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20
10
2010
elmagazin

Qué será de mí

Por: elmagazin

 

 

Smoker, Flickr, b0r0da

Smoker, Flickr, b0r0da

 

Fabián Mauricio Martínez *

El sol amarillo, como el corazón de un mango maduro, desciende lentamente sobre el Valle del Sinú.  Las sombras de los árboles alcanzan a ocultar el rostro del poeta, que fuma un cigarrillo mientras el humo denso se eleva hacía el cielo. El hombre se da vuelta en su hamaca y contempla de frente los rayos del sol que hieren sus ojos.  Acerca el pequeño cuaderno a su rostro anaranjado y con un lápiz mordido, escribe un verso que borra al instante con la goma sucia del madero. Se sienta en la hamaca, se despereza, aplasta el cigarrillo con su pie desnudo y camina alrededor, esperando que el milagro pavoroso del anochecer opere en su alma afinada.  Sabe que la noche contiene ceremonias peligrosas, sabe que no tardará mucho para que la vida en su cuerpo empiece a anochecer.

El hombre dirige su cuerpo altivo hacia el Valle. El polvo de oro que son las últimas gotas de luz penetrando en el río, acaba por cimentar una soledad tan grande como su corazón. Levanta la cabeza y observando el correr de las nubes doradas, una voz que es suya pero al mismo tiempo la de todos los hombres, le dicta una bella y corta canción, una canción que canta los colores del río y el Dios de las aguas, que armoniza manos hechas de astromelias y legiones de ángeles clandestinos.

El poeta se sienta a la orilla del Sinú, aspira la humedad recién revuelta por los sapos, lee lo que acaba de escribir y se seca la mejilla con el dorso de la mano, lee de nuevo los versos en el pequeño cuaderno y con un dolor más allá de los huesos, cierra la cartilla, repitiéndose en voz baja:

Qué será de mí…  qué será de mí.

 

Free Hand in Zebra Creative Commons, Flickr, Pink Sherbet Photography

Free Hand in Zebra Creative Commons, Flickr, Pink Sherbet Photography

Una noche

Iluminado por la claridad tibia de la lámpara, sostiene la pluma con mano temblorosa. La luz de la bujía se conjuga con la penumbra y produce claroscuros a lo largo de la habitación. El hombre acaricia el terciopelo carmesí con una de sus manos y con la otra, sostiene su frente blanca que parece inmensa a estas alturas de la noche. Recuerdos de Venezuela y Cartagena, dádivas, respeto y admiración; en la aletargada y brumosa Bogotá, burlas envueltas en un silencio a gritos: ¡poeta!, ¡poeta!, pequeño le queda el rol de comerciante, triste el traje de mercader con el que quieren vestirlo en la sociedad capitalina.

La bujía se apaga, la quimera de aquel beso iluminado por luciérnagas fantásticas, el dolor que se multiplica como diminutas hogueras en la carne.  El hombre arroja la pluma llameante de furias. Acerca la débil lámpara a su pecho y redescubre el dibujo que enseña el lugar del corazón, abre la gaveta y siente el frío de la muerte congelándole los dedos; temblabas y eras mía, temblabas y eras mía bajo el follaje espeso; la mano decidida sostiene el arma, el brazo desnudo viaja a lo inevitable, como en esa noche tibia de la muerte primavera; el cañón adentrándose en el dibujo; y mi sombra por los rayos de la luna proyectada iba sola por la estepa solitaria; un mundo que se extingue sobre el blanco infinito de la hoja, el ruido de la pólvora que mueve tenuemente las cortinas, la lamparilla cayendo al suelo, los goterones rojos; redundando amargamente en la lluviosa noche bogotana.

Toulouse-Lautrec: The Bed. Blanco y negro.

Toulouse-Lautrec: The Bed. Blanco y negro.

Un Huracán Bíblico

Acostado en la cama piensa en Úrsula Iguarán. Parece mentira que él mismo se haya ido encogiendo como los fríjoles y que hace unas semanas haya perdido la vista de uno de sus ojos. En cuestión de días perderá la del otro y se verá obligado como su heroína a orientarse con la memoria; pero la memoria no le funciona bien desde hace años, y no sabe si la cama donde dormita ahora, se encuentra en el DF, Barcelona o Cartagena.

