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20
02
2013
elmagazin

Gaitán: La sociedad de control en los días del odio…

Por: elmagazin


Luis Carlos Muñoz Sarmiento*

Es que para  admirar se necesita grandeza y, por eso, al verdadero creador no lo reconocen sus contemporáneos, sino la posteridad o, al menos, esa especie de posteridad contemporánea que es el extranjero.

Ernesto Sábato

El pueblo está separado por el odio en fracciones irreconciliables. ¿De dónde proviene ese odio? es un artificio creado por los especuladores de la fe pública y del trabajo humano. ¿Cómo puede odiarse el pueblo entre sí, si todos padecen la misma hambre y la misma desolación? Pero conviene a los fines de los explotadores este odio, del cual se ríen, porque mientras uetedes se matan por la pasión política, ellos constituyen compañías, reparten dividendos y se apoderan de la tierra.

José Antonio Osorio L.

Lo que me irrita y me incapacita para llevar una existencia política no es la aversión a la violencia sino la aversión al poder. El poder, en tanto puede permitirse convertir la violencia en ritual, consigue que esta aparezca como la razonable. Mi repugnancia ante la violencia razonable del poder es inconmensurable. Concibo a casi todos los poderosos como hombres informes y faltos de vida.

Peter Handke

 

No habiendo podido fortificar la justicia, se ha justificado la fuerza.

Blaise Pascal

 

La finalidad de la neolengua no era aumentar, sino disminuir el área del pensamiento, objetivo que podía conseguirse reduciendo el número de palabras al mínimo indispensable.

George Orwell 

 

A Jorge Eliécer Gaitán (1903-1948)** in memoriam…

Gaitán & El día del odio: Un libre discurso reflexivo

Debido a la pésima edición de una versión anterior de este ensayo (el ensayo es algo que como su nombre lo indica nunca termina), en la revista Al Margen, me veo obligado a precisar desde qué óptica veo el género. Pues bien, hoy no hay para mí mejor definición, sobre lo que significa el ensayo libre, personal, en su concepto más contemporáneo, que la aportada por Pedro Aullón de Haro en la revista Educación Estética No 2 2006-07, de la U. N. (pp. 63-64), revista dedicada a la obra de Theodor Adorno:

“El discurso del ensayo, y subsiguientemente la entidad constitutiva del género mismo, sólo es definible mediante la habilitación de una nueva categoría, la de libre discurso reflexivo. La condición del discurso reflexivo del ensayo habrá de consistir en la libre operación reflexiva, esto es, la operación articulada libremente por el juicio. En todo ello se produce la indeterminación filosófica del tipo de juicio y la contemplación de un horizonte que oscila desde la sensación y la impresión hasta la opinión y el juicio lógico. Por tanto, el libre discurso reflexivo del ensayo es fundamentalmente el discurso sintético de la pluralidad discursiva unificada por la consideración crítica de la libre singularidad del sujeto. El ensayo posee, por otra parte, la muy libre posibilidad de tratar acerca de todo aquello susceptible de ser tomado por objeto conveniente o interesante de la reflexión, incluyendo privilegiadamente ahí toda la literatura misma, el arte y los productos culturales. La libertad del ensayo es atinente, pues, tanto a su organización discursiva y textual como al horizonte de la elección temática. Es de advertir que el ensayo no niega el arte ni la ciencia; es ambas cosas, que conviven en él con especial propensión integradora al tiempo que necesariamente imperfectas e inacabadas o en mero grado de tendencia. Por ello el género del ensayo se muestra como forma poliédrica, síntesis cambiante, diríamos, para un libre intento utópico del conocimiento originalmente perfecto por medio de la imperfección de lo indeterminado. Si retomásemos la distinción de Schiller de los géneros poéticos como ‘modos del sentimiento’ y añadiésemos la de los géneros científicos como ‘modos de la razón’, pudiérase considerar el género del ensayo en tanto que realización de un proyecto de síntesis superador de la escisión histórica del espíritu reflejada en la poesía, como discurso reflexivo en cuanto modo sintético del sentimiento y la razón. El ensayo, entonces, accedería a ser interpretado como el modo de la simultaneidad, el encuentro de la tendencia estética y la tendencia teorética mediante la libre operación reflexiva”, concluye Pedro Aullón de Haro, doctor en filosofía y letras, catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la U. de Alicante y director de la colección Verbum Mayor.

En segundo lugar, debo decir que es lamentable pero, antes de que se haga tarde, hay que decir las cosas, antes de que otros, con menos buena intención, las diga por nosotros… En tiempos oscuros, hay que buscar la claridad para poder avanzar… y sólo se puede dar claridad si se es claro. Aquí recuerdo, al vuelo, al gran José Martí: “Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, o no es un hombre honrado”.

En tercer lugar y ya para terminar, es decir, para empezar, aparte de a mis hijos, Santiago y Valentina, quiero dedicar este trabajo al pintor, grabador y maestro Juan Antonio Roda, quien tenía muy claro, refiriéndose a las reuniones con las familias de cada uno de sus cinco hijos, que “la vida es más fuerte que la vida de cada uno” y por momentos se reconocía pesimista por sabedor de “la condición humana, de sus ansias de poder, de su afán insaciable de riquezas”, (Ma. C. Laverde, Nómadas No 15, oct./01, p. 208); a Marthica y a Mª del Rosario, sin cuya colaboración no estaría aquí. A Cristina de la Torre, por sus valientes columnas en El Espectador y por su conmovedor respaldo en mi desafío a los desafueros del poder, representados en la triste figura de un general que sólo con su deceso dejará de mentirle al país… como mintió sobre la muerte de Camilo Torres al decir, en 2008, que le había entregado el cadáver al hermano mayor, Fernando, aprovechando que éste ya había muerto; como mintió, al hablar de Gaitán, culpándolo de generar con su pasión el día del odio, los hechos del 9 de abril, y de arengar a las masas para que atentaran contra El Tiempo, El Espectador… (1) Es decir, el general (en su época le decían Violencia Tovary la voz del pueblo es la voz… soy ateo) ha tenido la pretensión de falsear la historia, queriendo poner al perseguido de perseguidor, cuando es al revés… como se verá en este libre discurso reflexivo. Ahora, al grano… siguiendo la idea de Adorno o, para evitar suspicacias, del señor Adorno: “El pensamiento tiene su profundidad en la profundidad con que penetra en la cosa, y no en lo profundamente que la reduzca a otra cosa”.

Cuando se le debería admirar, a Gaitán se le acusa y persigue no por ser “el hombre que inventó un pueblo”, como con ironía dice A. Caballero (ningún aristócrata se siente cerca al pueblo…), sino por la sentencia siguiente del propio Gaitán, en la que su único e involuntario error fue haber hecho énfasis en la salvación del pueblo a través de la política, medida sana pero pervertida por los políticos: “He dicho que la más alta misión de un hombre, la más elevada, la más desprendida, es intervenir en la política… yo he invitado el pueblo a intervenir en la política, y creo precisamente que la salvación de este país reside en que todos los hombres intervengan en la política” (1947). Y ya se sabe que a los políticos colombianos no les ha interesado nunca la salvación del país, sino el sometimiento del pueblo paralelo al intemporal estado de sus bolsillos llenos.

Como dice Herbert Braun, autor de Mataron a Gaitán (reeditado por Aguilar, 2008); cito de la edición de Norma, 1998, p. 125: “A los liberales y a los conservadores les era posible estar de acuerdo ideológicamente pero discrepar emocionalmente, con lo cual mantenían la farsa del partidismo”. Y agrega: “Tal vez”, les decía Gaitán, “por ese camino encontremos la explicación de por qué liberales y conservadores dirigentes tienen las mismas ideas, practican los mismos sistemas, aun cuando su denominación sea distinta y distintos sean los odios que los llevan a la controversia”. “¿Cómo es posible, se preguntaba, que la política se haya convertido simplemente en una cuestión de temperamento? Para él [Gaitán] la respuesta radicaba en la economía, que estaba alterando las relaciones entre la política y las clases sociales”. Añade Braun: “El capitalismo lo había transformado todo. Aunque los partidos eran multiclasistas en su estructura, ambos estaban al servicio de ‘la irrupción de nuevos elementos capitalistas’ (Gaitán). “La política, concluía Gaitán desde la perspectiva de la Unir, se ha vuelto ‘una defensa de los intereses capitalistas y latifundistas’”. Lo dicho: poder y codicia, única razón de ser de políticos corruptos y oportunistas…

El propósito de este ensayo es centrarse en El día del odio sobre cinco asuntos básicos: la sociedad de control a la que Osorio, de forma implícita, alude reiteradamente en su texto; una visión sobre el pensamiento político de Gaitán visto a la luz del suyo propio, en primer lugar, y de otros, en segundo término; una referencia al problema de la tierra, es decir, el problema medular de cualquier país en toda época y en todo lugar, tratado también por Osorio en su novela El día del odio, como se puede colegir del epígrafe ya citado; breve referencia a algo más que una hipótesis: Gaitán, víctima del oportunismo bipartidista; por último, la relación conflictiva entre lenguaje y Poder, en la que este, en su violencia razonable, repugnantemente razonable, parece conducir a aquel de nuevo a la pobreza…

