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Y así el Odio está condenado a la suerte lamentable de no poder dormirse jamás bajo la mesa. (Charles Baudelaire)
Luis Carlos Muñoz Sarmiento (*)
Sin duda, al lado de Marea de ratas, de Arturo Echeverri, La casa grande (1962), del autor costeño Álvaro Cepeda Samudio (1926-1972), constituye uno de los aciertos literarios más sorprendentes y conmovedores en el camino hacia la superación de la estética de la violencia visceral. Y a la vez hacia el esclarecimiento de las causas de esta última que no poco tienen que ver con las arbitrariedades de la justicia: la que condenó a muchos sobrevivientes de la Masacre de las Bananeras, a penas entre 2 y 25 años de presidio. Y se afirma todo ello por cuanto detrás de la obra de Cepeda se encuentra la que, después de El Quijote, se considera la más importante de la lengua castellana: Cien años de soledad, cuya primera versión no en vano se titulaba La casa de los Buendía. Adicionalmente, La casa grande contiene una de las más lúcidas reflexiones sobre ese reverso del amor que es el odio, el mismo que parece ser la Némesis sempiterna y ancestral de los colombianos, hasta tanto sus gobernantes entiendan que la única manera de superar el conflicto que nos desgarra y, sobre todo, que nos mata es considerar a sus oponentes como iguales… hasta tanto entiendan que los muertos, un muerto siquiera, sí son importantes… y no, como dijo el historiador Gonzalo Sánchez, que a estas alturas “Ya no importa cuántos fueron los muertos” en la Masacre de las Bananeras (El Espectador, 30.XI.08: 17). No. Ni a estas alturas ni al nivel del mar: a cualquier altura los muertos siguen siendo importantes… Un asesinado no es simplemente un muerto, sino una vida que se echó a perder por negligencia o por mala fe o por error, por un lamentable e irreparable error, que alguien debería explicar, no sencilla y llanamente archivar en los macabros sótanos de una fiscalía… ni mucho menos en las frías e inhumanas estadísticas de un Estado arbitrario e irresponsable.
Estado para el cual el escandaloso caso de los falsos positivos, por ejemplo, fue según su ministro de defensa un caso aislado: como diría Osuna, uno de los “2.500 casos aislados que invirtieron en las pirámides” (El Espectador, 7.XII.08, p. 57) uno de los quince mil casos aislados de jóvenes víctimas del engaño, de la represión, de la ignominia que se pueden contar en el país, sin olvidar, desde luego, el genocidio de los paramilitares. Genocidio que por una de esas torcidas y usuales jugadas del poder del Mesías hoy se pretende disipar entre las brumas del narcotráfico, convirtiendo un hecho de lesa humanidad en un vulgar asunto económico, con lo cual intenta matar dos pájaros de un solo tiro: negar sus vínculos con quienes lo ayudaron a subir en 2002 y limpiar una hoja de vida que tan bien recreó en su texto Ciertas yerbas del pantano un valiente periodista hoy desaparecido allende las fronteras. Así, aunque G. Sánchez diga que “García Márquez sacó la masacre de las Bananeras del ámbito histórico y la puso, a través de la literatura, en un universo simbólico”; aunque diga que… “Ya no se puede negar la dimensión y ya no importa si fueron cien, doscientos o tres mil los muertos… Simplemente fueron muchos y ninguna demostración factual podrá borrar esa imagen; y aunque diga: “Queda claro que cuando la violencia sobrepasa ciertos umbrales la cuantificación no importa”… la verdad es que, aunque G. Sánchez diga todo eso, nadie podría ignorar, por un lado, que el número de muertos sí es importante; y, por otro, que más eficazmente que García Márquez fue Cepeda Samudio quien recreó la Masacre de las Bananeras desvirtuando lo desvirtuado, es decir, la historia de Henao y Arrubla, en la cual los jóvenes de muchas generaciones (quien esto escribe, entre ellos) pretendieron aprender (y aprendieron… mal) la historia de un país y en particular la de un caso no aislado que llevó a la muerte a más de tres mil personas, de todo sexo y edad, y a la cárcel a centenares de obreros, cuyo único pecado, eso sí, era trabajar… trabajar, eso sí, para una empresa fantasma, como ya se verá… la United Fruit Company.
El escritor Roberto Montes, también costeño —no se trata del resentimiento de un cachaco— en el Magazín de El Espectador No 479 (28.VI.92) recuerda, además, algo que va más allá de lo siguiente: “La publicación en francés en 1984 de La casa grande, traducida por Jacques Gilard con el título de La maitre de la Gabriele, situó a su autor, Álvaro Cepeda, como padre del boom latinoamericano.” Por si esto fuera poco, Montes sugiere que la gran obra del Nóbel es hija de aquella otra menuda más portentosa, cuando a renglón seguido anota: “El crítico de L’Express, Patrick Thévenon, dijo en su artículo, Papá Álvaro y sus hijos: ¿Sabía usted que la literatura latinoamericana tenía un padre y que éste la engendró en 1962?” Parodiando al citado crítico, sería lícito modificar la pregunta: ¿Sabía usted, señor García Márquez, que la novela Cien años de soledad tiene un padre y que éste la engendró en 1962? ¿Sabía usted que adicionalmente su obra cumbre tiene dos tíos: Cosme (1929), la opera prima de José Félix Fuenmayor, y Respirando el verano (1962), novela seminal de Héctor Rojas Herazo?
