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Archivo de Categoría ‘Desahogo’

17

10

2014

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Carta a un hijo en la modernidad

Por: elmagazin

nino-triste  

Jefferson Orlando Sanabria Orjuela

Categoria: Desahogo

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28

09

2014

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Historias marginadas

Por: elmagazin

imagesCAIS9UIP   Ángela Martin Laiton Bogotá es una ciudad fría, mi ciudad es una ciudad frívola, también. Esta ciudad que se supone es de todos y desde esa perspectiva es mía, es una ciudad agridulce, es un lugar que puede brindar la experiencia más amarga mientras se ríe, y viceversa.

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10

09

2014

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Lo que la vida quería mostrarle

Por: elmagazin

 

yesos Vanessa Aguillón Quizá era eso lo que la vida quería mostrarle… Que más allá de intentar llenar el vacío de su vida con la muchedumbre, necesitaba aprender a escucharse, pues la soledad tenía además de una aparente frialdad, las respuestas que ella tanto anhelaba, pero como el miedo a estar sola en la oscuridad era más grande ella simplemente huía…

Categoria: Desahogo

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25

07

2014

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Nos han dado el mundo

Por: elmagazin

 

german-soldier

Jorge Sánchez

Categoria: Desahogo

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26

05

2014

elmagazin

Las mareas cienagueras

Por: elmagazin

Gustavo Enrique Ortiz

Los milagros no solo existen por religión, por manía política; a veces, son tan sencillos como el milagro de ver llover flores, y aunque la profesora de español le dijo al niño que era un embuste, había espacios donde todo eso era posible, aunque uno solo tuviera que sentarse en un andén debajo de un árbol de almendro y esperar, simplemente.

“Para todo maestro es una imperiosa obligación estarse renovando permanentemente. El conocimiento de las ciencias es tan dinámico que vive reinterpretándose, según los procesos evolutivos de la sociedad. El papel del maestro es el de enseñar para un buen vivir; para que todos desentrañemos el universo y nos permitamos actuar sobre la realidad de manera consciente y racional. El maestro no debe estar para preservar manifestaciones retrógradas, irreflexivas y dogmáticas. El dogmatismo o cualquier forma de fundamentalismo no puede ser carta de presentación del maestro”. Eso estaba subrayado en las hojas olvidadas; era un ensayo del cienaguero Carlos Payares González.

Y mientras esperaba a Hojita que regresara de dentro de la tienda, pensaba un tanto el porqué de esa historia, la del ensayo,y nuestra razón de viaje. “Hojita, sí, señora; es más fácil que decir Lucía Carolina Hojita Elvira Alicia”, mientras me despachaba dos jugos la oí, “¿y eso a quién se le ocurrió bautizar así a la niña?”. Hay maestros que a pesar de que ejercen de sociólogos, son poetas; no atinaría a otra respuesta.

Buscar milagros tal vez es más fácil en una ciudad como Ciénaga, y si le decía a la tendera que estábamos para buscar milagros, llamaría a la Policía. Mejor dejar las cosas así. Ya el Templete había cambiado de colores como una iguana más de la realidad de la noche y los vendedores de felicidad estaban allí,los niños alquilando carritos para dar una vuelta por las rutas del parque principal y sus padres corriendo detrás. Así la conocí a ella y a Juan Manuel. Él debía tener como nueve años y unos ojos de estrellas frías, me latía que había nacido por el mes de septiembre, ustedes saben que tengo vocación de astrólogo. Ella debía tener los tres nueves, nacida un nueve, de un mes nueve, de un año nueve y unas piernas en que la arena de salitre perdía su oscuridad.

