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17
04
2014
elmagazin

El poder de Gabo

Por: elmagazin

carta magazin

 

Carta

Esta historia se suma al debate abierto por el libro ‘Redentores’, de Enrique Krauze, en el que se acusa a G.G.M. de negligencia. Una exitosa mediación de García Márquez.

José Gregorio Guerrero (*)

Especial para El Espectador

En enero del 80, la familia Peña Guerrero envía a Adalberto, el menor de los hijos, a estudiar Derecho en la Universidad Libre de Bogotá, una universidad de mucho prestigio para los costeños, ya que allí varios coterráneos brillan por su sabiduría y son dignos de imitar. En ese momento, la marimba es la forma más rápida y fácil de conseguir plata. Es entonces cuando al joven universitario le proponen ganarse unos pesos, y sin dudarlo da un sí irreversible: “¿Qué tengo que hacer?”, les pregunta Adalberto a los amigos samarios que le plantean la propuesta. “Pues, muy fácil, sólo tienes que ir a Santa Marta y allí te vas en un barco nuestro, full de marihuana, para los Yunay”. Adalberto emprende la travesía.

Pasa el tiempo sin noticias de Adalberto. Es un misterio. Parece que el frío capitalino se lo hubiera tragado sin saborearlo aún. Pero como entre cielo y tierra no hay nada oculto y mucho menos en la creación vallenata, un pajarito sin alas ni pico le dice a la familia que Ada ha caído en el embarque de una familia de Santa Marta y está preso en Cuba. La noticia cae como caen los mangos sobre los tejados con las brisas de febrero. La familia Peña, en cabeza de su hermana Clara, inicia la construcción de un puente firme y directo para llegarle al comandante Fidel Castro. Clarita busca a Consuelo Araújo Noguera, amiga del futuro Nobel, para que ésta le dé las coordenadas para encontrarlo, ya que piensa enviarle una carta, y Gabo es muy amigo de Fidel. Pero le dice la Cacica: “Clari, es difícil que te conteste Gabo esa carta, porque él en medio de su sabiduría filantrópica es fregao”.

A Clarita las palabras de la Cacica le entran por un oído y le salen por el otro. Inmediatamente le escribe una carta a Gabo. Se la escribe por escribírsela, porque la fe del perturbado es terca y majadera. En la carta le dice lo acontecido, con puntos y comas para mayor identificación, y manda señales escritas de dónde puede estar Adalberto.

A los tres meses, una mañana cualquiera, suena el timbre de la casa Peña Guerrero. Gabo ha respondido a la carta de Clarita, diciéndole que aún no da con el paradero de Adalberto, pero que con toda seguridad seguirá buscándolo. Una mañana cubana de esas en que las faldas quieren salir volando como cometas sin rabo de las caderas de las bronceadas isleñas que caminan por Varadero, un guardián de la cárcel saca a Adalberto con 31 colombianos más, por orden directa de Fidel, y se los llevan a una casa en La Habana (por lo que me contaron, debe ser la de Fulgencio Batista). Allí los presos desayunan como gente, y entre miradas de duda y pánico esperan la orden para ser fusilados (al menos eso piensan ellos, inocentes de todo lo que hierve por dentro).

De repente, un hombre canoso, de espesa bigotada, baja las escaleras vestido completamente de blanco y los mira a todos uno por uno, con una mirada tierna de padre molesto, y pregunta: “¿Quién es Adalberto, el hermano de Clarita Peña, el vallenato?”. Uno de los 32 grita: “¡Yooooooo!”.

“Me la saludas y mañana temprano se van todos para Colombia. Soy Gabriel García Márquez, un colombiano más, jodido como ustedes pero con el peligro de escribir lo que vive para poder comer. Tomen esta platica para que les lleven regalos a sus hijos y sus esposas ¡Sinvergüenzas!”, les dice con cierta sonrisa pícara y de felicidad ajena.

Ese mismo día, Clarita Peña recibe una llamada internacional: es Gabo, para preguntarle en qué lugar de Colombia quiere que le ponga a Adalberto. Clarita responde con los ojos en invierno: “Doctor García, me lo puede dejar desde Punta Gallina en La Guajira hasta Leticia en el Amazonas, donde mejor le parezca”. “Entonces, Clara, te lo envío a Bogotá”. Ella, con un nudo en la garganta, le pregunta: “Doctor, ¿qué le debo?”. Gabo guarda silencio por un segundo y después del sonido grato de una sonrisa le dice: “Claro que me debes algo. Yo lo único que quiero es un sancocho de tres carnes, con ron caña, música vallenata, y debajo de un palo de mango para yo hacer de las mías”. Clara le pregunta que para cuándo puede ser, y Gabo vuelve a guardar el segundo silencio, y suelta la misma carcajada inicial. “Cuando tu presidente me deje entrar nuevamente a Colombia” (se refiere a Turbay Ayala).

Pasan más de dos años, cuando Clara vuelve a recibir una llamada internacional. “Clarita, soy yo, Gabo. No he olvidado tu deuda conmigo. Voy para este festival”. Clarita le pregunta cómo hacer para prepararle la invitación. “Háblate con Consuelo y ve al aeropuerto y lleva en la mano un ramo de rosas rojas con mariposas amarillas, para identificarte y poder saber que eres Clarita Peña y darte un fuerte abrazo”.

Así fue. Clara va adonde Consuelo, pero la Cacica le dice que es casi imposible porque ya Gabo es Nobel y las invitaciones se le han aumentado. A Clara las palabras de Consuelo vuelven a transitarle el oído sin freno alguno. El día de la llegada del Nobel se va Clara para el aeropuerto con un inmenso ramo de rosas rojas, adornado con inmensas mariposas amarillas, en papel de celofán y se dirige a la escalera del avión. Primero asoma la cara Alfonso López, el Pollo, luego la barba de un hombre guardado en guayabera blanca (Juan Gossaín) y por último, Gabo, que se detiene un poco, observa el paisaje humano que rodea el avión, identifica a Clarita, y es él quien se acerca y la abraza.

“Recógeme al mediodía en la casa de María Lourdes”. A las 12 en punto está Clara en la puerta de la casa de los Araújo Castro, y en medio de los escoltas logra colarse y encontrar a Gabo. En seguida él la aborda: “Clara, lo prometido es deuda, soy todo tuyo”. Sale sin escoltas, sin pedir permiso, se monta al pichirilo de Clarita y emprenden la marcha. Clara le advierte: “Doctor, yo vivo allá, al pie del río”. “No importa, dale que yo respondo. Lo que quiero es lo que te dije”.

Cuando van llegando a la casa, ya todos los medios de comunicación están allí, y Mercedes, su esposa, Juan Gossaín y medio pueblo más. Gabo se come el sancocho a sus anchas. De la vecindad traen abanicos de todos los tamaños y marcas para bajar la temperatura de los cachacos que bailan sin cansancio. En ese momento el Nobel es del pueblo. Toma ron caña, el del comandante del buen sabor, y bajo una fronda de mango baila, ríe, goza junto a Mercedes y su séquito de amigos. Los acordeones se retuercen como quieren y son las tres horas más felices de ese viaje a Macondo, perdón, a Valledupar. Al fin y al cabo es lo mismo. El tiempo también baila por el reloj sin decir nada, y al terminar la parranda Mercedes mira a su marido a los ojos: “Gabo, 25 años después entiendo por qué tú eres así”.

