El Mal Economista

Publicado el El Mal Economista (EME)

Le enseñaré a leer a un habitante de la calle

Por: Santiago Almeida Daza

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Toparse con uno de estos individuos, mientras apreciamos el paisaje citadino puede llegar a ser una experiencia cruda. Evitaremos cruzar miradas, el saludo lo obviaremos y nos cambiaremos de anden, casi que por inercia. Pues sí, es natural, es un miedo culturalmente heredado hacia la pobreza y drogadicción, que nos ha llevado a que las piernas nos tiemblen y que de la nada tengamos. Como dirían los de ese grupo español, Marea: “un gato en las entrañas y un tembleque en las pestañas”.

Foto: El Espectador / Óscar Pérez
Foto: El Espectador / Óscar Pérez

Después de la toma del Bronx, y los continuos eventos que han tomado protagonismo en los medios de comunicación, para todos los colombianos este tema se volvió tremendamente controversial: vimos distintas opiniones que como raro dividieron el país. De pronto aparecieron expertos en administrar alcaldías, gurús políticos y uno que otro genocida, eso sí, solo detrás de su pantalla y en la comodidad de su cama y sus cobijas. Por todo lo anterior fue que decidí salir a la calle a convivir con estas personas porque sí, quiéralo o no, todavía son seres humanos.

En mi misión tuve la oportunidad de conocer de Pocalana, una fundación que se dedica a erradicar miedos con experiencias, con historias, con contacto humano. Una entidad a la que lentamente me he ido incorporando y enamorando de. Mi primer recorrido fue el 23 de julio de este año que se agota, y sí, sudaban mis manos, el miedo permeaba cada esfera de mis agallas. Me fue inevitable no sentir temor sabiendo que me está metiendo a la boca del lobo, o eso pensaba yo.

La verdad fue una de las experiencias más increíbles que he tenido en mi vida, y es por esto que he seguido yendo cada sábado no solo a “alimentar gamines”, como me han dicho por ahí, sino a conocer personas, a transmitirles un poco de calor humano a tal vez conocer  historias que esconden y callan sus parpados. Y, ¿saben qué? en mi trayecto me he dado cuenta que los habitantes de calle valoran mucho más un abrazo, un saludo directo a los ojos o una conversación, que un simple vaso de agua de panela y un pedazo de pan.

Ese sábado, llegue con miedos y salí con una satisfacción que solo quien vence un temor profundo logra entender: llevé muros y salí con el corazón derretido; llegue con 2 amigos y me fui con 3. Ese día invité a 2 de mis mejores amigos para que me acompañaran, y en el recorrido conocí a Miller Daniel.

Miller, o “el paisa” como lo llaman sus compañeros de batalla, salió de Antioquia buscando oportunidades a la capital. Tenía la esperanza de una especie de sueño americano, sin saber que se encontraría con el infierno del Bazuco y de las calles. A sus padres los asesinaron a sus 8 años, su mujer lo golpeaba, lo cual narraba entre carcajadas; su carisma y peculiar forma de expresarse, generaban un ambiente de confianza, de amistad, de camaradería más que de cualquier otra cosa.

Como buen antioqueño, era conversador, no dudó en echarle los perros a una gringa que hacia el recorrido con nosotros. Quedó profundamente enamorado de ella y decidió regalarle su nombre escrito en un papel, como souvenir, por su visita a “cinco huecos”, muy romántico él. Fue aquí cuando me di cuenta que Miller no sabía ni leer ni escribir, cosa que un mes después me confesaría: con dificultad trazaba sobre aquel papel las letras que conforman su nombre y pedía ayuda desesperadamente entre broma y una tímida vergüenza, cuando no se acordaba de la forma de alguna de ellas.

Paso un mes, 30 días sin saber de él. Su historia me había enviciado, cada sábado solo esperaba volver a verlo en alguna calle, en alguna esquina. Claramente cuando lo volví a encontrar mi emoción fue desbordante, lo volví abrazar y le pregunté cómo estaba. Me dijo casi entre lágrimas: “cansado cucho, las calles son muy duras, ayúdeme, sáqueme de aquí”.  Se notaba el trajín en su caminar, se podía ver en sus ojos un alma pidiendo a gritos un salva vidas. Fue así, sin más,  como decidí enseñarle a leer y a escribir, ¿cómo? Aun no tengo ni idea.

En tiempos de paz y reconciliación, es necesario reventar nuestra burbuja, mirar las realidades y mundos que pertenecen y existen dentro de tantos otros, esta es mi forma de poner mi granito de arena a una verdadera paz “sostenible y duradera”.  Esto más que cualquier cosa es una invitación a que recorran su propia historia, a que miren a los ojos, quiebren miedos y no se cambien de andén. No son “gamines”, ni mucho menos “desechables”: son seres humanos como usted, o como yo, dejemos de deshumanizar estilos de vida, salgamos de nuestra zona de confort, siempre he creído que “las manos que ayudan son más nobles que  los labios que rezan” Bob Ingersoll.

Y si quieren saber cómo me fue en mi tarea, léanme en mi próxima entrega.

 

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