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26
11
2012
elmagazin

Yo no maté al perrito

Por: elmagazin

Flickr, Lali Masriera

Flickr, Lali Masriera

David Betancourt (*)

Temprano en la mañana fui al solar a mirar los pajaritos bañarse en la poceta y vi a la abuela con el perrito en la mano. Se hizo la que no me había visto y cogió del suelo un mango maduro acabado de caer. Dándome la espalda lo mordió y lo puso en el piso al lado de la mecedora; ahí mismo lo descargó con el hocico pegado al mango. Dio la vuelta.

—Está muerto —me dijo—. Parece que se ahogó con una hebrita del mango; pero no se ponga triste, mijo, que debe estar ya en el cielo de los perritos.

Me abrazó mientras me sobaba la cabeza, consolándome, me dio una palmadita en la nalga y me mandó a llamar a los primos, que estaban de visita de Navidad. Yo era el mayor de los tres, tenía en ese entonces ocho años y era considerado un niño cruel. Había tumbado el nido del pajarito y ahorcado a la mamá (dicen). El gato me debía su invalidez desde el momento en que decidí tirarlo desde el balcón, pensando que lo más grave que le podía pasar era perder una de sus siete vidas. Amarraba con hilo a los cucarrones, como cometas, hasta que se rendían y los destripaba. En las reuniones sociales me reía de la nariz de mi tía hasta el punto de hacerla llorar…

Cuando los primos llegaron y lo vieron muerto se pusieron muy tristes. Clemencia se arrodilló para hablarle, para despedirlo. Agarró el mango, sorprendida, y le mostró el mordisco al primo. Miraron a la abuela esperando una explicación y luego a mí con odio.

—¡Usted lo mató, primo, él no se atoró, el mordisco es suyo! —aseguró Clemencia, sin clemencia.

Miré a la abuela para que me defendiera de la acusación, para ver qué decía, cómo explicaba que al perrito lo había matado el mango y no yo. Entonces se paró de la mecedora y, como una detective, se acercó a la escena, la miró desde todos los ángulos, analizó el mordisco comparándolo con la boca del difunto, nos miró a los tres, misteriosa, y dijo:

—¡Asesinos, asesinos!, alguno de ustedes lo mató, el mango es una mentira, una farsa, un distractor. ¿Quién fue, quién?

Lo levantó de las patas traseras y nos tuvimos que tapar los ojos viendo la cabeza del perrito girar, la lengua morada.

—¡Lo despescuezaron! —aseguró.

En esas apareció el gato arrastrándose, contra el suelo el pecho y el estómago, y en consecuencia todas las miradas fueron para mí, hasta la del gato. No había duda, yo era el asesino. Luego hubo un silencio en espera de mi confesión. Estaba a punto de llorar y decidí ir por papá para decirle que todos estaban en mi contra, que me odiaban y me estaban culpando de un crimen que yo no había cometido. Cuando giré él estaba ahí, acababa de entrar, me miraba, y me dio mucho miedo de que no me creyera. Antes de decirle algo, el primo dio el primer golpe.

—Tío, tío, él mató al perrito —dijo, señalándome. Luego, para justificar lo dicho, miró a la abuela y a Clemencia que movían sus cabezas de arriba a abajo, asintiendo.

—Yo no lo maté, lo juro, esas son puras mentiras.

Y como todos estaban en mi contra y se defenderían entre ellos ante cualquier acusación mía, como no podía inculpar a nadie, como no tenía pruebas contundentes y sería descabellado decir que la abuela lo había matado, que tenía antecedentes, que ella la otra vez había estrangulado a la mamá de los pajaritos y no yo, le eché la culpa al mango, mirando a la abuela en busca de su solidaridad; después de ser cómplice de sus crímenes era lo mínimo que podía hacer por mí.

—No nos crea bobos, papito, ese mordisco está muy grande para la boca de esa criatura —dijo la abuela, y me llené de rabia y me puse a llorar.