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(*) Colaborador.

Categoria: De fondo

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17
04
2014
elmagazin

García Márquez y Vargas Llosa… Dos dedicatorias y un rencor

Por: elmagazin

historia de un deicidio

Fernando Araújo Vélez *

Tenía que ser, como fue, uno de esos periodistas curiosos, coleccionista de objetos fútiles, firmas, palabras y fotografías, quien hubiera abierto la puerta de un antiquísimo, profundo e irremediable conflicto entre dos inmortales por una simple y sencilla dedicatoria. El tipo, peruano, casi 30 años por aquellos tiempos, acucioso y nervioso, se matriculó en los cursos de Nuevo Periodismo de Cartagena porque le habían informado que uno de los días de talleres, en algún momento, aparecería Gabriel García Márquez para hablar con los alumnos. Ahorró. Llenó miles de formularios. Se leyó de arriba abajo una de sus ediciones de Historia de un Deicidio, de Mario Vargas Llosa, y anotó en sus cuadernos hasta la más mínima de sus observaciones.El día antes de su viaje empacó ropa, unos cuantos libros, una grabadora y varias cajitas de pilas. Dejó a un lado “su” original de García Márquez Historia de un Deicidio para guardarlo y resguardarlo a la mañana siguiente y repasó su dedicatoria. Se la había pedido a Mario Varas Llosa casi con piedad, temeroso de que los viejos recuerdos atacaran al escritor y el rencor lo llevara a algún gesto desmedido. Sabía, como casi todos los habitantes del mundo literario, como Carmen Balcells y Tomás Eloy Martínez, por ejemplo, que el autor de El deicidio no quería saber nada más en su vida de Gabriel García Márquez. Frunciría el ceño ante su petición. Miraría lejos, muy atrás.

Todo eso ocurrió, pero al final, entre displicente y vengativo, Vargas Llosa le firmó el libro. Escribió algo así como Por una mistad que nunca más será, y puso su nombre. El Periodista fue feliz por un día o algo más. Luego, dijo, diría en una noche de tragos en Cartagena, sus amigos lo convencieron de que consiguiera la dedicatoria-respuesta de García Márquez y el libro pasó de ser un tesoro a una obsesión. De sonrisa a pesadilla. En mil noches de insomnio leyó la historia del distanciamiento, con sus infinitas versiones.

Que Vargas Llosa se había ido con una amante azafata a Suecia y su esposa, Patricia, se había quedado en Barcelona con García Márquez, quien le sugirió que se divorciara. Que no había sido a Suecia sino a Perú. Que García Márquez la había intentado seducir. Que después, muchos años después, Vargas Llosa le dio un puñetazo en el aeropuerto de Ciudad de México. Que no, que el golpe había sido en un cine mientras veían un filme sobre los sobrevivientes de Los Andes, y que fue Elena Poniatowska quien curó a la víctima con un pedazo de carne cruda.

Pasado el tiempo, Vargas Llosa mandó a recoger todas las ediciones que había regadas por ahí de su Deicidio, una tesis doctoral en la que analizó Cien años de soledad con sus estructuras, demonios y dioses. Denominó entonces a su autor como “El Amadís de América”. García Márquez, por su parte, dijo de Vargas Llosa que era “el último caballero andante de la literatura”. Se habían conocido en Caracas a mediados del año de 1967, cuando uno fue a presentar su obra más célebre, y el otro, a recibir el premio Rómulo Gallegos . En el 71, Vargas Llosa lanzó su libro. En el 76 se hablaron por última vez.

Por ello, cuando García Márquez leyó la dedicatoria que Vargas Llosa le escribió al periodista peruano, tomó una pluma y anotó debajo algo así como “totalmente de acuerdo”.

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(*) Periodista, escritor y editor de El Magazín online. Tiene a su cargo la edición de los Lunes Festivos del periódico El Espectador.

Categoria: De fondo

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10
04
2014
elmagazin

Mañana será otro día*

Por: elmagazin

Foto Néstor

 

Carolina Cárdenas Jiménez

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10
04
2014
elmagazin

Enamorar y matar

Por: elmagazin

 El caminantedos

Fernando Araújo Vélez

Fue su amor desmedido de rayos milagrosos, de viejas herencias, lo que la mató. Susana le creyó a un hombre y sus promesas de amor. Le apostó al amor y a un muchacho irresistible que dijo llamarse Ricardo León. Él la buscó porque le dieron la orden de que la buscara. Era un trabajo más. Ya antes sus compañeros del cuerpo de inteligencia la habían investigado. Rutinas, amigos, gustos, colores, colegio, amores, desamores, películas, canciones. Él tenía todos los datos, y fuera de eso, era un enamorador consumado. Ella no supo leer algunos indicios. Tampoco quiso hacerlo. Su madre la había enviado a un país vecino, pues tenerla con ella era un peligro para las dos y para el resto de los combatientes.

Ellos, todos, sabían que la hija del comandante era objetivo militar de primer grado. Además, tanta mudanza, tanta paranoia, tanto ir y volver y esconderse y esperar un posible ataque no podían darle ningún tipo de estabilidad. Laura se fue a terminar su bachillerato en una escuela pública más allá de las fronteras, pero era una niña aún. Diecisiete años. Volver a los 17, como cantaba Violeta Parra, “Solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes”. La soledad, su inocencia y las dulces palabras de León, que fueron palabra y después besos y más tarde pasión, la llevaron a desbordarse. Por terceras personas, correos que eran postas pues el peligro acechaba, su madre le mandó a decir que fuera a pasar las fiestas de fin de año con ella y el comandante. Entonces supo que Susana tenía un novio, y que iría con ella a visitarla.

Cuando se conocieron, doña Beatriz le extendió la mano, fría, distante, y lo miró con esa eterna desconfianza de los perseguidos. Él le prometió que adoraba a su hija, que la cuidaría hasta el fin de su vida, que jamás ni había amado ni amaría a nadie tanto. Intentaba convencer, enamorar a la madre de su novia también. Seguro ella dudó. La duda era su seguro de vida. Luego de los saludos y las promesas, León pidió un permiso para ir al baño. Cinco minutos más tarde se disculpó con sus más estudiados ademanes de enamorador, pues debía culminar alguna diligencia en el centro de la ciudad. Besó a su novia enfrente de su madre y se marchó. Ellas habrán hablado de conveniencias, de futuro, miedos y seguridad, de amores y dolores, pero nadie lo supo. Nadie lo pudo saber, porque aquella tarde, a las cinco de la tarde, una bomba terminó con sus palabras y sus vidas. “¡Ay, qué terribles cinco de la tarde! ¡Eran las cinco en todos los relojes! ¡Eran las cinco en la sombra de la tarde!”, como escribió García Lorca.