La ficción del primero, padre de Alfonso, es tan importante dentro de la tradición costeña que el propio Cepeda al referirse a los miembros de La Cueva dijo una vez: “Todos venimos del viejo Fuenmayor”, como aparece en el prólogo a Cosme, precisamente (Valencia Editores, 1983). O, como asevera Germán Vargas: “Todo giraba en torno al gran escritor catalán Ramón Vinyes, el sabio catalán de Cien años de soledad” (De ficciones y realidades, Tercer Mundo, 1989: 118) Ahora, según el propio Gabo, fue el pintor, poeta y narrador Rojas Herazo su profesor de dibujo en el Colegio de San José, de Barranquilla, y quien por primera vez le habló, en mayo de 1948, sobre Germán Vargas, Álvaro Cepeda y Alfonso Fuenmayor. Éstos, habitantes de una Cueva que por manes del rumor y de la necesidad humana de crear mitos, dieron sin querer nombre al Grupo de Barranquilla, el que para Gabito mismo fue invento de comentaristas y críticos, que tienden a sistematizar las cosas para poder explicarlas (El Tiempo, 7.IV.02, p. 2-2) (1).
No sobra recordar aquí que para García Márquez La casa grande constituye “un ejemplo magnífico de cómo un escritor puede sortear honradamente la inmensa cantidad de basura retórica y demagógica que se interpone entre la indignación y la nostalgia”. La nouvelle, pues se parece más a un relato largo que propiamente a una novela, de Cepeda, puede verse también como un fresco literario —su dedicatoria reza: Para Alejandro Obregón—, a porcentajes iguales entre el arte figurativo y el abstracto. En efecto, desde el primer capítulo, Los soldados, las imágenes que La casa grande suscita en el lector a través de aquellos seres, anónimos, que se comunican en un lenguaje lacónico aunque muy eficaz, son tan nítidas y aplastantes como los grabados y las composiciones históricas más conocidos de Goya (1746-1828) acerca de la invasión napoleónica: los primeros pertenecientes a la serie Los desastres de la guerra, realizados entre 1810 y 14, y las segundas, que aparecen bajo el título Los fusilamientos del 3 de mayo. Sin embargo, no es fácil para el lector enfrentarse a la alternancia entre las voces concretas de los soldados, y la voz abstracta y distante del narrador.
Tampoco debe olvidarse la relación entre La casa grande y otros textos literarios de los que sin duda ha partido o, al menos, tomado como referencia: en particular, la tragedia de Edipo Rey, de Sófocles, el drama salpicado de humor Un tal Rock Wagram, de William Saroyan, y por encima de todo El sonido y la furia, de William Faulkner. La relación con Edipo Rey no entraña una revelación, ni mucho menos, puesto que La casa grande escenifica a su modo el trasfondo cruel y fatídico de la vida del héroe, para el caso El padre, en realidad un antihéroe, ya que desde el segundo capítulo (La hermana, 26-43) la narración en segunda persona del singular de una de las hermanas de la hermana, (cuya voz no se somete al autoritarismo del padre, de prédica asimilable a la del Estado, y es el único ser que se atreve a desafiar el silencio impuesto y la verticalidad del discurso patriarcal) se refiere a él como al “Maldito padre, maldito padre”, cuya voz dura llena todas las habitaciones de la casa. Y más adelante, para reconfirmar el fatum o destino fijado por los dioses, el padre adquiere el rostro prestado de Layo cuando la narradora se remite “al hombre que ya desde el momento cuando no se pudo evitar que naciera, no porque no se intentara sino porque esa misma pequeña y casual cantidad de sangre idéntica lo había afianzado en el vientre desprevenido, debió saber que estaba condenado a esa única muerte.” (39)
Los nexos entre La casa grande y Un tal Rock Wagram se presentan a nivel estructural, argumental y afectivo. La obra de aquél californiano de origen armenio, aunque sólo consta de tres capítulos, alude explícitamente a El padre, La madre y El hijo y la hija, en designación no gratuita si se nota la estructura de La casa grande. Estructura en la que la madre es desplazada por un patriarcado excluyente que niega la armonía de ese utópico núcleo llamado familia, patriarcado cerrado en sí mismo y organizado alrededor del odio, el prejuicio y la duda frente al Otro. En cuanto a lo argumental y afectivo, aspectos que van unidos respecto a la novela de Saroyan en particular y a su obra en general (que en parte Cepeda tradujo y ayudó a divulgar), se trata en ambos casos de narraciones que van de lo cotidiano a lo mítico y viceversa, en un intento por universalizar el deseo, la pasión, la libertad, el miedo, el fracaso, la muerte, dentro de los límites de un relato atravesado por la esperanza del amor, en la realidad del odio: sí, el hombre es un ser familiar cuyo sentido lo encuentra en la familia… pero esta parece no pensar igual. Sí, de vez en cuando un perro muere como un hombre, pero los hombres mueren siempre como perros (sobre todo si son pobres y de espíritu elevado). Sí, la vida tiene un sentido, secreto y patético, si no fuese por las mentiras del arte, a las cuales el hombre debe estar agradecido, como él sabe…
Los vínculos de La casa grande con El sonido y la furia son tan directos que afectan la estructura del relato de Cepeda, sin que implique copia de Faulkner ni, mucho menos, plagio descarado de asuntos como el odio intrafamiliar, el deterioro de las cosas y los hombres, la ruina, el fracaso, la derrota, la muerte… temas también tratados por El Loco y con el mismo rigor, gravedad e idéntica altura a la del creador de Yoknapatawpha, origen a su vez de Macondo, por vía de aquel microcosmos llamado La casa grande. Como hecho coincidencial, no gratuito, hay que señalar, además, que la acción de El sonido… se desarrolla en el mismo año de la Masacre de las Bananeras: 1928. Ya a nivel estructural, cabe referir que al autor gringo le bastaron tres hermanos (Benjy, Quentin y Jason… pues su hermana Caddy carece de monólogo y aun de derechos) y tres monólogos ambientados en el vía crucis de semana santa… y una cuarta mirada, omnisciente y sintomática, que registra lo acaecido en un domingo de resurrección. Al autor colombiano le bastaron jueves, viernes y sábado (no tan) santos para levantar su edificio literario pues en su obra no hay cabida para la Resurrección, posibilidad alguna para eludir la crisis, camino a la salvación…
