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Juan Andrés Rodríguez
Corría el año 2001, y yo corría para lograr montarme en uno de los pocos buses que me llevaban desde la carrera 15 hasta mi casa. Siendo aproximadamente las 7:00 de la noche (o de la tarde, para los lectores internacionales), era de esperarse que no cupiera un alma, por más piadosa que fuera, en las entrañas del monstruo metálico que algún desatinado nombró “ejecutivo”. (Aunque están casi extintos, logré encontrar esta imagen para refrescar la memoria).Dispuesto a sufrir las innumerables vejaciones a las que se expone el usuario de transporte público bogotano, subí al automotor con la frente en alto, la mano izquierda en la billetera, la mano derecha en la entrepierna, y la dignidad de paseo por el mediterráneo.
No avancé mucho, como era de esperarse. Con mucho esfuerzo óseo atravesé la registradora y pagué mi pasaje al señor conductor, que sin importar el hacinamiento en el que nos encontrábamos sus clientes, ordenaba hacerse “hacia atrás”. Lo más “hacia atrás” que logré llegar, obviamente, fue a tan sólo unos centímetros del consciente chofer.
Aunque parezca imposible, en los siguientes 45 minutos nadie se bajó, pero mucha gente subió, así como mi temor a perder la billetera y la virginidad sur. ¿Qué es lo realmente memorable de este viaje? se preguntarán los más experimentados. ¿Cómo sobreviví? se preguntarán los más cobardes. ¿Dónde encuentro un bus igual? se preguntarán los más sodomitas. Ya llegarán las respuestas (excepto para tí, enemigo de la iglesia).
En algún punto del recorrido, amenizado por la emisora local Radioactiva, comenzó a sonar “Puto”, canción de Molotov que estaba causando furor entonces, incitando a los asistentes de fiestas de quince y minitecas a involucrarse en esa interrogante absoluta que son los pogos.
Yo, como buen asistente de fiestas de quince y minitecas, cantaba la familiar letra en voz baja (una chica muy bonita que iba al lado mío la cantaba también y durante unos segundos nos miramos coquetamente. Seguro tenía quince).
Es, durante esta canción, que noto por primera vez un contrabajo -en su estuche- en la última fila del ejecutivo. Su dueño, claramente alterado, gritaba algo ininteligible, mientras trastabillaba (nunca había usado esta palabra) tratando de avanzar entre la muchedumbre hacia la cabina del bus. Cuando logró llegar a su destino, es decir, mientras mancillaba mi hombría, le gritó al conductor: “Quite esa música demoníaca, hijueputa. ¡Haga el favor y respeta a los pasajeros, malparido!”. El conductor, sin hacer el esfuerzo de girar la cabeza para mirar al demandante, acudió a la autoridad otorgada por ser el dueño y señor del volante, y le subió el volumen a la música aproximadamente 157.000 decibelios. No podía yo escuchar ya los gritos desesperados de mi compañero íntimo, por más de que su aliento golpeara mi nuca poderosa y calurosamente. “Puto” sonaba tan distorsionada en los conos del sistema de sonido ejecutivo, que ya no se entendía la letra, ni la música; de hecho, era posible que ya hubiera terminado y lo que hacía retumbar el acorazado fuese la voz del locutor de turno.
Pero ahí no terminó la lucha de este defensor de los buenos modales y la etiqueta. El hombre, claramente irritado por la negativa a su respetuosa petición, se embarcó de nuevo en la travesía de volver a su puesto, donde su fiel instrumento le esperaba pasivo, ocupando dos sillas diseñadas para el uso humano. Al llegar, sacó de algún lado (mi vista corta y la población de un pueblo mediano, no me dejaron ver exactamente de dónde), un estuchito negro. Intrigado por su actuar, que poco o nada tenía de errático, observé con asombro como una vez más el caballero iniciaba una nueva odisea a través del mar de gentes. No se había visto, desde las épocas de Calígula, tal número de violaciones en tan poco tiempo.
Al arribar nuevamente a su sitio predilecto (es decir, haciéndome cucharita), el hombre abrió el pequeño estuche. Para ese momento yo estaba realmente asustado; imaginaba ya cómo desenfundaría un arma con silenciador, y acabaría con la miseria del gentil trabajador de Coopetrans. Poco sabía yo, pues este prócer de las artes; este caballero de la lengua; este profesor inconforme; este abusador soplanucas, no sacó ningún arma de fuego, ni tampoco arma blanca alguna, no. El hombre había desenfundado un arma muchísimo más letal: una flauta dulce plástica, marca Honner.
Antes de iniciar lo que iba a ser la parte músico-pedagógico-emocional-mágico-lúdica de mi viaje, el hombre devastó mi corazón con un discurso digno del político más sabio (disculpen ustedes el oxímoron). Tristemente, no pude escuchar todo, pues los amigos de Radioactiva seguían con sus bramidos. Alegremente, por la cercanía de su boca a mi oído, fui el único que alcancé a apreciar unas pocas palabras. Transcribo entonces, los apartes de su discurso: (Me tomé la libertad de rellenar -entre paréntesis y con letra cursiva- las partes del discurso que se perdieron a mitad de camino)
PEQUEÑO DISCURSO DE UN HOMBRE DECENTE
por un hombre decente
“Ya que el hijueputa que nos lleva como animal (a nuestros destinos) no quiere hacernos el viaje más placentero, decidí tocarles (un poco de música culta) a todos, ya que sin las mieles de (la buena música, seríamos) un pueblo ignorante y vejado; sería una vida muy aburrida.
La vida me ha enseñado que (no hay nada como la música.) el poder de este pequeño instrumento está en penetrar (nuestros espíritus, a través de nuestros oídos,) causando placeres divinos, dignos del Olimpo, a niños y adultos por igual.
Olvidemos entonces (al conductor, que no conoce) la decencia, y desnudemos nuestro (espíritu, esencia vital del ) cuerpo, que está deseoso de caricias sublimes, y no de porquerías como las que el hijueputa éste nos ofrece (como acompañamiento musical durante el viaje).“
Acto seguido, tomó con propiedad la flauta dulce, y sea cuál sea la música que hizo con ella, ésta se perdió entre el tumulto.
Al llegar a mi casa, no sentí sino alegría por lo que me había tocado presenciar. Siendo sinceros, historias así tiene cualquiera que haya viajado en un bus bogotano.
Larga vida a ti, hombre decente.
¡Salud!
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