BLOGS Cultura

Archivo de Categoría ‘La esquina del cuento’

15

10

2014

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Cartas de Manuela Zimmerman (Fragmentos de una novela epistolar) VI

Por: elmagazin

manu Julie Paola Lizcano Roa   Carta No. 29  (4 de agosto de 1988) Se vuelve pesado el sentido cuando la única forma de seguir viviendo es obligarme a salir de este encierro al que tú me has sometido, con una gran necesidad de seguir escribiéndote a mares en un ahora, que no logro soportar. Parece que lo único que me queda, es intentar escribir solo para mí,  pues siento que a mis 32 años el siempre, ha terminado en este momento desierto, curvo y desconfiado, es decir invisible y poco tangible, pues mi alma se niega a sentirse segura, aún en el más hermoso paisaje que pueda brindarme el mundo; muero de idealismos, pero no importa, ahora tomaré mis maletas y regresaré a Colombia, allí donde las calles tienen nuestro nombre y donde mi cama tiene sobre sus sábanas el olor de tu cariño.

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22

08

2014

elmagazin

El videojuego

Por: elmagazin

 

videojuegos-vector Jefferson Sanabria

Compró el videojuego una mañana de fin de noviembre. Era un regalo que había costeado para sí mismo; lo obtuvo al ahorrar dinero unas semanas antes en trabajos que fue víctima de insultos, degradaciones, burlas y demás, particulares circunstancias que no le afectaron en lo más mínimo, debido a su fuerte interés en el videojuego soportó cualquier percance contra su humanidad.

El día en que lo compró estaba absolutamente emocionado, en la mañana al descubrir su estado económico decidió bañarse temprano, tomó un buen desayuno, planchó su camisa y se vistió formalmente para la llegada de su nuevo compañero. Salió sin más demora de su apartamento y a un paso ágil se dirigió al inmueble donde le esperaba el susodicho. En el camino encontró unos cuantos amigos de infancia, los saludo muy amablemente, divagó en unas cuantas apreciaciones sobre lo que era de ellos ahora que ya no se veían muy a menudo, retomó pronto su camino y entró en un supermercado a comprar provisiones para los días venideros, no gastó mucho dinero, corrió enseguida al establecimiento de enfrente donde se veía desde lejos la pancarta alucinante de la llegada delvideojuego. Irrumpió en el almacén con una euforia incomprensible, accedió a un estante y tomó elvideojuego dirigiéndose a la vitrina para pagar, introdujo su mano en el bolsillo derecho, sacó unos cuantos billetes los cuales fueron depositados en la caja registradora. Partió de aquel establecimiento con rapidez. Caminó velozmente hasta llegar a su casa, sacó las llaves—sus manos temblaban un poco—abrió la puerta de su apartamento e ingreso a su cuarto, dejó las cervezas en una pequeña nevera que yacía a un costado de su cama y a un lado los paquetes de frituras. Agarró la pequeña bolsa donde traía su triste vida. Prendió el televisor y su PlayStation, metió el videojuego en el reproductor y se internó en un suave trance. Deliró con las imágenes tan bien diseñadas, la fuerte violencia lo sedujo, en unos cuantos días había liberado tres ciudades de la invasión de zombies que arremetía contra Estados Unidos y el mundo. El tiempo para él dejo de ser una cuestión de cálculos y se convirtió en un desconocido. Así los días se hicieron más cortos y las noches más densas, solamente le importaba rescatar a la humanidad de aquel litigio contra los no vivos. Paraba sólo para ir al baño y beber un poco de cerveza, así que su estado físico cambió en una forma desgarradora. Pasado el desconocido tiempo llegó a rescatar el videojuego con un record inesperado, se sintió satisfecho por su trabajo, quiso tomar un poco de aire fuera de su casa, ¡tenía que celebrar! precisamente tomó un poco de dinero que le quedaba para comprar algo de comer que no fuera chatarra, agarró sus llaves y salió de su apartamento. Al caminar unas cuantas calles vio como la gente se alejaba de él con una expresión de horror en sus rostros, no les prestó mucha importancia. Entró a la tienda a comprar algo para prepararse una buena cena por la victoria que había tenido sobre los muertos vivientes; cuando intentó hablar para que lo atendieran sintió un fuerte golpe en la parte trasera de su cabeza, se derrumbó con ignorancia de lo sucedido, trató de levantarse para salir corriendo de aquel establecimiento, pero al moverse un metro fue atravesado por una ráfaga de balas que lo desplomó dos metros más allá en el suelo. Exhalando sus últimas fuerzas pensó con tristeza su actual situación, se ladeó en el suelo doliéndose por su cuerpo fustigado, miró entonces su reflejo en una vitrina, esbozó una sonrisa y falleció al instante.

