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Archivo de Categoría ‘Feria del Libro de Bogotá’
Por: Adriana Roque R.*
Parecerá extraño escribir sobre una de las ferias del libro más grandes del mundo y y darle un título algo crepuscular, pero tras recorrer durante varios días las diferentes clases de espacios que ofrece, es la sensación que me queda. En otras palabras, tras caminar, preguntar, observar, escuchar, correr, empujar, y demás verbos aplicables a la situación, sólo queda entender que la FILBo, tal como está planteada actualmente, no es otra cosa sino el acabamiento mismo del libro. El libro, claro, no como soporte físico -sea este cual sea-, sino como experiencia; en últimas, el libro como lectura.
Muchos pusieron el grito en el cielo cuando el mercado comenzó a plagarse de los soportes digitales de lectura, los famosos tablets. Un objeto como el Kindle parecía amenazar la existencia de los libros. Sin embargo, esto solo puede pensarse así en la medida en que se entienda el Kindle (o iPad, o cual sea) como un reemplazo del libro, y no como un modo diferente de libro. Los tablets no son más que un soporte distinto, que en última instancia conserva aquello que se busca cuando se acude a un libro: la lectura. Un soporte digital nunca aniquilará el libro, pues en realidad busca una forma diferente (más práctica, dirán algunos, más liviana) de permitir que el lector y la lectura se encuentre en aquello que denominamos “libro”. Permite, finalmente, que la experiencia como tal se de, suceda. Va de la mano del libro, el de páginas y carátula.
Pero al entrar a la FILBo, donde precisamente abundan aquellos objetos físicos en cantidades industriales, la lectura se instala en una suerte de limbo. Si no contamos el pabellón infantil y juvenil, donde su organización física demuestra que aún entienden que vender libros es también fomentar y permitir la experiencia que ellos generan, la lectura brilla por su ausencia. No puedes mirar los libros con calma, quizás sentarte una media hora y leer uno (sin importar si lo vas a comprar o no), curiosear sin tener encima los ojos inquisidores de un vendedor. Es una muestra de los hábitos actuales de gran parte de los lectores en formación: instantáneo, masivo, desechable.
Una mirada medianamente objetiva tiene que aceptar que es más un espacio de exhibición y comercio, que de lectores y lectura. No hay nada de malo en querer vender libros. Hay una industria y existe por algo. Sin embargo, la FILBo, como ha sido planteada, más que permitirle al lector acercarse, curiosear, relacionarse con los libros (físicos y digitales), es un espacio en el que las grandes -grandísimas, tremendas- editoriales exhiben sus novedades, sus productos y claro, sin duda, también sus saldos y sus arrepentimientos.
En un país como el nuestro, en el que la producción de estos objetos es mínima, nos encontramos, además, con una exhibición de distribuidores de editoriales. Es decir, vamos a ver, aglutinados dentro de los pabellones, a aquellos que importan lo que las editoriales publican. También por eso los libros siempre han sido tan caros en Colombia; y también por eso nunca dejarán de serlo, ni siquiera en la FILBo. Aunque exista el trabajo editorial independiente, lastimosamente se ve enmudecido, resulta invisible, gracias a la grandilocuente presencia de la muy consolidada máquina editorial. Es triste ver cómo, por cuestiones de recursos, las grandes comercializadoras acaparan la mayor parte de los pabellones mientras las pequeñas editoriales independientes tienen que amontonarse en un stand de dos por cuatro metros.
Asistir a la FILBo no es propiciar un espacio con el libro, no es permitir el encuentro con una -o muchas- ideas (escrita, gráfica, ilustrada), es pagar la entrada a un almacén de cadena para comprar los alimentos que están en oferta, antes de que su fecha de expiración se cumpla.
PS. Si en algo les quedó sonando lo que dije, recomiendo el siguiente artículo: http://blogs.elpais.com/el-salto-del-angel/2012/04/nos-ocurre-con-el-libro.html
*Bloguera invitada. Filósofa. Bloguera, editora y webmaster de www.hojablanca.net . Directora de Promoción de www.lastana.com. @ariadna502
30
04
2012
Por: Adriana Roque R.*
¿Cómo entendemos “La Ciudad”? Cualquier ciudad, en todo caso. ¿Cómo sentir y escribir todas las ciudades, como local, extranjero, o incluso ambas? Stadt es un proyecto que surge hace unos seis años y que intenta abordar estas preguntas desde la producción literaria de los cuentos cortos, sin necesitar un título de escritor profesional. Los fundadores: Martín Sarmiento Vega (derlatinlover.blog.de) desde Berlín, y Ángela Cruz (angelitaperversita.blogspot.com) desde Bogotá.
