BLOGS Cultura

Archivo de Categoría ‘La esquina del cuento’

09

06

2014

elmagazin

El espíritu invisible del silencio

Por: elmagazin

SéptimaCortesía Juan Carlos Rincón Escalante   Andrés Felipe Sanabria

- La ciudad de las cenizas-,  decía la bruja-.  Esparciendo retratos, y retratos de presidentes de Colombia, mientras la plaza de Bolívar aleteaba escarmentada por el fuego, y el centro era devorado por nuestra idiosincrasia, que cobró vida después de que Colombia casi mata a la muerte. Cuando se pudo recuperar maldijo a sus habitantes, y para darles el último toque les puso de adversario a esa sonrisita pirateada llamada idiosincrasia; la volvió un espejo de todo lo que ocurría en el país, le dio la voluntad de todas las almas, de este guayabo predecible. Les quitó el amor, les quitó los polvos, les quitó el trago, les quitó la ausencia, les quitó la fe, les quitó a Dios, les quitó la Selección, y como si fuera poco, les quitó a Falcao, y todos quedaron ahogados con la sonoridad bucólica de quienes esperan lo que ya no podrá llegar.

La idiosincrasia bramaba lágrimas que eran almas que ya no podían volver a soñar. Quedaban en el suelo aplastado de lo que alguna vez fue Bogotá. Tenía tantos ojos que tenía que hacerse la indispuesta para poder ver. Acabó con Bogotá en 13 días. Abrió una cuenta en Facebook porque era vanidosa. Cuando al fin estuvo saciada empezó a pudrirse, y en el cielo aquejado que alguna vez nos empeñó Dios, se vieron las tonterías, las artimañas, el asco, la sevicia con que la clase política no quiso asimilar un país bello e intimidante por su riqueza cultural, étnica, biológica, y geográfica; también las personas que las componían, y que lo hubieran hecho un cáliz para emparentar las fronteras. Fue la cámara lenta de poner el culo antes de que esa clase dirigente se lo limpiara para callar, cercenar, fragmentar lo que hubiera sido el espíritu invisible del silencio.

Pero a medida que en las demás partes de Colombia veían lo que callaba su corazón, los demás colombianos tenían que lidiar con su alma derrotada por la idiosincrasia, y como esta vio que cada uno iba a hacer lo imposible para que Colombia no se acabara, llamó a la bruja que se estaba llevando la esperanza de Bogotá para que no existiera ni en la parte más pedante del arte. La esperanza de esta ciudad eran sus cacerolas llenas de huevos revueltos, de corrientazos, de transmilenios escupiendo humo, de gente yendo y viniendo, y viniendo y yendo porque Bogotá nunca dijo: “sigan yo los cuidaré”. Eso lo sabe una ciudad, cuando la respetan, cuando uno es niño y le da miedo despedirse del atardecer. Pero así eso no pase, o pase y no se den cuenta, había como un sismógrafo que trataba de traducir lo que espantaba a los adultos de esos preadolescentes que se querían comer hasta los santos, y de los adolescentes que querían tirar en las camas de los curas, y de la gente mayor que quería brindar con la nostalgia de un tic de una enfermedad incurable llamada fin de siglo XX, y comienzos del XXI, y con los abuelitos que querían coger a bastonazos a todo el mundo. En esa ciudad no se podía vivir, pero no se podía parar, y es lo que hace somnoliento a lo inescrutable. Lo inescrutable tiene más gente trabajando en espiritismo que los gringos husmeando en esta chusma. Pero el cinismo llegó a tal grado que ya se mataba porque ya se había olvidado amar. Entonces la muerte sintió que estaban acabando con su confusión, con ese bullerengue que te lleva al paraíso de los diseñadores de los trajes de Men in Black.

La bruja era una de las muchísimas visiones de la muerte. Tenía en los dedos de sus manos tatuados los vestigios de Dios. Su trabajo se le estaba enredando. El problema era que había mucha energía en conflicto, y para eso necesitaría acabar con la idiosincrasia, y traer a la muerte para acabar de una buena vez con la esperanza de Bogotá. Lo pensó un instante, hasta que se asustó, cuando escuchó el berrido de una bebé que estaba donde antes había estado la idiosincrasia. No hay nada que pueda soportar el mal que un llamado de la vida hacia la vida. La bruja se arrodilló y a través de sus ojos se fue formando Bogotá otra vez, y los rolos volvieron a la normalidad, pero con el espíritu opresivo de volver a nacer, y los demás colombianos tuvieron el peso de la conciencia de llegar a viejos por los caminos de Francisco el hombre, con el permiso de la lluvia, porque esa noche nadie dejó de cantar y sonreír, menos el joven músico que había recogido a la niña, porque cuando miraba sus ojos no podía salvarse de la niebla.

TAGS:

0

1 voto2 votos3 votos4 votos5 votos
Loading ... Loading ...

13

05

2014

elmagazin

Vacío

Por: elmagazin

Carlos Orlando Posada magazín1 Fotografía tomada de digitalismo.com

¡Se acabó la guerra! amanecieron anunciándolo en las noticias, él miraba las imágenes en el televisor, prendió la radio y todas las emisoras  anunciaban con alborozo que la guerra había terminado, palabras que retumbaban en el silencio del campo. No se reflejaba en su rostro mohín alguna, sé quedo como muchos días, muchas tardes y noches enteras, recorriendo los años pasados, las risas perdidas, sus emociones petrificadas en su memoria, que no se ve en ninguno de sus movimientos, su rostro adusto, sus ojos perdidos sin brillo, huecos, y lejanos, como la mirada de un anciano que ya no sueña y ve la vida con la crueldad que ella embiste.

Se levantó sin aliento, apoyando sus dos manos en los descansabrazos de la silla, miró su café, estaba frio, lo cogió y lo bebió de un solo sorbo. Lento se dirige a la pieza donde está su compañera que permanece acostada boca arriba, con sus ojos abiertos mirando a la profundidad del espacio que termina en el techo de la casa.

¡Sargento! Una voz de mando retumbaba en el salón, un oficial de academia bien presentado con uniforme implacable, escritorio ordenado y oloroso a colonia. Está sentado cómodo en su silla. Detrás, en la pared, dibujos en negrilla, cuadros del libertador Simón Bolívar y fotos del actual presidente de la república y diferentes mandos militares. El silencio duró minutos que se volvieron eternos, cuando se oyen tres golpes en la puerta que está entreabierta. ¡Siga!, posición firme, saludo enérgico, ¡como ordene mi teniente!

-¿Qué ha pasado con lo que se compró para detectar el enemigo?

Prosigo mi teniente, se compraron treinta bichos en forma de araña y grillos de tamaño normal y aspecto natural, según el informe están compuestos de cámaras, chips de trasmisión satelital, tienen movimientos varios, lo más sofisticado es que están programados para detectar olores, según estudios científicos cual fuera la profesión así es el olor que expele el cuerpo, ejemplo, como cuando se tiene miedo. A eso lo llaman nanotecnología, porque son circuitos muy pequeños difíciles de detectar.

- Eso está muy bien sargento ¿Se les hizo la prueba correspondiente?

- ¡Si señor!, se mandó un grupo de civiles para que hicieran la prueba en una vereda, cerca de la zona de guerra, al llegar se dirigieron a la cantina del pueblo, antes de entrar soltaron cuatro bichos, dos arañas y dos grillos los cuales se adentraron en el establecimiento, al rato se pasaron en diferentes morrales de paisanos que tomaban cerveza en varias mesas. La misión era seguir la señal, grabar todo lo que más se pudiera, se prosiguió a seguirlos durante dos días y encontraron un cambuche con veinte subversivos y un comandante de mandos medios, los cuales fueron abatidos en su mayoría, otros, tomados presos. Nosotros tuvimos dos bajas. Si esto funciona como está sucediendo la guerra acabará muy pronto.

- Eso está muy bien sargento, pero necesito más resultados, los de arriba me exigen y no podemos defraudarlos. ¿Cuánto tiempo tienen de vida útil estos aparatos?, necesito información detallada para pasar los informes a mis superiores.

- Mi teniente todo irá minuciosamente explicado para que no haya ningún inconveniente.

- ¡Puede retirarse!

Coge la perilla, abre la puerta, sale rápido y jadeante. Su cuerpo es macizo, no muy alto, estatura promedio, la piel cuarteada por el rigor de la selva. Se notan las horas de camino, las noches de desvelo, el sufrimiento por su tropa. Los rasgos son nobles, su risa, sincera. Su dentadura, pareja, entre blanca y amarilla. La luz del sol le hace entrecerrar sus ojos.

- ¡Uy! Mi sargento está verde, parece el ogro de las películas de dibujos animados que anda con un burro y un gato.

- Tranquilo, que nosotros lo apoyamos.

- Ese triple… teniente cree que el monte es lo mismo que el entrenamiento en la academia.