 Aprovechamos para un par de helados y sentarnos a hacer amigos; en un parque no hay otra opción; Hojita tomando apuntes y yo mirando a la mujer y a su hijo. ¿Qué clase de apuntes se puede tomar en el rincón más perdido del mundo? En esta ciudad existían tantas bicicletas, más que vehículos, eso ocurre y cuentan desde que el polaco llegó al pueblo y montó un almacén de ebanistería y hacía los muebles para la Singer y no había tanto desocupado. Un día como hoy, jueves, era raro que alguien se pusiera a leer entre las iguanas dormidas y la felicidad de los niños. Juan Manuel puso atención a ello. Y yo le entregué el Ulysses que me dejaban sacar de la biblioteca de las hermanas Bonnet, las hermanas del generalísimo, que para demostrar su ineptitud militar, pues, montó una obra de teatro clásica para las mujeres. Se ganó el corazón de muchas, y los sables dispuestos de otros tantos.

Era una biblioteca curiosa,en un segundo piso, arrumado a la gracia de una multinacional, era la biblioteca pública de Ciénaga, pero más bien era de las hermanas Bonnet, que era usada para su ego propio, nadie entraba en ella,¿para qué leer? Yo entraba directo a los libros, nadie le interesaba administrar, solo se quejaban por los abanicos dañados. Realmente era complicado leer en un horno sin signos,eso era la mañana de la biblioteca.

“Sabes, libros de esa clase los encuentras aquí, hasta esa magia de las letras difíciles”, él me sonrió y le gustó la idea de la cercanía del mar en las primeras hojas. La hija de Don Benito,el hombre fuerte de los graneros, se sentó con nosotros. Si pudiera decirles cómo eran sus ojos, lo único que atinaría era a decir que todos los colores estallaban de su centro. No era santo haberle soltado el Ulysses, y como decía el bueno de Payares en su ensayo, uno tenía que propender por el buen vivir. Aún así silencioso se dedicó a leerlo y a olvidar la fiesta de la plaza.

 Y no era santo leer y ponerle atención a ella, que era la sicóloga del colegio Virginia Gómez y que recordaba cuando de niña caminaba desde el colegio hasta la plaza para esperar a que don Benito la recogiera y almorzaran en el granero La Estación. Y la imagino, con su uniforme azul, su cabello de sol quemado, la mochila de cuaderno de notas y con ganas de comer papas fritas,que vendían en la esquina de la 11, y fue la obsesión y la tragedia de un sacerdote.

La noche estaba cansada,y nos retiramos de mala gana. Es más importante dejar los libros en quienes todavía buscan milagros, y se lo dejé al niño. En otra mañana me contaría el regaño de la profesora de español y la historia de la lluvia de flores, yo solo le dije que Gabo, el memorioso, cambió el mundo de una forma tan sencilla. La realidad cuando se reescribe hace el canon.

Hojita y yo nos quedábamos en la finca del chileno, frente al batallón de Costaverde. A veces, la mejor forma de huir de la justicia es ponerse de frente a ella, la Justicia es una mujer ciega y no se daría cuenta, incluso algún piropo se le podría echar y sonreiría.

Ella, con la gorra del sociólogo, se escondía del sol, mientras yo me achicharraba siempre por la mitad de las calles cienagueras, total, una bolsa de agua cuesta cien pesos –precio a 13 de septiembre, quizá me esté desactualizando–. María José me regañaba, la hija de Diosa, “no te olvides de que eres cachaco y poeta, te va dar duro el sol”.

Es complejo buscar milagros, toca poner una metodología, una estructura teórica, una etnometodología cotidiana que fuera creíble. Hojita buscaba en los árboles –es bióloga–,y yo cazaba milagros en los ojos de los niños. Uno siempre debe dar una razón a la agenda de los días y debíamos mejor pensar como si fuera siempre diciembre, porque la razón primera siempre es la emoción. Estabamos locos, y de remate.