Categoria: El Caminante

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08
04
2014
elmagazin

El jardín: recuerdos de un no lector

Por: elmagazin

foto señor magazin

 Nelfer Velilla González

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07
04
2014
elmagazin

Los números del poder (El caminante en video)

Por: elmagazin

Imagen de previsualización de YouTube

 

Fernando Araújo Vélez y Alejandro Araújo Larrahondo

Somos números, nada más que números. Nos miden por nuestros números en un sistema que cada día se fue acostumbrando más a las medidas, y si no producimos varias cifras, no existimos. Los números nos persiguen y agobian, nos sepultan y nos determinan. Por una cifra en el banco, porque ya no puedes existir si no tienes una cuenta en un banco, eres de oro, de platino o del común. Por una cifra en el club de cualquier cosa obtienes descuentos sobre cualquier otra cosa que no necesitas, pero sumas. Sumas puntos, millas, kilómetros, sonrisas, gotas de agua. Sumas y sumas porque eres un número, y como número debes multiplicarte. Mientras más números acumules, mientras mayor sea la cifra, más persona eres.

Somos números desde que nacemos. El registro de nacimiento, el civil, luego la cédula. Una tarjeta de plástico con tu foto en lugar de ocho dígitos tatuados en el brazo, como en Auschwitz. Lo mismo, en esencia. Luego, en la escuela, te califican con números. Por una décima más te hacen creer que eres superior a otro. Como si eso importara, además. No importa, en realidad no importa, pero te convencen de que sí. De que éste o aquél son “menos personas”, inferiores, porque no llegaron al tres, y porque fuera de eso viven en la calle 2 y son estrato 1, y además, sus padres no tienen cuentas millonarias. Todo números, todo cuantificable, nada cualificable. En kínder ya estás inmerso en el sistema de la competencia.

Cuando juegas, tienes que ganar. Anotar un número más que el otro, como mínimo. Saltar un milímetro más, correr una centésima de segundo menos. Un número, una cifra, determina que eres “mejor”. Luego, del juego pasas a los asuntos serios, a lo importante, como te repiten en la casa. Más notas, calificaciones que un ser que es Dios, y se cree Dios, da. Otorga, como gran favor. La información básica diría más o menos así: el número 567 de la escuela 23, con tarjeta de identidad 67.876.432, obtuvo un 3,6 de promedio y quedó ubicado en el puesto 17. Eres el 567-67.876.432, estás calificado con 3,6 y te encuentras por debajo de 16, que sirven más que tú, que son mejores que tú.

El sistema, esta enorme maquinaria que unos pocos crearon para preservar su poder, ha concluido que de tu curso, 16 seres humanos son más que tú. Más, y mejores, ha sentenciado. Ha dictaminado. No podían ser sencillamente distintos, y ya. No. Ser distinto no sirve. Sirve la competencia, hija predilecta del capitalismo. Sirve la victoria, sirve el éxito, aunque sean mentira, disfraces para ocultar las derrotas que todos cargamos. Sirve decirle a otro “eres un perdedor, un fracasado”, aunque nadie sepa en el fondo qué es perder o qué es fracasar. Aunque nadie sepa cuántas derrotas más necesitaremos para terminar de acabarnos.

Categoria: El Caminante

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03
04
2014
elmagazin

El arte de fracasar

Por: elmagazin

 

El caminantedos

Fernando Araújo Vélez

Fracasar era una obsesión, una venganza contra todos, pero más que nada, una venganza contra aquellos que habían dividido el mundo entre ganadores y perdedores. Entre exitosos y fracasados. Entre buenos y malos. Fracasar era un plan sin método, la mejor manera de decepcionar a los exitistas que, en últimas, eran, son, quienes desde sus supuestas alturas, desde su poder y su gloria, desde sus absolutos, decidían y deciden al triunfador y a su opuesto, y lo determinan de acuerdo con sus propias conveniencias.

Premian al que les sirve , al que les conviene, no al que les parece mejor. Ascienden al que los halaga, no al que cumple. Ovacionan al que los ovaciona a ellos, no al que busca, al menos, un gramo de justicia. Por el contrario, si quien busca ese gramo de justicia va en su contra, lo condenan al eterno fracaso. Sus designios de inquisidores se cumplen. Tienen que cumplirse. Un ejército de subordinados, de pusilánimes, los hacen cumplir para ganarse los favores del todopoderoso.

Fracasar era el fin. Que en lugar de éxito, en su lápida escribieran lucha. Que en vez de triunfos, esculpieran contemplación, como en los tiempos de los griegos. Que un día el sistema, el sistema de medidas, calificaciones, éxito, autoridad, dinero, mercado, negocios, ventas, compras, matrimonio, religión, castigo y demás le pasara por un lado sin siquiera determinarlo. Que lo considerara un fracaso, y que como tal, después de pasar por su lado, se diera vuelta, lo mirara, e indignado, le reprochara que hubiera sido capaz de salirse de sus reglas. Que hubiera osado renunciar a ese reino.

Fracasar e ignorar a los perseguidores de triunfos y a sus hacedores. Reírse de ellos, incluso, con un cigarrillo en la boca, la mirada ausente y una de aquellas viejas licoreras de metal en el bolsillo. Caminar entre sus prisas, seguro de que sus caminos no llevan a ninguna parte, sencillamente, porque el éxito siempre es mentiroso, un cúmulo de posesiones, reconocimientos y opiniones de otra gente que halaga para obtener algo a cambio. Y repetir y repetirse, hasta la saciedad, que como decía Heinrich von Kleist, “La despiadada ambición es el veneno de toda dicha. Por eso quiero cortar con todas las relaciones que me impulsan a sentir envidia y competir”.

Categoria: El Caminante

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02
04
2014
elmagazin

Una mirada amarga

Por: elmagazin

Adèle

Bertha Lucía Estrada*

Aunque cada hombre mata lo que ama,

Que lo oiga todo el mundo,

unos lo hacen con una mirada amarga,

otros con una palabra lisonjera, 

el cobarde lo hace con un beso,

el hombre valiente con una espada.