La casa grande se inicia con un diálogo entre dos soldados de aquel contingente de 200 o 300 paisas que fueron enviados por el gobierno central a reprimir la huelga en La Zona… desde luego la Zona Bananera, los municipios de Aracataca, Puebloviejo y Ciénaga, lugar donde, precisamente, nació Cepeda el 30 de marzo de 1926 (así Germán Vargas dijera que en Barranquilla), esto es, dos años antes de que el 11 de noviembre de 1928, 5.000 obreros de Santa Marta y La Zona, que también incluye a Sevilla, Riofrío, Fundación, Orihueca y Guacamayal, se presentaron ante el gobernador, general José María Núñez Roca, con banderas blancas y consignas pacifistas, e iniciaran la primera huelga de proporciones (aunque ya en 1918, 24 y 27 hubo tres episodios precursores de paro) conocida en el país, contra la empresa gringa United Fruit Company (UFC) que apoyada por el gobierno rechazó todo entendimiento con sus más de 30.000 trabajadores. Compañía que, fundada en Boston en 1899, se estableció de hecho y no de derecho en Magdalena en 1901, pues no había entonces legislación que correspondiera a la organización de sociedades agrícolas de gran importancia, y que a partir del 9 de octubre de 1912, siendo presidente Carlos E. Restrepo, se estableció legalmente (es un decir…) en el país, de conformidad con dos decretos legislativos de 1908 y las leyes 29 de 1907 y 6ª de 1909: la primera le autorizaba por ocho años la exportación libre de gravámenes; y la segunda, por 20 años, la exención de impuestos para el banano enviado al exterior (2). Esto quiere decir que el gobierno del general Rafael Reyes (1904-1909) favoreció sin reservas a los productores de banano y en particular a la UFC, además de otorgarles un subsidio de 15 pesos por hectárea sembrada.
La represión del ejército contra los huelguistas, llevada a cabo el 6 de diciembre de 1928, produjo entre 47 y más de 2.000 muertos, según diversas fuentes consultadas a propósito de tan atroz suceso, publicitado, como nunca, por los periódicos de oposición de la época para darle jaque mate a la hegemonía conservadora (1885-1930) y aprovechado, como siempre, por los políticos de turno para sacar dividendos personales: el 3 de septiembre de 1929, el representante liberal Jorge E. Gaitán inició un debate que duró 15 días consecutivos y que lo llevó, primero, a la gloria y luego, es posible, a la muerte el 9 de abril de 1948. Las únicas deudas que nunca se dejan de cobrar son las políticas. El 19 de mayo de 1929, El Espectador publicó una entrevista con el disidente cacique godo Pompilio Gutiérrez, quien definió al responsable de la masacre, general Cortés Vargas, como una fiera, causante del genocidio de 1.000 personas. El 9 de febrero de 1930, el liberal Enrique Olaya H., recogiendo los frutos políticos de la oposición patrocinada por El Tiempo, derrotaba a un partido conservador desgastado, dividido y desmoralizado por casi medio siglo en el poder. Valga recordar aquí que cuando el Crack de 1929 causó deterioro en la industria del banano, por la baja de la producción para exportar, en 1932, fue Olaya quien hizo recobrar a la UFC su sitio de preeminencia al recibir de ella 500.000 dólares en préstamo, dada la escasez de dinero de su administración para afrontar la guerra con Perú. El mismo año 32, cuando el ferrocarril pasó a la Nación, Olaya se lo alquiló a la UFC hasta 1947… (3)
No obstante la aparente divulgación del hecho, la verdad oficial sobre la Masacre de las Bananeras terminó al filo del tiempo por imponerse: “no hubo muertos”, se dice en Cien años de soledad, de ahí que el suceso se haya olvidado tan deplorablemente rápido en su época, como ignorado en la actual. O lo que es igualmente nocivo: la cifra de 3.000 muertos que se inventó García Márquez y que en vez de capturar la verdad, la ahuyentó. Hecho que lleva a cuestionar no el uso que el autor hace de la historia en su novela sino el uso de su obra como fuente histórica. Lo que, de paso, permite reflexionar, en el caso de La casa grande, sobre el carácter subversivo de la novela frente a la historia: la supuesta objetividad de esta ciencia es inalcanzable y a menudo la versión histórica de un hecho se revela más ficticia que la de un suceso novelado. El crítico Robert L. Sims, en su ensayo sobre la de Cepeda, señala que la novela, por ser dominio de la diversidad de lenguajes (heteroglosia), de la diversidad de voces (heterofonía), de la diversidad de discursos (heterología), es decir, por su propia naturaleza, se presenta como un género subversivo frente a la historia. Y es que la novela trastorna sobre todo el cómo de los acontecimientos mediante un logos o discurso que establece en el acto la polifonía textual. Aspecto notable en un relato como el de La casa grande, en el que el cómo de los hechos se somete a un cambio de dirección discursiva para que la masacre se focalice y se filtre a través de múltiples voces y perspectivas: las de los soldados, las de los miembros de la familia, las del pueblo y las oficiales. La novela en general busca recuperar esas múltiples voces que la historia persiste en silenciar. Voces que en aquel trozo de la historia colombiana narrado por Cepeda son evocadas de manera tan intensa como pocas veces con otros episodios de la misma, salvo el de la violencia bi (e inter) partidista en Marea de ratas. Y como en el caso de esta novela, el primer capítulo de la de Cepeda (Los soldados, pp 7-25, lo mismo que El padre, pp 44-56 y Los hijos, pp 86-92), desarrolla de manera magistral algo más bien precario, antes que poco frecuente, en la narrativa colombiana: el arte de dialogar.
