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Arturo Camacho Ramírez. Foto: El Malpensante
Lizeth Salamanca *
Antes que nada, Arturo Camacho Ramírez prefirió ser poeta. Los versos salían de su pluma como por instinto y él, sereno y apacible, no podía más que disfrutar. Nacido un 28 de octubre de 1910 en la ciudad de Ibagué, sus letras seguen vigentes 100 años después, cuando “Espejo de naufragios”-su primera obra- Presagio de amor, Cándida Inerte y Oda a Baudelaire, entre otras, siguieran siendo leídos por centenares de personas que gozan de la buena lírica de aquellos tiempos.
De hecho, hoy la mayoría de sus obras reposan en dos tomos de la edición de Procultura que fue recogida cuatro años después de su muerte y en cuya selección aparecen todos los textos que él escogió a título personal.
Pablo Neruda, uno de sus grandes amigos lo definía como dueño de una mano santa: “todo lo que toca, lo vuelve poesía”. Por eso, cada una de sus acciones estaba atada a la métrica y se escuchaba como música. Su muerte no podía más que corresponder a su afán por vivir. Quizá por ello, eligió el mismo día de su nacimiento para dejarse llevar por aquella que le atrapó las pasiones y le arrebató mucho del sentido de sus letras. La muerte misma lo encontró setenta y dos años después en una fría tarde bogotana.
Bogotá fue la ciudad que lo recibió a los dos años, cuando empezó a vivir con su abuela paterna y debió aprender a caminar por las calles de La Candelaria y a estudiar en el Colegio de la Presentación y en el Instituto de la Salle. Más tarde, cuando estudiaba Derecho en la Universidad Nacional, su obsesión por la lingüística lo convenció de abandonar la legislación y le dibujó el camino que debía seguir por el resto de su existencia. No obstante, Arturo Camacho no se contentaría con ser poeta. Iría más allá de sus propios pronósticos. El mundo también lo conocería como periodista y diplomático.
Y fue precisamente en esos azares, que este tolimense “cachaquizado” aprovechó cada una de las oportunidades que se le fueron presentando para armonizar cada aspecto de su vida. Bajo un implacable sol guajiro, cuando ocupaba los cargos de Secretario de Juzgado y Comisario encargado, descubrió el amor que lo trasnochaba en su prosa y que a partir de ese momento cobraría más sentido. Olga Castaño Castillo fue su compañera y la musa de su inspiración. Fue esta mujer la destinataria de la obra de teatro Luna de Arena, cuyo éxito hizo que se representara en diferentes ocasiones en la Radiodifusora Nacional, en el Teatro Colón y en la televisión colombiana. Se casó con ella tras siete años de un intenso noviazgo y envejecieron juntos tal y como él se lo juró un día.
Su pluma también rondó por las columnas de diarios como El Tiempo, El Espectador y El Espacio, en cuyas planas comentaba la realidad con la agilidad de sus palabras. Su voz sosegada se escuchó por los micrófonos de la HJCK en donde dirigió y condujo el famoso programa radial ¿Cuál es su hobby?, que será recordado por sus entrevistas semanales a personajes que en su momento tuvieron impacto en el quehacer intelectual del país.
Como embajador ante la Unesco visitó la ciudad que le robaba el aliento. París, París, la luz de sus ojos. “Me moriré en París con aguacero, un jueves del que tengo ya el recuerdo”, era el verso de César Vallejo que según su hija Isabel Camacho Castaño solía repetir antes de conocerla. Así lo recordó en el texto biográfico que escribió en la conmemoración de los cuatrocientos años de la fundación de Ibagué y que se publicó en el portal virtual de la HJCK. Según ella, París no lo decepcionó, se hizo dueño de sus aromas, de sus calles y librerías, de los cafés que visitaba con su gran amigo Pablo Neruda, con quien celebró el recién ganado premio nobel de éste y con cuya placentera compañía disfrutaba tardes de charla, quizá para recordar aquellas del Café Automático que pasaba al lado de León de Greiff, Hernán Merino, Ricardo Arbeláez Sarmiento, Hernando Téllez y muchos otros que amenizaban las tardes bogotanas entre tertulia, poesía y bebida.
Si Camacho Ramírez pudiera definirse en una sola frase, ésta tal vez diría sin más ni menos el mismo verso que recitaba en su poema Testamento. Sería sencillamente “un pedazo de amor sobre la tierra” y lo sería por la combinación exacta entre lo bohemio y lo lúcido, entre la irreverencia y la vanidad, entre el humor y el más cordial afecto, entre la densidad de la piedra y la levedad del cielo.
Así, entre Piedra y Cielo como el movimiento al que perteneció junto a Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Gerardo Valencia, Carlos Martín y Tomás Vargas Osorio, Antonio Llanos y Darío Samper, otros ilustres contemporáneos que lo vieron dejarse seducir por las metáforas.
Su personalidad alegre, dinámica y efusiva lo premió con la estimación de muchos amigos en su paso por este mundo. Quienes lo conocieron, lo recuerdan como una persona de fácil deleite, sencillo, simpático, enamorado de la vida, del amor, de las mujeres y por supuesto, de un buen tabaco, su cómplice en todo momento.
Por eso, cuando la muerte lo encontró el domingo 24 de octubre de 1982, no lo tomó por sorpresa. Arturo Camacho Ramírez llevaba toda su vida esperando lo que definía como su diaria muerte prometida, la plasmaba en su prosa, la untaba de amor, no le temía, la adoraba. Vivir para él era estar muriendo un poco. Y eso le gustaba.
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(*) Colaboradora.
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