BLOGS Cultura

Archivo de julio, 2012

31

07

2012

elmagazin

Buceadores de imágenes en la poesía

Por: elmagazin

Milcíades Arévalo (*)

“A los viajeros del alba” José Asuncion Silva

Mi interés por la poesía, especialmente por la poesía colombiana, es muy remoto. La primera vez que tuve en mis manos un libro de poemas, las palabras despedían un casto olor alcanforado que me crispó los pelos.  Entre los poemas que nos dejó Julio Flores (l867-l923), hay un reguero de brumas, lágrimas, cadáveres y bambucos que en noches  de luna y calles solitarias algún guitarrero se atrevía a cantar a su amada  con suma melancolía. En alguna de esas calles,  José Asunción Silva (l865-l896) hijo predilecto del modernismo, asomó la cabeza por la ventana de su habitación,  solemne y cargado de melancolía  dijo:

“¡La sombra! ¡Los recuerdos! La luna no vertía
allí ni un solo rayo… Temblabas y eras mí”.

Categoria: General

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30

07

2012

elmagazin

Gabo y Botero, realidades encontradas

Por: elmagazin

Fernando Salamanca (*)

Divergencias y convergencias Las cabezas visibles del arte y la escritura colombianas han estado en constante desacuerdo. Fernando Botero y García Márquez, cada uno en su respectivo extremo. Extremos geográficos: el uno en el gran DF en México, en el que reside desde hace décadas; y el otro entre París e Italia, con escalas en Nueva York y Medellín. Extremos políticos: Gabo con su testaruda amistad con Fidel Castro, que le ha granjeado gran cantidad de críticas y enemistades en el continente; y el otro, desligado de la izquierda en la que un día creyó pero no profesó: tan alejado, que no habla de política y mantiene una posición de extremo centro, de inocuidad. Extremos, por supuesto, artísticos, Gabo es el autor vivo más leído en lengua castellana y la cifra de sus ventas escapan a cualquier cálculo moderado; Botero expone en cientos de museos en el mundo y es, junto con Picasso, Munch y Giacometti, los artistas en el siglo anterior que crearon todo un universo pictórico.

Categoria: De fondo

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24

07

2012

elmagazin

Gamín

Por: elmagazin

Fernando Araújo Vélez

Yo fui una sonrisa sin dientes, como dice una canción que oí el otro día, pero no vaya usted a creer que este va a ser un eterno lamento borincano, pues no vale la pena, ¿ve?, por mucho que uno se queje y por mucho que le duela el alma, la gente cree que no, que ni tenemos alma ni sentimos dolor porque nos robamos una billetera o porque le contestamos feo a la gente que no nos da una monedita.

Categoria: General

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23

07

2012

elmagazin

Conversión en La Catedral

Por: elmagazin

R. H. Moreno Durán

Ante la ventana abierta la paloma se mantuvo durante unos segundos en el aire, vacilante, hasta que finalmente se posó sobre el alféizar. El Patrón se acercó, la tomó entre sus manos y tras acariciar el blanco plumaje del lomo desató el papelillo que llevaba atado a su pata derecha. A continuación volvió a acariciarla, la alzó con las dos manos y luego, con un breve impulso, la soltó y la paloma desapareció en los dominios del aire.

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17

07

2012

elmagazin

Boleto de salida

Por: elmagazin

Ana Katalina Carmona (*)

Escuchó el crujir de los zapatos de La Enfermera cruzando el marco de la puerta de la habitación y supo que todo había llegado a su fin. Se dio vuelta en la cama para quedar de espaldas a la noticia: “Hasta que te saliste con la tuya, ahí te dejo el boleto. Podés usarlo cuando se te venga en gana, como todo”, le dijo La Enfermera. Aunque se alegraba de no tener que volver a verla y había imaginado muchas noches esta noche, no hizo movimiento alguno que lo expresara. Cerró los ojos, apretó los dientes con fuerza y contuvo el aire en sus pulmones hasta que sintió de nuevo el crujir de los pasos saliendo de la habitación. Aún no había decidido qué hacer, a quién llamar, ni siquiera había decidido hacerlo. Tres años atrás, dos años atrás, un año atrás, incluso una semana atrás habría sabido exactamente qué hacer.

