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Archivo de Categoría ‘Desahogo’

31

03

2014

elmagazin

Aceptando al mundo

Por: elmagazin

Foto de Babies411 - Flickr.

Foto de Babies411 – Flickr.

Leo Castillo Me despierto en un agudo conflicto con la existencia, tanto, que debo permanecer durante horas echado a la bartola en el lecho en un estado de receptividad apenas incipiente y luego, de manera gradual, voy dando cabida en mi consciencia y sucesivamente en mi alma a la realidad y con esto doy en aceptar incluso a mí mismo. De donde se desprende que al despertarme no quiero a nadie, lo que no significa, ni tampoco descarta, que pasado este lapso que digo, acabe queriendo a alguien, lo que ya es casi quererme a mí; pero esta no es la regla, y en este sentido no hay que hacerse alegres ilusiones. Si al despertarme no quiero a nadie, pudiera ser que los odie a todos, o que, en todo caso, me halle a un tris de ello. Esto me lleva sin remedio a pensar en el llanto de los bebés, de quienes se habrá notado que lloran mucho más a menudo que los adultos, lo que denuncia un precoz e instintivo rechazo a la existencia. También lloran al despertarse, lo que a mí tácita —aunque es de temer que se haga explícitamente— no se me permite, ¡no se me permite! Tengo sobradas razones para afirmar que los  adultos encontrarían inaceptable que cada mañana me despierte llorando a grito pelado mi condena a hallarme entre los vivos. Esto me coloca en desventaja respecto de los bebés y a este privilegio que sobre mí se les concede atribuyo esa sonrisa fácil y ese impúdico encanto suyos con que me superan, dado que les está permitido berrear cuanto quieren, aligerándose así de la carga de odio que la vida con espontaneidad genera y, una vez liberado el encono, sonríen de manera estúpida y sus rostros se iluminan con ese llamado encanto angelical que los simples encuentran irresistible, al punto que se desea besarlos. Por otro lado (y esto parece emparejar las cargas, traer a mi resentimiento y envidia algún consuelo) no es raro que igual cuando están berreando de lo lindo los adultos se sientan abusados y experimenten sentimientos hostiles  hacia sus bebés llegando, a mi ver con razón, al extremo de desear estrellarlos contra el piso. Incluso sus propias madres, y más que nada ellas, llegan con no poca frecuencia a sucumbir a esta tentación. No puedo jactarme de haber incurrido en ello, en parte porque no conozco el compromiso de tener que soportarme bebés a mi lado, salvo cuando en algún sitio público, en el autobús, pongamos, por casualidad sus madres se me acercan más de lo deseable con ellos en brazos. Pero incluso yo, que casi los desconozco y que en todo caso procuro ignorarlos, sufro como cualquiera la impaciencia común ante este privilegio suyo de berrear cuando y donde se les viene en la maldita gana y aunque, como acabo de reconocerlo, nunca tuve la oportunidad de estrellarlos contra el suelo, nadie puede exigirme que declare con hipocresía no haberlo deseado no sólo una, sino acaso en múltiples ocasiones, porque me tomaré la libertad de confesar haber hecho algo que de seguro no promoverá el repudio de ningún entendimiento sensato. Y es que una vez —y concedo, ¡ay, que solo una!—, bien que los suspicaces no me crean, dejé caer en la sala de mi casa materna a mi sobrinito de seis meses de nacido contra las baldosas. Esto, de haber obedecido a mis impulsos, debí de haberlo hecho antes y siempre que se me presentara la oportunidad, lo que me habría reportado un poco más de tolerancia a su presencia en nuestra casa. El cráneo sonó apenas como un torpe coco verde, un decepcionante ruido obtuso que de ninguna manera satisfizo mis espectaculares expectativas; un golpe sordo que mi hermana, desde la cocina, no podría haber alcanzado a escuchar. De modo que resulta arbitrario de su parte venirme con esa áspera reprimenda, pretendiendo que lo había dejado caer adrede, por muy cierto que, en efecto, así haya sido, cosa que atribuyo más bien a la irritada respuesta de su bebé, que estalló ipso facto a llorar de manera tan estridente, aunque, cuando ella llegó volando a la sala, ya yo prestamente había izado al perverso del piso, a fin de disimular la razón de su escandalosa reacción y no delatarme, sin llegar por ello tampoco al extremo de sobarle la cholla para contentarlo, no falta más. Mi hermana me lo arrebató iracunda y consternada y, acaso por aquello del famoso instinto maternal, lo besaba, en lugar de dejarlo caer de nuevo como yo esperaba y aunque le sobaba afligida la cabeza, el condenado no paraba de chillar como si tuviera el cuerpecito enracimado de hormigas coloradas. Y así siguió berreando inconsolable hasta que se hartó de fastidiar, siendo cosa notable la manera en que se empecinaba el verraco en rechazar a manotazos cucharaditas de agua azucarada que la mísera madre intentaba hacerle tomar y daba en verdad coraje ver con qué insolencia el intransigente se resistía a dejarse zampar el pezón en la jeta. Yo no podía, indignado, más que pedirle a mi hermana que lo dejara que se jodiera hasta desgañitarse berreando, a lo que parece haberse debido esa formidable bofetada que intentó propinarme, lo que sin duda habría conseguido de no ser por el estorbo que acunaba entre sus brazos.    