Y la manera de lograrlo tiene que ver con la sencillez, la franqueza y la honestidad —de nuevo como en Marea de ratas— de un autor que en su literatura no cohonesta la injusticia, el atropello, la corrupción… es decir, de un autor que no intenta complacer a nadie y que lo logra sin caer en los peligrosos terrenos del libelo, por infamatorio, o del ditirambo, por elogioso en exceso, al que se considera como probable germen de la tragedia, eso sí, sin que puedan conocerse al detalle sus conexiones. Entonces, cuando en un ambiente lluvioso, muy propio de la zona descrita, aquellos dos soldados anónimos –aspecto detrás del cual el autor probablemente haya querido ocultar la sinrazón de un conflicto del que se comienza a hacer parte, la ignorancia o la falta de conciencia partidista de dos seres que se preguntan por qué tienen que matar a sus hermanos, a unos hermanos inermes y que nada les han hecho y a los que no obstante terminarán por matar: “Sería mejor no poder ir a los pueblos. Sería mejor no tener que matar a nadie.” (p 13); se reitera, cuando aquellos dos soldados comienzan a dialogar, uno de los primeros elementos que surge es el miedo a lo desconocido, al igual que la dificultad para entender por qué se encuentran allí, qué es lo que pasa, qué desean los protagonistas de la huelga, todo ello en ambiente de rumor: “—¿Tienes miedo? El teniente dijo que tienen armas, pero yo no creo. –He estado pensando por qué nos mandaron. No oíste lo que dijo el teniente: no quieren trabajar, se fueron de las fincas y están saqueando los pueblos. –Es una huelga. –Sí, pero no tienen derecho. También quieren que les aumenten los jornales. –Están en huelga. –Claro: y por eso nos mandaron: para acabar con la huelga.” (pp. 7-8)
Del presente activo del diálogo de los dos soldados, se pasa al punto de vista de un narrador en pasado para describir la marcha del cuartel al puerto una tarde, la larga espera en él, la lentitud en el embarque, el miedo durante la travesía del río, el fuerte viento de diciembre… el asombro ante la ciudad iluminada a la que no habían visto nunca: Barranquilla —no se olvide que los soldados son cachacos, como lo testimonia el relato del primer personaje que con nombre propio menciona la novela (30):
“Carmen siguió contando que la estación estaba llena de soldados: (llena de cachacos que habían llegado de Barranquilla en la madrugada y que iban para la zona a defender los intereses de la Compañía [...] los trabajadores que habían ido a verlos decían que no pasaría nada porque los huelguistas estaban esperándolos en Sevilla para presentarle al General el pliego de peticiones [...] el gobierno los había mandado para que la Compañía no siguiera abusando de los jornaleros, y la verdad era que los soldados se parecían mucho en el modo de hablar a la mayoría de los cortadores que la Compañía había traído para el primer corte de La Gabriela [...] y decían que los cortadores hasta tenían conocidos entre los soldados porque también eran cachacos, pero había una cosa y era que habían quitado las mesas de fritos de la estación y habían cerrado las cantinas del otro lado de la línea, y decían que había orden de no volverlas a abrir hasta cuando se fueran los soldados, pero esta orden no sabían si la había dado el Alcalde o el General, porque el General no había llegado todavía aunque fue el primero que desembarcó, pero ya lo estaba esperando un motor y había salido inmediatamente para la Gerencia a hablar con los gringos [...] y los que fueron hasta el puerto dicen que todavía vienen más [...] y dicen que la misión como que es echar bala, [...] y las academias de este lado de la línea también las habían cerrado, pero no saben por qué, y las académicas, con sus trajes largos, están todas en la estación hablando con los sargentos, dicen que son los sargentos porque son los que mandan a los soldados [...] como ellas son de ciudad y bien corridas deben saberlo, seguro que esta noche vuelven a abrir las academias).” (30-31)
Y, sí señor, las academias (burdeles, como en los comienzos del tango) volvieron a abrir, como en todo país-circo que se respete. Y los soldados fueron a La Zona a defender intereses foráneos, ajenos. Y el General desoyó el pliego de peticiones (de nueve puntos exigidos por la directiva sindical de la época, a cuya cabeza estaba Raúl E. Mahecha, sólo se aprobaron cuatro), como en toda dictadura-democrática que se haga respetar. Y la Compañía siguió abusando de los jornaleros hasta que buenamente, esto es, cuando le dio la gana, se fue del país (en 1966, la Compañía Frutera de Sevilla, subsidiaria por razones estratégicas de la UFC, se retiró de La Zona). Y el General corrió solícito a la Gerencia a hablar, primero que todo, con los gringos… porque sí, primero que todo se habla con el Patrón… como siempre. Como ahora. Y, efectivamente, la misión fue echar bala, como tiene que ser cada vez que haya el más mínimo brote de anarquismo, de subversión, de comunismo (el documento original reza 6 de diciembre, no 18):
