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Flickr, Victor Bayon
Dirk Wojtczack Vecilla (*)
Los aeropuertos modernos, internacionales, tienen la habilidad de hacernos sentir pequeños, insignificantes, como hormigas dentro una colonia. Yo trabajé en el aeropuerto internacional ubicado al sur del condado de Queens, Nueva York, por unos once años. Tuve la función de asistente de la gerencia de construcción y planificación de las carreteras para acomodar el crecimiento gradual de viajeros. Por igual, durante mi empleo, la mayoría de los terminales aéreos también crecieron, según unos cálculos y proyecciones de las aerolíneas en capacidad para pasajeros que entraban y salían del país.
Muy interesante la perspectiva de ser alguien que simplemente está supervisando la construcción de las carreteras, garajes, con la del consumidor, el viajero. No hay experiencia mas frustrante que ir al aeropuerto, con el estrés de encontrar el terminal, buscar estacionamiento, navegar dentro del terminal para encontrar la aerolínea que lo lleve a uno a su destino, ser registrado y revisado físicamente como un criminal antes de ser esposado. Antes viajar era una experiencia agradable para el viajero y el familiar o amigo que lo acompaña hasta abordar o desbordar el avión. Uno podía ver a los aviones despejar o aterrizar en los balcones cercanos a las aeropistas, y pretender que de verdad podría ver aquella persona desde lejos sentado en la ventana del avión. Uno podía tan simplemente ir al aeropuerto como un lugar para pasar el tiempo conversando o estableciendo lazos sociales, servirse un plato de comida, unas bebidas, leer el periódico, ver la caída del sol, todo según el tiempo que uno dispone.
Hoy todo es corre-corre. Prepara los sentidos y los bolsillos para ser asaltado. Todo parece ser empacarlo a uno como sardinas en lata, sal de aquí, adiós, y regresa rápido para poder cobrar el boleto. Cada sonrisa, amabilidad, cortesía, es fingida; una mueca ensayada en la academia de pilotos o las clases de las azafatas. Quítate los zapatos, la correa de los pantalones, bota todo líquido; su maleta de mano tiene que ser pequeña, y le cobramos por cada maleta en exceso de ciertos kilos de peso. No te pares cuando te lo digamos, come cuando te lo digamos, come lo que te demos (si es que te damos algo), abróchate el cinturón cuando te lo mandemos, y no mires a nadie de la tripulación con la cara larga. Si tienes frío – aguántate, y si tienes calor, por igual. Si estás incómodo, paga por un boleto de primera clase. Si no te gusta la película – cierra los ojos, y si no te gusta la selección de canciones en el audífono – cierra los oídos. En caso de emergencia, la emergencia será medida según la velocidad del avión que va descendiendo. Si tienes que conectar con otro vuelo en parada de escala, apúrate a pesar de que llegamos tarde. Perdiste el vuelo de conexión – entonces acomódate en nuestras silla rígidas hasta el día siguiente. Si tienes hambre entre tanto, todo está cerrado hasta entonces. Y si no puedes dormir, no te quejes de achaques o dolores que eso no está cubierto con la compra de su boleto.
Y el tamaño de los terminales nuevos es literalmente astronómico, donde uno se siente como hormiga. Mírame qué pequeño soy bajo la lupa de la aerolínea; hazme sentir insignificante. Hazme correr entre terminales para tan solo decirme que el vuelo está repleto y que tengo que mantener la compostura, después de casi haberme matado por la ansiedad de cumplir con mi parte de ser puntual. Viajar antes era la aventura de estar en tierras desconocidas; viajar hoy a veces es una experiencia que no se borra con ninguna disculpa.
————————————–
(*) Colaborador.
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Opinión por:
agustin_lara
11 Febrero 2012 a las 3:31 PM
Interesante.
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