¡Mujer! Se oye una voz firme pero suave, ella no se inmuta, sigue en su posición aletargada, mira a sus hijos jugar en el campo cuando llegan de la escuela rural. Eran hermosos porque eran hijos de ella. Borró de su memoria el momento en que la guerrilla se llevó al mayor, disfrutó al menor hasta cuando se fue a prestar servicio militar. Lágrimas rodaron por el costado de su cara. Mujer… ¿me oyes? En las noticias dicen que por fin terminó la guerra. Se escucha un grito que se ahoga en la garganta. Es de dolor y se queda en el vacío de la habitación.

- ¡¿Y a mí de que me sirve que se termine la guerra?!  

TAGS:

0

1 voto2 votos3 votos4 votos5 votos
Loading ... Loading ...

12

05

2014

elmagazin

El Viaje

Por: elmagazin

 niño solitario Enrique Rodríguez La avenida de dos sentidos era angosta, dividida por una gran franja de tierra sobre la que se extendía la carrilera. El tren pasaba todos los días, una o dos veces, para aplastar monedas u otros objetos metálicos que se ponían, con ánimo nervioso, sobre los rieles. El premio resultante era casi siempre un delgado trozo de metal alargado, sin cara ni sello, que se quedaba haciendo mugre en el cajón de la mesa de noche. Otras veces la moneda saltaba, como huyendo de las ruedas de acero, perdiendo apenas la regularidad de su circunferencia. Esas se devolvían a los bolsillos del pantalón, y se usaban para comprar dulces o bombas de caucho. Un día descubrió que, tras el aguacero, aviones de papel hacían tirabuzones en el aire neblinoso. Entonces, salió a la calle con una chaqueta de rayas verdes y un cuaderno viejo. Les sonrió, pero no obtuvo respuesta. Estaban demasiado concentrados en aquello de afinar los alerones y la cola. Se sentó en la acera, y comenzó a fabricar su jet. Se oyeron risas y susurros: habría logrado mejores resultados arrojando al aire el mero trozo de papel arrugado. Pidió algunas señas al respecto, pero los cruces de miradas y los comentarios cifrados lo hicieron retroceder. Regresó a la acera, y lo intentó con otro trozo de papel… Todo fue inútil. El nuevo jet corrió la misma suerte de su predecesor, describiendo una cerrada y nerviosa espiral en el aire denso. Risas, murmullos. Como premio de consolación lo incluyeron en una de sus aventuras; pero tendría que contribuir con unas cuantas monedas. Hurgó nerviosamente en sus bolsillos sin encontrar sobrevivientes de la carrilera. Les echó una mirada ansiosa, desconcertada. Por consejo de los más sabios se dirigió corriendo hacia su casa para saquear las carteras y vestidos guardados en armarios y cajones. Era una experiencia nueva la de pasar los dedos por los invisibles forros suaves, sentir de pronto el metal frío entre los dedos, la sorpresa del hallazgo. Salió a la calle y enseñó su botín con una sonrisa triunfal. El más sabio tomó las monedas de su mano, las contó y, luego de aprobar su monto, salió corriendo, seguido por los otros. Tardaron en volver. Tardaron mucho. Su madre lo llamó desde la puerta secándose las manos con el delantal. Al principio, aceptó su condición de proveedor satelital de recursos económicos y materiales. Sin embargo, poco a poco fue encontrando la manera de participar activamente. Al cabo de unas pocas semanas logró conocer la tienda donde se vendían las bombas de colores y los dulces de canela con extraños colores, el jardín de donde salían los diminutos frutos morados, similares a uvas, que a veces se llevaban a la boca con elocuente disimulo. La exploración de aquellos lugares nuevos fue abriendo su pequeño mundo, pero a la fascinación del descubrimiento habría que sumarle el temor a ser hallado cruzando los linderos. Más de una vez sería sorprendido in fraganti en aquellos reinos prohibidos, y llevado de nuevo al redil, prendido de una oreja. Al fondo, risas y murmullos. Pero también se fue acostumbrando a ser un poco el payaso del grupo. Cuando su madre lo jalaba de la oreja para llevárselo a la casa procuraba hacer comentarios que resultaran inesperados y graciosos: ¡Cómo está haciendo de frío! ¿Cierto, madre?; ¿Qué vas a hacer para la comida? De este modo, cuando escuchaba las risas y murmullos, sentía que estaban celebrando su atrevido ingenio, y no que se burlaban de él. Ya se acostumbraba a sus nuevos roles cuando comenzó a escuchar extraños ruidos. La primera vez creyó que algo se agitaba entre las plantas de una pequeña jardinera bajo la ventana de una casa. Imaginó ratones y pájaros. Pero luego notó que los sonidos también parecían brotar de las grietas y rincones menos visibles de las aceras y los muros. Se sentía incómodo, embargado por una apremiante curiosidad que lo hacía abstraerse en confusos pensamientos. No le dijo a nadie, por temor a que se burlaran o lo tomaran por loco. Ya se sentía bastante rechazado por el grupo, y un cuento sobre voces y ruidos improcedentes era lo menos adecuado para ganarse el respeto y la aceptación. Con sus padres tampoco podía contar, empeñados siempre en jalarle las orejas o en darle alguna zurra por destruir mobiliarios y adornos finos. Intentó distraerse planeando aventuras callejeras en donde él era el héroe indiscutible. Se veía alzado en hombros o laureado en extensas apologías. Pero cuando salía a reunirse con sus dudosos amigos los efectos de la dura realidad embargaban de nuevo su semblante. Ante las miradas despectivas o desafiantes se tornaba nervioso, inseguro. Seguía a la manada como un lobezno herido. Los ruidos y las voces sobrevolaban sus oídos como mosquitos en busca de sangre fresca. Intentaba espantarlas, pero todo era en vano. Además, cuando se distraía en ello, no tomaba nota de los planes a seguir, y las incursiones lo tomaban por sorpresa, fuera de base, incapaz de cumplir las tareas que se le encomendaban. Un día, las voces y sonidos lo siguieron hasta su casa. Se sorprendió mucho. A pesar de los regaños y refunfuños, la casa era el único lugar en donde se sentía seguro. Allí no tenía que fingir ni luchar por un puesto digno en la manada. Simplemente era llegar, recibir algunos coscorrones (o caricias rápidas, según fuera el caso), y luego encerrarse en su cuarto mientras sus padres discutían sobre recibos de la luz e hipotecas. Se disponía a leer una historieta cuando sintió que lo llamaban desde un rincón junto al escritorio. Dejó caer la revista. Se quedó en vilo, con los ojos muy abiertos, esperando. Cuando quiso volver a respirar escuchó de nuevo la débil voz. Se levantó de la cama y se quedó paralizado en medio del cuarto. ¿Quién está ahí? Su voz temblaba; sentía como un dolor en la garganta. No obtuvo respuesta, pero algo se cayó en alguna parte. Cerró los ojos y se contuvo. Tragó saliva. Luego retrocedió hasta la cama y se sentó. ¿Qué quieren? ¿Por qué me persiguen? Como respuesta obtuvo una serie de leves susurros, una especie de arrullo entrecortado que lo fue relajando poco a poco. Ya no sentía temor ni ansiedad. Soñaba despierto. Se veía a sí mismo alejándose del grupo, feliz de hacerlo, con una sonrisa de oreja a oreja. Su madre se despedía con la mano mientras se limpiaba los mocos y las lágrimas con una funda de almohada. Se despertó feliz; aliviado. Se había librado de un peso que ahora entendía insoportable. ¿Cómo pudo vivir así durante tanto tiempo? Ahora percibía todo con mayor nitidez. La luz del sol era un delicioso barniz sobre las paredes y techos de las casas. El asfalto brillaba como si emergieran de la negrura diminutos diamantes. El verde de los árboles era más verde. Los sonidos cotidianos también le resultaban más estridentes y brillantes. A veces no los soportaba y debía taparse los oídos ante la mirada sorprendida de su madre. ¡¿Qué te pasa niño?! ¡No tires la cuchara así, que salpicas todo de sopa! Pero a él no le disgustaban los constantes regaños por causa de su creciente torpeza y desconcentración. Al contrario, las rabietas de su madre le resultaban muy divertidas. Verla con el ceño fruncido y los cachetes colorados le resultaba de una ternura increíble. Así que esperaba a que terminara de regañarlo, se le quedaba mirando con una sonrisa, y luego se abalanzaba sobre ella para llenarla de besos y caricias. La madre desconcertada perdía todas sus armas bajo aquellos oleajes repentinos de amor y dulzura, y los duros castigos se trasformaban