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Archivo de Categoría ‘Columna de opinión’

29

08

2014

elmagazin

Jaume Vallcorba

Por: elmagazin

Vallcorba

Andrés Caro*

Categoria: Columna de opinión

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31

07

2014

elmagazin

Miguel Barnet y el fútbol

Por: elmagazin

miguelbarnet Ricardo Bada

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02

04

2014

elmagazin

La fuerza de ella

Por: elmagazin

mujermagia Diana Castro Benetti Millones de ellas han sido locas, putas o santas. Ciertas de sus cuerpos y de sus almas, han sido imágenes, motivos, deseos y las revoluciones. Vírgenes que siguen siéndolo o sabias que ya no se espantan. Mujeres violadas, guerreras, asesinas, madres, hijas, mujeres que abren las puertas o que las cierran por siempre. Ellas abrazan, gozan y aman. Ellas a veces son su propio norte y casi siempre el pasado mezclado con el futuro. Las mujeres pueden ser engaños, objetos o trofeos. Son siempre sus romances, sus ilusiones y la perdición. Magas. Hay mujeres para la venta y las hay ya vendidas. Mujeres que optan por la amargura, la espera o el tejido. Mujeres que son el abandono, el rechazo y la mendicidad. Las hay que tienen voz, las que gritan y las que nunca hablan. Están las que son empalagosas y las que pican, ladran o muerden. Todas las mujeres defienden, pelean y contraatacan. Son el dolor de sus partos o de sus entierros. La fuerza de ellas es la de una vida que las ronda, las circula y las envuelve cuando cada veintiocho días se esconden en su útero y sus ovarios. Mujeres en las casas que cocinan y tejen.  Mujeres de familias. Mujeres en la guerra que se confunden con los fusiles y que son como fieras para defender lo que consideran suyo. Honradas e invisibles en su vejez o muy atacadas y apetecidas  en su juventud, las mujeres son fuerza hechas su cuerpo. También son la rabia. Todos somos esas otras que han vivido antes. Todos somos esas otras que no se doblegan. Todos somos madres, hijas, nietas. Todos somos su saber de recetas, caricias o palabras. Somos su constancia, su paciencia y su belleza. Somos ésa vida loca y atolondrada porque sin ellas no hay hechicería y sin ellos no hay dulzura. Todos somos lo que ellas son porque más allá de los géneros somos la fuerza de ella, ésa vida que crea, se recoge, se mantiene, se busca y se desenvuelve. Energía invisible, espiral de movimientos, hilos dorados de átomos y células que ofrecen la alegría y la explosión creativa. Somos tan ellas como ellos porque los unos sin los otros no somos nada.

Categoria: Columna de opinión

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31

03

2014

elmagazin

La eterna impostura

Por: elmagazin

Arnold Bennett en una caricatura de Vanity Fair en 1913.

Arnold Bennett en una caricatura de Vanity Fair en 1913.

Enterrado en vida, de Arnold Bennett, fue publicada en 1908. En esta “comedia casera”, el pintor Priam Farll finge su muerte. En una sociedad que lo adora y de la que se ha ocultado por años, ve cómo su reputación como artista (y con ella sus obras) crece hasta límites impensables. Juan David Torres Duarte

Hay novelas hechas para divertir y novelas hechas para conocer la hondura humana. ‘Enterrado en vida’, de Arnold Bennett (1867 – 1931), posee ambos caracteres: al mismo tiempo que produce una comedia de humor sutil, permite contemplar el orgullo y la estupidez. Y como así lo desea, crea una situación que resulta poco común: Priam Farll, reconocido como uno de los más grandes pintores ingleses, escondido de la sociedad, sin amor conocido, finge su muerte. Priam Farll asiste a su propio entierro.

Todo parte de una equivocación: Henry Leek, sirviente de Farll, fallece de repente. El médico que lo atiende lo confunde con el reconocido pintor; Farll aprovecha la ocasión y se deshace de su imagen. Se convierte entonces en Leek y hereda una fortuna más o menos cómoda para vivir por un tiempo sin necesidad de trabajar. Consigue una esposa —que lo toma por Leek— y funda una vida en el fingimiento. Fingir no es, entonces, lo mismo que mentir: fingir es el modo más elegante de ocultar.

Bajo esa constante, se suceden los siguientes cinco años de Farll. Él finge, pero también los demás: toda la sociedad londinense, con sus costumbres y razonamientos y su carencia de elegancia —aunque la pretendan—, finge sus maneras y su modo de vivir. Todo, en el fondo, es una forma del fingimiento para que los seres humanos convivan, para que no sean atrapados por ciertos sentimientos primitivos. Farll es una pieza de ese juego; al hacerse pasar por otro, Farll acepta aún más a su propia persona, a pesar de la aparente contradicción. Al ser otro, Farll es más él mismo que nunca: se descubre más allá de su actividad artística, hasta el punto de abandonarla.

