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Archivo de Categoría ‘General’

28

06

2016

elmagazin

Gracias por jugarle el corazón al azar, don José Eustasio Rivera (Correspondencia tardía)

Por: elmagazin

Rivero
 
Por: Nelson Fredy Padilla*
A propósito de su archivo en la Biblioteca Nacional y de que ahora cualquier colombiano puede descargar La vorágine en formato digital, carta al autor de la novela que partió en dos la historia de la literatura colombiana e influyó mucho en la latinoamericana.

Categoria: General

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28

06

2016

elmagazin

Señor Julio Cortázar (Correspondencia tardía)

Por: elmagazin

JC
Por: Sorayda Peguero Isaac
Hay frases que, en ciertas circunstancias, duelen como puñales clavados en el pecho.

Categoria: General

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28

06

2016

elmagazin

Los asesinos de Víctor Jara

Por: elmagazin

Una corte federal de Estados Unidos declaró este lunes al exoficial chileno Pedro Pablo Barrientos Núñez, como responsable por el asesinato en 1973 del cantautor Víctor Jara y ordenó el pago a su familia de 28 millones de dólares. Seis jurados decidieron, en dos semanas, el caso en el juicio civil por uno de los más emblemáticos casos de violación de derechos humanos cometidos durante la dictadura en Chile de Augusto Pinochet.

Fernando Araújo Vélez

Su primer funeral fue silencioso. Casi anónimo. Nadie rezó, ni siquiera alguno de sus cientos de compañeros de estudio en el seminario de Los Redentoristas de San Bernardo, por donde anduvo y estudió varios años en busca de una razón para salvar el mundo, místico, profundo, arrodillado hasta que las rodillas le sangraban, solitario. Nadie leyó discursos ni se le acercó a su viuda, Joan Turner, para decirle “lo siento, era un gran hombre”. Todo fue soledad y miedo, angustia y terror, porque a aquel hombre al que un muchacho desconocido de nombre Héctor y una mujer, su esposa, acababan de dejar en un nicho cualquiera del Cementerio General de Santiago lo habían acribillado menos de 24 horas antes. Dos de sus asesinos, los tenientes Hugo Sánchez Marmonti y Pablo Barrientos Núñez,  fueron señalados por la Justicia pocos días atrás. como los asesinos directos. Su viuda aformó que faltaban más nombres en la lista .

Categoria: De fondo, General

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21

06

2016

elmagazin

Cuando la imaginación se plasma en letras

Por: elmagazin

maquina-escribir Por:  Alba Nelly Cedeño Castañeda La literatura le roba los mundos a la imaginación. Salida de la creatividad de una mente inquieta, transporta a esos universos a quienes están al frente de las letras.

Categoria: General

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21

06

2016

elmagazin

Carta a Arturo Echeverri, sobre una novela de diálogo en un país de sordos

Por: elmagazin

AE Por: Luis Carlos Muñoz Sarmiento*

A Arturo Echeverri Mejía, “capitán de mares y piloto de sí mismo”.
 A quien, como Bergchem, “pudo vivir y morir por aquello que siempre amó: la verdad, la fraternidad y la libertad”.
A quien “Su hombría de bien le impidió cohonestar la política sucia y otra cosa sucia económica que quería aparecer como política”.
A mis hijos, Santiago & Valentina, por lo mismo…