Los olores, imágenes y sonidos se le confunden en la cabeza, como aquel huracán bíblico con el que decide terminará su mejor libro. Agotado, frente a la máquina de escribir, atraviesa una de las incontables madrugadas que dedicará al primer borrador. Será la crónica de una numerosa familia, el relato que condensará la historia latinoamericana, la novela total.

Abrumado por la catarata de pensamientos detendrá el auto que conduce hacía a Acapulco y dará marcha atrás para escribir la maravilla que refulge en su imaginación. No sabrá con certeza si viaja en aquel auto alucinado o fuma cigarrillos sobre la cubierta de un barco que discurre por el Magdalena. No podrá saber si es aquel anciano que se empequeñece aún más en su cama, o el muchacho de veinte años maravillado junto a sus amigos en los prostíbulos del trópico sofocante.

“Experimentarás estos y otros prodigios” le dice un viejo cura que levita en el aire mientras bebe chocolate, en uno de los tantos sueños quiméricos que recibirá en el curso de su vida. Se levantará de la cama (o creerá que lo hace) y frente al espejo soñará (será su último sueño con los ojos abiertos) con un niño de pantalones cortos que inventa intrincadas tramas bajo la sombra de un almendro centenario, trazando líneas en el polvo de la calle; sin sospechar siquiera, que ese extraño dibujo prefigurará su destino legendario, sobre las aguas de las ciénagas del Caribe colombiano.

  

liquid eiffel bw, Flickr, alexdecarvalho

liquid eiffel bw, Flickr, alexdecarvalho

La voz de todas las cosas

El pelo y la barba blanca, la ropa andrajosa y los zapatos amarrados con cuerdas; hacen que el hombre que se acerca a la iglesia Plymouth en Brooklyn parezca otro vagabundo más. El abuelo de sombrero sucio avanza con pasos lentos y cualquiera diría que va en busca de las monedas de los feligreses. Pero el viejo no se detiene a mendigar y omitiendo los vestidos y los sombreros de copa, ingresa al terreno de la iglesia y se sienta en el Jardín de Hierba. 

Le gusta estar allí, enredarse la barba y pensar en las voces de sus poemas. Esas voces que son la hiedra que trepa los muros de las casas, las brisas furiosas que provocan los tornados, la madera en las manos de los carpinteros, la cornamenta de bisontes velludos, la arena de las playas californianas, el rostro tiznado de los mineros corajudos, el verdor que transpira los bosques de Dakota.

El primero en notarlo es un muchachito de camisa y tirantes, quien grita advirtiendo a la gente en los alrededores del Jardín de Hierba.

Aterrados observan al viejo sabio: el brazo derecho se transforma en una rama frondosa, de su mano izquierda emerge la garra de un águila, de su cabeza brotan enredaderas y algunos girasoles son escupidos por las orejas, de su pecho las aguas del Niágara se abren paso e inundan el Jardín, la iglesia y las calles de Brooklyn, arrastrando a las personas hasta que el agua pierde caudal.

El viejo, con una sonrisa socarrona se despide de la turba empapada, escurre su sombrero y se aleja caminando con paciencia.  

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(*) Colaborador. Nació en Bucaramanga la madrugada de un sábado 14 de junio. En  2008 ganó por tercera vez la Mención de Reconocimiento del Concurso Nacional de Cuento de la Universidad Externado de Colombia y el II Concurso Nacional de Cuento RCN y MEN Homenaje a Tomás Carrasquilla. Es director del taller de literatura RENATA-UIS y este año publicó  para Editorial Norma “Me llamo José Antonio Galán” de la colección juvenil “Me llamo…”.

Su primer libro se titula “Una ciudad llamada Bucaranada” y será lanzado en noviembre de este año. Estos cuatro microcuentos hacen parte de una breve saga  titulada LITERARIUM TREMENS (SENCILLOS HOMENAJES)

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