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Archivo de Categoría ‘La esquina del cuento’

10

04

2014

elmagazin

Mañana será otro día*

Por: elmagazin

Foto Néstor   Carolina Cárdenas Jiménez

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08

04

2014

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El jardín: recuerdos de un no lector

Por: elmagazin

foto señor magazin  Nelfer Velilla González

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02

04

2014

elmagazin

Una mirada amarga

Por: elmagazin

Adèle

Bertha Lucía Estrada*

Aunque cada hombre mata lo que ama,

Que lo oiga todo el mundo,

unos lo hacen con una mirada amarga,

otros con una palabra lisonjera, 

el cobarde lo hace con un beso,

el hombre valiente con una espada.

Óscar Wilde

I

Isabel:

Esta carta que te escribo, como muchas otras que escribí hace más de 20 años, no llegará a tus manos; pero al menos podré terminar de exorcizar la humillación de la que fui víctima. Hoy, como en otras ocasiones, el azar me ponía una vez más en tu camino. Fue en el marco de la Feria del Libro. Tú lanzabas tu último poemario y yo debía hacer la presentación de un novel escritor. He seguido tu carrera de cerca. Cada vez que sale un libro tuyo, corro a comprarlo. Eres muy talentosa, siempre lo has sido. En los últimos tiempos coincidimos cada vez más en este tipo de eventos. Lo cual no me extraña, ya que nuestras profesiones así nos lo exigen. No obstante, me evades. Cuando tus ojos se encuentran con los míos, es como si no me vieran. Ante ti soy invisible. Si escuchas mi voz, aparentas no oír nada.  Podría gritar y tú no reaccionarías. Perdí la cuenta del número de veces que traté de acercarme a ti. ¿Cinco, siete, ocho? No lo sé. Ya ni siquiera lo intento. Pero tampoco renuncio a poder escuchar tu voz  y mucho menos a escuchar la lectura de tus poemas. Cuando salí de casa esta mañana, rumbo a la Feria, ya había decidido que iría a la sala donde tú te presentarías. Lo que no había previsto era que me vieses. Cuando llegué, la sala estaba llena a reventar, como siempre. Nadie quiere perderse  la presentación de uno de tus libros. Sobre todo los adolescentes. Te admiran y te respetan. Te has forjado un nombre en este país donde todos nos creemos poetas. Camuflarme en la sala no fue difícil. Busqué un lugar estratégico desde donde pudiese verte sin que tú te dieses cuenta de ello. Cuando diste inicio a la lectura de tus poemas, el público enmudeció. Tu voz embrujadora, la misma voz que me embrujó hace tantos años, seguía intacta. Más firme, más segura, una voz a toda luces madura, pero tu misma voz. El hechizo fue total. Al final de la lectura, todo el mundo quería hacerte preguntas, tú las respondías con una calma que contrastaba con el tono que le habías dado a tus versos. Al escuchar tus poemas tuve la sensación de ser lanzada a una cascada que parecía no tener fin. Estaba sudorosa y ansiosa. Nuevamente me habías atrapado. Por fortuna, el tono dado a las respuestas de los participantes me permitió caer en un lago transparente y tranquilo. Me sentí orgullosa de ti. Nunca he dejado de estarlo.

Recuperada la calma, y aprovechando que la gente comenzaba a desocupar la sala, me dispuse a salir. Fue entonces cuando un periodista, que se había percatado de mi presencia, me llamó del otro lado de la estancia. Mi nombre no podía pasar desapercibido para ti, inevitablemente tenías que escucharlo. Sin querer busqué tu mirada y como siempre tus ojos, clavados en los míos, no me vieron. Yo me escabullí. Una vez afuera corrí a esconderme, necesitaba respirar y recobrar el aliento. El mismo aliento que me había quitado tu no mirada.

Debo parecerte una cobarde. -La peor de todas, – dirías-. No te falta razón. Soy una cobarde. Cualquier palabra que pudiese decir, sonaría a una falsa excusa. Y no es eso lo que pretendo. Tú viviste un infierno, el peor de todos. Pero no fuiste la única. Cada una conoció su propio calvario. Tú, porque te arrebataban el mundo por el que habías luchado durante tres años. Yo, por perderte y por perder mi propia dignidad. He debido defenderte, he debido llamarte. He debido decirte que lo sentía, he debido decirte que tu dolor era mi dolor. No lo hice. Lo lamento, lo he lamentado toda mi vida. Podría expiar mi culpa eternamente y nunca podría devolverte lo que te quitaron. Todo eso es verdad. Pero también hay causas, que aunque no son atenuantes, sí pueden explicar mi silencio.

Cuando te conocí, yo ya tenía mi vida hecha. Estaba casada, tenía dos hijos y esperaba el tercero. Había nacido en la década de los 40, por lo que  había sido testigo de muchos cambios. En el 63, del asesinato de John Kennedy y  en el 68, el de Martin Luther King. Aunque separada por kilómetros de distancia, vibré intensamente con mayo del 68 y con la llegada del hombre a la luna. Crecí con la música de Los Beatles y asistí a Woodstock. Bueno, para ser sincera, solo vi la película. Mi adolescencia se paseó por Chapinero y fue cómplice del movimiento hippie, el mismo que obligó a los gringos a irse de Vietnam. Su consigna de “Hagamos el amor y no la guerra”, dejó huellas indelebles en la sociedad occidental. Para los años 60, hacer el amor había dejado de ser sinónimo de reproducción. Las mujeres por fin podíamos decidir cuándo ser madres, ya que la píldora nos ayudó a tomar conciencia de que somos las dueñas de nuestro cuerpo y que el sexo es también para nuestro disfrute. Para entonces, las universidades comenzaron a recibir estudiantes mujeres, cada vez eran más las que optaban por la vida laboral. Entendían que la vida era mucho más que el cuidado de los hijos y del marido. Más tarde, sería testigo de la muerte de Franco y del destape de la mujer española. En política, fui contemporánea del movimiento de Los Tupamaros y de la llegada de Fidel al poder. Mis primeros devaneos en el amor fueron con los versos de Neruda.

Crecí con el cambio y me comprometí con él. Yo había roto muchos prejuicios. Pertenecía a una generación de ruptura, era consciente de ello y así lo asumí. Sin embargo, mi vida sexual y sentimental había estado dirigida dentro de parámetros bastante convencionales. Me había casado muy joven, sin terminar la universidad. Seguí estudiando y mientras tanto di a luz a mi primer hijo. Luego entré a trabajar a la universidad, la misma donde tú y yo nos conoceríamos años más tarde. Al principio, sólo eras una alumna, muy inteligente eso sí, pero nada más. Estaba enamorada de mi marido. Tenía un hogar, un trabajo y había hecho planes en el ámbito profesional. Cuando comenzaste a regalarme versos, los leía porque estéticamente estaban bien escritos. Ya tenían la impronta que ha caracterizado toda tu producción poética.

A medida que tu cerco se fue intensificando, una parte de mí quería rechazarte,  pero otra se dejó querer. ¿Por qué razón? Lo ignoro. Podría ser la novedad que representaba tu asedio o podría ser que me tentara el riesgo. Como cuando estás al borde de un precipicio y no sabes si entregarte a él o salir corriendo en dirección opuesta. También pudo ser la soledad de pareja. A veces el matrimonio no es más que la constatación de lo solos que estamos en el universo. La cama matrimonial puede convertirse en un barco a la deriva y cuando eso ocurre los cuerpos son azotados por la tormenta. O pudo ser todo eso y más. El ser humano cree que tiene todas las respuestas, cuando ni siquiera conoce las preguntas. Nos creemos sabios, sin embargo tambaleamos ante lo desconocido. En esa época, tú eras lo desconocido. En cuanto a mí, era madre de dos hijos pequeños y esperaba el tercero. Esa era mi certidumbre, aún lo sigue siendo. ¿Cómo entregarme a la aventura? En ese tiempo no tenía respuestas, aún sigo sin tenerlas.

