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29

08

2014

elmagazin

CARTAS DE MANUELA ZIMMERMAN (3)

Por: elmagazin

Julie Paola Lizcano Roa

Me he levantado temprano hoy, he escrito un poema con letras pequeñas de versos irreales y de amores inciertos, caminé desde la 51 con 13 hasta la 67, compré un libro a un hombre de barba larga y ojos castaños que me costó 3 pesos, enseguida tomé un bus hasta la Calera, hacía un sol hermoso, tan hermoso era que los ojos se me aguaron de lágrimas al ver a mi hermosa Bogotá sobre un cielo azul marino, bordeada por una línea verde de hermosas montañas que se pronunciaban desde la lejanía y que se difuminaban entre el cielo y la tierra, luego leí algunos versos de Bretón para hacerme compañía, al terminar de leer, abracé el libro fuertemente con mis brazos colocándolo justamente sobre mi pecho, como si deseara sentir sus latidos; al instante cerré mis ojos, dejando al aire refrescar mi rostro, marcado levemente por una sonrisa triste.

Después de dos horas de andanza, fui a la pastelería, ¿creíste, amor mío, que iba a olvidar celebrar tu cumpleaños? Subí al apartamento, me senté en el comedor, abrí la caja que contenía un pequeño pastel de chocolate, de esos que a ti tanto te gustan, el cual iba marcado con una frase que decía: “Arthur, feliz cumpleaños”, saqué una copa de vino, la coloqué sobra la mesa junto al pastel, canté  solitaria tu cumpleaños, al terminar partí una rebanada de pastel, me la comí lentamente saboreando su exquisito sabor mientras miraba por la ventana al cielo deseando que estuvieses aquí para poder decirte “Te quiero amor mío, te quiero…”, esta fue una de las únicas cosas que en definitiva me puso profundamente triste, esa rebanada de pastel parecía que tenía dentro de sí, no solo chocolate, sino una cantidad de recuerdos y sentimientos, que en mi boca se fueron desvaneciendo, tragándote en cada bocado disoluto.

Finalmente prendí el último cigarrillo que me quedaba, me terminé la botella de vino, me recosté sobre la cama, y dormí con tu imagen sobre mis párpados.

Amor, feliz cumpleaños, no abandones tus letras.

Con cariño, Manuela Zimmerman

CARTA 20 (6 de Diciembre de 1987)

Amor mío, estuve por fuera de Bogotá dos semanas, a veces me cansa la ciudad, tu sabes que aquí todo huele a mierda y marihuana, necesitaba salir y despejar mi mente, apartarme de tanta tristeza que recorre las calles y las autopistas, de los lugares oscuros, de los mendigos y de las prostitutas que dejan oliendo las calles a sexo sin cariño.

Anoche apenas llegué me puse a la tarea de revisar el correo y leí tus cartas, parece que todo está bien contigo en la lejanía, esta semana quizás vaya a visitar a mi madre que no la he visto después de que falleció mi padre, pero quizás ni me necesite, sin embargo creo que ahora yo la necesito a ella, aunque ella nunca lo sepa.

¿Has sentido que no tienes ganas de escribir porque las letras se las lleva el viento, la mente no teje las palabras y la disonancia con el sentimiento es menos profunda?

Me disculpo amor mío, por no comprender tu sentir. Te escribiré pronto.

Con cariño, Manuela Zimmerman

 CARTA 21 (17 de Diciembre de 1987)

A veces creo que mi feminidad está determinada por la necesidad de tener un hombre a mi lado. Y cuando no estas junto a mí, siento como si yo por un instante desapareciera de la faz de la tierra, y entonces creo que de alguna forma estoy desperdiciando mi juventud, y mis esfuerzos por recuperarme es menester de una tarea profundamente espiritual, que empeora en mis periodos de total caos y ausencia emocional. Cuando creo sentirme segura, es decir cuando te leo de alguna manera o estoy junto a ti, mi cuerpo reacciona pavorosamente a tu cercanía afectiva que hace deshojar esta dualidad que se rebela justo cuando nuestras almas se encuentran desnudas, una junta a la otra.

