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Celedonio Orjuela Duarte presenta hoy en la 24 Feria Internacional del Libro de Bogotá su suma de ensayos sobre escritores en el presidio Sin puntos cardinales (Biblioteca Libanense de Cultura), a las 11 am en la sala madre Josefa del Castillo, aquí una breve reseña y un adelanto del libro. También se presentará Cristianismo y anarquía, ensayo de León Tolstói que hace parte de la colección de Cuadernos Anarquistas de la Editorial Domingo Atrasado.
21
03
2011
La búsqueda del olvido. Richard Davenport-Hines. Turner, FCE. Madrid, 2003. 543 páginas.
Según se cuenta en La búsqueda del olvido –síntesis histórica de los avatares de la droga y sus facetas médicas, hedonistas, adictivas y comerciales– la musa “psicotrópica”que llevó al músico francés Hector Berlioz a bosquejar el conocido pasaje de su ópera Los troyanos, “Los dioses del olvido”, fue el efecto y las bendiciones del opio, enérgico benefactor de las artes y la medicina moderna, como se comprueba en este libro del historiador inglés Richard Davenport-Hines. En cierta medida, la demostración de los inconvenientes causados por el prohibicionismo y/o los desaciertos en la prescripción de fármacos, pudo dar vida –como en efecto lo hizo– a uno de los males y, a su vez, a uno de los más discutidos pilares del arte, la medicina, o los asuntos socio-económicos y políticos de nuestra historia moderna, así como a ciertas utopías generacionales perseguidas por la doble moral y el statu quo.
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Nada hay en la literatura tan pintoresco como el disponer de ella para que un libro llegue a ser llamado novela, cuando en realidad lo que le alienta no es más que una simple treta de mercado. Detrás de las intenciones corporativas, puede que el índice de lectura se amplíe y que -por ese mismo camino- muchos jóvenes escritores entren en cuestión, aunque ello nos lleve a terminar de enterrar un género que ya Borges había pronosticado como una empresa fallida, la novela habría de morir tarde o temprano. Muere en manos de esa corriente de autores que la publicidad ha maquinado. Autores quizá empujados por el tan actual concepto de ‘democratización de la cultura’, que no es en este caso más que una forma de abrir las puertas de par en par, digo, para que de vez en cuando los imaginarios se mezclen sin el arbitrio de nadie. Entonces sacrificaremos la estética en beneficio de las estadísticas. Ello me recuerda el fenómeno que ha malogrado recientemente a la poesía colom-biana y que refiero aquí como posible analogía, esto es, la sobreoferta de versificadores, cosa que no acrecentó la venta en este género, más bien todo lo contrarío. Se sabe que por estos días las grandes editoriales lo piensan más de dos veces antes de aventurarse en colecciones de poesía. “si la novela debe realmente desaparecer –dice Milan Kundera en El arte de la novela– no es porque esté completamente agotada, sino porque se encuentra en un mundo que ya no es el suyo”. Los presuntos estéticos han mutado, se sabe, la novela se ha transformado y no se le pude pedir que siga mi-rando con el viejo catalejo de las postales y los discos de acetato rayados. Digamos que el mundo se ha vuelto un poco más proclive a la necedad que deviene de lo permisible y lo probable, la vana percepción de las cosas.

Los premios literarios son, en algunas ocasiones, el resultado de una ficción de mercado, libros que pretenden granjearse el afecto de un jurado y la atención de públicos necesitados de prosas mediáticas y preconcebidas que arranquen a la literatura de su “misantropía” de altas cumbres para llevarla a la mesa común de todos los días; otras, para llamar la atención de consumidores snob que saben muy bien que hay títulos que ganan premios y debemos comprar “pero no necesariamente debemos leer”.

Die Blendung, única novela de Elías Canetti (Bulgaria, 1905- Suiza, 1994), fue traducida al español, inglés e italiano como Auto de fe (1), aunque el término designase en realidad una especie de ‘deslumbramiento’, precisamente el motivo dominante que terminará por consumir, a través de sus páginas, la mejor de las patrias posibles, la inconmensurable biblioteca de su protagonista, Peter Kien (2):
Aunque mucho se haya dicho hasta hoy sobre el “caso Pessoa”, sobre todo desde esos trechos de la biografía que -al no tener en el autor una gran suma de acontecimientos narrables- se ha dedicado a fantasear y dirimir hipótesis sobre el génesis y el porqué de los heterónimos, baste con saber que una parte considerable de su ars poetica no ha podido ser delimitada desde un contexto unificador, acaso uno que pueda o deba entender dicho caso a partir de un flanco objetivo del discurso creativo, acaso relativo a la despersonalización o la invención propiamente narrativa.
En aquel “baúl lleno de gente”, mítico punto de encuentro de la poesía plural del portugués Fernando Pessoa, que –al decir del escritor italiano Antonio Tabucchi- guarda la “perversión de abdicar en lo real para poseer la esencia de lo real”, esencia constitutiva de
Lo que más llama la atención de los ocho cuentos recogidos en Mondo y otras historias –libro cuya edición francesa aparece originalmente en 1978– es precisamente el hecho de tratarse de una reunión de textos ligados a uno de los temas de mayor trascendencia en la obra del Nobel de literatura francés J.M.G. Le Clézio, esto es, la infancia como viaje iniciático. Se trata de relatos que sostienen una particular visión del espacio, el tiempo y la naturaleza, ritualizados a través de personajes cuya ingenuidad traspone el lenguaje para reconfigurar la relación entorno-experiencia y llevar el relato más allá del sondeo psicológico y de la linealidad de la acción narrativa.
Recién enterado de la obtención del Premio Alfaguara de Novela 2011 por parte del autor colombiano Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) me viene a la mente –más que libros suyos como Los informantes o Historia secreta de Costaguana, novela que recuerda su gran afecto por Joseph Conrad y que le valiera también la publicación de un par de estudios alrededor de su obra–, sus primeras novelas, Persona (Cooperativa Editorial Magisterio, 1997) y Alina suplicante (Ed. Norma, 1997) , y en las que Vásquez mostraba el germen de una maestría en el lenguaje y todo un abanico de recursos literarios: “En Vásquez hay el placer de la narración por la narración. Como de uno de sus personajes, se puede decir que no son sus palabras lo que cuenta. Lo que cuenta es su autoridad” (Luis H. Aristizabal, 2005).






