Tenis al revés

Publicado el @JuanDiegoR

Tenis para gente de…mente

Los futbolistas pueden maldecir contra el viento si es necesario. Los basquetbolistas, como los jugadores de fútbol americano, pueden encontrar en el consejo de su entrenador el consuelo perfecto y hasta la estrategia para vencer. Y en los anteriores, como en muchos otros deportes, suele suceder algo en común: perder no siempre significa eliminación. En el tenis, sí. El fracaso es ya conocido, es un viejo enemigo con quien se convive a diario, un miedo que cala en la mente al jugar en la cancha donde no hay nadie más que el tenista contra su propia mente. La mente es mayor rival que el mismo contrincante tangible de al frente. Y en la cancha no hay señas de ningún mánager de béisbol, ni el plan siguiente de un entrenador en el entretiempo. Tampoco hay demasiados consuelos durante el juego: no se puede maldecir o gritar una grosería porque el referee apelará al llamado de atención y a la tercera ocasión se pierde el partido. El dolor y la tristeza, la rabia y la frustración, se deben absorber en la cancha como en una tortura legítima y protocolaria y tal vez cuando el derrotado llegue a gritar adonde nadie lo vea ni sancione ni juzgue ya sea demasiado tarde para la catarsis.

1.

El tenista juega solo contra el miedo a perder: porque un partido –de cualquier ronda– es el único examen de meses de preparación. Bien podría un tenista prepararse en pretemporada con ocho horas diarias, cuatro de físico y cuatro de tenis como recomiendan. Con una dieta de alimentos rigurosa y una rutina monótona que no incluye, por ningún motivo, el ocio nocturno ni el sexo, preferiblemente. Y esos sacrificios no aseguran la victoria soñada. Imaginemos a un jugador de élite suramericano cuyo objetivo siguiente es el Australian Open, el primer Grand Slam del año, el primer obstáculo después de una pretemporada que incluyeron sacrificios como preferir el entrenamiento sobre la época decembrina en familia. Le preguntarán los amigos sedentarios sobre su piel bronceada y el jugador les recordará las extenuantes jornadas físicas –algunas que producen vómito– para resistir el nivel del mar de Melbourne. Luego, vendrán 20 horas de viaje en avión y un par de escalas para estirar los pies callosos. Después cansará su mente imaginándose hasta qué ronda llegará: Octavos de final sería digno. Lo pensará mientras aterriza el avión, durante el sorteo del cuadro y luego en el primer entrenamiento en pista del complejo. Y, por último, se desgastará por pensar en el partido del día siguiente, idealizando golpes y jugadas. “A ese le tengo que ganar”, lo obliga a creer la presión social porque es mejor su ranking que el de su oponente.

El examen durará cuatro horas y le otorgaremos un final más digno de quien se retira por lesión o por una intoxicación estomacal por ingerir agua no potable del hotel el día anterior (ha pasado). Pero imaginemos que pierde, porque en este deporte se pierde más. Punto. Es una derrota en cuatro sets en primera ronda que no da revancha inmediata, una derrota del tiempo invertido, de las expectativas alucinadas. Y como nuestro amigo imaginario hay miles. Este 2013 veremos 64 eliminados en primera ronda en cada uno de los cuatro Grand Slams. 256 historias, 256 frustraciones, 256 “¿Viajé tanto para perder en primera?”, 256 “No sirvo para esto”. El único consuelo de ellos es pensar en los eliminados en el cuadro clasificatorio de cada evento. “Perdí en primera ronda”, le responderá, de regreso,  nuestro tenista imaginario a los amigos que antes indagaron por su bronceado y que ahora le preguntaban por resultados. “Pensé que ibas a ser campeón”, le dirán los sedentarios, porque todos los sedentarios subestiman cualquier derrotado en el deporte. No entienden que el tenis no funciona con la misma lógica de las ciencias duras: la preparación no garantiza, en todas las circunstancias, un triunfo.