Óscar Wilde

I

Isabel:

Esta carta que te escribo, como muchas otras que escribí hace más de 20 años, no llegará a tus manos; pero al menos podré terminar de exorcizar la humillación de la que fui víctima. Hoy, como en otras ocasiones, el azar me ponía una vez más en tu camino. Fue en el marco de la Feria del Libro. Tú lanzabas tu último poemario y yo debía hacer la presentación de un novel escritor. He seguido tu carrera de cerca. Cada vez que sale un libro tuyo, corro a comprarlo. Eres muy talentosa, siempre lo has sido. En los últimos tiempos coincidimos cada vez más en este tipo de eventos. Lo cual no me extraña, ya que nuestras profesiones así nos lo exigen. No obstante, me evades. Cuando tus ojos se encuentran con los míos, es como si no me vieran. Ante ti soy invisible. Si escuchas mi voz, aparentas no oír nada.  Podría gritar y tú no reaccionarías. Perdí la cuenta del número de veces que traté de acercarme a ti. ¿Cinco, siete, ocho? No lo sé. Ya ni siquiera lo intento. Pero tampoco renuncio a poder escuchar tu voz  y mucho menos a escuchar la lectura de tus poemas. Cuando salí de casa esta mañana, rumbo a la Feria, ya había decidido que iría a la sala donde tú te presentarías. Lo que no había previsto era que me vieses. Cuando llegué, la sala estaba llena a reventar, como siempre. Nadie quiere perderse  la presentación de uno de tus libros. Sobre todo los adolescentes. Te admiran y te respetan. Te has forjado un nombre en este país donde todos nos creemos poetas. Camuflarme en la sala no fue difícil. Busqué un lugar estratégico desde donde pudiese verte sin que tú te dieses cuenta de ello. Cuando diste inicio a la lectura de tus poemas, el público enmudeció. Tu voz embrujadora, la misma voz que me embrujó hace tantos años, seguía intacta. Más firme, más segura, una voz a toda luces madura, pero tu misma voz. El hechizo fue total. Al final de la lectura, todo el mundo quería hacerte preguntas, tú las respondías con una calma que contrastaba con el tono que le habías dado a tus versos. Al escuchar tus poemas tuve la sensación de ser lanzada a una cascada que parecía no tener fin. Estaba sudorosa y ansiosa. Nuevamente me habías atrapado. Por fortuna, el tono dado a las respuestas de los participantes me permitió caer en un lago transparente y tranquilo. Me sentí orgullosa de ti. Nunca he dejado de estarlo.

Recuperada la calma, y aprovechando que la gente comenzaba a desocupar la sala, me dispuse a salir. Fue entonces cuando un periodista, que se había percatado de mi presencia, me llamó del otro lado de la estancia. Mi nombre no podía pasar desapercibido para ti, inevitablemente tenías que escucharlo. Sin querer busqué tu mirada y como siempre tus ojos, clavados en los míos, no me vieron. Yo me escabullí. Una vez afuera corrí a esconderme, necesitaba respirar y recobrar el aliento. El mismo aliento que me había quitado tu no mirada.

Debo parecerte una cobarde. -La peor de todas, – dirías-. No te falta razón. Soy una cobarde. Cualquier palabra que pudiese decir, sonaría a una falsa excusa. Y no es eso lo que pretendo. Tú viviste un infierno, el peor de todos. Pero no fuiste la única. Cada una conoció su propio calvario. Tú, porque te arrebataban el mundo por el que habías luchado durante tres años. Yo, por perderte y por perder mi propia dignidad. He debido defenderte, he debido llamarte. He debido decirte que lo sentía, he debido decirte que tu dolor era mi dolor. No lo hice. Lo lamento, lo he lamentado toda mi vida. Podría expiar mi culpa eternamente y nunca podría devolverte lo que te quitaron. Todo eso es verdad. Pero también hay causas, que aunque no son atenuantes, sí pueden explicar mi silencio.

Cuando te conocí, yo ya tenía mi vida hecha. Estaba casada, tenía dos hijos y esperaba el tercero. Había nacido en la década de los 40, por lo que  había sido testigo de muchos cambios. En el 63, del asesinato de John Kennedy y  en el 68, el de Martin Luther King. Aunque separada por kilómetros de distancia, vibré intensamente con mayo del 68 y con la llegada del hombre a la luna. Crecí con la música de Los Beatles y asistí a Woodstock. Bueno, para ser sincera, solo vi la película. Mi adolescencia se paseó por Chapinero y fue cómplice del movimiento hippie, el mismo que obligó a los gringos a irse de Vietnam. Su consigna de “Hagamos el amor y no la guerra”, dejó huellas indelebles en la sociedad occidental. Para los años 60, hacer el amor había dejado de ser sinónimo de reproducción. Las mujeres por fin podíamos decidir cuándo ser madres, ya que la píldora nos ayudó a tomar conciencia de que somos las dueñas de nuestro cuerpo y que el sexo es también para nuestro disfrute. Para entonces, las universidades comenzaron a recibir estudiantes mujeres, cada vez eran más las que optaban por la vida laboral. Entendían que la vida era mucho más que el cuidado de los hijos y del marido. Más tarde, sería testigo de la muerte de Franco y del destape de la mujer española. En política, fui contemporánea del movimiento de Los Tupamaros y de la llegada de Fidel al poder. Mis primeros devaneos en el amor fueron con los versos de Neruda.

Crecí con el cambio y me comprometí con él. Yo había roto muchos prejuicios. Pertenecía a una generación de ruptura, era consciente de ello y así lo asumí. Sin embargo, mi vida sexual y sentimental había estado dirigida dentro de parámetros bastante convencionales. Me había casado muy joven, sin terminar la universidad. Seguí estudiando y mientras tanto di a luz a mi primer hijo. Luego entré a trabajar a la universidad, la misma donde tú y yo nos conoceríamos años más tarde. Al principio, sólo eras una alumna, muy inteligente eso sí, pero nada más. Estaba enamorada de mi marido. Tenía un hogar, un trabajo y había hecho planes en el ámbito profesional. Cuando comenzaste a regalarme versos, los leía porque estéticamente estaban bien escritos. Ya tenían la impronta que ha caracterizado toda tu producción poética.

A medida que tu cerco se fue intensificando, una parte de mí quería rechazarte,  pero otra se dejó querer. ¿Por qué razón? Lo ignoro. Podría ser la novedad que representaba tu asedio o podría ser que me tentara el riesgo. Como cuando estás al borde de un precipicio y no sabes si entregarte a él o salir corriendo en dirección opuesta. También pudo ser la soledad de pareja. A veces el matrimonio no es más que la constatación de lo solos que estamos en el universo. La cama matrimonial puede convertirse en un barco a la deriva y cuando eso ocurre los cuerpos son azotados por la tormenta. O pudo ser todo eso y más. El ser humano cree que tiene todas las respuestas, cuando ni siquiera conoce las preguntas. Nos creemos sabios, sin embargo tambaleamos ante lo desconocido. En esa época, tú eras lo desconocido. En cuanto a mí, era madre de dos hijos pequeños y esperaba el tercero. Esa era mi certidumbre, aún lo sigue siendo. ¿Cómo entregarme a la aventura? En ese tiempo no tenía respuestas, aún sigo sin tenerlas.

Cuando comencé a escribirte versos, fue después de pasar por estados catalépticos. Porque eso eran los fines de semana para mí. No verte, no escucharte, era caer en estado de catalepsia. Pensarás que nunca te lo dije, pero ¿Cómo iba a hacerlo? Lo callé igual que callé mi desconcierto ante lo que me sucedía a medida que nuestra relación progresaba. Callé mi temor, pero también los anhelos que despertabas en mí. Callé la angustia que sentía en la alcoba y el abandono del que era víctima. ¡Callé tantas cosas! A las mujeres de mi generación nos enseñaron a callar. Es lo mejor que sabemos hacer. Mi vida estaba comprometida con el cambio, pero eso no quiere decir que estuviese preparada para tu llegada. Te adelantaste en veinte o treinta años, porque estoy segura de que hoy en día habría reaccionado de manera diferente. Hoy tendría las agallas que no tuve en ese entonces. Pero hoy es hoy y ayer es ayer. En eso Cronos es implacable. El tiempo no nos permite adelantarlo o atrasarlo como si fuese un reloj manual. De ahí la zozobra que el saberlo nos genera.

