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2012
elmagazin

Historia de todas las cosas, Thesaurus

Por: elmagazin

Marco Tulio Aguilera. Crédito: 3.bp.blogspot.com/

Marco Tulio Aguilera. Crédito: 3.bp.blogspot.com/

Marco Tulio Aguilera es un novelista colombiano residente en México. Tiene en su haber 30 libros publicados. Historia de todas las cosas (Madrid, Trama editorial, 2011) será presentada el jueves 15 de noviembre en el teatrino del Gimnasio Moderno de Bogotá, a las 6:30 p.m. El autor conversará con el escritor colombiano Roberto Burgos Cantor.

Stanislaus Bhor (*)

También William Faulkner soñaba con reescribir las novelas que más trabajo le costaron, como los amos quieren al gato calicó de la camada y regalan los lindos: El ruido y la furia fue reescrita cuatro veces antes de ser publicada. Sartoris, primera entrega de la saga dedicada al clan Sartoris y al clan Snopes del condado de Yoknapataupha tuvo que ser reducida a dos de tres partes para ser impresa, pero solo después de la muerte del autor un editor decidió ofrecerla como Faulkner quiso: completa y bajo el título Banderas sobre el polvo. Hoy es una de las grandes novelas que complementan el mundo de Faulkner. Borges, picado por la misma fijación, era más irresponsable y reescribía sus poemas al dictado: cambiaba palabras y permutaba los versos.  Laurence Sterne añadía dos cuadernillos más cada tres años a su historia imposible que tarda dos libros en narrar un nacimiento. Del gremio de reescribidores, solo Cervantes y Flaubert lograron superar las primeras partes y versiones de un texto. En Latinoamérica, Reinaldo Arenas figuraba como el gran reescribidor de obras (ver la atrabiliaria Antes que anochezca vs la exacta El color de el verano) pero desde 2011 (con menos tragedia) se le suma Marco Tulio Aguilera a la lista de los que han conseguido reescribir sus novelas, decenios mediante, y han logrado mejorarla.

A partir de la llegada de un negro a San Isidro de El General (que será encarcelado por la disposición legal que prohíbe el color de la esclavitud, la fealdad, los chinos y extranjeros) se encontrará en la prisión con un escritor (Mateo Albán) quien, condenado a una larga pena, se dedica a escribir la historia del pueblo a través de lo que le cuenta cada reo y de lo que puede ver desde el ventanuco de su celda mientras imagina y tergiversa sus propios recuerdos.

La historia dentro de la Historia de todas las cosas (mise en abyme) es la vida cotidiana: la de las gentes y orígenes y costumbres y secretos a voces de un pueblo de Costa Rica y la de las circunstancias de la narración y el origen de los personajes desaforados que desfilan por ella. La novela dentro de la novela se va escribiendo y distribuyendo por entregas y en cuadernillos, y es leída y comentada y criticada por los demás presidiarios. La narración despliega así varios niveles y temas, en un solo estilo: crónica de situaciones, anecdotario local, opiniones públicas y privadas del narrador, descripción de los personajes, momentos históricos que determinan la vida del pueblo desde la fundación hasta la llegada del progreso a través de la construcción de la autopista Panamericana.

En un primer nivel, esta novela resulta un Thesaurus del cuerpo humano y de los oficios: palabras antiguas y desusadas, neologismos y vocablos inventados tanto para magnificar con la grandeza del idioma como para parodiar al mundo que describe.  Es una narración desbordante en figuras retóricas. Las que deciden el estilo son las hipálages (“amistad intravenosa”, “virgen intonsa”, “instrumento maullador”) el hipérbaton para convocar la retórica del siglo de oro (“y que los hacían perder la continencia, risallorar o abandonar el calafate por la vía retrógrada. Palabra de Dios.”), la metonimia homérica para caracterizar personajes  al elevar un defecto en lugar del todo (La De Los Pesados Senos, El Lengua de Perro, El Poeta Gordo, El Villamuelino, Clementina La Más Fina), las metáforas impías (“tranca de fortaleza medieval”, en lugar de miembro viril, “indigestiones fetales” por abortos) y arrebatos poéticos (“como el discurrir de un río que no vemos avanzar pero cuyo estruendo de aguas sin embargo escuchamos”).

En otro nivel, es un catálogo de caracteres y personalidades y fisonomías y anécdotas catastrales (el capítulo más bello -a mi juicio una pieza perfecta de fisonomista- se titula “Óleo de cuatro doncellas y un villano” y describe los caracteres de cuatro hermanas hermosas; el más conmovedor tal vez sea El cementerio de elefantes). En otro se enumera y se parodia el linaje de los ciudadanos ilustres; en otro, la raza de los desposeídos y la ralea de los marginales (ver Baruch Geldsteinberg Hohensolen y las vírgenes impúberes). En muchos hay guías de paisaje y escenas de la vida cotidiana (La primera carretera, la construcción del aeropuerto y del hotel, Monumentos, El volcán y las cobijas del diablo). En otros la historia oficial del lugar es tergiversada para que no concuerde con la realidad (ver Primer suceso, Andante con moto suzuki). En otros se hacen disquisiciones lingüísticas para explicar el vocabulario (ver El Poeta Gordo y los profesionales).