La noticia de la muerte se regó y de un momento a otro el solar estaba invadido por tíos, abuelos, la muchacha del servicio, mamá, gente desconocida que no sé por qué cosas era parte ya de la familia. Todos estaban aterrados por lo que había pasado y yo sentía las miradas y los dedos que me señalaban, los labios y los ojos que me señalaban, y escuchaba los murmullos y mi nombre que salía de todas las bocas, y nadie miraba al perrito. Lo importante no era el muerto sino el asesino. Y los primos me miraban con odio y les decían secretos a los tíos y yo miraba a la abuela para que dijera algo, para que se conmoviera con mi llanto y dijera que basta ya, basta ya, que me dejaran de mirar que yo no tenía nada qué ver, que ese animal se había muerto ahogado o de viejito o como fuera… Pero la abuela no decía nada, estaba feliz porque hacía años no pasaba algo extraordinario en casa, porque se había acabado la monotonía, y atenta escuchaba a la gente que seguía diciendo que eso era un sacrilegio, que el que lo hizo cómo se le había ocurrido matar a un ser indefenso un 24 de diciembre, que no tenía corazón, que llevaba el Diablo adentro; y miraban a los primos y a mí y decían que se entregara el culpable que nada le iba a pasar, que reconociera el error, que no mintiéramos ni escondiéramos nuestros pecados que no nos traía el Niño Dios o nos tragaba la tierra… Y me dio hipo de tanto llorar y los mocos se me metieron a la boca; casi me ahogo.

—Entiérrenlo de una vez, no más alharaca —dijo la abuela (triste por mí), intentando acabar de una vez por todas con el asunto.

—Sí, entiérrenlo ahí atrás, en la matera, como Dios manda. Eso sí, si no se entrega el culpable no habrán aguinaldos y le digo al Niño que no se le ocurra aparecerse por acá —sentenció papá.

Ahora no era solo yo el que lloraba, después de la sentencia de papá me acompañaban los primos. Los tres sacamos la tierra de la matera, pusimos al perrito en el fondo y, antes de cubrirlo, por idea de la abuela, rezamos tres padrenuestros por la salvación de su alma. Al terminar, los primos se fueron a la habitación a continuar con la lectura de nuestro amado Condorito y yo me quedé triste sabiendo que no me convidarían, que era para ellos su nuevo enemigo, que si no había fiesta en la noche, sin duda, era mi culpa.

Me pasé el resto de la mañana y parte de la tarde mirando a la abuela mecerse en su silla (me daban ganas de estrangularla) y pensando en lo sucedido, y me ocurría algo extraño: en un principio todo era claro, no existían dudas de lo que había pasado en realidad, pero enseguida me entraba la incertidumbre, se llenaba de baches la historia y creía que yo era el asesino. Cuando me empezaba a calmar entraban los primos a mortificarme diciéndome que cuándo iba a confesar, que lo hiciera rápido que por mi culpa se iban a quedar sin Navidad, que si me demoraba de pronto el Niño Dios no alcanzaba a llegar y que eso jamás me lo perdonarían. Además la abuela me burlaba y me sacaba la lengua como una niña chiquita mientras sobaba las matas como si nada, queriéndome enojar.

—Abuela, abuela, no le va a traer nada el Niño Dios; espere y verá, mija —le dije, enojado, y ella se rió.

—Si no me trae compro los regalos en el Éxito, mijo, para eso tengo plata y yo sé quién no. Mi amor, confiese y problema solucionado —me dijo, y supe entonces que el mundo era injusto.

—Yo no maté al perrito, abuela, yo no lo despescuecé, usted sabe.

—Yo sé, mi vida, pero confiese.

Me dijo que fuera adonde ella y me sentó en sus piernas. Me sobaba el pelo, me daba picos en los cachetes y me abrazaba duro. Me dijo que el mango le había hecho un favor al perrito, que estaba viejo (y que los viejos estorban), ciego, sordo, que ni comer ni ladrar podía, que no aullaba alegrías.

—¿El mango?, abuela, el mango no le retorció el pescuezo, eso es imposible —le dije.

—El mango, usted o yo, el que sea; el caso es que el perrito descansó y si confiesas hay fiesta.