Comenzamos a salir juntas, para tomarnos un café, hablar de poesía o ver una película; en ese momento tú no eras más que una mujer inteligente que nutría mi intelecto. Para mí, las relaciones afectivas entre mujeres era algo que podía suceder, pero no en mi esfera. Y mucho menos teniéndome a mí como protagonista directa de un amor a todas luces prohibido. Pero ahí estabas, e ignorarte era imposible. Tu lucidez mental, tu sensibilidad  e intuición poética lograron conquistarme. Penetraste mi razón, antes de penetrar mi piel. Por eso nunca he podido sacarte de mi cuerpo. Mi alma te amaba cuando mi cuerpo aún no lo sabía. Yo te anhelaba, pero desconocía el lenguaje corporal que me hubiese llevado a ti. “¿Cómo?”, dirías, “si hacía tiempo estabas casada”. No sabes que mi cama era un desierto, sobre todo cuando estaba en embarazo. Durante los meses de gestación, Esteban ni me tocaba, de resto nuestros encuentros sexuales me dejaban por fuera de toda participación. Una vez cumplida su faena se daba media vuelta, sin desearme siquiera las buenas noches. Más que su mujer, yo era la madre de sus hijos. Ya sabes, esa concepción decimonónica de muchos latinoamericanos que creen que el sexo hay que buscarlo por fuera del lecho conyugal y luego hablan del latin lover. Habría que buscarlo con la linterna de Diógenes. Debería proponerle a Florence Thomas que saliésemos juntas a buscar alguno.

El momento en que irrumpiste en mi vida significó un despertar de todos los sentidos. Poco a poco fuiste buceando en ellos. A medida que los despertabas, con flores, con canciones o con tus versos, yo tomaba conciencia de la existencia de mi propio cuerpo. El día de nuestro fugaz encuentro en Oma, el roce premeditado de tus piernas contra las mías, me sumergió en un mundo desconocido y abrió una esclusa que dio rienda suelta al deseo acumulado en mi cuerpo y al que mi razón se negaba a aceptar. Ante mí se abría la oportunidad de conocer lo que hasta entonces yo llamaba un placer prohibido. Y pensar que para los griegos y los romanos era el verdadero, por no decir el único. El cuerpo no debería tener barreras, ni la mente tampoco. Es la tradición judeocristiana la que ha impuesto trabas a la vida y al goce. El roce de tu piel y la copa de vino que tomamos juntas, produjeron en mí una sensación cercana al orgasmo; al fin y al cabo hacía mucho tiempo que el volcán de mi cuerpo se había apagado. Creo que no ha vuelto a activarse.

Con el nacimiento de mi hijo dejaría de verte. No me lo había planteado así. Pero ya ves, a veces los acontecimientos deciden por nosotras, o bien son las personas de nuestro entorno familiar quienes nos despojan de nuestras vidas. En este caso fue Esteban. El día en que comencé trabajo de parto, él cogió mi cartera con el fin de buscar  los papeles de la seguridad social; por lo que era inevitable que no encontrase el poema que me habías dado ese mismo día a la salida de Oma. Era el poema que escribiste mientras me hacías el amor con la ligera caricia de tus piernas. Llegar a los otros no le fue difícil. De ahí a atar cabos de nuestras escapadas juntas había sólo un paso. A mi regreso de la clínica, mi vida se convirtió en un infierno. El hombre que creía conocer, el escritor mesurado, respetuoso, dio paso a un huracán. Vociferaba, daba puños a diestra y siniestra, se convirtió en mi cancerbero. ¡Ni el teléfono pude volver a contestar! Cuando regresé a la universidad, ya te había perdido por completo. De tus versos no me quedó nada, los rompió todos. Por eso, cuando publicas un nuevo libro, corro a comprarlo. Al menos así tengo la impresión de recuperar en algo lo que él me arrebató y lo que yo perdí.

Hasta siempre.

Marcia

II

Marcia:

Hoy te he vuelto a ver. Creías que no te había visto, pero siempre lo hago. Estabas camuflada en el público y también vi cómo te subyugaba la lectura de mi obra. Los papeles se invertían. Años atrás, era yo la que quedaba alelada oyéndote hablar de literatura. Recuerdo cuando nos hablaste de Oscar Wilde y de su libro La balada de la cárcel de Reading, ¡con qué vehemencia lo analizabas! Ese día aprendí a mirarte con otros ojos. Con los ojos que se miran a la mujer que nos atrae sexualmente. Sabía que eras casada, que tenías dos hijos y que esperabas el tercero. Tú eras mi maestra, yo, tu pupila. Muchas historias de amor se han tejido en las aulas de clase, la mayoría de ellas de amores no convencionales, amores escondidos, amores trágicos. Cada vez que nos cruzábamos en el pasillo, yo sentía que mis piernas temblaban y que mi cabeza daba vueltas. Te me habías convertido en una obsesión. Siempre me han gustado las mujeres, desde que estaba en el colegio; cuando una de mis compañeras, al saber que yo no sabía besar, decidió convertirme en su aprendiz. Era un juego entre varias amigas. Pero el juego me gustó y yo me quedé en la cama con ella, mientras las otras se iban a la playa con sus noviecitos de turno. Era mi primer beso, mas no el de ella. Ese día me enseñó a besar y me llevó de la mano a la isla de Lesbos; allí me inició en los placeres de su máxima sacerdotisa, poeta como yo. Desde entonces, le rindo culto a la bella Safo, como la llamaba Sócrates. Así que comencé a regalarte poemas, el primero era de ella, decía así:

Y sonríes seductora… un escalofrío me apresa toda,

estoy más pálida que la hierba y me parece

que falta poco para morir.

Tú lo leíste. En vez de sorprenderte o mandarme simplemente al diablo, me regalaste una sonrisa y luego lo guardaste en tu cartera. Te vi alejarte. Apenas te perdí de vista salté y salté, estaba enamorada. Yo tenía 20 años, tú 37. Nos hicimos amigas. Sabías que te amaba. Te dejabas querer. Te convertiste en mi diosa. Todos los días te rendía un tributo. Podía ser una flor, un cassette, con alguna canción en especial, o un libro. Comencé a escribirte poemas. A fuerza de seducirte con el poder de la palabra, la muralla en la que te parapeteabas comenzó a ceder. Mis poemas encontraban eco. Tú también comenzaste “a escribirme unos bellos poemas de amor”, así los llamaba; cuando en las noches, en la soledad de mi cama y sabiéndote acostada con tu marido, leía y releía los versos que me habías escrito. ¡Cuántas veces besé esos trozos de papel! Mis  labios  hubiesen podido desaparecer de tantas veces que lo hice. Leía tus poemas y mi cuerpo se humedecía. ¡Cómo te deseaba!

