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25
06
2013
elmagazin

Entre el cielo y el infierno

Por: elmagazin

Berta Lucía Estrada Estrada*

Primera voz

Pronto va a amanecer, oiré el gallo cantar y las viejas beatas se apresurarán para venir a escuchar la misa de seis. Será la última misa que yo oficie, aunque ellas todavía no lo saben. Hoy me bendicen, mañana me maldecirán. Sé que dentro de poco vendrán por mí. Saldré de la casa parroquial esposado y en un segundo tendré a todo el pueblo mirando mi salida al cadalso. Porque, ¿qué es la prisión, sino un cadalso? Hay muchas formas de matar a un hombre. Y la prisión es una de ellas. Mata las esperanzas, destruye la dignidad, aniquila el futuro. Es la primera vez que lo pienso, tal vez porque ahora tengo la certeza de terminar en una celda maloliente, húmeda, rodeado de cucarachas, de ratas, de asesinos a sueldo, de malandrines sudorosos y mal hablados.

Soy un sacerdote. Mi lugar está en la iglesia, rodeado de fieles que esperan impacientes mis consejos, mi ayuda espiritual. No he tenido vida propia. Siempre pendiente de la gente. Siempre escuchando sus pecados, algunas veces tan blancos como un vestido de novia y otros oscuros como las profundidades de una caverna. Los seres humanos llevamos dentro el infierno y el paraíso. Pero no puedo decírselo a los fieles. Sería una herejía por la que tendría que pagar caro, aunque yo no crea en ello. Porque si hay una justicia estatal, hay una peor, la de la Iglesia. Creen que la Inquisición se ha acabado. Y es cierto. Siempre y cuando uno crea que la Inquisición es el potro de tortura o morir en una hoguera, entonces sí, ya no existe. Lo que no se dice es que la tortura peor nunca ha dejado de existir, la psicológica. ¿Cómo exponerme a ser excomulgado? Sería el escarnio público y fuera de ser cura lo único que sé hacer es tajar carne. Lo aprendí de mi padre que compraba reses en pie para luego vender cada una de sus partes en la ciudad donde vivíamos; pero es un negocio que no me gusta. No sabría ganarme la vida por fuera de la parroquia.  Sé muy bien que en el temor a Dios que le infundimos a la gente, está nuestro poder. Un poder absoluto, al que no deseo renunciar. Controlamos la vida de la gente. Nosotros les damos tranquilidad espiritual, a cambio nos dan sus vidas, a veces también nos dan sus bienes. Y yo no tengo porque ser la excepción. Solo he tomado lo que han querido darme, a cambio les he indicado el camino a seguir, el de la salvación eterna. Así que cuando alguna de mis feligreses ha querido confesarse en horas non sanctas, no me he negado. Ellas saben lo que hacen y yo también. Soy un sacerdote, conmigo no cabe la palabra compromiso. Estoy unido a Dios, es la única alianza posible para mí. Por eso no acepto que después vengan con chantajes emocionales, con llantos y con historias. Si ellas vienen por su propia voluntad, puesto que yo no las obligo, también deben tomar las medidas pertinentes, para evitar consecuencias no deseadas. Cuando eso sucede, me transformo, dejo de ser el cura apacible, bonachón y cualquier cosa puede suceder. Al día siguiente lo olvido, total, el día que tomé los hábitos también tomé conciencia de que era un elegido, y a los elegidos no nos pasa nada; estamos por encima del bien y del mal. Eso pensaba hasta esta noche, porque fue ella, cuando creía que ya no podía hacerme daño, que vino a decirme que vendrían por mí y que no había escapatoria posible.

Segunda voz

El día que lo busqué, era porque me sentía sola. Varias veces me había pedido que le diera una mano con los papeles parroquiales, yo aceptaba a regañadientes. Poco a poco me convertí en su secretaria privada, le ayudaba en el despacho parroquial o lo acompañaba en su labor de catequesis. Me decía que mi presencia era necesaria y que los jóvenes se sentían más a gusto si yo estaba presente. En mi casa les gustaba que yo ayudara al cura, “es tan buena gente”, decían. Todos en el pueblo le prendían velas. No es un cura joven, pero tampoco es viejo, digamos que está en una edad interesante. Sin ser un apolo, no deja de ser buen mozo. ¿Quién dijo que los curas no son hombres? ¿Quién dijo que no los podemos mirar, como miramos las mujeres a los hombres que nos atraen? Porque el cura me atraía, no sé si era la cadencia de su voz, o la forma de caminar pausado, como si el mundo no fuera a acabarse jamás, o si era ese pelo negro e hirsuto en que mis manos clamaban hundirse. Su pelo y sus ojos me invitaban a un viaje. ¿Pero adónde? Fue la pregunta que me hice durante mucho tiempo. Creo que ya encontré la respuesta. Su pelo semeja una selva y las selvas se tragan a los extraños. Eso fue lo que me pasó. El me tragó, me absorbió sin que yo me diese mucha cuenta de ello.

