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21
03
2012
elmagazin

Es una vergüenza vivir más de 25 años en este mundo

Por: elmagazin

Flickr, Kevin Dooley

Flickr, Kevin Dooley


Edgar Medina (*)

“Es una vergüenza vivir más de 25 años en este mundo”. Dicha profética letanía se constituyó en epitafio y causal del ocaso de una prolífica y precoz sabiduría en 1975. Para los partidarios de la perenne prolongación de nuestra existencia terrenal, se manifiesta como la directriz de la insensatez pueril de Andrés Caicedo. “Sólo un acto de inmadurez habría de convertirse en yugo de tus luces, cuando aún la penumbra juguetea con timidez desde la distancia”, solía esgrimir mi amigo. Por supuesto, refería a la, tal vez, apresurada decisión fatal de Caicedo al cumplir su primer cuarto de vida: cegar el fulgor de sus letras bajo el candor de una interminable oscuridad.

Rememoré la obra de Caicedo cuando me encontraba recorriendo los senderos húmedos de una ciudad de triste cielo y perpetuas borrascas. Cerré los ojos y contemplé las memorias de mi alma, los años de picardía y aventuras en mi niñez; mi etapa como soñador empedernido; mis batallas contra las limitaciones propias de mi naturaleza y mis anhelos irreprensibles de conquistar el cambio y reescribir mi destino. Por último, sollocé ante la contemplación inerme de mi ascenso y decadencia en los últimos compases de mi biografía, marcada por la ceguera inherente al súbito y sostenido atisbo del sol.

Ahora comprendo el sentido de la frase de Caicedo. Durante los primeros veinticinco años de vida los hombres alardean de magnos propósitos, arrolladora fuerza e incólume ambición. Amparados en su juventud, desafían el sufrimiento, el inevitable deterioro de las alegrías, la fragilidad de la lealtad humana, la erosión de su lozanía, la escasez material y la abundancia del escollo. El carácter diáfano de los sueños contiende con el matiz claro-oscuro de los acontecimientos. Nuestra pétrea voluntad, nuestra prematura y paradisíaca intención, se hunde en el océano, dejando a flote exiguos bártulos, si acaso indignos de ser rescatados, pero últimos vestigios de esperanza.

Mientras observaba a una anciana mujer extender su mano en procura de la conmiseración de los transeúntes, contrayendo su rostro adusto y contrito, espetando pesarosas sentencias “Estoy muriendo de cáncer, una ayudita” o “Soy madre de 3 hijos y he caído en desgracia”, vislumbré la alegoría de mi vida frente a los ojos de mi alma:

La providencia me lanzó al océano a bordo de una góndola equipada con un único remo. Bandeé cascadas y remolimos, sorteé la arremetida de cocodrilos, jaguares y díscolos. En lontananza se dibujaba un horizonte arco iris, hialino y justo. Veinticinco años aguardé el arribo al edén; cuando aún restaban pocas lenguas, y se atisbaban las orillas de las tierras prometidas, mi nave encalló en riscos hasta entonces invisibles, quebrando el casco en trozos irregulares, anegando mi amparo de las aguas. Me trepé en un tablón de madera flotante, el último resquicio del esquife, y la marea me azuzó hasta la playa.

Al despertar de mi letargo, con aún visión borrosa, lancé una exclamación apagada, incrédula al constatar la miseria del islote. Cargaba a mi espalda un talego de herramientas y en mi espíritu una férrea voluntad, enrarecida por la súbita decepción y la cicuta creciente de la frustración. El sentimiento desató las lágrimas en mi rostro. El edén era un desierto, vaya ironía.

Ambulé sin destino, acompañado por mi sombra en los días y el vaho en las noches. Tatareando melodías alegres para enfrentar el silencio agreste, me deslizaba entre las dunas, secándome como una hoja de otoño, desvaneciéndome en la distancia, bebiendo de mis propias lágrimas.

————————————-

(*) Colaborador.

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Opiniones

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viterbo de magallanes

21 marzo 2012 a las 1:43 PM
  

Lo que hizo Andrés Caicedo, se puede mirar de muchas maneras, pero creo que la mayoría lo miraremos como inmadurez e insensatez. Quitarse la vida en el inicio de ella,cuando apenas comienza la lucha y la batalla para saber cuales son los retos para enfrentarla, cuales tus herramientas para competir. Porque la vida es una competencia, una lucha que es lo que importa, ajeno a los resultados. Y ahí falló Andrés Caicedo, porque no dió la batalla por al vida. La lucha de uno debe comenzar cuando la de otros esté terminando,la de Andrés Caicedo terminó cuando debía de estar empezando.

