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23
03
2011
elmagazin

Fragmento de ‘El ruido de las cosas al caer’, Juan Gabriel Vásquez

Por: elmagazin

 

Juan Gabriel Vásquez

Juan Gabriel Vásquez

 

 JUAN GABRIEL VÁSQUEZ (*) 

Y ardían desplomándose los muros de mi sueño,

¡tal como se desploma gritando una ciudad!

Aurelio Arturo

Ciudad de sueño

I. UNA SOLA SOMBRA LARGA

 

El primero de los hipopótamos, un macho del color de las perlas negras y tonelada y media de peso, cayó muerto a mediados de 2009. Había escapado dos años atrás del antiguo zoológico de Pablo Escobar en el valle del Magdalena, y en ese tiempo de libertad había destruido cultivos, invadido abrevaderos, atemorizado a los pescadores y llegado a atacar los sementales de una hacienda ganadera. Los francotiradores que lo alcanzaron le dispararon un tiro a la cabeza y otro al corazón (con balas de calibre .375, pues la piel de un hipopótamo es gruesa); posaron con el cuerpo muerto, la gran mole oscura y rugosa, un meteorito recién caído; y allí, frente a las primeras cámaras y los curiosos, debajo de una ceiba que los protegía del sol violento, explicaron que el peso del animal no iba a permitirles transportarlo entero, y de inmediato comenzaron a descuartizarlo. Yo estaba en mi apartamento de Bogotá, unos doscientos cincuenta kilómetros al sur, cuando vi la imagen por primera vez, impresa a media página en una revista importante. Así supe que las vísceras habían sido enterradas en el mismo lugar en que cayó la bestia, y que la cabeza y las patas, en cambio, fueron a dar a un laboratorio de biología de mi ciudad.

Supe también que el hipopótamo no había escapado solo: en el momento de la fuga lo acompañaban su pareja y su cría —o los que, en la versión sentimental de los periódicos menos escrupulosos, eran su pareja y su cría—, cuyo paradero se desconocía ahora y cuya búsqueda tomó de inmediato un sabor de tragedia mediática, la persecución de unas criaturas inocentes por parte de un sistema desalmado. Y uno de esos días, mientras seguía la cacería a través de los periódicos, me descubrí recordando a un hombre que llevaba mucho tiempo sin ser parte de mis pensamientos, a pesar de que en una época nada me interesó tanto como el misterio de su vida.

Durante las semanas que siguieron, el recuerdo de Ricardo Laverde pasó de ser un asunto casual, una de esas malas pasadas que nos juega la memoria, a convertirse en un fantasma fiel y dedicado, presente siempre, su figura de pie junto a mi cama en las horas de sueño, mirándome desde lejos en las de la vigilia. Los programas de radio de la mañana y los noticieros de la noche, las columnas de opinión que todo el mundo leía y los blogueros que no leía nadie, todos se preguntaban si era necesario matar a los hipopótamos extraviados, si no bastaba con acorralarlos, anestesiarlos, devolverlos al África; en mi apartamento, lejos del debate pero siguiéndolo con una mezcla de fascinación y repugnancia, yo pensaba cada vez con más concentración en

Ricardo Laverde, en los días en que nos conocimos, en la brevedad de nuestra relación y la longevidad de sus consecuencias. En la prensa y en las pantallas las autoridades hacían el inventario de las enfermedades que puede propagar un artiodáctilo —y usaban esa palabra, artiodáctilo, nueva para mí—, y en los barrios ricos de Bogotá aparecían camisetas con la leyenda Save the hippos; en mi apartamento, en largas noches de llovizna, o caminando por la calle hacia el centro, yo comenzaba a recordar el día en que murió Ricardo Laverde, e incluso a empecinarme con la precisión de los detalles. Me sorprendió el poco esfuerzo que me costaba evocar esas palabras dichas, esas cosas vistas o escuchadas, esos dolores sufridos y ya superados; me sorprendió también con qué presteza y dedicación nos entregamos al dañino ejercicio de la memoria, que a fin de cuentas nada trae de bueno y sólo sirve para entorpecer nuestro normal funcionamiento, como esas bolsas de arena que los atletas se atan alrededor de las pantorrillas para entrenar. Poco a poco me fui dando cuenta, no sin algo de pasmo, de que la muerte de ese hipopótamo daba por terminado un episodio que en mi vida había comenzado tiempo atrás, más o menos como quien vuelve a su casa para cerrar una puerta que se ha quedado abierta por descuido.