El día del odio, obra de madurez, fue publicada primero en Argentina (López Negri, 1952), a cuatro años de asesinado Gaitán, y mucho después en Colombia, primero por Carlos Valencia, en 1979, y luego por El Áncora, en 1998. La tardanza sugiere algo oscuro detrás del hecho: un asunto político (invisibilizar la obra); uno de envidia (ocultar su contenido);  otro de ignorancia (para qué darlo a conocer). También, sugiere que para admirar se necesita grandeza: ante los seres verdaderamente grandes no nos sentimos inferiores sino misteriosamente afines. Lo que no entienden los editores, que casi siempre se creen superiores a los autores y a las obras que de ellos publican.Como si el hecho coyuntural de tomar los textos les otorgara facultades para deshacerse de lo incómodo, rehacer lo que para ellos es políticamente incorrecto, invisibilizar lo inconveniente o, por el contrario, hacer más visibles las debilidades de dichos textos para tranquilizar al aparato hegemónico, contribuyendo de paso al aletargamiento, de por sí preocupante, de la conciencia colectiva.

Los otros temas propuestos son: los primeros pasos de Osorio en la literatura; un intento por desentrañar el carácter de novela social y política (no panfletaria), antes que histórica, de tesis o tratado de sociografía de El día del odio; la importancia de esta como parte de la literatura que ha superado el umbral de la estética de la violencia visceral; la lucha del propio Osorio, al margen de su vida personal y de sus posibles o probables sesgos o errores políticos, contra la injusticia, desde la apariencia inofensiva de la escritura; todo ello dentro del marco de ese panóptico del que habló el economista (no filósofo) y seguidor (pues su creador es Helvetius) de la doctrina del utilitarismo, el inglés Jeremy  Bentham, y en el que hoy se encuentra la sociedad globalizada por el pensamiento único, que se pretende oponer al pensamiento complejo. Visión total o, peor, vigilancia total que deviene del paso de la sociedad disciplinaria, llamada así por Foucault, a la sociedad de control, término propuesto por el poeta beatnick Burroughs y aún más a ese nuevo tipo de poder, engañosamente sutil, que el mismo Foucault denominó bio-poder, un sofisticado, por falso, sistema de control ante el cual los conceptos tradicionales de autoridad evidencian su incapacidad para criticar y, peor aún, para entender. En vez de reprimir, en apariencia, este nuevo poder realza la vida, exalta el nacionalismo, pregona la seguridad democrática y para ello declara a toda disensión u oposición, terrorista. Mientras tanto, el verdadero terrorismo anda suelto por ahí y a la vista (ciega) de todo el mundo y con su callada complacencia. En otras palabras, el sistema asume la posición que el cineasta Miguel Littín, víctima del totalitarismo por el pinochetismo (a la larga lo mismo), ha expresado en una frase siempre viva: “El alcohol, la religión, las sonrisas, la ley y la gentileza son parte de las herramientas que posee el sistema para disciplinar y dominar a los hombres”. Y también a las mujeres…

Una aclaración en torno a Helvetius y Bentham: como ya se dijo Helvetius es el real creador de la doctrina utilitarista. Él pensaba que la moral privada y las instituciones públicas deben buscar siempre aquello que suponga la mayor felicidad para el mayor número de ciudadanos… (cuando los hay); que todos los hombres están dotados de un vigor intelectual y de un poder de atención suficientes para poder llegar al nivel de los más ilustres; que la causa de que los talentos sean tan desiguales es siempre el efecto de la diferencia de situación en que la suerte los ha colocado, es decir, distintos ambientes, recursos económicos, educación e instrucción, etc.; mientras que para su seguidor, Bentham, torpe seguidor, por demás… el utilitarismo era la base para emprender la sociedad auto vigilada… y feliz: sólo lo de la auto vigilancia se le cumplió y no por él ni por su panóptico, precisamente, sino por Orwell, quien en 1984 prefiguró la vigilancia total a través del Big Brother, inoculada en los seres humanos a manera de supositorio mediante los llamados realitys. En 1789 se hizo famoso por su obra Introducción a los principios de la moral y la legislación, en la que dijo que felicidad era igual a placer; que mediante una especie de cálculo matemático-moral de los placeres y las penas, se podría llegar a decir qué era una acción buena o mala. Afirmó también, si los valores se basaban en los placeres y las penas, las teorías de los derechos naturales y de la ley natural no eran válidas. John Stuart Mill modificó algunos de los principios de Bentham, excepto, cómo no, su método para calcular las cantidades de felicidad o qué es una acción buena o mala y por qué.

Osorio y su gateo literario

Debe advertirse, Osorio dio sus primeros pasos literarios en el periodismo, antes de llegar a convertirse en uno de los escritores y cronistas más importantes del Siglo XX, al lado de Luis Tejada, Hernando Téllez y (el clasista) Germán Arciniegas, entre otros. En efecto, tras huir de la casa paterna al terminar su bachillerato en San Bartolomé, trabajó cuatro años como minero en Caldas y recolector de café en Quindío para luego regresar a Bogotá, donde aprendió el periodismo, como repórter de policía, cuenta Téllez mismo. Más tarde fue autor de comentarios ligeros y un muy vivaz editorialista político. Se le recuerda por su carácter frágil, una existencia combativa, un vigor intelectual poco común e ídem acidez crítica “de todo cuanto en la intolerable farsa social lo hería directamente o contravenía sus ideas y creencias, su noción de justicia, su código del honor, su concepto de la equidad, sus propósitos, sus adoraciones y sus abominaciones”.

Relata Téllez que durante muchos años Osorio paseó “su esquelética figura, su inteligencia y su mefistofélica sonrisa”, por las salas de redacción de los periódicos bogotanos y luego de la Costa: fue fundador de El Heraldo, de Barranquilla, en 1933. Y aquí viene un aspecto determinante en su evolución literaria: se cuenta que por su origen humilde y pobre fue acercándose, poco a poco, a la tragedia cotidiana de los humillados y ofendidos con una simpatía y compasión tales que sus crónicas del crimen y del asesinato, del hurto y del robo, de la mendicidad y de la prostitución, así como del melodrama de la picaresca bogotana, “adquirían bajo su pluma no sé qué acento vindicativo y, al mismo tiempo, una firme pulsación literaria en la cual podía descubrirse ya la vocación del novelista”. De semejante caldo de cultivo surgieron crónicas como las de La cara de la miseria (1926) y novelas como La casa de vecindad (1930), El criminal (1937) Hombres sin presente (1938) El día del odio (1952) y El camino en la sombra (Premio Esso 1963), obras en las que Osorio dejó su impronta vital transmutada en literatura sobre lo que también es la ciudad: “Los grupos [humanos] que se han clasificado por sí mismos o que han sido clasificados por las leyes que defienden a la sociedad. Lo mismo que todos los miserables y que todos los vagos”. Y esa ciudad, tragicómica, ofrece siempre nuevos aspectos, ya pintorescos, ya lastimosos, por los cuales Osorio dijo que había reído y llorado, añadiendo: “He visto que todos esos exponentes de la miseria tienen el dolor risueño de los clowns”.

Después de su periplo, non sancto, por Buenos Aires, Santiago y Santo Domingo, donde estuvo dedicado a escribir tal vez por algo más que un salario a favor de las dictaduras de Perón y Trujillo, regresó a Colombia en 1960 para, quizás, tratar de exorcizar sus culpas en la que sería su última novela, aún inédita, Barco a la deriva. Ya antes, en su libro de crónicas, como en las novelas precitadas, Osorio había intentado exorcizar también sus demonios, temores y deseos. Por eso tal vez tenga razón Unamuno cuando decía que “toda novela, cuando es viva, es autobiográfica”; o, si se prefiere, que la autoconfesión es el sucedáneo perfecto de la creatividad; o que todo personaje de ficción es de algún modo un alter ego del autor; aspectos aplicables a las novelas precitadas.

¿La mejor de sus novelas? Quizás…

Si se compara El día del odio con las novelas que la preceden en este análisis, se podrá ver que en todas hay un trasfondo social y político muy fuerte. Así, en La casa de vecindad, a través del relato, en primera persona, de un tipógrafo que es desplazado de su trabajo por la llegada del linotipo al país, Osorio relata las vicisitudes de aquél frente al abandono de la pareja, el desempleo, el hambre, el fracaso, en medio de la pobreza. Incluyendo la dificultad para conseguir los ocho pesos mensuales del arriendo, o sea, el drama que significa vivir pensando en lo material para a su vez irse arruinando en lo espiritual. También es el relato de la tentación, ante la adversidad, por degradarse mediante el robo, la prostitución o la mendicidad, en la ciudad devoradora, en la vorágine citadina. O sea, un contenido intrínsecamente social y político, como en Hombres sin presente (Novela de empleados públicos), en la que (casi 50 años antes de que Rojas Herazo lo hiciera en Celia se pudre), Osorio describe la vida de esos oscuros funcionarios que ayudan a construir un país, pero de los cuales nadie se acuerda salvo para la recriminación o el dicterio. Aunque, por contraste, constituyan el principal flagelo de esa entelequia llamada democracia: la burocracia, el bolsillo roto que alimenta a la impunidad, sobre todo en aquellos países sostenidos por lo ilícito. Y no se ha hecho especificación alguna que permita a la seguridad democrática de hoy realizar persecuciones gratuitas por desacato o por terrorismo.