Me quedé en silencio luego de escuchar las palabras de la abuela y pensé por un momento que esa señora que me cargaba era mala. Pero luego me explicó que lo del perrito no era un crimen, que todo había sido por su bien. Me preguntó que cómo me sentiría yo ladrando y que nadie me escuchara, viendo las palomas haciendo fiesta en el solar y yo sin fuerzas para corretearlas, sin energías para perseguir pelotas o brincar a las camas para calentarme debajo de las cobijas, sin ánimos para fastidiar al gato inválido… Que si no me daba tristeza viéndolo chocarse contra los muros, sin hacer nada por quitarse las pulgas de encima…

—Mi tesoro, ¿cierto que pensando en eso lo mataste, para que no siguiera sufriendo? —me preguntó, como obligándome a decir “sí”, pero yo me quedé callado—. Te entiendo, mi amor, y te felicito, ese es un acto de caridad, de piedad. ¡Todos te entenderán!

Se levantó de la silla, me sopló el copete para sacarme una sonrisa, me cogió de la mano y me pidió que la acompañara a la pieza de papá que ella intercedería por mí. Mientras caminábamos me dijo que siempre dijera que lo había hecho por el bien del perrito y que intentara llorar que así todo sería más fácil. Cuando la abuela entró a la pieza me fui a sentar a la mecedora a pensar: pensaba que papá me pegaría, me castigaría y que jamás me volvería a regalar un perrito, que era bobada anhelar un mico de aguinaldo. Pensaba que de ahora en adelante todos me mantendrían a distancia, me tendrían miedo por ser un peligro andante, una plaga, un niño malo, un asesino, un diablo… Pensaba que la abuela tenía razón y que el perrito estaba mejor en el cielo que con nosotros sufriendo, que había sido un favor. Pensaba que la abuela había hecho con el perrito lo que hubiera querido que hicieran con ella, y me la imaginé acostada en el piso al lado de un mango maduro mordido por mí… En esas apareció papá y mi corazón empezó a saltar como loco; detrás venía la abuela intentando correr para no perderse nada de lo que iba a pasar.

—¿Sabe qué es lo que se merece usted, sabe qué? —me preguntó papá, y yo no dije nada, pero por su mirada y tono de voz sabía que merecía el mayor castigo del mundo—. Amá me contó todo y… y… ¿Sabe qué?

—¿Qué?, ¿qué?, ¿qué? —preguntó la abuela, devolviendo la pregunta, alzando los hombros y subiendo los ojos, retándolo, saliendo en mi defensa. Yo estaba a punto de llorar de nuevo.

—Se merece… se merece… se merece un abrazo, mijo, eso es lo que se merece, un abrazo y un pico bien dado. Si Dios se hubiera enterado de esto más temprano, se lo aseguro, mijo, lo llenaba de regalos, pero ya es tarde.

Y me abrazó fuerte y me subió a los hombros como todo un campeón. Yo sorprendido. Y todos comenzaron a entrar al solar y papá los enterneció con mis razones y todos me querían más y me agradecían por pensar en el bienestar del prójimo y me aplaudían y me tiraban besos y me tocaban la nalga y me jalaban las orejas y me hacían cosquillas y me metían pedazos de natilla en la boca y me acariciaban y brincaban para revolcarme el pelo y me tiraban con pedazos de buñuelo y me daban palmaditas en la espalda y me decían cosas bonitas y coreaban mi nombre y me mordían los dedos de los pies y la algarabía y el bullicio y los primos querían ser como yo y yo los miraba a todos y en esas miré a la abuela para agradecerle ese momento de gloria con una sonrisa y la vi triste, muy triste, envidiándome, odiándome, queriendo ser yo, deseando estar montada en los hombros de papá, necesitando ser importante como antes…, y entonces hice bocina con las manos y grité muy fuerte, sin importarme sacrificar mi momento de gloria:

—¡¡¡¡¡Yo no maté al perrito, fue la abuelaaaaaaaaaaaaaa!!!!!

Y a la abuela se le subió la alegría a la cara y se rió. Luego levantó las manos feliz, esperando que la atención fuera ahora para ella, pero nadie la volteó a mirar, como al perrito en sus últimos años.

————————————————-
(*) Colaborador.

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