“Magdalena, diciembre 18 de 1928. Decreto No 4. Por el cual se declara cuadrilla de malhechores a los revoltosos de la Zona Bananera. El Jefe Civil y Militar de la provincia de Santa Marta en uso de sus facultades legales y Considerando: Que se sabe que los huelguistas amotinados están cometiendo toda clase de atropellos: incendiado varios edificios de nacionales y extranjeros, saqueado, cortado las comunicaciones telegráficas y telefónicas; destruido líneas férreas, atacado a mano armada a ciudadanos pacíficos; cometido asesinatos, que por sus características demuestran un pavoroso estado de ánimo, muy conforme con las doctrinas comunistas y anarquistas [...] que es un deber de la autoridad legítimamente constituida dar garantías a los ciudadanos, tanto nacionales como extranjeros, y restablecer el imperio del orden [o el orden del Imperio, igual da] adoptando todas las medidas que el derecho de gentes y la Ley marcial contemplan, Decreta: Artículo 1o– Declárase cuadrilla de malhechores a los revoltosos, incendiarios y asesinos que pululan en la actualidad en la zona bananera. Firmado, Carlos Cortés Vargas, General; Mayor Enrique García Isaza, Secretario.” (pp. 59-60)
Nunca se dijo que los revoltosos, incendiarios y asesinos estaban realmente del lado oficial… tampoco, que la UFC era una empresa muy singular: declaraba no tener trabajadores. Los casi 30.000 hombres que limpiaban los terrenos de la Compañía –como no sin ironía la llama Cepeda, muerto en Nueva York, el 12 de octubre de 1972—, abrían sus canales de riego, sembraban su banano, recogían su cosecha, empacaban su fruta cortada y la subían a sus vagones para transportarla hasta los vapores de su gran flota blanca, jamás habían figurado en la nómina de la sociedad creada por Minor Cooper Keith. La UFC se valía de ajusteros, contratistas que se obligaban para con aquella a cumplir por su propia cuenta y riesgo una actividad, para burlar la ley laboral: la que se supone había, la que aún se supone hay… Estos ajusteros se encargaban de enganchar a los jornaleros, pactar con ellos el tipo de labor que realizarían y el salario que les sería pagado, entregarles quincenalmente su remuneración. Pero, eso sí, en el contrato con cada ajustero aparecía la cláusula: “Ni el contratista ni sus jornaleros son empleados de la UFC.”
Tal vez no valga la pena repetir la historia oficial sobre el hecho, la del texto en el que los jóvenes del país intentaron –sin conseguirlo— aprender historia durante más de 70 años, el de Henao y Arrubla, toda vez que en tan reaccionario documento fue que Cepeda basó aquel Considerando que habla de incendios, saqueos, incomunicación, etc., cometidos por los huelguistas amotinados. Lo que sí cabría citar de Henao y Arrubla es su sesgada conclusión:
“Las vías de hecho adoptadas, mediante el imperio de la ley marcial, hicieron renacer la tranquilidad y volver al régimen legal. El orden público se restableció en la región el 14 de marzo de 1929.” (Historia de Colombia, Voluntad, Bogotá, 1952, 7a edición, p 875).
Sin embargo, en defensa de lo que ya no se puede defender mas si recordar, hay que decir que el 12 de noviembre de 1928, los invisibles jornaleros de la UFC se declararon en huelga, tras solicitar desde octubre a la empresa negociar un pliego de peticiones. El gerente, Thomas Bradshaw, fundamentaba su negativa a recibir a los negociadores con un argumento recurrente: no había ningún vínculo jurídico entre la empresa y los trabajadores bananeros. El mismo día que estalló la huelga Bradshaw telegrafió al presidente (1926-30), Abadía Méndez (1867-1947), comunicándole que en la zona había estallado una peligrosa revuelta planeada por cabecillas irresponsables… El gobierno, mediante orden redactada por el Ministro de Guerra, Ignacio Rengifo, dispuso que el general Cortés Vargas se trasladara al Magdalena con tres batallones “para dar amparo a los pacíficos trabajadores hostilizados allí por revoltosos.” En una semana, Cortés, gracias a su folletinesca imaginación, descubrió una conjura comunista para destruir las bananeras, y una grave amenaza de invasión –y no es que pensara hacia el futuro… hacia esta época, ni más faltaba— por barcos de guerra gringos. Mientras procuraba romper la huelga con detenciones en masa y patrullajes intimidatorios, en sus mensajes a Bogotá describía una situación dantesca: según él, en la zona afectada por el movimiento obrero ya operaba un soviet (consejo, para los bolcheviques) dispuesto a acabar con su tropa. Entonces, el gobierno dictó estado de sitio para a su vez designar a Cortés Jefe Civil y Militar del Magdalena. En la madrugada del 6 de diciembre del 28, el general hizo marchar a sus hombres hasta la plaza de Ciénaga y ocurrió lo que según el divino designio oficial tenía que ocurrir…
Es en este punto donde Cepeda hace gala de su capacidad para “sortear honradamente la inmensa cantidad de basura retórica y demagógica que se interpone entre la indignación y la nostalgia”. Así, pese a la indignación, evita la ruta del patetismo y opta por la del relato directo aunque compasivo, quizás no exento de crueldad (aunque la crueldad emana de lo narrado antes que de quien narra) pero nunca kitsch o grotesco; o, en su defecto, por la metáfora… (palabra equivalente a transporte o traslación) como cuando habla de aquellos soldados antes de la masacre y para ello recurre a la metáfora del fusil como símbolo de la muerte inevitable:
“Todavía no eran la muerte: pero llevaban ya la muerte en la yema de los dedos: marchaban con la muerte pegada a las piernas: la muerte les golpeaba una pierna a cada trance: les pesaba la muerte sobre la clavícula izquierda: una muerte de metal y madera que habían limpiado con dedicación.” (22)