Yo aspiro que mis dotes literarias, así como las tuyas nos permitan seguir encontrándonos en letras, y así acortar la distancia que hoy nos separa indescifrablemente; quiero pensar que no erré en la elección hoy de mis palabras, y que espero no temas de esta trágica descripción de una mujer inmadura que es absorbida por la aridez de la noche oscura que traspasa justo por las cortinas de su sala. Solo deseo que conozcas mis inquietudes y mis angustias, que son excesivamente desesperantes, siento culpa ahora, y no quiero pensar en lo que sucedería si tú te apartaras de mi lado, yo sigo soñando contigo cada día, eres mi delirio y mi mayor consuelo.

¡Dios mío! no sabes cuánto te necesito, deseo saciarme sobre tu cuerpo y no desearte más, pero todo esto es evaporado por la distancia y tu ausencia. Aspiro profundamente a que el tiempo me dará las respuestas, y me devolverá tu cuerpo intacto que tanto extraña mi ser. Creo que jamás desearé apasionadamente a hombre alguno que no seas tú, y quiero que lo comprendas. Me dormiré con la sensación plena y con una lucidez implacable, pensando que mis letras te harán compañía, al fin y al cabo ¿qué es un puñado de letras en un corazón desahuciado? Por ahora solo me queda seguir aceptando la distancia, espero que me sigas escribiendo.

Con cariño, Manuela Zimmerman.

CARTA 22 (22 de Diciembre de 1987)

He decidido viajar a New York, y quedarme a vivir allí por unos meses, me han ofrecido un trabajo en una revista literaria y no quise rechazar la oferta, apenas llegue te escribiré y te mandaré la dirección para que mandes tus cartas a mi nueva residencia.

¿Sabes? el tiempo pasa, y lo único que escucho es el resonar las manecillas del reloj que cuelgan sobre la pared de mi habitación, anoche caminé bajo la lluvia mientras un silencio profundo, lleno de formas y visiones me hacían recordar los días en que los dos caminábamos por esas mismas calles, sin temerle a la distancia que hoy desafortunadamente nos separa. Aún me atrevo a pensar que el tiempo será la golondrina de nuestro destino y de nuestro refugiado amor, a veces siento que lo he perdido todo, y tengo miedo de perderte, pero mantengo la esperanza de que si existo es por algo, y en la soledad me limito a recoger los besos mojados y los abrazos que dejaste sobre mis sábanas.

Tal vez esta noche en sueños rezagados se tropezarán nuestras almas, el silencio será nuestro encuentro, llenarás mi corazón vacío y la vida dejará de doler, pues tú haces que las aves aleteen para que escalen lentamente los remolinos de aire que recorren nuestra ahogada respiración. He comprendido que escribiéndote acorto la distancia y abrazo sin naufragio tu vos, imploro a Dios que mañana pueda vestirme de blanco para recibirte, pues tu ausencia hace que los días sean más tensos, grito internamente, me confino y me doy cuenta que cada día es más difícil hallarme. Estallará el destino, y las sombras serán cada día más negras, los miedos acariciaran mis insomnios, necesito de tus brazos que me levanten y me lleven a la otra orilla, donde el sol iluminará nuestros días, por fin juntos.

He de partir ahora, acurrucada bajo los relojes sin manecillas, te espero.

Con cariño, Manuela Zimmerman.