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2

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16

07

2012

elmagazin

En tiempo de lejano pasado

Por: elmagazin

El caminante

Fernando Araújo Vélez

Comenzaron a hablar de él en tiempo de lejano pasado seis meses después de que se hubiera ido con su bicicleta y un morral a recorrer el país. Nunca escribió una nota, pero eso era normal en él. A veces, mitad en broma, y más en serio, decía como Serrat: “es hermoso partir sin decir adiós, serena la mirada, firme la voz”. Las mujeres que lo oían, solían insultarlo. Ellas querían, necesitaban razones, explicaciones, nombres, fechas. Él les respondía: “Ni yo pedí nacer ni pedí que fuera en Colombia, y ninguna de ustedes paga mis impuestos. Por lo tanto…”. Ese por lo tanto, debatían ellas cuando él se marchaba, podía ser por lo tanto nadie me importa, o la humanidad es un invento que fracasó y en ese sentido no hay a quién tener que rendirle cuentas, o estoy solo y así moriré.

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12

07

2012

elmagazin

Las nieves del Cho Oyu*

Por: elmagazin

Everest

Fernando Araújo Vélez

La rabia se le transformó de a pocos en dudas, y luego, en miedo, porque se había ido a las doce y algo más de la noche como estaba planeado y había ascendido hasta ocho mil y pico de metros, la franja amarilla, pero su compañero de cordada no aparecía. Ni él ni su luz ni su aliento. Lo aguardó subido sobre una roca una hora, una hora y diez minutos. Nada. Maldijo, lanzó su piolet contra una piedra y volvió a maldecir. Eran 200 metros los que le hacían falta, nada más y nada menos que eso. Doscientos metros que eran su vida, las promesas a su padre, a su hija Salomé, al espíritu de su amigo Lenin Granados. Cuántas veces me mataron, cuantas veces me morí, sin embargo estoy aquí, resucitando, gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal, porque me mató tan mal, habría podido canturrear allá arriba. Y sin embargo bajó. Tuvo que bajar, y bajar, lo intuía, era seguramente olvidarse de la cumbre del Cho Oyu. Olvidarse de él. Bajó en busca de algún rastro de su compañero Gonzalo Ospina. O a él, pero no encontró ni huellas ni luces. Nevaba. El viento y la altura y los cuarenta grados bajo cero le pesaban, pero ya a esa hora, cuatro de la madrugada, solo sentía miedo, el miedo de la tragedia, el miedo de la muerte. Buscaba. Iba en zigzag para que no se le escapara un metro de terreno. Su linterna alumbraba cada peñasco, cada grieta, cada promontorio. Recordó que Ospina no le había contestado casi nada antes de salir. Cuando él le dijo que ya era la hora, doce en punto, que hacía frío, que lo esperaba afuera, no le respondió. O si respondió fue apenas con monosílabos. Él no se dio cuenta.  La ansiedad lo había desbordado. Por eso se fue. «Me voy a marcar huella», dijo y se fue. «Yo lo espero más adelante pero no se demore». Y era cierto que cada tanto se volteaba para ver si Ospina lo seguía, pero también fue cierto que continuó y que la ansiedad lo llevó a la desesperación y a la furia. Pensó en presagios mientras seguía con su búsqueda, porque dos días antes Luis Alberto Camargo y Roberto Ariano se habían molestado con Ruiz, el líder de aquella expedición, pues se había opuesto a que intentaran llegar a la cumbre solos. Camargo, incluso, había desistido del todo de hacerlo. Ese podía ser un mal presagio, pensó, y concluyó que aquel malestar lo había influido a él por algún lado y de alguna manera, de ahí su enojo. Se justificó. Y se detuvo. Y respiró profundo, con el estómago, como le había enseñado Lucho Camargo, y siguió en su descenso por entre las piedras, en tinieblas, hasta que se tropezó casi de espaldas con una de su tamaño. Era Ospina, pero un Gonzalo Ospina de hielo, una estatua de hielo en posición de avanzada, con un brazo hacia adelante y un bastón en una mano, y la otra aferrada a su piolet. Nelson Cardona lo tocó. Le dio golpes con los nudillos. Le habló, le gritó, le imploró que dijera algo, que le hiciera alguna señal, que le mostrara que estaba vivo, lo abofeteó, pero Ospina era hielo, hielo y nada más que hielo. Se había congelado. Cómo, dónde, cuándo, por qué. Cardona no tenía tiempo para buscar respuestas. Se lo ató a su cuerpo con un cordino y encendió la radio para comunicarle a Ruiz lo que ocurría. Recorrió los cuatrocientos metros de bajada, aseguró su cuerda contra un peñasco para que Ospina no se deslizara y se metió en la carpa por un angosto recodo que daba a un barranco. Se quitó los