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22
01
2013
elmagazin

Táparo

Por: elmagazin

niños

David Alejandro Betancourt Vélez

Estaba en la recepción del periódico (fingía leer un libro) en espera de que alguien se acercara para decirme: “Siga, señor Betancourt, el jefe lo espera”, cuando tras de mí sentí una mirada insistente, que se metía en el libro abierto, incomodándome, acrecentando mis nervios.

—¿Fernando Vallejo? —preguntó.

Volteé y mis nervios le aclararon:

—Noo, señor. Me llamo David Betancourt.

Sonrió burlándose y me sentí un tonto cuando caí en la cuenta de que se refería al autor del libro. Vio cómo se enrojecía mi rostro por la tonta aclaración y, después de su nueva pregunta, cómo temblaban mis manos y pies:

—¿Sabes quién soy?

No sabía quién era ese hombre joven, barbado, gordo, pequeño y peinado para un lado. Seguramente por su elegancia, fragancia y apariencia era el director del periódico, a quien en unos minutos le estaría diciendo por qué yo merecía trabajar allí.

—No, señor, no sé quién es usted, yo soy…

Cuando le iba a decir que yo era el de la hoja de vida, el recomendado por el alcalde, el que venía para la entrevista, el periodista, el hijo de… me interrumpió y dijo:

—¡Mejía, hombre!, el del pupitre de al lado en el colegio, el del peinado Alf.

Lo miré como él antes a mí, pero no se me hacía familiar. Pensé que todo era una confusión o un juego que hacía parte de la entrevista, una trampa de esas que se inventan los sicólogos para conocer la reacción inmediata a las situaciones incómodas, una fullería para identificar la personalidad. Le respondí que no con la cabeza, que no me acordaba de él.

—¿Cómo que no? ¡Táparo!, el del Fray, donde padecimos la adolescencia.

Respiré profundo y sentí un descanso tremendo porque frente a mí no tenía a ningún director de periódico sino a Táparo. Sí, era él, Táparo, pero con pelos en la cara y voz gruesa. Retrocedí veinte años y lo vi sentado a mi lado esperando con resignación un golpe de cualquiera o un borrador, sacapuntas, transportador en la nuca, siempre a mis órdenes, rindiéndome pleitesía, sin revelarse nunca… Lo vi caerse mil veces, tropezarse, metido de cabeza en la caneca de basura durante el recreo pidiéndome que por caridad, aunque fuera, lo dejara adentro pero boca arriba… Evocando me sonreí con nostalgia por los buenos tiempos idos. Quise abrazarlo por ser tan bueno en este mundo de monstruos como yo, pero antes me arrodillé para recoger las cosas que cayeron cuando levantó al revés el maletín.

—¡Táparo! Claro, ya me acordé de ti —le dije, mirándolo de abajo hacia arriba, arrodillado; pero al instante sentí pena por decirle así. La ausencia prolongada acaba la confianza.

—¡Qué alegría verte! No te he olvidado —dijo tímidamente y me ayudó a levantar. Nos miramos reconociéndonos y me abrazó con fuerza, como si me quisiera.

¿Qué alegría verte?

No entendía por qué Táparo sentía alegría de verme si yo lo mortifiqué durante el bachillerato. Yo le robaba el desayuno y Táparo, para no aguantar hambre, comenzó a llevar dos jugos y dos sánduches… Cuando llevaba una unidad de algo me buscaba, sin probarla, para evitar un golpe. Yo lo obligaba a ir a la tienda en plena clase para que me comprara, con quinientos pesos que le daba, tres bolis de doscientos. Cuando regresaba le decía que se quedara con la devuelta y él respondía: “Gracias, Dios le pague”. Química y matemáticas Táparo siempre las habilitaba por falta de tiempo para hacer sus exámenes porque debía, tenía, que hacer tres. Y nosotros, por allá en diciembre, muertos de la risa, le gritábamos vago, bruto, desjuiciado, eso le pasa por no estudiar, por estar pensando en mujeres en pelota…

¿No te he olvidado?

Cómo me iba a olvidar Táparo si yo, antes de que (por fin) sonara la campana de salida, le llenaba la maleta con papel higiénico que sacaba del baño, a veces con arena. Él me miraba con tristeza, como diciendo por qué me hace esto, con impotencia, casi llorando y me sonreía. Era el último en salir.

—A mí también me da mucha alegría verte, Mejía; a propósito, ¿qué sabes del colegio, del cura Montoya, de los profesores, de los muchachos? —le pregunté por educación.