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25

03

2014

elmagazin

¿Ha muerto Hitler?

Por: elmagazin

UKRAINE-RUSSIA-POLITICS-CRISIS-PROTEST Por Carmen Socorro Ariza-Olarte La imagen del dictador alemán sigue presente en la política actual: los fundamentalismos, exacerbados por el odio, son prueba de ello. Con la reciente anexión de Crimea a Rusia, es visible que las grandes naciones aún desean, con el mismo fervor de las guerras mundiales, más poder. Si esa pregunta me la hubiesen hecho cuando estaba adolescente y aprendía historia, geografía, filosofía y civismo, sin lugar a dudas hubiese dicho que sí, a raja tabla. Por entonces nombrar a Hitler era casi peor que nombrar al Diablo. Tan tabú era todo lo relacionado con él y con el nazismo que yo, a pesar de las lecciones de historia universal, no tenía ni idea de qué significaba la esvástica nazi. Así, un raro día, siendo una adolescente de 13 años, la pinté en mi cuaderno de notas junto a la cruz de la paz y algunas florecitas roqueras de Angelita, la novia de Gonzalo Arango –el padre del nadaísmo-, como si todos esos símbolos fuesen lo mismo. Fue entonces cuando mi compañera de clase y amiga judía, Janet, luego de preguntarme por qué había pintado la esvástica en mi cuaderno y escuchar mi tonta respuesta, me contó todo lo siniestro que se encierra detrás del símbolo, y además me invitó a almorzar a su casa, adonde conocí a su padre: un caballero judío que logró sobrevivir a los campos de concentración. Esta es una de las razones por las que a pesar de no saber desde hace muchos años nada de mi amiga Janet, la recuerdo siempre y la llevo grabadita en mi corazón de niña inocente, o sea: adolescente.  Desde aquel día, para no volver a pecar por ignorante, me dediqué a leer y aprender todo sobre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, la pregunta nos la ha hecho una chica de trece años cuando que nos escuchó a su madre y a mí hablando sobre las conmemoraciones anuales de la terminación de la Segunda Guerra Mundial, en un momento en que, sin lugar a dudas, estamos en el arco del triunfo de una nueva guerra que ya no será ni fría, ni tibia, ni caliente, sino simplemente una guerra más de las tantas que nos acechan a diario. Una guerra sin fin, pues cuando se ha leído la historia es fácil darse cuenta de que es solo la vuelta de hoja a un conflicto que por nunca haber sido solucionado se ha ido haciendo eterno: en esta misma región han estallado, una y otra vez, los grandes conflictos de Occidente. Y vaya que la pregunta nos ha sacudido, no podía venir más al caso. ¿Cómo se puede conmemorar el fin de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y recordar a sus víctimas y héroes, sin mentar a Hitler? Misión imposible: vaya que el bastardo se las ha ingeniado para hacerse presente a diario; ya sea a través de los medios o de los comentarios sueltos de la gente o de las modas o del cine, o de esto, o de aquello; Hitler se nos aparece hasta en la sopa, ha dicho Eva. Aquí no más tengo los diarios de la semana comprendida entre el domingo 9 y el domingo 16 de marzo del 2014, y empezando por las dos páginas completas que hablan sobre la situación en Ucrania y las lágrimas de, y por, Crimea, enmarcadas con una serie de foto-afiches en las que aparece Putin convertido en Hitler, hasta llegar a la demagogia política que en el arco del triunfo de toda elección suele venir acompañada por las inflamatorias comparaciones que se hacen de éste o aquel político con… Hitler (en este caso el candidato de la ultraderecha en Holanda), todos los días se encuentran artículos periodísticos, publicitarios, académicos, etc., hablando sobre… Hitler y/o comparando a alguno de los duros con él. Hasta la señora Merkel ha andado por ahí con bigote hitleriano por negarse a las exigencias de España; para no hablar de la cantidad de literatura y películas —casi todas financiadas o promovidas por los mismos judíos— que a diario invaden