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Crédito: AFP
Fallecido hace poco y más allá de la polémica, este comunista de la vieja guardia y a la vez renovador de la ultraizquierda europea se constituye en ejemplo cuando se habla de reconciliación.
Fernando Toledo (*)
Aunque haya sido una paradoja política, la presencia de los reyes en el domicilio madrileño de Santiago Carillo el pasado 18 de septiembre, poco después de su muerte, simbolizó el dolor de casi toda España por el fallecimiento de uno de los artífices de la reconstrucción democrática tras la dictadura franquista, y de uno de los postreros protagonistas de una conflagración cuyos ecos aún inflaman, además de a quienes la vivieron de cerca, a los historiadores, a los políticos, y hasta a los enjambres de curiosos e indagadores que han leído la Guerra Civil española como el primer enfrentamiento entre el progresismo y la bota fascista.
A los 97 años de edad don Santiago, como se le conocía sin necesidad de agregar apellido alguno, nacido en Gijón, en la agitada en lo político y en lo social Asturias minera de 1915, y que vivió casi siempre, salvo los 40 años de exilio, en Madrid, personificó la arraigada vocación democrática de un país que junto con él transitó, a lo largo del siglo XX, por la monarquía intervencionista de Alfonso XIII, la dictadura del general Primo de Rivera, los años de búsqueda de la II República, el horror de la guerra civil, el avasallamiento del franquismo, el ramalazo del exilio, la llamada transición hacía la democracia y que encontró, por fin, la luz al final del túnel.
Su padre Wenceslao Carrillo, militante del Partido socialista obrero español y de la Unión General de Trabajadores, estuvo detenido en varias ocasiones; fue redactor de El Socialista, concejal de Madrid, diputado al congreso, y subsecretario de despgración cuyos ecos aún inflaman, además de a quienes la vivieron de cerca, a los historiadores, a los políticos, y hasta a los enjambres de curiosos e indagadores que han leído la Guerra Civil española como el primer enfrentamiento entre el progresismo y la bota fascista.
A los 97 años de edad don Santiago, como se le conocía sin necesidad de agregar apellido alguno, nacido en Gijón, en la agitada en lo político y en lo social Asturias minera de 1915, y que vivió casi siempre, salvo los 40 años de exilio, en Madrid, personificó la arraigada vocación democrática de un país que junto con él transitó, a lo largo del siglo XX, por la monarquía intervencionista de Alfonso XIII, la dictadura del general Primo de Rivera, los años de búsqueda de la II República, el horror de la guerra civil, el avasallamiento del franquismo, el ramalazo del exilio, la llamada transición hacía la democracia y que encontró, por fin, la luz al final del túnel.
Su padre Wenceslao Carrillo, militante del Partido socialista obrero español y de la Unión General de Trabajadores, estuvo detenido en varias ocasiones; fue redactor de El Socialista, concejal de Madrid, diputado al congreso, y subsecretario de despacho en el gobierno republicano de Largo Caballero, el llamado el Lenin Español. Por eso, la política acompañó a don Santiago desde la niñez y no tardó en convertirse en activista: en la adolescencia, tras la proclamación de la República en 1931, ya era reportero parlamentario del diario donde había escrito su progenitor, se codeaba con figuras de la agitada vida pública de entonces y con periodistas del mayor prestigio. Miembro del PSOE, lo detuvieron a raíz de la Revolución de 1934, pero después de un período de casi dos años en la cárcel, que terminó con la victoria del Frente Popular en 1936, abandonó el partido por considerarlo moderado en exceso; luego viajo a Moscú y entusiasmado por una revolución triunfante se conectó con la Internacional Juvenil Comunista, bajo la orientación del régimen de Stalin.