guantes exponiéndose a las heladas, pero tenía que quitarle a Ospina los crampones y sacarse los suyos. Recordó que un año antes, en el Manaslu, Ospina le había ofrecido su bastón y su vida para salvarlo en la Cascada de Hielo. Ahora todo era al contrario. Habló de nuevo con Ruiz, quien le dijo que el médico, Carlos Rodríguez, ya había salido de campo uno a encontrarse con ellos. Podían ser doce horas, tal vez algo más de recorrido. A las cinco de la madrugada Ospina comenzó a vomitar negro. Cardona le rogaba. «No te me mueras, Gonzo, mirá que tu esposa te espera, pensá en Isabelita, tu hija que te quiere». Por momentos reaccionaba, más que nada cuando oía el nombre de su hija. Cardona pensó en bajar hasta el campo dos por oxígeno, pero hizo cuentas, tres horas de ida y otras cuatro de regreso o más, y comprendió que Ospina no resistiría. Decidió llevárselo. Habló con Ruiz y le expuso su idea. Ruiz le dio vía libre. Lo sacó de la carpa y lo arrastró unos metros mientras le hablaba. En la medida en que descendían Ospina se sentía un poco mejor, pero estaba débil, y en su debilidad lo único que deseaba era dormir, quedarse tirado por ahí y no despertar nunca más. Le decía a Cardona que se fuera, que se salvara él, que lo dejara. Por algunos pasadizos muy inclinados y demasiado estrechos para dos hombres tuvo que cargarlo. Y así iban, así estaban cuando se toparon con una expedición que subía. Les dieron agua, solo agua. Quizá no entendieron lo que ocurría o no quisieron entender, quién sabe. Sobre el mediodía, por fin, se encontraron con el médico, que le inyectó a Ospina un diurético, dexametasona decadrón. Ospina mejoraba y Cardona se aliviaba. Sin embargo, su alivio iba desnudándole sus excesos, sus equivocaciones, porque había olvidado protegerse las manos cuando se quitó los guantes para auxiliar a su compañero y ahora las tenía rojas, y en medio de la tensión, tampoco había tomado agua. «Me siento mal, muy mal, excúsenme que los deje», les dijo a Rodríguez, a Ospina y a los sherpas. Se fue. Apenas llegó al campamento base se encontró con Ruiz y le relató su odisea. Ruiz lo escuchó intercalando alguna que otra pregunta. Al final le dijo, «Hermano, tiene cinco días para recuperarse, vamos de nuevo por la cumbre». «A mí, la verdad, no me quedaban ánimos para nada», confesaría Cardona. Con las horas fue cambiando de opinión. Tomó sopas durante cinco días, durmió, descansó, y al quinto día, según los designios de las montañas, volvió a ascender de la mano de Juan Pablo Ruiz y Roberto Ariano, y subió con ellos por los caminos que ya había recorrido hasta que llegó a la banda amarilla, donde se desató un temporal que arrasaba con todo. Se refugiaron detrás de una roca algo más de una hora y allí aguardaron a que los vientos les dieran permiso de continuar. Cuando amainaron los ventarrones subieron hasta la cumbre del Cho Oyu. Era el único punto desde donde se ve la cima del Everest, inmaculada, perfecta y desafiante, a cientos de kilómetros sobre miles de abismos y de historias. «El siguiente sueño está enfrente nuestro», dijo Ruiz, y clavó la bandera en la cumbre y encima del piolet dejó su guante. El viento se lo llevó dos, tres, cinco metros, y el guante voló y dio tumbos, hasta que Cardona lo recuperó.

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10

07

2012

elmagazin

Un hombre decente

Por: elmagazin

molotovov

Juan Andrés Rodríguez

Corría el año 2001, y yo corría para lograr montarme en uno de los pocos buses que me llevaban desde la carrera 15 hasta mi casa. Siendo aproximadamente las 7:00 de la noche (o de la tarde, para los lectores internacionales), era de esperarse que no cupiera un alma, por más piadosa que fuera, en las entrañas del monstruo metálico que algún desatinado nombró “ejecutivo”. (Aunque están casi extintos, logré encontrar esta imagen para refrescar la memoria).

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09

07

2012

elmagazin

Perdedores

Por: elmagazin

Johan Cruyff

Fernando Araújo Vélez

La semana que culmina fue prolífica en críticas hacia quienes llegaron a determinadas finales y las perdieron. Falcioni, y antes Bielsa y Cúper, y mucho antes la Holanda de Rinus Michels, han sido parte de esa historia. El tiempo, sin embargo, se ha encargado de revertir los calificativos de la Sociedad de los Pulcros Exitistas.

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05

07

2012

elmagazin

Destino inmortal

Por: elmagazin

Juliana Araújo Gómez (*)

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