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02

03

2011

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Visita a la Biblioteca Rilke de París

Por: elmagazin

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Rilke

Rilke

Aquiles Cuervo*

En el número 88 del Boulevard du Port Royal puede uno hacerse escritor sin darse cuenta bajo la sombra de Rilke y la mirada bronceada del busto de Miguel Ángel Asturias que preside el segundo piso.

« Para ser realista, hay que ser amnésico ». (Chesterton, citado por Manguel y Guadalupi).

La Biblioteca Rilke se especializa en ciencia ficción y sobre todo en ucronías y distopías, según está marcado en el aviso de la entrada: “reescritura del tiempo, es decir de la historia, de acuerdo a la imaginación del autor”/ “lo contrario a la utopía, es decir, tener una visión pesimista de la evolución de la sociedad”. Esa biblioteca es mi educación sentimental y mi début dans la vie, parafraseando a Balzac. Allí he leído poco a poco todo Jim Thompson.
Hay, como es normal, algunos problemas menores en la Biblioteca Rilke: las sillas son incomodas y cada rato se me cae la chaqueta vaquera negra al piso y la sección infantil está llena de cojines que me dan envidia. Además los escritores brasileños, portugueses y latinoamericanos están clasificados como “literatura española” y en invierno la calefacción es a veces infernal. A las 2 de la tarde llegan en bochinche los niños de los colegios cercanos. Eso dura más o menos cinco minutos y solo algunos histéricos se desesperan. Es un carnaval que nos atropella a todos. Los estantes de cómics y cuentos infantiles se vacían como por arte de magia en cinco minutos. Cada niño coge por decenas todos los libros que puede, así como otros se llenan de chiros inútiles en las ferias de descuentos de los grandes almacenes de ropa en enero y junio de cada año. Todos corren de un lado a otro, jugando a las escondidas entre Poe, Jarry y Carver. Y luego los niños van imponiendo un silencio imperial al sumergirse en sus lecturas. Durante unos minutos las profesoras toman un respiro, fumando un par de cigarrillos desde las ventanas laterales y mirando de lejos el espectro del Monasterio de Port Royal, donde hace trescientos cincuenta años Pascal luchaba contra sí mismo y su demonios lógicos. Miran casi sin saberlo los vestigios de hace casi cien años cuando Hemingway y París eran una fiesta. Ven los destellos donde hace un par de años Enrique Vila-Matas reescribío la historia de una buhardilla de Marguerite Duras, en esa parisnoseacabacasinunca.

En cuanto al clima de la Biblioteca Rilke, puedo decir que la mayoría de lectores son mujeres y hay una buena cantidad de extranjeros. Unas son pensionadas -acaso prematuramente a mis ojos- que vienen a leer la prensa y novelas exóticas, en especial de la vieja Indochina francesa. Otras son madres que vienen con sus niños a leerles Tin Tin, las más tradicionales y El Gato del rabino, las más modernas. Los niños leen a Julio Verne en voz alta. Las madres escriben diarios en voz baja o hacen dibujos como si fueran Cocteau. Grupos de 4 o 5 adolescentes vienen a hacer deberes escolares y una que otra solitaria se asoma a veces con un libro de Perec o de Kerouac. De la calle llegan cada hora los ecos de sirenas de ambulancias que corretean detrás de un hospital cercano. Algunos viejos destartalados leen novelas negras de San Antonio o folletean viejas revistas de boxeo, donde sobresale Marcel, el malogrado campeón de Edith Piaff. Sus toses maduradas en abrigos mal cosidos me traen con frecuencia la imagen de Kafka y de César Vallejo. Universitarios casi no hay, salvo una que otra estudiante de literatura o de cine, que viene de afán al mediodía a sacar prestados un par de libros, por lo general cuentos fantásticos a lo Italo Calvino.  Hay muchos lectores “chinos”, “turcos” y “latinos”, a quienes se les reconoce por sus bolsas de colores y sus manos huesudas y alargadas. Se les ve en sus mesas con gruesos diccionarios en francés. Mucho exilio de por medio. Muchas gotas sin intermezzos. Algunos vienen con su casa-a-cuestas, con sus tulas de ropa que les sirven de morada en las noches de finales de invierno. Olores oxidados invaden las salas y hablan de pampas, sierras, desiertos y nieves perpetuas. Todos lectores de ciencia ficción, de Verne a Dick, pasando por H.G. Wells y Lovecraft. Al escuchar tantas lenguas mezcladas al mismo tiempo, recuerdo me siento en casa. La mira del Observatorio, en últimas, apunta hacia la Biblioteca Rilke. Cortázar lo sabía. Quizá por eso al final de la tarde llegan unos ecos tangueros de una Academia de baile que queda en el tercer piso del Edificio (¡“…verás que todo es mentira,/ verás que nada es amor/ que al mundo nada le importa…”!). A Rilke le hubiera gustado oír ese malevaje amoroso, Yira Yira…