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01

08

2014

elmagazin

Cartas de Manuela Zimmerman

Por: elmagazin

 

 Julie Paola Lizcano Roa

CARTA Nº 1

Dejé la felicidad cuando aún era una niña, en la adolescencia me quedé al lado inmóvil de la vida buscando en la lectura y la escritura alguien que con un verso me consolara, y de repente la nada se convirtió en mi todo. El único club de amigos al que pertenecía eran a los pocos escritores que en los baños del colegio y en mi habitación a escondidas podía leer, solo para no sentirme sola, y apenas era feliz. La vida desde entonces ha sido una sombra errante, así como el túnel solitario de Sábato, la celda de Caicedo y el paracaídas de Vicente Huidobro. Ahora creo que mi libertad está en la muerte, como todo aquel humano mediocre que no desea la vida. Me pregunto entonces ¿Y cuántos años más debo esperarte, amor mío?

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26

07

2014

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Demencia parafílica

Por: elmagazin

Aline Hernández

Yo la conocí en el colegio. La recuerdo bien porque no hablaba con nadie pero creo que tampoco nadie quería hablar con ella ya que todos nuestros compañeros le rehuían constantemente. Se pasaba los recesos juntando cuantos animales podía y guardándolos en los recipientes donde traía un rancio lunch, que cuidadosamente tiraba a la basura atenta a que las cuidadoras no la vieran. Recuerdo perfectamente que nadie hablaba conmigo tampoco, la única diferencia estribaba en que de mí se burlaban constantemente y de ella se alejaban, lejos, lejos, lo más lejos posible. Ya en aquel entonces yo podía notar que no era como los otros. Supongo que mi soledad en general me llevó a fijar mi atención en aquella otra eremita, a observar sus actividades minuciosamente, a apreciar todos y cada uno de sus movimientos, gestos y sonidos. Cada vez que lograba atrapar una de sus víctimas emitía un parvo chillido como símbolo de victoria y era ahí cuando los depositaba concienzudamente al interior del ahora vacíotopper, previendo que el resto de los insectos no pudieran huir, sumando un nuevo integrante a la manada de los presos. Fue también por aquel entonces donde ocurrió el evento y digo “evento” porque nada fue igual a partir de esa tarde, ella desapareció, se desvaneció del colegio y nunca volví a saber de ella.

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24

07

2014

elmagazin

Manual para tomar una sola cerveza

Por: elmagazin

A Natali, sin tilde.   Nélfer Velilla  

Al menos pude saber dónde estaba. Logré ver la última notificación antes de que la policía me tocara la puerta. La mandaron a España. Ya me la imagino con una falda larga, leyendo salmos y haciendo planas del Génesis, cacheteada por una monja un par de veces si aún se les permite hacer eso. ¿Ha visto en algunas películas cómo la paradoja juega su papel y esas chicas terminan revolcándose entre ellas en los baños, con las libretas y la biblia bien acomodadas en las tapas de los inodoros? Bueno, usted no está aquí para eso. Usted quiere respuestas más sencillas. Algo que me sirva de defensa o lo que sea contra lo que catalogaron como trastorno.

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23

07

2014

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Mis vidas con Lola

Por: elmagazin

Pavel Stev Capítulo 1

La gente ha cambiado el carácter como la ciudad de estación. El frío es siempre tan igual que en sus heladas venganzas se contempla como un viejo frío. No se puede calcular el clima que nos acompañará este verano, ni cuánto tiempo más estaré en la morada de Lola. Tan abrigado por sus cortinas de cielo terciopelo, bajadas de alguna lluvia que sin clemencia nos abrazó.