Como le ocurre al personaje central de Hombres sin presente, César Albarrán, quien de acuerdo con Osorio no es un personaje novelesco sino una especie de mecanismo en gris y símbolo y concreción de la clase media, perseguida e inerme. Albarrán, quien encarna la monotonía y el absurdo de la vida doméstica cotidiana, ve pasar el tiempo obligado por tradición a llevar adelante una vida artificial que constituye una perenne simulación en medio de la rutina burocrática. La novela representa, en cierto modo, el tono gris del tiempo uniforme equivalente al tono uniforme del hombre gris que, a la manera del Balder de Arlt, vive esperando en su intrascendencia que un suceso extraordinario se produzca. Esto en medio de dificultades, dudas e incertidumbre, lo que en algún momento, por causa de la debilidad que genera la aventura cotidiana de vivir en un medio hostil e injusto que no se comparte pero del que hay que aceptar sus imposiciones, le hará decir: “Mi propósito es evidenciar de qué manera busqué el conocimiento a través de una avalancha de tinieblas y mi propia potencia en la infinita debilidad que me acompañó hora tras hora”. De seguro, Albarrán hubiera suscrito las palabras de Balder pues ambos son parte de ese engranaje melancólico de la rutina, juguetes rabiosos en manos de poderes extraños, fichas inconscientes de un juego implacable y mortal llamado sociedad de control. Sus vidas no les pertenecen; sus destinos están en manos ajenas; sus fracasos son ineluctables.

De El día del odio se han dicho cosas sobre las cuales se puede dudar, toda vez que en ellas aflora el carácter irreflexivo, cuando no la ignorancia o el atrevimiento. De tal novela y de la obra de Osorio se ha dicho que desconocen los experimentos técnicos, formales y estilísticos de la novela europea y americana (no sólo gringa) más cercanos a su tiempo; tienen una visión pesimista e irremediable; abundan en significaciones y digresiones inútiles; tienden a la gratuidad y al facilismo; traslucen una máscara individual y social de amargura, detrás de la cual se encuentra el propio rostro biográfico y de época del autor; le tiran la puerta en las narices a cualquier posible intromisión de la fantasía; están ancladas en tercos andamiajes composicionales de verismo fotográfico y fidelidad documental (acusación de los mismos sociólogos y antropólogos que han tomado su obra como objeto de estudio: a quienes Osorio mismo acusa y denuncia por contribuir a disfrazar la horrenda hipocresía de la sociedad, 84); adoptan el registro discursivo típico del desahogo personal, la queja social o la invectiva política; demuestran la paradoja de un autor que denota mucha insistencia pero poca consistencia puesto que insiste en novelar a la Bogotá de entre 1920 y 50, en su anhelo de crear una novelística nacional, pero deja apenas un esbozo de la cartografía total; en fin, que sus novelas son al cabo malogradas o fallidas…

Novelas malogradas o fallidas, para dicha crítica sesgada, salvo, cómo no, La casa de vecindad, “una obra casi perfecta”, según Téllez; El hombre bajo la tierra (sobre la cual hay un filme de Santiago García, Bajo la tierra, de 1968) que “entraba en el territorio de lo excelente”, y El día del odio, “el mejor de sus libros y la mejor de sus novelas. Le sobra, es cierto, el alegato sociológico hecho por cuenta del autor y como a espaldas de los personajes. (…) Jamás había escrito Osorio con tanto dominio intelectual del tema ni jamás logrado tampoco realizar una estructura novelesca tan completa como la de El día del odio”, sostiene Téllez en un artículo parte del libro Novelas y crónicas, de J. A. Osorio Lizarazo, con selección e introducción de S. Mutis (2), uno de los pocos textos que emprende la defensa de la obra del autor bogotano pero que, para algún sector de la crítica, no logra trasponer el umbral que separa al comentario del análisis textual (3). Al margen de su discutible contenido, he ahí un documento clave para conocer sus novelas, crónicas, aproximaciones críticas a su obra y bibliografía sobre esta última: en la que El día del odio es quizás, por qué no, la mejor de sus novelas… al lado, eso sí, de El criminal.

 Tránsito: El dolor sin risa del clown

Para poder comprender lo anterior, hay que conocer el contenido de El día del odio, motivo de este análisis. Se trata en ella del viaje iniciático, a la vez vía crucis, de una empleada doméstica, Tránsito, proveniente de Lenguazaque, al oeste de Villapinzón, en Cundinamarca, norte de Suesca y este de Cucunubá. La referencia al espacio es fundamental por cuanto alude tanto al lugar de origen, al que se anhela regresar (leit motiv que lleva a una idea terrible: ¿cómo desandar lo andado?), como al lugar de destino, del que no podrá salir. Destino que, por ello, se puede antojar fatídico o trágico pero que, en realidad, hace parte de esa trama en la que ciertas criaturas sucumben sin haber hecho otra cosa que mostrar su inocencia, ignorancia, desvalimiento. Dice el narrador (Cap. XV):

“No es que sobre la adolescencia de Tránsito se acumulara el infortunio con una saña excepcional. Tránsito no era sino la síntesis de un dolor humano hostilizado por todas las fuerzas morales y materiales que sostienen y estructuran la organización social y aseguran la tranquilidad de quienes puedan pagarla”.

Tránsito trabaja en una casa de empleados de clase media, en el barrio Alfonso López. La casera, doña Alicia, la acoge al principio; luego explota su fidelidad y sumisión; y, finalmente, la echa sin atenuantes por el hurto de una cadena que no cometió. Tránsito se desplaza al centro de Bogotá; en medio del hambre y de la incertidumbre busca un hotel; aparece un policía… pero un policía es un policía (en la novela) y en consecuencia actúa… entonces viola a Tránsito; más tarde, otro la lleva a la inspección para que, tras inventarle un prontuario le cuelguen el Carné de Sanidad, mediante el cual se decreta su prostitución; luego, se degrada aún más; finalmente, como (no) es natural, muere. Y así, sin ambages, se ha perdido para la posteridad una vida condenada de antemano a la desidia, simplemente porque la inocencia perdida jamás se puede recuperar. Máxime si se ha sido víctima de la violencia razonable del Poder, a la cual, por más que se intente justificar, debe rechazarse siempre por repugnante e intolerable.

La errancia de Tránsito es intensa pero fugaz y al revés. Cae en los calabozos de la policía; duerme en las faldas ocultas de Monserrate con indigentes innombrados; alterna en las chicherías de la Perseverancia; comparte con individuos de toda pelambre, en especial de baja estofa; es expulsada una y otra vez de casuchas de mala reputación; sobrevive en medio de una humanidad cada vez más envilecida por el alcohol y el vicio, vapuleada por la miseria, defraudada por los políticos que, previamente, tantas promesas le han hecho y tantas tristezas le han dejado: “La verdad es que todos los que detentan el poder sienten un hondo desprecio por todo lo que prometen, por todo lo que han jurado”, se afirma en En busca de Ricardo III (1996), de Al Pacino. La novela termina con el estallido del 9 de abril, cuando la turba furiosa desciende de los sectores aledaños a Monserrate y Guadalupe o trepa por las cloacas de los ríos San Francisco y San Agustín. En medio del saqueo, la destrucción y el incendio, en un espacio donde ahora sólo cabe el odio, Tránsito se precipita con su amante a la expropiación, la venganza, la procacidad. Ambos beben un whisky jamás soñado y comen manjares nunca ingeridos. Enceguecida por ese amor insatisfecho que viene a ser el odio, Tránsito cree ser depositaria de las humillaciones y ofensas que desde siempre se ciernen sobre las campesinas llegadas a las ciudades. Entonces, siente ya no el ansia de morir sino la sed de matar a quien encarna la causa primigenia de todas sus desventuras y a quien previamente ha lanzado imprecaciones, producto de la desolación: “-¡Ah! ¡Gran guaricha mi señora Alicia! ¡Hast’ onde m’ hizo cáir!” (209). Luego dirá: “¡Ah! Malaya toparme pu’aquí con mi señora Alicia pa’ver cómo tiene las tripas por dentro” (233).