Opinión por:

suesse

22 marzo 2012 a las 12:05 PM
  

viterbo-de-magallanes escribe, para mí, muy desde el deber ser. Cada ser humano es un mundo, y hay quienes desde muy pronto se dan cuenta, y más en medios y sociedades tan…particulares y complejas como esta, que de pronto, lo que haya de venir después de X edad ( para Caicedo fueron los 25, para otros, los 50, otros, los 80….para otros, nunca), será la eterna repetición de lo mismo. El suicidio, creo yo, es más difícil de lo que seguramente pareciera, finalmente, es quitar una vida, asi sea la propia. Y frente a la posibilidad casi segura de un muy mal morir en vida en un país donde la vida y la salud son mercancías, no sé, no calificaría tan fallida una existencia que dejó su huella (y cual huella!) e hizo mutis por el foro cuando quiso.

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direccionunica

22 marzo 2012 a las 12:40 PM
  

Por dios… cuanto adjetivo. La ‘perenne y fatal’ influencia de Caicedo que, por lo demás, es un mal con el que se viene cargando por obra y gracia de Romero Rey, deja estos remedos de escritura que merecen una reescritura.

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anticlientelistascorruptos

22 marzo 2012 a las 4:35 PM
  

No es digno de un homenaje a Andrés Caicedo este escrito rebuscado y barroco. Nunca fue el estilo del caleño. Si bien había hecho el anuncio -me consta-, Caicedo se suicida en medio de incomprensiones familiares, frustraciones amorosas, problemas con su revista, el cine club y el fracaso como libretista en Holywood por una mala traducción de su propuesta. Si alguna crítica se le puede hacer a Andrés, es que le faltó coraje para enfrentar la vida. Hoy tendría la riqueza de sus sesenta años.

Opinión por:

anticlientelistascorruptos

22 marzo 2012 a las 4:44 PM
  

Una cosa es el rebusque de palabras para apeñuscar la mayoría como adjetivos que cargan sin necesidad los párrafos. Otra cosa es traer palabras conocidas, pero de poco uso, para ubicarlas como núcleo de una frase y enriquecer el contexto del escrito. Esta última virtud se exhibe maravillosamente en la más reciente novela de Mario Vargas Llosa.

Opinión por:

edgarmed

22 marzo 2012 a las 4:51 PM
  

No es un homenaje a Caicedo. Es una reflexión que parte de una de sus afirmaciones más conocidas. Concuerdo en que se puede prescindir de ciertos adjetivos.

Opinión por:

urs

23 marzo 2012 a las 6:30 PM
  

Independiente de los problemas familiares, amorosos, y problemas en su trabajo, intentando ser libretista de Holywood, era un hombre demasiado inteligente, no estoy de acuerdo con el suicidio, esa no es la solución a los problemas de la vida, ese tipo de situaciones se presenta en mayor o menor proporción en todos los hogares,depende de los padres el que estén al tanto de sus hijos de todo lo que los mortifica, no es traer hijos al mundo y dejarlos al libre albedrío , hay que amarlos guiarlos, pero eso no se ve casi, para su corta edad en el momento que se quita la vida, hizo MÁS, que muchossss…..que viven casi cien años.

Opinión por:

lira.

24 marzo 2012 a las 8:24 PM
  

Estamos encerrados en este planeta devorandonos unos a otros para no morir de hambre, unos seres vivos se comen a otros seres vivos para no morir. ¿si Dios no existe que sentido tiene nacer para morir?, ¿que sentido tiene esta existencia sin no hay Dios?

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bolbfish

8 junio 2012 a las 9:33 AM
  

Solo dos cosas: 1) No se podria juzgar a Caicedo como inmaduro, nunca! los pensamientos, las ideas que abarcaban su mente, nadie las podra comprender mas que él. Todos, alguna vez le hemos dado la razon, aun sin enterarnos siquiera. 2) El lenguaje es hermoso en si mismo. La opulencia es algo horrendo, incluso en la literatura. ¿Cual es la idea? me pregunto, elitizar, o mejor, bien entorpecer la comprension o por el contrario llegar y decir valga la redundancia, lo que se quiere decir. Como las mujeres, con un arreglo modesto muestran su verdadera belleza, asi es la literatura. Gracias.

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