Poco a poco comenzamos a salir juntas. Íbamos a cine. El que quedaba cerca de la universidad… eran nuestras pequeñas escapadas. Yo sentía que tú no eras feliz, que algo te oprimía, pero no me hacías partícipe de tus problemas. Aunque era consciente de que yo hacía parte de esos problemas. Yo no quería presionarte, así me muriera de deseo. Eras tú quien tenía que prepararse, yo te esperaba. Te hubiera esperado todo el tiempo del mundo. Recuerdo que vimos El Imperio de los Sentidos. A la salida, y con mucha seriedad, te dije: “Es la búsqueda de la verdad absoluta a través del sexo”. Te echaste a reír. Me respondiste: “Siempre tan trascendental”. Pero detrás de esa risa, escondías tu desconcierto. Comenzabas a descubrir en ti unos sentimientos que meses antes no hubieses osado imaginar. Comenzabas a trastabillar. Una tarde fuimos al Museo Nacional, había una exposición de un artista fauve, esa fiesta de colores nos inundó de alegría. A la salida me invitaste a una copa de vino, querías prolongar esa sensación de bienestar que nos había producido la pintura de Raoul Dufy. Sentadas, una al frente de la otra, en una de las mesas más discretas de Oma, mis piernas comenzaron a rozar las tuyas. Sentí tu vacilación, sin embargo no dijiste nada, ni tampoco las retiraste. Eras consciente de lo que estaba pasando y aunque no participabas de una forma directa, tampoco me rechazabas, dejabas que te sedujera, que te amara. Y yo me entregaba a ese juego, como si en él me fuera la vida. Aún no sabíamos que nunca más volveríamos a estar juntas. Mi felicidad de esa tarde la compartí con dos compañeras de la universidad que estaban enteradas de lo nuestro. Respetaban mi amor, no me censuraban, no obstante entendían que podía ser muy doloroso. Ese día entraste en trabajo de parto y yo me sumí en un estado muy cercano al coma. Ante mí surgían tres meses sin poder verte. Las pocas veces que intenté ponerme en contacto contigo, la voz recia de tu marido me decía que estabas atendiendo al bebé, otras que estabas durmiendo. Yo había logrado derribar una parte de tu muralla, pero derrumbar la de él era imposible. Al colgar el teléfono quedaba más desamparada que nunca. ¡Si tan sólo hubiese podido escuchar tu voz una sola vez! Comencé a sospechar que algo pasaba. No era normal que no dieses señales de vida, ni que nunca contestases al teléfono. No me quedaba sino esperar tu regreso.

Dos semanas antes de tu reincorporación a la universidad, yo ardía de deseos de verte. Contaba los días, las horas y los minutos que me alejaban de ti. Pero no eran dos semanas las que tendría que haber contado. Tendrían que haber sido miles, tendría que haber sido una vida, dos vidas, tres vidas ¿Quién sabe? ¿Cómo medir el tiempo cuando se está enamorada? Poco antes de tu regreso me llamaron de la decanatura. Me dijeron que como estaba acosando a una profesora, y eso era inadmisible en una universidad y además en un país católico, apostólico y romano, debían cancelarme la matrícula. Yo, que ya estaba terminando sexto semestre. Yo, que tenía las calificaciones más altas del grupo. Yo, la intelectual, tenía que salir por la puerta trasera de la universidad como si fuese una delincuente. No era una delincuente, pero sí era mujer. ¿Cuántos profesores homosexuales había en la universidad y nadie les había dicho nunca nada? Un montón, de eso no tengo la menor duda.

Me cancelaron la matrícula. En menos de lo que canta un gallo yo perdía todo por lo que había luchado sin descanso por espacio de tres años. Mi madre nunca me juzgó. Ella sabía que cada persona es dueña de su cuerpo y de sus sentimientos. ¿Cómo es que en la universidad no lo entendían? Nuestra relación se había llevado de la manera más discreta posible. No soy amiga de los escándalos. Por eso no hice ninguno cuando me vi ante un hecho cumplido. Me echaban de la universidad. Pues lo aceptaba, así sin más ni más. No di la pelea. No denuncié mi caso a los medios de comunicación. Era joven e inexperta. Me faltaba la fortaleza que sólo llega con los años. En cuanto a la tutela, aún no existía esa figura jurídica. De haber existido, creo que ellos no hubiesen llegado tan lejos, ni yo habría aceptado el atropello del que fui víctima.

Los lazos que me unían a ti habían sido salvajemente cortados. Ante el dolor de no volverte a ver, se sumaba el dolor de saberte tan cobarde. No llamaste ni una sola vez para decirme que lo sentías. Mi vida se derrumbó. Pero ya ves, el ave fénix siempre renace de las cenizas. Comencé de cero. Me inscribí en otra universidad y aunque la mayoría de las materias vistas no fueron homologadas, logré terminar mi carrera, encontré trabajo y tiempo después el amor. No sería el definitivo. Habría de conocer otras rupturas, otras desilusiones, pero ninguna como la que tú me causaste. Para cuando nos volvimos a ver yo estaba curada. ¿Tú? No lo sé, ni tampoco me importa. Sería en uno de los tantos eventos literarios en los que inevitablemente tenemos que coincidir. No hemos vuelto a hablar, ni lo haremos. Si escribo esta carta es para contar lo que nunca he debido callar. Como ves, yo también fui cobarde.

En algún lugar de los cerros de Bogotá, con el bolero de Ravel como única compañía.

Isabel

III

Esteban

Mi profesión es enseñar a dilucidar el pensamiento, a mirar detrás del espejo, como Alicia. Soy yo quien pone los retos y quien decide qué tan alto podemos llegar. Conduzco las masas de estudiantes como el pastor conduce un rebaño de  ovejas. No estoy acostumbrado a que me desafíen, ni a seguir a los otros. Sigo planes previamente determinados. No me gustan los imprevistos ni las sorpresas. Soy un pensador, y para ello se requiere de mucha disciplina. Las ideas son para elucubrarlas largo tiempo, antes de decidir qué hacer con ellas. El azar no es para mí, ni soy un jugador. De serlo, exigiría que las cartas estuviesen sobre la mesa, los ases debajo de la manga me parecen rastreros, propios de garitos de mala muerte. Cada paso que he dado en la vida ha correspondido a coordenadas trazadas con antelación y previstas para que tengan una larga duración; los cambios irreflexivos sólo traen desconcierto y son signo de inmadurez.

