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02
11
2010
elmagazin

Nacimiento y caída de la prensa roja (Novena entrega)

Por: elmagazin

Stanislaus Bhor emprende un viaje tras las huellas de un extraño periodista (Jaime Ramírez), y pasa revista al periodismo revolucionario de los años 70s, a las fracturas ideológicas de la izquierda, a las sombras proyectadas de Camilo Torres (cura sublevado) y de Rojas Pinilla (dictador demócrata), a García Márquez y Orlando Fals Borda enfrentados al interior de una revista, y al fracaso de aquellos que tampoco hicieron la revolución. Serie en diez entregas, especial para El Magazín on-line.

 El Trópico Bandera

El fin

Los últimos que lo vieron con vida, la perdieron poco después: lo vieron disparar la carabina calibre dieciséis de dos cañones a bocajarro, sobre un soldado. Vieron la cabeza del soldado convertida en un cuajarón de sangre, partida por la mitad, eyectando chorros mientras el cuerpo daba sacudidas y trataba de levantarse, como las gallinas decapitadas. Luego José Antonio Ossa, mejor conocido como José Solano Sepúlveda, alias Tirapavas levantó la carabina y disparó hacia los soldados un segundo tiro y volvió a ocultarse tras las raíces que le servían de trinchera. Los que estaban más cerca al comandante le vieron el gesto frío y los nervios de acero con que les indicaba que debían contestar con ametralladora cuando cesaran los tiros de los soldados. Uno de los guerrilleros alzó el cañón y disparó la ráfaga que ahogó por momentos el fuego contrario. Los soldados no respondieron esta vez. Tirapavas ordenó repliegue hacia el descampado de una vieja carrilera. Todo lo ordenaba con sus cejas desgreñadas. Era un lenguaje de mimo desarrollado por un hombre curtido en hostigamientos y emboscadas: un lenguaje hecho de silencios para un mundo donde la voz más tenue acarreaba muerte. Tirapavas, corpulento, sagaz, escurridizo, buscó un declive del terreno y huyó con los dos guerrilleros armados de ametralladora. Los cuatro restantes escoltaron la retirada. Luego Tirapavas se detuvo para escoltar a los demás. Ahí vino la respuesta de los soldados. Era una retirada dando pasos sobre seguro, pero pronto los tiros silbaron desde todos lados. El ejército reaccionaba, los perseguía. Uno de los guerrilleros cayó de bruces, herido en el pecho. Trató de erguirse, pero otro tiro le rozó la cadera. La ametralladora cayó de sus manos. Tirapavas la recogió y respondió para formar una cortina de fuego. El guerrillero trató de erguirse una vez más, pero en vano. Máteme, comandante, no me deje así. Tirapavas le apuntó y disparó sin dudar. Jaime lo buscó con la mirada pero vio a Tirapavas pálido, compungido, como si estuviera a punto de llorar. Tirapavas le hizo señas a Jaime y a los otros de seguir hacia los rieles, pasar la carrilera y adentrarse en la manigua del otro lado. Los guerrilleros empezaron a cruzar. Tirapavas volvió a disparar una ráfaga larga, monótona, que se silenció de repente. Las balas se habían agotado. Los demás aguardaron a que el comandante Tirapavas pasara la carrilera, pero sólo vieron una avanzada de soldados a cien metros. Quedaban sin comandante. En esos casos, el segundo al mando asumía las órdenes. Jaime era el segundo mando. Ordenó al de la única ametralladora que les quedaba disparar una ráfaga. Los soldados respondieron, pero un poco más lejos, como si temieran enfrentar a un enemigo numeroso, o como si llevaran en su poder un trofeo preciado.

Tirapavas nunca pasó los rieles del ferrocarril del Atlántico. Jaime supo que lo habían prendido. Tal vez estaba muerto entre Barranca y Puerto Opón, en ese sitio llamado Cuatro Bocas (hoy Puerto Parra). Jaime Ramírez nunca sabría que los soldados lo encontraron vivo y lo desmembraron a machetazos. Si hubiera seguido al frente del periódico, cinco días después, cuando la prensa anunciara con bombos la muerte del “temible Tirapavas”, el bandolero más desalmado del nororiente colombiano, tal vez su olfato lo habría llevado a escarbar hasta el juzgado sexto de Barrancabermeja y de allí habría transcrito en su periódico la autopsia del temible criminal para contrastar el grado de sevicia y atrocidad que regía el código de honor de todos los bandos implicados en la guerra de Colombia. Seguramente habría trascrito el diagnóstico: que lo mataron y remataron a mandobles de machete, que sólo la herida que iba de una oreja a otra, o la del cuello había bastado para darlo de baja, pero que siguieron dándole mil muertes a un cuerpo inerte, por rencor, por ferocidad, porque una condena impuesta para exponer la atrocidad, como el descuartizamiento, es la práctica ritual, inmemorial, del sacrilegio: se mata y se remata a la leyenda negra, al ídolo ajeno, y se expone el cuerpo para dar desalentar a los secuaces, para disuadir; lo que lleva al tremendismo.

Los cinco guerrilleros siguieron a marchas forzadas durante 18 horas hasta ver las estribaciones de Santa Helena del Opón. Hasta aquel descanso, la rodilla resistió: pero ahora la vieja lesión de infancia que frustró una carrera de futbolista volvía para frustrar una improvisada vocación de guerrillero. Se fabricó un bastón con un cogollo de cafeto, pero la rodilla se burló de tal engaño. Estaba hinchada. Ardía, como si le hubieran atravesado una aguja candente a la rótula. Trató de dar un paso con bastón, pero cayó y dio un alarido. Los guerrilleros vinieron a socorrerle. Preguntaron si estaba herido. Con una navaja rompieron el dril y quedaron sorprendidos al ver la rodilla de elefante, morada, deformada, paquidérmica. Cuando el guerrillero que administraba primeros auxilios la rozó con los dedos, Jaime no resistió el dolor y dio un aullido. Enseguida le embutieron cinco colmen (analgésico de la época). Con dejarla quieta, el dolor pareció aplacado.

No puedo seguir, dijo.

Los guerrilleros se miraron, y luego miraron la rodilla, y asintieron.

Váyanse, dijo.

¿Y si lo agarran también a usted, comandante?

No me cogen vivo, dijo.

El enfermero se inclinó y dejó sobre las hojas secas un puñado de analgésicos.

¿Puedo pedirle un favor?, preguntó.

El que quiera, comandante.

Dígale a mi mujer que morí en combate, dijo.

A sus órdenes, comandante, respondió el enfermero.

Y los vio alejarse, cinco hombres zarrapastrosos, en busca de una revolución.    

Rodilla triplehijueputa, dijo.

Un hombre solo en la manigua.

Un revólver.

Un puñado de analgésicos.

Así acaba.

Otro año en que tampoco hicimos la revolución.

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Stanislaus Bhor. Blogger. Acaba de recibir el Premio Latinoamericano de Novela Sergio Galindo en México. Escribe cada semana una crítica ácida en www.unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com

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