en condescendientes advertencias. Descubrió que le encantaba el dulce. Su apetito por los chocolates y los helados trascendía los estándares establecidos para los niños de su edad. Se volvió adicto a las chupetas de cereza; le ponía grandes cantidades de azúcar al cereal en las mañanas; comía donas con arequipe y arroz con mermelada. Un día su madre intentó advertirle que si seguía comiendo dulce de esa manera se iba a enfermar, y él reaccionó violentamente. Golpeó la mesa con un puño, y clavó sus ojos en los de la madre. Le temblaban los labios. Luego se levantó de la mesa, y fue a encerrarse en su cuarto. La madre angustiada pensó en llamar al médico, pero se contuvo. Tal vez solo se trataba de una rabieta pasajera. En el fondo su hijo era un niño tierno y cariñoso. Pasaba largas horas en su cuarto escuchando sonidos y voces. Se entregaba a las extrañas melodías e imaginaba toda clase de cosas fantásticas. Ya no quería ser parte del grupo. Sólo sentía que quería abrazar a su madre y comer chocolates hasta caer desmayado. Fue en el colegio donde se dieron cuenta. Durante la clase de matemáticas, mientras se daba curso a un examen bimestral, la maestra comenzó a notar un molesto golpeteo. Se dio una ronda por entre los pupitres, pero no pudo dar con la fuente del sonido. De vuelta en su escritorio alzó la mirada sobre las cabezas concentradas, y descubrió que era él quien pateaba el suelo con insistencia. Se levantó de nuevo y se acercó. Lo halló devorando trozos de chocolate esparcidos sobre la hoja del examen que, según sus declaraciones, no había sido ni siquiera marcada con el nombre del alumno. Cuando quiso interrogarlo por su comportamiento el muchacho levantó la cabeza y le dirigió una siniestra mirada que la dejó atónita: Me quedé fría. Jamás había visto algo así. Me quede callada, y volví a mi escritorio. No pude estar tranquila durante el resto de la sesión. A la atribulada madre le aconsejaron internarlo en una institución especializada, pero ella se negó. Estaba segura de que habría alguna explicación, que su pequeño angelito sólo estaba pasando por alguna crisis típica de su edad. Contra todo pronóstico las cosas no empeoraron. Él siguió siendo cariñoso en extremo con su madre, y comelón de chocolates sin reserva. Lo único que preocupaba un poco a la señora eran esas mañas nuevas que había cogido. Golpear el piso con el pie, torcer los ojos hacia la derecha mientras masticaba, abrir mucho la boca cuando le estaba contando alguna descabellada historia sobre sus compañeros del colegio. De hecho, algunas de esas historias le comenzaban a parecer un poco extrañas, algo fuera de la realidad, pero supuso que así eran los niños a su edad, un poco soñadores, un poco mentirosos y creativos. También le parecía extraño que se encerrara tanto tiempo en su cuarto, sin hacer aparentemente nada. Ni siquiera encendía el radio que tenía junto a la mesa de noche. Sin embargo, se encerraba con llave, y se demoraba en contestar cuando ella lo llamaba para que saliera a comer. Lo notaba como ausente, con los ojos entornados, perdidos en alguna parte. A veces parecía sonreír, pero siempre era una sonrisa apagada, a medio dibujar en sus labios pálidos y cuarteados. Cosas de su edad, la pre-adolescencia que llaman… Sólo salía a la calle cuando lo llamaban. Procuraba hacerlo sin monedas, así que esas llamadas a jugar se fueron reduciendo considerablemente. Solía quedarse rezagado en los antejardines de las casas escuchando las sutiles melodías de sus cómplices invisibles. Entonces se convertía en un ruido de fondo, en una piedrecilla en el zapato del grupo. Pero ellos se aguantaban sus torpezas y desconcertantes comentarios, como buenos amigos, mientras buscaban la manera de adaptar sus decrecientes cualidades a las exigencias de nuevas incursiones. Casi siempre lo ponían de campanero, o a esconder los objetos del robo. Él se sentaba en la acera y esperaba a que le trajeran las cosas mientras escuchaba la respiración del aire, el cuchicheo de los insectos bajo las flores, las voces en clave que tejían la ciudad. Luego tocaba salir corriendo, más para ponerle sabor a la cosa que para huir de cajeros y dependientes armados. Se cansó de campanear y de correr. Prefería los chocolates, acariciar a su madre, y encerrarse en su cuarto a escuchar… Un día, las voces le hablaron de realizar un viaje. No tendría que llevar casi nada. Apenas lo que le cupiera en los bolsillos. Lo convocaron en la tarde. La reunión sería bajo el escritorio, y de testigos tenderían a las pelusas del tapete, un centavo plateado, y dos semillas de sandía. Al principio tuvo miedo. Nunca imaginó que el viaje sería tan largo, hacia lugares tan remotos. Sin embargo, le atrajo la idea de conocer paisajes nuevos, nuevas geografías, respirar nuevos aromas y probar nuevos sabores. Como preparación para el viaje se le impuso aprovechar los años previos a su partida en darle mucho amor a su madre, rendir en el colegio, y demostrarle a los demás que era capaz de participar activamente en todo tipo de aventuras. Los maestros estaban asombrados con su increíble nivel en materias como física y trigonometría. Admiraban sus dotes sociales. No solo era el líder de la clase sino que era el organizador de bazares, murgas y salidas culturales. Sus mentores le habían enseñado a disimular cuando tenía que escucharlos en lugares públicos, así que ya no pasaba por loco. También aprendió a concentrarse en la realidad física y mundana con el fin de aparecer como uno de los más prometedores chicos de su generación. Vestía a la moda; bailaba con todas las chicas en las fiestas; resolvía pleitos y era ficha clave en las reconciliaciones; sabía quién iba con quién y de qué manera. A él se debían decenas de noviazgos, amistades y arrejuntes. En el grupo lideraba batallas e incursiones sin derramamientos de sangre o detenciones en las comisarías. A su madre la llenaba de besos y regalos sencillos que la dejaban encantada. Como también aprendió a cocinar, todos los fines de semana le preparaba increíbles postres y comidas caseras. Sabía darle consejos cuando le veía deprimida; la llevaba al cine; a comer helado; a comprar lanas y agujas para tejer. Era su mejor amiga. Pero los años pasaban rápido. Tenía que prepararse para emprender su viaje. No solo su vida sino la de todos aquellos a quienes amaba dependían de ese viaje a regiones ignotas.  Partiría solo. A su mente llegarían los sonidos clave, la orden inaplazable. Aunque satisfecho con todos sus logros y disimulos sufría mucho por la espera. Nadie lo oía llorar o golpear las paredes cuando se hallaba en sus soledades. Interrogaba, cuestionaba alevoso las razones que le esgrimían desde los rincones y jardines sombríos, pero aún tenía que esperar. No se trataba de un viaje a la playa ni de una excursión a los páramos del sur. El suyo sería un camino lleno de recompensas e inimaginables aprendizajes, pero largo y difícil, entre bosques de espinas y maniguas sofocantes. Sus conocimientos mundanos en supervivencia le hacían imaginar vencibles las incultas geografías que lo esperaban del otro lado. Soñaba con extraños resplandores sobre la copa de árboles incomprensibles cuyas raíces crecerían hacia el cielo dejándole a las hojas y ramas la negrura de la tierra. Trepaba los nuevos montes y peñascos gracias a las ventosas y minúsculas callosidades que para el caso le serían otorgadas a su llegada. Respiraba hondo el oro del paisaje que se abría, luego de remontar inacabables cataratas, ante sus ojos cristalinos como cuarzo. Lloraría un poco a su madre bajo los astros de las nuevas noches, pero la celebraría recogiendo las cosechas de mieles en granos y tubérculos de almíbar. Cuando lo supo, era de madrugada. Pensó en las aceras prohibidas; en la carrilera del tren. Presintió un avioncito de papel haciendo cabriolas sobre el asfalto, arrastrado por el viento frío. Se bañó y se vistió con su mejor ropa. Luego de tomar algo en la cocina subió con sigilo hasta el cuarto de su madre. La contempló un rato, dormida, dibujándola entre las sombras, adivinando sus mejillas y sus labios. Regresó a su cuarto. No dejó notas ni cartas de despedida. Sólo su cuerpo, tendido junto a la cama, como pintado de azul por las tintas del amanecer.