Cuando comencé a escribirte versos, fue después de pasar por estados catalépticos. Porque eso eran los fines de semana para mí. No verte, no escucharte, era caer en estado de catalepsia. Pensarás que nunca te lo dije, pero ¿Cómo iba a hacerlo? Lo callé igual que callé mi desconcierto ante lo que me sucedía a medida que nuestra relación progresaba. Callé mi temor, pero también los anhelos que despertabas en mí. Callé la angustia que sentía en la alcoba y el abandono del que era víctima. ¡Callé tantas cosas! A las mujeres de mi generación nos enseñaron a callar. Es lo mejor que sabemos hacer. Mi vida estaba comprometida con el cambio, pero eso no quiere decir que estuviese preparada para tu llegada. Te adelantaste en veinte o treinta años, porque estoy segura de que hoy en día habría reaccionado de manera diferente. Hoy tendría las agallas que no tuve en ese entonces. Pero hoy es hoy y ayer es ayer. En eso Cronos es implacable. El tiempo no nos permite adelantarlo o atrasarlo como si fuese un reloj manual. De ahí la zozobra que el saberlo nos genera.

Comenzamos a salir juntas, para tomarnos un café, hablar de poesía o ver una película; en ese momento tú no eras más que una mujer inteligente que nutría mi intelecto. Para mí, las relaciones afectivas entre mujeres era algo que podía suceder, pero no en mi esfera. Y mucho menos teniéndome a mí como protagonista directa de un amor a todas luces prohibido. Pero ahí estabas, e ignorarte era imposible. Tu lucidez mental, tu sensibilidad  e intuición poética lograron conquistarme. Penetraste mi razón, antes de penetrar mi piel. Por eso nunca he podido sacarte de mi cuerpo. Mi alma te amaba cuando mi cuerpo aún no lo sabía. Yo te anhelaba, pero desconocía el lenguaje corporal que me hubiese llevado a ti. “¿Cómo?”, dirías, “si hacía tiempo estabas casada”. No sabes que mi cama era un desierto, sobre todo cuando estaba en embarazo. Durante los meses de gestación, Esteban ni me tocaba, de resto nuestros encuentros sexuales me dejaban por fuera de toda participación. Una vez cumplida su faena se daba media vuelta, sin desearme siquiera las buenas noches. Más que su mujer, yo era la madre de sus hijos. Ya sabes, esa concepción decimonónica de muchos latinoamericanos que creen que el sexo hay que buscarlo por fuera del lecho conyugal y luego hablan del latin lover. Habría que buscarlo con la linterna de Diógenes. Debería proponerle a Florence Thomas que saliésemos juntas a buscar alguno.

El momento en que irrumpiste en mi vida significó un despertar de todos los sentidos. Poco a poco fuiste buceando en ellos. A medida que los despertabas, con flores, con canciones o con tus versos, yo tomaba conciencia de la existencia de mi propio cuerpo. El día de nuestro fugaz encuentro en Oma, el roce premeditado de tus piernas contra las mías, me sumergió en un mundo desconocido y abrió una esclusa que dio rienda suelta al deseo acumulado en mi cuerpo y al que mi razón se negaba a aceptar. Ante mí se abría la oportunidad de conocer lo que hasta entonces yo llamaba un placer prohibido. Y pensar que para los griegos y los romanos era el verdadero, por no decir el único. El cuerpo no debería tener barreras, ni la mente tampoco. Es la tradición judeocristiana la que ha impuesto trabas a la vida y al goce. El roce de tu piel y la copa de vino que tomamos juntas, produjeron en mí una sensación cercana al orgasmo; al fin y al cabo hacía mucho tiempo que el volcán de mi cuerpo se había apagado. Creo que no ha vuelto a activarse.

Con el nacimiento de mi hijo dejaría de verte. No me lo había planteado así. Pero ya ves, a veces los acontecimientos deciden por nosotras, o bien son las personas de nuestro entorno familiar quienes nos despojan de nuestras vidas. En este caso fue Esteban. El día en que comencé trabajo de parto, él cogió mi cartera con el fin de buscar  los papeles de la seguridad social; por lo que era inevitable que no encontrase el poema que me habías dado ese mismo día a la salida de Oma. Era el poema que escribiste mientras me hacías el amor con la ligera caricia de tus piernas. Llegar a los otros no le fue difícil. De ahí a atar cabos de nuestras escapadas juntas había sólo un paso. A mi regreso de la clínica, mi vida se convirtió en un infierno. El hombre que creía conocer, el escritor mesurado, respetuoso, dio paso a un huracán. Vociferaba, daba puños a diestra y siniestra, se convirtió en mi cancerbero. ¡Ni el teléfono pude volver a contestar! Cuando regresé a la universidad, ya te había perdido por completo. De tus versos no me quedó nada, los rompió todos. Por eso, cuando publicas un nuevo libro, corro a comprarlo. Al menos así tengo la impresión de recuperar en algo lo que él me arrebató y lo que yo perdí.

Hasta siempre.

Marcia

II

Marcia:

Hoy te he vuelto a ver. Creías que no te había visto, pero siempre lo hago. Estabas camuflada en el público y también vi cómo te subyugaba la lectura de mi obra. Los papeles se invertían. Años atrás, era yo la que quedaba alelada oyéndote hablar de literatura. Recuerdo cuando nos hablaste de Oscar Wilde y de su libro La balada de la cárcel de Reading, ¡con qué vehemencia lo analizabas! Ese día aprendí a mirarte con otros ojos. Con los ojos que se miran a la mujer que nos atrae sexualmente. Sabía que eras casada, que tenías dos hijos y que esperabas el tercero. Tú eras mi maestra, yo, tu pupila. Muchas historias de amor se han tejido en las aulas de clase, la mayoría de ellas de amores no convencionales, amores escondidos, amores trágicos. Cada vez que nos cruzábamos en el pasillo, yo sentía que mis piernas temblaban y que mi cabeza daba vueltas. Te me habías convertido en una obsesión. Siempre me han gustado las mujeres, desde que estaba en el colegio; cuando una de mis compañeras, al saber que yo no sabía besar, decidió convertirme en su aprendiz. Era un juego entre varias amigas. Pero el juego me gustó y yo me quedé en la cama con ella, mientras las otras se iban a la playa con sus noviecitos de turno. Era mi primer beso, mas no el de ella. Ese día me enseñó a besar y me llevó de la mano a la isla de Lesbos; allí me inició en los placeres de su máxima sacerdotisa, poeta como yo. Desde entonces, le rindo culto a la bella Safo, como la llamaba Sócrates. Así que comencé a regalarte poemas, el primero era de ella, decía así:

Y sonríes seductora… un escalofrío me apresa toda,

estoy más pálida que la hierba y me parece

que falta poco para morir.

Tú lo leíste. En vez de sorprenderte o mandarme simplemente al diablo, me regalaste una sonrisa y luego lo guardaste en tu cartera. Te vi alejarte. Apenas te perdí de vista salté y salté, estaba enamorada. Yo tenía 20 años, tú 37. Nos hicimos amigas. Sabías que te amaba. Te dejabas querer. Te convertiste en mi diosa. Todos los días te rendía un tributo. Podía ser una flor, un cassette, con alguna canción en especial, o un libro. Comencé a escribirte poemas. A fuerza de seducirte con el poder de la palabra, la muralla en la que te parapeteabas comenzó a ceder. Mis poemas encontraban eco. Tú también comenzaste “a escribirme unos bellos poemas de amor”, así los llamaba; cuando en las noches, en la soledad de mi cama y sabiéndote acostada con tu marido, leía y releía los versos que me habías escrito. ¡Cuántas veces besé esos trozos de papel! Mis  labios  hubiesen podido desaparecer de tantas veces que lo hice. Leía tus poemas y mi cuerpo se humedecía. ¡Cómo te deseaba!