Trabajamos un tiempo juntos, siempre bajo la mirada vigilante de Ifigenia, el ama de llaves de la casa cural. Me daba cuenta de que ella no se sentía a gusto con mi presencia. Parecía un felino. Nunca la sentía llegar, cuando  levantaba la cabeza del computador, la veía en el umbral de la puerta, observándome sin pestañear. ¿Qué me quería decir? ¿Que me fuera? ¿Que saliera volando y que no regresase nunca? Pero no se lo pregunté. Finalmente yo estaba allí porque había entendido que afuera no había nada, solo un calor sofocante y unas calles polvorientas. Quedarme en casa era convertirme en la sirvienta de mis hermanos, sin que me diesen un peso además. Al menos, el trabajo de secretaria me daba para la leche de mi hijo. Y estaba él, por supuesto. Y aunque Ifigenia no abandonaba nunca la casa, al menos cuando yo estaba presente, yo sabía que era cuestión de tiempo. Algún día se le presentaría algo ineludible y tendría que ausentarse. Yo fui quien le dio la noticia, su madre estaba agonizando, se la habían llevado al hospital de la ciudad. En el pueblo no pasábamos de tener un puesto de salud. Se tomaría los tres días que le correspondían por calamidad doméstica.

Primera voz

La sentí caminar por la casa cural, mover mis cosas, mirar, tocar, algo que detesto que hagan, ni siquiera Ifigenia puede hacerlo. Yo me quedé sentado al lado de la ventana. No habría podido impedírselo. Ni siquiera intenté acostarme. Por sus pasos apresurados y por el ruido que hacía en mi despacho,  sabía que había venido para hacerme saber que mi vida de cura había llegado a su final y que pronto vendrían por mí. Hay actos que pueden dar marcha atrás, pero hay otros a los que quedamos encadenados por el resto de nuestras vidas e incluso aún más allá. Ella había sido mi secretaria. Al principio ni la miraba, su juventud no me atraía. Prefiero las mujeres maduras, con experiencia y con marido. Las viudas habían sido descartadas hacía tiempo;  con ellas el rumbo que tomaba cada historia terminaba en el chantaje. Varias veces me vi en la cuerda floja. Además, comprendí que el estatus de casada, hace a las mujeres inmunes a la sensiblería. Pensar en un compromiso conmigo estaba de antemano descartado. Cuando alguna de ellas se confesaba en horas non sanctas, yo sabía que en realidad buscaba lo que la cama matrimonial le negaba. Y es que en este país de machos, el matrimonio es un biombo que a menudo esconde sus verdaderas inclinaciones sexuales. ¡Si lo sabré yo! Al fin y al cabo todos terminan en el confesionario. A otros, la droga y el alcohol les impide comportarse como los machos que fingen ser. Otros se la pasan de cama en cama y cuando llegan a la oficial, es sólo para dormir. En fin, el hecho es que nunca me había faltado la tibieza de un cuerpo que me ayudase a soportar la soledad. La Iglesia pretende que los curas estamos por encima de los placeres terrenales, pero la castidad no es una de las reglas que más se practican en nuestro seno, así se predique lo contrario. Y yo no soy la excepción. Así que sin buscarlo, al menos conscientemente, terminé enredándome en la tela de araña que se construía poco a poco a mi alrededor. Debería haber recordado que Atenea las detestaba.

Segunda voz

Tenía tres días libres, nadie me vigilaría. Estaría sola con él, y por supuesto, estaba dispuesta a no desperdiciar esa oportunidad. Yo sabía que le gustaba. A menudo lo pillaba mirándome de reojo, sobre todo cuando me ponía la minifalda negra y los zapatos rojos de tacón alto. Era cuando sentía su olor de macho cabrío flotando a mi alrededor. Su aroma quedaba impregnado en mi cuerpo y mis senos se erguían como si los hubiese rozado con sus dedos. Trabajar con él en el mismo despacho era semejante a tener un acceso de fiebre. Sentía que cada parte de mi ser ardía y que el único alivio posible era poderme meter en las sábanas con él o en últimas sentarme a horcajadas en el escritorio. Ni siquiera  me importaba que fuese en el despacho parroquial. Cualquier lugar podía servir para darle rienda suelta al deseo que se apoderaba de mí. Yo sabía que era el amor, o más que el amor, la pasión. Como muchas jóvenes de mi generación había sucumbido a los embates del noviecito de turno; el mismo que desapareció cuando quedé en embarazo. Eso me debería haber curtido. Pero cuando las hormonas se alborotan, las experiencias quedan olvidadas en algún baúl secreto de nuestra memoria.