TAGS:

0

1 voto2 votos3 votos4 votos5 votos
Loading ... Loading ...

10

04

2014

elmagazin

Mañana será otro día*

Por: elmagazin

Foto Néstor   Carolina Cárdenas Jiménez

TAGS:

0

1 voto2 votos3 votos4 votos5 votos
Loading ... Loading ...

08

04

2014

elmagazin

El jardín: recuerdos de un no lector

Por: elmagazin

foto señor magazin  Nelfer Velilla González

TAGS:

0

1 voto2 votos3 votos4 votos5 votos
Loading ... Loading ...

02

04

2014

elmagazin

Una mirada amarga

Por: elmagazin

Adèle

Bertha Lucía Estrada*

Aunque cada hombre mata lo que ama,

Que lo oiga todo el mundo,

unos lo hacen con una mirada amarga,

otros con una palabra lisonjera, 

el cobarde lo hace con un beso,

el hombre valiente con una espada.

Óscar Wilde

I

Isabel:

Esta carta que te escribo, como muchas otras que escribí hace más de 20 años, no llegará a tus manos; pero al menos podré terminar de exorcizar la humillación de la que fui víctima. Hoy, como en otras ocasiones, el azar me ponía una vez más en tu camino. Fue en el marco de la Feria del Libro. Tú lanzabas tu último poemario y yo debía hacer la presentación de un novel escritor. He seguido tu carrera de cerca. Cada vez que sale un libro tuyo, corro a comprarlo. Eres muy talentosa, siempre lo has sido. En los últimos tiempos coincidimos cada vez más en este tipo de eventos. Lo cual no me extraña, ya que nuestras profesiones así nos lo exigen. No obstante, me evades. Cuando tus ojos se encuentran con los míos, es como si no me vieran. Ante ti soy invisible. Si escuchas mi voz, aparentas no oír nada.  Podría gritar y tú no reaccionarías. Perdí la cuenta del número de veces que traté de acercarme a ti. ¿Cinco, siete, ocho? No lo sé. Ya ni siquiera lo intento. Pero tampoco renuncio a poder escuchar tu voz  y mucho menos a escuchar la lectura de tus poemas. Cuando salí de casa esta mañana, rumbo a la Feria, ya había decidido que iría a la sala donde tú te presentarías. Lo que no había previsto era que me vieses. Cuando llegué, la sala estaba llena a reventar, como siempre. Nadie quiere perderse  la presentación de uno de tus libros. Sobre todo los adolescentes. Te admiran y te respetan. Te has forjado un nombre en este país donde todos nos creemos poetas. Camuflarme en la sala no fue difícil. Busqué un lugar estratégico desde donde pudiese verte sin que tú te dieses cuenta de ello. Cuando diste inicio a la lectura de tus poemas, el público enmudeció. Tu voz embrujadora, la misma voz que me embrujó hace tantos años, seguía intacta. Más firme, más segura, una voz a toda luces madura, pero tu misma voz. El hechizo fue total. Al final de la lectura, todo el mundo quería hacerte preguntas, tú las respondías con una calma que contrastaba con el tono que le habías dado a tus versos. Al escuchar tus poemas tuve la sensación de ser lanzada a una cascada que parecía no tener fin. Estaba sudorosa y ansiosa. Nuevamente me habías atrapado. Por fortuna, el tono dado a las respuestas de los participantes me permitió caer en un lago transparente y tranquilo. Me sentí orgullosa de ti. Nunca he dejado de estarlo.

Recuperada la calma, y aprovechando que la gente comenzaba a desocupar la sala, me dispuse a salir. Fue entonces cuando un periodista, que se había percatado de mi presencia, me llamó del otro lado de la estancia. Mi nombre no podía pasar desapercibido para ti, inevitablemente tenías que escucharlo. Sin querer busqué tu mirada y como siempre tus ojos, clavados en los míos, no me vieron. Yo me escabullí. Una vez afuera corrí a esconderme, necesitaba respirar y recobrar el aliento. El mismo aliento que me había quitado tu no mirada.

Debo parecerte una cobarde. -La peor de todas, – dirías-. No te falta razón. Soy una cobarde. Cualquier palabra que pudiese decir, sonaría a una falsa excusa. Y no es eso lo que pretendo. Tú viviste un infierno, el peor de todos. Pero no fuiste la única. Cada una conoció su propio calvario. Tú, porque te arrebataban el mundo por el que habías luchado durante tres años. Yo, por perderte y por perder mi propia dignidad. He debido defenderte, he debido llamarte. He debido decirte que lo sentía, he debido decirte que tu dolor era mi dolor. No lo hice. Lo lamento, lo he lamentado toda mi vida. Podría expiar mi culpa eternamente y nunca podría devolverte lo que te quitaron. Todo eso es verdad. Pero también hay causas, que aunque no son atenuantes, sí pueden explicar mi silencio.

Cuando te conocí, yo ya tenía mi vida hecha. Estaba casada, tenía dos hijos y esperaba el tercero. Había nacido en la década de los 40, por lo que  había sido testigo de muchos cambios. En el 63, del asesinato de John Kennedy y  en el 68, el de Martin Luther King. Aunque separada por kilómetros de distancia, vibré intensamente con mayo del 68 y con la llegada del hombre a la luna. Crecí con la música de Los Beatles y asistí a Woodstock. Bueno, para ser sincera, solo vi la película. Mi adolescencia se paseó por Chapinero y fue cómplice del movimiento hippie, el mismo que obligó a los gringos a irse de Vietnam. Su consigna de “Hagamos el amor y no la guerra”, dejó huellas indelebles en la sociedad occidental. Para los años 60, hacer el amor había dejado de ser sinónimo de reproducción. Las mujeres por fin podíamos decidir cuándo ser madres, ya que la píldora nos ayudó a tomar conciencia de que somos las dueñas de nuestro cuerpo y que el sexo es también para nuestro disfrute. Para entonces, las universidades comenzaron a recibir estudiantes mujeres, cada vez eran más las que optaban por la vida laboral. Entendían que la vida era mucho más que el cuidado de los hijos y del marido. Más tarde, sería testigo de la muerte de Franco y del destape de la mujer española. En política, fui contemporánea del movimiento de Los Tupamaros y de la llegada de Fidel al poder. Mis primeros devaneos en el amor fueron con los versos de Neruda.

Crecí con el cambio y me comprometí con él. Yo había roto muchos prejuicios. Pertenecía a una generación de ruptura, era consciente de ello y así lo asumí. Sin embargo, mi vida sexual y sentimental había estado dirigida dentro de parámetros bastante convencionales. Me había casado muy joven, sin terminar la universidad. Seguí estudiando y mientras tanto di a luz a mi primer hijo. Luego entré a trabajar a la universidad, la misma donde tú y yo nos conoceríamos años más tarde. Al principio, sólo eras una alumna, muy inteligente eso sí, pero nada más. Estaba enamorada de mi marido. Tenía un hogar, un trabajo y había hecho planes en el ámbito profesional. Cuando comenzaste a regalarme versos, los leía porque estéticamente estaban bien escritos. Ya tenían la impronta que ha caracterizado toda tu producción poética.

A medida que tu cerco se fue intensificando, una parte de mí quería rechazarte,  pero otra se dejó querer. ¿Por qué razón? Lo ignoro. Podría ser la novedad que representaba tu asedio o podría ser que me tentara el riesgo. Como cuando estás al borde de un precipicio y no sabes si entregarte a él o salir corriendo en dirección opuesta. También pudo ser la soledad de pareja. A veces el matrimonio no es más que la constatación de lo solos que estamos en el universo. La cama matrimonial puede convertirse en un barco a la deriva y cuando eso ocurre los cuerpos son azotados por la tormenta. O pudo ser todo eso y más. El ser humano cree que tiene todas las respuestas, cuando ni siquiera conoce las preguntas. Nos creemos sabios, sin embargo tambaleamos ante lo desconocido. En esa época, tú eras lo desconocido. En cuanto a mí, era madre de dos hijos pequeños y esperaba el tercero. Esa era mi certidumbre, aún lo sigue siendo. ¿Cómo entregarme a la aventura? En ese tiempo no tenía respuestas, aún sigo sin tenerlas.

Cuando comencé a escribirte versos, fue después de pasar por estados catalépticos. Porque eso eran los fines de semana para mí. No verte, no escucharte, era caer en estado de catalepsia. Pensarás que nunca te lo dije, pero ¿Cómo iba a hacerlo? Lo callé igual que callé mi desconcierto ante lo que me sucedía a medida que nuestra relación progresaba. Callé mi temor, pero también los anhelos que despertabas en mí. Callé la angustia que sentía en la alcoba y el abandono del que era víctima. ¡Callé tantas cosas! A las mujeres de mi generación nos enseñaron a callar. Es lo mejor que sabemos hacer. Mi vida estaba comprometida con el cambio, pero eso no quiere decir que estuviese preparada para tu llegada. Te adelantaste en veinte o treinta años, porque estoy segura de que hoy en día habría reaccionado de manera diferente. Hoy tendría las agallas que no tuve en ese entonces. Pero hoy es hoy y ayer es ayer. En eso Cronos es implacable. El tiempo no nos permite adelantarlo o atrasarlo como si fuese un reloj manual. De ahí la zozobra que el saberlo nos genera.

Comenzamos a salir juntas, para tomarnos un café, hablar de poesía o ver una película; en ese momento tú no eras más que una mujer inteligente que nutría mi intelecto. Para mí, las relaciones afectivas entre mujeres era algo que podía suceder, pero no en mi esfera. Y mucho menos teniéndome a mí como protagonista directa de un amor a todas luces prohibido. Pero ahí estabas, e ignorarte era imposible. Tu lucidez mental, tu sensibilidad  e intuición poética lograron conquistarme. Penetraste mi razón, antes de penetrar mi piel. Por eso nunca he podido sacarte de mi cuerpo. Mi alma te amaba cuando mi cuerpo aún no lo sabía. Yo te anhelaba, pero desconocía el lenguaje corporal que me hubiese llevado a ti. “¿Cómo?”, dirías, “si hacía tiempo estabas casada”. No sabes que mi cama era un desierto, sobre todo cuando estaba en embarazo. Durante los meses de gestación, Esteban ni me tocaba, de resto nuestros encuentros sexuales me dejaban por fuera de toda participación. Una vez cumplida su faena se daba media vuelta, sin desearme siquiera las buenas noches. Más que su mujer, yo era la madre de sus hijos. Ya sabes, esa concepción decimonónica de muchos latinoamericanos que creen que el sexo hay que buscarlo por fuera del lecho conyugal y luego hablan del latin lover. Habría que buscarlo con la linterna de Diógenes. Debería proponerle a Florence Thomas que saliésemos juntas a buscar alguno.