Y viene luego el relato desnudo de cada soldado a través del cual Cepeda representa la orgía de violación y de sangre, sangre que termina por volverse mierda de verdad: “… Por qué los mataron: no tenían armas. Tú tenías razón: no tenían armas. No tuve necesidad de ir donde las mujeres. No le he visto bien la cara. Tampoco habló. [...] un rato después, se puso a llorar, no gritando, sino despacio: casi no se oía que estaba llorando. Yo no entiendo nada. No la obligué. Ella se dejó. Mírame los dedos, es como si me hubiera cortado.” (pp. 23-24) Y luego: “Con el cañón casi tocándole la barriga disparé. Quedó colgando en el aire como una cometa. Se cayó de pronto. Oí el disparo. Se desenganchó de la punta del fusil y me cayó sobre la cara, los hombros, mis botas. Y entonces comenzó el olor. Olía a mierda. Y el olor me ha cubierto como una manta gruesa y pegajosa. He olido el cañón de mi fusil, las mangas y el pecho de la camisa, los pantalones y las botas: y no es sangre: no estoy cubierto de sangre sino de mierda.” (24)
Tras la masacre y ya convencidos primero de que: “No tenía que matarlo, no tenía que matar a un hombre que no conocía” y, luego, que es por la costumbre: “Dieron la orden y disparaste. Tú no tienes la culpa” (24-25), los dos soldados llegan a la conclusión de que alguien tiene que ser responsable de toda esa violencia injustificada… entonces uno afirma: “Alguien no: todos: la culpa es de todos.” (25) Y viene la maldición reiterada y el consuelo y el olvido y la memoria, olvido y memoria que por una vuelta de tuerca juegan papeles inversos a los que deberían jugar: así, el olvido se vuelve útil para el invasor y la memoria inútil para el invadido: “—No te preocupes tanto. ¿Tú crees que [ella, la muchacha violada] se acuerde de mí? –En este pueblo se acordarán de nosotros: [...] siempre, somos nosotros los que olvidaremos. –Sí, es verdad, se acordarán.” (25) La verdad es que, aunque la memoria sea el único tribunal incorruptible, en este territorio de la desmemoria, del olvido deliberado, de la insolidaridad, de la manipulación mediática, del silencio impuesto… apenas Jorge Eliécer Gaitán –y se trata sólo de reconocer su actitud aquella vez—, en las sesiones del Congreso de septiembre de 1929, salió a denunciar los atropellos perpetrados por las tropas de Cortés Vargas:
“Tenía un vivo interés por asistir a aquella Cámara para continuar una campaña que había iniciado en la revista Universidad de Germán Arciniegas, sobre los sucesos de la zona bananera. Es el caso que el asunto se había presentado como una revuelta de los comunistas contra la UFC. Había sido turbado el orden público, y, en esquivas y sintéticas comunicaciones, se daba cuenta de algunos muertos y en otras –ellas sí abundantes— se hacía saber que los tribunales de guerra condenaban a diario y en pocas horas a obreros de ambos sexos, a 18, 20 y 25 años de presidio. Todo aquello en medio de la indiferencia de la opinión pública, cuando no con la justificación de los periódicos de todos los partidos. Mi reacción la motivó lo único que me era dable conocer, o sea el aspecto constitucional y legal, que lo encontraba arbitrario. Lo estudié y en la dicha revista comencé la campaña, recriminando ante todo, según ahora he podido refrescar en aquellos viejos papeles, la actitud de los dirigentes obreros que callaban como ostras… Una vez obtenida mi credencial y ya restablecido el orden en la zona bananera, me fui a aquel lugar para adelantar una investigación personal, cuyos documentos y pruebas demostraron luego que lo sucedido allí había sido una gran hecatombe. El país se estremeció, pues si bien ya había pasado un año de lo sucedido, sólo hasta entonces vino a saberse lo que en realidad había ocurrido. Pero yo llevaba una finalidad concreta. Treinta o más obreros estaban cumpliendo condenas de 10 a 25 años de presidio. Presenté un proyecto de ley de amnistía para todos los condenados… A pesar de que el Congreso era de mayoría conservadora, la realidad de los hechos por mí alegados y comprobados era tan grande, que el proyecto pasó. Y aquellos hombres fueron puestos en libertad.” (“Gaitán ante sí mismo…”, parte de una entrevista de B. Moreno Torralbo publicada primero en El Siglo en 1943, luego en El Espectador, Bogotá, Magazín Dominical, 7.IV.68, p 14, y más recientemente en El saqueo de una ilusión, el 9 de abril: 50 años después, Número Ediciones, Bogotá, 1997).
Pese a que Gaitán demostró, ante la desidia e hipocresía de sus colegas, la criminal complicidad entre la United Fruit y los militares que allí actuaron, jamás se investigó a uno solo de ellos. A los descarriados funcionarios oficiales se les castiga con premios: así, el ministro Rengifo fue nombrado embajador en Londres; el general Cortés Vargas, por su parte, ahora director de la policía nacional, se vio envuelto en nuevas acusaciones por la muerte del estudiante Gonzalo Bravo y seguramente siguió teniendo pesadillas sobre revoluciones comunistas y flotas invasoras… eso sí, exentas de vinculación alguna con la masacre de las bananeras: los militares no se permiten remordimientos. Y esto por cuestiones de estructura, de disciplina, de seguridad. O de machismo, diría John Wayne, u homosexualismo reprimido, diría Freud. De todas maneras, nunca se supo cuántas personas fueron asesinadas en Ciénaga, ni cuántos inocentes fueron a parar a las cárceles; y sobre la represión en Sevilla, otro pueblo bananero, se dice —otra vez el rumor, como en la novela— que el ejército mató a 29 trabajadores. En el caso de Ciénaga, Cortés Vargas —tan conservador como militar— dijo que por efectos de los disparos sólo hubo nueve muertos. Raúl E. Mahecha elevaba a 1.004 el número de huelguistas asesinados y hablaba de 3.068 heridos, por lo cual tuvo que huir tras ser herido en una pierna con fusil Máuser, no sin antes tener que quitarse el forro dorado de sus dientes para impedir su identificación. Muy pocos, aun sabiendo que había sido así, hablaron de centenares de víctimas.