Poco a poco comenzamos a salir juntas. Íbamos a cine. El que quedaba cerca de la universidad… eran nuestras pequeñas escapadas. Yo sentía que tú no eras feliz, que algo te oprimía, pero no me hacías partícipe de tus problemas. Aunque era consciente de que yo hacía parte de esos problemas. Yo no quería presionarte, así me muriera de deseo. Eras tú quien tenía que prepararse, yo te esperaba. Te hubiera esperado todo el tiempo del mundo. Recuerdo que vimos El Imperio de los Sentidos. A la salida, y con mucha seriedad, te dije: “Es la búsqueda de la verdad absoluta a través del sexo”. Te echaste a reír. Me respondiste: “Siempre tan trascendental”. Pero detrás de esa risa, escondías tu desconcierto. Comenzabas a descubrir en ti unos sentimientos que meses antes no hubieses osado imaginar. Comenzabas a trastabillar. Una tarde fuimos al Museo Nacional, había una exposición de un artista fauve, esa fiesta de colores nos inundó de alegría. A la salida me invitaste a una copa de vino, querías prolongar esa sensación de bienestar que nos había producido la pintura de Raoul Dufy. Sentadas, una al frente de la otra, en una de las mesas más discretas de Oma, mis piernas comenzaron a rozar las tuyas. Sentí tu vacilación, sin embargo no dijiste nada, ni tampoco las retiraste. Eras consciente de lo que estaba pasando y aunque no participabas de una forma directa, tampoco me rechazabas, dejabas que te sedujera, que te amara. Y yo me entregaba a ese juego, como si en él me fuera la vida. Aún no sabíamos que nunca más volveríamos a estar juntas. Mi felicidad de esa tarde la compartí con dos compañeras de la universidad que estaban enteradas de lo nuestro. Respetaban mi amor, no me censuraban, no obstante entendían que podía ser muy doloroso. Ese día entraste en trabajo de parto y yo me sumí en un estado muy cercano al coma. Ante mí surgían tres meses sin poder verte. Las pocas veces que intenté ponerme en contacto contigo, la voz recia de tu marido me decía que estabas atendiendo al bebé, otras que estabas durmiendo. Yo había logrado derribar una parte de tu muralla, pero derrumbar la de él era imposible. Al colgar el teléfono quedaba más desamparada que nunca. ¡Si tan sólo hubiese podido escuchar tu voz una sola vez! Comencé a sospechar que algo pasaba. No era normal que no dieses señales de vida, ni que nunca contestases al teléfono. No me quedaba sino esperar tu regreso.

Dos semanas antes de tu reincorporación a la universidad, yo ardía de deseos de verte. Contaba los días, las horas y los minutos que me alejaban de ti. Pero no eran dos semanas las que tendría que haber contado. Tendrían que haber sido miles, tendría que haber sido una vida, dos vidas, tres vidas ¿Quién sabe? ¿Cómo medir el tiempo cuando se está enamorada? Poco antes de tu regreso me llamaron de la decanatura. Me dijeron que como estaba acosando a una profesora, y eso era inadmisible en una universidad y además en un país católico, apostólico y romano, debían cancelarme la matrícula. Yo, que ya estaba terminando sexto semestre. Yo, que tenía las calificaciones más altas del grupo. Yo, la intelectual, tenía que salir por la puerta trasera de la universidad como si fuese una delincuente. No era una delincuente, pero sí era mujer. ¿Cuántos profesores homosexuales había en la universidad y nadie les había dicho nunca nada? Un montón, de eso no tengo la menor duda.

Me cancelaron la matrícula. En menos de lo que canta un gallo yo perdía todo por lo que había luchado sin descanso por espacio de tres años. Mi madre nunca me juzgó. Ella sabía que cada persona es dueña de su cuerpo y de sus sentimientos. ¿Cómo es que en la universidad no lo entendían? Nuestra relación se había llevado de la manera más discreta posible. No soy amiga de los escándalos. Por eso no hice ninguno cuando me vi ante un hecho cumplido. Me echaban de la universidad. Pues lo aceptaba, así sin más ni más. No di la pelea. No denuncié mi caso a los medios de comunicación. Era joven e inexperta. Me faltaba la fortaleza que sólo llega con los años. En cuanto a la tutela, aún no existía esa figura jurídica. De haber existido, creo que ellos no hubiesen llegado tan lejos, ni yo habría aceptado el atropello del que fui víctima.

Los lazos que me unían a ti habían sido salvajemente cortados. Ante el dolor de no volverte a ver, se sumaba el dolor de saberte tan cobarde. No llamaste ni una sola vez para decirme que lo sentías. Mi vida se derrumbó. Pero ya ves, el ave fénix siempre renace de las cenizas. Comencé de cero. Me inscribí en otra universidad y aunque la mayoría de las materias vistas no fueron homologadas, logré terminar mi carrera, encontré trabajo y tiempo después el amor. No sería el definitivo. Habría de conocer otras rupturas, otras desilusiones, pero ninguna como la que tú me causaste. Para cuando nos volvimos a ver yo estaba curada. ¿Tú? No lo sé, ni tampoco me importa. Sería en uno de los tantos eventos literarios en los que inevitablemente tenemos que coincidir. No hemos vuelto a hablar, ni lo haremos. Si escribo esta carta es para contar lo que nunca he debido callar. Como ves, yo también fui cobarde.

En algún lugar de los cerros de Bogotá, con el bolero de Ravel como única compañía.

Isabel

III

Esteban

Mi profesión es enseñar a dilucidar el pensamiento, a mirar detrás del espejo, como Alicia. Soy yo quien pone los retos y quien decide qué tan alto podemos llegar. Conduzco las masas de estudiantes como el pastor conduce un rebaño de  ovejas. No estoy acostumbrado a que me desafíen, ni a seguir a los otros. Sigo planes previamente determinados. No me gustan los imprevistos ni las sorpresas. Soy un pensador, y para ello se requiere de mucha disciplina. Las ideas son para elucubrarlas largo tiempo, antes de decidir qué hacer con ellas. El azar no es para mí, ni soy un jugador. De serlo, exigiría que las cartas estuviesen sobre la mesa, los ases debajo de la manga me parecen rastreros, propios de garitos de mala muerte. Cada paso que he dado en la vida ha correspondido a coordenadas trazadas con antelación y previstas para que tengan una larga duración; los cambios irreflexivos sólo traen desconcierto y son signo de inmadurez.

En el colegio y en la universidad, me caractericé por ser un alumno brillante. El día de mi graduación ya sabía que no haría parte de las filas de desempleados. Con el cartón en la mano me presenté a un concurso como docente y me lo gané. Poco tiempo después contraía nupcias con la noviecita de siempre. La había conocido en la universidad, en uno de los cursos que nos tocó tomar juntos. Era amante de los libros y recitaba poemas. A diferencia de muchas otras, prefería escuchar a Beethoven al lado de la chimenea que irse a bailar salsa a cualquier antro. Eso me daba tranquilidad. Una vez casada le quedaba poco tiempo para las amigas. Cuando terminó sus estudios, ya había nacido nuestro primer hijo. En la universidad buscaban profesores de literatura, con su curriculum vitae, y sus conocimientos, no le fue difícil pasar las pruebas. Mi vida seguía el curso que yo me había trazado. Los años transcurrieron sin mayores altibajos. Nació otro hijo y venía en camino el tercero. En las noches, y los fines de semana, era Marcia quien se ocupaba de los niños, yo me dedicaba a escribir. Ya había publicado dos libros, con muy buena acogida por parte de la crítica y de los pares académicos, y preparaba otro. Me estaba ganando un nombre en un medio profesional árido y poco amigo de las lisonjas mutuas. Me encontraba tan embebido en mi trabajo que no me di cuenta de que el tren que yo conducía corría peligro de descarrilarse. Sentía a Marcia cansada, por lo que supuse que era el embarazo. Alguna vez se había quejado, aduciendo que no le dedicaba suficiente tiempo a la familia; como se dio cuenta de que sus quejas me molestaban, no volvió a decir nada. A veces iba al cine, suponía que lo hacía sola. A medida que el embarazo avanzaba, yo la veía más ensimismada, cada vez hablaba menos; lo que para mí era un gran alivio. Necesitaba tiempo para escribir. A veces la veía conversar con una de sus alumnas y en su mesa de noche encontraba libros de autores que antes no le había visto leer. Supuse que era normal; al fin y al cabo su oficio es la literatura.

En los días que precedieron al parto presentó una complicación, por lo que hubo que internarla de urgencia en la clínica. Mientras ella era atendida por los médicos y las enfermeras, yo debía ocuparme de los trámites administrativos; así que abrí su bolso para buscar los papeles de la seguridad social. Fue entonces cuando vi una hoja de cuaderno doblada en cuatro, la iba a dejar a un lado cuando algo me llamó la atención: en ella estaban estampados los labios de una mujer. Era un colorete discreto, pero la evidencia de un beso saltaba a la vista, así que decidí leer lo que había dentro. Hacerlo fue lo mismo que descender al universo de Dante. El horror tomó forma y se me presentó con un lenguaje procaz, no por las palabras sino por el sentido que les otorgaban. De pronto, varias imágenes que había visto en los últimos meses comenzaron a tener sentido.