Los diez empleados de la Biblioteca trabajan sin parar, clasificando nuevos libros y orientando a viejos y nuevos lectores en las diversas colecciones, mientras que en la radio que escucha el guardián de la entrada los políticos de derechas dicen que en Francia no se trabaja lo suficiente (porque la gente le dedica mucho tiempo al “ocio”, es decir al arte, a la lectura, al cine, al teatro, a la música, etc, etc) y piden mayores ajustes de personal en las oficinas públicas. Y mientras esos políticos compran costosos cigarros cubanos a costa del erario público, viajan en jets privados fletados por dictadores africanos y se maquillan con L’oréal en múltiples cócteles, los bibliotecarios conservan viva la memoria de Francia (es decir, la piel de sus escritores, sus libros) y de las letras mundiales. Todos en un apostolado silencioso y discreto: en lugar de cigarros de 2000 euros, gitanes de 5 euros, en lugar de jets de lujo, un RER (tren de cercanías) de 2 euros, lleno y mugroso, en lugar de polvos y sobornos millonarios, el olor de la tinta y de los sellos en los libros de préstamo. Viendo todos los días a esos seres silenciosos y devotos, me digo que los verdaderos guardianes de la República son los bibliotecarios. Por eso no entiendo porque las derechas ganan casi siempre las elecciones. Hay cosas incomprensibles, en las que ni siquiera la ciencia ficción puede guiarte. En ese tema, es mejor no pensar, por una vez, en Borges. El paisaje que he descrito, en cuanto a los empleados de la Alcaldía, es más o menos el mismo en todas las bibliotecas de París. A las que más voy los fines de semana es a la de cine “Truffaut”, a la policíaca de Mouffetard, a la de viajes, y a la fotografía (pero hay más de 60!). Sin embargo, la Biblioteca Rilke es mi biblioteca de barrio, mi navío encallado con sus salas dedicadas sobre todo a la ciencia ficción y pobladas sobre todo por jóvenes más o menos vampirescos.

Inicio las tardes se inician siempre con una liturgia poética de Rilke. Tomo uno de los libros del poeta que están en la entrada de la biblioteca como un altar especialmente dispuesto para atraer e iniciar a nuevos “jóvenes poetas” que se consagran de lleno a las BD, a los cómics, y rara vez se asomaban a ver otras secciones. A veces anoto algunos versos de Rilke en mi diario íntimo:

“Señor, a cada uno dale su muerte,?

una muerte que de cada vida brote ?