CARTA 23 (24 de Diciembre de 1987)

Contemplo mi habitación, escribo mientras siento que la vida se me va, algo está por venir, no sé qué es, me escondo bajo las cobijas, lloro profundamente, siento que el cansancio recorre todo mi cuerpo, siento en mi alma la distancia, esta dolorosa realidad que me hace sentir tan angustiada y melancólica, el cielo se cubre de tristeza y toda esperanza se esfuma en el ahora. Los recuerdos de ti me hacen sentir tan vacía que empiezo a sentir que ya nada me sorprende, ni mucho menos me sostiene, es como si poco a poco estuviera empezando a perder la facultad de sentir, de disfrutar, de admirar, la vida se ha convertido en el depositario de mis culpas y penas. Esta necesidad absurda de retroceder el tiempo, para recobrar los recuerdos cuando sé que es ya demasiado tarde abruma y empeora mis sentimientos de soledad; no soporto no sentirte, la vida pasa con miles de poemas sobre mi espalda, llenos de incertidumbres y temores, intento aprender y distinguir estos estados que me ponen en la balanza entre la vida y la muerte que se reparten en la oscuridad de mis días, especialmente cuando el sol se oculta detrás de las montañas y el horizonte se torna oscuro sin probabilidades de narrarle a alguien lo que siento, sin un compañero con quien quejarme de las desgracias que se anudan dentro de mi garganta y en el interior de mi pecho. Solo se me ocurre pensar que esta sensación de soledad es tan grande, que lo único que deseo es huir despavorida a algún lugar donde no tema hallarme, y así encontrar la lucidez que tanto necesito.

Hoy es navidad, y pensaba escribirte algo que demostrara mi amor por ti, pero solo he rociado esta hoja de angustias y melancolías baratas, esto realmente es una deshonra para nuestra relación idílica. Ahora solo deseo abrir mis brazos e imaginar que tú apasionadamente me abrazas y que la vida vuelve inesperadamente a mi cuerpo. ¡Feliz navidad!

Con cariño, Manuela Zimmerman.

CARTA 24 (1 de Enero de 1988)

Mis lecturas se han vuelto tan lentas, al igual que mi escritura, veo pasar los días, vacía, desdichada por mi cruel existencia, angustiada, he llorado leyendo tus libros y recordándote en fotografías. Pero no puedo quejarme, porque la vida, aceptando mi llanto tal y como llega, me hace recordar con cada lágrima la estrecha relación que existe entre tú y yo; sueño con encontrarme contigo, ir al mar, y hacer el amor detrás de una gran roca con sabor a mar, donde las sirenas nos envidien por nuestros calurosos actos de afecto, ésta imagen es definitivamente la imagen de la felicidad. Esa sería la única poesía que podría tatuar en tu cuerpo, para siempre; la expresión de mi suceder anímico, que responde a una vida carente de cualquier manifestación del tiempo, sería la descripción de una novela ortodoxa, casi infantil que residiría en la suma de mis frustraciones, cuando todo se viste de miedo. No habría entonces verso salvador, que prolongue el infinito y que acalle mi dolor.

Quizás este exagerando, no lo sé, no sé hablar mejor de mi vida, y lo sabes, sólo sé hablar bien de la literatura, a pesar de mi gran inexperiencia; esta distancia, ha creado entre nosotros una nueva forma de comunicarnos, no sé si tú te habías dado cuenta, pero se ha quebrantado el tiempo para encontrarnos de manera diferente, no de cuerpo frente a frente, pero si hemos hablado con nuestras almas, de una manera tan cercana, que ya no le temo a las sombras, y eso ahora se llama: «valentía». Esta realidad me está disolviendo en pedazos, al igual que lo hace el humo del cigarrillo con mi vigilia, siento una gran vergüenza, esta loca y torpe manía que no se aparta de mí, como lo diría Benedetti, definitivamente necesito una tregua, quizás allí logre encontrarme a mí misma, entera, sin que la distancia sea el motivo de mi desarraigo interior, tanto llanto, tanta ausencia, tanto desazón está haciendo agonizar mi razón, esto no es la vida que elegí vivir contigo, ahora todo se reduce a silencios ensordecedores que se convierten en clavos que oprimen mi pecho, sé que las sombras empezarán a dejar de existir cuando el afecto deje de alimentar nuestra relación, y entonces quizás la muerte llegue y calle lo que alguna vez los dos construimos. Dime, ¿Cuánto más debo esperarte? esta es una prueba suprema, que consiste en apagar nuestros gritos, amarrar nuestros corazones e invocar a la Luna, para que intente iluminar en la oscuridad, lo que queda de nosotros.