Las lecturas y los análisis apasionados que Marcia hacía últimamente de Rimbaud, de Verlaine, de Walt Withman, de Virginia Wolff, de Marguerite Yourcenar, me saltaban a los ojos con un significado que antes no había sabido ni querido interpretar. Una vez en la casa hurgué en sus cosas, dentro de una caja y envueltos en un papel de flores, encontré otras hojas de cuaderno y otros versos. La evidencia no dejaba lugar a dudas. Jamás había imaginado a mi mujer siendo cortejada por otro hombre, y si así hubiese sido habría estado dentro de parámetros normales. Pero de ahí a ser enamorada por una mujer había un abismo. Tomé todas las medidas necesarias antes de su regreso, tanto en la casa como en la universidad. Cuando ella llegó tres días después, nuestro mundo ya no existía, se había diluido, como se diluye la pintura en el aguarrás. Nunca más seríamos los mismos. Finalmente el tren se había salido de los rieles y ya no podía ser encarrilado de nuevo; pero eso lo comprendería más tarde. De todas formas actué correctamente, defendí lo que era mío, defendí la decencia, la moral, salvé mi familia, salvaguardé nuestra imagen ante la sociedad, la protegí del escándalo; debería estarme agradecida. En todo caso, no lamento las medidas que tomé en ese momento, aún hoy las volvería a tomar de idéntica manera. Por otra parte, me convertí en una persona más precavida y no volví a pisar el mismo guijarro. Cerré el telón y no lo volví a abrir, hasta ahora que mi vida desfila ante mí como si fuese una película. Creo recordar que alguna vez un amigo me dijo que algo así sucede en los momentos que preceden a la muerte. Esa debe de ser la razón por la que recuerdo lo que ya creía olvidado.

*Relato publicado en el libro Voces del Silencio, Ble Ediciones, 2008

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03

2014

elmagazin

Anotaciones alternativas sobre la mujer

Por: elmagazin

sábanas 
Nelfer Velilla González

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14

03

2014

elmagazin

La visita de Osman*

Por: elmagazin

padre e hijo Ricardo Abdahllah Mi padre vino a visitarnos hoy. La última vez que lo vi fue el día que terminé el Bachillerato. Él no estaba invitado a la graduación y no sé si vio la ceremonia, pero a la salida, cuando mi madre me dejó para ir a saludar a mis profesores, se me acercó y me dijo que estaba orgulloso de mí. No volví a tener noticias de él en los años siguientes, aunque recuerdo la impresión de que quien había ido a verme era apenas un amigo de la familia. Hoy pensé lo mismo cuando se sentó a la mesa. Mi madre lo vio estacionar desde la ventana. Venía en un Dacia 1310, diferente al Renault 12 de toda la vida. “Un progreso, al menos” dijo mi madre. A pesar de que tres días antes la había llamado anunciando su visita a mediodía, lo que era una manera de decir que esperaba que almorzáramos juntos, mi madre apenas preparó café, compró queso en la tienda y uno de esos ponqués ramo que vienen precortados en seis piezas y puso sobre la mesa una fuente con frutas que nadie tocó. Mi padre no nos miró mientras se explicaba. Dijo que a lo mejor tenía un cáncer, aunque no podía estar seguro hasta no tener los resultados de los exámenes. “De la biopsia. Lo que me hicieron fue una biopsia” continuó mientras sacaba del bolsillo de su camisa un paquete de marlboro rojo, le daba un golpe por debajo con la palma de la mano y encendía un cigarrillo. Mi madre lo había visto hacer el mismo gesto desde siempre. “Si no es cáncer (y aquí intentó dispersar el humo con la mano) ha de ser otra cosa. Ya no me queda mucho, pero el tiempo que me queda intentaré ser buen padre con ustedes”. Sólo es ahora que pienso en lo fácil que le fue utilizar la palabra “padre” que yo uso ahora sólo con propósitos narrativos, porque en casa, y desde de que mi madre claudicó en su idea de que, a pesar de todo le dijéramos papá, le decíamos “Osman” o “Osman Enrique” si acaso había necesidad de ser específico para no confundirlo con los demás Osmanes de la familia, yo entre ellos. “Esas cosas que deben hacer los padres”, repitió Osman. “No sé si la salud me dé para visitarlos, pero los llamaré seguido. Es fijo que los llamaré seguido”. La visita duró casi una hora más en la que Osman nos contó del viaje que haría a la costa “los viejos recogemos los pasos”, dijo. “Ustedes lo entenderán algún día”, dijo. “Yo quiero que, si no pueden verme de otra forma, al menos me vean como un amigo”. Cuando lo acompañamos a la puerta, vi que ninguno de los cuatro cafés había sido bebido hasta el final y que la cuchara con la que debíamos poner el azúcar estaba seca y limpia al lado de la tacita plástica del Tía que había existido desde, no sé, tiempos inmemoriales. En la puerta nos dio a cada uno un beso en la frente. Mi madre dijo que lo acompañaría para mostrarle el camino hasta la autopista y volvería en taxi. Pensé que nos pediría que nos despidiéramos mejor de lo que lo hicimos, pero sólo subió en el asiento del pasajero y nos hizo una seña con la mano mientras el Dacia retrocedía para bajar del andén. Mi hermana y yo salimos a tomar un par de cervezas en el Parque de Las Palmas y regresamos a mi casa en el último bus de Igsabelar. Un tipo se subió a vender revistas. Éramos los únicos pasajeros, nos amenazó por no comprarle una edición amarillenta que tenía una entrevista, supongo sacada de Internet, a Victor Daville. Era casi la una de la mañana. Mi madre llegó apenas unos minutos después y pasó directo a su cuarto. En el siguiente desayuno dijo: “Deberían haberlo llamado ‘papá’. Está viejo y hace lo que puede para estar pendiente”. Ha pasado ya un cierto tiempo sin que tengamos noticias suyas. No creo que se haya muerto en la costa, ni que las biopsias hayan dado positivas para cáncer. Mi hermana ha empezado a salir con un tipo que tiene también un Dacia. Mi madre dice que debe ser casualidad. *Este cuento hace parte de un libro publicado por la Universidad de Antioquia con el que el autor ganó el premio Nacional de Cuento.

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03

2014

elmagazin

El pollo tiene pelos*

Por: elmagazin

platos sucios Ricardo Abdahllah 1. “El pollo tiene pelos” dijo Justine. Serían las once de la noche de un martes. Es difícil quedarse indiferente luego de una frase como esa. Es decir, uno entiende que el pollo tenga pelos, esas cosas pasan, pero hay que entender el contexto: era la época de la gripe aviaria y el aniversario de Chernobyl. “Es asqueroso” dijo Justine. Es difícil quedarse indiferente luego de una frase como esa. Algo queda sonando en el inconsciente como la última campanada del reloj de péndulo de mis abuelos, que ustedes no conocen, como una vieja reminescencia de la época en que uno era el mejor del salón para coleccionar los Garbage Pal Kids. Y eso sin saber que luego el tipo que las dibujaba ganaría el Pullitzer. Justine miraba la bolsa de la basura por donde se asomaban (era literal, se asomaban) los restos de un pollo asado. Lo más curioso, lo noté cuando me acerqué, era la manera en que había sido cortado. Alguien, no yo, se había comido el pollo sin despedazarlo. Eso no era lo más curioso. Lo más curioso es que el pollo tenía pelos. No una larga cabellera por supuesto, lo que lo habría convertido en un pollo-sansón. No. Unos pelitos chiquitos que le salían de la piel. “Mierda. Es verdad que los crían con hormonas” “O la gripe aviaria entró a París por nuestro apartamento” “O el aniversario de Chernobyl. Claro”. “¿Cuánto llevamos sin comer pollo?” “No sé, supongo que desde antes de la última vez que comimos pescado, porque hay una cabeza de pescado encima del pollo” contesté. La pereza de sacar las bolsas de basura había convertido la caneca en un pozo arqueológico en el que podíamos reconstruir nuestras cenas por la profundidad a la que estaban sepultadas nuestras sobras. El pollo que sobresalía del cesto de basura fue la atracción principal del apartamento de la Rue Xantrailles durante las siguientes seis o siete semanas, lo que no era fácil considerando que Jack, que era irlandés, tocaba canciones de Britney Spears con perfecto acento americano, Justine había sido soprano y aún ejercía en las horas libres que le dejaba su trabajo como exploradora de páginas de internet y yo escribía para la Rolling Stone. Aunque los visitantes dudaran al principio (“Hasta no ver no creer” dijo Yonfabis “Hasta no ver no creer” dijo Corina, pero en español). Luego cambiaban de opinión “Sí, tiene pelos” decían. La cabeza de pescado, en cambio, nunca mereció un comentario. 2. Me había ido a vivir con Jack y Justine cuando Johannes, el alemán que vivía con ellos, había abandonado el apartamento sin previo aviso y sin llevarse un voluminoso baúl que tenía en su habitación. Sus compañeros lo buscaron sin éxito en dos o tres hospitales, en la morgue y en Google. Abandonaron sus esperanzas al segundo día. Entonces Justine me llamó para ofrecerme el cupo vacante en el Apartamento del 26ª Rue Xantrailles.

