Gaitán foto

Nicolás Pernett

Mucho antes de su famosa candidatura a la Presidencia durante la que fue asesinado en 1948, Jorge Eliécer Gaitán alcanzó a ocupar diversos cargos públicos durante su larga vida política: fue representante a la Cámara, concejal, segundo designado a la Presidencia, senador y ministro de Educación y de Trabajo. También fue alcalde de Bogotá durante un corto período entre 1936 y 1937, y su salida fue una de las más controversiales y recordadas en la capital.

Después de haberse hecho un nombre como abogado y joven dirigente del Partido Liberal, denunciando la masacre de las bananeras en 1929 y tras varios años de trabajo en el Concejo de Bogotá, Gaitán fue nombrado alcalde de Bogotá –era la época anterior a la elección popular de alcaldes– por el gobernador de Cundinamarca, Parminio Cárdenas, el 20 de mayo de 1936 y tomó posesión del cargo el 8 de junio de ese mismo año. En ese momento Colombia estaba bajo el gobierno de Alfonso López Pumarejo, cuya programa de “Revolución en marcha” pretendía modernizar el país e insertarlo de lleno en el siglo XX después de varias décadas de gobierno conservador.

Una vez al frente de la Alcaldía de Bogotá, Gaitán emprendió cambios acelerados para mejorar la ciudad. Una de las preocupaciones más recurrentes de la ciudadanía era la fea apariencia de la capital, sobre todo cuando se avecinaba el cuarto centenario de fundación de Bogotá, que se celebraría en 1938. Para afrontar el problema, Gaitán tomó una serie de medidas en las que se compelía a los mismos habitantes a asumir las labores de embellecimiento de las calles. Varios decretos fueron emitidos obligando a los propietarios a pintar sus fachadas –de acuerdo a una paleta de colores predeterminada por la misma Alcaldía– y a hacer reparaciones en sus edificios. Los argumentos del alcalde para estas medidas eran la necesidad de usar el presupuesto para inversiones en cultura y educación, en lugar de invertirlos en grandes trabajos de embellecimiento, así como un cierto afán pedagógico por parte de Gaitán por educar a la ciudadanía en la acción colectiva que los hiciera enfrentar y resolver ellos mismos los problemas de su ciudad.

Otra de las banderas de la alcaldía de Gaitán fue la cultura, y en ella enfocó buena parte de sus esfuerzos. No solo instauró en la ciudad la costumbre de los conciertos gratuitos para la población, sino que tuvo la ocasión de inaugurar la primera Feria del Libro en Bogotá, el 10 de octubre de 1936. Igualmente populares fueron sus medidas para crear bibliotecas móviles, la “semana de los niños”, las películas y conferencias gratuitas, así como el “día de los deportes”, pensado para estimular la educación física en la ciudad. Con este programa de gobierno Gaitán pareció entrar en concordancia con el espíritu modernizador del Gobierno liberal, aunque de un modo mucho más enfocado en los más desvalidos de la sociedad. Para Gaitán, un país moderno no solo debía contar con mecanismos democráticos de participación política sino tener una población bien alimentada (también impulsó los comedores estudiantiles cuando fue ministro de Educación), bien formada física y mentalmente, e instruida en higiene y otros asuntos prácticos.

Sin embargo, estas medidas resultaron intrusivas y de tendencias fascistas para algunos, pues parecían imitar los programas de mejoramiento físico e ingeniería social en que se embarcaron varias potencias europeas después de la Primera Guerra Mundial. Gaitán siempre negó sus relaciones con el fascismo y defendió sus medidas como una manera de dignificar al habitante bogotano. Sin embargo, muchas veces esta dignificación se dio por decreto y con la abierta oposición incluso de los mismos beneficiados. Decretos como los tendientes a hacer obligatorios el uso del calzado y el baño cotidiano, y a proscribir las alpargatas y la ruana, fueron recibidos con resistencias por parte de la población y le dieron la excusa perfecta a sus opositores para tildarlo de dictador e intransigente.

Pero sin duda las medidas que precipitarían el final de su alcaldía fueron los decretos que expidió para regular el trasporte público en la ciudad y que obligaban a los taxistas a usar uniformes “presentables” y a instalar taxímetros regulados por el Gobierno Municipal en sus automóviles. Estas medidas exaltaron los ánimos de los conductores, que se fueron al paro el 8 de febrero de 1937, aduciendo especialmente su negativa a usar los trajes impuestos por la Alcaldía. Diversas movilizaciones fueron organizadas en la ciudad, tanto en pro como en contra de la gestión del alcalde. Una de las más recordadas fue la del 11 de febrero, cuando veinte mil bogotanos salieron a respaldar a Gaitán. Sin embargo, las tensiones del paro se agudizaron hasta que fue destituido por el mismo gobernador Cárdenas el 13 de febrero de 1937.

Las razones de su destitución han sido interpretadas de diversas maneras desde entonces. Algunos aseguran que los huelguistas estuvieron impulsados por el Partido Conservador y otros, como la propia familia del caudillo, han afirmado que su salida fue fraguada por sectores dirigentes del Partido Liberal, con Alfonso López a la cabeza, para detener su inatajable ascenso dentro de la política nacional. En el libro Gaitán, el alcalde del pueblo, recientemente publicado por el Archivo de Bogotá, la historiadora norteamericana Ruth Ann Updegraff asegura que la reacción de los habitantes de la capital fue producto de la misma educación política que el propio Gaitán les había dado, pues al enseñarles a esperar y a exigir respuestas por parte de sus gobernantes, los preparó para ser los actores principales de sus propia salida del poder.

A pesar del corto tiempo en que Gaitán estuvo al frente de la capital del país, su paso por la Alcaldía alcanzó a movilizar los sentimientos de la ciudadanía capitalina de un modo nunca antes visto y a cambiar el enfoque de la administración distrital. Su interrumpida administración en el segundo cargo más importante del país fue la única ocasión en que se pudo experimentar cómo hubiera sido una posible presidencia del “caudillo del pueblo”.

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