Ya estoy en New York, al respaldo va la dirección.

Con Cariño, Manuela Zimmerman.

Si quiere leer la segunda parte de esta novela epistolar haga clic aquí

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29

08

2014

elmagazin

Yo soy mejor que tú

Por: elmagazin

Federico Acevedo

Cuando a Ricardo, experto en liderazgo y emprendimiento empresarial, le propusieron trabajar con los dos centros de salud más relevantes y prestigiosos de su ciudad, entró en estado de éxtasis. Sus esfuerzos empezaban a rendir frutos. Llevaba años allanando el camino para lograr vincularse con las organizaciones más importantes de la región. Estas dos clínicas lo eran. Ambas se esforzaban para lograr ser la primera institución prestadora de servicios de salud de alta complejidad y tecnología del país.

A Ricardo se le ocurrió diseñar un plan de trabajo conjunto. Para eso era necesario que los directores de cada organización asistieran simultáneamente a las sesiones e interactuaran. Pero fue imposible. Los dos hombres no solo eran colegas sino rivales, casi enemigos. Ninguno accedió a reunirse con el otro y compartir experiencias. En su necesidad de demostrar la superioridad de la respectiva institución, cada director había recurrido a “inocentes” triquiñuelas y a las conocidas campañas de desprestigio. En la carrera por el primer lugar, se habían desdeñado mutuamente. Pese a los ingentes esfuerzos de Ricardo, no fue posible reunirlos en una misma sala y lograr que conciliaran sus puntos de vista. Cada uno estaba plenamente convencido de su superioridad moral.

La superioridad moral es aquella moral que más en armonía está con el “bien”. Por supuesto, que en una sociedad tan competitiva, donde se quiere demostrar constantemente que se es “mejor” que el otro, la necesidad de hacer patente una moral superior cobra especial importancia. Ejemplos hay muchos: los judíos dicen ser el pueblo elegido por Dios para ser su embajador en el mundo (una creencia muy excluyente); el nazismo consideraba que la raza aria no solo era superior, sino que además era el “alma de nuestra civilización”; católicos y cristianos protestantes se miran por encima del hombro; el amor heterosexual es digno de admiración, pero el homosexual es aberrante y “excre mental” (como dijo un honorable padre de la patria, cuyo nombre no vale la pena mencionar), etc.

¿Quién tiene la verdad? Ahí está el meollo del asunto. Tal vez solo el tiempo la revele o ratifique lo expresado por el escritor Fernando Araújo Vélez en su columna El manual de sus verdades: “Creí en la verdad, pero luego me di cuenta de que la verdad eran varias verdades”.

Llegar a un acuerdo con nuestros rivales es casi imposible si se piensa bajo el influjo de la superioridad moral. No es casualidad que hoy, cuando se pueden salvar millones de vidas gracias a los avances de la ciencia, se maten otros millones por cuenta de la intolerancia y la imposibilidad de conciliar puntos de vista diferentes. Demostrar superioridad provoca rivalidades. Si bien la competencia ha traído mucha productividad, también puede convertirse (como lo aseguran en el documental argentino La educación prohibida) en el principio de toda guerra.

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27

08

2014

elmagazin

Las ilusiones de la muerte

Por: elmagazin

Andrés Felipe Sanabria

                          

  A Juan Sebastián Hemingway le apunta a mi corazón. Veo el mar de Cuba de La Habana cómo un látigo girando. Fue mi primera lectura de su cortés héroe legendario, y el cinismo inminente de su hazaña; con su presagio de ver volar el mar a la altura de su sensatez.