  • Johannes no apareció –dijo– y ya no vamos a buscarlo, puedes tomar su habitación.
Pero en realidad era ella quién iba a tomarla y por la módica suma de 300 euros, yo tendría el derecho de dormir en la sala.
  • ¿Voy a dormir en el sofá?
  • Llevó tres meses allí.
No se puede dejar pasar un cupo en París aunque se trate de un sofá. La mudanza fue breve, arrojé lo que Justine no recogió de la sala sobre un baúl donde ella había arrojado lo que sí había recogido. La primera semana fue fácil. Es decir, había mugre pero poquito y la comida cumplía su ciclo de ser preparada, servida en los platos y dividida entre lo que se come y lo que va a la basura. Era un mínimo, ni siquiera suficiente para alguien que, como yo, se había criado en medio del orden y el aseo, diría yo, ascéptico, de una madre, diría yo, enfermiza. Pero era un mínimo. Las dos primeras semanas de convivencia entre nosotros fueron perfectas. Luego Jack y Justine regresaron de Londres. Es decir, es fácil no tener problemas de convivencia cuando tus compañeros de apartamento están de vacaciones al otro lado del Canal de La Mancha. Yo digo Londres porque en qué lugar del otro lado del Canal de La Mancha no puedo acordarme. Cuando regresaron establecí las tres reglas. Podrían haber sido más (de hecho debieron haber sido más) pero había leído mucha Ciencia Ficción cuando pequeño y las tres Leyes de Asimov bastaban para evitar cualquier sublevación robótica. Ni qué decir que las tres de Big Brother eran efectivísimas. “Hay tres reglas” dije. I- Lo que dentro de la nevera esté podrido, se bota. II- Cuando una bolsa de basura esté llena al punto de que la sola acción de introducir (otra) colilla la reventaría, se bota. III- Cada quien puede hacer en su habitación el desorden que quiera, pero las habitaciones ajenas se respetan. Las dos primeras reglas eran claras. La interpretación de la tercera era asunto de expertos en derechos constitucional, internacional y de usos y costumbres. Yo dormía en la sala, por tanto esa era mi habitación y quedaba incluida en la tercera norma; para ellos la sala no era técnicamente una habitación, por lo que la tercera norma no la cobijaba. 3. El desorden aumenta de una cierta manera progresiva, lo que debe ser un mecanismo de Dios, que es desordenado y gusta de andar con pasos pequeños y disimulados. Primero Caín mata a Abel, luego Hiroshima y no te das cuenta. Primero una colilla abandonada, casi huérfana, casi produciendo lástima. Luego uno o dos vasos vacíos y después el ciclo interrumpido de la comida que salía de la cocina y comenzaba a enfriarse para luego llenarse de hongos y telarañas. Las medias, que como alguna vez leí en Reader’s Digest, se convertían en ganchos para colgar la ropa y el hecho de que la respuesta reiterativa a “¿Dónde puede estar?” fuera “¿Buscaste bajo la cama de Jack?” Si me molestaba, o ellos se molestaban, comenzaban aquellas discusiones que una vez tuvieron por conclusión “El desorden es un problema de tiempo y memoria”, lo que resultaba casi proustiano, o sea bello, o sea pomposo, o sea falso al menos hasta la mitad, porque podía decirse lo que fuera sobre nuestra memoria (la mía falla, eso explica ciertas contradicciones) pero tiempo no nos faltaba porque en esa época no teníamos ni hobbies ni trabajos, lo que hacía más vergonzosa la tendencia a lavar los platos no cuando estuvieran sucios sino cuando se necesitaran. Simétricamente, los restos de arroz de la semana pasada sólo iban a la basura cuando se necesitaba la olla para los espaguetis, porque la olla de los espaguetis había desaparecido. “¿Dónde puede estar?” “¿Buscaste bajo la cama de Jack?” Muchas veces las cosas perdidas aparecían bajo la cama de Jack. Allí había encontrado yo mi taza de Virginia Wolf, aún con café con leche, los tiquetes para un espectáculo de Victor Daville, un compacto de The Carpenters, dos docenas de fresas y una rubia cuyo origen Jack negó conocer. Los dos miramos a Justine. “No me gustan las rubias”, dijo. La olla no apareció bajo la cama de Jack. Nadie había vuelto a verla desde que yo había preparado unos espaguetis con manzana. Pedacitos de pasta y/o manzana habían aparecido en uno de mis zapatos y en el fondo de mi jarra de café. También la conserje, una portuguesa amable, valga la doble redundancia, encontró pedacitos de manzana y un pelo con un nudo en la mitad cuando se tapó la cañería. Pero si bajo la cama de Jack podía encontrarse cualquier cosa, en la habitación de Justine ni siquiera se buscaba. Cada vez que se preparaba para salir, “Prepararse para salir” era una acción que le tomaba la mitad del día. Justine peleaba porque no encontraba su pase Navigo ni su pasaporte ni su tarjeta telefónica Messenger ni una grabadorcita digital con la que grababa lo que escuchaba por la calle. Luego no encontraba nada más y el colchón en el que dormía estaba cada vez más lejos del suelo. La situación tocó fondo al final de un día de compras cuando insistí en desocupar la nevera (la regla # 1 que no se cumplía más) y encontré un frasco que contenía una salsa de tonos que iban del amarillo denso de la mostaza de dijon al rosa de, qué sé yo, la pantera o la bachata o la serie, en el cual flotaban, o mejor se sumergían, diversos tipos de encurtidos. “SE bota”. “Puede ser”. “¿De quién es?”. “¿?”.
”De nadie. Se bota”. Al destaparlo salió un gas violeta seguido no de un genio sino de un olor a azufre con huevos revueltos donde el azufre predominaba. La línea de emergencias del departamento de salud de la municipalidad de París recibió llamadas de casi todos los apartamentos del 26 ª de la Rue Xantrailles. “Se acabó” dije “Se hace aseo de inmediato”. Y así fue cómo me convertí en mi mamá. Y así fue como surgió la idea de armar un museo con los objetos encontrados bajo la cama de Jack que incluían dos resmas de volantes impresos con la cara de Johannes. La rubia se opuso a hacer parte del museo y se fue. Y así fue cómo Jack y Justine encontraron a Johannes. Es decir, encontraron el baúl. Johannes había pasado tres semanas adentro. Se había roto las piernas al resbalar en un charco de café y licor de pastís y había sobrevivido gracias a restos de pizza del Camelot de Tolbiac y dos botellas de agua mineral que Justine había escondido cuando Jack la había acusado de anoréxica. “Termino de arreglar mi habitación y te saco de ahí” dijo Justine. Pero arreglar una habitación toma tiempo y la familia de Johannes ya había dejado de buscarlo. Justine tuvo sin embargo el gesto noble de arrojar cuatro cajas más con restos de pizza antes de cerrar el baúl y amontonar encima toda la ropa y los platos, cada uno más sucio que el anterior. *Este cuento hace parte de un libro publicado por la Universidad de Antioquia con el que el autor ganó el premio Nacional de Cuento.