El dato se lo oí a Juan Gustavo Cobo Borda (un peso pesado de la literatura colombiana: 200 kilos de enjundia): en 1975 hubo en Bogotá un congreso mundial de brujería organizado por el hijo de el escritor Fernando González. A este encuentro fue invitada Clarice Lispector. No sé si Lispector manifestara una abierta vocación por lo esotérico, pero en Correo femenino dice: “A mi también me gustan astrología, la cartomancia, las ciencias ocultas. Pero aun no he visto que nada de eso cambie mi futuro. Solo nosotros podemos construir el día de mañana”. La declaración no basta para asegurar que tuviera una inclinación por la brujería pero, en todo caso, su ponencia contempló la lectura de un cuento enigmático: Una gallina, o El huevo y la gallina [otra traducción]. El relato puede leerse en uno de los folletos Señal que cabalgamos que editó Universidad Nacional, o en Lazos de familia [TM editores/Montesinos] o en alguna antología exhaustiva acaso editada por Siruela que hoy reedita toda la obra de Lispector. Es un cuento que parece arcano para un congreso mundial de brujería, pero narra el descenso al infierno de una gallina que va a ser almorzada, su salvación a causa de la maternidad, su encuentro con el protector [la hija y el padre que confabulan contra la madre criminal que quiere cocinarla], su evolución en el hogar y su inminente destino que la llevará a la olla. Un cuento ininteligible, pero con toda la ruta de iniciación de un héroe [la gallina] y la consumación de un destino establecido [el sancocho]. En el fondo tal vez suponga que hasta en el espacio más doméstico es proclive a suceder lo sobrenatural.
Malicioso detalle
Ahora ha vuelto a Bogotá Clarice Lispector, convertida en fotografías: la exposición-homenaje a su vida y obra del pabellón Brasil en la Feria del libro 2012 trae manuscritos suyos de puño y letra; trae además una curiosa selección de sus credenciales y pasaportes (era ucraniana de origen, de ahí su belleza insólita). Hay una entrevista en video. Y encuentro también algunos perfiles que sus lectores no le conocían, o que no son fáciles de hallar en internet: Clarice Lispector sentada en una mimosa tomando el sol, Clarice Lispector como madre abnegada limpiando la cabellera de su hijo, Clarice Lispector avanzando por una calle con aires de suficiencia, el talle esbelto, la nuca recta.
Fue a finales de los años 50s cuando Clarice Lispector recibió del Diario de la noche, una invitación para escribir una sección dedicada a las amas de casa, damas y señoritas. La nota se firmaría bajo el nombre de una actriz brasilera, lo que convertiría a Clarice en una Ghost Writer, un escritor negro que escribe en lugar de otro. Para sorpresa de la directora, Clarice aceptó y empezó a escribir seis notas semanales, sin falta. Esas notas fueron editadas por Siruela en dos volúmenes, uno de los cuales se llama Correo femenino.