En el colegio y en la universidad, me caractericé por ser un alumno brillante. El día de mi graduación ya sabía que no haría parte de las filas de desempleados. Con el cartón en la mano me presenté a un concurso como docente y me lo gané. Poco tiempo después contraía nupcias con la noviecita de siempre. La había conocido en la universidad, en uno de los cursos que nos tocó tomar juntos. Era amante de los libros y recitaba poemas. A diferencia de muchas otras, prefería escuchar a Beethoven al lado de la chimenea que irse a bailar salsa a cualquier antro. Eso me daba tranquilidad. Una vez casada le quedaba poco tiempo para las amigas. Cuando terminó sus estudios, ya había nacido nuestro primer hijo. En la universidad buscaban profesores de literatura, con su curriculum vitae, y sus conocimientos, no le fue difícil pasar las pruebas. Mi vida seguía el curso que yo me había trazado. Los años transcurrieron sin mayores altibajos. Nació otro hijo y venía en camino el tercero. En las noches, y los fines de semana, era Marcia quien se ocupaba de los niños, yo me dedicaba a escribir. Ya había publicado dos libros, con muy buena acogida por parte de la crítica y de los pares académicos, y preparaba otro. Me estaba ganando un nombre en un medio profesional árido y poco amigo de las lisonjas mutuas. Me encontraba tan embebido en mi trabajo que no me di cuenta de que el tren que yo conducía corría peligro de descarrilarse. Sentía a Marcia cansada, por lo que supuse que era el embarazo. Alguna vez se había quejado, aduciendo que no le dedicaba suficiente tiempo a la familia; como se dio cuenta de que sus quejas me molestaban, no volvió a decir nada. A veces iba al cine, suponía que lo hacía sola. A medida que el embarazo avanzaba, yo la veía más ensimismada, cada vez hablaba menos; lo que para mí era un gran alivio. Necesitaba tiempo para escribir. A veces la veía conversar con una de sus alumnas y en su mesa de noche encontraba libros de autores que antes no le había visto leer. Supuse que era normal; al fin y al cabo su oficio es la literatura.

En los días que precedieron al parto presentó una complicación, por lo que hubo que internarla de urgencia en la clínica. Mientras ella era atendida por los médicos y las enfermeras, yo debía ocuparme de los trámites administrativos; así que abrí su bolso para buscar los papeles de la seguridad social. Fue entonces cuando vi una hoja de cuaderno doblada en cuatro, la iba a dejar a un lado cuando algo me llamó la atención: en ella estaban estampados los labios de una mujer. Era un colorete discreto, pero la evidencia de un beso saltaba a la vista, así que decidí leer lo que había dentro. Hacerlo fue lo mismo que descender al universo de Dante. El horror tomó forma y se me presentó con un lenguaje procaz, no por las palabras sino por el sentido que les otorgaban. De pronto, varias imágenes que había visto en los últimos meses comenzaron a tener sentido.

Las lecturas y los análisis apasionados que Marcia hacía últimamente de Rimbaud, de Verlaine, de Walt Withman, de Virginia Wolff, de Marguerite Yourcenar, me saltaban a los ojos con un significado que antes no había sabido ni querido interpretar. Una vez en la casa hurgué en sus cosas, dentro de una caja y envueltos en un papel de flores, encontré otras hojas de cuaderno y otros versos. La evidencia no dejaba lugar a dudas. Jamás había imaginado a mi mujer siendo cortejada por otro hombre, y si así hubiese sido habría estado dentro de parámetros normales. Pero de ahí a ser enamorada por una mujer había un abismo. Tomé todas las medidas necesarias antes de su regreso, tanto en la casa como en la universidad. Cuando ella llegó tres días después, nuestro mundo ya no existía, se había diluido, como se diluye la pintura en el aguarrás. Nunca más seríamos los mismos. Finalmente el tren se había salido de los rieles y ya no podía ser encarrilado de nuevo; pero eso lo comprendería más tarde. De todas formas actué correctamente, defendí lo que era mío, defendí la decencia, la moral, salvé mi familia, salvaguardé nuestra imagen ante la sociedad, la protegí del escándalo; debería estarme agradecida. En todo caso, no lamento las medidas que tomé en ese momento, aún hoy las volvería a tomar de idéntica manera. Por otra parte, me convertí en una persona más precavida y no volví a pisar el mismo guijarro. Cerré el telón y no lo volví a abrir, hasta ahora que mi vida desfila ante mí como si fuese una película. Creo recordar que alguna vez un amigo me dijo que algo así sucede en los momentos que preceden a la muerte. Esa debe de ser la razón por la que recuerdo lo que ya creía olvidado.

*Relato publicado en el libro Voces del Silencio, Ble Ediciones, 2008

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02
04
2014
elmagazin

La fuerza de ella

Por: elmagazin

mujermagia

Diana Castro Benetti

Millones de ellas han sido locas, putas o santas. Ciertas de sus cuerpos y de sus almas, han sido imágenes, motivos, deseos y las revoluciones. Vírgenes que siguen siéndolo o sabias que ya no se espantan. Mujeres violadas, guerreras, asesinas, madres, hijas, mujeres que abren las puertas o que las cierran por siempre. Ellas abrazan, gozan y aman. Ellas a veces son su propio norte y casi siempre el pasado mezclado con el futuro. Las mujeres pueden ser engaños, objetos o trofeos. Son siempre sus romances, sus ilusiones y la perdición. Magas.

Hay mujeres para la venta y las hay ya vendidas. Mujeres que optan por la amargura, la espera o el tejido. Mujeres que son el abandono, el rechazo y la mendicidad. Las hay que tienen voz, las que gritan y las que nunca hablan. Están las que son empalagosas y las que pican, ladran o muerden. Todas las mujeres defienden, pelean y contraatacan. Son el dolor de sus partos o de sus entierros.

La fuerza de ellas es la de una vida que las ronda, las circula y las envuelve cuando cada veintiocho días se esconden en su útero y sus ovarios. Mujeres en las casas que cocinan y tejen.  Mujeres de familias. Mujeres en la guerra que se confunden con los fusiles y que son como fieras para defender lo que consideran suyo. Honradas e invisibles en su vejez o muy atacadas y apetecidas  en su juventud, las mujeres son fuerza hechas su cuerpo. También son la rabia.

Todos somos esas otras que han vivido antes. Todos somos esas otras que no se doblegan. Todos somos madres, hijas, nietas. Todos somos su saber de recetas, caricias o palabras. Somos su constancia, su paciencia y su belleza. Somos ésa vida loca y atolondrada porque sin ellas no hay hechicería y sin ellos no hay dulzura. Todos somos lo que ellas son porque más allá de los géneros somos la fuerza de ella, ésa vida que crea, se recoge, se mantiene, se busca y se desenvuelve. Energía invisible, espiral de movimientos, hilos dorados de átomos y células que ofrecen la alegría y la explosión creativa. Somos tan ellas como ellos porque los unos sin los otros no somos nada.

Categoria: Columna de opinión

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31
03
2014
elmagazin

Un trágico héroe papal

Por: elmagazin

Albino Luciani en 1959.

Albino Luciani en 1959.

Juan David Torres Duarte

La obra más reciente de Evelio Rosero, ‘Plegaria por un papa envenenado’, será presentada este 1° de abril en la Tertulia Gloria Luz Gutiérrez. La novela retrata el sino interno de Juan Pablo I, atacado por la mafia y el oscuro mundo del Vaticano.