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26

08

2014

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El héroe malo

Por: elmagazin

Breaking Bad La serie Breaking Bad, que sumó cinco temporadas, es un retrato de la ambición que corroe al mundo: cuanto deseamos tiene efectos colaterales. A propósito de los cinco premios Emmy que ganó, recordamos este texto publicado en El Espectador: una mirada a su historia y a sus personajes, que exploran la pureza en la maldad.

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22

08

2014

elmagazin

El videojuego

Por: elmagazin

 

videojuegos-vector Jefferson Sanabria

Compró el videojuego una mañana de fin de noviembre. Era un regalo que había costeado para sí mismo; lo obtuvo al ahorrar dinero unas semanas antes en trabajos que fue víctima de insultos, degradaciones, burlas y demás, particulares circunstancias que no le afectaron en lo más mínimo, debido a su fuerte interés en el videojuego soportó cualquier percance contra su humanidad.

El día en que lo compró estaba absolutamente emocionado, en la mañana al descubrir su estado económico decidió bañarse temprano, tomó un buen desayuno, planchó su camisa y se vistió formalmente para la llegada de su nuevo compañero. Salió sin más demora de su apartamento y a un paso ágil se dirigió al inmueble donde le esperaba el susodicho. En el camino encontró unos cuantos amigos de infancia, los saludo muy amablemente, divagó en unas cuantas apreciaciones sobre lo que era de ellos ahora que ya no se veían muy a menudo, retomó pronto su camino y entró en un supermercado a comprar provisiones para los días venideros, no gastó mucho dinero, corrió enseguida al establecimiento de enfrente donde se veía desde lejos la pancarta alucinante de la llegada delvideojuego. Irrumpió en el almacén con una euforia incomprensible, accedió a un estante y tomó elvideojuego dirigiéndose a la vitrina para pagar, introdujo su mano en el bolsillo derecho, sacó unos cuantos billetes los cuales fueron depositados en la caja registradora. Partió de aquel establecimiento con rapidez. Caminó velozmente hasta llegar a su casa, sacó las llaves—sus manos temblaban un poco—abrió la puerta de su apartamento e ingreso a su cuarto, dejó las cervezas en una pequeña nevera que yacía a un costado de su cama y a un lado los paquetes de frituras. Agarró la pequeña bolsa donde traía su triste vida. Prendió el televisor y su PlayStation, metió el videojuego en el reproductor y se internó en un suave trance. Deliró con las imágenes tan bien diseñadas, la fuerte violencia lo sedujo, en unos cuantos días había liberado tres ciudades de la invasión de zombies que arremetía contra Estados Unidos y el mundo. El tiempo para él dejo de ser una cuestión de cálculos y se convirtió en un desconocido. Así los días se hicieron más cortos y las noches más densas, solamente le importaba rescatar a la humanidad de aquel litigio contra los no vivos. Paraba sólo para ir al baño y beber un poco de cerveza, así que su estado físico cambió en una forma desgarradora. Pasado el desconocido tiempo llegó a rescatar el videojuego con un record inesperado, se sintió satisfecho por su trabajo, quiso tomar un poco de aire fuera de su casa, ¡tenía que celebrar! precisamente tomó un poco de dinero que le quedaba para comprar algo de comer que no fuera chatarra, agarró sus llaves y salió de su apartamento. Al caminar unas cuantas calles vio como la gente se alejaba de él con una expresión de horror en sus rostros, no les prestó mucha importancia. Entró a la tienda a comprar algo para prepararse una buena cena por la victoria que había tenido sobre los muertos vivientes; cuando intentó hablar para que lo atendieran sintió un fuerte golpe en la parte trasera de su cabeza, se derrumbó con ignorancia de lo sucedido, trató de levantarse para salir corriendo de aquel establecimiento, pero al moverse un metro fue atravesado por una ráfaga de balas que lo desplomó dos metros más allá en el suelo. Exhalando sus últimas fuerzas pensó con tristeza su actual situación, se ladeó en el suelo doliéndose por su cuerpo fustigado, miró entonces su reflejo en una vitrina, esbozó una sonrisa y falleció al instante.