La razón de haber incluido aquel Decreto No 4, por el cual se declara cuadrilla de malhechores a los revoltosos de la Zona Bananera, no radica en otra cosa que en la imperiosa necesidad de hablar del sometimiento ancestral de un pueblo. Sometimiento que, desde luego, tiene que ver con el hecho de verse privado de la educación, de no poder acceder a ella, de no prepararse. Hecho que en La casa grande se pone de manifiesto en el episodio de El padre, a quien una de las hijas recrimina:
“Entonces eras cruel: con una crueldad metódica y tremenda que nos hacía más dependientes de tu voluntad. Si hubiéramos ido a un colegio tal vez habríamos tenido una niñez alegre. Pero cuando la madre insinuó, no lo dijo, ni siquiera dejó saber que lo deseaba, que deberíamos ser enviadas a la escuela, el Padre bajó un poco el periódico para que le pudiéramos ver los ojos y dijo: Lo que tengan que aprender lo aprenderán aquí.” (33)
Y aquí el Padre parece ser el Estado, para el que la educación cada día que pasa es más un privilegio que un derecho. A ese mismo Padre castrador –que niega de plano el acceso femenino a la educación— es al que después se va a asesinar a punta de cavadores… y como sostiene La Muchacha, a quien previamente Josefa le ha dicho en una especie de muerte anunciada que, en efecto, lo van a matar:
“No es por la plata, a usted no lo odian por la plata: es por lo de la huelga. El Padre: ¿La huelga? La Muchacha: Mataron muchos en la estación: los soldados dispararon desde los vagones: no se bajaron: [...] los soldados no se bajaron pero mataron un montón. El Padre: Bien hecho.” (48)
Y así es como el Estado… perdón, El Padre, el terrateniente, firma su propia sentencia de muerte. La que cada día que pasa parece estar firmando el país, un país en el que cada uno de sus habitantes parece formar un mundo aparte, un país desorientado que parece tenerle miedo a la libertad, que sigue siendo esclavo de la sangre derramada por hacer parte de un reto involuntario, como atestigua El Hermano (75-85) a propósito de la hermana que “ha muerto sola sin alternativas, liberada de la tarea de afirmar con su presencia la inutilidad del desafío; un desafío que ella no había planteado, ni querido, sino que le fue impuesto” (75) “He regresado a su cuerpo muerto y a sus tres hijos vivos: he regresado a ella: he regresado a mí. Estoy nuevamente en el comienzo. Entonces, ¿toda la sangre seca y olvidada en la mejilla de la hermana, en los dedos de un solo soldado, en los andenes de las estaciones de los pueblos y sobre el barro salitroso, en una calle oscura y estrecha, debajo de los cascos de un caballo, toda esa sangre para qué? ¿Va a ser necesario acaso recomenzar?” (76)
O, ¿seguiremos dentro de este mundo incomprensible de familiares y de rostros serios, palabras duras y llantos resignados que es el país, formando cada uno un mundo aparte? ¿Seguiremos culpándonos el resto de la vida, recreando en nosotros la vida de la gente que construyó esta casa, este pueblo, esta raza y que fue destruida porque se aferró al odio? ¿Seguiremos siendo únicamente por imposición del Padre parte de esta casa y de esta sangre y de este odio?
Como advierten Los Hijos (pp. 86-92) al final de La casa grande:
“—Es que si no hablamos ahora nos va a llenar el odio y entonces también estaremos derrotados. –De todas maneras estamos derrotados. –Sí, de todas maneras.” (p 92).
¿Seguiremos formando cada uno un mundo aparte, culpándonos el resto de la vida, siendo parte de este pueblo sólo por imposición? ¿Será imprescindible volver a empezar? ¿Estamos derrotados?
a mis hijos, Santiago & Valentina, los seres que
principalmente me impiden aceptar la derrota.
Notas:
(1) Lo de La Cueva, como exclusivo sitio de reunión del Grupo se puede desvirtuar rápidamente: Café Colombia, El Japy (sic), Los Almendros, un extraño bar llamado El Tercer Hombre (por el filme Carol Reed, de 1949), el América-Billares. Germán Vargas: “Era ya lo que Próspero Morales Pradilla llamó, desde El Tiempo, el Grupo de Barranquilla” (1989: 118).
(2) El 6 de abril de 1914, siendo presidente Carlos Eugenio Restrepo R., se firmó con EE.UU el Tratado Thomson-Urrutia que indemnizaba a Colombia por la pérdida de Panamá con 25 millones de dólares y libre paso por el Canal para las naves colombianas. Restrepo se vio criticado por una escaramuza expansionista hacia el Perú conocida como Conflicto de La Pedrera, con altos costos en vidas humanas y ningún beneficio para el país. Su gobierno, presionado por el aumento de denuncias y el temor latente por la reciente separación de Panamá, envió el 27 de enero de 1911 una reducida tropa para hacer presencia en el margen derecho del río Caquetá. Al frente se envió a los generales Isaias Gamboa y Gabriel Valencia con otros 70 hombres. El gobierno republicano de Restrepo reacciona en forma aletargada e irresponsable. Aparentemente hay una resistencia a la defensa de la soberanía nacional por parte del Estado cuyo vocero es el Canciller Enrique Olaya Herrera. La insistencia de los militares y la oposición liderada por el General José María Valencia hacen eco en el gobierno. Finalmente accediendo a las suplicas insistentes del General Isaías Gamboa, el Ministro de Guerra, Mariano Ospina Vásquez lo despachó con el General José María Valencia y una reducida guarnición a La Pedrera, debajo de Puerto Córdoba y cerca de la frontera con el Brasil. Un grupo que salió bajo las más inicuas fallas administrativas y logísticas, quedando prácticamente abandonado a su suerte.