Como en el mejor jazz, el tema es lo de menos en El día del odio. Lo importante no es el qué de la música o de los sucesos sino cómo se interpretan. Y la muerte de Gaitán, que desencadena el día del odio, es prueba de ello. Así, al finalizar el penúltimo capítulo de la novela se hace una síntesis acerada e implacable sobre, por ejemplo, los desafueros del poder encarnados por la policía; la necesidad de realizar una limpieza social (221-24) para poder mostrar una ciudad digna de la Conferencia Panamericana; limpieza ya referida en el Cap. XII:

“Alguna vez las urgencias del espacio impondrían el rescate de la barriada y entonces los maleantes y los indeseables serían eliminados como piojos: y la obra de limpieza no tendría un objeto de dignificación humana sino un fin de exterminio” (155).

Y como pasa ahora, en la novela de Osorio se alude a la ilimitada autonomía de los funcionarios para juzgar la peligrosidad de los malhechores, en muchos casos personas inermes que no han cometido delito alguno. Y la sociedad de control se hace presente en la novela después de los presagios de la catástrofe patentes en un ambiente parecido al de las señales de percusión en las selvas africanas. Así, en el capítulo final, de una intensidad literaria inusitada, se narra que entre los breñales y cañadas del centro-oriente bogotano se ocultaban aquellos vagabundos que “lograron eludir la intensidad de la persecución policial desarrollada con motivo de la asamblea internacional”. Pero es que cual si se tratara de la Bogotá de Peñalosa-Mockus-Garzón-Moreno: “La ciudad quería ufanarse de su opulencia, como los nuevos ricos, y construía su prestigio y su fausto sobre una caudalosa falsía y sobre un deliberado encubrimiento” (221), sentencia el narrador de El día del odio.

Desde todos los puntos de la ciudad convergieron las pasiones en aquel día del odio desencadenado por el crimen de Gaitán. En medio de una sociedad que (como la de hoy) confiaba más que nada en los efectos represivos del terror sembrado por conducto de las armas oficiales, surgen las metáforas que representan tales ánimos exacerbados: “Fue el cataclismo plutónico”; “las llamas empezaron a lamer el cielo nuboso”; “las vibraciones convocadoras arrancaban a los proscritos de sus escondites, súbitamente sedientos de sangre” (227). Y antes de la orgía final de alcohol y comida, sangre y muerte, insólitos presagios impregnaban el ambiente “y el aire mismo anunciaba la catástrofe”. En medio de la dominación impuesta por la locura, los policías recordaron algo que deberían considerar los de ahora: que también eran pueblo y que habían sido sacados de los más bajos estratos, “para ser amaestrados contra los suyos como viles perros de presa” (229). Entonces, deciden dejar sus fusiles y sus insignias en manos del que los quisiera.

En medio de esta barahúnda, Tránsito y su amante, el Alacrán, claman un odio inexorable contra todo y contra todos. Éste vocifera no sin razón: “Tóos tienen qué tragar y nosotros ni an una aguapanela. ¿No es pa’ matar más de un guache de estos de l’ alta?”, mientras aquélla, víctima del furor homicida, lanza un metafísico aullido, trémulo y estentóreo, contra ese extraño y espantoso monstruo que le impide subsistir: “¡Muera! ¡Muera!”, grita con toda su última e impotente potencia. Pero como, a diferencia del cine, en la vida no hay finales felices (pues la muerte es la muerte de estos), es Tránsito la que muere. Y lo peor de todo es que ella, exponente de la miseria, carece de la risa del clown. Para ella sólo hay el inefable dolor del payaso que aparenta reír para no llorar pues se le ha secado el llanto, acabado la risa. Porque en esta sociedad excluyente, que da tristeza y sobre todo asco, ella sabe que a nadie le puede importar su pobre existencia…

 El día del odio: Novela subversiva…

Si se considera que El día del odio de todas maneras asume el espacio como habla y su tono está basado en el lenguaje conversacional, que lo hace vivo y presente, ya se tiene que ir pensando en la sustancia política de su narrativa, antes que histórica, sociográfica o de tesis, como sostiene algún crítico (4), particularmente en cuanto toca al enfrentamiento entre el lenguaje y el Poder establecido. En efecto, el lenguaje hablado y más que eso jergal de la vida cotidiana, salpicado de dificultad, inconformidad e irreverencia, le confiere a la novela un carácter cuando menos potencialmente subversivo, desde la perspectiva interna del relato, lo que en sí mismo implica político. Comprendiendo subversión como la versión debajo de la establecida, pero no ilegal, sino que no desea ser oída por aquéllos a quienes no les conviene o a quienes, por obvias razones, hay que escamoteársela para evitar la persecución oficial. Comprendiendo subversión sin tintes peyorativos ni penales como sí la entienden ciertos estados o gobiernos que ven en su régimen implantado el único posible y justo. Y como para cada gobierno hay un único orden posible, cualquier otro que se desee implantar es irregular, sospechoso o virtualmente atentatorio para el statu quo.

La potencialidad subversiva se manifiesta desde el comienzo: La Cachetada le advierte a Tránsito que no podrá librarse jamás de las mil manos (terrible metáfora del panóptico de Bentham: 55 y 72) de la policía, en cualquier momento dispuestas a capturarla. Asunto que se refuerza luego, cuando se dice que todos sus movimientos eran vigilados, “porque se consideraban sospechosos”. Por si quedan dudas, cabe citar en este punto el horror de Tránsito ante la amenaza incierta pero indudable de la jauría (81), por autoridad, que la acosa sin remedio: “Por todas partes veía gente al acecho de su paso, zarpas tendidas que se alargaban para desgarrar sus carnes, muecas horribles que se burlaban de su terror, como si se hubiese extraviado para siempre en una selva poblada de monstruos”. El crítico Robert Sims señala que la novela, por ser dominio de la diversidad de lenguajes, voces, discursos, por su propia naturaleza, se presenta como un género subversivo frente a la historia: que, se agrega, sólo parece tener una voz, la del Poder: omnímodo, prepotente e irreflexivo.

El habla jergal, con fuerte acento campesino de Tránsito Hernández, el Alacrán (alias Teódulo Peralta), Manueseda (alias Alfredo Pineda), El Asoliao, El Inacio, La Cachetada, Catalina, Vaselina, doña Eduviges, Forge Olmos, la señorita Julia y demás personajes que pueblan la fauna humana —y esto dicho con estricto rigor documental, ajeno a sesgo alguno: Osorio recurre, entre otras, a la figura retórica de la personificación al revés, es decir, no personifica a los animales sino que animaliza a las personas— dotan al texto de un lenguaje que sin reparo posible es vida, acción, tiempo presente. De esta manera, se va forjando un relato de carencia, marginalidad, exclusión, a todas luces político. Político en cuanto a lo que afecta a los ciudadanos de un país; a la libertad de que debe disponer cada uno de ellos para examinar el tema según sus propios pensamientos e intereses; a la inalienable posibilidad personal de armonizar los conceptos de política teórica y práctica que permitan la aplicación de un modelo si no correcto al menos distinto del establecido.

Todo ello, transferible a los personajes que pueblan su universo literario si se tiene en cuenta que la novela se abre con una violación de derechos humanos, asunto preocupante en Colombia mientras subsista la guerra; continúa con alusiones permanentes a la sociedad de control: “Ora tendrás encima a la policía”, le suelta de sopetón La Cachetada a Tránsito no sin antes lanzarle un laconismo inexorable: “¡Se acabó tu vida!”; más tarde, tras ser registrada en el Dispensario, le dicen sin titubeos: “Tiene que venir todos los jueves al examen. Y cuidado con perder la tarjeta del registro”, aunque, claro, ya antes, para sosiego de la decente y sumisa sociedad, se ha dicho: “El orden estaba defendido sólidamente contra las mujeres perdidas como Tránsito”, lo que a su vez significa: orden es la palabra preferida en el diccionario de la tiranía, como se puede colegir desde que es registrada en el Dispensario de Mujeres Públicas; y termina con una magistral recreación de los sucesos del 9 de abril, en la que aflora la sensibilidad del cronista periodístico, converso literato, que no oculta su ideología. Antes bien, la coloca por encima del aspecto historicista, como quien sabe dónde está su objetivo. Y este no es otro que despertar las conciencias dormidas de un pueblo sometido, vilipendiado y cuyos habitantes han sido convertidos en objetos pues ya han dejado de ser sujetos de la historia: “No concebían una modificación en sus vidas atemorizadas. Jamás tuvieron oportunidad de concebir algo distinto. Probablemente en la hora decisiva serían héroes, pero entre tanto eran unos pobres objetos pasivos” (147-48).