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09

06

2014

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El espíritu invisible del silencio

Por: elmagazin

SéptimaCortesía Juan Carlos Rincón Escalante   Andrés Felipe Sanabria

- La ciudad de las cenizas-,  decía la bruja-.  Esparciendo retratos, y retratos de presidentes de Colombia, mientras la plaza de Bolívar aleteaba escarmentada por el fuego, y el centro era devorado por nuestra idiosincrasia, que cobró vida después de que Colombia casi mata a la muerte. Cuando se pudo recuperar maldijo a sus habitantes, y para darles el último toque les puso de adversario a esa sonrisita pirateada llamada idiosincrasia; la volvió un espejo de todo lo que ocurría en el país, le dio la voluntad de todas las almas, de este guayabo predecible. Les quitó el amor, les quitó los polvos, les quitó el trago, les quitó la ausencia, les quitó la fe, les quitó a Dios, les quitó la Selección, y como si fuera poco, les quitó a Falcao, y todos quedaron ahogados con la sonoridad bucólica de quienes esperan lo que ya no podrá llegar.

La idiosincrasia bramaba lágrimas que eran almas que ya no podían volver a soñar. Quedaban en el suelo aplastado de lo que alguna vez fue Bogotá. Tenía tantos ojos que tenía que hacerse la indispuesta para poder ver. Acabó con Bogotá en 13 días. Abrió una cuenta en Facebook porque era vanidosa. Cuando al fin estuvo saciada empezó a pudrirse, y en el cielo aquejado que alguna vez nos empeñó Dios, se vieron las tonterías, las artimañas, el asco, la sevicia con que la clase política no quiso asimilar un país bello e intimidante por su riqueza cultural, étnica, biológica, y geográfica; también las personas que las componían, y que lo hubieran hecho un cáliz para emparentar las fronteras. Fue la cámara lenta de poner el culo antes de que esa clase dirigente se lo limpiara para callar, cercenar, fragmentar lo que hubiera sido el espíritu invisible del silencio.

Pero a medida que en las demás partes de Colombia veían lo que callaba su corazón, los demás colombianos tenían que lidiar con su alma derrotada por la idiosincrasia, y como esta vio que cada uno iba a hacer lo imposible para que Colombia no se acabara, llamó a la bruja que se estaba llevando la esperanza de Bogotá para que no existiera ni en la parte más pedante del arte. La esperanza de esta ciudad eran sus cacerolas llenas de huevos revueltos, de corrientazos, de transmilenios escupiendo humo, de gente yendo y viniendo, y viniendo y yendo porque Bogotá nunca dijo: “sigan yo los cuidaré”. Eso lo sabe una ciudad, cuando la respetan, cuando uno es niño y le da miedo despedirse del atardecer. Pero así eso no pase, o pase y no se den cuenta, había como un sismógrafo que trataba de traducir lo que espantaba a los adultos de esos preadolescentes que se querían comer hasta los santos, y de los adolescentes que querían tirar en las camas de los curas, y de la gente mayor que quería brindar con la nostalgia de un tic de una enfermedad incurable llamada fin de siglo XX, y comienzos del XXI, y con los abuelitos que querían coger a bastonazos a todo el mundo. En esa ciudad no se podía vivir, pero no se podía parar, y es lo que hace somnoliento a lo inescrutable. Lo inescrutable tiene más gente trabajando en espiritismo que los gringos husmeando en esta chusma. Pero el cinismo llegó a tal grado que ya se mataba porque ya se había olvidado amar. Entonces la muerte sintió que estaban acabando con su confusión, con ese bullerengue que te lleva al paraíso de los diseñadores de los trajes de Men in Black.

La bruja era una de las muchísimas visiones de la muerte. Tenía en los dedos de sus manos tatuados los vestigios de Dios. Su trabajo se le estaba enredando. El problema era que había mucha energía en conflicto, y para eso necesitaría acabar con la idiosincrasia, y traer a la muerte para acabar de una buena vez con la esperanza de Bogotá. Lo pensó un instante, hasta que se asustó, cuando escuchó el berrido de una bebé que estaba donde antes había estado la idiosincrasia. No hay nada que pueda soportar el mal que un llamado de la vida hacia la vida. La bruja se arrodilló y a través de sus ojos se fue formando Bogotá otra vez, y los rolos volvieron a la normalidad, pero con el espíritu opresivo de volver a nacer, y los demás colombianos tuvieron el peso de la conciencia de llegar a viejos por los caminos de Francisco el hombre, con el permiso de la lluvia, porque esa noche nadie dejó de cantar y sonreír, menos el joven músico que había recogido a la niña, porque cuando miraba sus ojos no podía salvarse de la niebla.

