BLOGS Cultura

Archivo de Categoría ‘De fondo’

06

09

2014

elmagazin

Un atardecer con Palenque

Por: elmagazin

palen Camila Builes Llevaba mucho tiempo pensando en huir.  Quizá toda su vida imaginó la libertad como meta única de la existencia o tal vez solo de un arrebato le dio un día por pensar en que todo podría cambiar.  De pronto una mañana, cansado de los azotes, del sol inclemente, del hambre, de las humillaciones; una mañana, cansado de la vida muerta que llevaba, quiso empezar a vivir de otra manera.

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22

08

2014

elmagazin

La odisea del rencor

Por: elmagazin

Hace 56 años, Emil Michel Cioran publicó uno de sus libros más impactantes, Breviario de podredumbre. Escritor sensato, claro y escéptico fallecido en 1995, su obra se ha convertido en una referencia de culto.

Fernando Araújo Vélez

Quienes lo conocieron, aquellos que le escribieron suplicantes cartas a su departamento en la calle Odeón, en pleno centro de París, para que los recibiera, dijeron luego que el mayor de los secretos guardados por Emil Michel Cioran era su extrema amabilidad. Era cálido, sostuvieron. Sonreía, y así, sonriente, decía cosas como “Todo pensamiento nos debe llevar a la ruina de una sonrisa”, o “Mi misión es matar el tiempo, la suya, matarme a mí. Se está perfectamente a gusto entre asesinos”. Cuando Ernesto Sábato habló con él, a finales de 1989, escribió que “contrariamente a lo que muchos presuponen y a lo que yo mismo pensaba, me sorprendió aquel hombre amable, menudo y apesadumbrado, predicador de un nihilismo que no coincidía con él. Más bien era un gran pesimista, por momentos subyugado por un otro, escéptico y descreído. Pero siempre con una sonrisa. En ningún momento un huraño indiferente, por el contrario, uno de esos hombres solidarios con la ‘desventurada muchedumbre’, como dijera Mallarmé, en búsqueda de alguien que exprese su desazón y su tormento. Quizá podamos referir a él la frase de Strimberg: ‘No detesto a los hombres, tengo miedo de ellos’ ”.

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25

07

2014

elmagazin

Viaje a la educación del siglo XVIII

Por: elmagazin

alva y a Fray Pedro de Alva y Astorga. Pertenece a los Franciscanos Menores. O.F.M. Convento de la Purificación de Bogotá, Provincia de la Santa Fe, Colombia.  

foto general Retrato de Defensa de Tesis de José Antonio Zelis. Joaquín Gutiérrez, Atribuido. Óleo sobre tela. Siglo XVIII-1759. Museo de Arte Colonial, Bogotá  

Juana Salamanca Uribe

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20

05

2014

elmagazin

El fraude de Padilla

Por: elmagazin

 
 Fernando Araújo Vélez
 

Disparos al aire, borrachos en la calle, amenazas, insultos. La única comisión enviada desde Bogotá a Riohacha para verificar si eran ciertos los rumores de un fraude electoral fue recibida por los guajiros con violencia. La orden, impartida desde arriba, era hostigar al magistrado Juan B. Cormane, a su oficial mayor y a un escribiente. El objetivo era que no supieran la verdad de lo que había ocurrido los días 1º y 2 de febrero de 1904. O lo que no había ocurrido y algunos hicieron que ocurriera en documentos alterados. El nombre del futuro presidente de Colombia estaba en juego y, con él, decenas de negocios, de nombramientos y prebendas, de entuertos y favores.

La última parte de la historia había comenzado a desarrollarse en diciembre de 1903, cuando el pueblo eligió a sus electores, según el sistema de la época. Los electores debían reunirse en Riohacha el 1º y el 2 de febrero para votar por presidente y vicepresidente. Si no lo hacían, las elecciones tendrían que ser declaradas nulas. Según variados testimonios de diversos personajes, la Asamblea Electoral de la intendencia de La Guajira jamás se reunió. Meses más tarde, 45 supuestos dignatarios declararían bajo juramento que la reunión sí se había celebrado, y que ellos habían firmado el acta a favor de Rafael Reyes y Ramón González Valencia.

Todo estuvo acomodado dentro de un guión que se fue escribiendo de acuerdo con las circunstancias. Los protagonistas de excepción eran Rafael Reyes y Joaquín Fernando Vélez Villamil. Uno, general de generales, vencedor de la batalla de Enciso, protagonista de las últimas guerras políticas del siglo XIX, empresario y uno de los primeros exploradores del caucho en las selvas colombianas. El otro, también general, fue la mano de Rafael Núñez en el Vaticano y gobernador de Bolívar. Se había enfrentado al presidente José Manual Marroquín en el Congreso y, contra todo y todos, había prometido que les abriría un juicio a los responsables de la pérdida del estado de Panamá. Días antes de las elecciones definitivas, Vélez era el candidato más opcionado para llegar a la presidencia de la República. Incluso, el general Juan Manuel Iguarán, intendente de La Guajira y uno de los hombres claves en la historia del fraude, había recibido órdenes superiores del Partido Conservador para que le creara un ambiente favorable a Vélez con el fin de que fuera el presidente de Colombia en 1904.

Sin embargo, viejas rencillas e intereses de último momento torcieron el rumbo de la historia. Poco antes de que se encontraran los delegatarios para votar, llegaron desde Bogotá instrucciones de parte del gobierno de José Manuel Marroquín para que el elegido fuera Reyes. El documento estaba firmado por Lorenzo Marroquín. Juan Manuel Iguarán y el gobernador del Magdalena, Vergara Barros, acataron la orden, fuera como fuera, y planearon el fraude. Ellos dos, por posibles nombramientos, y otros personajes de la más alta alcurnia, por diversas razones, fraguaron la conspiración. Lo cierto es que días después de la votación que jamás se hizo aparecieron las actas, debidamente firmadas, con 18 votos más de lo que correspondía, con los nombres de los ganadores en blanco: el Acta de Padilla.

