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El Magazín

16

06

2010

elmagazin

Venecia tropical

Por: elmagazin

Bat, Flickr, longhorndave.

Bat, Flickr, longhorndave.

Alberto M. Coronado

Ahí estábamos, Ornella y yo, sentados en la cuarta fila del teatro. Sobre el escenario, dos bellezas eslavas, Demeterová en el violín y Skuta en el piano, interpretaban las Danzas Húngaras –la No.5–  de Johannes Brahms.

Habíamos cerrado los ojos para concentrarnos en el vivace, pero algo parecido a un murmullo femenino en-trance-de-imitar-la-pieza ingresó a babor evaporando por completo toda posibilidad de alcanzar planos superiores.

Nuestra vecina de silla, improvisada chanteuse, trataba de imitar las notas que el hamburgués  había concebido para piano a cuatro manos con un destemplado y nocturno zumbido nasal.

Entonces Ornella me lanzó una de esas miradas que yo conocía a la perfección: el trazo de sus ojos almendra, normalmente apacible como el mar al amanecer, presagiaban el deseo de lanzar un uppercut directo al mentón de la espectadora.

Lo habíamos visto todo –o por lo menos eso creíamos–, hasta aquella velada.

En cierta ocasión, al compás de una agrupación de Jazz, un hombre de abultado estómago había decidido llevar el ritmo haciendo de su enorme protuberancia uno de los más fenomenales instrumentos musicales sobre la faz de la Tierra: un timbal adiposo construido con paciencia y perfección con los mejores ingredientes típicos de la región; una pieza de percusión de la cual extraía fantásticos sonidos que hubieran hecho las delicias tanto del público como de los músicos de la banda que, de haberlo visto en acción, lo habrían reclutado inmediatamente a su troupe.

De regreso a la expresión pugilística de Ornella; al rostro extasiado de nuestra  casual soprano tarareando sin éxito a Brahms, busqué un encuentro con su mirada que pudiera interpretarse como una sutil censura, pero sus ojos estaban cerrados. Esperé algunos instantes viendo su boca gesticular incongruencias sonoras y lo que inconscientemente advertí como un leve susurro del público, pronto se convirtió en un murmullo in crescendo,  acompañado por un frenético taconeo y el rechinar de un violín que robó mi atención e hizo olvidarme de mi ruidosa compañera de silla.

Lo que a continuación presenciamos podría pasar a los anales de la historia de la música de cámara: Demeterová, la violinista, golpeaba presa del pánico sus tacones contra el piso de madera del escenario mientras con el arco de su instrumento, trataba de espantar a un murciélago que revoloteaba sobre su cabellera platinada.

Aterrada, Skuta, la pianista, se había incorporado de su butaca viendo al mamífero describir su errático vuelo, pero en lo que interpretamos como una profesional entrega al arte de las musas, no dejaba de tocar el piano a pesar de tener un ojo puesto en la partitura y el otro en el quiróptero melómano. Ahora Demeterová corría por el escenario, perseguida por el pequeño animal que, hipnotizado por las notas de su violinista de Hamelin, trataba de llevarse una muestra sanguínea de la talentosa intérprete.  

El público, que sí estaba familiarizado con las incursiones voladoras del ‘vampiro de la ópera’, apreciaba con una mezcla de estupor y relajo el súbito contraste entre armonía e histeria o, mejor, un round más de la atávica lucha Arte Vs. Natura que llegó a su fin cuando alguien decidió dar fin al espectáculo corriendo el telón.

Mientras salíamos del teatro, escuchamos los comentarios: “Que les debieron haber avisado a las artistas sobre la presencia del pequeño monstruo”;  que “La sangre dulce de las europeas habían despertado el instinto del ‘vampiro de la ópera’”; o que “Una mordedura del animal hubiera traído gran realismo dramático a una interpretación fenomenal”, fueron algunos de los coloridos apuntes de la velada.

Lo cierto es que durante las casi dos horas que duró el espectáculo de las concertistas –colofón del vampiro operático incluido– no advertimos que afuera caía un descomunal aguacero. Por eso, cuando creímos regresar a nuestro ambiente natural caribeño, la brisa meciendo las palmeras y el vaho húmedo y cálido de la noche, y nos encontramos ante el espectáculo de ríos de agua lluvia que bajaban a toda velocidad por las calles llevando en su torrente colchones como góndolas naufragas del tiempo, nos sentimos por un momento, sólo por un momento, sobrecogidos por la vista de esta, nuestra Venecia tropical.   

————————————————————————————————————

(*) Editor y periodista independiente.

Categoria: La esquina del cuento

TAGS: Johannes Brahms -Venecia

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Opinión por:

cristinai

18 Junio 2010 a las 9:44 AM
  

Bonito relato…

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