Categoria: General

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15

06

2016

elmagazin

Querida Laura Restrepo

Por: elmagazin

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Por: Laura María Galindo
  No soy más que su fan enamorada. Pero aun así, no pienso leer su último libro. Verá, en su visita de este año a Bogotá le pedí una entrevista para un medio digital independiente. Usted dijo que sí. Por una semana no dormí bien. Me invadió un exceso de energía. Releí sus libros, sus reseñas, sus artículos, y me esforcé por dominar el saludo perfecto. ¿Sabe usted que tengo 27 formas de decir “hola”? En fin. El día en que lanzó Pecado hice una hora de fila para tener su firma, le dije lo mucho que la admiraba y le recordé la entrevista. Usted aceptó con aparente gusto y en la dedicatoria que hizo escribió: “Pendiente de un buen rato de conversación”. A los dos días, su agente canceló nuestra cita y usted volvió a Barcelona. No pienso leer su libro porque allí está la promesa rota de una conversación. Están mis ganas insatisfechas de saber cuál es su palabra favorita y un “hola” marchito que me salía de maravilla. Reconozco que me enamora su prosa fácil y desenfadada. Que desde que leí Delirio dejé de soñar con príncipes azules y comencé a soñar con Aguilares. Que calqué buena parte de mis ideas sobre paz y guerra deHistoria de un entusiasmo. Que La novia oscura me hizo querer ser mística, inocente y puta como Sayonara. Que cuando leí La multitud errante, siendo todavía una niña, Siete por tres se convirtió en el nombre de todos mis juguetes. Reconozco también que admiro la precisión de sus palabras y las “vocecitas” que con tanta destreza cuela entre sus textos. Esas que en una especie de coro griego cuentan la historia sin estar en ella. Esas que cuando nosotros, sus lectores, pensamos que ha caído en algún cliché, se burlan de lo escrito y nos devuelven la fe en su irreverencia. Permítame usar un ejemplo para ser más clara. Su novela Hot Sur es unthriller. También es la historia de un desarraigo, la antesala a la caída de un imperio, un relato sensible de la fragilidad humana. Pero además es unthriller. Y uno muy malo cuando intenta resumirse. Sleepy Joe, un fanático religioso, comete doce asesinatos en serie con representaciones de los instrumentos de la Pasión de Cristo. Era inevitable que hasta el más devoto de sus lectores se sintiera en algún momento leyendo prosa barata. Me pasó terminando el libro, cuando se resolvía el misterio. Y fue justo ahí, de la forma más perfecta y en el renglón más oportuno, que apareció una de sus vocecitas diciendo: “hijo de puta Sleepy Joe, armas tus enigmas leyendo a Paulo Coelho y Dan Brown”. Siempre me ha sorprendido su juventud trotskista, su voz revolucionaria en los barrios obreros de Madrid y su militancia socialista en tiempos de Videla. Su participación en la Comisión de Paz de Belisario Betancur y su exilio en México. Por mucho tiempo creí que cuando se juntaban la literatura y el activismo sólo quedaba un arte comprometido. Enardecido y estéril. El suyo es uno sereno y vivo. Usted resume las dos cosas sin comprometer ninguna. Las obliga a habitar el mismo espacio sin tocarse, a alimentarse una de la otra sin tragarse, a existir al mismo tiempo sin contaminarse. Y es que hay cierto encanto en los tonos grises. Se necesita un talento de equilibrista para pararse en líneas tan frágiles y no caerse. Usted en eso parece ser experta. También lo hace con la literatura y el periodismo. Sus ficciones parten de realidades y sus realidades se cuentan como ficciones. Sin faltar nunca a la verdad, lo cierto, en sus palabras, se vuelve magia. Le confieso que me intimida. Que las dos veces que le pedí firmar mis libros he estado a punto de vomitar con la idea de tener que hablarle. Que me despedí sintiéndome torpe y ridícula. Y créame, no soy para nada torpe. Lo que pasa es que usted me intimida como me intimidan todas las personas que admiro. La he vuelto un referente en mi oficio de periodista. He plagiado descaradamente su forma de contar en primera persona, de partir las historias en secciones y de usar varios narradores. También he adoptado algunos de sus hábitos. Encerrarme para escribir y hacerlo hasta bien tarde en las noches. Ser metódica y salir de los atascos abandonando mis textos para leer los de alguien más. No exagero cuando digo que soy su fiel seguidora, pero tampoco miento cuando insisto en que no voy a leer su último libro. Acepto que vi de reojo la historia inspirada en Emma la descuartizadora, esa mujer que un buen día se cansó de las golpizas de su hombre, lo asesino y lo partió en pedazos con un martillo y cuchillos de cocina. Por cierto, desde que salió publicada en El País, esa crónica me ha sacado de varios atascos. El final es extraordinario. Es un empujón a lo obvio que tira de frente sin dar tiempo de poner las manos. Un corrientazo helado que se mete por los tobillos y se estalla en las orejas. Puedo nombrar en orden alfabético los países en que ha vivido y los hombres de los que se ha enamorado. Ambas listas son largas. He leído sus libros varias veces y en todos tengo su firma en la primera hoja. Sé que le gusta caminar con sus perros. Que se llaman Oso y Alelí. Que prefiere salir sin gafas en las fotos. Querida Laura Restrepo, como puede ver, no soy más que su fan enamorada, pero aun así, no pienso leer su libro. Y todo por una entrevista.