Por eso Marcos Bagdathis rompió hace un año en un cambio de lado cuatro raquetas de un solo tirón, porque le faltaba poco para salir eliminado en la segunda ronda del Australian Open. El fracaso es exteriorizado, ilegítimamente sin protocolos ni escrúpulos. Como un raquetazo de Mikail Youznhy en la propia frente y que causó la suspensión del juego mientras le curaban la herida que él mismo abrió. “Me lo merezco”, se diría. Gastón Gaudio sería más severo consigo mismo. El argentino, un golpe a la compostura y el fair play del deporte mundial, gritaba insultos cada vez que fallaba un punto o porque el que acaba de ganar no lo satisfacía. “!Toda la vida jugando al tenis y no mejoré ni un poco!”, “¡Me estoy volviendo loco¡ ¡No sabés lo que estoy sufriendo!”, “¿A quién le quiero mentir, boludo? Si soy un hijo de…”. A su voz desgarradora la acompañaba de vez en cuando un acto insolente: una rotura de raqueta, un puño a sí mismo, la rasgada de sus vestiduras o el fastidio de la derrota convertida en amenaza: “Si mirás mal, te cago a trompadas”, le profirió a Coria una tarde al perde con él. Cada quien busca el mejor método para castigarse, nadie más puede hacerlo porque nadie más es dueño del destino solitario de un tenista.

Se flagelan a ese nivel sin detenerse a pensar que en el camino hacia el profesionalismo o la élite dejaron a miles atrás. ¿Qué se sentirá, entonces, perder en la primera ronda de un torneo regional en Colombia? A mis amigos y a mí nos tocó, por supuesto, y las reacciones estuvieron a la altura. Vi jugadores que se pegaban en el botón de las cachuchas para que éste clavase en sus cabezas, a otros que estrellaban los marcos de sus raquetas contra los muslos, gemelos y cabezas, a otros que juraban retirarse para siempre. Yo, por ejemplo, no estiraba para que al día siguiente el dolor me recordara la derrota, también arrancaba mi pelo, me cacheteaba, mordía el grip de la raqueta hasta sentir casi desencajada las mandíbulas. Lo digo sin orgullo, claro: Quebré 12 raquetas, saqué mil bolas de la cancha tal vez para compartir mi desgracia con el recogebolas. En fin. Y esa locura, esa inestabilidad emocional, ese caminar por el filo de una navaja contagia el entorno cercano. La familia de un soldado se come las uñas esperando noticias de supervivencia. La familia de un tenista espera la noticia de la victoria o de la inminente y conocida derrota que terminará por amargar a todos. El fracaso tenístico enluta.

Una tarde cualquiera, mientras yo entrenaba, mi padre decidió esconderse detrás de unos arbustos para comprobar lo sospechado. Yo, al descubrirme solo con mi sparring, pensé que nadie más que él podía verme tirar la raqueta a mi antojo. Hasta entonces –yo de 12 años– sólo le pegaba a la raqueta mientras mi papá no me viera y por eso ese día, en un partido de entrenamiento, elegí la locura. Si la raqueta de esa tarde reencarnara en otra vida en una persona y me encontrara, no dudaría en vaciarme la munición de cualquier pistola sobre mi humanidad. Por eso la decepción de mi papá fue tal que al encontrarnos me lanzó la mirada más helada que nunca vi en su rostro. Camino al carro no contestaba mis preguntas y antes de subirnos enloqueció él también: Mi papá agarró y abrió el maletero y lanzó mis raquetas, una por una, las veces que más pudo. “¡Tráigala!”, me gritaba con una vena insinuada y con el dedo señalándome a lo lejos adonde había caído mi Prince Vendetta de color amarilla. “¿Quiere quebrar las raquetas?”, añadía, “¡Pues quebrémoslas!”.

No sé si lo hizo para reprenderme con una sicología extraña, para que entendiera que al comprarme él las raquetas sólo él era dueño de la muerte de ellas, no sé si por una tristeza que por fin exorcizaba o porque había contraído la misma locura de su hijo malcriado. No sé. Sólo pensaba que yo quebraba raquetas, sí; pero mi papá faltaba al trabajo para vigilar mi salvajada.

Ese capítulo sólo lo recuerdo yo, él niega haberlo protagonizado o tal vez la locura de la que hablo le equivocó adrede la memoria. Lo curioso es que, ese día, después de ver a mis raquetas volar por los aires como lanzas de guerra, decidí seguir tirándolas al piso en presencia de mi padre y otorgarle una complicidad no deseada.

Y, créanme, yo no soy el único enfermo. Hace unos días pregunté en un correo compartido a algunos de mis amigos tenistas de la época si alguna vez el tenis los enloqueció y estas fueron algunas respuestas:

Juancho Varón: “David Herrera rasgó no sé cuántas camisetas por perder puntos y luego en el mismo torneo, en Ecuador, se quedó sin más camisetas y le tocó jugar con una rota”.

