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Jorge Alberto Parra Gómez (*)
Un rayo de luz del sol mañanero penetra por la ranura del postigo, declinando sobre mi lecho de mujer, como buscando el reposo. Vuelvo a despertar, abro los pesados párpados y doy gracias a Dios. ¿En verdad, si debo dar gracias a Dios? ¿Dónde estoy? En mi sitio, en la soledad de la riqueza que logré acumular por los servicios prestados a los mortales que rodeaban mi espacio. Riqueza, rico, recorrido de mi vida, patrimonio. La tibieza de mi aposento se va diluyendo en el ambiente gris y frío como el día. Día, diario, diablo vivir, abro bien los ojos y encuentro la realidad. Estoy en mi hogar; ¿qué es mi hogar? Un cuartucho. Una pieza en el rincón de una morada, en un barrio hundido en la miseria, arrabal viejo, desamparado, condenado a evaporarse por el accionar del tiempo, como un conjuro inconmovible. Un cuchitril, desvencijado, pobre, con paredes quemadas por el tiempo, difuminado el contorno de su color, despercudido, por el chiro viejo con emanaciones a sucio y sabor amargo, paredes gruesas con olor a arena, con un hueco como entrada que sostiene una desechable puerta de dos hojas, colmadas con una variedad de fisuras y un mal colocado pestillo: es el cuartel de un alma en pena. Pena, penita, pena de nuestro amor en silencio, hoy sí antes no, ¿por qué? Viejos amores aquellos, ahora orfandad, allá mozos y adolescentes de resplandeciente cutis; no pocos, si muchos, muchos, muchos que se fueron y no regresaron. Aquí estoy como antes, diría que como ayer, dispuesta o disponible o en disposición de que. ¿Pero a qué? Y ¿para qué? “Amores que se fueron….”
Allí estaba ella, la anciana vetusta, adormilada, adornada con su adormidera y sus trastos destartalados, acomodados a las circunstancias del espacio mugriento: un catre de varillas, mostrando el oxido amarillento del rezago de su tinte original, a medio parar con sus patas inclinadas por el uso rutinario de muchos años de servicio. Servicio, servil, servidumbre, como la vieja dueña de éstos cacharros, habitante de este tugurio. Un rudimentario taburete, verdusco y desastrado, cubierto con prendas desordenadas de apariencia marchita, y un espejo roto y deteriorado, salpicado de manchas negruzcas, muestra las figuras distorsionadas, como queriendo mentir o desvirtuar toda ilusión.
Espejo, espejito, espejote, ¿esa soy yo? ¿Soy, o no soy o era? ¡Todavía soy! Por que esa que miro soy yo. ¡Increíble!, ¡créanlo! ¿O no soy creyente? Pero miro y remiro y vuelvo a mirar, mirar mirando por mi camino voy, y soy yo, ¡no, esa no! El jolgorio se fue como ráfaga; cual existencia afanada como veloz viento, vientre, que vientre exuberante. ¡No, esa no!
Converso y vuelvo a conversar y con euforia le cuento al espejo mentiroso qué me decían mis amigos cuando me veían pasar, arrogante, altiva, buena moza: elegante señorita, de andar acompasado, ¡qué caderas tan esbeltas! ¡Que finura el contorno de sus piernas!…. Y escucho en aquellas lejanías, como melodías de mis añejos recuerdos: es su cara sonrosada la frescura, tiene sus cabellos el perfume de las rosas, y en sus ojos bellos la grandeza de una estrella, y en su boca perfumada la pureza de su alma y en todo su ser, la hermosura. Y retomo, una y otra vez, un coro lejano: “cómo vive esa rosa cerca a tu corazón, nunca hasta ahora contemplé en el mundo, cerca al volcán la flor”. Declamaban con desvarío como cánticos de aleluya: apiádate de mi triste amargura recibiendo mi humilde corazón, Julio, Pedro y Juancho…. No pocos, si muchos, muchos, muchos que se fueron, y no regresaron que mí memoria ya no quiere repasar ni evocar.
¡Caramba, bendito Dios! Que rompo la mesilla que afortunadamente tengo junto al camastro para soportar mi peso al levantarme. Soy como lámpara raída con su caperuza fatalmente estropeada, desgreñada, despeinada, despechada. ¿Despechada? No, ¿por qué? …. Amorcillos, ¡cupido porque te has ido! ¿Amoríos? ¿Ausencia? ¿Calor humano? Me condenan al despecho, ¡no! Mis manos, manitas, maneras de existir, como planta sin cuidados, sin caricias terrenales. ¿Cuáles manos? Son dos bultos con sus distorsiones, rojizas, negras, ¿qué color es este? ¿Cobre?, con manchas negras y rojas, bonita contemplación para mis ojos, ojitos, ojosos, como mi cara, mi cara cara, ¿cuál cara?, negra, redonda, o ¿torcida mas bien?, sin cejas, la delicadeza de mi figura es una evocación, las rasgos suaves y tiernos se perdieron, perdidos, perdida, ¿yo? No, pérdida de mis atributos físicos, ¡uy! Estoy loca, loquita, locasa, ¿casamiento?, ¿con quien?, Julio, Pedro y Juancho…. No pocos, si muchos, muchos, muchos que se fueron, y no regresaron, nunca lo expresaron con sus labios, pero si con sus movimientos nerviosos como queriéndome acariciar eternamente y estrecharme y poseerme, porque la lozanía de mi cuerpo complementada por lo sugestivo y la ricura de mi imagen, invitaban a la fornicación. Mi jaculatoria era amar, amar y amar, ¿amantes?, sí, amantes que tomaban con fuerza y suavidad a la vez, mis carnes muy bien torneadas, tratando de complacer sus instintos, con la complicidad de sus manos buscando mi sexo con gran voluptuosidad. ¡Espejo mentiroso! Éstas son mis regordetas protuberancias que se esconden debajo del camisón descolorido y raído, con su olor pestilente que el uso continuado y el ambiente del recinto no perdonan.
Esa noche de frío, ésa noche de niebla, la anciana vetusta, adormilada, adornada con su adormidera y sus trastos destartalados, esperando no pocos, si muchos, muchos, muchos que se fueron y no regresaron. ¡La leyenda dice que la noche se la llevó con ella!
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(*) Colaborador.
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