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20

08

2014

elmagazin

Libertad

Por: elmagazin

Alejandra Echeverry Eres autónoma de tus deseos y de tus males Soberana de punta a punta. Ingenua, obstinada, sutil pero no conforme. Eres mestiza en cuerpo de sirena Nadas, pero no vuelas. Tus ojos no son primavera Y tu cabello es manto que cobija Tu cuerpo resistente ¿Resistente a qué? A cuanta piedra te te tiran los indolentes que no entienden de ¡libertad!

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13

08

2014

elmagazin

El nuevo viaje de Diana Uribe

Por: elmagazin

Trasladar toda una vida de trabajo a la web, es la nueva apuesta de Uribe Forero, quien espera obtener los recursos necesarios a través del ‘crowdfunding’. Mariángela Urbina Castilla

 Diana Uribe nació en Bogotá el 30 de marzo de 1959/ Cristian Garavito-El Espectador

La plataforma, tal y como ella la imagina, está pensada para ser un juguete. Un parque de diversiones que permita enlazar sus audios, caminar por mapas, conocer los lugares que su voz describe y visualizar los rostros de los protagonistas de ‘La historia del mundo’. Será un espacio que priorice el hipertexto y rompa las barreras que los medios análogos imponen sobre el tiempo y el espacio de los contenidos. Según Michel Serres, lo que permiten las nuevas tecnologías es recuperar las facultades propias de nuestros sentidos. A eso le apunta esta enciclopedia digital que cualquiera puede financiar desde ayer, durante dos meses.