nuestras pantallas y, una y otra vez, con una u otra perspectiva, cuentan el cuento de… Hitler. Así pues, la pregunta de la chica adolescente es válida: ¿ha muerto Hitler? Y ahora, perdida ya la inocencia, la respuesta es no. Está más vivo que nunca. Basta con ver el panorama internacional y todo lo que sucede para saber que son las prácticas nazis las que nos dominan, y que precisamente por eso Hitler aparece en todo momento y en todo caso, como si fuese espada y escudo, héroe o villano. Ayer fueron los moros y los cristianos, más tarde los alemanes y los judíos, luego los judíos y los palestinos, y hoy por hoy los mismos con las mismas más los musulmanes, los gringos y los asiáticos. Que la cosa no acaba de acabarse para comenzar de nuevo, y lo que abundan son los piqueteaderos de la mala ventura. Empeñada en entender qué es lo que ha pasado en estos años recuerdo también que en la Alemania dividida por el muro de Berlín —una mala representación del arco del triunfo—, en casa de mis amigos alemanes era tabú hablar o mentar a Hitler, y toda la literatura nazi era prohibida. Y ahora no me he llevado acaso una gran sorpresa cuando al venir a vivir a Holanda no solo me encontré con las interminables celebraciones que se hacen a lo largo del año en conmemoración de las dos grandes guerras mundiales, mientras que, más allá de ellas,  lo que me ha tocado ver, vivir y respirar ha estado todo contaminado con las ideas nacionalistas y fascistas. Por eso me repito la pregunta de la adolescente, ¿ha muerto Hitler? Y la respuesta, apenas busco con la mirada una luz o una pista, es no: está más vivo que nunca, nos ronda por todo lado. Lo interesante de que la historia vuelva a repetirse es que las preguntas que me hacía cuando empecé a despabilarme sobre cómo y por qué fue posible que sucedieran cosas tan terribles sin que nadie hubiera hecho nada, ahora empiezan a encontrar sus respuestas: aquí he estado yo, como la gran mayoría, presenciando los hechos; se registran en Kosovo, Iraq, Afganistán, Ucrania o en la oscura Corea del Norte, sin poder hacer ni decir nada. Además, he empezado a darme cuenta ya desde hace unos años que como pasó entonces, ahora también todos vamos tomando partido: muchos abiertamente, ya sea por convicción, necesidad o simple amor a la patria, van por Putin; otros, sin atreverse a decir nada abiertamente, escudados bajo el lema de la diplomacia internacional y lo políticamente correcto, también se inclinan ante él por aquello de que los intereses económicos que están de por medio son muchos. Gas, gas, gas, para solo hablar de los intereses que pesan tanto o más que el plomo o el uranio. Otros nos inclinamos por Ucrania, ¿pero existe realmente una Ucrania? Yo no sé. ¿Y qué les diremos a nuestros nietos el día en que nos pregunten qué hicimos cuando estalló el conflicto? ¿O que les dirán a sus nietos los cientos de rusos que apoyan a Putin? ¿Sentirán vergüenza, como sé que la sintieron la gran mayoría de los alemanes que inocentes y con amor patrio levantaron la mano ante Hitler? ¿Y si es cierto que el sueño de Putin es llevar a cabo, esta vez con éxito, el sueño de Hitler —no ya la gran Alemania, pero sí la gran Rusia—, será igual o peor el Holocausto? Ya los pobres tártaros que viven en Crimea están temblando, a sabiendas de lo que les espera. ¡Qué barbaridad! Sí que tengo preguntas sin respuestas. ¡Qué barbaridad! ¡Sí, con o sin Hitler, somos bárbaros —ha dicho Eva! Y yo, mirando para otro lado, por casualidad, he puesto mis ojos en la novela de Coetzee, Waiting for the Barbarians (Esperando a los bárbaros), y entonces he decidido contar este episodio, no sin algo de mieditis; y es que como están las cosas nunca se sabe a dónde irán a parar las cacerías de brujas, porque en su mapa de la gran Alemania, Hitler tenía incluida a Sur América, y basta ver a Venezuela y Nicaragua para saber que la gran Rusia ya ha empezado a alimentar sus caballitos de batalla en la región.