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13

03

2014

elmagazin

Manual para fumar cigarrillos

Por: elmagazin

fumar Nelfer Velilla González A Jorge, fumador esfumado. Información al consumidor: Entiéndase, preliminarmente, que antes fumar era mejor. La persona era responsable de lo que se fumaba porque tenía la libertad de armar su cigarrillo como le viniera en gana, y esa es una gran ventaja. Para los que, como yo, hoy están atados a un consumismo irremediable, les recomiendo guardar varios pesos para la nicotina, es mejor que para el alimento. Relaja ansias, intoxica y mata tan sutilmente, y a peso de placer, que es mejor que la obesidad. Para los que no les hace falta pensar en qué comerán antes de que la mesa esté servida, con esmerado arraigo les aconsejo tener buen sexo o comerse un exquisito plato antes de encender el cigarrillo. Finalmente, no fume porque cree que se ve bien durante una fumada. No sea pendejo. Fume porque reconoce que la vida se esfuma aunque usted no fume. Procedimiento: Si tiene el paquete completo, remueva la cinta que casi se desliza por sí sola para destapar la decena. Elija y saque el primer cigarrillo, y contemple lo lánguida y delicada que puede ser la maravilla histórica, la creación bendita. Ponga el objeto de culo entre los labios sin aplicar demasiada fuerza. Piense en que aprisionará un beso de los que se dan con amor, de esos que no tratan de lastimar sino que anhelan ser caricia. Ahora puede encender el fósforo o accionar la rueda de la yesquera, mechera, encendedor o como usted lo llame. Provoque el fuego según pueda y acérquelo a la cara del cigarrillo, que es de las pocas cosas que viven para ser del fuego, que se consagran en la inmolación. Aspire suavemente y observe, si no padece la hipermetropía, cómo el naranja puede convertirse en vida, y, si la padece, escuche, porque el sonido contiene similar esencia. Aspire nuevamente y más profundo, y note cómo se raspa calurosamente la garganta, luego cómo se extrañan los pulmones por la densidad del nuevo y grisáceo aire; entonces, cuando se le estremezca el cuerpo, contemple que el infinito existe, pero que uno llega a él de forma efímera, en cuestión de respiros. Retire con dos dedos el cigarrillo de la boca. Ahora dedíquese unos segundos a exhalar observando lo que se robó su cuerpo, porque créalo, su cuerpo le robó el alma al humo que lo abandona, o si no, mire su color inerte y compárelo con el azul fatuo que todavía se desprende de la cara brillante del cigarrillo, esperando el nuevo sorbo que, paulatinamente, también a usted le da muerte. Repita el proceso de aspirar y botar, y sienta que cada repetición es diferente a la otra, ni más ni menos placentera, pero placentera de una forma diferente. Siga con este proceso hasta que el tabaco se haya consumido. Deseche los residuos y tenga cuidado de apagar las últimas cenizas, piense que es como cerrarle los ojos al pariente recién fallecido, piense que el cigarrillo también merece esos honores sin misas. Cuando decida fumarse otro, elija y comparta los que disponga, porque es mejor fumar acompañado, y con un café dulce al gusto, con recuerdos e introspecciones, o planes del futuro incierto, que dependen necesariamente del mismo objeto por el cual departe, el mismo cigarro que algún día actuará en venganza acertadamente. Felicidades, ahora usted ya ha fumado. Para sacar más provecho a la instrucción: Aplíquese de igual manera esta técnica con la mujer.

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03

2014

elmagazin

El Viajero y las Hojas

Por: elmagazin

hojas_secas 2 Juan Fernando Aguilar Cárdenas Solté mi bastón, al caer sobre las hojas secas hizo un ruido sordo. Pensé: “Esto fue lo último que escuchó el bosque, el bastón de mi hermano al caer, antes de que su cuerpo se desplomara también sobre la tierra y las hojas”. Pero aquel pensamiento lo consideré baladí, la muerte de mi hermano ocurrió cuando las hojas verdes cubrían las ramas, hacía ya varios meses, esas hojas secas esparcidas por el suelo eran otro bosque, él no había perecido allí. Tal reflexión me causó desasosiego. Realmente no pude explicarle a quienes me preguntaban, qué era lo que me hacía viajar hasta ese bosque oscuro. Supuse que quería seguir sus pasos, hospedarme dónde él se había hospedado, hablar con quienes hablaron con él, buscar sus huellas en la tierra húmeda por el rocío. Pero la verdad es que ni yo mismo tenía una respuesta. Mi hermano había muerto, eso era lo único que sabía, que unos cazadores lo encontraron al pie de un árbol con una soga al cuello, cuando las hojas eran verdes. Tampoco conocía el objetivo de mi búsqueda, pero miraba con mucha atención al suelo, al cielo, a los árboles, los insectos, me convencí de que efectivamente buscaba algo. Hacía varios meses que estaba por la región, partí un mes después de su funeral. Encontrar su ruta de viaje no revistió una dificultad insondable, pues aquel lugar montañoso disponía de pocos caminos, bastaba con preguntar en alguna posada, pues eran pocos los viajeros. Algunos encargados se mostraban reticentes a dar información, pero la mayoría cedían cuando les decía que yo era el hermano del que había muerto. Su supuesto suicidio había sido noticia, por esas montañas la gente sólo moría de vieja. A veces acertaba con algún lugar donde había pasado una o dos noches, el sueño me vencía mientras miraba al techo, y pensaba “¿Esto habrás visto?”. Pero lo que veía eran vigas apolilladas, era incapaz de ver su significado. Mientras pasaba las noches en busca de su rastro, trataba de reencontrar el significado, lo que una persona ve en el techo, antes de que el sueño lo derrote. Hacía muchos años, en la casa de mis padres, mi hermano me contaba lo que veía, no sólo antes de dormir, sino en el sol, la tarde, las hojas. Hablaba de pequeños universos que pueden verse cuando la mano húmeda se pone a la luz, o de los caminos en la tierra formados por hojas. Nunca tuve la habilidad para ver nada parecido, pero cuando lo escuchaba hablar, sentía que el mundo era más amplio. Cuando abandonó el hogar, perdí poco a poco la escasa visión que había obtenido, las vigas para mí eran sólo eso, de vez en cuando veía alguna polilla revolotear cerca de ella. Cada mañana reemprendía el camino, miraba las montañas lejanas desaparecer entre las nubes grises, el rocío caía sagradamente todas las mañanas y solía continuar toda la tarde. A medida que avanzaba apoyando el bastón sobre la tierra mojada, las montañas parecían hacerse cada vez más y más lejanas. Creí que esto le había fascinado, un camino infinito, con un destino que solía alejarse a cada paso. Para mí, no era nada más que la neblina que creaba formas y ocultaba otras, aun así continúe, mientras que poco a poco crecía un discreto placer en mi interior, disfrutaba las gotas de rocío que entorpecían mi marcha y nublaban mi vista. El sol aparecía algunas veces, y me daba cuenta de que las montañas no eran grises, sino inmensamente verdes, como un musgo gigante. Los caminos eran más transitados en esos días soleados, y podía finalmente ver rostros plenamente, sin la capucha que protegía al portador de la lluvia. Yo también descubría mi rostro, y después de saludar y de ofrecer algún cigarrillo, preguntaba por el hombre que se había matado hacía unos meses. Me daban nuevas indicaciones, debía atravesar más montañas, y me desanimaba, pues a pesar de seguir una línea relativamente recta, tenía la sensación de andar en círculos. Por la misma razón, decidí trabajar en algún lugar cercano, no necesitaba el dinero, pero necesitaba descansar, perder de vista el camino. Recuerdo que trabajé en distintos oficios a medida que continuaba, me alejaba del camino por algunos días, y regresaba a él hasta encontrar un nuevo oficio. El primero que desempeñé, fue el de agricultor, una familia necesitaba un ayudante en los cultivos, así que les ayudé. Aprendí rápido, y pronto podía entender la tierra, me daban hospedaje, y trataba de ver como mi hermano, hacía ese ejercicio siempre antes de dormir. Fallaba, pero lo seguía intentando. Trabajé también como guardián, cuidando una bodega al lado del camino. Mientras trabajé allí no dormía de noche, encendía un cigarrillo y veía las montañas lejanas a través del humo, las montañas eran negras, sin apenas una luz que las delatara, pero estaba tan acostumbrado a verlas desde lejos, que las podía encontrar en medio de la penumbra. Dormía de día, por lo que el rocío no me tocó. Cuidé enfermos también, y me sorprendía lo que una persona imaginaba a las puertas, no del sueño, sino de la muerte. Hablaban de irse volando a través de la ventana cuando llegara el momento. “¿Esto pensaste tú?”, preguntaba mirando hacia el techo. Cuando cuidé enfermos, también pasaba noches en vela, pues estos se dormían, ninguno murió mientras estuve allí en ese pequeño puesto médico, mi única compañía eran los grillos, las polillas, y algunas hormigas que transportaban insectos muertos sobre el alfeizar de la ventana, parecía una procesión funeraria, unos cantaban, y otros emprendían la marcha cargando el cadáver. De vez en cuando alguno de los enfermos se despertaba, y me descubría poniendo esmerada atención a mis diminutos compañeros de vigilia. El enfermo sonreía y volvía a dormir, yo retomaba mi observación. El camino no me presentó más lugares en los cuales trabajar, por lo que mi marcha continúo hasta las montañas más distantes, pero ya no encontraba posadas, apenas encontraba transeúntes. Más de una vez dormí en el suelo, al cobijo de un árbol. Aquellos días de marcha a la intemperie no paró de llover, la visión de mi destino era todavía más nublada, y caí varias veces sobre el barro. No me sentía deprimido, pero si exhausto, aprovechaba los árboles para comer y racionar las provisiones que me quedaban, también limpiaba el barro de mis botas y el de mi bastón, que cada vez se enterraba más en el camino, como una aguja sobre un mueble. No me di cuenta, pero había llegado a mi destino, al fondo se extendían más montañas, pero había llegado a la precisa, la que me habían indicado muchas veces durante todos esos días de camino. La tierra estaba seca, y los árboles amarilleaban bajo el sol de la tarde. Vi un pequeño grupo de viviendas, en el que había una posada. Pagué la estadía y dormí por fin sobre una cama. La mañana siguiente, no llovió, el rocío no cubría las verdes montañas, ni mojaba el camino, la encargada del lugar me ofreció café, y un cigarrillo, y sin que yo le preguntase nada, me dijo que hacía unos meses, cuando todavía era primavera, habían encontrado a alguien muerto en el bosque, ese hombre se había hospedado allí, y dejó todas sus cosas antes de atravesar la montaña. La mujer encendió un cigarrillo también, y dijo que el hombre había dicho que no tardaría, llevó en su maletín, una soga, un cuchillo, y algunos bocadillos, también llevó su bastón en la otra mano. Había sido la última persona de otra región que se había hospedado allí. No dije nada, la mujer terminó de fumar su cigarrillo, y después de apagar la colilla con un pisotón, dijo “Hace mucho no llueve por aquí, la ubicación de este paraje parece evadir la lluvia, suena extraño, pero así es”. Dio unos pasos hacia afuera, y añadió “El día de su muerte había llovido mucho”. Al dejar caer el bastón sobre las hojas secas, creí que aquello era inútil, que mi viaje había sido un fracaso. ¿Qué hacía allí? Tan lejos de todo lo que había conocido, de las comodidades en la ciudad. Los árboles me recibían con muerte, eso pensaba mientras me encontraba desplomado en el suelo mirando hacia arriba, las hojas continuaban cayendo. Desperté horas más tarde, vi el sol vespertino sobre mí, vi también la muerte, y quise que esta me abrazara con tranquilidad. ¿Esto había visto él? Pero no lo comprendía, él murió en medio de la vida, de la lluvia y de lo verde. Me levanté y me dirigí hacia un borde del bosque, al fondo había un precipicio, no muy profundo, pero si lo suficiente para matar a un hombre, me puse de espaldas, mirando de frente al bosque. Y mientras las hojas secas caían sobre mí como una lluvia, pensé en lanzarme montaña abajo, di un último vistazo al cielo, y en él vi todas las cosas de este mundo, lo bello, y también lo taciturno. Desistí de lanzarme, creí que podía soportar el conocimiento que había adquirido allí, en ese claro vespertino, y después de meditar largamente sobre las cosas que había visto, reemprendí mi camino hacia ninguna parte.