¿Por qué no mejor buscamos al maestro Payares? Cuando fuimos a su casa, después de extraviarnos en cuatro direcciones distintas, pero todos dándonos una nueva ruta –“Quién no conoce a Payares, el sabio”– llegamos a una casa en un día color zapote y para tristeza a los pocos días, verde ternura, solo pudimos hallar a la Vero, su esposa. Mientras esperábamos,vi a su hijo correr desnudo sin miedo al qué dirán. Y allí supuse la razón de los milagros: a los milagros no les interesa el qué dirán.

 Hojita estaba fastidiada, yo concentraba mis fuerzas en dar clases de algo que no se llamara talleres de lectoescritura en el Salesiano, colegio que en realidad como homenaje agónico se llamaba Alfredo Correa de Andreis. Pero nadie en Ciénaga recordaba eso. Y en esas jornadas para hablar de libros sin leerlos, a lo sumo soñarlos, seguí conociendo a Juan Manuel.

El médico me había recomendado baños de mar, antes de las nueve de la mañana y al caer la tarde, así que pude pedirle permiso a la heredera del granero para visitarla. Ella vivía junto al mar, era de mar, creo, “ilutaba” el alma de la cosas cotidianas. Buena excusa. A ella no le gustaba entrarse al mar, algo la golpeaba allá adentro y por más que su hijo quisiera ella miraba desde la arena de la playa borrando todos los grafitis que alguien había puesto para que solo una mujer entendiera, “te amo, nana”, y aparecían cada lunes.

 Esta mañana, Juan Manuel vino a pedirme ayuda. “Me ayudas en la tarea”, era algo sencillo,diptongos y hiatos,y por vez primera, después del horror de haber dejado la docencia oficial, tenía un buen alumno, que me enseñaba. Ella, mientras calentaba mil veces el agua,me miraba con la mano sobre mi cuello dispuesta –rol de mamá–. Debía ser muy aburrido, pero pude enseñarle al niño de manera sencilla.

-¿Adriana,puedo nadar con Juan Manuel? Son las seis de la tarde y debía aprovechar los últimos espasmos de luz. –Sí, pero no se demoren. El ciclo del miedo se repetía y no quedaba más. No quería dejarse ver sonreír.

Estando en el agua, empezamos a sentir cosquillas. Algo nos golpeaba por cada lado, como una batalla naval,sin heridos ni violencia. Y empezaron a saltar pescaditos pequeños, cardumen de juego, ronda infantil en el mar. Juan Manuel empezó a reír y a dar de gritos.

Cazar un pez al menos, yo solo me dejaba golpear, no lo podía creer. Mientras ella dentro del agua solo sonreía y cuidaba nuestro milagro.

