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03

2013

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Variaciones de una mierda

Por: elmagazin

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Aline Hernández

Me levanté súbitamente preguntándome qué hora era. Ahí fue cuando noté las actividades nocturnas de uno de los vecinos, cantaba a todo pinche pulmón Mujeres Divinas como si el cabrón fuera Vicente Fernández en un palenque. Estos pinches vecinos pensé mientras me frotaba los ojos tratando de quitar las lagañas que obstruían mi visión, de verdad que no vea usté lo que uno tiene que pasar cuando vive en un edificio. pero ya llegar al punto de entonar a todo pulmón esas mamadas y a esta hora, está cabrón. Pensé en ir a preguntarle qué carajos lo había hecho tomar la decisión de ponerse a cantar a esta hora, pero inmediatamente me invadió un súbito temor cuando a mi cabeza se le ocurrió figurarme siendo jalada por una gran mano de ranchero y llevada hasta el interior de un departamento horrible, lleno de mierda y maloliente para ser violada, al cabo era una posibilidad ¿no? Tal vez mi cabeza sólo me estaba protegiendo, tal vez el muy cabrón me iba a llevar a la fuerza después a prostituirme en las zonas colindantes de Garibaldi mientras él buscaba chamba de mariachi, entonces saldríamos los dos tarde del trabajo, él claro, estaría esperándome para regresarme al brevísimo espacio donde vivíamos. Los caseros pensarían, esta pinche loca, se largó un día así nomás y nos dejó todas sus pertenencias, nadie vino a reclamarlas y ¿horaqué? se preguntarían, pos a venderlas mamita le diría el administrador a su desgarbada esposa. La imaginación cesó, y tomé la decisión de abstenerme en ir a preguntarle qué lo había impulsado a cantar, a gritar, casi a aullar a esas pinches horas, el muy cabrón se sentía Vicente Fernández, eso que ni qué y yo en cambio no me sentía nada. Lo peor es que esa canción de pronto despertó en mí otro recuerdo, ahí tiene uno a mi mamá subida encima de una mesa, grande, de un acero verde botella, mi madresita bailaba arriba de una mesa, no tengo idea qué sonaba pero ella parecía disfrutarlo, se movía, así lentito, con una gran sonrisa en la cara,  yo creo que ella de verdad lo disfrutaba, sus caderas iban de arriba abajo formando un gran óvalo imaginario, sus manos se contoneaban hacia arriba, lentito. Entonces el espectro de mi mirada se ampliaba, chale, no estaba sola, había una amiga con ella, una amiga que parecía pajarraco, no era ni la mitad de bonita que mi querida mamá, que vaya uno a saber dónde demonios está. El caso es que su amigamujerpajarraco también se movía, pero menos lindo, era flaca flaca, en cambio mi mamá no, tenía carne, era hermosa. Su amiga se le acercaba, la veía bailar como si ella fuera una fuente brotante de inspiración, se le pegaba, se le arrimaba más bien, y las dos bailaban, seguían moviéndose al compás de una música que no puedo recordar. Otra ampliación del espectro, mi papá y otros cabrones las veían embodados por los movimientos, vaya uno a saber si estaban hasta la madre, seguro si.  Había más hombres alrededor de la mesa, todos apilados viéndolas moverse. Entonces me descubren, Miraaaanda me dicen, vete a dormir, ¿dónde está Mari?, ¿por qué no está cuidándote? No lo sé, les respondo, yo quería ser parte de los espectadores que las veían bailar, mi mamita chula, no podía ni hablar, ella seguía bailando. Se para entonces Luis, un amigo de mi papá, me agarra de la mano y me explica que los niños a esta hora tienen que estar en la cama. Por qué,  le pregunté. No me responde, el muy cabrón, piensa que como estoy niña no hay que hacer aclaraciones de ningún tipo, estos pinches adultos siempre dando todo por sentado. Me lleva a mi cama, me ve desde la puerta meterme. Marí está jetonsísima en la otra cama, las nanas ya no son como eran antes.

Vuelvo entonces al sueño, vuelvo al pinche pseudomariachi recordándome lo miserable que puede llegar a ser la vida en un cuarto de azotea. Vuelvo a ese pensamiento que me come hace días, soy mala pienso, me lo repito, me lo replanteo. La maldad puede con todo menos con la pinche bondad, ahí se deshace uno enseguida, te quiebras irremediablemente esperando alejarte lo más rápido que se pueda de ese lugar. Últimamente siento que me voy a quedar sola, ya lo veo venir. Otra vez, Miranda mudándose a no sé dónde porque no pudo con la intimidad que se generó a su alrededor. Y es que me da asco la intimidad, me parece insoportable. Me levanto de la cama, sigo sin poder dormir y ese cabrón sigue cantando a todo pulmón, sólo que ahora ya varió, canta José José como si no hubiera un mañana para el resto de los que vivimos aquí. Me visto como puedo, el pinche cuarto apesta a cigarro, estoy convencida de que me estoy volviendo una colilla, me veo en el espejo, siento la piel seca, la boca seca, me siento seca por dentro y por fuera. Azoto la puerta al salir y huyo lo más rápido posible de este asqueroso lugar.

Ahí te conocí, estabas en el esquina, parado, como si estuvieras esperando el momento adecuado para violar a alguna morra que salga en mal estado del bar Milan. Pasé caminando junto a ti, olías a colillas, me detuve, te miré a los ojos y casi enseguida me percaté de que tú también eras malo. Tenías mucho dolor en los ojos, dolor que compartíamos. No parecías tener nada que hacer y yo menos. Me quedé ahí, frente a ti, sosteniéndome quién sabe cómo. Parecías un viejo amargado.

-          ¿Te gusta coger? Te pregunté

-          No tanto como a ti

-          Quieres que vayamos a coger

-          Estoy esperando a que pase algo, aun no sé qué. Mientras tanto tengo que estar parado en esta esquina.

-          Estas seguro que no quieres venir conmigo

-          Más o menos

-          Te gustan los cuervos

-          Deja de decirme mamadas y vete ya que me estás interrumpiendo

-          Va a llover pronto y vas a tener que encontrar algún lugar para dormir, ven conmigo

-          No quiero ir contigo, estoy esperando algo más, pero aun no sé qué es

-          No te voy a pedir que te expliques porque sé que no lo harás. ¿Ves ese pedazo de mierda ahí? Pues los dos nos reducimos a eso sólo que de formas diferentes.

-          Ya entiendo lo que intentas decir

-          Hay que juntar naturalezas, tú también eres malo, lo sé por el modo en que me miras.

-          Y qué nos puede traer juntarnos

-          Pues más mierda claramente

Volví a casa, mientras subía decidí pasar con el mariachi. Ya no estaba, se había ido el muy cabrón a Garibaldi y ahora yo pasaría toda la noche en vela. La patria va a retumbar ante mis pies cuando lo encuentre.

 

Categoria: La esquina del cuento

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