El momento en que irrumpiste en mi vida significó un despertar de todos los sentidos. Poco a poco fuiste buceando en ellos. A medida que los despertabas, con flores, con canciones o con tus versos, yo tomaba conciencia de la existencia de mi propio cuerpo. El día de nuestro fugaz encuentro en Oma, el roce premeditado de tus piernas contra las mías, me sumergió en un mundo desconocido y abrió una esclusa que dio rienda suelta al deseo acumulado en mi cuerpo y al que mi razón se negaba a aceptar. Ante mí se abría la oportunidad de conocer lo que hasta entonces yo llamaba un placer prohibido. Y pensar que para los griegos y los romanos era el verdadero, por no decir el único. El cuerpo no debería tener barreras, ni la mente tampoco. Es la tradición judeocristiana la que ha impuesto trabas a la vida y al goce. El roce de tu piel y la copa de vino que tomamos juntas, produjeron en mí una sensación cercana al orgasmo; al fin y al cabo hacía mucho tiempo que el volcán de mi cuerpo se había apagado. Creo que no ha vuelto a activarse.

Con el nacimiento de mi hijo dejaría de verte. No me lo había planteado así. Pero ya ves, a veces los acontecimientos deciden por nosotras, o bien son las personas de nuestro entorno familiar quienes nos despojan de nuestras vidas. En este caso fue Esteban. El día en que comencé trabajo de parto, él cogió mi cartera con el fin de buscar  los papeles de la seguridad social; por lo que era inevitable que no encontrase el poema que me habías dado ese mismo día a la salida de Oma. Era el poema que escribiste mientras me hacías el amor con la ligera caricia de tus piernas. Llegar a los otros no le fue difícil. De ahí a atar cabos de nuestras escapadas juntas había sólo un paso. A mi regreso de la clínica, mi vida se convirtió en un infierno. El hombre que creía conocer, el escritor mesurado, respetuoso, dio paso a un huracán. Vociferaba, daba puños a diestra y siniestra, se convirtió en mi cancerbero. ¡Ni el teléfono pude volver a contestar! Cuando regresé a la universidad, ya te había perdido por completo. De tus versos no me quedó nada, los rompió todos. Por eso, cuando publicas un nuevo libro, corro a comprarlo. Al menos así tengo la impresión de recuperar en algo lo que él me arrebató y lo que yo perdí.

Hasta siempre.

Marcia

II

Marcia:

Hoy te he vuelto a ver. Creías que no te había visto, pero siempre lo hago. Estabas camuflada en el público y también vi cómo te subyugaba la lectura de mi obra. Los papeles se invertían. Años atrás, era yo la que quedaba alelada oyéndote hablar de literatura. Recuerdo cuando nos hablaste de Oscar Wilde y de su libro La balada de la cárcel de Reading, ¡con qué vehemencia lo analizabas! Ese día aprendí a mirarte con otros ojos. Con los ojos que se miran a la mujer que nos atrae sexualmente. Sabía que eras casada, que tenías dos hijos y que esperabas el tercero. Tú eras mi maestra, yo, tu pupila. Muchas historias de amor se han tejido en las aulas de clase, la mayoría de ellas de amores no convencionales, amores escondidos, amores trágicos. Cada vez que nos cruzábamos en el pasillo, yo sentía que mis piernas temblaban y que mi cabeza daba vueltas. Te me habías convertido en una obsesión. Siempre me han gustado las mujeres, desde que estaba en el colegio; cuando una de mis compañeras, al saber que yo no sabía besar, decidió convertirme en su aprendiz. Era un juego entre varias amigas. Pero el juego me gustó y yo me quedé en la cama con ella, mientras las otras se iban a la playa con sus noviecitos de turno. Era mi primer beso, mas no el de ella. Ese día me enseñó a besar y me llevó de la mano a la isla de Lesbos; allí me inició en los placeres de su máxima sacerdotisa, poeta como yo. Desde entonces, le rindo culto a la bella Safo, como la llamaba Sócrates. Así que comencé a regalarte poemas, el primero era de ella, decía así:

Y sonríes seductora… un escalofrío me apresa toda,

estoy más pálida que la hierba y me parece

que falta poco para morir.

Tú lo leíste. En vez de sorprenderte o mandarme simplemente al diablo, me regalaste una sonrisa y luego lo guardaste en tu cartera. Te vi alejarte. Apenas te perdí de vista salté y salté, estaba enamorada. Yo tenía 20 años, tú 37. Nos hicimos amigas. Sabías que te amaba. Te dejabas querer. Te convertiste en mi diosa. Todos los días te rendía un tributo. Podía ser una flor, un cassette, con alguna canción en especial, o un libro. Comencé a escribirte poemas. A fuerza de seducirte con el poder de la palabra, la muralla en la que te parapeteabas comenzó a ceder. Mis poemas encontraban eco. Tú también comenzaste “a escribirme unos bellos poemas de amor”, así los llamaba; cuando en las noches, en la soledad de mi cama y sabiéndote acostada con tu marido, leía y releía los versos que me habías escrito. ¡Cuántas veces besé esos trozos de papel! Mis  labios  hubiesen podido desaparecer de tantas veces que lo hice. Leía tus poemas y mi cuerpo se humedecía. ¡Cómo te deseaba!

Poco a poco comenzamos a salir juntas. Íbamos a cine. El que quedaba cerca de la universidad… eran nuestras pequeñas escapadas. Yo sentía que tú no eras feliz, que algo te oprimía, pero no me hacías partícipe de tus problemas. Aunque era consciente de que yo hacía parte de esos problemas. Yo no quería presionarte, así me muriera de deseo. Eras tú quien tenía que prepararse, yo te esperaba. Te hubiera esperado todo el tiempo del mundo. Recuerdo que vimos El Imperio de los Sentidos. A la salida, y con mucha seriedad, te dije: “Es la búsqueda de la verdad absoluta a través del sexo”. Te echaste a reír. Me respondiste: “Siempre tan trascendental”. Pero detrás de esa risa, escondías tu desconcierto. Comenzabas a descubrir en ti unos sentimientos que meses antes no hubieses osado imaginar. Comenzabas a trastabillar. Una tarde fuimos al Museo Nacional, había una exposición de un artista fauve, esa fiesta de colores nos inundó de alegría. A la salida me invitaste a una copa de vino, querías prolongar esa sensación de bienestar que nos había producido la pintura de Raoul Dufy. Sentadas, una al frente de la otra, en una de las mesas más discretas de Oma, mis piernas comenzaron a rozar las tuyas. Sentí tu vacilación, sin embargo no dijiste nada, ni tampoco las retiraste. Eras consciente de lo que estaba pasando y aunque no participabas de una forma directa, tampoco me rechazabas, dejabas que te sedujera, que te amara. Y yo me entregaba a ese juego, como si en él me fuera la vida. Aún no sabíamos que nunca más volveríamos a estar juntas. Mi felicidad de esa tarde la compartí con dos compañeras de la universidad que estaban enteradas de lo nuestro. Respetaban mi amor, no me censuraban, no obstante entendían que podía ser muy doloroso. Ese día entraste en trabajo de parto y yo me sumí en un estado muy cercano al coma. Ante mí surgían tres meses sin poder verte. Las pocas veces que intenté ponerme en contacto contigo, la voz recia de tu marido me decía que estabas atendiendo al bebé, otras que estabas durmiendo. Yo había logrado derribar una parte de tu muralla, pero derrumbar la de él era imposible. Al colgar el teléfono quedaba más desamparada que nunca. ¡Si tan sólo hubiese podido escuchar tu voz una sola vez! Comencé a sospechar que algo pasaba. No era normal que no dieses señales de vida, ni que nunca contestases al teléfono. No me quedaba sino esperar tu regreso.

Dos semanas antes de tu reincorporación a la universidad, yo ardía de deseos de verte. Contaba los días, las horas y los minutos que me alejaban de ti. Pero no eran dos semanas las que tendría que haber contado. Tendrían que haber sido miles, tendría que haber sido una vida, dos vidas, tres vidas ¿Quién sabe? ¿Cómo medir el tiempo cuando se está enamorada? Poco antes de tu regreso me llamaron de la decanatura. Me dijeron que como estaba acosando a una profesora, y eso era inadmisible en una universidad y además en un país católico, apostólico y romano, debían cancelarme la matrícula. Yo, que ya estaba terminando sexto semestre. Yo, que tenía las calificaciones más altas del grupo. Yo, la intelectual, tenía que salir por la puerta trasera de la universidad como si fuese una delincuente. No era una delincuente, pero sí era mujer. ¿Cuántos profesores homosexuales había en la universidad y nadie les había dicho nunca nada? Un montón, de eso no tengo la menor duda.