Enterrado en vida

El resto del mundo permanece, y en esa contradicción pervive la imagen de Farll, el pintor. Todo sabe, sin embargo, a fingimiento, a impostura: quienes admiran sus cuadros, no los comprenden; quienes lo comprenden, no lo admiran.

Bennett narra con finura y sutileza esos conflictos: combina el humor y la seriedad filosófica en pocas líneas. “La manifestación de esa locura no hacía más que confirmar ciertas vagas sospechas que había tenido Alice acerca de la salud mental de su marido —escribe Bennett luego de que Farll le confiesa a su esposa, Alice, quién es en realidad—. Además, sólo era un delirio, una manía inofensiva. Y explicaba muchas cosas. Explicaba, por ejemplo, que se hubiera quedado en el Gran Hotel Babylon. Aquello debió ser el principio de los delirios de grandeza. Alice se alegró de conocer por fin la parte mala. Ahora lo quería más que nunca”.

Alice que permite variar la narración; en medio de la insistente repugnancia de esa sociedad (bien camuflada por Bennett), ella protege a Farll y hace pensar que el fingimiento del pintor no es tan terrible ni sorprendente, sino apenas un cambio de nombre. Alice, quizá el personaje mejor construido de la novela, explora a fondo el acto de fingir: para ella, que es tan sincera y honesta consigo misma, fingir no es más que una de las variaciones de la verdad. No se finge para estar bien con los demás, sino para acomodarse a su propia naturaleza.

“Era como si el pasado no hubiera existido —escribe Bennett en el momento en que Farll se encuentra con Sophia Enwistle, su anterior prometida—. (…) Según las reglas comunes que deben guiar la conducta humana, lady Sophia Enwistle debía haber acusado moralmente a Priam, señalándolo con el dedo en un melodramático gesto, y haberlo condenado al desprecio del mundo por ser un hombre que jugaba con el corazón de las mujeres confiadas (…). Pero se limitaron a darse la mano y a preguntarse cómo estaban, sin esperar siquiera una contestación. Esto demuestra hasta qué punto se han deteriorado las antiguas cualidades de la especie”.

La comedia, entonces, apunta a picos más altos. No quiere bromear con el lector, sino presentarle ese absurdo como parte de la risa o del total hastío. No hay otro modo: o se ríe o se llora. En ese sentido, Enterrado de vida es más que la puesta en escena de una locura colectiva: es la creación de un entorno donde todas las pasiones, despertadas por un hecho al parecer banal, someten a los individuos. La comedia es ese género que permite reírse de la desgracia propia, y a esa premisa harían honor Eugène Ionesco y Samuel Beckett tiempo después de Bennett. Todo acto llamado natural, puede concluirse, no es más que un producto de la refinada enseñanza del fingimiento: fingimos amar, fingimos sentir, fingimos nuestras costumbres y nuestra moral. Todo sistema es parte de una magnífica impostura que persiste y luego instituimos.

En una de sus últimas páginas, Bennett —inglés, también autor de Grand Hotel Babylon, A Man from the North y Anna of the Five Towns— reflexiona sobre la justicia en Inglaterra, un párrafo que habla por sí mismo: “Sus métodos judiciales habían estado a punto de fracasar a la hora de obligar a un hombre a desabrocharse el cuello de camisa en público. En realidad, sí que había fracasado; pero al final todo había salido bien: así que Inglaterra fingió que sólo había estado cerca del fracaso, pero nada más”.

Enterrado en vida (Buried Alive: A Tale of These Days), Arnold Bennett, editorial Impedimenta, traducción de Vicente Vera, 2013, 292 páginas.