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13

05

2014

elmagazin

Vacío

Por: elmagazin

Carlos Orlando Posada magazín1 Fotografía tomada de digitalismo.com

¡Se acabó la guerra! amanecieron anunciándolo en las noticias, él miraba las imágenes en el televisor, prendió la radio y todas las emisoras  anunciaban con alborozo que la guerra había terminado, palabras que retumbaban en el silencio del campo. No se reflejaba en su rostro mohín alguna, sé quedo como muchos días, muchas tardes y noches enteras, recorriendo los años pasados, las risas perdidas, sus emociones petrificadas en su memoria, que no se ve en ninguno de sus movimientos, su rostro adusto, sus ojos perdidos sin brillo, huecos, y lejanos, como la mirada de un anciano que ya no sueña y ve la vida con la crueldad que ella embiste.

Se levantó sin aliento, apoyando sus dos manos en los descansabrazos de la silla, miró su café, estaba frio, lo cogió y lo bebió de un solo sorbo. Lento se dirige a la pieza donde está su compañera que permanece acostada boca arriba, con sus ojos abiertos mirando a la profundidad del espacio que termina en el techo de la casa.

¡Sargento! Una voz de mando retumbaba en el salón, un oficial de academia bien presentado con uniforme implacable, escritorio ordenado y oloroso a colonia. Está sentado cómodo en su silla. Detrás, en la pared, dibujos en negrilla, cuadros del libertador Simón Bolívar y fotos del actual presidente de la república y diferentes mandos militares. El silencio duró minutos que se volvieron eternos, cuando se oyen tres golpes en la puerta que está entreabierta. ¡Siga!, posición firme, saludo enérgico, ¡como ordene mi teniente!

-¿Qué ha pasado con lo que se compró para detectar el enemigo?

Prosigo mi teniente, se compraron treinta bichos en forma de araña y grillos de tamaño normal y aspecto natural, según el informe están compuestos de cámaras, chips de trasmisión satelital, tienen movimientos varios, lo más sofisticado es que están programados para detectar olores, según estudios científicos cual fuera la profesión así es el olor que expele el cuerpo, ejemplo, como cuando se tiene miedo. A eso lo llaman nanotecnología, porque son circuitos muy pequeños difíciles de detectar.

- Eso está muy bien sargento ¿Se les hizo la prueba correspondiente?

- ¡Si señor!, se mandó un grupo de civiles para que hicieran la prueba en una vereda, cerca de la zona de guerra, al llegar se dirigieron a la cantina del pueblo, antes de entrar soltaron cuatro bichos, dos arañas y dos grillos los cuales se adentraron en el establecimiento, al rato se pasaron en diferentes morrales de paisanos que tomaban cerveza en varias mesas. La misión era seguir la señal, grabar todo lo que más se pudiera, se prosiguió a seguirlos durante dos días y encontraron un cambuche con veinte subversivos y un comandante de mandos medios, los cuales fueron abatidos en su mayoría, otros, tomados presos. Nosotros tuvimos dos bajas. Si esto funciona como está sucediendo la guerra acabará muy pronto.

- Eso está muy bien sargento, pero necesito más resultados, los de arriba me exigen y no podemos defraudarlos. ¿Cuánto tiempo tienen de vida útil estos aparatos?, necesito información detallada para pasar los informes a mis superiores.

- Mi teniente todo irá minuciosamente explicado para que no haya ningún inconveniente.

- ¡Puede retirarse!

Coge la perilla, abre la puerta, sale rápido y jadeante. Su cuerpo es macizo, no muy alto, estatura promedio, la piel cuarteada por el rigor de la selva. Se notan las horas de camino, las noches de desvelo, el sufrimiento por su tropa. Los rasgos son nobles, su risa, sincera. Su dentadura, pareja, entre blanca y amarilla. La luz del sol le hace entrecerrar sus ojos.

- ¡Uy! Mi sargento está verde, parece el ogro de las películas de dibujos animados que anda con un burro y un gato.

- Tranquilo, que nosotros lo apoyamos.

- Ese triple… teniente cree que el monte es lo mismo que el entrenamiento en la academia.