En un plano superior, Historia de todas las cosas es una novela sin límites, de vocación anárquica, que no persigue líneas narrativas, ni desarrolla tramas cruzadas. Su argumento es el proceso de redacción de la propia novela. Cada capítulo comienza y acaba en su extensión. Por eso puede empezar a ser leída por cualquier fragmento, y por ello el lector puede retroceder o avanzar a saltos sin cargos de conciencia.

Una primera versión publicada hace 37 años fue aplastada por la grandeza de un género que embaucaba incautos y que los críticos denominaron “Realismo Mágico”. El autor volvió dos veces sobre la novela, no para enmendarla y deshacerse del lastre, sino para aumentar, acotar y pulir sus detalles. Así, según podemos leer en los escolios que interrumpen la narración y las escenas descabelladas para comentar los cambios, el autor integró al corpus narrativo su propia crítica y las respuestas posibles que ofrece el narrador a esas críticas en un estupendo juego retórico. También son comentadas las enmiendas y los vacíos y los olvidos de la juventud con meditaciones de madurez de autor, y las digresiones sobre el estilo y sobre los límites de la creación literaria adelantan teorías estéticas que se convierte en manifiesto de intenciones. La novela aspira a contener varios mundos: el de la fabulación, el de la realidad tergiversada y el de la teoría de la novela. Contiene algo mejor: una respuesta soberbia a los posibles detractores de la reescritura y del estilo y del pastiche, tal como las integró Cervantes al Quijote. Marco Tulio Aguilera, en su madurez, ha devuelto una estructura sin límites, con una abierta disposición paródica de la narrativa latinoamericana. Y el resultado es notable: la novela mejoró y se devoró a sus primeros críticos.

El acervo lingüístico revela a los precursores de este tipo de narración: el siglo de oro de la literatura española (Cervantes y Quevedo), la filosofía hedonista y vitalista (Nietzsche y presocráticos), el boom, la lengua vernácula de América Latina y la herencia Hispánica.  El tiempo histórico de la novela se desdobla y oscila entre los años 40 y los años 70 del siglo XX (de fondo están Vietnam, la dictadura de Somoza, la explosión de la bomba atómica, la publicación de las primeras obras del boom). Aquí me gustaría aventurar una parentela hipotética: sus afinidades estéticas están entre Flann O’brien, Henry Fielding y Milorad Pavi?. Otros dirán que los precursores son: Sterne, Joyce. Los más desconfiados: Cabrera Infante, Carpentier, Fernando del Paso. El autor, sin negar la genealogía, dice: Cervantes, Pirandello y García Márquez.

El valor fundamental de Historia de todas las cosas está en la sonoridad del fraseo, en el linaje de la prosa y en la desmesura barroca. En términos estéticos, el barroco ocurre cuando la obra (libro, cuadro o catedral) está tan recargada de ornamento que amenaza con colapsar la estructura. Algunos autores del esplendor de la novela latinoamericana (Asturias, Mutis, Carpentier) defendían en barroquismo como la única forma de designar verbalmente el portento del mundo americano: su paisaje exuberante e innominado, el eclecticismo de las tradiciones, la abundancia de mitos fundacionales, la diversidad de palabras que se entrelazaron en el encuentro de los mundos. Los académicos redujeron esa intuición creativa a esta expresión castradora: “Realismo Mágico”. Los mercaderes de la literatura lo convirtieron en una denominación de origen de la escritura latinoamericana, creando un clan de lectores adeptos, especializaciones enfermizas (entre académicos) y vocaciones frustradas (entre escritores). Hoy solo perdura un rechazo generalizado entre escritores para no ser encasillado en esa gaveta. Sin embargo, años han corrido desde 1975 cuando Breve historia de todas las cosas fue saludada con objeciones por su relación con la obra cumbre del aquel género de academias: Cien años de soledad. Con la perspectiva del tiempo (desde el punto de vista de un lector que no está empantanado ni familiarizado ni sofocado ni prevenido en el género), hoy se pueden apreciar más diferencias sustanciales que semejanzas entre esta novela y la de García Márquez. La influencia de García Márquez no es aquí un lastre: el hecho de que el narrador se sirva de ella con cinismo y la convierta en un pretexto para la parodia y el goce lingüístico, guarda las distancias. Si hubiera algo que señalar, en descargo de la versión definitiva de Historia de todas las cosas, es que en la novela fundacional de América, con la que se le ha comparado, no hay negros, pero aquí sí. Luego, que hay humor (sarcástico, grotesco, disparatado) y que toda la literatura que convoque al Dios del humor en este santuario de solemnes se hace necesaria. Luego, que la anarquía feliz de su estructura permite el descanso entre capítulo y capítulo (sorprende que no se hace farragosa, pese a su extensión desquiciada). Luego, habría que añadir que su lenguaje aspira a las nieves perpetuas del idioma (el que nos dio España y que refinaron los ancestros de América), y que la grandeza de una lengua, desusada y desperdiciada por tantos escritores, es aquí revitalizada por un estilo eficaz. Solo por uno de esos logros merecía ser reeditada.

Historia de todas las cosas, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Trama Editorial (Madrid) Ediciones de Educación y Cultura (México) 2011.

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(*) Bloguero. Escribe cada semana en http://unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com/

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