3) En septiembre de 1932 el puerto de Leticia fue tomado por soldados peruanos; el general Alfredo Vásquez Cobo fue llamado para dirigir las operaciones armadas de Colombia. El pueblo colombiano colaboró con dinero y joyas para financiar la guerra. Después de varias batallas, la Guerra Colombo-Peruana finalizó con la firma del Protocolo de Río de Janeiro en 1934; también, con la ratificación del Tratado Salomón-Lozano de 1922. Dicho Tratado fue un acuerdo de límites firmado el 24 de marzo de 1922 que puso fin a un litigio territorial de casi un siglo entre Colombia y Perú y fue obra del Plenipotenciario de Colombia, Fabio Lozano Torrijos, y del de Perú, Alberto Salomón.
CODA
Recuérdese siempre… y recuérdese siempre que siempre hay que repetir lo obvio: “El diálogo y la paz únicamente se pueden dar entre iguales”, como decía el lúcido intelectual activo, judío de nacimiento, palestino y gringo por adopción, Edward Said; que en un país donde sólo se ha administrado el crimen como forma de justicia, se ha perdido la memoria de los muertos entre la amnesia de millares más; que no hay “casos aislados”: únicamente la regla mortal, que el autor de la regla siempre niega, no porque quiera (qué más le gustaría que lanzar al viento las evidencias de su osadía) sino porque le conviene, de manera que las víctimas se hacen invisibles por incontables. Sabemos más de la muerte del niño Luis Santiago (execrable en todo caso) que de los miles de niños que día a día mueren de hambre en el mundo; se remarca, a través de los medios, que su victimario es un monstruo y por ello se le condena a 60 años de prisión y la masa pasa a olvidar a los auténticos monstruos y al unísono aplaude como si se le hubiera hecho justicia por todos los demás crímenes, los de paramilitares y colaboradores: a los primeros se les envía a EE.UU para que sean juzgados por narcotráfico y para que terminen cambiando sus penas por plata; a los segundos, se les condena a irrisorios periodos de reclusión (no cárcel), al cabo de los cuales salen para volver a sus andadas: en fin, sabemos más por vía intravenosa en la que nos han inoculado tinta de pasquín de los “criminales” de DMG, pero nada del gobierno que durante más de seis años los toleró, trató con ellos y cuando ya no le sirvieron más, de ellos se deshizo, se quedó con la platica y de paso con la de los ahorradores.
Recuérdese, si hay odio es “el odio que produjo el odio”, para recordar aquí a quien fue capaz de superarlo al constatar, antes de que lo hiciera el genoma humano, que “todos los hombres son iguales”, como rezan los universales derechos del hombre, en el papel aunque, eso sí, en cada país se piense que hay unos más iguales… Para que haya diálogo y paz, es obvio repetirlo, al adjetivo iguales hay que quitarle el adverbio más para que haya menos posibilidades de que podamos seguir siendo diferentes, sin que eso signifique seguir señalándonos, etiquetándonos, matándonos… La diferencia enriquece, la unanimidad empobrece, por el camino del diálogo a la paz se llega también a la igualdad… entre todos los hombres: lo que nunca será posible por vía de la política, mientras esta siga siendo lo que dice el paradigmático Diccionario del diablo, de Bierce quien desapareció por encanto de las huestes de Pancho Villa luchando contra la injusticia, el mago de la ironía que se hizo humo: “Política, sustantivo. Conflicto de intereses disfrazado de lucha de principios. Manejo de los intereses públicos en provecho privado”. Conste, ya se dijo, lo que nunca será posible… reitero, la igualdad entre todos los hombres, mientras la política se siga utilizando como sinónimo de mentira y no como arma de verdad… de verdad… ¡de verdad!
Todo esto es lo que a grandes rasgos permite extrapolar la lectura de una novela como La casa grande, tributaria a su modo de Marea de ratas y benefactora de Cien años de soledad… hecho no debidamente reconocido, mucho menos por su autor, el ganador del único Nobel que hasta hoy ha tenido el país del café, de la canela y de los reinados del café, la canela, la panela, etc. Ah, y del cartel de los sapos que, contra lo que se piensa, no es parte de una telenovela sino que ahora está entre la población, como parte de ese triste eufemismo llamado seguridad democrática, entre cuyos programas el más tristemente célebre fue familias en acción… de acción social de la presidencia de la república: en la que todo fue acción, acción pura o impura, igual da, como se infiere del lema colombo nazi: arbeit, arbeit, arbeit… es decir, ¡trabajar, trabajar, trabajar… para robar!
*(Bogotá, Colombia, 1957) Escritor, periodista, crítico de cine y de jazz, catedrático.
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B
Este texto debería (debe) ser utilizado como documento, ya sea en una clase de historia de Colombia o Latinoamérica, en una de sociología sobre la violencia, o en una de literatura colombiana. Su enfoque es rico y contundente en argumentación. Es que habría que ser ciego (idiota) para no leer (que es igual que ver) en una historia (La de la casa grande), la historia de un país, la historia del odio, la historia de una puta maldición que nos condena, así, sin remedio, a ser los borrachos con sed… es con estos textos que salimos del sopor del mal trago y miramos con miedo y pesar las ruinas a las que han reducido el país nuestros respetadísimos gobernantes…
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