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19

02

2014

elmagazin

Los amantes del Portal Norte

Por: elmagazin

amor en transmileio Mauricio Estrada Mesa
60 AÑOS
Biblioteca Colsubsidio, Usaquén (Bogotá)
(*)

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26

01

2014

elmagazin

Solo un beso

Por: elmagazin

Beso Jhon Agudelo García Yo de Angélica solo quería un beso en la boca, pero ella se negaba a dármelo. La primera vez fue en el bar, cuando ya creía que la tenía en mis manos. Y cómo no lo iba a pensar, si lo primero que hicimos al llegar al pueblo fue reservar una habitación, con una sola cama, estrecha, para pasar la noche. El plan se me ocurrió cuando me dijo que conocía más el resto del mundo que a su propio país. Entonces le propuse:
— ¿Y si conocemos un pueblo cada fin de semana?
—Me encantaría —dijo ella—, pero antes quiero advertirte que tengo novio.
En ese momento me quedé sin palabras, pero no por mucho rato:
— ¿Apenas conociéndonos y ya me estás revelando datos tan íntimos?
Ella sonrió del otro lado del teléfono y pasamos a otro tema y a otro y a otro, hasta que inevitablemente volvimos a tocar el tema del novio:
— ¿Lo amas?
—Sí—respondió, emocionada—. Y él me ama, es tan bonito…
A pesar de la funesta noticia no podía cancelar la salida, nuestra primera cita. No quería dejar la sensación de que solo la pretendía para asuntos sexuales. Además, la situación se me tornaba como un reto perfecto para corroborar mis habilidades seductoras.
—Vamos a dormir en la misma cama —dijo ella—, pero no va a pasar nada. Es que mi novio está tan lejos… Y me hace tanta falta una cobija de piernas.
Yo estaba contrariado: feliz porque dormiría con una mujer tan bella como Angélica y triste de que estuviera comprometida. Sin expresar ninguna de las dos emociones, solemne, le dije:
—Solo te puedo prometer que no harás nada en contra de tu voluntad…
Angélica desde entonces me pareció una mujer rara y, por demás, interesante. Me confesaba que tenía novio y después me proponía que durmiéramos juntos. Me proponía que durmiéramos juntos pero advertía que no pasaría nada… Angélica era impredecible y sus labios provocativos. Estaba perdido en sus labios dibujados con pulso. Sobre todo desde que llegamos del bar, ebrios, a la habitación donde habíamos dejado nuestros morrales. Angélica se tumbó bocarriba y dijo que no tenía sueño, que me la tendría que aguantar toda la noche.
—Miremos el cielorraso —agregó, juguetona.
— ¿Qué ves? —le dije, simulando interés.
—Veo un elefante tomando café.
Angélica veía elefantes en todas partes. Apoyaba campañas que defendían sus vidas, quería viajar por el mundo defendiendo su preciado marfil. Su novio, un argentino amante también de los animales, vivía en su país natal, pero en menos de un mes vendría a estar con ella.
—Mi sueño es vivir en Argentina y luego en la India, viajar, viajar mucho con Gastón… —decía y repetía Angélica, hostigándome.
Pero no era la única forma en que me exasperaba. Lo peor era que habiendo estado apenas seis meses en Buenos Aires, había incorporado a su vocabulario expresiones porteñas como “capaz”, “¿viste?” y “pelotudo”, con el acento propio de esas tierras.
—Yo no veo ningún elefante —repuse, amargado.
Y en eso, Angélica giró y se montó en mí. Empezó a darme piquitos en el cuello y a sobarme el pecho. Yo entonces no veía la hora de encontrarme sus labios de frente y hacer mi segundo intento.
Pero fue fallido.
Entendí, en ese instante, que Angélica tenía una moral demente, como me lo confesó al día siguiente en el parque: “Si no te beso, me sentiré menos culpable”. Me tocó jugar su juego, para mi desgracia, porque esos labios —quizá por la prohibición—, eran lo que más deseaba en la oscuridad del cuarto.
Angélica se acercaba, jugaba con su nariz en la mía, pasaba su lengua alrededor de mis labios, sin tocarlos, dándome a entender que tenía el control.
—Yo creo que no lo amas —le dije, para probarla—. Creo que lo de ustedes es un amor de verano que pretenden alargar a las malas.
—Es el amor de mi vida, créeme —aclaró Angélica, y se deslizó sobre la ruidosa sábana hasta agarrar mi pene—. ¿Querés que te regale algo?
—Claro—respondí—, me encantan los regalos.
Entonces Angélica me hizo una mamada de ensueño hasta que torpemente le pregunté si Gastón lo tenía tan largo y grueso como el mío.
Ella se alejó y volvió a concentrarse en el cielorraso.
No estaba enojada; Angélica no era una mujer convencional. Solo, intuí, no quería escuchar el nombre de su novio mientras se lo mamaba a un tipo que conocía hacia dos semanas, para evitar el sentimiento de culpa.
No me disculpé. De alguna forma, yo era una víctima. Angélica, a pesar de su conducta, me parecía una mujer a la que podría amar con locura: tenía una voz agradable y siempre algo ingenioso para decir. Además de su sonrisa y sus tetas y su piel pálida. Bueno, en fin, Angélica me encantaba.
Solo esperé a que ella hiciera algo. Y lo hizo: comenzó de nuevo a jugar con sus piquitos. Uno por aquí, otro por allá. Un mordisco duro que me molestó, una caricia pícara, hasta que se arrodilló sobre mi cara y me dijo: “Lengüita”.
No es por dármelas de mucho, pero la dejé temblando. Lo que en un principio fue gratificante, pero luego una maldición, porque no me dejó dormir. Quería más y más. Entonces yo intentaba besarla, mientras la calentaba con mis dedos, pero ella seguía consciente. No había forma. Sus labios me eran cada vez más inalcanzables y deseados.
Seguí jugando su juego. Nos tocábamos, nos besábamos por todas partes (excepto en la boca), nos abrazábamos como si nos amáramos… Definitivamente sentía que entre Angélica y yo podía haber amor. Pero me acercaba a sus labios, a centímetros de tocarlos, y movía la cara. Entonces, en el desespero, hice lo que ningún seductor por nada del mundo debe hacer: le pregunté:
— ¿Me das un besito?
—No—respondió ella, cortante.
—Solo uno —insistí—. Uno solo no es pecado…
—Que no.