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21

03

2014

elmagazin

Para conseguir los votos de Roma

Por: elmagazin

ciceron  José Daniel Fonseca La historia –en sentido amplio, no académico y casi literario- es una narrativa que no tiene tiempo: permite acceder a libros, relatos o sucesos que, en ocasiones, se escapan de su época; que trascienden el reloj y viajan en los espejos de los años para decirnos algo más allá de lo escrito y de lo vivido. Hace más de dos milenios –hacia el año 64 a.C.- Quinto Cicerón escribió sus consejos a Marco Tulio, su hermano, acerca de la campaña electoral que se avecinaba para ser elegido como Cónsul en Roma. Marco –orador, pretor, jurisconsulto- tenía un gran bagaje en la función pública, y su sabiduría aplicada al arte de la retórica lo hacía un contendor difícil de derrotar. Parecía que, sin lugar a duda, alcanzaría una de las mayores dignidades en Roma. No obstante, en este documento epistolar, Quinto, culto y bien educado, le recuerda a Marco Tulio que siempre es importante hacer un repaso sobre los planes para garantizar la victoria. En Brevario de campaña electoral[1] –publicado por la editorial Acantilado- se evidencia la actualidad que un texto antiquísimo puede adquirir al ser leído mucho tiempo después; tanto para despertar la curiosidad de un lector extraviado, como para descubrir las similitudes del actuar de los sujetos que ejercen el ámbito práctico de la política, ya sea en la Roma a. C. o en la vigente campaña electoral para la presidencia. Si bien el texto posee varios ejemplos, tomaré dos que son fácilmente reconocibles en el presente, como reflejo de un pasado semejante. En primer lugar, en la campaña romana era necesario garantizarse el apoyo institucional. Aquí llama la atención como Quinto describe que Marco debe “rodear de atenciones a los senadores, a los caballeros romanos y a cuantos hombres emprendedores e influyentes haya en todos los demás estamentos”. Es decir, hacerse con el favor de quienes ostentan el poder, para, evidentemente, garantizárselo recíprocamente en el futuro. Esto no dista de las cofradías en que se han convertido la rama judicial colombiana o el Congreso de la República, en su relación con organismos de control, nuevos aspirantes, contratistas, paramilitares o guerrilleros. Por otra parte, Quinto recuerda a su hermano los errores personales que sus adversarios han cometido y que, en efecto, desacreditan su dignidad y su capacidad para conseguir séquito. En este rubro, manifiesta que el hecho de que Antonio y Catilina también aspirantes a Cónsul, hayan sido nobles, no quiere decir que se vayan a ocultar sus fechorías, que van desde el saqueo hasta el asesinato injustificado. Así las cosas –guardadas las proporciones-, los argumentos en el debate no importaban; Cicerón sugiere el uso de una falacia argumental –ad hominem- en la que se destruye al opositor personalmente y no se controvierten sus ideas. Nada distinto a los paupérrimos ejercicios discursivos de Álvaro Uribe. Es difícil creer que la carta de Quinto pueda sugerir, de manera tan fidedigna, acontecimientos que ahora nos ocupan y que debemos tomar como importantes. La lectura de este ‘Brevario’ desenmascara las incongruencias con las que se ejecuta el debate político, jurídico y social en Colombia. Encontrarse de frente con el pasado y estrellarse con sus fauces, amerita una reconstrucción de las percepciones y actuaciones en el presente. Lástima que Quinto nunca escribió a Marco qué hacer como Cónsul. La historia –en sentido amplio, no académico y casi literario- nunca nos la pone fácil. [1] Durante muchos años se ha dudado de la autenticidad de esta carta. No obstante, considero que su contenido está más allá del autor; al igual que la obra tiene que deslindarse de su creador.

Categoria: Columna de opinión

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26

01

2014

elmagazin

El poder de las palabras

Por: elmagazin

palabras Carmen Socorro Ariza-Olarte Ad portas de las elecciones, y precisamente porque se avecinan, antes de empoderarle el dedo a otro, no deberíamos olvidarnos del poder creador de las palabras… Ya desde el comienzo de los tiempos, según los libros sagrados, incluído Cien Años de Soledad, En el principio era la palabra…. El mundo era tan reciente , que muchas cosas carecían de nombre y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo, es una de las frases del primer párrafo de la obra cumbre de García Márquez. Un hecho que todos los que predican tanto en las iglesias como en las plazas político-religiosas saben, y por ello echan mano de aquellas palabrejas raras, o recién inventadas e impuestas por los organismos internacionales y las organizaciones a su servicio; palabras que ellos saben los harán parecer más iluminados. Nada nuevo: los nazis, a sabiendas, eliminaron de sus diccionarios algunas palabras, de la misma manera que trataban de erradicar de la faz de la tierra a los que según ellos no eran perfectos; empezando por los judíos y siguiendo por los negros, homosexuales, gitanos, ‘discapacitados’ y demás); mientras que, por el otro lado, iban introduciendo en sus kindergartens y escuelas, palabras que rápidamente cogían fuerza y se volvían parte del árgot popular; por ejemplo la palabra ausradieren, que significa erradicar, arrancar de raíz. Así pues, en este momento decisivo para el país, ad portas de las elecciones, -antes de empoderarle el dedo a alguno de esos personajes político-religiosos que nos controlan y gobiernan al estilo de la Stasi (palabra y nombre del servicio secreto también muy conectada con el partido nazi)-, tome conciencia y empodere primero su cerebro y luego su dedo, y no el de la Florida gama de candidatos y organizaciones que nos manejan las cuerdas desde afuera. Empecemos por exigirles transparencia a todos los partidos y a todos los candidatos, lo mismo que a sus pastores y/o pastorcitas*. Y le pongo asterisco a la palabra pastorcita, porque a raíz de mi último texto: la pastorcita mentirosa, algunos me han digamos criticado, por atreverme a poner en evidencia a una mujer que, según ellos, demostró tener la capacidad y la fuerza para convertirse en toda una estrella. Como mujer que conoce perfectamente el peligro de caer o dejarse atrapar en la estigmatización que los ismos hacen de los seres humanos, incluido el feminismo, lo que quiero dejar en claro es que no me interesan para nada esas trampas, pues eso sería tanto como aceptar que a los hombres no se les debe ni puede críticar ni señalar con el dedo por el simple hecho de ser hombres, y haber sido considerados el sexo fuerte y dominante a lo largo de la historia de la humanidad agobiada y doliente. Dándomelas de predicadora, Ojo con lo que dicen y lo que les dicen, y ojo con las palabras que desde afuera nos imponen con el cuento de darnos poder, pues lo que quieren es arrancarnos de raíz el poquito que tenemos. De hecho para mantenernos en las tinieblas ya ni siquiera nos permiten leer la obra de García Márquez en nuestra propia patria; y luego salen los resultados de Pisa, diciéndonos que somos brutos y bobos de capirote y ¡uich! Nos los creemos. Imagen: www.ediciona.com