Me cancelaron la matrícula. En menos de lo que canta un gallo yo perdía todo por lo que había luchado sin descanso por espacio de tres años. Mi madre nunca me juzgó. Ella sabía que cada persona es dueña de su cuerpo y de sus sentimientos. ¿Cómo es que en la universidad no lo entendían? Nuestra relación se había llevado de la manera más discreta posible. No soy amiga de los escándalos. Por eso no hice ninguno cuando me vi ante un hecho cumplido. Me echaban de la universidad. Pues lo aceptaba, así sin más ni más. No di la pelea. No denuncié mi caso a los medios de comunicación. Era joven e inexperta. Me faltaba la fortaleza que sólo llega con los años. En cuanto a la tutela, aún no existía esa figura jurídica. De haber existido, creo que ellos no hubiesen llegado tan lejos, ni yo habría aceptado el atropello del que fui víctima.

Los lazos que me unían a ti habían sido salvajemente cortados. Ante el dolor de no volverte a ver, se sumaba el dolor de saberte tan cobarde. No llamaste ni una sola vez para decirme que lo sentías. Mi vida se derrumbó. Pero ya ves, el ave fénix siempre renace de las cenizas. Comencé de cero. Me inscribí en otra universidad y aunque la mayoría de las materias vistas no fueron homologadas, logré terminar mi carrera, encontré trabajo y tiempo después el amor. No sería el definitivo. Habría de conocer otras rupturas, otras desilusiones, pero ninguna como la que tú me causaste. Para cuando nos volvimos a ver yo estaba curada. ¿Tú? No lo sé, ni tampoco me importa. Sería en uno de los tantos eventos literarios en los que inevitablemente tenemos que coincidir. No hemos vuelto a hablar, ni lo haremos. Si escribo esta carta es para contar lo que nunca he debido callar. Como ves, yo también fui cobarde.

En algún lugar de los cerros de Bogotá, con el bolero de Ravel como única compañía.

Isabel

III

Esteban

Mi profesión es enseñar a dilucidar el pensamiento, a mirar detrás del espejo, como Alicia. Soy yo quien pone los retos y quien decide qué tan alto podemos llegar. Conduzco las masas de estudiantes como el pastor conduce un rebaño de  ovejas. No estoy acostumbrado a que me desafíen, ni a seguir a los otros. Sigo planes previamente determinados. No me gustan los imprevistos ni las sorpresas. Soy un pensador, y para ello se requiere de mucha disciplina. Las ideas son para elucubrarlas largo tiempo, antes de decidir qué hacer con ellas. El azar no es para mí, ni soy un jugador. De serlo, exigiría que las cartas estuviesen sobre la mesa, los ases debajo de la manga me parecen rastreros, propios de garitos de mala muerte. Cada paso que he dado en la vida ha correspondido a coordenadas trazadas con antelación y previstas para que tengan una larga duración; los cambios irreflexivos sólo traen desconcierto y son signo de inmadurez.

En el colegio y en la universidad, me caractericé por ser un alumno brillante. El día de mi graduación ya sabía que no haría parte de las filas de desempleados. Con el cartón en la mano me presenté a un concurso como docente y me lo gané. Poco tiempo después contraía nupcias con la noviecita de siempre. La había conocido en la universidad, en uno de los cursos que nos tocó tomar juntos. Era amante de los libros y recitaba poemas. A diferencia de muchas otras, prefería escuchar a Beethoven al lado de la chimenea que irse a bailar salsa a cualquier antro. Eso me daba tranquilidad. Una vez casada le quedaba poco tiempo para las amigas. Cuando terminó sus estudios, ya había nacido nuestro primer hijo. En la universidad buscaban profesores de literatura, con su curriculum vitae, y sus conocimientos, no le fue difícil pasar las pruebas. Mi vida seguía el curso que yo me había trazado. Los años transcurrieron sin mayores altibajos. Nació otro hijo y venía en camino el tercero. En las noches, y los fines de semana, era Marcia quien se ocupaba de los niños, yo me dedicaba a escribir. Ya había publicado dos libros, con muy buena acogida por parte de la crítica y de los pares académicos, y preparaba otro. Me estaba ganando un nombre en un medio profesional árido y poco amigo de las lisonjas mutuas. Me encontraba tan embebido en mi trabajo que no me di cuenta de que el tren que yo conducía corría peligro de descarrilarse. Sentía a Marcia cansada, por lo que supuse que era el embarazo. Alguna vez se había quejado, aduciendo que no le dedicaba suficiente tiempo a la familia; como se dio cuenta de que sus quejas me molestaban, no volvió a decir nada. A veces iba al cine, suponía que lo hacía sola. A medida que el embarazo avanzaba, yo la veía más ensimismada, cada vez hablaba menos; lo que para mí era un gran alivio. Necesitaba tiempo para escribir. A veces la veía conversar con una de sus alumnas y en su mesa de noche encontraba libros de autores que antes no le había visto leer. Supuse que era normal; al fin y al cabo su oficio es la literatura.

En los días que precedieron al parto presentó una complicación, por lo que hubo que internarla de urgencia en la clínica. Mientras ella era atendida por los médicos y las enfermeras, yo debía ocuparme de los trámites administrativos; así que abrí su bolso para buscar los papeles de la seguridad social. Fue entonces cuando vi una hoja de cuaderno doblada en cuatro, la iba a dejar a un lado cuando algo me llamó la atención: en ella estaban estampados los labios de una mujer. Era un colorete discreto, pero la evidencia de un beso saltaba a la vista, así que decidí leer lo que había dentro. Hacerlo fue lo mismo que descender al universo de Dante. El horror tomó forma y se me presentó con un lenguaje procaz, no por las palabras sino por el sentido que les otorgaban. De pronto, varias imágenes que había visto en los últimos meses comenzaron a tener sentido.

Las lecturas y los análisis apasionados que Marcia hacía últimamente de Rimbaud, de Verlaine, de Walt Withman, de Virginia Wolff, de Marguerite Yourcenar, me saltaban a los ojos con un significado que antes no había sabido ni querido interpretar. Una vez en la casa hurgué en sus cosas, dentro de una caja y envueltos en un papel de flores, encontré otras hojas de cuaderno y otros versos. La evidencia no dejaba lugar a dudas. Jamás había imaginado a mi mujer siendo cortejada por otro hombre, y si así hubiese sido habría estado dentro de parámetros normales. Pero de ahí a ser enamorada por una mujer había un abismo. Tomé todas las medidas necesarias antes de su regreso, tanto en la casa como en la universidad. Cuando ella llegó tres días después, nuestro mundo ya no existía, se había diluido, como se diluye la pintura en el aguarrás. Nunca más seríamos los mismos. Finalmente el tren se había salido de los rieles y ya no podía ser encarrilado de nuevo; pero eso lo comprendería más tarde. De todas formas actué correctamente, defendí lo que era mío, defendí la decencia, la moral, salvé mi familia, salvaguardé nuestra imagen ante la sociedad, la protegí del escándalo; debería estarme agradecida. En todo caso, no lamento las medidas que tomé en ese momento, aún hoy las volvería a tomar de idéntica manera. Por otra parte, me convertí en una persona más precavida y no volví a pisar el mismo guijarro. Cerré el telón y no lo volví a abrir, hasta ahora que mi vida desfila ante mí como si fuese una película. Creo recordar que alguna vez un amigo me dijo que algo así sucede en los momentos que preceden a la muerte. Esa debe de ser la razón por la que recuerdo lo que ya creía olvidado.

*Relato publicado en el libro Voces del Silencio, Ble Ediciones, 2008

TAGS:

2

1 voto2 votos3 votos4 votos5 votos
Loading ... Loading ...

26

03

2014

elmagazin

Anotaciones alternativas sobre la mujer

Por: elmagazin

sábanas 
Nelfer Velilla González

TAGS:

0

1 voto2 votos3 votos4 votos5 votos
Loading ... Loading ...