—Voy a dormir —dije seco, le di la espalda y me olvidé de su presencia.
Cuando desperté me ardían los ojos, pues no dormí más de tres horas. Teníamos que apurarnos, en poco menos de media hora nos echarían del hotel. Para despertarla, tuve ganas de hacerlo con un beso en la boca. Pero me arrepentí. Cumplí, hasta el final, la promesa de no obligarla a nada.
—Yo me baño primero —dijo Angélica.
—Bañémonos juntos —le propuse.
—No, eso no, picarón —dijo, jalándome un cachete—. Tengo mis límites.
Me quedé en la cama reflexionando: o sea que para Angélica ser infiel era besar en la boca, penetrar (también lo intenté) y bañarse con otro que no fuera su pareja. Para Angélica, el sexo oral y que lamieran sus tetas no representaba ningún tipo de traición.
Cambié la página en mi mente y pensé en qué lugar enseñarle de aquel pueblo que solo yo conocía.
— ¡Vamos a comer la mejor bandeja paisa que habrás comido en tu vida!
— ¡Vamos!
Y nos fuimos a comer fríjoles con chicharrón y chorizo y huevo y ensalada con cebolla. Comiendo eso, no tenía ninguna posibilidad de besarla. Terminamos de comer y ella sacó un refrescante bucal que usó y luego me ofreció. Y, cómo no iba a ser de otra forma, asocié su afán por un aliento fresco con un supuesto interés por besarme.
Nos fuimos a caminar por el pueblo. Nos perdíamos en calles que ya ni yo conocía. Mis piernas tomaban cualquier camino que ella sin cuestionarme seguía, mientras mi cabeza estaba pendiente de agarrarla desprevenida y robarle aunque fuera un piquito esquiniao.
Pero cuando deteníamos el paso, ella hablaba y hablaba. Me preguntaba qué sabía del lugar en el que ni yo sabía que estábamos, o se explayaba a hablar sobre un animal que nos encontrábamos y conocía por sus estudios. Y así quedaba sembrado mi impulso por hacerme a sus labios.
Caminamos un buen rato, sin rumbo, hasta que decidimos preguntarle a la gente del pueblo cómo regresar al parque.
Sentados en una banca, mientras las nubes se ponían rojas, dijo:
—Nosotros podríamos ser muy buenos amigos.
La palabra “amigos” me golpeó directo en el estómago. Me esforcé por mantener la calma y le dije:
—Nosotros nunca podríamos ser amigos, porque yo podría amarte intensamente. Si fuéramos amigos, sería la güeva que estaría esperándote, mientras se entera de las cochinadas que haces con tu novio. Y ya no soy un adolescente. Ya pasé por eso.
—Ay, Pablo, es que me gustás tanto… Pero yo no puedo vivir así, entre el colombiano y el argentino, el argentino y el colombiano…
Era la primera vez que Angélica al menos me consideraba en sus planes de futuro. Era un avance, pero no mucho, todavía no podía tomar nada directamente. Esperé a que pasaran un par de ancianas y le dije:
—Yo solo te voy a decir una cosa: Colombia cinco, Argentina cero.
Ella sonrió burlonamente e intentó contragolpear:
—Déjate de joder…
Bastó que escuchara eso, con ese acento impostado, para que yo me irritara y le cortara la defensa que haría de lo argentino (seguramente iba a hablar de Maradona y de los dos títulos mundiales, con toda razón por encima de nuestras humildes gestas).
— ¡Dejemos esto así, Angélica, por favor! —fue el gritó con el que la detuve.
Angélica, como era tan Angélica, no se molestó. Se quedó callada mirando un merengón que pensábamos comprar antes de tomar el bus de regreso a la ciudad y de un momento a otro se recostó en mí.
Y luego entrelazó sus manos con las mías y empezó a nombrar un montón de planes que según ella debíamos hacer juntos.
Pero luego decía:
—Ay, no, tantos planes. Ni que fuéramos novios…
Yo no aceptaba ni rechazaba sus planes. Pero no hablar significaba para ella—como en realidad era— que estaba plenamente de acuerdo.
— ¿En qué pensás? —me preguntó, cuando se cansó de verme en silencio.
—En nada —le respondí, como respondemos los hombres a aquella incómoda pregunta (aunque debí responderle: “en el Tino Asprilla clavándola en el ángulo del Monumental de Núñez”. Pero no quería armar quilombo, como diría ella).
Nos aburrimos de estar en ese parque, de ver las nubes que ya no eran rojas sino como grises, prometiendo una tormenta, y decidimos ir a la terminal de buses.
En el camino de regreso casi ni hablamos. Lo que hicimos fue recostarnos uno contra el otro, otro contra el uno, turnándonos la comodidad de ser abrazado. Era tan melosa la escena que se me ocurrió que Angélica estaba reservándome uno de sus besos para el final. Claro: me daría solo uno, al despedirnos, sin derecho a réplica. Uno no más.
Yo de todas formas no quería que ese bus llegara.
Al llegar, ella tomaría un camino y yo el contrario. Y tal vez nunca volveríamos a vernos.
Pensaba y pensaba qué decirle al despedirnos, hasta que se me ocurrió algo que me satisfizo. Le diría: “Gracias por compartir esta aventura conmigo. Aunque tengo mala memoria, nunca la olvidaré”.
Sí, era una despedida perfecta. Después de esas palabras, era imposible que no me besara.
Bajamos del bus y nos acompañamos hasta el lugar donde nos separaríamos. Nos dimos un fuerte abrazo, de oso pero más fuerte, y nos miramos a los ojos.
—Gracias por compartir esta aventura conmigo. Aunque tengo mala memoria, nunca la olvidaré —le dije.
Ella se sonrojó y me dijo:
—Lo mejor fueron los fríjoles…
—Para mí lo mejor fue tu compañía.
Angélica me miró como si me amara —lo juro—. Preparó sus labios y se acercó hasta mi rostro. Me dio un beso. Sí, me dio un beso… en la mejilla, y me agarró una mano.
—Chau —dijo.
—Chao —dije.
Y comenzó a pasar por mi lado, a seguir su camino a casa, sin soltarme la mano, sin dejar de mirarme a los ojos.
Nos miramos hasta que uno a uno nuestros dedos se fueron desprendiendo.
Camino a casa, no me sentí derrotado. Hice todo lo que pude. Sin embargo, no estaba del todo tranquilo: tenía la amarga sensación de que jamás volvería a saber de su existencia.
Pero, para mi sorpresa, el viernes siguiente sonó el teléfono y era ella.
Quería recordarme que ese fin de semana iríamos a Caracolí.

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