Y es así que se ha puesto en marcha este relato. Nadie sabe por qué es necesario recordar nada, qué beneficios nos trae o qué posibles castigos, ni de qué manera puede cambiar lo vivido cuando lo recordamos, pero recordar bien a Ricardo Laverde se ha convertido para mí en un asunto de urgencia. He leído en alguna parte que un hombre debe contar la historia de su vida a los cuarenta años, y el plazo perentorio se me viene encima: en el momento en que escribo estas líneas, apenas unas cuantas semanas me separan de ese aniversario ominoso. La historia de su vida. No, yo no contaré mi vida, sino apenas unos cuantos días que ocurrieron hace mucho, y lo haré además con plena conciencia de que esta historia, como se advierte en los cuentos infantiles, ya ha sucedido antes y volverá a suceder.

Que me haya tocado a mí contarla es lo de menos.

Categoria: De fondo

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Opiniones

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juangj

23 marzo 2011 a las 5:18 PM
  

¡Gracias! En entrevista para El Espectador, J.G. Vásquez declara que lo mejor del premio (no será la primera vez que un escritor reconoce, con gallardía, que lo mejor de un premio es el dinero) será la tranquilidad con la que podrá escribir su próximo libro. Un escritor a tener en cuenta. Ojalá (es este un opinadero individual, por fortuna) Vásquez y Gamboa, con dos premios tan importantes en sus arcas, dediquen su tiempo a la producción de buena literatura colombiana; y los lectores colombianos sepan recibirlos, y dar una calurosa pero justa despedida a Faciolince hijo, y a Vallejo non César.

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club-medea

23 marzo 2011 a las 6:19 PM
  

A juangj: Placer de encontrarte de nuevo y de coincidir en todo el contenido de tu opinión. El dinero honra el trabajo. Colombia coronada con exquisitos narradores. ¿Quién será el próximo?

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juangj

24 marzo 2011 a las 7:56 AM
  

Aposté mis fichas a Vásquez, y gané: como todo buen jugador, me retiro. Sin embargo, ¿un próximo?… Gamboa, Ospina (quien no está entre mis afectos literarios, en todo caso) y Vásquez eran el fuerte del pozo. Quizá Pilar Quintana, dentro de unos años, dentro de unas novelas…

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ruibarbo

24 marzo 2011 a las 1:18 PM
  

En esta foto este tonto tiene pose de marica.

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elchinoelchino

24 marzo 2011 a las 2:32 PM
  

En BBC Mundo sale un reportaje acerca de él donde indican que este libro fue elegido de entre otras 608 obras de escritores iberoamericanos. El fragmento me convenció de que tengo que leer este libro. Ya está en mi lista para mi próximo viaje a la librería.

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valmont

24 marzo 2011 a las 3:04 PM
  

Bien!. Me gusto mucho este fragmento. Lo leeré.

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stanely

24 marzo 2011 a las 3:38 PM
  

Este mensaje va para el idiota de ruibarbo: Y que pasa que en esta foto el pose de marica? el se gano un premio como escritor de novela, no por ser el machoman de lationamerica… Mas tonto usted que juzga a alguien solo por una foto… ademas si el fuera marica a usted que le importa imbecil.

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divino laertes

24 marzo 2011 a las 4:11 PM
  

Ruibarbo está rabón porque el mancito es pinta, pero recuerda que el no eligió ser así jajajajajaj.

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elseñordelasmoscas

24 marzo 2011 a las 4:53 PM
  

Un buen fragmento. Un escritor por descubrir. Un escritor para seguir.

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tadish

24 marzo 2011 a las 5:50 PM
  

necesitamos mas amantes de las letras que se dediquen a escribir y a rescatar a nuestro pais de la ignorancia literaria. no puede ser que en colombia la gente solo se lea un libro al año.

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túpacamaru

25 marzo 2011 a las 5:40 AM
  

Juan Gabriel “yosoymuychurroymuyinteresante” Vásquez. Ahora quién se va a aguantar a este petulante.

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juangj

25 marzo 2011 a las 7:54 AM
  

Razón tiene Tadish: Colombia necesita más escritores y, con mucha más urgencia, lectores. Lectores que hayan superado el siglo XIX, dejado atrás esa malsana costumbre de juzgar el arte por el “artista”. Se lee, y no solo en este foro, ni solo en este diario, que a menudo los “lectores” (dubitativas comillas) dirigen sus torpes diatribas contra el autor, y con base en criterios así de superficiales como el aspecto o la filiación política, creen encontrar razones de peso para descalificar una obra. ¡Y una obra literaria! A ellos les recuerdo un nombre: Oscar Wilde. Y una cualidad, casi un deber: la decencia. Que son razones, estas sí de peso, para pedir, como al principio, más y mejores escritores, y más y mejores lectores.

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