He debido tomar “precauciones”, como él me diría tiempo después. Pero la primera, y única precaución, ha debido ser no involucrarme ni sentimental ni sexualmente con él. Pero esos razonamientos vienen después. Si uno los previese, ¡cuántas desgracias se podrían evitar! A veces la fatalidad hace parte de nuestro sino y alejarla es imposible. Esta vez era ella quien tocaba a mi puerta. No había escapatoria posible, pero yo aún no lo sabía. Cuando fui consciente de su llegada, la luz que guiaba mi camino se había trocado en una tiniebla tenebrosa. Terminé en un laberinto que no conocía, y Dédalo no estaba allí para mostrarme la salida. Así que me pasó lo mismo que a las mujeres atenienses. Serví de comida para el monstruo, aunque para ese entonces yo no sabía que tiempo atrás se había tragado a una que otra mujer del pueblo. Nadie lo sabía. Nadie sospechaba que había un minotauro entre todos nosotros y para colmo de males escondido en la iglesia.

Primera voz

Hacía tiempo que no aceptaba viudas en mi vida y de pronto tenía una en mi propio despacho. No sólo había sido atrapado por la tela de araña, sino que su dueña pertenecía a la especie más peligrosa: Latrodectus tredecimguttatus, más conocida como la viuda negra. Debí sospecharlo cuando al día siguiente de la partida de Ifigenia, llegó a trabajar con la minifalda que se ponía desde hacía algún tiempo, conocedora del efecto que eso me producía. ¿A qué mujer se le ocurre ir a trabajar a un despacho parroquial con una minifalda negra y zapatos rojos de tacón alto? A ninguna supongo. Es más una vestimenta arrabalera, propia de las cantinas y de prostitutas, que de una secretaria que trabaja para un sacerdote. He debido de darle tres días libres. He debido decirle que regresara cuando Ifigenia estuviese de vuelta. Total no había nada importante que no pudiese aplazarse. No lo hice. Siempre dejamos de hacer las cosas más fundamentales, en los momentos de más vulnerabilidad. Supongo que en el fondo de mí mismo esperaba que eso sucediese.

Al día siguiente de la partida de Ifigenia, la vi llegar desde la ventana de mi cuarto. Atravesaba la plaza muy despacio, pero con paso seguro. Cuando llegó a la altura del flamboyán, se detuvo un momento y observé como arrancaba una de sus flores. La acercó a su cara, y durante algunos segundos, que a mí me parecieron una eternidad, la acercó a su cara y la olió. Luego se arregló el pelo y  la flor se hundió en su cabellera. Luego prosiguió su marcha. Cuando ella entró al despacho, yo ya la estaba esperando. La vi entrar, como quien entra a un escenario sabiéndose la protagonista de la historia que se va a desarrollar. Sólo dijo: -¡Buenos días! Así, a secas, sin el Padre de todos los días, por lo que he debido ponerla de patitas en la calle. Pero quien ha jugado con fuego alguna vez, sabe el placer que se siente, no habría sino que preguntárselo a un pirómano. El fuego es purificador, pero también puede ser destructor. El hecho es que se me invitaba a una queimada y yo no tenía ninguna intención de rechazarla.