Imagen de: Mauro Castiglione

Categoria: Desahogo

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08

05

2014

elmagazin

Carta de despedida

Por: elmagazin

garcia_marquez A Macondo, si tengo suerte. Nélfer Velilla Supongamos que usted es como sus Aurelianos, que todavía nos quedan 16 y que uno de estos Gabrieles, con todo y la cruz de ceniza indeleble en la frente, como la lleva todo mundo, haciendo parte de los irreductibles destinos funestos, puede leer estas letras. Le cuento, entonces, que las putas que todavía tienen memoria quedaron bastante tristes por la terrible noticia de su ida. Estaba yo en una terminal de transporte, preparándome para el paseo habitual de Semana Santa, cuando vi la noticia en una de esas pantallas grandes de televisión, que distraen a la gente que espera los buses que abordarán para ese tipo de viajes diferentes al que usted empezó a eso de las dos de la tarde, según decía el noticiero. No sé si sea bueno contarle cómo no eran todos los que se detenían a leer el titular que ponía “Urgente: Murió Gabriel García Márquez”, y que pocos de los que lo veían se lamentaban unos minutos y seguían andando, mientras que yo me desentendía del viaje y empezaba a experimentar un estremecimiento, una pena, una absurda parodia por creerme allegado suyo, lo que fue permitido por aquel acercamiento del mundo con usted a través de sus buenas letras, ésas que nunca me fueron suficientes -ni siquiera porque lo he leído de forma austera- para decirle “Gabo”. No sé si es un viaje el que está haciendo o hizo, nadie puede saber qué hay más allá del final, es que ni se sabe si hay algo, pero prefiero pensar así con usted, porque con esto me pasa como a su médico suicida francés, que decía: “Me desconcierta tanto pensar que eso existe, como que no existe”. Me lo imagino, pues, a usted adelantando camino detrás de un montón de mariposas amarillas que lo guían a un mundo extraño y mágico, donde todos los días se sorprenden los habitantes por conocer y volver a conocer el hielo, donde muchos portan pescaditos de oro con un orgullo desconocido pero que no importa, donde se puede ver con mayor claridad la frente para rectificar que ya no hay una cruz, y que pueden pasar cien años sin que uno se inmute, estando si se quiere sentado al pie de un árbol, sin esperar la muerte, sólo escribiendo y notando cómo un pajarito llega al final y se posa en la mitad del lugar, cuando quizá todos se han ido por los rumores de que arribó, a ese sitio que preferí llamar Macondo, un verdadero Coronel que sí tenía quien le escribiese. El mundo te despide Gabo, y disculpa que te tutee, compadre, amigo de todos, pero tenía que hacerlo por la resistencia a ese mundo que se movía en aquella terminal ignorando, a consciencia, que te habías ido, y que yo me retorcía y se me paraban los pelos y se me humedecían los ojos porque, aunque sé que te conocí, nunca logré hacerlo en serio. Ahora todos seremos de allá, o acá, o donde tu cuerpo repose, porque uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra, como nos dijiste un día, ¿verdad? Te echaremos de menos. Adiós y siempre gracias, Grabriel García Márquez.

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31

03

2014

elmagazin

Aceptando al mundo

Por: elmagazin

Foto de Babies411 - Flickr.

Foto de Babies411 – Flickr.