Algunos testimonios recogidos por Adelina Covo para su libro El chocorazo, el fraude de Reyes en 1904 (Editorial Ibáñez) daban fe de ello. “Del 7 al 11 de febrero, Ismael Noguera Conde se encontraba en Santa Marta cuando el general Juan Manuel Iguarán le mostró los ya muy famosos pliegos electorales. Cuando le correspondió declarar en el proceso, también afirmó, que si bien era cierto que los documentos estaban firmados por los electores, el espacio de los candidatos, por quienes se había votado, estaba en blanco. Sorprendido, Noguera preguntó a Iguarán la razón de esto, lo que el general había justificado diciendo que se había puesto de acuerdo con los electores de Riohacha y habían decidido mandar los pliegos para Santa Marta, de manera que allá pusieran los nombres de los candidatos que se debían elegir, porque al no haber telégrafo en el pueblo, no habían podido recibir ninguna instrucción del gobierno de Bogotá sobre por quién debían votar”.

La instrucción se dilató por órdenes y contraórdenes de encumbrados personajes. Marroquín temía que si Vélez era presidente le abriera un juicio por la pérdida de Panamá. Su hijo, Lorenzo, guardaba viejos rencores contra el general por un altercado que sostuvo con él cuando lo expulsó de la delegación colombiana ante la Santa Sede. Lorenzo Marroquín les había pedido dinero a unas señoras a cambio de una entrevista con el papa León XIII. Vélez era el embajador en el Vaticano. Cuando se enteró del suceso, lo obligó a renunciar. En Cartagena, sus propios sobrinos, Carlos y Fernando Vélez Daníes, habían emprendido una campaña contra su candidatura, pues siendo gobernador de Bolívar había gravado sus negocios de ganado con altos impuestos. No permitirían que lo hiciera de nuevo.

Los Vélez apoyaron a Rafael Reyes, incluso en público, como lo demostró un telegrama firmado por Carlos Vélez Daníes, publicado en el periódico El Porvenir de Cartagena, que decía: “Su telegrama del día 8 es todo un programa: menos política y más administración; es decir, ya basta de latines y de idealismos, y ocupémonos en desarrollar nuestras grandes riquezas. Agricultura, inmigración, caminos, trabajo, paz y concordia, es lo que pide Colombia, y lo que sus viejos amigos esperan de usted”. En su libro sobre el fraude, Adelina Covo incluyó una nota a pie de página sobre la formación del departamento del Atlántico según el historiador Jaime Coplas, que aclaraba con nombres y lugares lo que posiblemente había ocurrido: “La falsificación del registro de la provincia de Padilla (actual departamento de La Guajira), se fraguó en el Hotel Colombia de Barranquilla, entre el general Marceliano Vargas, Diego A. de Castro, José Francisco Insignares Sierra y Juan Manuel Iguarán, un cacique, quien sirvió de instrumento a un acto, cuya original inspiración salió de los hermanos Vélez Daníes que buscaban terminar con el autocrático control político de Joaquín F. Vélez (su pariente), que se empeñaba en mantener sobre el ‘Bolívar grande’”. La cita de Colpas había surgido de una obra sobre la actividad comercial de Cartagena escrita por Jorge Restrepo y Manuel Rodríguez.

Al final, la historia fue escrita por los vencedores. Reyes fue presidente y el Consejo Electoral, basado en su libre interpretación de la ley, desechó las pruebas de quienes intentaron impugnar la validez de la elección. En uno de los tantos absurdos de aquellos sucesos, la ley exigía, como lo anotaba Covo, que la nulidad se demandara dentro de los diez días siguientes a la Asamblea, pero la Asamblea jamás se había reunido. Si había pruebas de ello, fueron fácilmente desechadas por jueces que eran nombrados por los beneficiados de la conspiración. La comisión que fue recibida con tiros al aire en Riohacha no pudo realizar la investigación que pretendía. El perdedor falleció dos años más tarde de su derrota. Con su muerte se sepultaron decenas de documentos y, lo más importante, su testimonio. Los vencedores hicieron sus negocios, se tomaron fotografías y se dejaron ver en reuniones y mitines, alabándose unos a otros. Con el poder político, gracias a él y por él, manejaron los asuntos del país a su antojo.