Categoria: General

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14

06

2016

elmagazin

A Jack Kerouac, un vagabundo demente

Por: elmagazin

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Por: Juan Carlos Garay Estimado Jack: Casi me atrevo a decirte “Ti Jean”, que era como te llamaban de niño, porque créeme que me he acercado tanto cuando he leído esos libros tuyos más conectados con la infancia (como Visions of Gerard o La vanidad de los Duluoz) que siento que conozco ese niño interior como si fuera yo. El mérito es todo tuyo, compañero valiente, que un día decidiste hacer de tu obra literaria una gran saga de vida, donde cada libro narrara una época y tú fueras el protagonista. Y ahí estaban tus amigos con los nombres cambiados, para que los editores evitaran eventuales demandas, pero perfectamente reconocibles. Ese ejercicio tuyo resultó ser fascinante. Como una especie de En busca del tiempo perdido, pero viajando por autopista. Allí donde Proust era contemplativo, tú eras veloz. Mientras Proust se embelesa con cierta sonata para violín, lo tuyo era el jazz. Ese jazz que impregna tu poesía, llena de monosílabos caprichosos (“sweet little dop a la pee / bit bit piano tip…”), pero sin duda también tu prosa cuando se la sabe leer en voz alta y acompasada. Como cuando leíste el final de En el camino en aquella entrevista de televisión de 1959, mientras el genial Steve Allen te acompañaba en el piano. ¡Puro sonido! Ah, Jean Louis Lebris de Kérouac, si hasta para elegir tu nombre literario revisaste que nombre y apellido rimaran: ¡Jack! ¡Kerouac! La primera vez que leí tu nombre tenía 22 años y era un estudiante de posgrado en Washington. Me llegó, por internet, en una antología de textos de la montaña. Entre varios poemas, fragmentos de diarios y demás piezas que servían de inspiración a los montañistas, aparecieron los capítulos 11 y 12 de Los vagabundos del Dharma. ¿Que la literatura no puede cambiar vidas? ¡Ja! Esa fue mi epifanía, Jack. Esa combinación de trasfondo hermoso, de profunda comunión con la naturaleza, y una prosa tan ágil, tan rítmica que es imposible soltarla: “Entonces, de repente, todo era como el jazz: sucedió en un loco segundo o así: miré hacia arriba y vi a Japhy corriendo montaña abajo; daba saltos tremendos de cinco metros, corría, brincaba, aterrizaba con gran habilidad sobre los tacones de sus botas, lanzaba ahí otro largo y enloquecido alarido mientras bajaba por las laderas del mundo, y en ese súbito relámpago comprendí que es imposible caerse de una montaña, pedazo de idiota, y lanzando un alarido me puse en pie y corrí montaña abajo”. Creo que tenía dos opciones: o hacerme fanático del montañismo, o hacerme fanático de Jack Kerouac. Admiro a los montañistas y los considero mis amigos, pero a quienes quisieron verme cargando mi carpa y mi bolsa de dormir por los verdes montes, les recuerdo: tenía dos opciones. Me gasté el dinero en una copia de bolsillo de Los vagabundos del Dharma (todavía la tengo: una edición de Penguin Books con fotos de montañas de Norteamérica) que me leía despacio, porque la estaba leyendo en inglés y me costaba un trabajo enorme, hasta que llegó una noviecita gringa pelirroja que se llamaba Carley, me hizo regresar a la página uno y me leyó todo el primer capítulo en voz alta: ¡Así es como se debe leer, Juan! No tratando de entender palabra por palabra, sino dejándote llevar por el flujo. Recuerdo que Carley paraba y se reía, tomaba aire y seguía… Esa manera tuya de vivir y de narrar lo que se va viviendo. De vivir lo que sea, al extremo, para tener después qué narrar. Ese oficio aprendido de los escritores de pulp fiction y de cómics, tan pordebajeados, que al tener que entregar cuartillas y cuartillas semanales decidieron convertirse en sus personajes: “Vivir, pensar, incluso soñar las historias como un proceso continuo, hace que las ideas vengan cada vez más rápido”, confesaba Walter Gibson, autor de 285 micronovelas del personaje The Shadow. Ese mismo espíritu lo leo en el último capítulo de Los subterráneos, cuando justo antes de poner el punto final escribes: “Y regreso a casa, habiendo perdido su amor, y escribo este libro”. Escribir como acto físico, indisoluble del aliento, eso aprendí de ti. Como un saxofonista que sopla un largo blues. Así me dispongo cada vez que escribo: con la cabeza llena de ideas, pero sin olvidar que se escribe con los músculos de los antebrazos, con las falanges. Y con el sonido, Jack Kerouac, con el sonido. Estos ordenadores de ahora son mudos en comparación con tu máquina de escribir Underwood, que debía hacer un ritmo sincopado exquisito durante las largas noches en que escribiste En el camino en un solo rollo de papel.