Segunda voz

Cuando dije ¡Buenos días!, sin el Padre, lo hice adrede. Él ni siquiera respondió. Me senté en su escritorio, muy cerca de él, crucé las piernas y comencé a balancearlas. Los zapatos parecían dos llamas y sus ojos los seguían, extasiados. Con la punta de uno de ellos, comencé a tocarle los ojos, las mejillas, como si fuera un pincel, delineé el contorno de su boca y comencé a descender. Con mis manos deshice el peinado que venía de hacerme, y olí nuevamente la flor que hacía pocos instantes había colocado en mi cabeza. A medida que mi pie tocaba su cuerpo, sentía como su respiración de animal en celo iba in crescendo. Con el tacón presionaba su pecho. Cuando ya había descendido lo suficiente para sentir debajo de mi pie como su sexo se abultaba, comencé a desabotonar mi camisa. Acaricié mis pechos y me deshice del brasier. Él no se movía, me dejaba hacer. Me acerqué lentamente y como antes lo había hecho con la flor, empecé a oler su cuello, su boca. Cuando mis labios tocaron los suyos, cualquier resistencia que hubiese podido tener, había quedado atrás. En la pared del fondo se reflejaba una sombra que seguía los movimientos de una danza tan antigua como la especie humana. Poco tiempo después, en el letargo del amor, pensaría que teníamos tres días para nosotros dos.

Primera voz

Los tres días se convirtieron en semanas. Yo sentía como Ifigenia resoplaba en la cocina. Pero yo sabía que no diría nada. El pacto de silencio que se había sellado entre nosotros, hacía muchos años, nunca se había roto. Por eso estaba aquí, en la casa parroquial. Era el precio que yo debía pagar, aún si su presencia no siempre me agradara. Alguna que otra vez, pensé en cambiar las reglas del juego, pero entonces la veía erigirse ante mí como si fuera un ave de mal agüero. Así que terminé por aceptar que mi vida estaba ligada a su silencio. Y cuando las reglas son claras, el juego puede continuar. Pero siempre hay un final. Lo que pasa es que nunca sabemos cuándo será.

Segunda voz

Yo tenía un hijo. Un hijo hermoso. Así que sabía muy bien qué podía pasarme sino tomaba las “precauciones” necesarias. No lo hice, ni él tampoco. La mañana en que me senté a desayunar y terminé en el baño, vomitando lo que acababa de comer, constaté lo que ya intuía. No dije nada, esperé algunos días hasta estar completamente segura y luego me hice la prueba. Dio positivo. Cuando llegué a la casa cural, se lo dije. Tranquilamente, como si se tratara de mandarme al dentista para la extracción de una muela, me dijo que abortara. Me negué. Sus ojos negros se clavaron en los míos por un largo rato. Sentí un mal presagio. Sin embargo, no insistió. Días después me dijo que estaba buscando una solución para “mi caso”. Como si “ese caso” no fuese de los dos.

Primera voz

Le dije que en la ciudad tenía una casa que había heredado de mis padres  y que se podría trasladar allí por un tiempo, mientras encontrábamos una solución. Le indiqué que debía partir sola, que más tarde podría llevarse consigo a su hijo y que no le dijera a nadie donde iba a estar. Quedamos de encontrarnos en la noche, en las afueras del pueblo, donde yo pudiese recogerla sin que nadie nos viera partir juntos.  Cuando llegué al lugar de la cita, ella ya estaba esperándome con una pequeña maleta y con un morral, lleno a reventar, por lo que no cerraba bien. Le dije que se durmiera, que el trayecto era largo. Más adelante, y cuando constaté que ella dormía profundamente, tomé un atajo, no me convenía encontrarme con nadie. Me interné en un paraje boscoso, descendí del carro, la desperté, se bajó  confiada, no sabía dónde estábamos. Miró alrededor y entonces comprendió, me miró aterrada, el morral que llevaba consigo cayó al suelo, algunas de sus cosas se desparramaron a su alrededor. No tuvo tiempo de gritar, mis dedos en su cuello se lo impidieron. Procedí a hacer una maniobra que creía olvidada, pero al tocar el cuchillo mis manos recordaron los pasos que debían seguir. Terminada la operación, cavé una fosa donde fueron a parar sus restos, el morral, la maleta, las cosas que recogí del suelo y la ropa que yo llevaba puesta. Luego me lavé con un porrón de agua que tenía en la bodega del carro y me puse una muda limpia que había guardado para la ocasión. Eché la tierra encima y partí sin mirar atrás.