Categoria: Desahogo, Historia

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17

02

2014

elmagazin

Plushenko y las trampas del poder

Por: elmagazin

Plushenko foto Carmen Socorro Ariza-Olarte

Categoria: Desahogo

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04

02

2014

elmagazin

El Dilema de PISA

Por: elmagazin

salon de clase

Carmen Socorro Ariza-Olarte  A propósito del editorial de EE del sábado 2-02-2014, “La prioridad: los maestros”.

Categoria: Desahogo

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16

01

2014

elmagazin

La pastorcita mentirosa

Por: elmagazin

maría luisa piraquive fotoCarmen Socorro Ariza-Olarte En honor más que de los niños y personas DIZ-QUÉ ‘discapacitadas’ que conozco, y me tocan directamente, en el de sus padres; quienes precisamente por tener hijos con algún problema fisiológico –más evidente que el de la Señora Piraquive, pues no nos digamos mentiras, los problemas psíquicos y mentales no son evidentes ni fáciles de detectar– terminan por convertirse, o bien a alguno de los milenarios credos o, a más no poder, a alguno de los recién inventados, dejándose embaucar por cualquiera de los cientos de habladores de mierda que a diario aparecen en nuestros oscuros escenarios públicos o, mejor decir, plazas político-religiosas, para aprovecharse precisamente del dolor y la desesperación de un pueblo sin más esperanza que la que le brindan los credos y sus pastorcitos mentirosos.
Por ellos, tocada en lo más profundo de mi ser y obligada precisamente por mi propia espiritualidad, la cual es un asunto tan privado que ni siquiera tiene nombre ni Dios ni menos, falsos maestros o pastorcitas mentirosas, me hago cruces tratando de poner a considerable distancia a aquellos que ya no escudados bajo la esvástica nazi, pero sí en partidos políticos financiados por bien camufladas organizaciones internacionales, u ONG’S, pretenden difuminar su credo para continuar así con las prácticas fascistas escondidas bajo la bandera de una dizque Iglesia Internacional buscadora de talentosos niños que bien uniformaditos con bermuda, corbata y saquito inglés dan muestra de una gran disciplina y se parecen mucho a los niños esos que jugaban en los grandes kindergarten del Tercer Reich. Y, para aquellos que no sepan o no conozcan el papel de este tipo de organizaciones en la expansión del credo nazi, los invito a consultar en las bibliotecas virtuales y demás… Y, ya para terminar, sí que es verdad que en el fin de los tiempos serán muchos los falsos profetas o, mejor decir, las pastorcitas mentirosas. Así que, para nuestra Fortuna, pareciera que se nos acerca el fin del Oscurantismo y de su séquito de inquisidores y pastores, pues por fin el pueblo parece estar sacudiéndose la ruana y cayendo en cuenta de lo engañado que lo han mal mantenido.
Un beso a mi Pamela, a mi David, a Juan Carlos y a todos los que han perdido sus miembros luchando por cuidarle el rabo a los habladores de… ¡paja!