Cristian Kenguan: “Sebastián Gómez agarraba a puños las cuerdas de la raqueta y siempre terminaba con los nudillos y la mano cortados”.

Daniel Aguirre: “Sebastián Correa perdía e intentaba tumbar árboles a puños”.

Juancho Varón: “Andrés Casas, en Medellín, quebró una raqueta con la pantorrilla y por ahí derecho se desgarró el músculo”.

Juan José Arango: “¡Juan Diego Ramirez puteó al papá de Jorge Andrés Azuero cuando teníamos 11 años!”.

Daniel Aguirre: “David Herrera una vez se bajó los pantalones cuando perdió un set”.

Leo Sarria: “Herrera también tiró la raqueta a tres canchas de donde jugaba”.

Diego Garavito: “El papá de Laura Ucrós le dijo a Charito que era adoptada. Y Garavito perdió contra ‘Kike’ Ruiz y salió a romper dos raquetas”.

Andrés Isaza: “Mi hermano se hizo echar de un partido por irle a cascar a alguien que estaba haciéndole barra en contra en un ascenso en Villavicencio”.

Mariana Pérez: “Yo tiré una raqueta fuera de la cancha y casi le pego a mi mamá. Y, en otra ocasión, Felipe Mantilla lamió toda la cinta blanca con arcilla de una cancha”.

Juan Carlos Sierra: “Yo partí dos raquetas en Interligas y las tiré afuera de la cancha. Terminé de jugar con la de Jorge Suárez”.

Sebastián Gómez: “En Perú no firmé la lista al cuadro principal pensando que no entraba. Luego me enteré de que sí hubiera podido entrar, me fui a una montaña y tiré el celular Nokia”.

Jorge Suárez: “Apostar en 21 (Blackjack) para por lo menos recuperar algo. Si perdía también me daban ganas de llorar pero me terminaba riendo al ver los que perdían más que yo”.

Cristian Kenguan: “Como en 8-10 ó 10-12. Perdí un punto, tiré la bola con rabia a la reja, pero pegó en un tubo, y éste me lo devolvió directamente ¡al ojo!”.

Juan Diego Echeverry: “¡Una prima saltaba en la raqueta! A mi papá una vez le tocó ser el acudiente y se escondía de la pena”.

Mauricio Vidal: “La mía siempre fue pegarme en la cabeza con las cuerdas de la raqueta. Además, siempre llevaba una raqueta vieja para cuando perdía, pegarle contra el piso”.

Manuela Gómez: “Me pegaba durísimo en la pierna y me daban ganas de llorar. Después de los partidos me iba sola a algún lado para que nadie me hablara ni me preguntara nada. Pensaba si el tenis era lo que de verdad quería”.

Mauricio Mejía: “A mí me mandaron donde un sicólogo porque rompía las botellas de vidrio contra la pared. La sicóloga (que no era deportiva) me lavó el cerebro para jugar de manera no competitiva y tuve una racha perdedora áspera. Al año me equilibré”.

Óscar Torres: “Me tomaba de los bolsillos de la pantaloneta y muchas veces las rompí. También lanzaba la raqueta hacia la reja donde estaban casi siempre los papás de Zárate, el cucuteño. ¡Los odiaba¡

Óscar Torres: “Una vez en un dobles pasé al otro lado de la cancha a pegarle a Zárate por tirarme dos saques paralelos a pegarme. Le pegué un puño en el cambio de lado y me sacaron del torneo”.

Felipe Escobar: “Yo grito o muerdo la toalla y después de perder no me dan ganas de hablarle a nadie. Y me dan ganas de comer desordenadamente y salir a rumbear”.

Mauricio Mejía: “Una vez Daniel Robles perdió contra Chemas. Y, Daniel, mientras hablaba triste consigo mismo y miraba al piso, lanzó la raqueta contra la red pero pasó por encima y golpeó la pierna de Chemas en todo el hueso de la canilla. Tirándolo al piso tal cual falta de fútbol. La sanción fue que no iba a jugar dobles y, ¿adivina quién era su pareja? ¡Pues yo!

Mauricio Mejía: “Daniel Robles era el más temperamental. Cuando tenía como 13 años ya había roto unas 10 raquetas, entonces el papá le compró una de aluminio porque esas se doblaban y no se rompían. Bueno, pues la tenía cuadrada”.

PD: El verdadero reto de un tenista, además de ganar títulos, es no volverse loco. Amén.   

 

 

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