¡Mujer! Se oye una voz firme pero suave, ella no se inmuta, sigue en su posición aletargada, mira a sus hijos jugar en el campo cuando llegan de la escuela rural. Eran hermosos porque eran hijos de ella. Borró de su memoria el momento en que la guerrilla se llevó al mayor, disfrutó al menor hasta cuando se fue a prestar servicio militar. Lágrimas rodaron por el costado de su cara. Mujer… ¿me oyes? En las noticias dicen que por fin terminó la guerra. Se escucha un grito que se ahoga en la garganta. Es de dolor y se queda en el vacío de la habitación.

- ¡¿Y a mí de que me sirve que se termine la guerra?!  

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12

05

2014

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El Viaje

Por: elmagazin

 niño solitario Enrique Rodríguez La avenida de dos sentidos era angosta, dividida por una gran franja de tierra sobre la que se extendía la carrilera. El tren pasaba todos los días, una o dos veces, para aplastar monedas u otros objetos metálicos que se ponían, con ánimo nervioso, sobre los rieles. El premio resultante era casi siempre un delgado trozo de metal alargado, sin cara ni sello, que se quedaba haciendo mugre en el cajón de la mesa de noche. Otras veces la moneda saltaba, como huyendo de las ruedas de acero, perdiendo apenas la regularidad de su circunferencia. Esas se devolvían a los bolsillos del pantalón, y se usaban para comprar dulces o bombas de caucho. Un día descubrió que, tras el aguacero, aviones de papel hacían tirabuzones en el aire neblinoso. Entonces, salió a la calle con una chaqueta de rayas verdes y un cuaderno viejo. Les sonrió, pero no obtuvo respuesta. Estaban demasiado concentrados en aquello de afinar los alerones y la cola. Se sentó en la acera, y comenzó a fabricar su jet. Se oyeron risas y susurros: habría logrado mejores resultados arrojando al aire el mero trozo de papel arrugado. Pidió algunas señas al respecto, pero los cruces de miradas y los comentarios cifrados lo hicieron retroceder. Regresó a la acera, y lo intentó con otro trozo de papel… Todo fue inútil. El nuevo jet corrió la misma suerte de su predecesor, describiendo una cerrada y nerviosa espiral en el aire denso. Risas, murmullos. Como premio de consolación lo incluyeron en una de sus aventuras; pero tendría que contribuir con unas cuantas monedas. Hurgó nerviosamente en sus bolsillos sin encontrar sobrevivientes de la carrilera. Les echó una mirada ansiosa, desconcertada. Por consejo de los más sabios se dirigió corriendo hacia su casa para saquear las carteras y vestidos guardados en armarios y cajones. Era una experiencia nueva la de pasar los dedos por los invisibles forros suaves, sentir de pronto el metal frío entre los dedos, la sorpresa del hallazgo. Salió a la calle y enseñó su botín con una sonrisa triunfal. El más sabio tomó las monedas de su mano, las contó y, luego de aprobar su monto, salió corriendo, seguido por los otros. Tardaron en volver. Tardaron mucho. Su madre lo llamó desde la puerta secándose las manos con el delantal. Al principio, aceptó su condición de proveedor satelital de recursos económicos y materiales. Sin embargo, poco a poco fue encontrando la manera de participar activamente. Al cabo de unas pocas semanas logró conocer la tienda donde se vendían las bombas de colores y los dulces de canela con extraños colores, el jardín de donde salían los diminutos frutos morados, similares a uvas, que a veces se llevaban a la boca con elocuente disimulo. La exploración de aquellos lugares nuevos fue abriendo su pequeño mundo, pero a la fascinación del descubrimiento habría que sumarle el temor a ser hallado cruzando los linderos. Más de una vez sería sorprendido in fraganti en aquellos reinos prohibidos, y llevado de nuevo al redil, prendido de una oreja. Al fondo, risas y murmullos. Pero también se fue acostumbrando a ser un poco el payaso del grupo. Cuando su madre lo jalaba de la oreja para llevárselo a la casa procuraba hacer comentarios que resultaran inesperados y graciosos: ¡Cómo está haciendo de frío! ¿Cierto, madre?; ¿Qué vas a hacer para la comida? De este modo, cuando escuchaba las risas y murmullos, sentía que estaban celebrando