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09

01

2014

elmagazin

La ciudad en que vivimos está podrida

Por: elmagazin

Chapinero Lourdes Érika Martínez Cuervo Hoy regresé a mi apartamento luego de pasar unos días en casa de mis padres. Mi portera no estaba. Cerré la puerta del edificio y encontré una nota que decía: “Emilia está ausente porque su hijo murió esta mañana”. Quedé fría y me invadió una honda tristeza. Mi portera ha sido el ser humano más amable y servicial durante los dos años que llevo viviendo en este edificio de Chapinero, es la única persona que me saluda de manera cordial y que me da una mano cuando necesito algo. A veces cuando salgo a trabajar y le gusta la pinta que llevo puesta me expresa de la manera más dulce y sincera: “cómo está de elegante Sta. Erika” (…)
Hoy quería darle un abrazo de Felices pascuas y preguntarle cómo la había pasado en nochebuena, pero no pude porque unos desgraciados que atracaron a su hijo decidieron quitarle la vida. Quedé pasmada, no sé qué pensar (…) estoy harta de esta ciudad de porquería donde a diario escucho de situaciones parecidas. No soy una mujer paranoica, me muevo por las calles todos los días, pero confieso que a veces siento miedo y logro comprender por qué los padres se angustian por sus hijos cuando salen por ahí a divertirse o a trabajar. Escribo esto porque me duele, porque Emilia es una trabajadora impecable y alegre, que me regala una sonrisa todos los días.
La semana pasada se fue la luz en el sector y como es temporada de vacaciones la subida por la Javeriana para llegar al edificio se torna peligrosa, su hijo –ese que hoy ya no está con nosotros– bajó por mí a la esquina de la cuadra para protegerme y luego con una linterna me acompañó hasta que abrí la puerta de mi apartamento, me dio las buenas noches y se despidió con mucha educación. No le pude ver a los ojos para darle las gracias y ya no se los voy a poder ver nunca.

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16

12

2013

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Más allá de las tinieblas

Por: elmagazin

Inferno-canto-32-
Andrés Felipe Sanabria

Categoria: Desahogo

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13

12

2013

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Entre el Monstruo y el Fenómeno…

Por: elmagazin

procurador

 

Carmen Socorro Ariza-Olarte

… Yo, como los budistas, escojo el Milagro y dejo atrás toda afrenta.

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02

12

2013

elmagazin

¡Eh, viva! o una pequeña historia de las alegrías

Por: elmagazin

 

Josefina Carroll

A veces pasa que la alegría llega con su gran caderón, meneándolo de un lado a otro: alegría, cocada, enyucado… La alegría llega negra, con ese vozarrón, arrastrando las chancletas y como siempre con todo ese sabor a pelotita de crispetas, apretadas y endulzadas con panela. Llega sí, a las calurosas calles de Barranquilla a eso de las tres, la ventana de mi casa da justo a la calle y la escucho cuando me llama; tengo los quinientos cincuenta pesos que me cuesta la alegría y parece que hasta la puedo comprar, todos corremos y la rodeamos: no, ¡esta, esta! Y parecemos niños gritando…Decía que nos llega la alegría así, de pronto con ese olor a dulce y nos la comemos. Se desmorona en la boca como pasa a veces con las alegrías.

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25

11

2013

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Hipócritas

Por: elmagazin

Leo Castillo
Nuestro pretendido amor por los animales: pues no hay tal. Las malditas amas de casa llorando por la pérdida de su mascota, son tan melodramáticas en esto tanto como en lo atinente a su falso amor por sus esposos. Todos sabemos que lo que se baraja no es sino el balance viable de una empresa familiar. Que eso es un hogar, digámoslo por fin: una microempresa. Y la mujer lleva el libro de cuentas. De modo, Fulanito de Tal, que no te libres a tantas cábalas y suspicacias. El asunto es esencialmente económico, y si no eres rentable, pues no quedan sino dos opciones a tu yugo: aguantar cachos, o ver subastado al mejor postor el destino de tus sueños (los viejo ya acuñaron el adagio “cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por a ventana.) Pero de cachones revienta el mundo, de modo que no te habrás de sentir particularmente señalado por el infortunio, ni resbalar en ninguna vulgar y poco viril susceptibilidad. Acepta que tu mujer se vaya con otro y tú, con tus desmirriados recursos, pégate a la primera que pique. O vive como san Pablo, que pues fíjate cuánto y durante tanto le rinde su celibato a muchos. Sacrifícate también tú en aras de la salvación de la humanidad o de cualquier otra causa irracional y desde luego ilusoria.

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