Como se puede notar, un discurso fundamentalmente político en el que el aspecto histórico, aunque no irrelevante dado el rigor documental, permanece en segundo plano. Para que no quepan dudas, valdría la pena volver sobre el término novela, según la crítica (5). Así podrá dilucidarse a cuál tipo pertenece El día del odio… Novela, en su acepción primigenia, es aquella obra literaria extensa y en prosa en la que se describen sucesos imaginarios o reales, caracteres, costumbres, situaciones, etc. Significa también ficción o mentira, en sentido figurado. A un nivel más elevado, la novela, como función literaria, se identifica desde los griegos con la épica: así, los poemas épicos la IIíada y la Odisea se acercan al concepto actual de novela porque muestran claramente el carácter de los personajes, sin descuidar el aspecto de la narración ni el ambiente que da vida a la historia. No es posible establecer límites entre novela y épica pues todos los caracteres de esta pueden aparecer en aquella.

La novela, hoy, se distingue por haber tomado nuevos desarrollos, enfoques, direcciones y por hacer uso casi exclusivo de la prosa como forma. Aun así habría que decir, con Rojas Herazo, que la novela es indefinible: furia, por las limitaciones que atenazan y asustan a quien escribe; vehículo inter-comunicante de las múltiples soledades humanas; herramienta de la compasión; una nueva propuesta religiosa (no institucionalizada), en tanto quiere que el hombre alcance la redención de todo error con que aupado al absurdo se ha obstaculizado a sí mismo. Por eso, hoy, es el género más ambicioso y candente, el más liberador y el menos definible. Esto, por razones sencillas y a la vez complejas: la abundancia de concursos, la demanda inconsciente de la industria, el incremento en la basura que se publica día tras día. Cualquier cosa es novela: tres ejemplos, para qué atiborrarlos de títulos, dirían mis hijos: La virgen de los sicarios, Rosario Tijeras, Érase una vez en Col…

Se dice, no hay novela sin historia y justo es reconocerlo. Pero el proceso de la una es distinto al de la otra pues mientras la segunda procede por representación fiel (en lo ideal, ya que usualmente se manipula) unida a una interpretación, la primera lo hace por hipótesis: a determinadas condiciones, ciertos resultados o viceversa. La historia, por comprensiva y amplia que sea, por más avidez de conocimiento que haya en su búsqueda, no puede permitirse las dudas ni las ambigüedades de la ficción. Y Osorio no se aparta nunca de unas ni otras pues conoce muy bien aquellos senderos que se bifurcan y reconoce que la historia opera por adición: a hechos ya sucedidos, suma otros nuevos que no desmienten a los anteriores sino que los complementan. La ficción, en cambio, vive en el asombro permanente ante el acoso de las sorpresas. Lo que se está escribiendo puede ser distinto al voltear la página o distinto al filo del tiempo con la relectura, como sugiere el otro autor de El Quijote, Pierre Menard. La novela cuenta lo histórico de acuerdo con sus propias leyes, otorga a la historia y a la imaginación una jerarquía similar dentro de la narración y se resiste a los dogmas del poder, subrayando que no hay dogma ni puede haberlo pues el rostro cambiante de la verdad impide que lo haya.

Por eso no deja de resultar extraño que el carácter en apariencia verista de la obra de Osorio les impida a los críticos ver lo que en ella hay de imaginación, también en cuanto al hecho político de vivir en comunidad: recrear la vida no de personajes célebres sino anónimos, en torno al 9 de abril; ofrecer una mirada crítica no oficial sobre eventos paralelos, como la Conferencia Panamericana; realizar tan portentosa síntesis sobre el ideario de Gaitán (140-45); presentar la caída final de Tránsito con tal dramatismo e intensidad, implica de por sí imaginación. Esta y el lenguaje, dos cosas indispensables a la novela y a la sociedad… y presentes en una obra en la que el discurso histórico está supeditado a la expedición literaria, ajena a los condicionamientos que los hechos dictan a la historia, pues ellos no afectan a la imaginación ni al lenguaje ni a lo que este tiene de aventura. Se dijo, trata del viaje iniciático de un ser anónimo que no tiene que ver con el Poder, asunto carísimo a la Historia, escrita consuetudinariamente por los poderosos, esos hombres informes y faltos de vida. Si bien es una novela sobre el 9 de abril, no sobre Gaitán, lo relevante es la tragedia de aquellos desafortunados que reclaman siempre justicia, sin obtenerla jamás.

La actitud humana y literaria de Osorio no es otra que la de “amar al pueblo sobre todas las cosas”, en una abierta parodia bíblica que tácitamente habla de su compromiso social y político al margen de eventuales fardos panfletarios o de tendenciosos libelos literarios –lo que de paso anula la tesis según la cual desconocía los experimentos de las novelas europea y gringa: por un lado, entre sus afectos mayores estaban Dostoievski y Gorki; por otro, las suyas, de corte social y realista, evidencian elementos que caracterizan las de los más célebres novelistas gringos—; también, al margen de condicionamientos a la Historia, la Sociología o la Psicología, aunque sus novelas tengan no poco de estas ciencias. ¿Novela histórica, sociográfica o de tesis? Ya se dijo por qué no histórica. Tampoco sociográfica, sino social, en cuanto preocupación por los Otros. Y de tesis, menos: el interés de Osorio no era graduarse ni participar en algún concurso, sino reflejar la sociedad de su tiempo sin argucias, con carácter. Simplemente, novela en tanto obra enigmática, no dogmática como sí lo es la política si se halla al margen del tratamiento artístico; en fin, novela política como denuncia en la lucha contra el conformismo y lo que ha sido rebajado por la desidia, la injusticia, el odio (reverso del miedo). “Insisto en que ningún libro está libre de matiz político”, decía George Orwell, autor de 1984, texto que Osorio debió conocer y en el que se habla de los Dos Minutos del Odio (anagrama de oído, símbolo de vigilancia), y a través de la Policía del Pensamiento (a la que el crimental, el crimen mental, esencial, no se le podía ocultar mucho tiempo), de la sociedad de control… retomada en El día del odio con pasión y vitalidad sin caer en lo escandaloso ni, mucho menos, en lo visceral. sorio

 El rechazo a la estética de la violencia visceral

Aquí ya se advierte el valor de El día del odio como parte de la literatura que supera la estética de la violencia visceral. La jerga oral campesina es perfectamente asimilable. El narrador emplea un correcto español y cuando es necesario que los personajes hablen, los hace oír en su expresión vernácula, nativa, auténtica. De traducirlos al castellano puro, habrían sido desvirtuados por su autor. Cargar a los personajes de mala retórica sería como echarle pintura a una casa en piedra. Y las limitaciones del idioma académico los habrían hecho trastabillar, negándoles a la vez su portentoso aliento de verdad humana. Haber radicalizado el lenguaje regional oral debe verse como virtud y no como debilidad: he ahí, de nuevo, el discurso que con la estrategia de la máscara (tan cara a la novela afro americana) se camufla para que no sea detectado ni, menos, intervenido; haber presentado personajes creíbles, activos, vivos, a pesar de las presiones adversas y ajenas a su condición de seres libres; o mostrar una narración ágil, amena e intensa, sin concesiones a un presunto intelectualismo que hubiera echado a pique su argumento como novela literaria.

En El día del odio los protagonistas son seres del común, olvidados por el Poder central, lo que evidencia que la misión del novelista, de acuerdo con Schopenhauer, “es hacer interesantes los pequeños y no relatar grandes hechos”, y ponerlos en evidencia. Así, Tránsito es presentada como aquella adolescente cuya “vida había sido elemental y plana, matizada por primitivas emociones de temor o de júbilo” y quien desde que “estuvo en edad de servir, a los 15 años”, fue conducida por su madre a la ciudad para colocarla en alguna casa. Así, en el texto, el aspecto humano salta a la vista y asalta a los sentidos con su estilo directo, la descripción de personajes, el tratamiento de situaciones y la creación de atmósferas en las que tensión e intensidad, cobran una alta cuota de expresión en la literatura nacional, tan dada a poner el adorno sobre el sentido, la pedantería sobre la inteligencia, la anécdota sobre el proceso, la furia panfletaria sobre la fidelidad a sí mismo, este el único compromiso del verdadero artista (6).

Marea de ratas, La casa grande y El día del odio constituyen, en Colombia, tres de los aciertos literarios más sorprendentes, dramáticos y conmovedores en el camino hacia la superación de la estética de la violencia visceral. Lo que lleva a su vez a superar los conflictos por vía del diálogo, el entendimiento, la tolerancia, para que se pueda abrigar la vieja utopía camusiana de un universalismo compatible con las diferencias; se oponga sin titubeos el pensamiento complejo a la estulticia del pensamiento único, dictado por un neoliberalismo globalizado; y quede claro que la única manera de acabar la guerra es liquidar los medios que posibilitan su existencia, para que haya una vida digna, con vivienda, salud y educación y menos cuarteles, presidios, cementerios. Por subvertir el cómo de los sucesos mediante un discurso literario que instaura la polifonía textual, puede decirse que las ya citadas no son novelas históricas sino literarias, en tanto transcreación de mitos y de textos preexistentes, recreación de eventos sucedidos o no, cambiados o apócrifos, que permiten darle mayor solidez a su verdad literaria (7). Además, la objetividad histórica es el sucedáneo de una quimera y con mayor frecuencia la versión histórica deviene más apócrifa que la literaria y esta, por el contrario, más verosímil que la histórica.