Ifigenia

La mañana en que ella no apareció a las ocho en punto, como lo hacía siempre, supe que había pasado lo inevitable. Había tratado de decírselo de mil maneras, pero ella me miraba como si yo fuese su enemiga. Soy mujer de pocas palabras, al fin y al cabo soy de origen campesino y en mi familia sólo se hablaba lo estrictamente necesario; por lo que nunca supe decir las palabras adecuadas en el momento adecuado. Sabía que se había metido en la cueva del lobo, como me metí yo cuando enviudé, como se metieron las otras dos viudas antes que yo, aunque no sé si pudo haber otras antes de su llegada a este pueblo. Sólo que las otras corrieron con la peor de las suertes. Yo escapé a sus manos de carnicero, porque entendió que yo no diría nada. Por eso me convertí en su sombra. Por eso nunca abandoné esta casa maldita. Fue por eso que se dedicó a las casadas, a las que no le daban ningún problema. Pero yo seguí de vigía. Hasta que llegó ella. El día que entró por primera vez a la casa parroquial, dejó tras de sí un olor a gladiolos y a cartuchos que me dejó sin aliento. Me quedé parada en el umbral de la puerta, sin cerrarla, como diciéndole -¡no siga! ¡Devuélvase! Pero ella ni siquiera volteó a mirarme.

Ni siquiera preguntó por ella. Yo tampoco dije nada. A la hora del almuerzo entró al comedor sin mirarme, como era su costumbre; luego se sentó en la mesa como si nada hubiera pasado. Yo le puse el plato de fríjoles haciendo un ruido casi imperceptible, por lo que se dio cuenta que yo sabía. Me miró por un buen instante y luego sin decir nada se puso a almorzar.

Segunda voz

Todo está negro a mi alrededor. La selva terminó por engullirme. Trato de tocarme, pero no me encuentro, parece como si todos mis miembros estuviesen diseminados y mi tronco separado de la cabeza. Pero no veo nada, debe de ser una pesadilla. La misma pesadilla que se repite cada noche, desde que quedé en embarazo. Quiero gritar, pero no puedo. Ningún sonido sale de mi boca. Es entonces cuando siento algo pegajoso alrededor de los labios. Sé que es sangre. Mi sangre. Ahora entiendo lo que me pasó. Esta vez no se trata de una pesadilla. Ya no veré más a mi niño. Pero, ¿Cómo pudo hacerlo? E ¿Ifigenia? ¿Ella lo sabía? ¿Por eso se paraba en el umbral de la puerta y me miraba hasta que me ponía nerviosa? Recuerdo que la única vez que hablamos me dijo que ella era viuda, que no tenía a nadie en el pueblo y que no había tenido hijos. También recuerdo que me habló de dos viudas, solas como ella, que un buen día habían desaparecido del pueblo sin que nadie volviese a saber nada sobre su paradero. Me dijo que eso había pasado hacía mucho tiempo, agregó que no era buena la viudez, sobre todo en un pueblo donde el calor del mediodía, hace que todo el mundo se refugie en sus casas para hacer la siesta. El letargo es malo, muy malo. Lo repitió con un deje que me heló la sangre, me miró a los ojos y como yo no respondí ni pregunté nada, dio media vuelta y se fue. Yo sentí alivio. El ave de mal agüero ya no emitía sonidos desagradables. Ahora entiendo que no era un ave de mal agüero y que no eran sonidos los que emitía, sino mensajes que querían salvarme de esta selva que me engulló.

Primera voz

Ifigenia lo sabe. Me di cuenta por la forma como me puso el plato de fríjoles delante. Ese ruido inhabitual, aunque muy leve, es su forma de decirme que lo sabe todo. Es su forma de gritar. Una vez más estoy en sus manos. Pero sé que no hablará, ya lo habría hecho hace mucho tiempo. Tendré que volverme más precavido. No he debido bajar la guardia. Debo cuidarme de las viudas negras.

Segunda voz

Sé que me están buscando. Lo sé porque oigo el ladrido de los perros. Pronto la policía estará aquí con mi padre y mis hermanos. En cuanto a él, ya sabe que yo los he guiado hasta aquí. Está esperando que vayan por él. Al menos tuvo el coraje de no escapar y yo podré descansar en paz.

Epílogo

-Ya casi amanece, -pensó el teniente-. Llevamos varias horas buscándola. Hemos rastreado toda la zona, sin encontrar nada. Voy a decirles que lo dejemos para mañana.

-¡Hey! ¡Mi teniente! -gritó uno de sus subalternos- ¡Mire! los perros han encontrado algo, parece un zapato. ¡Rápido, una linterna! ¡Es un zapato rojo!

 

*Este cuento fue publicado en el 2008 y forma parte del libro de cuentos Voces del Silencio (Ble Ediciones, Manizales). Fue escrito en el 2006, antes que el cura José Francey Díaz Toro, condenado la semana pasada a 45 años y 10 meses de cárcel, por el asesinato de su compañera sentimental y de su hija de cinco años, sucediese.

 

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Opiniones

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fresasblancas

25 junio 2013 a las 4:53 PM
  

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