Los primeros días de la Guerra Civil y Paracuellos del Jarama
Tras el alzamiento de Franco, en 1936, que lo sorprendió en París, Carillo no tardó en volver a España para incorporarse al ejército republicano. Participó en varias escaramuzas y en la defensa de Madrid. Con el grado de capitán luchó en la Sierra de Guadarrama y fue designado secretario general de las juventudes socialistas, unificadas ante el avance franquista, en una capital de España devastada por los bombardeos de los aeroplanos enviados por la Alemania Nazi y por la Italia fascista. Cuando, a finales del 36, el gobierno se trasladó a Valencia y la urbe quedó en manos de una junta de defensa, bajo la dirección del general Miaja, fue designado con apenas 21 años miembro de la misma como Consejero de Orden Público. Por esos días, se afilió de manera oficial al partido comunista de España.
Mientras cundía la consternación por la asechanza de las tropas rebeldes, uno de los generales alzados contra la institucionalidad, Emilio Mola quien moriría más tarde en un accidente de aviación, en una de esas bravuconadas de insospechados efectos, trinaba por la radio asegurando que al unísono con las cuatro columnas de tropas rebeldes que se disponían a tomar Madrid, una quinta, de falangistas y derechistas presos o camuflados entre los pobladores, trabajaba desde dentro para facilitar la operación. Sin que ello signifique defender lo indefendible, esa jactancia, carente del mínimo sentido aún estratégico, explica en parte un suceso espeluznante al cual quedo ligado, por desgracia, el nombre de Carrillo.
El miedo exacerbado de los defensores de la villa, atizado por los auténticos organizadores de lo que fue una salvajada, tal y como se ha comprobado recientemente, Alexander Orlov y Iosif Grigulévich, enlaces de la NKDV soviética con el ministerio del interior español y enviados de la única potencia que apoyaba a la República, desembocó en las aterradoras sacas de detenidos derechistas de las cárceles madrileñas para neutralizar, con su traslado a otras ciudades, esa supuesta quinta columna. Pero los convoyes donde iban los presos jamás llegaron a su destino. Éstos, según algunas fuentes cerca de 5.000 entre civiles y militares, fueron ejecutados sin juicio y enterrados en fosas comunes en las vecindades del pueblo de Paracuellos del Jarama.
La pregunta que ha rondado desde entonces es si Carrillo supo de la masacre o si, por el contrario, y como él lo afirmó hasta el fin de sus días, no tuvo conocimiento. Aunque resulta difícil creer en esa ignorancia, por la posición que ocupaba, y destacados investigadores como Stanley Payne, Paul Preston y Ian Gibson se han mostrado cuando menos escépticos al respecto, no parece haber pruebas concluyentes por la debacle que se vivía, los incendios de archivos y la perdida de documentos. Él se llevó la respuesta a la tumba. Cabe destacar, eso sí, el silencio que, con excepción de los irreconciliables, guardaron la mayoría de los medios españoles alrededor del tema por los días del fallecimiento del prócer comunista.
El Exilio
Desde su ingreso al comunismo, y durante toda la guerra, el dirigente obedeció las instrucciones de la jerarquía del partido, que solían coincidir con las consignas de la Internacional proclamadas desde la URSS. Tras la derrota alcanzó, desde Cataluña, el territorio francés y trabajó al lado de quien poco después sería nombrada Secretaria General del PCE en el exilio, Dolores Ibárruri, conocida como La Pasionaria. Cuando fue elegido miembro del Buró Político, se ocupó de forjar, en los muy riesgosos tiempos del gobierno de Franco, los cuadros comunistas dentro de España y los grupos de “maquis”, o guerrilleros, que operaron sobre todo en los Pirineos y en el norte hasta los albores de la década de los cincuenta. Uno de los logros de Carillo fue infiltrar los sindicatos verticales de orientación falangista, lo cual remplazó la estrategia partisana, y reditar la revista Nuestra Bandera, hoy Utopías, que había sido fundada en 1937 y que, desde París, atizó la llama del comunismo español.