14

03

2014

elmagazin

La visita de Osman*

Por: elmagazin

padre e hijo Ricardo Abdahllah Mi padre vino a visitarnos hoy. La última vez que lo vi fue el día que terminé el Bachillerato. Él no estaba invitado a la graduación y no sé si vio la ceremonia, pero a la salida, cuando mi madre me dejó para ir a saludar a mis profesores, se me acercó y me dijo que estaba orgulloso de mí. No volví a tener noticias de él en los años siguientes, aunque recuerdo la impresión de que quien había ido a verme era apenas un amigo de la familia. Hoy pensé lo mismo cuando se sentó a la mesa. Mi madre lo vio estacionar desde la ventana. Venía en un Dacia 1310, diferente al Renault 12 de toda la vida. “Un progreso, al menos” dijo mi madre. A pesar de que tres días antes la había llamado anunciando su visita a mediodía, lo que era una manera de decir que esperaba que almorzáramos juntos, mi madre apenas preparó café, compró queso en la tienda y uno de esos ponqués ramo que vienen precortados en seis piezas y puso sobre la mesa una fuente con frutas que nadie tocó. Mi padre no nos miró mientras se explicaba. Dijo que a lo mejor tenía un cáncer, aunque no podía estar seguro hasta no tener los resultados de los exámenes. “De la biopsia. Lo que me hicieron fue una biopsia” continuó mientras sacaba del bolsillo de su camisa un paquete de marlboro rojo, le daba un golpe por debajo con la palma de la mano y encendía un cigarrillo. Mi madre lo había visto hacer el mismo gesto desde siempre. “Si no es cáncer (y aquí intentó dispersar el humo con la mano) ha de ser otra cosa. Ya no me queda mucho, pero el tiempo que me queda intentaré ser buen padre con ustedes”. Sólo es ahora que pienso en lo fácil que le fue utilizar la palabra “padre” que yo uso ahora sólo con propósitos narrativos, porque en casa, y desde de que mi madre claudicó en su idea de que, a pesar de todo le dijéramos papá, le decíamos “Osman” o “Osman Enrique” si acaso había necesidad de ser específico para no confundirlo con los demás Osmanes de la familia, yo entre ellos. “Esas cosas que deben hacer los padres”, repitió Osman. “No sé si la salud me dé para visitarlos, pero los llamaré seguido. Es fijo que los llamaré seguido”. La visita duró casi una hora más en la que Osman nos contó del viaje que haría a la costa “los viejos recogemos los pasos”, dijo. “Ustedes lo entenderán algún día”, dijo. “Yo quiero que, si no pueden verme de otra forma, al menos me vean como un amigo”. Cuando lo acompañamos a la puerta, vi que ninguno de los cuatro cafés había sido bebido hasta el final y que la cuchara con la que debíamos poner el azúcar estaba seca y limpia al lado de la tacita plástica del Tía que había existido desde, no sé, tiempos inmemoriales. En la puerta nos dio a cada uno un beso en la frente. Mi madre dijo que lo acompañaría para mostrarle el camino hasta la autopista y volvería en taxi. Pensé que nos pediría que nos despidiéramos mejor de lo que lo hicimos, pero sólo subió en el asiento del pasajero y nos hizo una seña con la mano mientras el Dacia retrocedía para bajar del andén. Mi hermana y yo salimos a tomar un par de cervezas en el Parque de Las Palmas y regresamos a mi casa en el último bus de Igsabelar. Un tipo se subió a vender revistas. Éramos los únicos pasajeros, nos amenazó por no comprarle una edición amarillenta que tenía una entrevista, supongo sacada de Internet, a Victor Daville. Era casi la una de la mañana. Mi madre llegó apenas unos minutos después y pasó directo a su cuarto. En el siguiente desayuno dijo: “Deberían haberlo llamado ‘papá’. Está viejo y hace lo que puede para estar pendiente”. Ha pasado ya un cierto tiempo sin que tengamos noticias suyas. No creo que se haya muerto en la costa, ni que las biopsias hayan dado positivas para cáncer. Mi hermana ha empezado a salir con un tipo que tiene también un Dacia. Mi madre dice que debe ser casualidad. *Este cuento hace parte de un libro publicado por la Universidad de Antioquia con el que el autor ganó el premio Nacional de Cuento.

TAGS:

0

1 voto2 votos3 votos4 votos5 votos
Loading ... Loading ...

14

03

2014

elmagazin

El pollo tiene pelos*

Por: elmagazin

platos sucios Ricardo Abdahllah 1. “El pollo tiene pelos” dijo Justine. Serían las once de la noche de un martes. Es difícil quedarse indiferente luego de una frase como esa. Es decir, uno entiende que el pollo tenga pelos, esas cosas pasan, pero hay que entender el contexto: era la época de la gripe aviaria y el aniversario de Chernobyl. “Es asqueroso” dijo Justine. Es difícil quedarse indiferente luego de una frase como esa. Algo queda sonando en el inconsciente como la última campanada del reloj de péndulo de mis abuelos, que ustedes no conocen, como una vieja reminescencia de la época en que uno era el mejor del salón para coleccionar los Garbage Pal Kids. Y eso sin saber que luego el tipo que las dibujaba ganaría el Pullitzer. Justine miraba la bolsa de la basura por donde se asomaban (era literal, se asomaban) los restos de un pollo asado. Lo más curioso, lo noté cuando me acerqué, era la manera en que había sido cortado. Alguien, no yo, se había comido el pollo sin despedazarlo. Eso no era lo más curioso. Lo más curioso es que el pollo tenía pelos. No una larga cabellera por supuesto, lo que lo habría convertido en un pollo-sansón. No. Unos pelitos chiquitos que le salían de la piel. “Mierda. Es verdad que los crían con hormonas” “O la gripe aviaria entró a París por nuestro apartamento” “O el aniversario de Chernobyl. Claro”. “¿Cuánto llevamos sin comer pollo?” “No sé, supongo que desde antes de la última vez que comimos pescado, porque hay una cabeza de pescado encima del pollo” contesté. La pereza de sacar las bolsas de basura había convertido la caneca en un pozo arqueológico en el que podíamos reconstruir nuestras cenas por la profundidad a la que estaban sepultadas nuestras sobras. El pollo que sobresalía del cesto de basura fue la atracción principal del apartamento de la Rue Xantrailles durante las siguientes seis o siete semanas, lo que no era fácil considerando que Jack, que era irlandés, tocaba canciones de Britney Spears con perfecto acento americano, Justine había sido soprano y aún ejercía en las horas libres que le dejaba su trabajo como exploradora de páginas de internet y yo escribía para la Rolling Stone. Aunque los visitantes dudaran al principio (“Hasta no ver no creer” dijo Yonfabis “Hasta no ver no creer” dijo Corina, pero en español). Luego cambiaban de opinión “Sí, tiene pelos” decían. La cabeza de pescado, en cambio, nunca mereció un comentario. 2. Me había ido a vivir con Jack y Justine cuando Johannes, el alemán que vivía con ellos, había abandonado el apartamento sin previo aviso y sin llevarse un voluminoso baúl que tenía en su habitación. Sus compañeros lo buscaron sin éxito en dos o tres hospitales, en la morgue y en Google. Abandonaron sus esperanzas al segundo día. Entonces Justine me llamó para ofrecerme el cupo vacante en el Apartamento del 26ª Rue Xantrailles.

