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Fernando Araújo Vélez
Érase una vez el amor que perduraba y un mundo que se congraciaba por ello. El amor se buscaba y se encontraba, discutía, firmaba alianzas, peleaba, se contradecía, recordaba, hablaba en una eterna conversación y en medio de esa eterna conversación profundizaba. El mundo se transformaba. Pasaba del cine en pantalla plana a las películas de inmersión; el espectador podía incluirse en el escenario, caminar detrás del protagonista, esconderse en la esquina de un bar, cruzar una calle y cambiar la parte del filme que no le gustaba. Y pasaba de los billetes a las huellas digitales, de los autos conducidos por un alguien a los autos guiados por un robot, de la libertad a la opresión y de vuelta a la libertad, del papel y la letra impresa a la letra digital, etérea, finita.
Érase una vez un amor que trascendía llevado de la mano de un escritor, Ricardo Silva, y protagonizado por un hombre y una mujer como todos, o como casi todos, llamados Benjamín y Martina, con sus pasados a cuestas, sus ilusiones truncadas y el anhelo compartido de que el amor los sobreviviera. Se habían conocido en las escaleras de una plaza en la universidad. Como en una canción, ella estaba sentada en un banco, la falda larga de hippie; él pasó por su lado una y otra y otra vez sólo para volverla a ver. Ella no le dijo nada, pero después, llevada por la ansiedad y un poco de metafísica, lo invitó a cine. Él no acudió a la cita, aunque se muriera por ir; alguien le dijo que ella se iba a casar en un par de meses, y entonces para qué, pensó.
Érase una vez un pueblo sumido en la niebla, en el pasado, en los viejos años de la Violencia que jamás desaparecieron del todo; un pueblo de nadie pero de todos porque todos, sin ser conscientes siquiera, eran parte de su historia, de su violencia, de sus asesinatos, y todos allí conocían de vista y de nombre al Espantapájaros, el tal Espantapájaros a quien un domingo de diciembre fueron a buscar los esbirros de un doctor, otro doctor, y a quienes supieran algo de él para masacrarlos. Se bajaron de cinco camiones, escoltados por militares, y se repartieron todas las esquinas de Camposanto, y mataron, primero, al más viejo que encontraron porque debía ser el que más sabía sobre el Espantapájaros, y enseguida le pegaron un tiro a su perro.
Érase una vez un comandante de terror apodado El Cigarra, a quien el odio infantil y las historias perversas que le relataban llevaron a la locura de la sangre, pues sólo vivió para verter sangre, para derramar sangre, para vengarse de uno y de todos con tal de que le guardaran respeto, que no era respeto sino miedo, y que era miedo porque su sangre, de tanto desangrar, se había vuelto hielo. Aquel mediodía de diciembre de un año de los 90, después de haberles ordenado a sus subordinados que incendiaran el pueblo, encerró en la iglesia a los viejos, al sacerdote, a tres mujeres y a una señora con su bebé de brazos para llamarlos a lista y promulgar luego, en voz alta, sus pecados. Después los escoltó a la plaza y los asesinó.
“Franco, Elisa. 83 años. Sabanilla, Montenegro. Escondió tanto al Espantapájaros, en esos faldones que se ponían las mujeres de ese pueblo, que el bandido acabó preñándola seis veces (…). Fuego. Avellaneda, Darío. 81 años. Aguadas, Caldas. Se hace pasar por mecánico de camionetas destartaladas, llora en su mesita solitaria de la tienda de don Tadeo, en las tardes de los sábados, cuando Antonio le pone sus rancheras favoritas a todo volumen, pero la verdad de las cosas es que mató a 10 campesinos entre 1950 y 1952 con un revólver que guarda debajo del colchón (…). Fuego. Barrios, Antonio de Jesús. 82 años. Sabanilla, Montenegro. (…) A nadie le niega una sonrisa porque tiene un problema nervioso que lo obliga a sonreír todo el tiempo. En los días en los que hacía cortes de franela frente a todos, en las noches en que llevaba costales llenos de cabezas a los campamentos de los bandoleros, se ganó un apodo por cuenta de esos dientes al descubierto: El Mueca. Presumió hasta hoy de la gente que se bajó en la selva. Fuego”.
Érase una vez un hombre que escribía y unía las dos historias en un mismo libro, a cara y cruz (Comedia romántica y El espantapájaros), para insinuar, para gritar, esto es Colombia, un eterno tránsito del amor a las masacres, de la ilusión a la venganza, de la vida a la muerte, de la atrocidad a la bondad, y de ahí a la maldad. Un hombre, Ricardo Silva Romero (está dicho ya), que a fuerza de sugerencias y sutilezas sacaba cuchillos y hería. Hería para no herirse él, tal vez, “porque yo escribo para no hacerle la vida imposible a los demás, porque los demás saben que si no escribo soy imposible”; y hería porque era necesario y urgente herir para llegar y llevar a algún grado de conciencia. “La verdad, aunque haya que amar al enemigo y odiar al amigo”, como decía Nietzsche.
Ilustración: María Fernanda Reyes Vargas.
Opiniones
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Opinión por:
Jorge Angel
9 enero 2013 a las 1:30 PM
Es un buen recuento de la situación creada por los religiosos fundamentalistas e inquisistoriales, quienes trajeron de Europa asesinos militares para entrenar idem y parammilitares directamente en las escuelas de oficiales y suboficiales. Esos asesinos vinieron de los servicios de asesinos de Hitler y de Franco, para sembrar aún mas profundamente la sinrazón, el odio, la violencia y la maldad de parte de militares y paramilitares. Estos “pájaros”, chulavitas o como mas se les quiera llamar, fueron remplazados por las tacticas y el entrenamiento q USA ha implantado entre militares y paramilitares en el último medio siglo. Pobre Colombia y pobre pueblo colombiano el cual en el semianalfabetismo en q es “mantenido”, no ha tenido posibilidad de encontrarse a si mismo y hacerse respetar!!!!
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