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Hugo Chaparro Valderrama
Diez días después de que terminara el Festival Internacional de Cine de Tesalónica, el pasado 11 de noviembre, su oficina de prensa emitía un comunicado de solidaridad con Behrouz Ghobadi, detenido ilegalmente por las autoridades iraníes.
En un fragmento de la carta que escribió su hermano, el director Bahman Ghobadi, exiliado de Irán desde el 2009, Ghobadi describía una circunstancia que confirma cómo se reprime la libertad de expresión bajo el gobierno de Mahmoud Ahmadinejad: Behrouz, desaparecido dos semanas antes de que se publicara la carta, fue arrestado bajo el cargo de “atentar contra la seguridad nacional de Irán”.
“[Behrouz] nunca ha estado involucrado en ninguna actividad política o de oposición en contra del gobierno. Ha trabajado en el cine como productor de algunas de mis películas y ha dirigido algunos cortometrajes. Estamos muy preocupados por la suerte de Behrouz, sobre todo debido a su delicado estado de salud. Exigimos a las autoridades iraníes que lo liberen de inmediato”, escribió el director.
Al final del comunicado emitido por el Festival de Tesalónica, el evento manifestaba su postura en contra de cualquier tipo de violación de los derechos humanos, reiterando su solidaridad con los hermanos Ghobadi.
La coherencia entre ficción y realidad fue desconcertante después de que terminara el festival donde se proyectó el último largometraje de Bahman Ghobadi, Rhino Season (Temporada de rinocerontes). ¿Se trataba de una predicción o de una coincidencia entre lo que enseñaba la pantalla y la detención de su hermano?
Ghobadi relata en Rhino Season el encarcelamiento de un poeta kurdo durante la Revolución que traspasó a finales de los años 70 el poder del sha Reza Pahlavi al fundamentalismo islámico de Khomeini. El esplendor visual que le otorgó a la película su director de fotografía, Touraj Aslani, contrasta con la miseria temática, proveniente de un lugar, lamentablemente, demasiado común: el bestialismo del hombre en contra del hombre por intereses políticos.
La crueldad de la supervivencia que ha definido el cine de Ghobadi en películas como El tiempo de los caballos borrachos (2000) o Las tortugas también vuelan (2004), se confirmó con la detención de Behrouz. La situación no es del todo insólita en Irán. La abogada Nasrin Sotoudeh, que representa activistas de la oposición, fue condenada a seis años de prisión con la misma frase retórica que justificó la detención de Ghobadi, “atentar contra la seguridad nacional de Irán”, mientras que al director Jafar Panahi se le prohibió filmar durante un lapso de veinte años y está arrestado en su casa de Teherán desde el 2010. De hecho, para que el mundo viera Esto no es una película (2011), el documental que filmó Panahi sobre su situación, la película tuvo que salir de Irán en una USB, escondida dentro de un pastel.
“Hago cine para no morir”, dijo Bhaman Ghobadi durante la rueda de prensa tras la proyección en Tesalónica de Rhino Season. Consciente de que algunas de sus películas han sido prohibidas en Irán y de que fue obligado a vivir como un director nómada a través del mundo, trabajar en la escritura y el rodaje de Rhino Season le ayudó a comprender las condiciones que enfrenta para continuar filmando, en culturas distintas, haciendo del cine su hospital y su siquiatra, multiplicando los proyectos para equilibrarse trabajando.
“Aunque, para ser honesto, no me gusta del todo el cine”, dijo Ghobadi. “Fue importante durante mi juventud porque la sala era el lugar donde escapaba del control de mi padre y podía comer unos sandwichs deliciosos. Pero hacer una película es muy duro. No se puede vivir en paz. Cuando se termina de escribir el guión, hay que buscar el dinero para filmarlo, y cuando se termina la filmación, hay que distribuir y promocionar la película. De hecho, no estoy satisfecho con el cine que he realizado hasta el momento. Y, sin embargo, a través del cine puedo hacer algo por mi gente y mi cultura, para enfrentar los ataques y las malas noticias acerca de los kurdos. Por eso continúo y hago otra película”.
Su confianza en un cambio positivo para Irán durante los próximos años, donde los jóvenes son el 70% de la población, quedó en el limbo después del arresto de su hermano. Directores, actores, distribuidores, programadores de festivales de cine, entre los que se encuentran nombres como el de Martin Scorsese –quien produciría una película de Bahman Ghobadi filmada en Nueva York, 60 Seconds of Us, sobre el conflicto entre kurdos e iraníes-, Paul Haggis, Liam Neeson, James Franco, el director ejecutivo y el director artístico del Festival Internacional de Cine de Toronto, Piers Handling y Cameron Bailey, firmaron una petición de Amnistía Internacional para la liberación de Behrouz Ghobadi.
¿Habrá algún director auténtico que no esté de acuerdo con Ghobadi sobre la salvación que representa el cine ante la muerte? El vigor de sus imágenes en movimiento hace de la pantalla una ventana para observar el mundo y conocerlo. Popular por su carácter masivo, expone a los realizadores ante el público de una manera inmediata. Quizas riesgosa cuando desnudan el cinismo del poder.
Cristian Mungiu, uno de los directores más notables de la nueva generación de realizadores rumanos, que demostró su capacidad para registrar la ruina de su país tras la dictadura de Nicolae Ceauşescu con una película tan impactante como 4 meses, 3 semanas y 2 días (2007), describía durante la rueda de prensa en Tesalónica, donde se exhibió por primera vez una retrospectiva completa de su obra, la dificultad del proceso interno que significa concebir una película de acuerdo con lo que significa el cine para su generación.
“Además de contar una historia, tratamos de comprender qué es lo específico del cine para nosotros”, dijo Mungiu. “Cuáles son los aspectos personales, éticos y poéticos que nos caracterizan como realizadores”.
Mungiu hace de la realidad y su comprensión la base creativa para sus películas. Trata de expresar la vida y sus laberintos con planos largos y sobrios que recrean la manera como el tiempo fluye en la realidad. Sin la falsa ilusión de suponer que el cine sea capaz de transformar el mundo, pero sí de confrontar al público para que se pregunte sobre sus propios valores, para evitar los prejuicios que entorpecen la relación con otro ser humano.
Ghobadi, Mungiu, Theo Angelopoulos –definido como “un poeta épico del cine”, el maestro de las alegorías visuales sobre la historia y la política europeas, a quien se le rindió un tributo en Tesalónica tras su muerte accidental en enero de 2012-, le otorgan un poder excepcional al cine. Para los hermanos Ghobadi es ahora un arte peligroso por la persecución de aquellos que quieren censurarlos. El contraste entre la plenitud creativa de un festival como el de Tesalónica y la noticia de Behrouz, debería inquietar no sólo al mundo del cine sino al mundo del arte en cualquiera de sus manifestaciones y geografías.
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