Categoria: Columna de opinión

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26

02

2013

elmagazin

Sin censuras

Por: elmagazin

7 días en la habana

/Rézo Films

  Fernando Araújo Vélez

De día jugaban a los soldaditos buenos y malos, y los buenos eran los revolucionarios que luchaban contra el ejército de Fulgencio Batista y cientos de infiltrados norteamericanos que llegaban a Cuba y no dejaban de llegar. Les pintaban barba y gorras, al estilo Fidel Castro y Che Guevara. Los ponían a hablar de ideales, de futuro, de lucha, de igualdad, y los vestían de triunfadores. De noche, aquellos mismos niños y muchachos se reunían en una habitación por determinar, cerraban puertas y ventanas, tapaban las hendijas con sábanas y camisas, y encendían una vieja e inmensa radio en la que sintonizaban Radio Rebelde, la emisora desde donde los “barbudos” contaban cómo iba la guerra, qué pasaría en adelante, cómo debía comportarse el pueblo y por qué, para qué y para quiénes arriesgaban la vida.

Categoria: Columna de opinión

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25

02

2013

elmagazin

Credibilidad versus comprensión

Por: elmagazin

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Flickr: MrB-MMX

Fernando Araújo Vélez

El sonido siempre fue fundamental dentro de un filme, incluso en los tiempos del cine mudo.  Allí, en el sonido, como en la vida, todo cuenta, todo habla. Cuenta una puerta que se cierra con mayor o menor fortaleza, cuentan unos pasos más o menos claros, y el viento, la lluvia, el papel que se arruga y demás. Cuenta la música y cuentan las palabras, por supuesto. Sin embargo, a veces las palabras son sólo sonidos. O ruido. Una conjunción de fonemas que se juntan y explotan, y de alguna forma, se estrellan formando un caos. La frase más importante de una película, la que desenreda la trama, suele ser dicha en voz muy baja porque es seria, decisiva, pero por lo mismo, puede ser incomprensible.

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21

01

2013

elmagazin

Agencia de muerte

Por: elmagazin

 El caminante

Fernando Araújo Vélez

Creó su agencia de enamoramientos ocultos para que alguno de sus empleados se volviera amante de su mujer, una tarde de cafés y conversaciones de amores terminados dos o tres años atrás. Aquella vez, escuchó la historia de un muchacho que se había ido a comprar cigarrillos y jamás volvió donde su esposa. Es más, se fue de la ciudad y del país. Supo que un señor le había pagado a un compañero de trabajo para que enamorara a su compañera, y para concluir, oyó que en Estados Unidos y en Europa había empresas dedicadas a despedir empleados y a acabar relaciones sentimentales.  Enviaban las cartas con la notificación, y se encargaban de solucionar los asuntos pendientes de esquelas y libros y regalos, discos y recuerdos.

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11

01

2013

elmagazin

Los muertos-Jorge Carrión

Por: elmagazin

jc

Isabel Cristina Arenas

Nuestros muertos no desaparecen, acudimos a ellos para agradecer el tiempo que pasaron con nosotros, pedir que nos ayuden en algún problema, celebrar su aniversario, y para lo más doloroso, hacer justicia por su desaparición. Muchos de ellos no son precisamente nuestros sino de toda la humanidad y aparecen al abrir un libro. Estos últimos quizá fueron inspirados en personajes reales que pasaron a ser ficción para prolongar su recuerdo, para darle mayor valor a su memoria. Esto es precisamente lo que hace de forma muy original Jorge Carrión con su novela Los muertos (Mondadori 2010).

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