  • Johannes no apareció –dijo– y ya no vamos a buscarlo, puedes tomar su habitación.
Pero en realidad era ella quién iba a tomarla y por la módica suma de 300 euros, yo tendría el derecho de dormir en la sala.
  • ¿Voy a dormir en el sofá?
  • Llevó tres meses allí.
No se puede dejar pasar un cupo en París aunque se trate de un sofá. La mudanza fue breve, arrojé lo que Justine no recogió de la sala sobre un baúl donde ella había arrojado lo que sí había recogido. La primera semana fue fácil. Es decir, había mugre pero poquito y la comida cumplía su ciclo de ser preparada, servida en los platos y dividida entre lo que se come y lo que va a la basura. Era un mínimo, ni siquiera suficiente para alguien que, como yo, se había criado en medio del orden y el aseo, diría yo, ascéptico, de una madre, diría yo, enfermiza. Pero era un mínimo. Las dos primeras semanas de convivencia entre nosotros fueron perfectas. Luego Jack y Justine regresaron de Londres. Es decir, es fácil no tener problemas de convivencia cuando tus compañeros de apartamento están de vacaciones al otro lado del Canal de La Mancha. Yo digo Londres porque en qué lugar del otro lado del Canal de La Mancha no puedo acordarme. Cuando regresaron establecí las tres reglas. Podrían haber sido más (de hecho debieron haber sido más) pero había leído mucha Ciencia Ficción cuando pequeño y las tres Leyes de Asimov bastaban para evitar cualquier sublevación robótica. Ni qué decir que las tres de Big Brother eran efectivísimas. “Hay tres reglas” dije. I- Lo que dentro de la nevera esté podrido, se bota. II- Cuando una bolsa de basura esté llena al punto de que la sola acción de introducir (otra) colilla la reventaría, se bota. III- Cada quien puede hacer en su habitación el desorden que quiera, pero las habitaciones ajenas se respetan. Las dos primeras reglas eran claras. La interpretación de la tercera era asunto de expertos en derechos constitucional, internacional y de usos y costumbres. Yo dormía en la sala, por tanto esa era mi habitación y quedaba incluida en la tercera norma; para ellos la sala no era técnicamente una habitación, por lo que la tercera norma no la cobijaba. 3. El desorden aumenta de una cierta manera progresiva, lo que debe ser un mecanismo de Dios, que es desordenado y gusta de andar con pasos pequeños y disimulados. Primero Caín mata a Abel, luego Hiroshima y no te das cuenta. Primero una colilla abandonada, casi huérfana, casi produciendo lástima. Luego uno o dos vasos vacíos y después el ciclo interrumpido de la comida que salía de la cocina y comenzaba a enfriarse para luego llenarse de hongos y telarañas. Las medias, que como alguna vez leí en Reader’s Digest, se convertían en ganchos para colgar la ropa y el hecho de que la respuesta reiterativa a “¿Dónde puede estar?” fuera “¿Buscaste bajo la cama de Jack?” Si me molestaba, o ellos se molestaban, comenzaban aquellas discusiones que una vez tuvieron por conclusión “El desorden es un problema de tiempo y memoria”, lo que resultaba casi proustiano, o sea bello, o sea pomposo, o sea falso al menos hasta la mitad, porque podía decirse lo que fuera sobre nuestra memoria (la mía falla, eso explica ciertas contradicciones) pero tiempo no nos faltaba porque en esa época no teníamos ni hobbies ni trabajos, lo que hacía más vergonzosa la tendencia a lavar los platos no cuando estuvieran sucios sino cuando se necesitaran. Simétricamente, los restos de arroz de la semana pasada sólo iban a la basura cuando se necesitaba la olla para los espaguetis, porque la olla de los espaguetis había desaparecido. “¿Dónde puede estar?” “¿Buscaste bajo la cama de Jack?” Muchas veces las cosas perdidas aparecían bajo la cama de Jack. Allí había encontrado yo mi taza de Virginia Wolf, aún con café con leche, los tiquetes para un espectáculo de Victor Daville, un compacto de The Carpenters, dos docenas de fresas y una rubia cuyo origen Jack negó conocer. Los dos miramos a Justine. “No me gustan las rubias”, dijo. La olla no apareció bajo la cama de Jack. Nadie había vuelto a verla desde que yo había preparado unos espaguetis con manzana. Pedacitos de pasta y/o manzana habían aparecido en uno de mis zapatos y en el fondo de mi jarra de café. También la conserje, una portuguesa amable, valga la doble redundancia, encontró pedacitos de manzana y un pelo con un nudo en la mitad cuando se tapó la cañería. Pero si bajo la cama de Jack podía encontrarse cualquier cosa, en la habitación de Justine ni siquiera se buscaba. Cada vez que se preparaba para salir, “Prepararse para salir” era una acción que le tomaba la mitad del día. Justine peleaba porque no encontraba su pase Navigo ni su pasaporte ni su tarjeta telefónica Messenger ni una grabadorcita digital con la que grababa lo que escuchaba por la calle. Luego no encontraba nada más y el colchón en el que dormía estaba cada vez más lejos del suelo. La situación tocó fondo al final de un día de compras cuando insistí en desocupar la nevera (la regla # 1 que no se cumplía más) y encontré un frasco que contenía una salsa de tonos que iban del amarillo denso de la mostaza de dijon al rosa de, qué sé yo, la pantera o la bachata o la serie, en el cual flotaban, o mejor se sumergían, diversos tipos de encurtidos. “SE bota”. “Puede ser”. “¿De quién es?”. “¿?”.
”De nadie. Se bota”. Al destaparlo salió un gas violeta seguido no de un genio sino de un olor a azufre con huevos revueltos donde el azufre predominaba. La línea de emergencias del departamento de salud de la municipalidad de París recibió llamadas de casi todos los apartamentos del 26 ª de la Rue Xantrailles. “Se acabó” dije “Se hace aseo de inmediato”. Y así fue cómo me convertí en mi mamá. Y así fue como surgió la idea de armar un museo con los objetos encontrados bajo la cama de Jack que incluían dos resmas de volantes impresos con la cara de Johannes. La rubia se opuso a hacer parte del museo y se fue. Y así fue cómo Jack y Justine encontraron a Johannes. Es decir, encontraron el baúl. Johannes había pasado tres semanas adentro. Se había roto las piernas al resbalar en un charco de café y licor de pastís y había sobrevivido gracias a restos de pizza del Camelot de Tolbiac y dos botellas de agua mineral que Justine había escondido cuando Jack la había acusado de anoréxica. “Termino de arreglar mi habitación y te saco de ahí” dijo Justine. Pero arreglar una habitación toma tiempo y la familia de Johannes ya había dejado de buscarlo. Justine tuvo sin embargo el gesto noble de arrojar cuatro cajas más con restos de pizza antes de cerrar el baúl y amontonar encima toda la ropa y los platos, cada uno más sucio que el anterior. *Este cuento hace parte de un libro publicado por la Universidad de Antioquia con el que el autor ganó el premio Nacional de Cuento.

TAGS:

0

1 voto2 votos3 votos4 votos5 votos
Loading ... Loading ...

13

03

2014

elmagazin

Manual para fumar cigarrillos

Por: elmagazin

fumar Nelfer Velilla González A Jorge, fumador esfumado. Información al consumidor: Entiéndase, preliminarmente, que antes fumar era mejor. La persona era responsable de lo que se fumaba porque tenía la libertad de armar su cigarrillo como le viniera en gana, y esa es una gran ventaja. Para los que, como yo, hoy están atados a un consumismo irremediable, les recomiendo guardar varios pesos para la nicotina, es mejor que para el alimento. Relaja ansias, intoxica y mata tan sutilmente, y a peso de placer, que es mejor que la obesidad. Para los que no les hace falta pensar en qué comerán antes de que la mesa esté servida, con esmerado arraigo les aconsejo tener buen sexo o comerse un exquisito plato antes de encender el cigarrillo. Finalmente, no fume porque cree que se ve bien durante una fumada. No sea pendejo. Fume porque reconoce que la vida se esfuma aunque usted no fume. Procedimiento: Si tiene el paquete completo, remueva la cinta que casi se desliza por sí sola para destapar la decena. Elija y saque el primer cigarrillo, y contemple lo lánguida y delicada que puede ser la maravilla histórica, la creación bendita. Ponga el objeto de culo entre los labios sin aplicar demasiada fuerza. Piense en que aprisionará un beso de los que se dan con amor, de esos que no tratan de lastimar sino que anhelan ser caricia. Ahora puede encender el fósforo o accionar la rueda de la yesquera, mechera, encendedor o como usted lo llame. Provoque el fuego según pueda y acérquelo a la cara del cigarrillo, que es de las pocas cosas que viven para ser del fuego, que se consagran en la inmolación. Aspire suavemente y observe, si no padece la hipermetropía, cómo el naranja puede convertirse en vida, y, si la padece, escuche, porque el sonido contiene similar esencia. Aspire nuevamente y más profundo, y note cómo se raspa calurosamente la garganta, luego cómo se extrañan los pulmones por la densidad del nuevo y grisáceo aire; entonces, cuando se le estremezca el cuerpo, contemple que el infinito existe, pero que uno llega a él de forma efímera, en cuestión de respiros. Retire con dos dedos el cigarrillo de la boca. Ahora dedíquese unos segundos a exhalar observando lo que se robó su cuerpo, porque créalo, su cuerpo le robó el alma al humo que lo abandona, o si no, mire su color inerte y compárelo con el azul fatuo que todavía se desprende de la cara brillante del cigarrillo, esperando el nuevo sorbo que, paulatinamente, también a usted le da muerte. Repita el proceso de aspirar y botar, y sienta que cada repetición es diferente a la otra, ni más ni menos placentera, pero placentera de una forma diferente. Siga con este proceso hasta que el tabaco se haya consumido. Deseche los residuos y tenga cuidado de apagar las últimas cenizas, piense que es como cerrarle los ojos al pariente recién fallecido, piense que el cigarrillo también merece esos honores sin misas. Cuando decida fumarse otro, elija y comparta los que disponga, porque es mejor fumar acompañado, y con un café dulce al gusto, con recuerdos e introspecciones, o planes del futuro incierto, que dependen necesariamente del mismo objeto por el cual departe, el mismo cigarro que algún día actuará en venganza acertadamente. Felicidades, ahora usted ya ha fumado. Para sacar más provecho a la instrucción: Aplíquese de igual manera esta técnica con la mujer.

TAGS:

1

1 voto2 votos3 votos4 votos5 votos
Loading ... Loading ...

Buscar en este blog

Enlaces

  • Donde termina mi nombre pdf
  • Desde mi punto de vista
  • Nacimiento y caída de la prensa roja en pdf
  • Dedicatorias
  • Sueños de fútbol
  • El Caminante
  • De fondo
  • La esquina del cuento
  • Historia
  • Canción

Los editores de los blogs son los únicos responsables por las opiniones, contenidos, y en general por todas las entradas de información que deposite en el mismo. Elespectador.com no se hará responsable de ninguna acción legal producto de un mal uso de los espacios ofrecidos. Si considera que el editor de un blog está poniendo un contenido que represente un abuso, contáctenos.