su atrevido ingenio, y no que se burlaban de él. Ya se acostumbraba a sus nuevos roles cuando comenzó a escuchar extraños ruidos. La primera vez creyó que algo se agitaba entre las plantas de una pequeña jardinera bajo la ventana de una casa. Imaginó ratones y pájaros. Pero luego notó que los sonidos también parecían brotar de las grietas y rincones menos visibles de las aceras y los muros. Se sentía incómodo, embargado por una apremiante curiosidad que lo hacía abstraerse en confusos pensamientos. No le dijo a nadie, por temor a que se burlaran o lo tomaran por loco. Ya se sentía bastante rechazado por el grupo, y un cuento sobre voces y ruidos improcedentes era lo menos adecuado para ganarse el respeto y la aceptación. Con sus padres tampoco podía contar, empeñados siempre en jalarle las orejas o en darle alguna zurra por destruir mobiliarios y adornos finos. Intentó distraerse planeando aventuras callejeras en donde él era el héroe indiscutible. Se veía alzado en hombros o laureado en extensas apologías. Pero cuando salía a reunirse con sus dudosos amigos los efectos de la dura realidad embargaban de nuevo su semblante. Ante las miradas despectivas o desafiantes se tornaba nervioso, inseguro. Seguía a la manada como un lobezno herido. Los ruidos y las voces sobrevolaban sus oídos como mosquitos en busca de sangre fresca. Intentaba espantarlas, pero todo era en vano. Además, cuando se distraía en ello, no tomaba nota de los planes a seguir, y las incursiones lo tomaban por sorpresa, fuera de base, incapaz de cumplir las tareas que se le encomendaban. Un día, las voces y sonidos lo siguieron hasta su casa. Se sorprendió mucho. A pesar de los regaños y refunfuños, la casa era el único lugar en donde se sentía seguro. Allí no tenía que fingir ni luchar por un puesto digno en la manada. Simplemente era llegar, recibir algunos coscorrones (o caricias rápidas, según fuera el caso), y luego encerrarse en su cuarto mientras sus padres discutían sobre recibos de la luz e hipotecas. Se disponía a leer una historieta cuando sintió que lo llamaban desde un rincón junto al escritorio. Dejó caer la revista. Se quedó en vilo, con los ojos muy abiertos, esperando. Cuando quiso volver a respirar escuchó de nuevo la débil voz. Se levantó de la cama y se quedó paralizado en medio del cuarto. ¿Quién está ahí? Su voz temblaba; sentía como un dolor en la garganta. No obtuvo respuesta, pero algo se cayó en alguna parte. Cerró los ojos y se contuvo. Tragó saliva. Luego retrocedió hasta la cama y se sentó. ¿Qué quieren? ¿Por qué me persiguen? Como respuesta obtuvo una serie de leves susurros, una especie de arrullo entrecortado que lo fue relajando poco a poco. Ya no sentía temor ni ansiedad. Soñaba despierto. Se veía a sí mismo alejándose del grupo, feliz de hacerlo, con una sonrisa de oreja a oreja. Su madre se despedía con la mano mientras se limpiaba los mocos y las lágrimas con una funda de almohada. Se despertó feliz; aliviado. Se había librado de un peso que ahora entendía insoportable. ¿Cómo pudo vivir así durante tanto tiempo? Ahora percibía todo con mayor nitidez. La luz del sol era un delicioso barniz sobre las paredes y techos de las casas. El asfalto brillaba como si emergieran de la negrura diminutos diamantes. El verde de los árboles era más verde. Los sonidos cotidianos también le resultaban más estridentes y brillantes. A veces no los soportaba y debía taparse los oídos ante la mirada sorprendida de su madre. ¡¿Qué te pasa niño?! ¡No tires la cuchara así, que salpicas todo de sopa! Pero a él no le disgustaban los constantes regaños por causa de su creciente torpeza y desconcentración. Al contrario, las rabietas de su madre le resultaban muy divertidas. Verla con el ceño fruncido y los cachetes colorados le resultaba de una ternura increíble. Así que esperaba a que terminara de regañarlo, se le quedaba mirando con una sonrisa, y luego se abalanzaba sobre ella para llenarla de besos y caricias. La madre desconcertada perdía todas sus armas bajo aquellos oleajes repentinos de amor y dulzura, y los duros castigos se trasformaban en condescendientes advertencias. Descubrió que le encantaba el dulce. Su apetito por los