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12

08

2014

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Aceptando al mundo

Por: elmagazin

Leo Castillo

Me despierto en un agudo conflicto con la existencia, tanto, que debo permanecer durante horas echado a la bartola en el lecho en un estado de receptividad apenas incipiente, y luego, de manera gradual, voy dando cabida en mi conciencia y sucesivamente en mi alma a la realidad y con esto doy en aceptar incluso a mí mismo. De donde se desprende que al despertarme no quiero a nadie, lo que no significa, ni tampoco descarta, que pasado este lapso de tiempo que digo, acabe queriendo a alguien, lo que ya es casi quererme a mí; pero esta no es la regla, y en este sentido no hay que hacerse alegres ilusiones. Si al despertarme no quiero a nadie, pudiera ser que los odie a todos, o que, en todo caso, me halle a un tris de odiarlos. Esto me lleva indefectiblemente a pensar en el llanto de los bebés, de quienes se habrá notado que lloran mucho más a menudo que los adultos, lo que denuncia un precoz e instintivo rechazo a la existencia. También lloran al  despertarse, lo que a mí tácita (aunque es de temer que se haga explícitamente) no se me permite, ¡no se me permite! Tengo sobradas razones para afirmar que los  adultos encontrarían inaceptable que cada mañana me despierte llorando a grito pelado mi condena a seguir entre los vivos. Esto me coloca en desventaja respecto de los bebés, y a este privilegio que sobre mí se les concede atribuyo esa sonrisa fácil y ese impúdico encanto suyos en que tan ostensiblemente me superan, dado que les está permitido berrear cuanto quieren, aligerándose así de la carga de odio que la vida espontáneamente genera y, una vez liberado el encono, sonríen estúpidamente, y sus rostros se iluminan con ese llamado encanto angelical que los simples encuentran irresistible, al punto que se desea besarlos. Por otro lado (y esto parece emparejar las cargas, traer a mi resentimiento y envidia algún consuelo) no es raro que igual cuando están berreando de lo lindo los adultos se sientan abusados y experimenten sentimientos decididamente hostiles  hacia sus bebés, llegando razonablemente al extremo de desear estrellarlos contra el piso. Incluso sus mismas madres, y más que nada ellas, llegan con no poca frecuencia a sucumbir a esta tentación. No puedo jactarme de haber incurrido en ello, en parte porque no conozco el compromiso de tener que soportarme bebés a mi lado, salvo cuando en algún sitio público, en el autobús, pongamos, casualmente sus madres  se me acercan más de lo deseable con ellos en brazos. Pero incluso yo, que casi los desconozco, y que en todo caso procuro ignorarlos, sufro como cualquiera la impaciencia común ante este privilegio suyo de berrear cuando y donde se les viene en la maldita gana, y aunque, como acabo de reconocerlo, nunca tuve la oportunidad de estrellarlos contra el piso, nadie puede exigirme que declare hipócritamente no haberlo deseado no sólo una, sino acaso en múltiples ocasiones, por que me tomaré la libertad de confesar haber hecho algo que seguramente no promoverá el repudio de ningún entendimiento sensato. Y es que una vez, y acepto que sólo una, bien que los suspicaces no me crean, dejé caer a mi sobrinito de seis meses de nacido contra las baldosas. Esto, de haber obedecido a mis impulsos, debí de haberlo hecho antes y siempre que se me presentara la oportunidad, lo que me habría reportado  un poco más de tolerancia a su presencia en nuestra casa. El cráneo sonó apenas como un torpe coco verde, un decepcionante ruido obtuso que de ninguna manera satisfizo mis espectaculares expectativas; un golpe sordo que mi hermana,  desde la cocina, no podría haber alcanzado a escuchar. De modo que resulta arbitrario de su parte venirme con esa áspera reprimenda, pretendiendo que lo había dejado caer adrede, por muy cierto que, en efecto, así haya sido. Lo que atribuyo más bien a la irritada respuesta de su bebé, que estalló ipso facto a llorar de manera tan estridente, aunque, cuando ella llegó volando a la sala, ya yo prestamente había izado al perverso del piso, a fin de disimular la razón de su escandalosa reacción y no delatarme, sin llegar por ello tampoco al extremo de sobarle la cholla para contentarlo. Mi hermana me lo arrebató irancunda y consternada y, acaso por aquello del famoso instinto maternal, lo besaba, en lugar de dejarlo caer de nuevo como yo esperaba, y aunque le sobaba afligida la cabeza, el condenado no paraba de chillar como si tuviera el cuerpecito enracimado de hormigas coloradas. Y así siguió berreando inconsolable hasta que se hartó de fastidiar, siendo cosa notable la manera en que se empecinaba el verraco en rechazar a manotazos cucharaditas de agua dulce que la madre intentaba hacerle tomar, y daba en verdad coraje ver con qué insolencia el intransigente se resistía a dejarse zampar el pezón en la jeta. Yo no podía, indignado, más que pedirle a mi hermana que lo dejara que se jodiera hasta desgañitarse berreando, a lo que parece haberse debido esa formidable bofetada que intentó propinarme, lo que sin duda habría conseguido de no ser por el estorbo que acunaba entre sus brazos.

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11

08

2014

elmagazin

CARTAS DE MANUELA ZIMMERMAN (2)

Por: elmagazin

Julie Paola Lizcano Roa

CARTA Nº 7

Anoche salí a caminar, me fumé un cigarrillo y de repente, me detuve frente a un parque, vi un árbol hermoso, tan frondoso que parecía un Sicomoro como esos que hay en la India, veía entonces como este se asomaba sobre una pequeña colina, iluminado por la luz de la Luna y entonces me senté sobre él, y empecé a escribirte, te lo dejo para que lo leas.

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06

08

2014

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Homenaje a García Márquez en Barcelona

Por: elmagazin

  Isabel-Cristina Arenas

El lunes 21 de julio se llevó a cabo en Barcelona un homenaje a nuestro nobel llamado ‘Vivir para leerlo’. Participaron en la charla los escritores Rosa Regàs, Juan Gabriel Vásquez, Jordi Soler y Daniel Samper Pizano. La celebración estuvo acompañada de música: vallenatos, cumbias, puyas y boleros recordaron las canciones preferidas por García Márquez.

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