La primera parte ejercita una estrategia narrativa: el diálogo cordial de Séneca. La escritora se dirige, como en misivas, a un interlocutor fantasma. ¿De qué hablaremos hoy?, se pregunta, y luego ella misma contesta. Ese interlocutor es asumido por el lector, lo que le involucra en el juego de los consejos. Clarice proponía a sus lectoras secretos para conservar la belleza, prolongarla o fabricarla; proponía disertaciones sobre la forma del peinado correcto, y su evolución histórica; escribía sobre la ropa que hay que saber llevar los días feriados o para entrecasa, sobre el peligro que representa las fantasías para las mujeres, sobre historia de las modas foráneas (algunas verdaderas cápsulas enciclopédicas: las pelucas y el delineador en las egipcias); escribe sobre la mujer inteligente, sobre el sueño para mantenerse en forma, sobre la caminata usada como descanso, sobre disentir sin agredir al marido, sobre fijar la atención y saber escuchar, sobre guardar la compostura como si hubiera dos hilos invisibles que sostienen las orejas, sobre educar la voz, sobre ser madre y ser elegante y ser bonita a cualquier edad, sobre lo que les gusta y disgusta a los hombres. Son piezas breves que revelan su poder de observación de las maneras y las costumbres sociales [fue esposa de diplomático y escritora meticulosa]. Pero sorprende que esos mismos temas al ser desglosados en su obra lleven al borde del absurdo, al punto de convertir una jornada doméstica en verdaderas odiseas y paradojas del tiempo -y la convivencia en un karma-: la mujer que tarda doscientas páginas en aplastar una cucaracha, el profesor de matemáticas que conoce la tragedia al tener que enterrar a su perro (“el que conoce el sufrimiento profundo ya no sufrirá por trivialidades”) la soledad de un hogar que empieza de una escritora que empieza a ser menos real que sus personajes y pasa a convertirse en uno.
Decía Cobo Borda que el congreso de brujería se llevó a cabo justamente en Corferias, donde hoy se la recuerda y que, cuando acabó de leer el cuento, el público no sabía si aplaudir o ponerse a silbar. Lo que más le sorprendió a Cobo Borda fue la cicatriz que cubría su cara: una marca de fuego, porque una noche Clarice se quedó dormida con la colilla del cigarrillo en la boca y despertó en una habitación abrasada por las llamas que le lamieron el brazo y la cara.
Es raro ver el rostro de Clarice Lispector en fotografías buscando esa cicatriz. No veo la marca en ninguna de sus fotos conocidas. Tal vez porque la marca sea posterior, o tal vez porque encontró el secreto para disimularla con sombras y bases.
En uno de esos consejos para mujeres recomienda a las desesperadas las bondades de la cirugía plástica. En otro recomienda la zanahoria y la vitamina A para revitalizar los ojos (“no existe belleza en ojos enfermos”), en otra dice que los hombres odian a las que se peinan en la mesa del restaurante y a las que hacen mil muecas para pintarse los labios; en otro recomienda ahorrar para el presente, y no para el futuro; en otra desmiente que los amigos tienen que servir para las situaciones difíciles y les delega sólo la responsabilidad de los momentos agradables y los recuerdos comunes; en otra recomienda a las mujeres ampliar los intereses y las actividades, porque el monotema las hará limitadas; en otra, recomienda con sapiencia jamás regañar al marido; en otra, curarse con sueño y ventanas abiertas; en otra, jamás impresionar a los niños con acontecimientos impactantes; durante una semana ofrecerá una clase de fragancias, y en otra serie semanal un tratado sobre los colores y su relación con la personalidad; en otra nota recomienda las rosas rojas para espantar la tristeza; en otra disertará sobre la seducción y el sexappel de las divas para aplicarlo a las vernáculas. Son todos consejos de urgencia para soportar la belleza, la soledad y las normas sociales, que en su narrativa se revelarán estúpidas.
Pues un monumento en la cabeza era bonito. Eso sucedió en el periodo extravagante que precedió a la Revolución Francesa. Oh, la gran explosión en la cabellera. Y podemos garantizar que era moda pero también una belleza.
Las aspirantes a la gracia usaban pelucas que alcanzaban la monumentalidad de paisajes marítimos. No era sólo el monumento lo importante. El detalle malicioso también tenía su papel. El “lunar de belleza” se pegaba con amor cerca de los labios, y entonces se llamaba “coquette”. El mismo lunarcito negro, cuando se ponía cerca de la aleta de la nariz, recibía el nombre de “perverso”. Y si se pegaba en el rabillo del ojo se llamaba “apasionado”.
23 de septiembre de 1960
Correo femenino, Clarice Lispector, Ediciones Siruela
Foto: 1. Exposición Lispector, FILBO 2012/ 2. Clarice Lispector coquette, perversa, apasionada. Por S.B.
Stanislaus Bhor* Blogger invitado http://www.unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com/
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La feria del libro no coincide con su lema y propósito cultural: promover el libro y la lectura. Si así fuera no pondría tres barreras de acceso:































