Lloronas de abril

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¡Qué me falte el amor pero no mis amigos!

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 Por: Federico Acevedo Ramírez

No pienso descuidar a mis amigos cuando esté perdido en el amor. Me lo prometí a mí mismo y se lo prometí a ellos. Aprendí de la experiencia ajena que el amor casi siempre se esfuma y que los amigos y la familia se convierten en el único refugio seguro para evitar morir de desamor.

Siempre dicen que los amigos son la familia por elección. Y es verdad. No escogemos a nuestros familiares de sangre pero sí a nuestros amigos. Y con ellos compartimos “la afinidad en las ideas, los sentimientos o las inclinaciones”, como lo afirmó Octavio Paz.

Las probabilidades de que una amistad, una verdadera amistad, dure más que un amor son muy altas. Basta haber vivido unos cuantos años para darse cuenta de esto.

El amor puede durar toda la vida, pero lo más probable es que no; lo más probable es que florezca y se marchite en un tiempo fugaz (idea central de El amor en los tiempos del cólera).

El amor empieza por los ojos, por la superficialidad, por una atracción física que lleva al erotismo. En cambio, la amistad no tiene nada de superficial, a menos de que sea por interés, lo que no sería una verdadera amistad. La amistad es genuina, recíproca y está dispuesta a aguantar las buenas y las malas. Es un lugar común decir que los amigos son los que están en las malas. Yo, en cambio, creo que es en las buenas que se manifiesta la verdadera amistad. En las buenas se da uno cuenta quién no disfraza la rivalidad de amistad y quién se alegra verdaderamente con nuestra felicidad. La competencia no es amistad, es rivalidad. Y la rivalidad busca derrotar al otro. Por eso la amistad es  inherente a la cooperación. Quienes compiten con nosotros se alegran, consciente o inconscientemente, con nuestra desgracia, pues les sirve de consuelo para sobrevivir a su propia desgracia.

Me di cuenta de que Aristóteles tenía razón cuando afirmó que la amistad es “la cosa más necesaria de la vida”, cuando sentí que lo único que me daba verdadera felicidad era compartir tiempo con ellos. Cuando todo me decepcionó, ellos no me decepcionaron. La vida, que es una escuela de desengaños, solo me apetecía para compartir con ellos.

Desgraciadamente tengo una tendencia al encierro que empeora con los años. Cada vez que tengo que salir, sufro. Quisiera que mi vida social se limitara a una reunión semanal con mis amigos en la casa de alguno de ellos. Me despierto contento cuando sé que los voy a ver. Y por eso soy el más leal. Me alegro con sus triunfos y me entristezco con sus derrotas. Me reconforta pensar que los tengo, me da seguridad. En esta selva, siento que solo sobreviviré si cuento con su apoyo.

Cuando me siento derrotado, me aferro a la idea de seguir luchando para recompensarlos. Quiero vida, salud y dinero para compartir con ellos. No quiero lujos, quiero tiempo y energía para reírme en su compañía. Quiero recompensarlos por toda la felicidad que me generan. Me encanta la idea de socorrerlos y de ser socorrido por ellos. Me encanta la idea de tener amigos.

¡Qué me falte el amor pero no mis amigos!

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