la-neurosis-del-domingo

Domingo por la tarde. Llegó el momento, por fin. Toda la semana esperando, visualizándose sentado/a en el sofá leyendo una revista, haciendo la siesta para despertar y seguir leyendo, o para quedarse mirando al techo, haciendo figuras con las chispitas con las que juega nuestra percepción cuando crea esas traviesas ilusiones ópticas que nos acompañan desde la niñez.

Sí, domingo suena a música, a cuerpo distendido, a niños jugando, a tarta, a permiso, a ropa nueva, a abuelo cómplice. Domingo huele a recuperarse de una larga semana y prepararse para la siguiente. Domingo sabe a balance, a plan, a futuro.

Pero, para alguno/as, domingo por la tarde no es paz, ni descanso, ni alegría. Muy por el contrario, es angustia y ahogo, preocupación, caos. Sucede cuando aparece un inmenso vacío que asusta y hace que se desee escapar de la consciencia. Llegan los dolores y los recuerdos tristes, las frustraciones, la impotencia. El cuerpo no responde, duele la cabeza o el estómago, los huesos o la espalda. Y no parece ser porque se haya comido mucho o poco, o porque se haya dormido bien o mal.

Se llama “Neurosis del Domingo” y fue Sándor Ferenczi, allá por el año 1919 quien lo explicó a su manera tan sencilla y, a la vez, tan profunda:

El domingo es actualmente el día festivo de la humanidad civilizada. Pero sería un error creer que este día festivo significa simplemente una jornada de reposo físico y psíquico; hay otros factores afectivos que contribuyen notablemente a la expansión que procura por lo general. En este día no sólo somos dueños de nosotros mismos, nos sentimos libres de todas las obligaciones que el deber y la opresión exterior nos impone, sino que también sentimos una especie de liberación interior.” […] 

Sándor Ferenczi: “Neurosis del Domingo” (1919a)

Parece mentira, pero a fuerza de vivir cumpliendo horarios o recibiendo órdenes, es como si el momento de libertad que se nos otorga al menos por una tarde, la del domingo, fuera más un castigo que una licencia. Aparece entonces la contención en lugar de la expansión, el afán perfeccionista en vez de la creatividad, el aburrimiento en oposición a la capacidad de disfrute. Y así, ante el incómodo ocio no parece quedar más remedio que desear, furiosamente, que llegue la semana con sus exigencias, con sus horarios y su resignación.

Con todo lo que supone, sería una buena idea dar a este incómodo momento dominguero su importancia. Algo sucede para que, en el tiempo que tenemos para tomar contacto con nosotros/as mismos/as sin impedimentos, se pongan en marcha los “por hacer” y los “no hemos hecho”, o para que la vida se convierta en una ciénaga de lodo de la que parece imposible salir, a no ser que llegue el lunes que, por cierto, no tiene fama de ser precisamente el día más feliz de la semana.

El vacío existencial que algunas personas padecen los domingos, no es tan inocente como parece. Tampoco te vas a morir de eso, al menos de forma inminente. Pero está informando algo y sería muy inteligente no perder la oportunidad de descubrir lo que quiere decir.

Esta vez tampoco hay consejos sobre “cómo-superar-la-neurosis-del-domingo”. Si eres un/a lector/a asiduo/a, seguro que no esperarás esto. La intención es, más que resolver el problema (pretensión que me resulta absolutamente imposible e inadecuada para un blog), animarte a que, si te sucede esto a ti o a otra persona, sepas que la neurosis del domingo no es una maldición a la que hay que resignarse, sino que es una valiosa oportunidad para buscar ayuda.

Porque aquí no hay atajos que valgan. Sólo después de atreverse a experimentar el vacío conscientemente y en toda su profundidad, se puede decidir con qué llenarlo. El sentimiento de vacío, el aburrimiento, la ansiedad o los síntomas físicos que acompañan a la vivencia neurótica del día de descanso, pueden estar relacionados con la necesidad de revisar el sentido de la vida. Permanecer en la incomodidad que suponen e intentar traducir lo que nos comunican es una excelente puerta de entrada hacia el autoconocimiento y la evolución personal.

María Clara Ruiz

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