y en que haya amor, significado y sufrimiento”…

Al rato me voy a curiosear en la sección de revistas y me dedicó a ojear el diario Libération (sus páginas de cine y literatura siempre me orientaban), Cahiers du cinéma, Magazine Littéraire y uno que otro título de filosofía (por fortuna no hay casi nada en derecho). Por último, voy en busca de mis lecturas preferidas: (auto)biografías y/o libro de Memorias, empezando por las de escritores y ciertos políticos (Goethe y Napoleón -¡Ay quien fuera Cernuda!-, Lord Byron  y Bolívar, etc.),  siguiendo por actores (Marlon Brando, Marcelo Mastroianni, Jeanne Moreau), músicos (Billie Holiday, Janis Joplin, Ella Fitzgerald), pintores y bailarinas. También me excita leer sobre vidas ínfimas de folletines de serie B, casi salidas de películas de Tomás Gutiérrez Alea o de Carlos Sorin: vidas de fontaneros de Nueva York, atracadores de Barichara, xenófobos de La Haya descendientes de los asesinos de los hermanos de Witt, borrachos del barrio El Restrepo de Bogotá, cabareteras de Barcelona, adivinos de Siloé, basureros de Los Ángeles y niños cantores del Tirol (éstas dos últimas cortesía del grupo argentino Les Luthiers!). Todos ellos despiertan en mí un gusto especial, como un sabajon de Litchis de Madagascar, en especial las versiones de infames como Billy the Kid, contadas por Borges o Bob Dylan.

Eso sí, como medida de higiene mental evito a todo trance leer Memorias escritas por familiares, en especial si se trata de los hijos del rememorado. Me bastó con asomarme una vez a un texto patético de la hija de Salinger para salir despavorido de ese sub-género. Espero no me demanden ni me traiga enredos judiciales hablar de Salinger. Lo que me huela a Max Gallo o Poivre-d’arvor también lo mano donde Doña Juana y ni hablar de las secciones dedicadas a las historias de las “genealogías” de los apellidos franceses.

Pero antes de enclaustrarme en esas jaulas ajenas, voy a buscar mi libro de cabecera, el Diccionario de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi (una especie de guía complementaria a la Antología de la literatura fantástica de Borges-Bioy-Ocampo). Me acuerdo con nitidez de la primera palabra que abrí al azar y anoté en mi diario: « Para ser realista, hay que ser amnésico ».(Chesterton, citado por Manguel y Guadalupi, p 383 de la edición en francés).

Cuando empieza a oscurecer en este invierno, hacia las 5 30 pm, me levanto de mi silla y me pongo a hacer un par de rondas por otras secciones y aprovecho para escudriñar lo que leen los otros. A las siete de la noche cierran la Biblioteca Rilke y yo vuelvo en bicicleta a mi buhardilla en la Ciudad Universitaria, tapo con un mantel persa mis libros de derecho, como espaguetis, unas veces putanescos, otras veces western, y tomo té a la menta y me quedó escuchando Velandia y la tigra hasta dormirme.
——————————————————————————
(*) Colaborador.

Categoria: La esquina del cuento

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Opinión por:

isidro-parodi

3 marzo 2011 a las 5:09 AM
  

Que curioso y extraño final con Velandia y la tigra!
Gracias por el dato sobre el Diccionario de Lugares imaginarios. Lo buscaré!
Que bueno sería que el autor continuara la serie con otras bibliotecas y librerías de paso. Recuerdo su texto sobre las de la calle 45 en Bogotá

Opinión por:

anfeji

3 marzo 2011 a las 6:07 PM
  

Es evidente que el autor de este texto abarca una serie de temas que ignora por completo, si se refiere a las caricaturas de Hergé no se escribe Tin Tín sino Tintín, aunque a lo mejor lo puso así porque lo confundió con Rin Tin Tín. Por otra parte, preocupado por poner datos “eruditos” se olvidó por completo de la sintaxis de su texto. Lo único interesante de esto es cómo el señor isidro-parodi se empeña en elogiar sus propios textos a falta de otra persona que lo haga.

Opinión por:

luis_gg

3 marzo 2011 a las 10:13 PM
  

Buenas noches señores, creo que llego un poco tarde a la conversación, tal vez como llegaría sólo un poco tarde Porcia al juicio del rico mercader Antonio… ¿Quién es Antonio quien Shylock?. Es igual para mi y para todo cuanto significaría éste espacio literario. Ahora después de deleitarme escribiendo en una noche como ésta, leeré éste artículo y guardaré un acogedor silencio.

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