Aunque se trata de una novela sobre el 9 de abril, no sobre Gaitán mismo, de todas maneras en El día del odio Osorio realiza una portentosa síntesis del pensamiento político del caudillo liberal, lo mismo que un somero análisis sobre el problema de la tierra, punto fundamental de su programa dentro de la Unión Nacional Izquierdista Revolucionario (UNIR) cuya sigla es la denominación precisa para una perdurable campaña, como la que en Perú liderara Haya de la Torre: Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y a la que sin duda se remitió Gaitán para crear su movimiento. El APRA, grosso modo, defendía una política indígena-americanista, antiimperialista y reformista. La UNIR, por su parte, sería el arma ideológica de Gaitán para intentar demoler el imperio de la injusticia y de la mentira. Para demostrar que, efectivamente, como lo expresó en su tesis de grado Las ideas socialistas en Colombia, en el país de entonces (como en el de hoy) había un problema social que liberales y conservadores, los convivialistas, negaban sin vergüenza ante el país. Su programa político y económico se basaba en los mismos proyectos de ley y de reforma que en 1934 le rechazó el Congreso, en buena parte por las oscuras maniobras de Olaya, quien por un lado respaldaba las iniciativas de Gaitán y por otro las frustraba, igual que López Pumarejo. Así, éste, lo llevó a la Alcaldía de Bogotá, para ponerle una trampa, y luego lo presionó para que renunciara; aquél, lo envió a América Central como emisario del Gobierno y luego de los éxitos recogidos por Gaitán no para él sino para el partido, Olaya los capitalizó no para el partido sino para él… En fin, cuando Gaitán presentó a la Cámara y a la Asamblea de Cundinamarca el punto fundamental de su programa unirista, el problema de la tierra, sus proyectos de ley fueron rechazados y archivados, básicamente por culpa de la confabulación bipartidista.

Gaitán, más con sensibilidad socialista que socialista en sí, pero jamás fascista, como aún se rumora y lo desmiente Osorio en su biografía del líder, pensaba que la tierra debe ser de quien la trabaja; el latifundio improductivo es un crimen contra la economía y contra la sociedad; sólo el capital ganado con el trabajo es justo y el enriquecimiento con la especulación y con la explotación de los hombres es ilícito y criminal. Los obreros deben intervenir en la reglamentación de la producción y en la administración de las fábricas. No hay diferencia entre el capital y el trabajo para poder conformar el sistema económico, porque ninguno de los dos puede marchar sin el otro. El Estado tiene el deber de intervenir en la dirección de la economía, cuyo proceso no puede entregarse a su fuerza intrínseca, porque engendra el monopolio y la opresión por los más hábiles y los más audaces. La función electoral no puede seguir siendo una farsa, engaño o negocio, que ejecutan sagaces electoreros y encumbra a gente inmoral o irresponsable, sino la más perfecta y sincera manifestación de la democracia, que consiste en que sólo sean elegidos los más dignos y los más capaces (2003: 161). Ideas, muchas de ellas, retomadas sin crédito por López P. (175).

Ahora, un breve relato sobre Gaitán y su pensamiento a partir de El día del odio basándose en lo que el tribuno le diría al pueblo sobre su miseria, la pérdida de la dignidad, el odio: “Ustedes tienen la culpa de su miseria. Ustedes han renunciado cobardemente a su condición humana. Se han dejado arrebatar por los potentados, por los defraudadores, por los enriquecidos, lo más precioso que tiene un hombre: su propia dignidad. Ustedes han sido convertidos en despojos por esa codicia insaciable que se vanagloria en los salones y en los clubes, se acrecienta en la bolsa, obtiene en los bancos inmensas ganancias arrancadas a los trabajadores, se ha organizado en contubernio con políticos y politiqueros en una poderosa oligarquía para explotar a la patria, y es exclusivista y feroz. Pero esta usurpación toca a su fin, porque ustedes se disponen a restaurar la moral pisoteada por los vividores y a reivindicar la democracia explotada por los traficantes.

“Y le diría también: —Ustedes son las víctimas de la organización social que hicieron los de arriba para aplastar a los de abajo. Ustedes trabajan y sufren y otros les arrebatan el fruto de su trabajo, les tiran unas migajas, y gozan y se regocijan. Para ustedes no se hace el progreso, ni trabaja la ciencia, ni florece la civilización. Para ustedes, la oligarquía político- económica ha organizado las chicherías como suprema compensación de su sacrificio. Y también: —El pueblo está separado por el odio en fracciones irreconciliables. ¿De dónde proviene ese odio? Es un artificio creado por los especuladores de la fe pública y del trabajo humano. ¿Cómo puede odiarse el pueblo entre sí, si todos padecen la misma hambre y la misma desolación? Pero conviene a los fines de los explotadores este odio, del cual se ríen, porque mientras ustedes se matan por la pasión política, ellos constituyen compañías [o venden las nacionales… se agrega], reparten dividendos y se apoderan de la tierra”.

El hecho de que su programa político se haya desvirtuado y pervertido con el tiempo, debe achacarse, en primer lugar y básicamente a ciertos personajes de la política nacional, enemigos, más que de Gaitán, del pueblo colombiano: Enrique Santos Montejo o Calibán (anagrama de Caníbal), Germán Arciniegas, Juan Lozano y Lozano, Carlos Lleras Restrepo, Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo, Gabriel Turbay. Calibán, en primer lugar, desde El Tiempo se encargó de atacar todo proyecto gaitanista y lo hizo con una de las más arteras armas: la calumnia. Así, lo acusó de traicionar al partido en beneficio del socialismo; luego, en junio de 1932, lo atacó por hacer recaer todos los males del pueblo en los liberales y, más significativamente, por tratar de invertir la pirámide social; más tarde, lo señaló de dejarse llevar por su temperamento excesivamente fogoso, carácter inadecuado para “todo un alcalde de Bogotá” (Braun: 134). G. Arciniegas, quien atacaba a la UNIR como movimiento de derecha, para crear confusión, lo descalificaba no por razones profesionales, sino a partir del clasismo y el racismo: “Desde el propio momento en que Gaitán comienza su discurso inicia una gimnasia constante, se recoge y se estira, hunde el pecho, maneja las manos como si fueran atados de nervios, frunce la frente, afila la nariz, poniendo en esto tanto rigor que se le soplan las venas del cuello y a los treinta minutos de hablar ya está bañado de sudor, el cabello se le empapa, se le entrapa el cuello de la camisa”… Hasta ahí un inofensivo y agudo ejemplo de observación; sigue Arciniegas, con una perversa y no tan inconsciente asociación hitlerista: “…y materialmente puede decirse que salpica. Habla dos, tres horas, en un crescendo wagneriano. Hacia el final, revuelve contra la frente, con furia, los cabellos que el sudor tiene pegados en haces; la garganta se le inflama, le abre el cuelo de la camisa, le afloja el nudo de la corbata… Se dirá que es exageración, pero he visto a Gaitán echar espumilla por la boca, espumilla que le forma dos menudos copos en los rinconcillos que forman los extremos de los labios”. Juan Lozano criticaba a Gaitán también por cuestiones personales: primero lo fustigó por preferir desviarse “por los caminos ásperos” (127) y añadía que “su vanidad era impertinente porque en Bogotá no había lugar para las emociones”. La ciudad, “ha perdonado ya a Gaitán su talento, su voluntad, sus triunfos. Mucho tiempo tardará todavía en perdonarle sus autógrafos, los italicismos [sic] de su lenguaje, sus camisas de intenso azul marino”.

Hasta aquí los ejemplos y las anécdotas. En cuanto a Lleras Restrepo, Olaya Herrera, López Pumarejo, Gabriel Turbay, quizás baste decir que son los artífices de un trabajo oscuro, paciente y constante que culminará en uno de los más execrables casos de crimen represivo de que se tenga noticia en el país, sólo comparable al que se dio en torno a la figura de Camilo Torres Restrepo. Crimen represivo es una figura de la criminalística que hace parte de la ley penal en varios países de Europa y no opera en Colombia: consiste en que a fuerza de cerrarle los canales de movilidad, de expresión y de opinión a una persona se le lleve a la desesperación o al suicidio o, en fin, se le convierta en víctima (no oficial) del sistema.