—Nada, Betancourt, de nadie sé nada. Del colegio tampoco —me respondió y se le cayó el celular; lo recogí y sentí deseos de abrazarlo.

Qué iba a querer Táparo saber de los malditos que se habían tirado en sus mejores años de vida, esos que le recordaban sumisión. Qué iba a querer saber del cura que le generó mil complejos haciéndolo subir a la tarima en los actos públicos para que izara la bandera, recitara un poema, dijera en voz alta, con ganas de volver cuanto antes al silencio, la Oración de la Paz, o enumerara las ventajas de la camisa por dentro, de respetar a los mayores, de no desear la mujer del prójimo (en un colegio de hombres), de pagar la matrícula puntualmente… mientras todos nos moríamos de la risa y le tirábamos cosas. Qué iba a querer saber de profesores de filosofía y religión que lo hacían sentir el más idiota y creían, ja, que arriba de las nubes estaba Dios con una libretica apuntando pecados al frente de cada nombre. Qué iba a querer saber del ilustrísimo colegio Fray Rafael de la Serna, al que le debe la timidez y los miedos que tuvo, que ahora pueda tener…

—Yo sí he tenido contacto con algunos —le dije.

—Y ¿con quiénes te has encontrado? ¿Con Amado, Arteaga, Tobón?

Asentí con la cabeza.

—¡Ustedes eran unas plagas! —afirmó sonriente—. Usted, la mayor de todas, ¿o no?, querido amigo Betancourt.

Sí, respondí para mí. Quise desaparecer, salir de ese lugar; no soportaba que alguien fuera tan amable conmigo luego de todo el daño que le había hecho, que me dijera “querido amigo”. Hubiera preferido que Táparo, que a propósito no se había quedado flaco y enano como yo, me cogiera a golpes y, delante de todos los del periódico, me metiera en una caneca boca abajo, o me torciera los dedos hasta llorar, o me obligara a tomar sus babas o a quitarme la camisa y modelar por todo el periódico para que se rieran de mí, para que se dieran cuenta de que yo sí era el más idiota, o me hiciera poner en cuclillas con un álgebra de Baldor en cada mano mientras todos me gritaban flojo y me tiraban papeles babiados a la cara… Quería huir de allí porque Táparo no se iba; se podría quedar dos, tres, diez horas hablándome del colegio, de sus verdugos, de los “buenos tiempos”, mientras yo no tenía nada de qué conversar con él; era embarazoso el encuentro y, para colmo, en ese lugar y en esa situación.

—Y ¿tienes hijos, qué haces? —le pregunté por cortesía, aunque por las continuas miradas de la gente del periódico, el entrar y salir de la secretaria de la oficina del director y la angustia que me producía la entrevista necesitaba que Táparo se fuera ya.

—¡Sí, tengo una! Se llama María Cecilia, como la profesora de inglés, ¿te acuerdas de ella? —me preguntó y siguió contando hasta que por mi bien lo interrumpí.

—¡Perdón!, Mejía. Dame tu número que yo te llamo para que nos encontremos en estos días y tomemos algo.

—Por supuesto, Betancourt.

—Estoy de afán, pero me comprometo a reunirme contigo luego porque hay mucho de qué hablar —le dije cortante.

—Voy por un esfero, espérame —me dijo contento por mi invitación de volver a ser “amigos”—, y usted también apunta el mío, mi querido amigazo.

Táparo se levantó de la silla y me produjo alegría ver la camisa mal metida dentro del pantalón, los zapatos brillantes, que antes yo no soportaba y le ensuciaba con tierra. Se me escapó una sonrisa (de aprecio), distinta a la de los tiempos pasados, viéndolo caminar torpemente hacia donde la secretaria, viendo su pantalón arriba hasta el ombligo, su peinado infantil, su descoordinación, su ternura… Lo escuché pedir un esfero con la amabilidad y la educación de siempre:

—Préstame algo con qué escribir, urgente, que necesito apuntar el teléfono de un gran amigo de antes. ¡Ah!, Rosita, y haz pasar a mi oficina al joven de la entrevista, ¡qué pena con él!

 

 

 

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Opiniones

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Opinión por:

eleefedosmil

23 enero 2013 a las 12:14 AM
  

Excelente cuento, el tema es de mucha actualidad y casos como este son una realidad.
Su lectura es muy amena.

Opinión por:

inamistoso

24 enero 2013 a las 10:19 AM
  

Un buen cuento para reflexionar que en esta vida arrieros somos y en el camino andamos…

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