chocolates y los helados trascendía los estándares establecidos para los niños de su edad. Se volvió adicto a las chupetas de cereza; le ponía grandes cantidades de azúcar al cereal en las mañanas; comía donas con arequipe y arroz con mermelada. Un día su madre intentó advertirle que si seguía comiendo dulce de esa manera se iba a enfermar, y él reaccionó violentamente. Golpeó la mesa con un puño, y clavó sus ojos en los de la madre. Le temblaban los labios. Luego se levantó de la mesa, y fue a encerrarse en su cuarto. La madre angustiada pensó en llamar al médico, pero se contuvo. Tal vez solo se trataba de una rabieta pasajera. En el fondo su hijo era un niño tierno y cariñoso. Pasaba largas horas en su cuarto escuchando sonidos y voces. Se entregaba a las extrañas melodías e imaginaba toda clase de cosas fantásticas. Ya no quería ser parte del grupo. Sólo sentía que quería abrazar a su madre y comer chocolates hasta caer desmayado. Fue en el colegio donde se dieron cuenta. Durante la clase de matemáticas, mientras se daba curso a un examen bimestral, la maestra comenzó a notar un molesto golpeteo. Se dio una ronda por entre los pupitres, pero no pudo dar con la fuente del sonido. De vuelta en su escritorio alzó la mirada sobre las cabezas concentradas, y descubrió que era él quien pateaba el suelo con insistencia. Se levantó de nuevo y se acercó. Lo halló devorando trozos de chocolate esparcidos sobre la hoja del examen que, según sus declaraciones, no había sido ni siquiera marcada con el nombre del alumno. Cuando quiso interrogarlo por su comportamiento el muchacho levantó la cabeza y le dirigió una siniestra mirada que la dejó atónita: Me quedé fría. Jamás había visto algo así. Me quede callada, y volví a mi escritorio. No pude estar tranquila durante el resto de la sesión. A la atribulada madre le aconsejaron internarlo en una institución especializada, pero ella se negó. Estaba segura de que habría alguna explicación, que su pequeño angelito sólo estaba pasando por alguna crisis típica de su edad. Contra todo pronóstico las cosas no empeoraron. Él siguió siendo cariñoso en extremo con su madre, y comelón de chocolates sin reserva. Lo único que preocupaba un poco a la señora eran esas mañas nuevas que había cogido. Golpear el piso con el pie, torcer los ojos hacia la derecha mientras masticaba, abrir mucho la boca cuando le estaba contando alguna descabellada historia sobre sus compañeros del colegio. De hecho, algunas de esas historias le comenzaban a parecer un poco extrañas, algo fuera de la realidad, pero supuso que así eran los niños a su edad, un poco soñadores, un poco mentirosos y creativos. También le parecía extraño que se encerrara tanto tiempo en su cuarto, sin hacer aparentemente nada. Ni siquiera encendía el radio que tenía junto a la mesa de noche. Sin embargo, se encerraba con llave, y se demoraba en contestar cuando ella lo llamaba para que saliera a comer. Lo notaba como ausente, con los ojos entornados, perdidos en alguna parte. A veces parecía sonreír, pero siempre era una sonrisa apagada, a medio dibujar en sus labios pálidos y cuarteados. Cosas de su edad, la pre-adolescencia que llaman… Sólo salía a la calle cuando lo llamaban. Procuraba hacerlo sin monedas, así que esas llamadas a jugar se fueron reduciendo considerablemente. Solía quedarse rezagado en los antejardines de las casas escuchando las sutiles melodías de sus cómplices invisibles. Entonces se convertía en un ruido de fondo, en una piedrecilla en el zapato del grupo. Pero ellos se aguantaban sus torpezas y desconcertantes comentarios, como buenos amigos, mientras buscaban la manera de adaptar sus decrecientes cualidades a las exigencias de nuevas incursiones. Casi siempre lo ponían de campanero, o a esconder los objetos del robo. Él se sentaba en la acera y esperaba a que le trajeran las cosas mientras escuchaba la respiración del aire, el cuchicheo de los insectos bajo las flores, las voces en clave que tejían la ciudad. Luego tocaba salir corriendo, más para ponerle sabor a la cosa que para huir de cajeros y dependientes armados. Se cansó de campanear y de correr. Prefería los chocolates, acariciar a su madre, y encerrarse