Leo Castillo Me despierto en un agudo conflicto con la existencia, tanto, que debo permanecer durante horas echado a la bartola en el lecho en un estado de receptividad apenas incipiente y luego, de manera gradual, voy dando cabida en mi consciencia y sucesivamente en mi alma a la realidad y con esto doy en aceptar incluso a mí mismo. De donde se desprende que al despertarme no quiero a nadie, lo que no significa, ni tampoco descarta, que pasado este lapso que digo, acabe queriendo a alguien, lo que ya es casi quererme a mí; pero esta no es la regla, y en este sentido no hay que hacerse alegres ilusiones. Si al despertarme no quiero a nadie, pudiera ser que los odie a todos, o que, en todo caso, me halle a un tris de ello. Esto me lleva sin remedio a pensar en el llanto de los bebés, de quienes se habrá notado que lloran mucho más a menudo que los adultos, lo que denuncia un precoz e instintivo rechazo a la existencia. También lloran al despertarse, lo que a mí tácita —aunque es de temer que se haga explícitamente— no se me permite, ¡no se me permite! Tengo sobradas razones para afirmar que los  adultos encontrarían inaceptable que cada mañana me despierte llorando a grito pelado mi condena a hallarme entre los vivos. Esto me coloca en desventaja respecto de los bebés y a este privilegio que sobre mí se les concede atribuyo esa sonrisa fácil y ese impúdico encanto suyos con que me superan, dado que les está permitido berrear cuanto quieren, aligerándose así de la carga de odio que la vida con espontaneidad genera y, una vez liberado el encono, sonríen de manera estúpida y sus rostros se iluminan con ese llamado encanto angelical que los simples encuentran irresistible, al punto que se desea besarlos. Por otro lado (y esto parece emparejar las cargas, traer a mi resentimiento y envidia algún consuelo) no es raro que igual cuando están berreando de lo lindo los adultos se sientan abusados y experimenten sentimientos hostiles  hacia sus bebés llegando, a mi ver con razón, al extremo de desear estrellarlos contra el piso. Incluso sus propias madres, y más que nada ellas, llegan con no poca frecuencia a sucumbir a esta tentación. No puedo jactarme de haber incurrido en ello, en parte porque no conozco el compromiso de tener que soportarme bebés a mi lado, salvo cuando en algún sitio público, en el autobús, pongamos, por casualidad sus madres se me acercan más de lo deseable con ellos en brazos. Pero incluso yo, que casi los desconozco y que en todo caso procuro ignorarlos, sufro como cualquiera la impaciencia común ante este privilegio suyo de berrear cuando y donde se les viene en la maldita gana y aunque, como acabo de reconocerlo, nunca tuve la oportunidad de estrellarlos contra el suelo, nadie puede exigirme que declare con hipocresía no haberlo deseado no sólo una, sino acaso en múltiples ocasiones, porque me tomaré la libertad de confesar haber hecho algo que de seguro no promoverá el repudio de ningún entendimiento sensato. Y es que una vez —y concedo, ¡ay, que solo una!—, bien que los suspicaces no me crean, dejé caer en la sala de mi casa materna a mi sobrinito de seis meses de nacido contra las baldosas. Esto, de haber obedecido a mis impulsos, debí de haberlo hecho antes y siempre que se me presentara la oportunidad, lo que me habría reportado un poco más de tolerancia a su presencia en nuestra casa. El cráneo sonó apenas como un torpe coco verde, un decepcionante ruido obtuso que de ninguna manera satisfizo mis espectaculares expectativas; un golpe sordo que mi hermana, desde la cocina, no podría haber alcanzado a escuchar. De modo que resulta arbitrario de su parte venirme con esa áspera reprimenda, pretendiendo que lo había dejado caer adrede, por muy cierto que, en efecto, así haya sido, cosa que atribuyo más bien a la irritada respuesta de su bebé, que estalló ipso facto a llorar de manera tan estridente, aunque, cuando ella llegó volando a la sala, ya yo prestamente había izado al perverso del piso, a fin de disimular la razón de su escandalosa reacción y no delatarme, sin llegar por ello tampoco al extremo de sobarle la cholla para contentarlo, no falta más. Mi hermana me lo arrebató iracunda y consternada y, acaso por aquello del famoso instinto maternal, lo besaba, en lugar de dejarlo caer de nuevo como yo esperaba y aunque le sobaba afligida la cabeza, el condenado no paraba de chillar como si tuviera el cuerpecito enracimado de hormigas coloradas. Y así siguió berreando inconsolable hasta que se hartó de fastidiar, siendo cosa notable la manera en que se empecinaba el verraco en rechazar a manotazos cucharaditas de agua azucarada que la mísera madre intentaba hacerle tomar y daba en verdad coraje ver con qué insolencia el intransigente se resistía a dejarse zampar el pezón en la jeta. Yo no podía, indignado, más que pedirle a mi hermana que lo dejara que se jodiera hasta desgañitarse berreando, a lo que parece haberse debido esa formidable bofetada que intentó propinarme, lo que sin duda habría conseguido de no ser por el estorbo que acunaba entre sus brazos.    

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25

03

2014

elmagazin

¿Ha muerto Hitler?