Un coro de prostitutas le habla al oído —al oído interior, a esa conciencia íntima— al papa Juan Pablo I, patriarca de Venecia primero, en humilde vestidura siempre y papa después, en 1978, sólo por 33 días, hasta que, postrado en cama, con una serie de documentos en las manos, lo encontró muerto sor Vincenza Taffarel, por un infarto al miocardio, dicen unos, aunque el papa tenía la tensión baja, y otros, por una dosis de veneno que vertieron en las gotas que tomaba cada noche en sagrada comunión. Y así murió el papa de sonrisa plácida que prefería llamar a sus feligreses hermanos, no hijos, que quizá habría abierto un camino variopinto en la Iglesia y se hubiera desprendido de la cerrazón de un dogmatismo que percibió rodeado de mafia, de oscuros pasillos que daban a la nada y de la nada venían. ¿Qué era eso? ¿Qué era esa comunión de puertas y de pasillos sacrosantos en donde copulaban la mafia siciliana y los sagrados preceptos? El papa no sabía, pero sabía que se asomaba por sobre su cabeza un monstruo de alas grandes, de carne dura, tiesa, y fue por eso que dijo a sus electores, a aquellos que lanzaron humo blanco el sábado 26 de agosto de 1978: “Dios os perdone por lo que habéis hecho conmigo”.

En tono de tragedia, Evelio Rosero recuerda así la historia del pontificado de Juan Pablo I, Albino Luciani de nacimiento, su trasgresión y su sospechosa muerte. Rosero, nacido en 1958 y autor de Los ejércitos, se documenta con extensión para Plegaria por un papa envenenado: acude a En nombre de Dios, de David Yallop, y también a Pontífice, la obra de Gordon Thomas y Max Morgan-Witts. Los datos gruesos encuentran espacio entre líneas poéticas: no es una novela histórica, no es un referente de la historia vaticana, sino la tragedia poética de un papa con espíritu prosaico. Rosero se acerca al retrato del papa con elementos muy variados: diálogos a modo de teatro, una prosa poética constante, diálogos sin descripción de los personajes y, del mismo modo que en Los ejércitos, un discurso que acude a las comas para aumentar el ritmo, como un río que corre bravío.

Plegaria papa

Más allá de su técnica, que arriesga más que en sus anteriores novelas, Rosero conjuga en esta novela la tragedia y la historia. En La carroza de Bolívar ya se había enfrentado a un personaje histórico, de quien se habían escrito miles de páginas que alababan o contradecían su imagen. En esta ocasión, a pesar del grado histórico de su personaje, Rosero excava aún más en su condición: está interesado en conocer sus pasajes internos, su infierno propio, alimentado y desgraciado por cuanto sucede en su mundo exterior. Es el camino a la muerte de Albino Luciani, el papa que lucha contra lo innombrable.

Así se lo muestra en varias ocasiones, desesperado, sorprendido por cuanto halla en la casa de Jesús.

“Luciani: ¿Qué significa todo esto?

Monseñor Benelli: Evasión de impuestos, Albino. Marcinkus vendió las acciones del Banco de Venecia a un precio deliberadamente bajo. Pero la cantidad que recibió Marcinkus es de unos 47 millones de dólares.

—¿Qué tiene que ver todo esto con la Iglesia de los Pobres? En nombre de Dios…

—No, Albino. En nombre del dividendo”.

¿Qué es ese mundo adherido a la codicia y la perdición sexual, ese entorno que primero se declaró casi asceta y luego cedió con tan fácil disposición a la carne y a los gustos del dinero? El papa Luciani no sabe, y se sabe perdido.

Rosero describe el sino trágico con claves muy parecidas a las de la tragedia griega, con un coro de prostitutas que le canta de fondo, que juegan como voces de la consciencia y de la verdad. Que sean prostitutas y que sean la verdad es, en muchos sentidos, un modo estético. Es una voz que, además de jugar como puente entre la narración del mundo real (engañoso) y la consciencia (plena de verdad), presta un canto poético. Por ejemplo:

“—Basta! Deja ya de recurrir a tu cronista lúcido! Vuelve a tu voz, oh cobarde! Vuelve con tu pluma triste, plumífero! Endereza las cargas, se te caen, se te están cayendo!

—¿O prefieres venir con nosotras, las lascivas madres que todo lo consuelan? Abandona ese vano esfuerzo que nada retribuye, ven y sumérgete en nuestros cuerpos, bucea en sus húmedas profundidades, nosotras te contaremos mejor, de viva voz, todas las cosas ocurridas y por ocurrir en este mundo y en el otro!”.

El coro trágico conoce el futuro de su personaje, lo advierte, pero el papa Luciani prefiere desobedecer. Y sigue. De manera que su figura, más allá de la de un mero sacerdote que llegó al trono papal, es la de un héroe que recoge sus piedras, las lanza y de repente ve que se vuelven contra él, que cuanto pensaba de la justicia y la equidad, del regocijo y la meditación, son extravagancias en un mundo convertido en casa de demonios. El padre Luciani sería un digno representante de Sófocles: ha perdido los ojos y la vida por cuanto creyó cierto y verdadero y genuino. Su sino es la muerte, ese infierno pleno de voces que rara vez se identifican.

El papa Juan Pablo I en el Vaticano.

El papa Juan Pablo I en el Vaticano.

Poco a poco, el Vaticano, hogar inmenso de puertas secretas y corros de rumores, ha devenido para Luciani en un infierno: no sabe recorrerlo, no sabe en qué lugar está, y en su habitación hay una puerta secreta que conduce no sabe a dónde, que es sueño y desgracia, pecado y virtud. Rosero recoge esta expresión interior de Luciani en una prosa delicada y desbocada al mismo tiempo. Escribe en la página 111: “Veía su cama, la mesita de noche, los documentos que había puesto encima, no grandes lecturas, pensó, sino pobres documentos asustadores, y el pequeño frasco del remedio que debía beber todas las noches: se incorporó y se lo bebió de un trago. Hubiese preferido agua pura de las montañas, el agua que bebía después de la jornada, cuando iba a la escuela con los pies descalzos; terminada la lección debía llevar la vaca al pasto y cortar heno; también de seminarista se pasaba los veranos cortando heno en las montañas: agradecía a Dios el agua pura del río que lo aliviaba”.

El papa Luciani está embriagado por su propia virtud, que es motivo de desprecio. Y su muerte es un sueño extenso, inusual y a menudo cargado de dolor. Luego, el sueño va pasando, se transforma en nobleza y quizá en alegría. Rosero convierte esa tragedia inicial en una expresión de Luciani: cuando reconoce su tragedia, se exilia allí, lejos del mundo que lo engañaba. Embriagado en su propia condición, Luciani es un héroe trágico. Tan parecido a cuanto escribía Friedrich Nietzsche en El nacimiento de la tragedia: “Cuando no se lo ha experimentado en sí mismo, ese estado (de embriaguez) sólo se lo puede comprender de manera simbólica: es algo similar a lo que ocurre cuando se sueña y a la vez se barrunta que el sueño es sueño”.

*La obra será presentada en la Tertulia Gloria Luz Gutiérrez (transversal 3 No. 85-10 Apto 901) a las 7 p.m. Para confirmar asistencia escriba al correo glorialuzgutierrez@latertulialiteraria.com.

Categoria: Libros

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