La clandestinidad de ese tutor de la izquierda española en Francia y los frecuentes viajes por los países donde se asilaban republicanos, eran disimulados con la identidad de un viajante de comercio. A mediados de los cincuenta, su posición respecto de la entrada de España a la ONU, con el voto del gobierno post-estalinista ruso, lo llevó a plantear ideas como la democratización del PCE y la posibilidad de que éste asumiera una “política de reconciliación nacional” que fueron rechazadas por el buró directivo y hasta consideradas como sospechosas de “alta traición”. Sin embargo, los tiempos iban cambiando y las condenas de Jrushchov al estalinismo lograron que la dirección española reflexionara y que, a la postre, acabara designando a Carillo secretario general adjunto del partido bajo la presidencia de la Ibárruri. Había comenzado el profundo viraje del dirigente hacía ese enfoque menos dogmático que, a la postre, subrayaría su gran dimensión histórica.
Aunque en el seno del PCE aún se daban posiciones de intransigencia, las críticas de don Santiago a hechos como la invasión soviética a Checoslovaquia fueron determinando un alejamiento cada vez más notorio de la ortodoxia. Por eso, junto con el comunista italiano Enrico Berlinguer, y con el francés Georges Marchais, se le considera uno de los padres del Eurocomunismo, nombre de esa tendencia que se caracterizó, en los años setenta, por su rechazo al modelo de la URSS al aceptar una cercanía con la clase media producto del capitalismo y la posibilidad de integrarse al esquema pluripartidista. El cambio obedeció, en todo caso, a una profunda reflexión que presagió ulteriores y decisivos puntos de vista.
El regreso
Los aires de renovación empezaban a soplar en España y, aunque la represión se acentuó tras el asesinato del almirante Carrero Blanco, la edad del “Caudillo” permitía augurar el final de la dictadura. A su turno, se abría el interrogante del futuro bajo una monarquía que, en principio, había jurado lealtad al movimiento. Tras la muerte de Franco, en 1976, Carillo resolvió coger al toro por los cuernos: regresó a España y se hizo detener con el fin de plantarse frente al gobierno de Adolfo Suárez, designado por el rey pero de estirpe franquista, para intentar conseguir el reconocimiento del partido comunista. Al parecer, ya había mantenido algunas conversaciones oficiosas con representantes del estado, y había mostrado su disposición de aceptar el régimen monárquico, la bandera nacional y de trabajar en pro de una nueva España.
Sin demeritar de ninguna manera el papel determinante que en la siembra de la democracia tuvieron el monarca y Suárez, quien con valor y gallardía legalizó el comunismo y liberó a Carillo, la posición de éste fue concluyente en el desmonte de la ensambladura que dejó Franco. La apuesta que hizo por la “reconciliación nacional”, moderando las palabras y los actos y anteponiendo los intereses de la nación y de la sociedad española a los de su propio partido, no sólo no deja duda sino que lo define como un patriota integral, cuya actitud contribuyó de manera concluyente con la construcción de esa España donde han ido apaciguándose los dolores y el olvido ha empezado a florecer.
Los últimos tiempos
Aunque fue elegido diputado al congreso por la circunscripción de Madrid, y relegido varias veces, los resultados de las votaciones para el PCE empezaron a delatar, tras la promulgación de la nueva constitución, fisuras en pro de una dirigencia socialista más joven y moderna. El PSOE se afianzó como un partido mayoritario y con el empuje de encauzar la izquierda española. Sin embargo, la apostura de Santiago Carillo se puso una vez más de presente el 23 de febrero de 1981 cuando en el hemiciclo del congreso se negó a obedecer las ordenes del golpista Antonio Tejero y, en vez de tirarse al suelo, afrontó el tiroteo de pie, sin inmutarse. Pero el epílogo de una vida política álgida y controvertida empezaba a escribirse: en 1982 dejó la secretaría del partido y tras enfrentamientos con los nuevos dirigentes fue expulsado del mismo con varios seguidores. Aunque formó un nuevo grupo, los resultados electorales dejaron mucho que desear y, por supuesto, no aceptó el reingreso al PSOE después del tiempo vivido como militante comunista.
Si bi
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