Por: elmagazin

UKRAINE-RUSSIA-POLITICS-CRISIS-PROTEST Por Carmen Socorro Ariza-Olarte La imagen del dictador alemán sigue presente en la política actual: los fundamentalismos, exacerbados por el odio, son prueba de ello. Con la reciente anexión de Crimea a Rusia, es visible que las grandes naciones aún desean, con el mismo fervor de las guerras mundiales, más poder. Si esa pregunta me la hubiesen hecho cuando estaba adolescente y aprendía historia, geografía, filosofía y civismo, sin lugar a dudas hubiese dicho que sí, a raja tabla. Por entonces nombrar a Hitler era casi peor que nombrar al Diablo. Tan tabú era todo lo relacionado con él y con el nazismo que yo, a pesar de las lecciones de historia universal, no tenía ni idea de qué significaba la esvástica nazi. Así, un raro día, siendo una adolescente de 13 años, la pinté en mi cuaderno de notas junto a la cruz de la paz y algunas florecitas roqueras de Angelita, la novia de Gonzalo Arango –el padre del nadaísmo-, como si todos esos símbolos fuesen lo mismo. Fue entonces cuando mi compañera de clase y amiga judía, Janet, luego de preguntarme por qué había pintado la esvástica en mi cuaderno y escuchar mi tonta respuesta, me contó todo lo siniestro que se encierra detrás del símbolo, y además me invitó a almorzar a su casa, adonde conocí a su padre: un caballero judío que logró sobrevivir a los campos de concentración. Esta es una de las razones por las que a pesar de no saber desde hace muchos años nada de mi amiga Janet, la recuerdo siempre y la llevo grabadita en mi corazón de niña inocente, o sea: adolescente.  Desde aquel día, para no volver a pecar por ignorante, me dediqué a leer y aprender todo sobre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, la pregunta nos la ha hecho una chica de trece años cuando que nos escuchó a su madre y a mí hablando sobre las conmemoraciones anuales de la terminación de la Segunda Guerra Mundial, en un momento en que, sin lugar a dudas, estamos en el arco del triunfo de una nueva guerra que ya no será ni fría, ni tibia, ni caliente, sino simplemente una guerra más de las tantas que nos acechan a diario. Una guerra sin fin, pues cuando se ha leído la historia es fácil darse cuenta de que es solo la vuelta de hoja a un conflicto que por nunca haber sido solucionado se ha ido haciendo eterno: en esta misma región han estallado, una y otra vez, los grandes conflictos de Occidente. Y vaya que la pregunta nos ha sacudido, no podía venir más al caso. ¿Cómo se puede conmemorar el fin de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y recordar a sus víctimas y héroes, sin mentar a Hitler? Misión imposible: vaya que el bastardo se las ha ingeniado para hacerse presente a diario; ya sea a través de los medios o de los comentarios sueltos de la gente o de las modas o del cine, o de esto, o de aquello; Hitler se nos aparece hasta en la sopa, ha dicho Eva. Aquí no más tengo los diarios de la semana comprendida entre el domingo 9 y el domingo 16 de marzo del 2014, y empezando por las dos páginas completas que hablan sobre la situación en Ucrania y las lágrimas de, y por, Crimea, enmarcadas con una serie de foto-afiches en las que aparece Putin convertido en Hitler, hasta llegar a la demagogia política que en el arco del triunfo de toda elección suele venir acompañada por las inflamatorias comparaciones que se hacen de éste o aquel político con… Hitler (en este caso el candidato de la ultraderecha en Holanda), todos los días se encuentran artículos periodísticos, publicitarios, académicos, etc., hablando sobre… Hitler y/o comparando a alguno de los duros con él. Hasta la señora Merkel ha andado por ahí con bigote hitleriano por negarse a las exigencias de España; para no hablar de la cantidad de literatura y películas —casi todas financiadas o promovidas por los mismos judíos— que a diario invaden nuestras pantallas y, una y otra vez, con una u otra perspectiva, cuentan el cuento de… Hitler. Así pues, la pregunta de la chica adolescente es válida: ¿ha muerto Hitler? Y ahora, perdida ya la inocencia, la respuesta es no. Está más vivo que nunca. Basta con ver el panorama internacional y todo lo que sucede para saber