Creo, con certeza, que Jorge Eliécer y Camilo fueron las dos mejores opciones políticas que hasta ahora tuvo la historia de Colombia y que el bipartidismo, la Iglesia Católica, las Fuerzas Armadas y los comunistas se encargaron de cercenarle al pueblo colombiano, más por acción que por omisión. También, que este es el único tipo de candidatos que un país se merece realmente, y desde luego nuestros hijos, no los que a diario venden los medios y los encargados del merchandising político; creo, por último, mi padre tenía razón respecto al verdadero talante político de Gaitán: el que se encargaron de desvirtuar, pervertir, traicionar, siniestros personajes de la vida política, religiosa y militar, envidiosos, se reitera, no sólo de Gaitán sino, ante todo, del pueblo colombiano. El bipartidismo logró confundir a la opinión en torno a la figura de aquél y por ello es el principal responsable de lo que Osorio llamó el día del odio, el que al filo del tiempo se ha convertido en los días del odio. Así, pues, no es aventurado ahora esgrimir algo que es más que una hipótesis, una certeza: liberales y conservadores mataron a Gaitán (lo que, claro, no exime a la Iglesia, a los militares, a los comunistas, de su responsabilidad) pero ese abstracto mataron se puede lícitamente modificar para decir que el bipartidismo mató a Gaitán. Enseguida, podría agregarse algo que ni los más conspicuos analistas del crimen se han atrevido a decir, pese a las evidencias, más que en forma de símbolo aparente: el 9 de abril de 1948, al chivo expiatorio Juan Roa Sierra, le fueron halladas en su vestido dos corbatas en vez de una: una roja, otra azul; una azul, otra roja/ Adivina, adivinador, qué significa/, en este caso, el color. Dos colores que/, en este caso, no son dos; son un solo color/ Adivina, adivinador… Ahora, urge decirlo: se habla de símbolo aparente, porque el asesino siempre se confiesa… (8)

 Epílogo: Arte y política…

Tras lo dicho sobre El día del odio, ¿se puede estar de acuerdo con que la obra de Osorio abunda en significaciones y digresiones estériles, tiende a la gratuidad y al facilismo, trasluce una máscara individual y social de amargura, detrás de la cual se encuentra el propio rostro del autor, es depositaria de un pesimismo irremediable? Saramago: La peor percepción del mundo que pueda tener cada uno de ustedes, siempre será mejor que la mía. No que la de Osorio, quien al pesimismo del final opone la fuerza vital y amorosa del epígrafe de la novela. ¿Se puede aceptar que su obra le cierra la puerta a la fantasía, está anclada en el verismo fotográfico y la fidelidad documental, es puro desahogo personal, queja social o diatriba política? No se puede estar de acuerdo ni aceptar lo inaceptable, porque tras la apariencia inofensiva de su escritura se esconde la nuez de la narrativa útil a una sociedad en la que sus miembros son torturados emocional y físicamente, perseguidos sin misericordia y muchas veces siendo inocentes (p. 127), condenados sin haber sido siquiera juzgados, por el simple aserto jurídico de que la falta es siempre indudable, como con ironía señala Kafka. Los sospechosos de siempre son conducidos del panóptico externo, la calle, al interno, la cárcel, bajo la presunción de terrorismo. Raro vocablo que el capitalismo y su pensamiento único esgrime hoy arguyendo la muerte de la historia, la ideología, la filosofía: menos, claro, su muerte, la de un sistema-serpiente que aún no se convence de estar mordiéndose la cola, con los dientes del consumo, la competitividad, el éxito: valores supremos de un patético american way of… death, ya no life…

Una vez se lea El día del odio podrá sentirse el placer que reconforta saber que hace menos de un siglo hubo un hombre, un escritor, que se atrevió a desafiar la potencialidad fascista que se esconde en la entraña del capitalismo. Y que a través de su obra dejó plasmada la impronta de inconformismo, rebeldía e insatisfacción frente a sociedades que aprueban y justifican plenamente el Poder. El que al sentirse totalmente justificado y aprobado no puede resistir la tentación del fascismo, como sostenía Buñuel. Lo vergonzoso es que a tantos años de haberse publicado, sus alegatos sigan teniendo vigencia, sus denuncias continúen siendo ocultadas u olvidadas, sus páginas ciegas a incautos lectores estupefactos frente a la televisión e Internet, vigilados por la estulticia de un big brother pirateado del disco duro de Orwell… y víctimas de la incitación al voyerismo o de consentidas intromisiones en la vida privada, so pretexto de estar haciendo inofensivos reality-shows, variantes de un panóptico que Bentham jamás imaginó.

Gran Hermano que seguirá vigilando la intimidad, mientras por fuera, en la realidad, el panóptico de Bentham, ya lograda la auto vigilancia mutua pero eso sí lejos de una pretendida felicidad, continúa desatando la furia de un Estado con un lenguaje cada vez más precario e incapaz de controlar su antigua serenidad cuando sus arbitrariedades y desafueros, trasladados a Códigos esos sí de mala reputación, son desacatados por los habitantes de un país escindido por un orden y una ley que se pretenden universales a base de temores inoculados, amenazas y castigos; por los habitantes de una ciudad sumida en los días del odio a causa de irresponsables gobernantes que nada hacen para remediar la actual situación. ¿Será que esperan que muera el último infeliz, para no tener que mirar nunca más el repugnante espectáculo ofrecido a sus haraganes ojos burocráticos? Porque no se olvide que el pueblo (107), “estos seres doblegados por la ley, son la fuerza latente, el poderío cataclísmico que ha realizado las más trascendentales transformaciones de la historia”: de ahí potencial novela subversiva, en tanto presenta la posibilidad, siempre latente, de una sublevación popular. Pero que no muera, eso sí, como debiera, el monstruo del terrorismo que ciertos presidenzuelos echaron a andar bajo la égida de la venganza personal, la guerra injustificada, el odio indiferenciado. Odio condenado a no dormir bajo la mesa de ningún colombiano, hasta tanto un átomo de voluntad política logre desintegrar los prejuicios, la intolerancia y el miedo frente al Otro y se ponga fin a la guerra “por todos los medios que sean necesarios” con los que sirven para crearla, como decían Papini y Malcolm X… Éste, víctima de un magnicidio jamás reconocido por ese Estado para el que la guerra es el mejor negocio. Estado que, en general, sigue teniendo el monopolio de la injusticia, cuya principal fuente es la impunidad, cuyo principal alimento sigue siendo el silencio.

De manera que hasta tanto el Tirano y los tristes poderosos que secundan a tal Estado no reconozcan su mezquindad e ignominia, permite inferir El día del odio, los tambores ancestrales y presentes seguirán reclamando justicia por los ofendidos y desafortunados, escindidos y humillados, desposeídos y desplazados: y todos estos esforzándose en desarrollar el lenguaje vivo, para contrarrestar los efectos perversos, nocivos y devastadores del pobre lenguaje del Poder. El que elimina a aquellos, en muchos casos, sin tener que mandarlos a matar: sólo con mandarlos a callar, que es como… Recuérdese aquí a Lyotard cuando sostiene que al matar a un semejante, no se mata a un animal de la especie homo sapiens sino a la comunidad humana presente en él como capacidad y promesa que, en el hombre, se expresan, en lo fundamental, a través del lenguaje, el que se enriquece en la diversidad y en la diferencia, al margen y en contra de los condicionamientos del Poder. Pues el lenguaje incondicionado hace un país de seres libres que, cada vez que lo quieran, pueden acudir a la imaginación, a la memoria y al deseo… La aspiración máxima de todo hombre que se presuma libre es el gobierno de sí mismo. Recuérdese, además, que las normas gramaticales no pueden ser impuestas y que el lenguaje es un fenómeno complejo en el que participan pueblo, universidad, periodismo, ciencia, cortes; así, nadie en particular puede regirlo, siendo el resultado de fuerzas que actúan anárquica y simultáneamente, es decir, al margen de la influencia directa del Poder. Hecho que ahora parece estar revirtiéndose… pues el Poder, a través de la fuerza, no de la justicia, lleva al mundo hacia una neolengua cada vez más procaz y precaria… ante lo cual sólo cabe la resistencia.

Antes de concluir, una proposición foucaultiana: hay que desarrollar una ética individual en la que cada ser humano lleve su vida de tal forma que los demás no puedan sentir por ella más que respeto, tolerancia y admiración. El resto es desembocar en las distintas formas, políticas o religiosas estatales, de la sacralización policiva, o sea, de la sociedad de control: tan certeramente mostrada en El día del odio a través de una soberbia mixtura de literatura e historia y, ante todo, de arte y política. De un relato directo, sincero, eficaz, mediante el cual Osorio recuerda a Orwell una vez más: “La opinión de que el arte no debe tener nada que ver con la política ya es, en sí misma, una actitud política”. Así que Prohibido olvidar.