Foto: World Vital Records y Archivo

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05

05

2014

elmagazin

La cogorza literaria

Por: elmagazin

 joyce  

Luis García

Hay una escena emblemática, casi una iluminación al estilo de un satori,  que cuenta Raymond Carver en una entrevista a The Paris Review. Él y John Cheever, el escritor considerado el Chejov americano por la contención de su prosa, habían sido  invitados a dictar un taller de literatura en la universidad de Iowa en el otoño del año 1973.  Serían apenas las ocho de la mañana, y las licorerías en el estado de Iowa no abren sus puertas sino hasta las diez. En algunos otros estados de la unión americana, incluso es prohibido vender licor los días domingos, así que todo bebedor que se respete lo primero que hace el sábado es dotarse de una buena provisión de botellas de whisky o sus sucedáneos: ginebra, vodka, bourbon, coñac, ron, etc. El horizonte de un domingo sin alcohol en más de un escritor es insoportable.  Carver cuenta que encontró a Cheever dando vueltas en el vestíbulo del hotel donde se alojaban. Andaba en pantuflas y había olvidado colocarse los calcetines. La noche anterior habían tenido una curda de padre y señor nuestro. Durante esa estadía en Iowa -cuenta Carver- Cheever y yo no habíamos hecho otra cosa sino beber, y hacíamos frecuentes viajes a la licorería para abastecernos.  De modo que cuando bajó de su habitación esa mañana, Carver  notó que su amigo estaba completamente desesperado, dando vueltas en el lobby como un caballo atado a una noria porque todavía faltaban dos horas para que abrieran la licorería. Cumplido ese tiempo, interminable para ambos,  los dos se largaron de inmediato en busca de la codiciada provisión. El empleado del establecimiento apenas estaba abriendo la reja metálica cuando Cheever -sin esperar que Carver parqueara del todo el carro-, saltó del vehículo y entró a la licorería.  En esos momentos, tanto para él como para Cheveer, las cosas habían tomado un rumbo de precipicio.  Si, como dice Deleuze-Guatarri- que la literatura hace saltar los resortes de lo literario –dos cosas totalmente distintas- se puede reconocer el tufo del alcohol en la prosa de un escritor. Hay personajes tan bebedores que de seguir su ritmo, se puede fácilmente caer fulminado por la intoxicación etílica. Tomatis, el protagonista de Lo Imborrable, la entrañable novela de Juan José Saer, duró meses encerrado en su casa, viendo televisión, con la botella en la mano.  Estaba sumido en una crisis existencial, de esas en las que solo se daba cuenta de que “no ocurre nada en el presente, nada que no sea el presente”.  En la novela el personaje emerge de ese ostracismo para al final, tras vencer por semanas la tentación etílica, volver a recaer. La novela finaliza con un diálogo entre Alfonso y Tomatis: -¿Qué le pido? –dice Alfonso. -¿Un agua mineral? -No –le digo con lentitud, habiendo pensado bien mi decisión. –Algo un poco más fuerte. Resulta, por otra parte, fastidioso hacer una lista por orden alfabético  de escritores beodos: sería una enumeración larga y aburrida. En la B Baudelaire. No olvidar, por favor, colocar  en la P a Pessoa. ¿Terminaría la lista con Scott Fitzgerald? ¿Y dónde ubicar a John Steinbeck?  A propósito de Scott Fitzgerald, está su hermoso cuento Regreso a Babilonia. Charlie, el personaje principal del cuento, ha perdido la custodia de su hija por alcohólico. Finalmente consigue un trabajo en Praga, rehace su vida y regresa a Paris, sobrio desde luego, para recuperarla.  Está haciendo todo lo posible para lograrlo, probar que es un padre responsable, cuando de nuevo… el alcohol  se interpone en su camino y lo arruina todo. Pero si hay un artífice consumado, que hizo del alcohol no solo un tema literario sino una representación de su propia vida, ese fue Charles Bukowsky. No hay foto del poeta en la que no aparezca empinando una botella –y si no no aparece con la botella- es probable que ésta  ya venga en camino. Su cara de jamelgo trasnochado, sus párpados acentuados, el desaliño de su barba -adherida como a brochazos de engrudo a unas mejillas tan rocosas como la superficie lunar-, sus ojos saltones, su risa espectral,  es la iconicidad misma del borracho.  Hemingway tuvo, por prescripción médica, que en Cuba personalizar su daiquiri. “Soy alcohólico” comienza la archifamosa frase de Truman Capote. Y desde aquellos versos de Omar Khayam, bebe, Khayam, bebe que quizá mañana la luna te busque inútilmente, hasta los gimlet que Philip Marlowe consumía a la velocidad con que la que un deportista bebe botellitas de agua, el alcohol siempre ha estado presente en la literatura. No es que escribir bajo el influjo del alcohol sea un garante de calidad literaria, ni más faltaba; o que el alcohol sea la supuesta musa que contribuya a redimir los demonios que atormentan la mente del escritor. Nada más irresponsable que una afirmación de tal calibre. En tal sentido,  hay que desmontar esa mitología de que la bebida y la literatura tienen un matrimonio productivo, de que empinar el codo y escribir son actividades gemelas, aunque no propiamente simultáneas. Se bebe después de escribir, nunca antes.  Casi todo lo contrario a cuando se hace el amor, donde casi siempre el alcohol es el preludio de la anhelada caricia. Pero, por otra parte, escribir bajo los efectos de una perpetua sobriedad resulta un poco sospechoso. Si se cuentan los premios Nobel de Literatura, casi la mayoría han sido beodos. Porque nada hay tan incongruente como un escritor deportista, amigo del fitness, vegano, que hace yoga, y para colmo de males, abstemio. Se me podrá señalar a Coetzee, pero esa es la excepción que confirma la regla.  El alcohol mató a Poe y a Dylan Thomas y a tantos otros más. Y mató también a Malcolm Lowry junto con el ex cónsul inglés  Geoffrey Firmin, el personaje de su novela Bajo el volcán. Si en alguna obra se ha bebido todo el mezcal del mundo, es en esta novela de Lowry. De la vida, como de una cantina, no se puede salir sobrio, escribió el poeta Al Martínez.  Joyce era un bebedor consuetudinario. Estoy convencido de que no hubiera podido escribir el Ulysses si el lenguaje utilizado en la novela -muchas veces tabernario- no hubiera sido destilado en alcohol. Era irlandés, y no hay oxímoron más grande, que un irlandés abstemio. Quizá la metamorfosis que sufrió Gregor Samsa, eso de amanecer convertido en un monstruoso insecto, se pueda explicar, como creo que lo hizo Kingsley Amis, mediante un episodio de delirium tremens. O por lo menos, comprenderla como la brutal reseca del día siguiente tras una aguda borrachera.  Decían que Onetti, en sus últimos años, mientras leía una tras otra, montones de novelas policíacas, se había hecho instalar un dispositivo  –una suerte de biberón-que le llevaba el  vino a la boca sin tener que levantarse de la cama. Graham Greene bebía cantidades considerables de J&B, y se enorgullecía de tener en su estudio una colección de botellas de whisky en miniatura como si fuera su más preciado tesoro. Está el caso de un dramaturgo –Miguel Falquez-Certain- que dejó de beber cuando asistió a la representación de una de sus obras, “Una angustia se abre paso entre los huesos”, título tomado de unos versos del poeta Luis Cernuda, y se dio cuenta de que el personaje principal, un borracho de mala muerte, era él mismo. Ese fue su satori, la iluminación que le permitió dejar el alcohol y convertirse en un rehabilitado.  En este caso, fue su propia obra de dramaturgo la que lo alejó de la bebida y no viceversa. Un buen ejemplo de salvación, de poética salvación, por la literatura.  

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17

04

2014

elmagazin

El poder de Gabo

Por: elmagazin

carta magazin   Carta Esta historia se suma al debate abierto por el libro ‘Redentores’, de Enrique Krauze, en el que se acusa a G.G.M. de negligencia. Una exitosa mediación de García Márquez. José Gregorio Guerrero (*) Especial para El Espectador En enero del 80, la familia Peña Guerrero envía a Adalberto, el menor de los hijos, a estudiar Derecho en la Universidad Libre de Bogotá, una universidad de mucho prestigio para los costeños, ya que allí varios coterráneos brillan por su sabiduría y son dignos de imitar. En ese momento, la marimba es la forma más rápida y fácil de conseguir plata. Es entonces cuando al joven universitario le proponen ganarse unos pesos, y sin dudarlo da un sí irreversible: “¿Qué tengo que hacer?”, les pregunta Adalberto a los amigos samarios que le plantean la propuesta. “Pues, muy fácil, sólo tienes que ir a Santa Marta y allí te vas en un barco nuestro, full de marihuana, para los Yunay”. Adalberto emprende la travesía. Pasa el tiempo sin noticias de Adalberto. Es un misterio. Parece que el frío capitalino se lo hubiera tragado sin saborearlo aún. Pero como entre cielo y tierra no hay nada oculto y mucho menos en la creación vallenata, un pajarito sin alas ni pico le dice a la familia que Ada ha caído en el embarque de una familia de Santa Marta y está preso en Cuba. La noticia cae como caen los mangos sobre los tejados con las brisas de febrero. La familia Peña, en cabeza de su hermana Clara, inicia la construcción de un puente firme y directo para llegarle al comandante Fidel Castro. Clarita busca a Consuelo Araújo Noguera, amiga del futuro Nobel, para que ésta le dé las coordenadas para encontrarlo, ya que piensa enviarle una carta, y Gabo es muy amigo de Fidel. Pero le dice la Cacica: “Clari, es difícil que te conteste Gabo esa carta, porque él en medio de su sabiduría filantrópica es fregao”. A Clarita las palabras de la Cacica le entran por un oído y le salen por el otro. Inmediatamente le escribe una carta a Gabo. Se la escribe por escribírsela, porque la fe del perturbado es terca y majadera. En la carta le dice lo acontecido, con puntos y comas para mayor identificación, y manda señales escritas de dónde puede estar Adalberto. A los tres meses, una mañana cualquiera, suena el timbre de la casa Peña Guerrero. Gabo ha respondido a la carta de Clarita, diciéndole que aún no da con el paradero de Adalberto, pero que con toda seguridad seguirá buscándolo. Una mañana cubana de esas en que las faldas quieren salir volando como cometas sin rabo de las caderas de las bronceadas isleñas que caminan por Varadero, un guardián de la cárcel saca a Adalberto con 31 colombianos más, por orden directa de Fidel, y se los llevan a una casa en La Habana (por lo que me contaron, debe ser la de Fulgencio Batista). Allí los presos desayunan como gente, y entre miradas de duda y pánico esperan la orden para ser fusilados (al menos eso piensan ellos, inocentes de todo lo que hierve por dentro). De repente, un hombre canoso, de espesa bigotada, baja las escaleras vestido completamente de blanco y los mira a todos uno por uno, con una mirada tierna de padre molesto, y pregunta: “¿Quién es Adalberto, el hermano de Clarita Peña, el vallenato?”. Uno de los 32 grita: “¡Yooooooo!”. “Me la saludas y mañana temprano se van todos para Colombia. Soy Gabriel García Márquez, un colombiano más, jodido como ustedes pero con el peligro de escribir lo que vive para poder comer. Tomen esta platica para que les lleven regalos a sus hijos y sus esposas ¡Sinvergüenzas!”, les dice con cierta sonrisa pícara y de felicidad ajena. Ese mismo día, Clarita Peña recibe una llamada internacional: es Gabo, para preguntarle en qué lugar de Colombia quiere que le ponga a Adalberto. Clarita responde con los ojos en invierno: “Doctor García, me lo puede dejar desde Punta Gallina en La Guajira hasta Leticia en el Amazonas, donde mejor le parezca”. “Entonces, Clara, te lo envío a Bogotá”. Ella, con un nudo en la garganta, le pregunta: “Doctor, ¿qué le debo?”. Gabo guarda silencio por un segundo y después del sonido grato de una sonrisa le dice: “Claro que me debes algo. Yo lo único que quiero es un sancocho de tres carnes, con ron caña, música vallenata, y debajo de un palo de mango para yo hacer de las mías”. Clara le pregunta que para cuándo puede ser, y Gabo vuelve a guardar el segundo silencio, y suelta la misma carcajada inicial. “Cuando tu presidente me deje entrar nuevamente a Colombia” (se refiere a Turbay Ayala). Pasan más de dos años, cuando Clara vuelve a recibir una llamada internacional. “Clarita, soy yo, Gabo. No he olvidado tu deuda conmigo. Voy para este festival”. Clarita le pregunta cómo hacer para prepararle la invitación. “Háblate con Consuelo y ve al aeropuerto y lleva en la mano un ramo de rosas rojas con mariposas amarillas, para identificarte y poder saber que eres Clarita Peña y darte un fuerte abrazo”. Así fue. Clara va adonde Consuelo, pero la Cacica le dice que es casi imposible porque ya Gabo es Nobel y las invitaciones se le han aumentado. A Clara las palabras de Consuelo vuelven a transitarle el oído sin freno alguno. El día de la llegada del Nobel se va Clara para el aeropuerto con un inmenso ramo de rosas rojas, adornado con inmensas mariposas amarillas, en papel de celofán y se dirige a la escalera del avión. Primero asoma la cara Alfonso López, el Pollo, luego la barba de un hombre guardado en guayabera blanca (Juan Gossaín) y por último, Gabo, que se detiene un poco, observa el paisaje humano que rodea el avión, identifica a Clarita, y es él quien se acerca y la abraza. “Recógeme al mediodía en la casa de María Lourdes”. A las 12 en punto está Clara en la puerta de la casa de los Araújo Castro, y en medio de los escoltas logra colarse y encontrar a Gabo. En seguida él la aborda: “Clara, lo prometido es deuda, soy todo tuyo”. Sale sin escoltas, sin pedir permiso, se monta al pichirilo de Clarita y emprenden la marcha. Clara le advierte: “Doctor, yo vivo allá, al pie del río”. “No importa, dale que yo respondo. Lo que quiero es lo que te dije”. Cuando van llegando a la casa, ya todos los medios de comunicación están allí, y Mercedes, su esposa, Juan Gossaín y medio pueblo más. Gabo se come el sancocho a sus anchas. De la vecindad traen abanicos de todos los tamaños y marcas para bajar la temperatura de los cachacos que bailan sin cansancio. En ese momento el Nobel es del pueblo. Toma ron caña, el del comandante del buen sabor, y bajo una fronda de mango baila, ríe, goza junto a Mercedes y su séquito de amigos. Los acordeones se retuercen como quieren y son las tres horas más felices de ese viaje a Macondo, perdón, a Valledupar. Al fin y al cabo es lo mismo. El tiempo también baila por el reloj sin decir nada, y al terminar la parranda Mercedes mira a su marido a los ojos: “Gabo, 25 años después entiendo por qué tú eres así”. ——————————————————
(*) Colaborador.

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17

04

2014

elmagazin

García Márquez y Vargas Llosa… Dos dedicatorias y un rencor

Por: elmagazin

historia de un deicidio Fernando Araújo Vélez * Tenía que ser, como fue, uno de esos periodistas curiosos, coleccionista de objetos fútiles, firmas, palabras y fotografías, quien hubiera abierto la puerta de un antiquísimo, profundo e irremediable conflicto entre dos inmortales por una simple y sencilla dedicatoria. El tipo, peruano, casi 30 años por aquellos tiempos, acucioso y nervioso, se matriculó en los cursos de Nuevo Periodismo de Cartagena porque le habían informado que uno de los días de talleres, en algún momento, aparecería Gabriel García Márquez para hablar con los alumnos. Ahorró. Llenó miles de formularios. Se leyó de arriba abajo una de sus ediciones de Historia de un Deicidio, de Mario Vargas Llosa, y anotó en sus cuadernos hasta la más mínima de sus observaciones.El día antes de su viaje empacó ropa, unos cuantos libros, una grabadora y varias cajitas de pilas. Dejó a un lado “su” original de García Márquez Historia de un Deicidio para guardarlo y resguardarlo a la mañana siguiente y repasó su dedicatoria. Se la había pedido a Mario Varas Llosa casi con piedad, temeroso de que los viejos recuerdos atacaran al escritor y el rencor lo llevara a algún gesto desmedido. Sabía, como casi todos los habitantes del mundo literario, como Carmen Balcells y Tomás Eloy Martínez, por ejemplo, que el autor de El deicidio no quería saber nada más en su vida de Gabriel García Márquez. Frunciría el ceño ante su petición. Miraría lejos, muy atrás. Todo eso ocurrió, pero al final, entre displicente y vengativo, Vargas Llosa le firmó el libro. Escribió algo así como Por una mistad que nunca más será, y puso su nombre. El Periodista fue feliz por un día o algo más. Luego, dijo, diría en una noche de tragos en Cartagena, sus amigos lo convencieron de que consiguiera la dedicatoria-respuesta de García Márquez y el libro pasó de ser un tesoro a una obsesión. De sonrisa a pesadilla. En mil noches de insomnio leyó la historia del distanciamiento, con sus infinitas versiones. Que Vargas Llosa se había ido con una amante azafata a Suecia y su esposa, Patricia, se había quedado en Barcelona con García Márquez, quien le sugirió que se divorciara. Que no había sido a Suecia sino a Perú. Que García Márquez la había intentado seducir. Que después, muchos años después, Vargas Llosa le dio un puñetazo en el aeropuerto de Ciudad de México. Que no, que el golpe había sido en un cine mientras veían un filme sobre los sobrevivientes de Los Andes, y que fue Elena Poniatowska quien curó a la víctima con un pedazo de carne cruda. Pasado el tiempo, Vargas Llosa mandó a recoger todas las ediciones que había regadas por ahí de su Deicidio, una tesis doctoral en la que analizó Cien años de soledad con sus estructuras, demonios y dioses. Denominó entonces a su autor como “El Amadís de América”. García Márquez, por su parte, dijo de Vargas Llosa que era “el último caballero andante de la literatura”. Se habían conocido en Caracas a mediados del año de 1967, cuando uno fue a presentar su obra más célebre, y el otro, a recibir el premio Rómulo Gallegos . En el 71, Vargas Llosa lanzó su libro. En el 76 se hablaron por última vez. Por ello, cuando García Márquez leyó la dedicatoria que Vargas Llosa le escribió al periodista peruano, tomó una pluma y anotó debajo algo así como “totalmente de acuerdo”. ———————————————————————————————- (*) Periodista, escritor y editor de El Magazín online. Tiene a su cargo la edición de los Lunes Festivos del periódico El Espectador.

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21

03

2014

elmagazin

La ancestral danza del cambio

Por: elmagazin

  Dervishes Una de las órdenes místico-religiosas más antiguas que sobreviven en el mundo trae al país su rito central, una oportunidad de comunicarse con las enseñanzas de un Maestro, casi milenario, que sobrevive al tiempo y el caos. David Otero Nieto [email protected] @lacostamalvada En la ciudad de Balj, actualmente tierra afgana, hace ya más de 800 años nació Mevlana Rumi, un hombre cuyas reflexiones en torno a la espiritualidad y la búsqueda del propio ser han trascendido el límite de las generaciones y permanecen vigentes en gran parte gracias a labor de sus descendientes y seguidores. En el caso de los primeros, se trata de un parentesco genealógico de remarcable antigüedad, una de las dinastías más longevas en la historia de la humanidad. El fallecimiento de Rumi en el año 1273 marcó un nuevo comienzo y un renacer de sus reflexiones, a partir de la fundación de la orden Mevleví por parte de su hijo y discípulo, que la historia daría a conocer como Sultán Veled, iniciador de una transición ilimitada que llega hasta nuestros días, herencia de padres a hijos, todos encargados de explorar y difundir el pensamiento de Mevlana, el Maestro. El árbol que une a sus descendientes es tan extenso como la expansión de su obra alrededor del mundo, convirtiéndose en uno de los poetas y pensadores más leídos en los Estados Unidos y llegando a la generación 22, representada por Faruk Handel Chelebi, el actual Chalabi Makam, figura encargada de presidir la orden hasta la escogencia de un nuevo predecesor, quien a su vez escoge a los Sheik, compañía, desde siglos atrás, para los herederos del Maestro. Los seguidores de Mevlana fueron denominados Derviches. Algunos de ellos adquieren el rotulo de Giróvagos, teniendo, como su nombre lo indica, la metáfora del giro como una constante para la comprensión del universo en su vastedad. El Sema, la ceremonia que practican ancestralmente los Derviches, declarada por la Unesco como patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad en el 2007, es un ritual de transformación en el que pululan los símbolos y las representaciones. Como cuenta el Sheik Gustavo Martínez, los giróvagos giran sobre su corazón así como la tierra gira sobre su eje, así como los planetas giran en torno al sol, así como las galaxias se mantienen en perpetua oscilación y, en un nivel inferior, los átomos de cada porción de materia existente permanecen en movimiento, el mismo movimiento que concientiza a los hombres sobre sí mismos, sobre el cambio y la liberación de las ataduras corpóreas. Esta libertad de lo material es otra gota en el mar de símbolos del Sema y adquiere su significación a partir de la indumentaria de los Giróvagos, cuyo vestuario representa los distintos elementos que distinguen al rito funerario: la tierra, la mortaja y la roca que en Oriente suele encerrar a los cuerpos en el sarcófago. Pese a esto, el festejo dista totalmente del ambiente fúnebre, no solo en cuanto a su atmósfera, sino también en lo que respecta a los significados, porque para Mevlana Rumi la muerte no es simplemente un punto final a la existencia humana, es más bien un nuevo comienzo, una ruptura de todas las estructuras que se ciernen sobre el hombre contemporáneo, su entorno caótico y la búsqueda egoísta, desde la perspectiva mevleví, del bienestar individual. La misma filosofía del Derviche marca su predisposición por la libertad del cuerpo. Martínez describe a este personaje como “una persona que trabaja fuertemente para romper su ego, para dejar de creer que somos algo, que sabemos algo, que poseemos algo, que somos diferentes, más o menos que los demás, porque el ego actúa hacia arriba o hacia abajo, negándote y afirmándote”. Los Derviches actúan bajo el manto del pensamiento sufí, una designación que identifica a distintos movimientos del Islam, preocupados por la exploración de la espiritualidad. Annemarie Schimmel, la académica alemana que dedicó su vida al estudio del pensamiento de Oriente, describió una vez al sufismo como una corriente difícil de caracterizar y definir “en forma correcta y universalmente válida”. La misma escritora, en un texto que dedica completamente al análisis del actuar y pensar sufí relata una anécdota en la que una estudiante, autoproclamada sufí, describía a los suyos diciendo: “(…) nosotros amamos todas las religiones. ¡Lo único importante es el amor!”. Estas palabras parecen haber sido confirmadas con siglos de antelación, escritas por la mano de Rumi y transmitidas por la orden mevleví, ya que fue el mismo Mevlana quien invitó, por medio de sus versos y su musicalidad, a las personas de todas las creencias a sumarse a la aventura del sufismo. La música, como lo describe el islamólogo y director del Institut d’Estudis Sufís, Halil Bárcena, es vital en el desarrollo del Sema. Bárcena además asegura que la filosofía del Maestro puede catalogarse como “una verdadera mística de la escucha”, porque para Rumi, escribe Bárcena, todo es Sema, “todo suena y todo danza al sonido de una misteriosa melodía interpretada en la distancia por un ejecutante invisible”. La ceremonia consta de cuatro momentos en su desarrollo, los cuales escenifican distintos espacios de la transformación humana interpretada por los Derviches, quienes giran y evocan a Dios. El ejecutante se encuentra limpio y puro en primera instancia cuando recorre el espacio girando en torno al maestro Sheik, que ocupa el tapete central del rito y busca acercarse a sí mismo; en un segundo pasaje el danzante tiene una aproximación al reconocimiento de su propia realidad; el tercer espacio del ritual constituye la búsqueda de lo divino  y en el cuarto se produce la completa negación del yo, porque el bailarín es ahora uno con la divinidad. Al terminar el Sema, narra Martínez, el Derviche vuelve a su condición humana, porque debe vivir “el tiempo que le toca”. Por vez primera en la extensa historia de los mevlevíes, el Sema podrá ser compartido con el público colombiano, siendo esta también la primera ocasión que se celebra en Sudamérica. La Fundación Mevlana Internacional preparó las siguientes fechas para este encuentro primario con el pensamiento oriental: 22 de marzo: Teatro Pablo Tobón Uribe, Medellín, 2 p.m. 23 de marzo: Auditorio Pedro Gómez Valderrama, Bucaramanga, 3 p.m.    

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03

2014

elmagazin

García Márquez, más allá de la soledad

Por: elmagazin

gm Cumplió 87 años. Se conmemoraron 47 de la primera edición de Cien años de soledad y 32 del Premio Nobel. Para conmemorar, más que nada, al hombre y su obra, el Banco de la República ha dedicado este mes a repasar sus textos, sus imágenes y sus pensamientos. Por: Fernando Araújo Vélez De aquellos remotos tiempos del telegrafista y Luisa Santiaga Márquez Iguarán ya nadie se acuerda, y si alguien los recordara, seguro trastocaría las ideas, las imágenes, los diálogos y las palabras. Quedaron las historias que Gabriel García Márquez escribió sobre ellos, sus padres, con otros nombres y paisajes un poco distintos, y quedaron las escenas que él recordó, porque como alguna vez dijo, “la historia no es tanto lo que ocurrió, sino lo que se escribió sobre ella”. Era previsible que el hijo de un telegrafista se enterara de los mil y un secretos de un pueblo, porque en los años 20 y 30 los telegrafistas eran como los sacerdotes. Necesarios, profundos, silenciosos, prudentes. Se sabían al dedillo las cuitas de amor de los señores, las infidelidades de las mujeres, las transacciones por llegar, los viajes, las citas, y en casa, a la hora de la comida, algunos hechos se les escapaban. García Márquez anduvo más de 20 años con las imágenes y algunas palabras de Cien años de soledad bajo el brazo, él mismo se lo admitió alguna vez, entre tragos, a Álvaro Cepeda Samudio. Sin embargo, Macondo y los Buendía, Remedios la Bella y Úrsula se le prendieron de la piel con muchos años de antelación, quizá desde el día en que nació, el 6 de marzo de 1927. O desde antes, porque las novelas que escribiría comenzaron a ocurrir con el enamoramiento prohibido de sus padres. “A mi mamá la enviaron de viaje, bien lejos, para que su relación con mi padre no prosperara”, recordaría más de 70 años después Aída Rosa, una de las hijas. No obstante, el amor en aquellos calurosos tiempos guajiros era más fuerte. Don Gabriel Eligio García Martínez buscó como pudo a su amada, y la buscó, sobre todas las cosas, entre los papeles hechos basura de los telegrafistas de los pueblos. Se hizo amigo de ellos, los invitó a tomar, los regó de obsequios, sólo para que le dieran una pista, y día de por medio reunía sus monedas para enviarle un poema, el mismo poema siempre. “Aunque de mí te alejes, nunca podré olvidarte, aunque de mí te alejes, nunca veré tu faz…”. El día de la boda, 11 de junio de 1926, Luisa Santiaga se quedó dormida. Luego murmurarían que su padre, el coronel Nicolás Ricardo Márquez, había instruido a su esposa, Tranquilina Iguarán Cotes, para que le mezclara unas pastillitas en el agua. Don Gabriel Eligio la aguardó una y dos horas y algo más, con su vestido de paño negro y su camisa de frac, apostado a las puertas de la Catedral de Santa Marta, imaginando los pasos de su novia sobre la infinita alfombra roja que llegaba a la calle. No tenía sentido irse. El orgullo lo mataba, y del orgullo pasaba a la furia, y de allí a la impotencia. ¿Qué más podría hacer? ¿Ir por ella? ¿Largarse? En el fondo, les confesaría a sus hijos alguna vez, sólo tenía dos obsesiones, y pasaba de la una a la otra indistintamente: besar a Luisa Santiaga, o irse hasta Riohacha y agarrarse a trompadas con el coronel Márquez. De repente, sin embargo, surgió su amada. Al día siguiente, o a los dos, quedó embarazada. Ya vivía en Aracataca con su marido, rodeada por los tres indios, regalo del coronel, que la habían acompañado desde siempre. Creía en Dios, pero también en las supersticiones y los designios de las pequeñas cosas. Si le picaba la mano era porque le llegaría dinero, y si entraba en su habitación un cucarrón, con sólo verlo ella sabía de dónde provenía. A los nueve meses nació Gabriel José. “Yo deseaba con toda mi razón que él fuera abogado, pero a él, mire usté, no le interesaron las leyes”, comentó ella como por pasar, sentada en una mecedora de su casa de Manga, en Cartagena, algunos meses antes de morir. “De todas, todas formas, lo intentó, hay que admitirlo”, añadió después. Gabriel José García Márquez estudió Leyes dos años en la Universidad Nacional de Cartagena, pero él mismo admitiría que si aprobó tantas asignaturas y tan complicadas, fue porque los profesores le ayudaban a cambio de textos. Algo similar le había pasado con sus últimos años de bachillerato en el colegio del Liceo en Zipaquirá. En realidad, lo único que le importaba era escribir y leer, y antes que a ningún otro, leía a William Faulkner. De día, de noche, a la luz de las velas, en los prostíbulos o en los bares. Un día de enero, plenos 60, le mostró a Cepeda Samudio su manuscrito de Cien años de soledad. “Costumbrismo, costumbrismo”, le dijo tiempo después Cepeda. García Márquez se tragó durante unas semanas lo que consideró como una humillación. Una noche, sin embargo, no resistió más y fue a buscar a su amigo hasta la casa. En el camino lo vio, manejando una camioneta de aquellas de platón. Con los borradores de su novela en la mano, casi revoléandolos, le gritó que sí, que era costumbrismo, “pero costumbrismo del bueno, como el de Faulkner”. Luisa Santiaga Márquez Iguarán no leyó Cien años de soledad. No leyó nada de García Márquez. “Leía unas partes, nada más, pero siempre encontraba los personajes reales que inspiraban a los literarios y le preguntaba a su hijo, Gabito, mijo, ¿por qué volviste maricón a este tipo?”. Él nunca le respondía. De alguna forma, intuía que si su madre no leía sus obras era porque temía encontrarse en alguna de ellas. A fin de cuentas, ella era más personaje que sus personajes, la mujer que lo estremeció hasta el día de su muerte, a mediados de 2002, porque hacía milagros con la comida, multiplicaba los panes; porque supo sacar a sus 11 hijos adelante, porque no se dejó obnubilar por el poder o por la fama, y lo más complicado lo volvía sencillo entre sus manos. “Cuando Juan Gossaín la llamó para informarle que a su hijo le habían concedido el Nobel de Literatura, ella se limitó a decir, ¡ay, qué bueno!, a ver si por fin nos ponen luz”, solía contar Aída Rosa, su orgullo. “Es que para ella era más importante que yo hubiera sido monja, que el Nobel de Gabito”. Ella no estuvo para celebrar los 80 años del mayor de sus hijos, los 40 de la primera edición de Cien años de soledad, los 25 del Nobel. No estuvo cuando en el Congreso de la Lengua de Cartagena volaron mariposas amarillas sobre el Centro de Convenciones para saludarlo, ni cuando dijo que él escribía todas las mañanas de su vida, por lo menos una cuartilla, aunque luego tuviera que botarla a la caneca. No estuvo cuando, en secreto, alguien contó que la primera editora de Cien años de soledad se había vuelto alcohólica desde el mismo día en que supo que el manuscrito que no quiso leer, o leyó y no comprendió, o llanamente no le interesó, era el libro más vendido en Buenos Aires, y que a su autor, un ilustre desconocido, lo habían ovacionado en un teatro porque era el escritor de esa obra cumbre que partiría en dos la historia de la literatura. No estuvo en carne y hueso, pero se paseó como el más importante de sus personajes por todos los lugares por donde anduvo su hijo mayor. Aún hoy sigue siendo así. Y lo será por los siglos de los siglos.  