que son las prácticas nazis las que nos dominan, y que precisamente por eso Hitler aparece en todo momento y en todo caso, como si fuese espada y escudo, héroe o villano. Ayer fueron los moros y los cristianos, más tarde los alemanes y los judíos, luego los judíos y los palestinos, y hoy por hoy los mismos con las mismas más los musulmanes, los gringos y los asiáticos. Que la cosa no acaba de acabarse para comenzar de nuevo, y lo que abundan son los piqueteaderos de la mala ventura. Empeñada en entender qué es lo que ha pasado en estos años recuerdo también que en la Alemania dividida por el muro de Berlín —una mala representación del arco del triunfo—, en casa de mis amigos alemanes era tabú hablar o mentar a Hitler, y toda la literatura nazi era prohibida. Y ahora no me he llevado acaso una gran sorpresa cuando al venir a vivir a Holanda no solo me encontré con las interminables celebraciones que se hacen a lo largo del año en conmemoración de las dos grandes guerras mundiales, mientras que, más allá de ellas,  lo que me ha tocado ver, vivir y respirar ha estado todo contaminado con las ideas nacionalistas y fascistas. Por eso me repito la pregunta de la adolescente, ¿ha muerto Hitler? Y la respuesta, apenas busco con la mirada una luz o una pista, es no: está más vivo que nunca, nos ronda por todo lado. Lo interesante de que la historia vuelva a repetirse es que las preguntas que me hacía cuando empecé a despabilarme sobre cómo y por qué fue posible que sucedieran cosas tan terribles sin que nadie hubiera hecho nada, ahora empiezan a encontrar sus respuestas: aquí he estado yo, como la gran mayoría, presenciando los hechos; se registran en Kosovo, Iraq, Afganistán, Ucrania o en la oscura Corea del Norte, sin poder hacer ni decir nada. Además, he empezado a darme cuenta ya desde hace unos años que como pasó entonces, ahora también todos vamos tomando partido: muchos abiertamente, ya sea por convicción, necesidad o simple amor a la patria, van por Putin; otros, sin atreverse a decir nada abiertamente, escudados bajo el lema de la diplomacia internacional y lo políticamente correcto, también se inclinan ante él por aquello de que los intereses económicos que están de por medio son muchos. Gas, gas, gas, para solo hablar de los intereses que pesan tanto o más que el plomo o el uranio. Otros nos inclinamos por Ucrania, ¿pero existe realmente una Ucrania? Yo no sé. ¿Y qué les diremos a nuestros nietos el día en que nos pregunten qué hicimos cuando estalló el conflicto? ¿O que les dirán a sus nietos los cientos de rusos que apoyan a Putin? ¿Sentirán vergüenza, como sé que la sintieron la gran mayoría de los alemanes que inocentes y con amor patrio levantaron la mano ante Hitler? ¿Y si es cierto que el sueño de Putin es llevar a cabo, esta vez con éxito, el sueño de Hitler —no ya la gran Alemania, pero sí la gran Rusia—, será igual o peor el Holocausto? Ya los pobres tártaros que viven en Crimea están temblando, a sabiendas de lo que les espera. ¡Qué barbaridad! Sí que tengo preguntas sin respuestas. ¡Qué barbaridad! ¡Sí, con o sin Hitler, somos bárbaros —ha dicho Eva! Y yo, mirando para otro lado, por casualidad, he puesto mis ojos en la novela de Coetzee, Waiting for the Barbarians (Esperando a los bárbaros), y entonces he decidido contar este episodio, no sin algo de mieditis; y es que como están las cosas nunca se sabe a dónde irán a parar las cacerías de brujas, porque en su mapa de la gran Alemania, Hitler tenía incluida a Sur América, y basta ver a Venezuela y Nicaragua para saber que la gran Rusia ya ha empezado a alimentar sus caballitos de batalla en la región.

Categoria: Desahogo, Historia

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17

02

2014

elmagazin

Plushenko y las trampas del poder

Por: elmagazin

Plushenko foto Carmen Socorro Ariza-Olarte

Categoria: Desahogo

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04

02

2014

elmagazin

El Dilema de PISA

Por: elmagazin

salon de clase

Carmen Socorro Ariza-Olarte  A propósito del editorial de EE del sábado 2-02-2014, “La prioridad: los maestros”.

Categoria: Desahogo

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