista de El Espectador, es la coordinadora de El Magazín y   publica una columna sobre cine cada sábado en la versión del iPad de El   Espectador. </em></p>
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