Imagen de previsualización de YouTube A comienzos de 2005, cuando ya era un hecho que iba a publicarse mi primera novela, pude ir a Lowell, Massachusetts. Cumplía, de hecho, dos sueños: ver mi libro impreso y visitar tu pueblo natal, entenderte más todavía. Mi amiga Sofía acompañó mi peregrinación hasta el cementerio Edson, en pleno invierno, y supo respetar ese momento de intimidad cuando encendí un incienso en tu sitio de descanso. Se ubicó a muchos, muchos metros de distancia. En un momento sacó su cámara con teleobjetivo y disparó. Hoy le agradezco porque esa imagen es la de un día decisivo en mi vida. Lo que te dije no lo voy a repetir acá. Lo que me trajo de regreso el viento, tampoco. Esas cosas son solemnes. Escribí mi primera novela como un homenaje al sentido del oído. Luego, en la segunda, me tomé el atrevimiento de ponerte en el epígrafe. Yo no soy ese quijote enloquecido que tú fuiste, yo en comparación escribo como una anciana japonesa, pero no te imaginas la fuerza que me has dado. Acá te confieso, por vez primera, que uno de mis sueños es traducir al español Visions of Gerard, que me arrancaría lágrimas, pero que valdría la pena por dar a conocer en mi idioma ese trozo de alma que dejaste en 100 páginas. A mis 12 años yo escribía cuentos, intuía. A los 22 quise ser escritor como vos, ídolo. Y este año, a mis 42, saldrá mi tercera novela y no dejo de brindar a tu salud, vagabundo demente. Yo también quiero, como dice en tu lápida, honrar la vida.

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09

06

2016

elmagazin

Para el caballero existente (Correspondencia tardía IV)

Por: elmagazin

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Por: Juan Carlos Piedrahíta B.
Desde los días de este nuevo milenio que usted esbozó, pero no alcanzó a vivir, le escribo, por fin, para contarle que llegué obligado a sus páginas. Con la misma motivación de quien elige el asiento de la mitad en el avión, desechando la ventana o el pasillo, me aproximé a su discurso sin saber hasta dónde me llevaría este vuelo de largo aliento. Por decisión propia, jamás hubiera dejado atrás la portada de su libro, pero un compromiso escolar me presionó a adentrarme en sus documentos para empezar a digerir las Seis propuestas para el próximo milenio, postergando otros intereses más genuinos en mí, como la apreciación de la música, la contemplación del fútbol o el mero disfrute de la tertulia sin requisitos intelectuales.

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07

06

2016

elmagazin

A un Juan Rulfo imaginado (Correspondencia tardía II)

Por: elmagazin

rulfo Por:  Juliana Muñoz Toro Carta al escritor mexicano que se caracterizó por mantener un espíritu tranquilo, a veces triste y siempre modesto.

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31

05

2016

elmagazin

Frida y la muerte (diálogo)

Por: elmagazin

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Por: Juliana Muñoz Toro & Pepa Valenzuela
Decían que me tenían miedo, pero todos salieron a mi encuentro. Los caballeros elegantes con sus sombreros. Las señoras con sus vestidos y corsés. Los niños y los vendedores. Las beatas y los soldados. Los héroes patrios, los ángeles y los bandoleros. Todos estaban en la plaza del pueblo, rodeándome, incluida tú. Tú, con tu entrecejo fruncido y tus flores. Tú, con tu color y tus palabras de fuego.

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