en su cuarto a escuchar… Un día, las voces le hablaron de realizar un viaje. No tendría que llevar casi nada. Apenas lo que le cupiera en los bolsillos. Lo convocaron en la tarde. La reunión sería bajo el escritorio, y de testigos tenderían a las pelusas del tapete, un centavo plateado, y dos semillas de sandía. Al principio tuvo miedo. Nunca imaginó que el viaje sería tan largo, hacia lugares tan remotos. Sin embargo, le atrajo la idea de conocer paisajes nuevos, nuevas geografías, respirar nuevos aromas y probar nuevos sabores. Como preparación para el viaje se le impuso aprovechar los años previos a su partida en darle mucho amor a su madre, rendir en el colegio, y demostrarle a los demás que era capaz de participar activamente en todo tipo de aventuras. Los maestros estaban asombrados con su increíble nivel en materias como física y trigonometría. Admiraban sus dotes sociales. No solo era el líder de la clase sino que era el organizador de bazares, murgas y salidas culturales. Sus mentores le habían enseñado a disimular cuando tenía que escucharlos en lugares públicos, así que ya no pasaba por loco. También aprendió a concentrarse en la realidad física y mundana con el fin de aparecer como uno de los más prometedores chicos de su generación. Vestía a la moda; bailaba con todas las chicas en las fiestas; resolvía pleitos y era ficha clave en las reconciliaciones; sabía quién iba con quién y de qué manera. A él se debían decenas de noviazgos, amistades y arrejuntes. En el grupo lideraba batallas e incursiones sin derramamientos de sangre o detenciones en las comisarías. A su madre la llenaba de besos y regalos sencillos que la dejaban encantada. Como también aprendió a cocinar, todos los fines de semana le preparaba increíbles postres y comidas caseras. Sabía darle consejos cuando le veía deprimida; la llevaba al cine; a comer helado; a comprar lanas y agujas para tejer. Era su mejor amiga. Pero los años pasaban rápido. Tenía que prepararse para emprender su viaje. No solo su vida sino la de todos aquellos a quienes amaba dependían de ese viaje a regiones ignotas.  Partiría solo. A su mente llegarían los sonidos clave, la orden inaplazable. Aunque satisfecho con todos sus logros y disimulos sufría mucho por la espera. Nadie lo oía llorar o golpear las paredes cuando se hallaba en sus soledades. Interrogaba, cuestionaba alevoso las razones que le esgrimían desde los rincones y jardines sombríos, pero aún tenía que esperar. No se trataba de un viaje a la playa ni de una excursión a los páramos del sur. El suyo sería un camino lleno de recompensas e inimaginables aprendizajes, pero largo y difícil, entre bosques de espinas y maniguas sofocantes. Sus conocimientos mundanos en supervivencia le hacían imaginar vencibles las incultas geografías que lo esperaban del otro lado. Soñaba con extraños resplandores sobre la copa de árboles incomprensibles cuyas raíces crecerían hacia el cielo dejándole a las hojas y ramas la negrura de la tierra. Trepaba los nuevos montes y peñascos gracias a las ventosas y minúsculas callosidades que para el caso le serían otorgadas a su llegada. Respiraba hondo el oro del paisaje que se abría, luego de remontar inacabables cataratas, ante sus ojos cristalinos como cuarzo. Lloraría un poco a su madre bajo los astros de las nuevas noches, pero la celebraría recogiendo las cosechas de mieles en granos y tubérculos de almíbar. Cuando lo supo, era de madrugada. Pensó en las aceras prohibidas; en la carrilera del tren. Presintió un avioncito de papel haciendo cabriolas sobre el asfalto, arrastrado por el viento frío. Se bañó y se vistió con su mejor ropa. Luego de tomar algo en la cocina subió con sigilo hasta el cuarto de su madre. La contempló un rato, dormida, dibujándola entre las sombras, adivinando sus mejillas y sus labios. Regresó a su cuarto. No dejó notas ni cartas de despedida. Sólo su cuerpo, tendido junto a la cama, como pintado de azul por las tintas del amanecer.

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10

04

2014

elmagazin

Mañana será otro día*

Por: elmagazin

Foto Néstor   Carolina Cárdenas Jiménez

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