P. S. u Oración Final (expresión que no tiene que ver con la religión, ya no el opio sino la cocaína del pueblo, en tanto generadora de violencia una vez institucionalizada): “El más hermoso y perfecto de los mandamientos, al cual he procurado ceñir los actos de mi vida, es éste: amar al pueblo sobre todas las cosas. Y no amarlo con intención utilitarista, para especular con su fe ni para exigirle recompensas. Amarlo sincera y profundamente, aun cuando se obstine en crucificar a sus apóstoles y en exaltar a quienes le humillan o le engañan. Amarlo intensa y deliberadamente, aunque lleve en las manos las piedras con que ha de lapidarnos, porque es el pueblo, porque es el resumen del hombre escarnecido, despojado, laborioso y puro; porque es el constructor de toda riqueza y el autor de todo progreso; cuyos frutos acaparan unos cuantos privilegiados, los cuales le mantienen hundido en la abyección, aplastado por la miseria, cubierto de llagas, víctima de la injusticia y del egoísmo social. Y amarlo especialmente porque siempre, en el fondo de su corazón, se agita una fuerza prodigiosa de odio vindicativo, cuya explosión hará al fin encender antorchas de justicia y de reivindicación capaces de iluminar al mundo. Bajo la inspiración de ese inmarcesible mandamiento de amar se ha escrito esta novela.”

Como siempre, dedico este trabajo a mis hijos, Santiago y Valentina, sin cuya lección, compañía y respaldo anímico no hubiera sido posible. También, a mis padres, Luis Jorge y Cecilia, no a su memoria, por  justos, liberales y éticos…

** Correo electrónico enviado al autor por la señora Gloria Gaitán Jaramillo, el día 9 de enero de 2013, 1:54 p.m., en el que aclara el año de nacimiento de Jorge Eliécer Gaitán, entre otros delicados asuntos.

Estimado Luis Carlos, 

Mi papá nació en 1903. Los que afirman que nació en el siglo XIX lo hacen con base en unos datos apócrifos y en un documento deliberadamente adulterado.

El centenario de su nacimiento fue en 2003 cuando Álvaro Uribe cerró el Centro Gaitán y entregó la Casa-Museo a manos de Moisés Wasserman, informante del Mossad, a fin de adelantar la campaña sistemática (en compañía de Herbert Braun – no es una casualidad que fuera en la Casa de Nariño donde lanzaron la segunda edición, perversa y malintencionada de ese malintencionado uribista) para cumplir con la sentencia de sepultar la memoria de mi padre, mostrándole a la opinión pública que lo MATARON, está muerto y enterrado.

Es una tarea que habían emprendido soterradamente pero que Luis Carlos Restrepo lanzó abiertamente con la publicación de su ensayo La Sangre de Gaitán, que fue acogida por Álvaro Uribe incorporándola sistemática y deliberadamente a la política de seguridad democrática, bajo el principio de que hay que enterrar la memoria del líder popular para que cese la guerra…

Ha sido tan dura y fuerte esa campaña que fue imposible conmemorar el centenario de su natalicio en el año 2003 y yo juré que, más temprano que tarde, haría una celebración de esa fecha, que debe sustituir al 9 de abril. Pero la guerrilla, en La Habana,  no atendió mi pedido y respondieron como contesta la gente que siente que detenta poder: con el silencio. De tal manera que no podré llevar su ensayo, que aún no he leído (lo haré esta noche).

El título, como comprenderá, no me gusta, ya que me enardece que al 9 de abril lo llamen el bogotazo o el día del odio, cuando en realidad fue una fecha en que el pueblo, en forma heroica, intentó tomarse el poder al precio de su vida. Esa fecha debería llamarse “día del pueblo heroico”. 

Ya le escribiré cuando haya leído su ensayo. Reciba mi cordial saludo, Gloria Gaitán

Respuesta a Gloria Gaitán Jaramillo, del 9 de enero de 2013, 10:15 p.m.

Estimada Gloria: Muchas gracias por todas sus aclaraciones, que de inmediato incorporaré a mi ensayo. Ya conocía por usted, los avatares ajenos por los que ha pasado su querido padre. Estoy de acuerdo con lo que dice sobre Wasserman, el hipócrita de “Tico” Braun, el Dr. “Tortura” Restrepo y su apócrifo texto La sangre de Gaitán, sobre el enano energúmeno…
Lamento lo que me cuenta acerca de las dificultades para celebrar el natalicio y ahora los 110 años del Caudillo, la actitud displicente de quien se siente poderoso porque no lo es y, lo que es de momento triste para mí, el no poder llevar mi ensayo a La Habana. Por mi lado, seguiré intentándolo. En cuanto al título, por un lado responde al de la novela de Osorio, base de mi trabajo, y por otro, está implícita la ironía sobre quienes, como “Violencia” Tovar, aún creen que fue Gaitán el inspirador de “el día del odio”, que yo, por vía de los políticos, transformo en “los días del odio”. Y no estoy intentando justificarme: el ensayo es suficientemente explícito en lo que plantea, como Usted sabrá inferirlo. En algún lugar del mismo, podrá encontrar alusiones al Día del Pueblo Heroico del que Usted, con mucha razón, habla.

Muchas gracias de antemano por leer mi ensayo.

Reciba un cordial saludo,

Luis Carlos Muñoz Sarmiento

 

Notas:

(1) Eso sostuvo en el Foro de la U. Javeriana, tras el estreno del documental Gaitán, el Bogotazo, la historia de una ilusión, de Mauricio Acosta, con guión del dramaturgo e historiador Carlos J. Reyes. Cuando a través del micrófono de Caracol el autor de este ensayo desafió al Gral. Valencia Tovar a decir la verdad por haber mentido a los colombianos, guardó sepulcral silencio.

(2) OSORIO LIZARAZO, José Antonio. Novelas y crónicas. Biblioteca Básica Colombiana. Selección e introducción: Santiago Mutis Durán. Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura), Bogotá, 1978, 709 pp.

(3) VÉLEZ UPEGUI, Mauricio. Novelas y no-velaciones. Editorial Universidad Eafit, Medellín, 1999, p. 86.Por su parte, Carlos Sánchez Lozano, en Memoria Impresa (Volumen 2, pp. 137-47), Editorial Magisterio /  Editorial U. de Antioquia (1998), sostiene: … en 1977, Cobo Borda ubicó la obra de Osorio Lizarazo dentro de lo que él llamó, muy a lo Octavio Paz, la tradición de la pobreza nacional (de la que el mismo Cobo, por supuesto, debe hacer parte) y Santiago Mutis le dedicó un pobre prólogo que al menos tenía la buena intención de recoger los pocos y pequeños comentarios que había suscitado el trabajo de Osorio durante cuarenta años. (p. 145)

(4) VÉLEZ UPEGUI, Mauricio. Obra citada.

(5) Dos cosas fundamentales unen a los escritores modernos en torno a la novela: la imaginación y el lenguaje. Imaginación desbordante por un lado y lenguaje vivo que se opone al académico y al del Poder por el otro. Así se otorga realidad a la parte no escrita del mundo o a la escrita de una forma deliberadamente manipulada y manipuladora. Estos escritores son conscientes de que la palabra no dicha por ellos, el lenguaje no utilizado por ellos, serán dichos y utilizados por otros o sepultados para siempre en el silencio o en el olvido. Y no se olvide que el olvido es en gran parte la causa del rencor: de ahí la importancia de la memoria, así como de todo lo que tenga que ver con ella.

(6) TARKOVSKI, Andrei. Esculpir en el tiempo (Ediciones Rialp, 2005), pp. 59 a 76.

(7) POSADA CARBÓ, Eduardo. Boletín Cultural BLAA, Vol. XXXV * No 48 * 1998  (Novela e Historia).

(8) CABALLERO, Antonio. El hombre que inventó un pueblo en El saqueo de una ilusión – El 9 de abril: 50 años después. Ediciones Revista Número, Bogotá, 2002, 214 pp. El saqueo de una ilusión – El 9 de abril: 50 años después. Ediciones Revista Número, Bogotá, 2002, 214 pp. La cita aquí es de la p. 77: “Y por eso lo mataron, fuera quien fuera su asesino material: ese insignificante Roa Sierra cuyo cadáver descuartizado llevaba dos corbatas al cuello: una conservadora, la otra liberal”.

 

BIBLIOGRAFÍA:

BRAUN, Herbert. Mataron a Gaitán – Vida pública y violencia urbana en Colombia. Norma, 2004, 440 pp.

CABALLERO, Antonio. El hombre que inventó un pueblo en El saqueo de una ilusión – El 9 de abril: 50 años después. Ediciones Revista Número, Bogotá, 2002, 214 pp.

Memoria Impresa. Antología del magazín Dominical de El Espectador. Volumen 2. Sánchez Lozano, Carlos. La aventura de un gaitanista: J. A. Osorio Lizarazo, pp. 137-147.

OSORIO LIZARAZO, José Antonio. El día del odio, El Áncora Editores, Bogotá, 2000, 239 pp: todas las citas son de esta edición.

OSORIO LIZARAZO, José Antonio. Gaitán. Vida, muerte y permanente presencia. El Áncora Editores, Bogotá, 2003.

(Texto inédito de la conferencia presentada en la Biblioteca Nacional y grabada para el Archivo de la Palabra, el 10 de septiembre de 2003, en el marco de la XVIII Feria Internacional del Libro de Bogotá, el 28 de abril de 2005 y, de nuevo, en la Biblioteca Nacional, el día 14 de abril de 2008)

 

*(Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo y lector.

 

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