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03

2014

elmagazin

El Otro, la Libertad y la Frontera en “Vida y Época de Michael K

Por: elmagazin

coetzee

José María Albán “Vida y Época de Michael K”, una de las obras más aclamadas del escritor Sudafricano y Premio Nóbel de Literatura (2003) J.M. Coetzee, narra la historia de Michael K, un hombre de 31 años de edad con una evidente malformación congénita en el labio, en medio de una Sudáfrica azotada por la Guerra Civil. Michael K debe transportar a su convaleciente madre caminando desde Ciudad del Cabo hasta su pueblo natal, donde presuntamente podrá escapar de la crudeza de la guerra. En el camino, la madre de Michael K muere, y a éste le son entregadas sus cenizas. Michael K decide continuar su travesía hasta la casa en la que su madre creció, para finalmente regar las cenizas por aquellos campos. Una vez en lo que presuntamente es la casa de infancia de su madre, Michael K hace lo propio con las cenizas, y se dedica a cultivar calabazas en el mismo lugar donde las riega. Allí inicia la transformación de Michael K, fuera de los límites de la guerra civil, y de lo que paradójicamente se puede llamar la “civilización”. Aunque Michael K sigue dentro de los límites de Sudáfrica como Estado-Nación, de cierta manera está al margen del conflicto armado. Con el tiempo, vemos cómo los hábitos y costumbres de Michael K se transforman. Michael K es constantemente reincorporado a la guerra civil dentro de campos: de trabajo forzado y un sanatorio. A estos son llevados los sectores más marginales de la sociedad: mendigos y desempleados entre otros. Para Michael K ésta no es la primera experiencia en centros de este tipo. A muy temprana edad su madre lo internó en un hogar donde el Estado albergaba a niñas y niños con discapacidades y deformidades de varios tipos. Es aquí donde vemos un elemento recurrente en la obra literaria de Coetzee, la concepción y el trato hacia el ‘otro’. Michael K está fuera de la norma en su infancia por su anormalidad física, y ya a sus 31 años de edad por no seguir los hábitos y costumbres normalizados en la sociedad Sudafricana, convertido en un paria. Éste es un tema de especial interés en un país como Sudáfrica, para un autor que despreciaba el apartheid: un sistema de segregación claro, donde las fronteras entre ‘nosotros’ y ‘ellos’ estaban muy bien delineadas, por signos y barreras de tipo físico y estructural. En el campo de trabajo forzado, los ‘otros’ trabajan sin contrato y por días en fincas y casas, podando el césped y levantando cercos. Michael K logra escapar del campo de trabajo, y regresa a la casa de infancia de su madre, donde un tiempo después es atrapado nuevamente por las fuerzas de seguridad del Estado y es llevado a un sanatorio. En el sanatorio, Coetzee concede la palabra al único doctor del lugar, quien consigna de ahí en adelante lo que le ocurre a Michael K en un diario. El doctor se fascina por Michael K, por el ‘otro’ cuyo comportamiento está constantemente analizando y examinando, en un intento de normalización que no resulta efectivo. Y es ese el objetivo del sanatorio, normalizar a sus pacientes, demostrar que éstos se pueden reincorporar a la sociedad Sudafricana, proclamar la victoria del Estado de Sudáfrica sobre un presunto y/o potencial enemigo. Éste ejercicio de normalización se lleva a cabo con horarios estrictos y espacios delineados, y con ejercicios físicos diarios; además de lo anterior, el doctor está constantemente pidiéndole a Michael K que le cuente la historia de su vida, en lo que para mí es el intento de tener un registro coherente y lineal del individuo (todas éstas características de las instituciones de la sociedad disciplinar que el filósofo Michel Foucault describe en su obra “Vigilar y Castigar”). Un día Michael K resulta saltando la reja del sanatorio con las pocas fuerzas restantes, ya que se negaba a comer la comida del sanatorio (en lo que se podría interpretar como su negativa a comer algo distinto a los frutos de la libertad, o de la tierra en la que nació y murió su madre). El doctor inicia entonces un proceso de reflexión, donde especula si Michael K lo aceptaría como uno de los ‘suyos’ y fantasea con la presunta libertad de la que éste goza. Y es que la libertad es uno de los temas principales del libro. En la finca de infancia de su madre, Michael K vive en un hueco en la tierra, cubierto por una lámina de metal, al lado de su cultivo de calabazas y melones que riega con el agua de un pozo cercano. En ocasiones caza lagartijas y come insectos. Aunque Michael K disfruta de no ser parte de la civilización y la guerra, decidiendo cuándo comer y cuándo descansar, a mi modo de ver su libertad es cooptada de varias maneras. Si usamos las concepciones hegelianas de libertad: en términos negativos (esto es ausencia de constreñimiento), Michael K se ve limitado a un espacio muy reducido de la finca donde está su cultivo y el agua. Aunque está fuera de los límites de la guerra civil, su libertad finaliza donde la guerra se libra, por tanto su existencia quiéralo o no está atravesada por el conflicto. Y si planteamos la libertad en términos positivos (la libertad de hacer, de desarrollar) ésta también se ve cooptada. Michael K tiene unos utensilios y unas posibilidades muy limitadas, por tanto su potencialidad como ser humano se queda en eso, en potencialidad (se podría argumentar que estas potencialidades sólo pueden ser realizadas en sociedad). El aislamiento de Michael K, sus limitadas opciones alimenticias y el hueco cubierto por una lámina donde vive representan la ausencia de libertad de Michael K. Aunque Sudáfrica como tal está en su totalidad en guerra civil, hay lugares inhabitados, que Michael K añora y disfruta por la perpetuidad del silencio. Michael K se cuestiona si dentro de los límites del Estado-Nación existen espacios que no hayan sido reclamados por entidad alguna. Si existen espacios que no pertenezcan el Estado o a privados. Esa pregunta es fundamental en una sociedad moderna, ya que uno de los procesos desencadenados por la modernidad fue el reclamo por parte del Estado de la totalidad del territorio Nacional, distinto a los Imperios pre-modernos, donde las fronteras eran permeables y no claramente delineadas. Éste es un tema que Coetzee trata en “Esperando a los Bárbaros”, donde la frontera del imperio se extiende constantemente, acaparando tierras vírgenes donde viven los “bárbaros”, nómadas. Ahora, si bien Michael K está dentro de las fronteras de territorio Sudafricano, se podría argumentar que llega un punto en la historia en el que él se sitúa fuera de jurisdicción Estatal, pero es reincorporado por la fuerza a los archivos e instituciones del Estado constantemente. Al final lo que resulta evidente en la obra de Coetzee, es la fascinación del autor por el proceso civilizatorio y sus consecuencias; y el intento de individuos de resistirlo y situarse al margen de éste.

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